Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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os negros, ni juntas de ellos ni con mulatos, indios o mesti¬zos”.
Pero hay más; el 17 de noviembre de 1777 se estable¬ce: “siendo indecentes los inconvenientes y gravísimos perjuicios que se siguen de los juegos con que se haya vi¬ciada casi toda la gente de campo, se prohibe toda espe¬cie de ellos, a saber: de naipes, de dados, de taba, corri¬das de patos y cuantos más intenten de interés”; y el 9 de agosto de 1790 deciden “que todo indio, mulato cono¬cido o moreno libre que se halle poblado en dichos par-
? Roberto H. Marfany, El régimen colonial de la tierra, en Historia de la provincia de Buenos Aires, t° I, La Plata, 1940, pág. 56.
b Todos los ejemplos anteriores y posteriores pertenecen a los libros de “bandos”, originales manuscritos en el Archivo Ge¬neral de la Nación, en Buenos Aires.
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tidos (de la campaña de Buenos Aires) se presente dentro de quince días al alcalde del distrito bajo la pena de vein¬ticuatro azotes a dar razón de su ejercicio o medio que tenga de mantenerse”"; y el mismo día y año se ordena “que respecto a las pendencias, desafíos, atropellamien-tos de caballos y otros graves daños que causa el violento juego de pato se cele con el mayor rigor su prohibición aplicando a cualquiera que pusiese o promoviese (el mis¬mo) la pena de doce pesos de multa”; y el 23 de diciem¬bre de 1791 establecen “que todo peón que se encon¬trase vagueando por la campaña induciendo a juegos, ebrio o con daga o cuchillo, aunque no haya ofendido a nadie, o lleve consigo baraja o dados, sea detenido y remitido a esta superioridad”.
Por otra parte, en Lujan, la villa emplazada a pocos kilómetros de Buenos Aires, el sargento mayor y coman¬dante de milicias de la campaña, el temido estanciero Manuel del Pinazo, determina por su cuenta otras me¬didas represivas: “que ningún vecino consiente en su ca¬so agregados bajo del pretexto de sembrar” (22 de mar¬zo de 1776); “mando que en ninguna tienda ni pulpería sean osados sus dueños jugar baraja con el pretexto de que juegan gasto, hasta después de concluida la misa ma¬yor, cerrando sus puertas al primer toque de campana” (2 de marzo de 1776); “no permitirán los que tuviesen canchas de bochas y bolas, así en esta villa como en su jurisdicción, juegos en ellas en todo el tiempo de la cua¬resma” (22 de marzo de 1776); “mando que vecino algu¬no ponga ni consienta juego de daos (sic) (22 de marzo de 1776)fl. Era el orden y la represión.
De la misma manera, superponiéndose a lo ya expues¬to, encontramos las quejas de los estancieros latifundis¬tas solicitando las mencionadas y otras medidas de repre¬sión. Por intermedio de la Junta de Hacendados, asocia¬ción gremial que reúne a los más importantes dueños de tierras y rodeos, elevan sus clamores interesados. En un lugar destacado se encuentra el interés en detener la “in¬vasión” de los agricultores, reiteradamente expuesto.
Se pena a los que no cumplen con lo dispuesto a “cien azo¬tes por las calles y de cuatro años de presidio, si fuese indio, mu¬lato o negro”.
