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Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


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de éste. “Ejercitándose los varones en las labranzas de
a En 1752, en un expediente sobre la despoblación de la reducción jesuíta de la Concepción, al sur del Salado, uno de los informantes sostiene que “los indios traen a la ciudad a ven¬der los ponchos que compran a los de la tierra adentro y que en esta ciudad compran sables y los llevan y se los venden a los indios de tierra adentro por ponchos”. Y el soldado Ga-leano, destinado dos años en la Concepción, agrega que “los indios pampas trataban y contrataban con los aucas, a quie¬nes les compraban ponchos”. Un tercero, confirmando lo ante¬rior, dice que los pampas venden ponchos “de los que compran a los indios de tierra adentro, porque aunque en dicho pue¬blo hay una india que los hace, éstos son balandranes y se tarda en hacerlos unos tres o cuatro meses” (Archivo General de la Na¬ción, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Archi¬vo del Cabildo de Buenos Aires, t. 9). En 1744, el gobernador Domingo Ortiz de Rozas comunica que Habían llegado a Lujan doscientos indios pampas para vender ponchos y jergas a cam¬bio de vino, aguardiente y armas (Bandos, n° 1).
b Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Salto del Uruguay, legajo 2.
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dichas tierras que les tiene señaladas, propias del su¬plicante, y a las hembras en fabricar ponchos, bayeta de la tierra y distintas especies de tejidos que hacen con la lana que les suministro”‘7.. Esa industria arte-sanal, agrega, le proporciona la mayor parte de sus ingresos.
Los tres fuertes construidos en 1752 (Guardia de Lu¬jan, Salto y Zanjón) y las tres compañías de soldados destinadas a cada uno de ellos determinan, sin duda, cambios de importancia en la demografía bonaerense. El jesuíta Florián Paucke, en viaje a Córdoba, describe el pequeño y miserable fuerte de Pergamino. “Toda la localidad no tenía más que tres chozas edificadas a lo largo, que tenían en derredor un cerco espeso cons¬truido con gruesos palos”. Y agrega luego, ante el re¬ducto de la pampa: “¿No le voltearía a uno de risa en la contemplación de esta fortaleza de las Indias? El fuerte entero —agrega— no tenía en su circuito más de cien pasos; si ese palenque de palos merece el nom¬bre de fortaleza, entonces cada agricultor en nuestros países que ha cercado su granja con muros en derre¬dor tiene una fortaleza mucho mejor y más resisten¬te”*. Y Pedro de Cevalios, irónico al igual que el je¬suíta, después de visitar la Guardia de Lujan, actual Mercedes, comenta:’ “He visto el fuerte de Lujan y por él he hecho un concepto muy infeliz de los indios, pues dichos fuertes los considero peores para los que los guarecen que para los que los quieren insultar”0 .
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Solicitudes Civiles, LI-L.
b Florián Paucke, Hacia allá y para acá (Una estancia entre los indios mocobíes, 1749-176T,. castellana de Edmundo Wernique, Buenos Aires, 1942, 1.1, pp. 130 y passim.
c Agrega Cevalios: “la gente que tienen no es de mala cali¬dad, poco más del tercio está armado con bocas de fuego. .. y el resto con lanzas propias que tienen” (Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colonia, Sección Gobierno, Aduana, Época de Cevalios, Milicias, 1700-1810). Poca dife¬rencia existe con lo observado por Jullien Mellet en 1824 (Voya-ges dans l’iniéríeur de l’Amérique méridionale contenant la reía-tion de celui fait de Buenos Aires á l’Assomptiun par la riviére de la Plata, et retour. . . París, Masson, 1824).
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Pintoresca era también la dotación humana. Contados soldados disponen de armas de fuego, los más llevan con¬sigo una lanza, sable, boleadoras y lazo; su uniforme es el mismo del peón: bota de potro, chaleco, por lo general rojo, calzoncillos largos y pantalones ajusta¬dos que les llegan hasta poco más abajo de la rodilla. El chiripá vendrá años más tarde. Desde el mangrullo, torre rústica armada con troncos de árboles, se con¬trolan los movimientos de la zona próxima. La disci¬plina, nada, tiene que ver con la ordenanza militar: ‘jugar a los naipes, beber mucho, dormir y blasfe¬mar —escribía Paucke— lo sabían tanto el oficial co¬mo el simple soldado. . . son gentes vagas como los indios, jamás pelean en formación, no obedecen a man¬do alguno, cada uno mira por el modo de cómo huir o cómo poder despachar a la Eternidad con buena y se¬gura ventaja a un indio”.
