Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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udiendo ocuparse honestamente en los mismos terrenos. ”
Los adjudicatarios de tierras, agrega, pertenecientes todos ellos a los grupos privilegiados, tienen clara con¬ciencia de que sus propiedades se valorizan con rapi¬dez y han de obtener al transferirlas considerables ga¬nancias. “Saben —aclara— que cada día urge la necesi¬dad de extender las poblaciones, con que fácilmente les ocurre la alta idea de tener feudatarios en breve tiem¬po o de vender a un subido precio cada pequeña porción de aquel (terreno) que ahora les cuesta casi nada y que un cualquiera mañana piensa ser un gran señor”. E insis¬te, demostrándonos la plena conciencia que existe ya so¬bre ese problema en el siglo XVIII, en la necesidad de que se reparta la tierra entre los más pobres: “Que siem¬pre sean preferidos los pobres aun entre los mismos po¬bres labradores. Que el fin primario o único de las ven¬tas es el común beneficio: que por lo mismo las tierras se repartan sin exceso. Palabras dignas de escribirse cien veces’”
Sagasti sabe, y así lo expresa, que adquiere poderosos enemigos particulares, odios que han de perseguirlo. Su acción, sin duda alguna, se opone a los sistemas arcaicos y es uno de los tantos eslabones de la lucha, no pocas veces frustrada, contra la injusticia, un preanuncio de otros tiempos que tendrán como partícipes a los sectores más lúcidos. Determina con precisión, al tiempo de plan¬tear su reforma, los problemas de los pobladores sin bie¬nes: miserias, inseguridad, falta de apoyo oficial, perse¬cución de los poderosos. Por otra parte, no menos seve¬ras son sus palabras al referirse a la situación de los labra-
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dores. Siembran, dice, en campos de terceros y viven en miserables “chozas de paja”. “Y es cierto de que si tu¬viera la propiedad de una o media legua sembrarían, edi¬ficarían y fomentarían el terreno como patrimonio que iría sucediendo en sus hijos, y no se verían estos inmen¬sos campos más llenos de gentes ambulantes que de efectivos labradores”. Está, según se ve, muy lejos del pintoresquismo folklórico. Es un acusador que con un conocimiento pleno del problema fustiga al sistema im¬perante y se lamenta de los errores cometidos. En ver¬dad, esa grave situación social y económica, su constante reiteración, no han de cambiar en el tiempo.
Muerto Sagasti, su hermano continúa la prédica. Re¬cuerda, el 1° de abril de 1799, que los poderosos lo ha¬bían reducido a “una indigente y estrecha situación”, so¬licitando al Cabildo de Montevideo un detallado informe sobre el reparto de la tierra realenga y también sobre el destino que habían tenido las propuestas de reforma agraria. Sale en defensa de los intereses ganaderos Fran¬cisco de Zufriategui, representante de los sectores que imponen sus deseos de dominio feudal. Para él, los pode¬rosos terratenientes representan un “ornamento”, así escribe, indispensable a la Corona para mantener el orden establecido y lograr la “felicidad pública”. Son las suyas las ideas de siempre:
“Los poderosos y ricos hombres de la tierra son el or¬namento de la Corona, éstos, debemos creer, que sus caudales los conservan y aumentan como un desempeño de la Majestad y del Estado, como un socorro de la tri¬bulación del público y como una memoria perpetua de la felicidad y fortuna que heredaron o adquirieron: en ellos tienen los pobres sus auxilios, llénalos Dios de piedad para su socorro, y abren libremente las manos con ellos. Los que tienen hacienda acomodan capataces y peones; los que son labradores, tienen sus cosecheros y arrenda¬dores, que por una corta contribución son dueños del te¬rreno que ocupan con sus labores y no pocas veces ad¬quieren, con que hacen suyos aquellos terrenos de que hay muchos ejemplares; de modo que siendo Dios autor de todas las cosas, quiso que el pobre viviese dependiente del rico con un trabajo personal y el rico del pobre (y)
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con su dinero, sirviéndose de todas las artes para su sub¬sistencia, decencia y ornato.”
