Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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las primeras que llegaron al Paraguay con in¬mensos gastos”.
A los pobres, querían dominarlos. Impedirles el acce¬so a la tierra. Para que en 1810 las vacas no costasen tan¬to como aquellas introducidas por Irala en el siglo XVI, señala García, se debía expulsar a los agricultores sin tie¬rras propias. Lo aconseja así a la Junta de Gobierno. En un solo partido de la provincia, y el hecho se repetía en todos ellos, ciento cincuenta de las seiscientas familias instaladas dominan la tierra disponible, “los demás o son arrendatarios o tolerados, o puestos en terrenos realen¬gos”. De todas maneras, se aconseja para evitar males mayores el reparto de algunos lotes de tierra pública. Nada, por cierto, se hace. Con justa razón sostiene Emi¬lio Daireaux, un estanciero francés establecido en el país muchos años más tarde: “El gaucho no es una raza como en lejanos países se cree, es una clase social”0. Y en esa definición está todo dicho.
a Lo destacado nos pertenece. Acuerdo del día 12 de marzo de 1790. La solicitud marca el pensamiento de la clase poseedo¬ra en los más variados aspectos de control y dominio de la tierra.
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 38, expediente nro. 1.
c Emilio Daireaux, Vida y costumbres en el Plata, Buenos Ai¬res, Lajouane, 1888, t° I, p. 33.
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Hechas las anteriores precisiones, determinados los nexos entre el dominio de la tierra y el control social, de¬bemos centrar nuestra atención en otros aspectos del mismo período, profundizando en el contenido total de las relaciones.
LOS SERES DE “COLOR BAJO” Y LOS DUEÑOS DE LA TIERRA
“Todos los vecinos, moradores, estantes y habitantes o pasajeros, solteros, que no tengan oficio ni tienda, ni estancia, ni casa propia en que vivir, ni son mayordomos de ellas, dentro del tercer día de promulgado este bando sentarán plaza de soldados”.
Buenos Aires, 17 de mayo de 1653
“El gran propietario, acaparando e inmovilizando exten¬sas superficies, era el exponente y resultante de las leyes que regían el suelo de nuestra manera de ser económica”.
Miguel Ángel Cárcano, Evolución histórica de la tierra pública, Buenos Aires, 1917, p. 11.
I - LA RIQUEZA Y EL ORIGEN ÉTNICO
Señalamos en las páginas anteriores algunos aspectos de las relaciones entre los desposeídos, en nuestro caso el gaucho rioplatense, y los propietarios de las hacien¬das latifundistas. Mencionamos asimismo en líneas gene¬rales las alianzas que se iban conjugando a la sombra de los intereses comunes. Aquella situación se ha de proyec¬tar en las siguientes páginas con más fuerza, con otros contenidos, a partir de las primeras medidas de control y de la cotidianeidad del poblador rural.
En un área donde no todos pueden obtener trabajo, se plantea desde un primer momento la adopción de me¬didas para controlar a los sin recursos. Lo sintomático
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es, el hecho se desprende del análisis de los padrones de la campaña, la gran cantidad de “agregados” que residen en las estancias y pequeños establecimientos ganaderos, no pocos de ellos en un rincón del campo con su familia y parientes. La imposibilidad de obtener tierras, la ya aludida apropiación de la disponible, deja fuera del do¬minio de una parcela no sólo a mestizos, negros y mu¬latos, asimismo a la mayor parte de los indianos. En un principio, bien lo recuerda Barco Centenera en sus rimas de Argentina (1601) y lo indicamos nosotros más arriba, pobres y ricos se igualaban en la sociedad de conquista (”Es esta cosa allá tan conocida,/Que el zapatero vil y el calcetero/Se iguala con el noble caballero”).
Debemos recordarlo. Se igualan a los jefes —lo de “noble caballero” es una imaginada alusión de Barco Centenera— en el transcurso de los enfrentamientos con las tribus más belicosas, en los peligros de la con¬quista. Pero de ninguna manera en el reparto de la tie-; rra o en las encomiendas de indios sometidos. Pode¬mos, pues, decir resumiendo todo el proceso que ya a partir de los primeros años de la conquista se menciona a las “casas nobles”; a la “gente del común” o de “baja esfera”. Se dice, por caso, en 1705, que “cuatro esclavos no hacen a un hombre”. Pero iban más lejos aún, y se ra¬cionaliza sobre lo que se considera la vileza del trabajo servil y manual.