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Esas expresiones de disconformidad y de inquietud —de ninguna manera la expresión de una “mentalidad colo¬nial” como podría pensar cierta tendencia histórica— adquieren, en los momentos en que se expande la pobla¬ción de la ciudad, una especial agresividad y vigor. Acu¬san, el 30 de mayo de 1775, a ciertos propietarios de aceptar labradores en sus campos (”hagan chácaras en los terrenos propios de estancias”) y advierten, con insisten¬cia, “que muchos sin poseer el terreno competente para estancia se han hecho de crecido número de ganado y. . . como el campo de su respectivo dueño es muy limitado salen de él y se extienden por los circunvencinos en per¬juicio de los amos de ellos”. Pero no es todo. Solicitan asimismo se prohiba en todos los casos la división de las estancias, sea por herencia, venta u otra razón, una ma¬nera de impedir todo posible cambio. El hecho de que lo último no fuera llevado a cabo no fue una casualidad. Ha¬bía razones que hacían a la estabilidad del sistema y a los intereses generales, más fuertes que todos los deseos. Sea ello1 como fuere, lo cierto es que nuevamente, en marzo de 1790, al analizarse en el Cabildo de Buenos Ai¬res los motivos de la disminución de los rodeos vacunos, se vuelve a insistir en las actividades de los labradores. El “abuso”, dice, de sembrarse trigo, maíz y otros cereales en las estancias, una actividad que ahuyenta los ganados. Es así, por la misma razón, que solicitan los autoricen a formar un cuerpo policial para “purgar los campos de todo lo que les incomode”. Los deseos de participar di¬rectamente en la represión alcanza límites insólitos. Era, sin metáfora alguna, disponer de todo el control en sus manos. “Pues estrechados —sostienen— los criadores con los vínculos de una bien regalada sociedad, y alentados con su propio interés, procederán de acuerdo a purgar los campos de todo lo que les incomode, haciendo que los vagos españoles se apliquen al trabajo o se destinen a las nuevas poblaciones. . . y que los negros y mulatos libres vivan precisamente agregados a los propios criado¬res, para que éstos puedan celar su conducta y adelantar sus trabajos con este auxilio que es lo que ordenan las le¬yes de Indias del títulos cuarto del libro séptimo”". Y todo ello han de lograrlo.
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo B-5, expediente 20.
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En general, puede decirse que las aspiraciones de los hacendados se concretan poco después al sancionarse las más variadas disposiciones represivas. Desean, sin más, todo el poder, además de económico, concentrado en sus manos. Lo dicen en 1790: “En una palabra, haciéndose a los criadores por este medio árbitros de su propia feli¬cidad, podemos prometernos que, mejorando éstos en breve tiempo de la deplorable situación en que se hallan, lograría el público un comercio floreciente, que es el que vivifica y sustenta a los demás gremios que componen la república.”
Al igual que en la Banda Oriental, los “señores” de las estancias persiguen a los pobladores que se instalan en al¬gún rincón de la campaña para cuidar sus rodeos o traba¬jar la tierra con los primitivos arados de madera. En Co-ronda, provincia de Santa Fe, reiteradamente los latifun¬distas de la región se quejan de los “notorios y continua¬dos” daños que experimentan en sus campos. Culpan de ello a los pobres que no disponen de hierres y se dedican a cuidar algunos animales, “sin tener un palmo de tie¬rra”. Y también la constante alusión a las inclinaciones sexuales asociadas a otros hechos; la represión en todos sus aspectos: “cometer ofensas contra ambas majestades, como son el amancebamiento continuo y el robo de ha¬ciendas”. Todo ello nos ambienta en una situación que no es de ninguna manera aislada. A poco, por intermedio de un auto de “buen gobierno” ordenan el desalojo de las familias “de sus ranchos y corrales”, acusándoselos de vagos y de no poseer “una vara de tierra”. Y luego lo inaudito: días más tarde, autorizado lo dispuesto, el alcal¬de de la hermandad del partido, con el apoyo de varios soldados blandengues, incendia el pueblo de Coronda. La solución es total, pero no el silencio. Pues bien, el cura de la región, presionado por los perjudicados, acude a la justicia para que se repare el daño. Se inician entonces las averiguaciones. Uno a uno declaran los presuntos va¬gos. La mayor parte de ellos poseen lecheras, vacas de cría, ganado menor y cultivan pequeñas huertas y cha¬cras. Viven —vivían— en pequeños ranchos de cuero, sím¬bolo del arcaísmo y la miseria. Los días transcurren y el resultado último es una multa de cincuenta pesos a los incendiarios. Pero nadie decide indemnizar a quienes ha-
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bían desalojado.0. Era, con todas las implicancias de un hecho de esa naturaleza, uno de los tantos capítulos de la pedagogía del miedo.
También en Buenos Aires. Poco antes de mayo de 1810, el fiel ejecutor de la ciudad acusa a los pequeños propietarios de la campaña de realizar faenas clandesti¬nas*. Tiempo después, en agosto del mismo año, Pedro Andrés García, comisionado para el arreglo de la campa¬ña, se refiere a los problemas más frecuentes, acusando como siempre a los vagos, a las familias agregadas en los campos y a los agricultores que siembran en las tierras de las estancias. Es más, “las desvastaciones —clama—han crecido en razón directa del número de consumido¬res, y debe en breve experimentarse un resultado que nos ponga al nivel del año 1580 en que por mucho tiempo fue axioma para ponderar las cosas de mucho tiempo: son más caras que las vacas de Irala, que según la Argen¬tina fueron
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