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Ðèêàðäî Ý. Ðîäðèãåñ Ìîëàñ. Ñîöèàëüíàÿ èñòîðèÿ ãàó÷î. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho


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l, t° XVIII, Buenos Aires, 1949, p. 261.
A fines del siglo XVIII y comienzos del siguiente, no son aceptados con simpatía los inmigrantes indianos que arriban al Río de la Plata. Competidores en potencia de los que han triun¬fado, los desprecian. Leemos en el Semanario de Agricultura, Industria y Comercio, el 22 de octubre de 1802: «Llegan a Bue¬nos Aires y al punto se llaman Don Qué Pena! Se pasean por las quintas en caballitos de paso. ¡Qué dolor! Son hospedados opíparamente. ¡Qué angustia! Adviértase que los más de los europeos que vienen de España son muchachos. . . todos los eu¬ropeos que vienen de España componen aquí un hato de bribo¬nes (y para ellos) casi todas las niñas del país tienen un sobre¬nombre que empieza por P. grande».
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En un alegado de fines del siglo XVIII o comienzos del siguiente (Memoria sobre que conviene limitar la infamia anexa a varías castas de gente que hay en nuestra América") se recuerda que «en esta parte del globo» negros, mulatos y zambos son considerados «viles e infames», prohibiéndoseles el ingreso a las escuelas de primeras letras para que no tengan contacto con los hijos de los españoles. Y continúa diciendo su anónimo redactor: «Un falso rumor popular que se levante y difunde sin fundamento alguno basta para difamar a las familias más acreditadas, y para que los mal inten¬cionados se juzguen autorizados para injuriarlos con los más viles sarcasmos». Es que muchos, blanqueados con el dinero, tienen antecedentes indígenas y africanos.
Por lo demás, en ese sentido recordemos los califi¬cativos de mulato o mestizo impuesto años más tarde por razones de odio político. La prensa rosista (Archivo Americano, número 9, Buenos Aires, 30 de noviembre de 1843) al aludir a Fructuoso Rivera lo acusa de ser hijo de un «peón carretero» y una «india tape»: «de ese enlace —se dice— nació de facciones ambiguas» y tam¬bién «sin fortuna y sin educación», palabras que sub¬rayamos y determinan una realidad social unida a un origen étnico. Lo indica también la solicitud de las monjas capuchinas de Buenos Aires al Consejo de Indias, en 1772, para que dejen sin vigencia la imposición del arzobispo de la ciudad obligándolas a aceptar una mulata en su convento, «hija de un sastre» insisten en señalar.
En definitiva, «sin fortuna y educación» son pala¬bras que aluden a una realidad impuesta con un fin bien delimitado. Se trata de impedir en todos los casos la in¬tegración al conocimiento, de mantener a los más en el arcaísmo. En 1723 —la constancia queda registrada en el acuerdo del Cabildo de la ciudad de Buenos Aires del 8 de marzo de ese año— a la solicitud del maestro de la ciudad de Buenos Aires Alonso Pacheco para que se lo autorizara a enseñar a leer y escribir a los hijos de mula¬tos y mestizos se responde negativamente, indicándose
«Revista de ¡a Biblioteca Nacional, Buenos Aires, t° IV, n° 13, 1940, pp. 129-131.
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que sólo deben asistir, separados de los niños blancos, a las clases de religión cristiana.
Junto a la segregación, el desprecio a los sin fortuna. Sustentadas en un imaginario linaje, las clases dominan¬tes rechazan todo lo que es ajeno al círculo de sus intereses. Según recuerda una descendiente de la familia Escalada, una familia proveniente de los dos hijos habi¬dos por Francisco Antonio de Escalada fuera del matri¬monio y legitimados por el rey en 1774, una tradición de familia trasmitida celosamente decía que el padre de Remedios denominaba a San Martín „el soldadote“ y „el plebeyo“, posiblemente recordando el modesto ori¬gen del oficial. „Remedios era de linaje y consideraban que San Martín no lo era“*7. Y se agrega, aclarándose aún más la actitud: „Tal era el respeto a los grados de nobleza, que el goce de mi abuela en las tertulias era que entre las personas que podían sentarse al lado —recorde¬mos que era una Escalada— había una señora o señorita Madero, con quien simpatizaba y se entretenía mucho. Y eso era después del virreinato y mi abuela no era or-gullosa“. Sea ello como fuere, lo cierto es que el „ofi-cialote“, posiblemente por apreciaciones de otra índole y que están asociadas al creciente prestigio político del „plebeyo“ correntino, es aceptado en la familia.
El caso no es ocioso. El mismo refleja la mentalidad de los poseedores, de la „gente decente“ o „familias bien“ que ven en el gaucho a un ser despreciable sin ningún derecho. Y quizás, sobre todo, sirva para ad¬vertir las profundas raíces del orden impuesto, de una naturaleza represiva señalada de mil maneras y a las que aludimos seguidamente.
