alida¬des de quienes detentan el poder social y económico.
Así, pues, desde ese punto de vista, debemos adver¬tir y considerar la circunstancia de que en varias opor¬tunidades se obtienen normas de dominio feudal de la tierra, concretándose las aspiraciones. En 1775, la Jun¬ta de Hacendados de Buenos Aires logra del entonces gobernador interino Juan José de Vértiz se prohiba criar ganado bovino a todos los que no posean en pro¬piedad una estancia: “que ninguno puede tener estan¬cia, ni tenerse por criador. . . si no posee tres mil varas de terreno por frente y legua y media de fondo, con¬forme al repartimiento primitivo de la fundación de esta ciudad y sea obligado (de tener menos cantidad) a venderlo a los circunvecinos que quisieren comprárse¬lo”6. Bajo ese régimen de dominio, en 1773 los estan¬cieros reunidos en cabildo, en Lujan, deciden calificar “de baja esfera” a los labradores que siembran trigo, maíz y hortalizas, ordenando que sólo puedan hacerlo los dueños de chacras de mil o más varas de frente (”el que tiene tierras de mil varas arriba no se le niega el que pueda sembrar, bajo de las condiciones que se les previe¬nen, porque razón habrá que el que tiene cien varas de tierra ni doscientas cincuenta haya de cercarlo todo sin dejar entradas a la hacienda en sus bebidas cuando son tan forzosas por no haber otras que los ríos”)c.
Estos episodios son característicos. De allí la cono¬cida observación de Azara, refiriéndose al Río de la
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 96, expediente 4.
¿> Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Interior, 1772-1776, legajo 2, expe¬diente n° 8. “Año de 1775. Obrado sobre Junta de Hacen¬dados de la jurisdicción de esta ciudad para la conservación de los ganados de ella, etc.”. En 1788 el Cabildo de Buenos Aires observa una “total falta de cuidado y aplicación en los hacendados”: no preparan aguadas- artificiales para las épo¬cas de seca; no castran los excedentes de los toros necesarios;
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Plata: “Los pastores consideran mentecatos a los agri¬cultores, pues si (éstos) se hicieran pastores, vivirían sin trabajar y sin necesidad de comer pasto, como los caballos, porque así llaman a las ensaladas, legumbres y hortalizas”.
Poco resta por decir. En ese mundo de ganaderos primitivos, arcaicos, una estancia ocupa a lo sumo tres o cuatro peones. “Y de esto —escribe un funcionario en 1794- resulta que en una campaña donde pudieren acomodarse doscientos o trescientos vecinos.. . maña¬na. . . vendrá a poseerla diez o doce sujetos”". Y Agus¬tín de la Rosa, luego de aludir a la gran suma de “gen¬tes sin esperanza”, comenta, como sigue, la razón de tanta miseria: “se abandonan al ocio.. . y abundan en mucha parte los innumerables vagos pues, como no tienen donde ganar un conchabo, se abandonan a la vida bravia y holgazana pues las estancias grandes que pudieran conchabar esta gente están surtidas de negros, por ahorrarse los conchabos”*. Y en esas pocas pala¬bras encontramos una de las razones de la miseria y del orden preventivo del sistema.
IV - LA CAMPAÑA: ARCAÍSMO Y COTIDIANEIDAD
Esta es, dicho brevemente, la realidad de la sociedad folk del área pampeana en cuanto a las relaciones entre amos y peones, y también en lo que hace al dominio de
no mejoran los edificios de las estancias.. .; “hasta ahora no se ha pensado más que en matar, y no en criar”.
c Museo Colonial e Histórico de la Provincia de Buenos Aires, Acuerdos del extinguido Cabildo de la Villa de Lujan, La Plata, 1930, acuerdo del 2 de junio de 1773.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Comandancia de Fronteras de Cerro Largo, 1793-1803.
b Ibidem.
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la tierra. Una sociedad destructiva; un espacio deter¬minado por los requerimientos de la economía expor¬tadora de cueros: en 1780, aproximadamente, la fron¬tera abarca unas 155 leguas lineales a lo largo de una franja de tierra que comienza en la costa del Atlántico a la altura del fuerte de Chascomús, fundado en 1779, y llega a Esquina en la confluencia de Santa Fe y Córdo¬ba, aproximadamente la quinta parte de la actual provin¬cia de Buenos Aires.
