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de tributos y servicios, como de ritos y usos mortíferos”".
Una realidad, la del interés por los metales preciosos, qué duda cabe, también cuantitativa: la suma de todos los metales preciosos embarcados legalmente a los puer¬tos españoles durante tres siglos superó el 77 por ciento de todas las exportaciones. Más aún, en los primeros cien años, particularmente en tiempos de Felipe II, al¬canzan al 86 por ciento, elevándose el promedio si le agregamos el valor de los que se evaden a través del intérlope. Paralelamente, las exportaciones pecuarias, lanas y cueros, ocupan un sitio de escasa importancia •
a Joseph de Acosta, natural y moral de las Indias, Madrid, 1894, t. I, p. 290; t. II, p. 355.
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en el resto de los envíos. Y, dentro de éstos, menos aún los cueros provenientes del Río de la Plata, casi sin demanda en el mercado sevillano debido a su poca calidad”.
Hasta aquí, en breves palabras, la escena económica en el siglo XVII. Y en lo que respecta al Río de la Plata, recién al finalizar la siguiente centuria se exportarán las primeras carnes saladas para alimentar los esclavos de las economías de plantación, una realidad que asocia la explotación pecuaria a y durante más de un siglo. El establecimiento humano en la región bonaerense no estuvo determinado al interés de afincar en la tierra colonos y sobre ello nos informan los documentos y ca¬pitulaciones de conquistadores y adelantados que esta¬blecen la participación con el rey en el botín que pudie¬sen lograr. Es evidente entonces, teniendo en cuenta lo anterior, que, llegados a este punto, nos preguntemos por la razón que motiva a españoles y mestizos a instalar¬se en las poblaciones del litoral atlántico. Vayamos por partes. En primer lugar, como es sabido, los primeros eu¬ropeos que arriban al actual territorio argentino llegan procedentes de España con las primeras expediciones descubridoras. Luego del intento fracasado de Caboto de establecerse en Sane ti Spiritus, en realidad una facto¬ría más que una población, los pioneros de la región se instalan en 1536 con Pedro de Mendoza, la primera Bue¬nos Aires, emigrando poco después a las tierras subtropi¬cales paraguayas.
En segundo lugar, en 1543 otros grupos se desplazan
Cf. E. Lorenzo Sanz, El comercio de España con América en la época de Felipe II, Valladolid, 1979,1.1, p. 545; Lutgaido García Fuentes, El comercio español con América, 1650-1700, Sevilla, 1980, p. 381. Permanentemente en los informes elevados al Consejo de Estado de la Cotona española (originales en Biblio¬teca Nacional y Archivo Histórico Nacional de Madrid) se men¬ciona esa realidad. Un interesante análisis del interés por los me¬tales preciosos se plantea en el “Informe de Juan de Nevé sobre los medios que se podían poner para aumentar el Comercio de las Indias. Y otro más extenso sobre lo mismo, con relación de los derechos que deben pagar las mercaderías que van a las Indias y el oro, plata y fruto que vienen de ellas”, Sevilla 1622, en Ar¬chivo General de Indias, Sevilla, Consulados, legajo 93.
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desde el Alto y Bajo Perú. De las tierras de Cuzco unos doscientos hombres esperanzados en hallar metales pre¬ciosos descienden por el antiguo camino del hasta el lago Titicaca. Atraviesan luego las arenas del altiplano de los Charcas, con sus pequeños oasis rodeados de are¬nas cubiertas de tolas, cactáceas, ichu y yareta, región de los indios suras y charcas, y llegan a Tanja. De allí, siem¬pre hacia el sur, cruzando el valle Calchaquí, se internan en la zona que los naturales de la región llaman Tucma (Tucumán). Un grupo avanzará, separándose del resto, a las tierras de la actual provincia de Córdoba y, con un propósito bien definido, bordeando el río Tercero y el Carcarañá finalizan su itinerario junto al fuerte Sancti Spíritus, sobre el Paraná (”entramos en búsqueda de los españoles del Río de la Plata e de un señor que hay en él que llaman Corundá” recuerda mucho después uno de los participantes en la expedición). Organizada la “entra¬da” a manera de una operación comercial (cada uno de los jefes aporta 30.000 pesos de oro), sin hallar metales preciosos, regresan en 1546 al Perú, enterándose de la buena nueva del descubrimiento de los yacimientos de plata de Potosí.