En efecto, se es de “baja esfera” tanto por el hecho de ser negro o mestizo como por ejercer oficios consi¬derados viles. Vil es el portero del Cabildo de Buenos Aires, según se decide en 1777, a pesar de su origen europeo. En Lujan, las autoridades municipales, todas ellas hacendados, impiden el ingreso al Cabildo local a los vecinos pulperos o despachantes de aumentos, calificándolos de “baja esfera” por el hecho de aten¬der a negros y mestizos.
No es necesario insistir. La tierra y el ganado son sinónimos de riqueza y poder. Ya en el siglo XVII, el dinero es el único escudo de nobleza que pueden presentar algunos contados habitantes de la ciudad; los mercaderes y estancieros, españoles o criollos, ven en él, en el ganado que lo produce, el fin de todos sus afanes. En fin, el medio más adecuado para ingresar a los cargos de la administración local.
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Al cabo de algunos años de residencia indiana, luego de sacrificios y apoyos interesados, algunos elegidos de la suerte reúnen un considerable caudal de dinero. Félix de Alzaga, traficante de esclavos y mercader, en sus pri¬meros meses de indiano atiende la pulpería de su paisano Santa Coloma y cubierto casi de harapos duerme sobre el mostrador del comercio. Dos décadas más tarde posee veleros para realizar el tráfico de esclavos con el litoral africano. Desde otro ángulo, esa posibilidad de ascenso, siempre por cuenta gotas, significa para el sistema la posibilidad de obtener adhesiones incondicionales. Son muchos, así inducidos, los que esperan en silencio esta especie de premio a la obediencia. He aquí, en el relato de un testigo, el camino seguido por los afortunados que hacen dinero en el Río de la Plata:
“Todos son mercaderes que acá no es mengua de no¬bleza. Vemos varias transformaciones. Viene un grume¬te, calafate, marinero, albañil o carpintero de navio. Comienza aquí a trabajar como allá (que espanta a los de la tierra, que no están hechos a tanto) haciendo casas., barcos, carpinteando, aserrando todo el día; o metién¬dose a tabernero, que aquí llamamos pulpero, o a ten¬dero. Dentro de pocos meses se ve que con su industria y trabajo ha juntado alguna plata; hace un viaje con yerba y géneros de Europa a Chile o a Potosí. Ya viene hombre de fortuna; vuelve a hacer otro viaje y ya a este segundo le vemos caballero, vestido de seda y galones, espadín y peluca, que acá hay mucha profanidad en ga¬las, con ser que valen tres o cuatro veces que en Espa¬ña. Esto ocurre cada día. Y luego lo vemos Oficial Real o Tesorero, Alcalde y Teniente de Gobernador: y tal cual Gobernador, aunque éstos comúnmente vienen de España, gente noble” “.
Por detrás del éxito visible, encontramos la miseria de los inmigrantes sin fortuna esperanzados en las migajas del sistema. De todas maneras, su condición no alcanza en ningún momento a la de los gauchos.
“Guillermo Furlong, José Cardiel y su carta relación (1747), Buenos Aires, Librería del Plata, 1953, p. 118.
bCí. José Torre Revello, Noticias sobre los vecinos más
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Particularmente, y sobre todo, a la simple razón de participar en un porcentaje mayor de la técnica y la cul¬tura, de ser algo más hombre-mundo. Poco antes de fi¬nalizar el siglo XVIII, extrañado por la movilidad que observa en ciertos sectores, Juan Francisco Aguirre define a Buenos Aires como a una ciudad donde se ve¬rifica aquello de “el padre mercader, el hijo caballero y el nieto pordiosero”". Varios lustros más tarde, ya en la Argentina independiente, El Ambigú de Buenos Aires recuerda que en esa época “Era tan considerable entre nosotros este deseo de quererse elevar sobre su clase, que dio sin duda origen al dicho común de que los hijos de los poderosos eran aquí caballeros y los nietos pulperos”.
Junto al ascenso social y económico, la selección en el matrimonio. En tiempos de Carlos III se establece en una pragmática que los parientes de una pareja de novios pueden oponerse al casamiento de éstos si por los antecedentes “dudosos” de cualquiera de los no¬vios, léase carencia de propiedades y por consiguiente de dote, lo consideraran perjudicial al honor de la fa¬milia. En América es necesario insistir en recordarlo, la diferencia de castas, lo que erróneamente se define con el eufemístico “pigmentocracia”, señala en realidad una diferencia económica.
acaudalados de Buenos Aires en la época del primer gobierno de Pedro de Cevallos (1766), en Boletín del Instituto de In¬vestigaciones Históricas, t° VII, n° 38, Buenos Aires, 1929, pp. 320-328.
aJuan Francisco Aguirre, Diario del capitán de fragata. . ., en Revista de la Biblioteca Naciona
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