En esa inmensa área, prácticamente vacía, ni las es¬cuelas, un privilegio de los ricos, ni las iglesias, concurri¬das por los menos, son aglutinantes sociales. La escasa población se encuentra dispersa en las cabeceras de las estancias, en los pueblos y fortines, en las proximida¬des de la Ruta Continental. “La mayor parte de la po¬blación —determina en 1822 Felipe Senillosa— vive acu¬mulada en su capital, cuando el resto se halla diseminada en una superficie inmensa de terreno, es un fenómeno que debe tener su origen en el anterior sistema colo¬nial”. Y apunta Azara, a fines del siglo XVIII: “No hay maestros en las parroquias de Buenos Aires. . . son pocos los que allí saben leer”. Y en cuanto a la Iglesia y a sus relaciones con los pobres ya nos hemos referido en el apartado anterior. Hay que agregar, no obstante, que se trataba de condicionamientos que proseguían las propuestas del Segundo Concilio Limense (1584), cuya idea central sostenía que en materia de religión era su¬ficiente que los naturales creyesen en Dios, “aunque no acierten a hacer concepto. . . como el idiota tiene acto de fe cuando cree es verdad lo que está en la Biblia”0. Se obtiene, de esa manera, un sincretismo característico de las formas folk. Aún hoy, en la campaña de Buenos Aires, los trabajadores rurales —y muchos que no lo son— practican un culto diferenciado que tiene tres
a Cf.: Ricardo Rodríguez Molas, Esclavos indios y africa¬nos en los primeros momentos de la conquista y colonización del Rio de la Plata, en Ibero-Amerikanisches Archiv, Berlín, 1981, pp. 325-366. Un análisis sobre el tema religioso, tal vez lo más completo y racional a nuestro entender: C. R. Boxer, The Church and Iberían Expansión, The Johns Hopkins Uni-versity Press, 1978. (Hay traducción al portugués: A Igreja e a expansao ibérica, 1440-1770, Lisboa, 1981).
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ejes esenciales: nacimiento, casamiento y muerte. El segundo, con frecuencia, impuesto compulsivamente. Predomina, por otra parte, como base ideológica esen¬cial la creencia de un premio y castigo después de la vida, de un paraíso de bienaventuranzas para quienes soporten con estoicismo y amor las desdichas actua¬les.
A lo largo del siglo XVIII y del siguiente, los peo¬nes desconocen todo tipo de asistencia médica racional. Y aun los niveles superiores, labradores, propietarios de haciendas y funcionarios locales. Muchos años más tarde, Paolo Mantegazza relatará en sus Cartas médi¬cas las supersticiones características de la medicina po¬pular argentina: menciona desde los dientes de coma¬dreja hasta los excrementos de perro y gallina. Y tam¬bién, en párrafos de antología, nos deja el retrato de una curandera, la china Tacuavé, un gigante de sangre charrúa, con profundas huellas de viruela, que “cura¬ba todas las enfermedades con la piedra b’eza (bezoar), el aceite calmante y el agua de espíritu”. Son éstos, sin duda, los valores tradicionales, y a ellos alude el Insti¬tuto Nacional de Antropología, en 1978, elogiando la “vigencia de las antiguas formas de curar” en la de¬dicatoria de una monografía sobre el curanderismo: “A Zoila Reyna, mujer, curandera, esposa, madre y abuela. A ella le debo un enorme caudal de conoci¬mientos de la medicina empírica (sic). Su calidad hu¬mana, su sabiduría de la medicina popular, su fe en Dios, en la Religión, en los Santos cuyas imágenes cu¬brían las paredes de su rancho; su fidelidad y cariño como esposa, su ternura como madre y como abuela, despertaron en mí una gran admiración y puedo ase¬gurar que fue mucho más lo que aprendí en su com¬pañía que lo que le pude aportar”0
En la frontera, pueblos y estancias se establecen al amparo de los fortines. Eran éstos la seguridad del
a Informe del Instituto Nacional de Antropología. For¬mas culturales tradicionales en el área pampeana. Ministerio de Cultura y Educación, Secretaría de Cultura, Buenos Ai¬res, 1978, p. 24.
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hacendado; un freno a los malones. Viajeros, relatos oficiales y diarios militares cuentan las relaciones —las amistosas y otras— de la población de Buenos Aires con los indios pampas y serranos. Es frecuente, una frecuencia casi diana, constatar la concurrencia de ambos a las poblaciones rurales y a Buenos Aires don¬de venden ponchos y jergas, también algún ganado”. De regreso, llevan aguardiente, sables y tabaco; a veces obsequios de gobernadores y virreyes para los caci¬ques. Se informa, en 1768, desde Magdalena, haber lle¬gado a esa guardia “ocho indios serranos, de tierra aden¬tro, con su carga de ponchos con el fin de bajar a esta ciudad (de Buenos Aires) a venderlos””.
Pero esas relaciones iban aún más lejos. Con fre¬cuencia, en las estancias conviven peones mestizos e indios pampas cautivos a quienes obligan a trabajar. Sus familias, también compulsivamente y a beneficio del amo, tejen ponchos y jergas. José Antonio Ló¬pez, sargento mayor y comandante de milicias, nos dice en un informe elevado al virrey que en su cam¬po tiene prisionero un indio pampa y a los hijos

















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