Transcurren luego varios años, un período que coinci¬de con las guerras civiles del Perú y el comienzo de la ex¬plotación argentífera, sin que nadie entonces tuviese nin¬gún interés por el interior argentino. Se reincide poco más tarde, ahora debido al impulso de los propietarios del Cerro Rico. Es así que a partir de 1549 Diego Centeno, uno de los más ricos mineros altoperuanos, propicia la apertura de las rutas y la fundación de las ciudades-postas. No es ya la esperanza de hallar metales precio¬sos lo que guía los pasos de quienes se encaminan en . dirección al Río de la Plata: esperan, por cierto, facilitar la salida al mar y establecer el comercio con los puertos brasileños (San Vicente, Río de Janeiro y San Salvador de Bahía).
En efecto, Charcas, aislada en el Alto Perú, depende para abastecerse de manufacturas del circuito comercial que a través del Pacífico se enlaza con el complejo siste¬ma de la flota de galeones que converge a Panamá, lento, costoso y monopolizado por mercaderes dependientes de otros extranjeros y cuyas ideas y métodos determina To¬más de Mercado en Suma de tratos y contratos, impreso
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en 1571. Conocemos la ruta, el día, el mes y el año de cada fundación; el nombre de sus jefes y soldados. Todo o casi todo ha sido expuesto. Sabemos, también, que con el reparto de las tierras comienzan a encomendarse los indígenas sometidos, enviándose no pocos de ellos a Po¬tosí y . Lentamente el Interior se integra a la econo¬mía minera, reforzándose la tendencia luego de la funda¬ción de Buenos Aires por parte de Juan de Garay (1580), personero de los intereses de Ortiz de Zarate y su círculo. En suma, de quienes esperan extraer clandestinamente los metales preciosos, evadiendo el pago de los impuestos y los juros forzados (empréstitos) de la Corona.
Fue éste el rasgo característico del Interior, un Inte¬rior que se integra lentamente a Potosí a través del puer¬to bonaerense. En el vasto territorio que se extiende al sur de Potosí en dirección al Atlántico, residencia de un grupo de “señores feudatarios”, nos encontramos con si¬tuaciones económicas agregadas a los intereses generales que determinan la presencia española en América del Sur. De las mismas, así lo declaran los testimonios de la épo¬ca, se beneficia un sector que medra del tránsito de mer¬caderías a través de la Ruta Continental, vendiendo sus servicios: vivienda, transporte y aumentos. Y también enviando a Potosí productos artesanales y agrícolas, fruto del trabajo servil de los naturales. Es así como el servicio personal de la encomienda se adapta a la de subsistencia propia de las zonas marginales como lo eran las del interior y Buenos Aires. Es, por cierto, una estre¬cha asociación, similar a la de otras economías arcaicas: una realidad identificada a la española de esos días don¬de se mantiene el dominio de una oligarquía señorial y la inmovilidad que facilita el mismo. En suma, nos en¬contramos ante el resultado de la conquista: la sociedad de los “señores feudatarios” latifundistas y de las depen¬dencias coloniales. La del dominio mercantil que extrae metales preciosos a través de las nuevas rutas. Y en el ámbito interno, en síntesis, por vecinos encomenderos, una categoría particular de privilegio a la que luego de 1554 puede accederse asimismo con la propiedad de una “casa poblada”, con la jefatura de una familia y todas las implicancias sociales y económicas que determina entonces ese hecho. Para ser vecino es necesario, en to¬dos los casos, la autorización previa de quienes van a
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ser sus pares. Y, tratándose de extranjeros, deben, por otra parte, estar casados con española o nativa de la región.
¿Por qué ese interés? Las respuestas deben buscarse en criterios alejados de lo jurídico o, de acuerdo con tesis expuesta por Maravall al aludir a circunstancias similares en España (la hidalguía), en un presunto deseo de “ho¬nor” o “prestigio” ante el común de la población, lo aleatorio, realidades que por sí solas no alcanzan a justi¬ficar las actitudes aludidas”. En primer lugar, no olvide¬mos que la categoría de “vecino”, al igual que la hidal¬guía en España, constituye un importante punto de par¬tida para obtener beneficios económicos: permite acce¬der a la tierra que reparte la Corona o las autoridades locales, el dominio de las encomiendas indígenas y ocu¬par los cargos no vendibles de la administración local, el Cabildo, de las ciudades dond

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