II — POBREZA Y CONTROL PREVENTIVO
„En el territorio de la América española se aplicaron las leyes de Indias, cuya severidad no deja lugar a dudas
a Florencia Lanús, Tradición de familia en lenguaje familiar, Montevideo, 1949, p. 12.
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sobre la enérgica consideración en que se tuvo a la vagan¬cia y ese accidente prolongó la virtualidad hasta después del período de la independencia, en que ciertos bandos de gobiernos provinciales recogen su espíritu de vigoro¬so reproche. La vagancia aparece en el antecedente his¬tórico como un estado al que se inclina libremente el individuo, como un rechazo a la ocupación en oficios o al conchabo de señores“0. Por cierto, el espíritu pre¬ventivo de la sociedad considera a la vagancia, y ya desde la legislación romana, dentro de lo que la crimino¬logía burguesa denomina estado de peligrosidad: bajo el reiterado criterio de que todos los seres humanos deben ser socialmente útiles sirviendo al orden esta¬blecido. Sirviéndolo con el trabajo asalariado.
De esa suerte, no aceptar lo impuesto equivale a rechazar el sistema. Antiguamente, en el Viejo Mundo, se enviaba a los insumisos a guarniciones alejadas, en general fronterizas, en condición de soldados. A este respecto, resultaba expresivo y revelador que en la España de los Asturias, la de los siglos XVI y XVII, encontremos reiteradamente disposiciones sobre los vagabundos. Se prohibe a los mayores de diez años, aunque no dispongan de recursos, a solicitar limosna, obligándoselos a emplearse en el término de quince días. En caso contrario, cien azotes y cuatro años en las galeras reales en condición de remeros*. Como es sabido, pocos regresaban.
Advirtiendo la insuficiencia de las normas anterio¬res para controlar a los insumisos, Felipe III ordena les impongan una marca de hierro candente en la espalda o el brazo. Periódicamente se repiten esas disposiciones. O, para decirlo mejor, reiteran el permanente temor a la rebelión de los más. En 1678 se establece que todos los desocupados deben salir de Madrid. Y en 1692 de-
a Gastón Gori, Vagos y mal entretenidos, Santa Fe, Editorial Colmegna, 1951, p. 9. Sobre el rechazo a la imposición del asa¬lariado, cf.: Bronislaw Geremek, Les marginaux parisiens au XIVet XVsiécles, Paris, Flammarion, 1976.
b José Deleito y Piñuela, La mala vida en la España de Feli¬pe IV, Madrid, Espasa-Calpe, 1948, p. 201; Cf. además Pedro Herrera Puga, Sociedad y delincuencia en el Siglo de Oro, Ma¬drid, B.A.C., 1974.
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ciden enviarlos al norte de África en calidad de solda¬dos. Criterios, por cierto, similares a los vigentes en la Argentina en la segunda mitad del siglo XIX.
Al igual que en España, en Francia se determinan me¬didas preventivas para controlar la vagancia. Una antigua ordenanza dispuesta por el Parlamento establece que vagos y mendigos, ese particular mundo de los poemas de François Villon, sean empleados para el arreglo y lim¬pieza de las cloacas de París. Más tarde, ya en el siglo XVII, se ordena el envío de los mismos a las galeras o su destierro a Canadá. Y como recuerda Taine, en el reinado de Luis IX muchos franceses por razones polí¬ticas o venganzas son acusados de vagancia, presos y sometidos a trabajos en obras de carácter público. Dando fin a ese mundo de injusticias, en 1789 la Revolución establece la libertad de elegir trabajo, de movilizarse por el país y de residencia. Nuevos tiempos se inicia¬ban para los hombres».
Dejemos a un lado los antecedentes de otros ámbi¬tos y traslademos ahora la atención al Nuevo Mundo. Como es sabido, España lleva a las colonias la legisla¬ción de la metrópoli, adaptándola a cada una de las ne¬cesidades que se presentan. La sociedad tradicional del Viejo Mundo le otorgaba los elementos necesarios para imponer su voluntad, los intereses del dominio ame¬ricano exigían que la impusiese con toda su fuerza. En 1509, según Zavala, la Corona autoriza a Colón a compe-lir a los españoles sin fortuna que se habían trasladado con él a buscar un amo": «muchos —se dice— de los que van a estas Indias, antes que a ella fuesen solían ganar su vida a ello por sus manos o que después de llegados allá no lo quieren hacer».
El mundo, pues, de los menos y los más. Un mundo,
°Cf.: Riviére, Mendigos y vagabundos, Madrid, s/f; Florián y Cavaglieri, Los vagabundos, Turín, dos vols., 1897 y 1900. Las ordenanzas de Francia están fechadas el 22 de abril de 1532. Véase asimismo sobre Francia: Alexandre Vexliard, In-troductíon á la sociologie du vagabondage, París, Marcel Riviére, 1956.
Silvio Zavala, Estudios indianos, México, Ediciones

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