Esa caballería gaucha tenía sus características. Por lo general, se prefiere para integrarla a santiagueños y paraguayos, “gente más sujeta y menos floja que los criollos”. La opinión, expuesta por el capitán de La Valerosa, no era nueva. En 1764, informa sobre la con¬dición de sus hombres el mismo oficial, y escribe, alu¬diendo a los voluntarios reclutados en Lujan, que al poco tiempo desertaban llevándose la caballada, ha¬ciendo daño a los ganados ajenos. Es, insiste, preferi¬ble traer santiagueños y paraguayos, buenos jinetes, cuidadosos del equipo militar. Por otra parte, los crio¬llos del partido de Lujan prefieren el trabajo en las es¬tancias, a pesar de recibir menos dinero, al servicio en el fortín. “Un peón —observa— gana (en una estan¬cia) con sus caballos cuatro reales al día y le dan de comer y en viniendo la noche se echa a dormir y toda la noche es suya. Si se conchaba sin sus caballos gana seis pesos al mes, anda en los caballos del amo, y lo mantienen de comida y tiene las noches suyas y el día de fiesta también, se va donde quiere. El soldado no tiene hora de sosiego, pues las comidas son unas sobre otras, ni tiene día de fiesta ni noche segura”0.
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Comandancia de Fronteras de Lujan, 1757-1778.
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Esa situación, de hecho, no es circunstancial. Las deserciones abundan. Lo más frecuente, a cada mo¬mento lo recuerdan, es buscar refugio en tierra de in¬dios, poner un espacio entre la autoridad y el huido. En 1786, un soldado perteneciente a la milicia a cargo del sargento mayor Manuel del Pinazo, el ya mencio¬nado comandante-hacendado, abandona la tropa y se refugia en las serranías de la Ventana, entre los indios serranos, acompañándolos en sus correrías e incur¬siones de caza. Un mes ha de residir entre ellos. Más tarde, nostálgico, regresa a su rancho ubicado en la Capilla del Rosario donde lo esperan mujer e hijos. Y, preso por desertor, confiesa: “Habiéndose retira¬do al otro día los indios con su toldería (fue con ellos) . . . hacia Puerto de la Ventana donde se situaron ha¬ciendo sus correrías y potrees.. . a cuyas faenas solían salir partidas de indios y en una de ellas habiéndosele permitido al declarante salir con el cacique, tuvo la proporción de separarse de los indios y venirse a nues¬tros campos”0.
El rasgo característico, el más dominante durante varios siglos en toda el área pampeana, es el uso del cuero para suplir a otros elementos, de manera espe¬cial a la madera y el hierro. Es más, sabemos que del cuero, es decir de las exportaciones de ese producto, provienen la mayor parte de los ingresos de los due¬ños de la tierra. “El ser y la estabilidad —se dice en 1742— de Buenos Aires. .. y su jurisdicción consiste en que haiga (sic) suficiente ganado vacuno. De él.. . se saca el azote (trozo de carne) con que generalmente se guisan las viandas.. . la grasa.. . la jarcia de que se hacen las sogas o los lazos que llaman guascas”*.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Sumarios militares, G-L.
* Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Archivo del Cabildo, S. 9, C. 19, A. a, n° 2, foja 196. passim. Documento fechado el 7 de noviembre de 1742. Enumérame además los usos que dan en Buenos Aires al cuero vacuno: “los costales o sacos para guardar y reparar el trigo de aguas, humedades, polvo y sabandijas de qué género son. No hay otro ni puede haberlo en toda esta provincia equi¬valente al cuero de novillo o vaca, porque si se careciera de este
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En otras palabras: se vive un tiempo que bien puede definirse de edad del cuero. Los granos del escaso tri¬go que se recoge en la campaña se conservan en sacos fabricados de ese material. Con cueros secos cubren hasta bien avanzado el siglo XVIII, y no sólo los po¬bres, los huecos de las puertas y ventanas para suplir la falta de vidrios y maderas. “Se ignora lo que es una ventana de vidrio; ni siquiera las hay de tela o papel” escribía en 1629, en su texto mencionado antes, el jesuíta belga Justo Van Suerck. Y lo confirma a co¬mienzos del siglo siguiente Louis Feuillée, un matemá¬tico francés que establece por orden de su gobierno la longitud y latitud exacta de la ciudad, observando el hecho de que la mayor parte de los muebles son de cuero: camas, cofres, mesas, asientos; lo son asimismo las paredes y los cercos de las casas*. Resumiendo: el cuero define a la sociedad folk no sólo de la campaña, asimismo la cotidianeidad de los habitantes de Buenos Aires.
A mediados del siglo XVIII, los peones duermen so¬bre el piso de tierra teniendo como único

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