Que “el pobre viva dependiente del rico” y “el rico del pobre” son dos de los deseos más importantes. Niega Zufriategui, procurador de sus pares “vecinos”, que el monarca sea partidario de los repartos indiscriminados de tierras. Se trata de una visión totalitaria, propia del Antiguo régimen, del reparto de la riqueza pública. “Ni es nuevo —comenta— que los ricos sean dueños de in¬mensas tierras como sucede en Europa con la grandeza, y algunas familias religiosas que tienen tierras para cortijo, para labradío, para arrendar trabajando los pobres con el reconocimiento y contribución anual”. Es más: “Los te¬soros Dios los reparte y de la posesión de ellos no deben ser émulos los que carecen de facultades”. Todo queda¬ba dicho. Sólo importa el lucro de los menos.
V- “HACIÉNDOSE A LOS CRIADORES ARBITROS DE SU PROPIA FELICIDAD”
Hasta aquí el interés por la tierra. Hablemos seguida¬mente de los hombres que sirven en ellas. Como se ha ad¬vertido reiteradamente, los problemas del peón de cam¬po y la rigidez en las relaciones están en relación directa al creciente aumento de los precios de los cueros y a la valorización de los campos.
Pues bien, interesadas en los productos de las estan¬cias, las autoridades del Cabildo porteño venían adop¬tando, según vimos, las más variadas medidas, perfeccio¬nando y “racionalizando” las medidas represivas. Hacia comienzos del siglo XVIII, nadie que no esté debida¬mente autorizado puede establecerse en el campo con hacienda propia. Se disponen, el 3 de febrero de 1721, diversas reglas para el funcionamiento de las estancias de la Banda Oriental, estableciéndose el número de peo¬nes que deben ocupar. Son bien precisas:
“acordaron que convenia que las estancias que son nueve y cuatro de las obligadas, y por todas trece, per-
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manezcan con la calidad de que en ella no se mantengan más que en cada una dos o tres peones conforme a la cantidad de caballos y ganados que en ellas hubiere. Y que todos los demás que se hallaren se echen a esta Ban¬da y los caballos y demás aperos que se les tomase se apliquen para gastos de la expulsión. ”
Treinta y nueve peones, en el mejor de los casos, bas¬taban para atender los rodeos de gran parte del actual territorio uruguayo. Era, se la convertía, en una tierra desolada y primitiva. Por otra parte, deciden expulsar a quienes habían establecido por su cuenta estancias en zonas apartadas, “andariegos” sin fortuna, definen, pro¬venientes de San Luis, Salta, Córdoba, Santa Fe, Para¬guay, Santiago del Estero y Corrientes: “ya son dueños de haciendas y pretenden serlo de los campos” observan con temor. Eran, sin duda alguna, los intereses ya ex¬puestos en las páginas anteriores y una nueva actitud so¬cial y económica más acorde con el grupo. De ninguna manera, observan, han de permitir que esos pobres pue¬dan “desfrutar las campañas”. Si tuviésemos que relatar otros episodios semejantes ocurridos en la Banda Orien¬tal en la segunda mitad del setecientos, una frontera en expansión al igual que los campos bonaerenses en el si¬glo XIX, con problemas semejantes, tendríamos que lle¬nar muchas páginas. Nos hemos limitado, una vez más, a determinar ejemplos característicos. Señalemos segui¬damente la realidad en la orilla opuesta del río de la Plata.
También aquí se alude con cierta reiteración a las in¬justicias cometidas. Félix de Azara, naturalista y obser¬vador de la sociedad rioplatense, en no pocas de sus pá¬ginas insiste en recordar las ventas de tierras a los ricos, segregandose a los menos pudientes.” Y lo confirma tam-
” Félix de Azara, Memoria sobre el estado rural del Río de la Plata en 1801 y otros informes, Buenos Aires, Bajel, \943;Dia-rio de un reconocimiento de las guardias y fortines de Buenos Aires, para ensancharla por don Félix de Azara, en Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna del Río de la Plata, Buenos Aires, Imprenta de la Independencia, 1837, t° VI.
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bien ‘un historiador contemporáneo al escribir que “La situación se reducía, en definitiva, a que los propieta¬rios de campos eran los acaudalados que reunían grandes extensiones, mientras que los agricultores que eran quie¬nes trabajaban la tierra, no la tenían propia”".
Unidos al control económico, de la misma manera, también la represión y el control jerárquico facilitan el dominio y lo sacralizan. Las cosas no habían cambiado con relación al siglo XVII. Como pronto hemos de ver mejor, se controlan todos los actos del “hombre del co¬mún” o de “baja esfera”. Juegos, diversiones, sitios de reunión, ropa, costumbres y creencias son motivo de preocupación para las autoridades locales; nada escapa a sus ojos. Los signos que observamos por todos lados no admiten duda. Mencionaremos algunos de los casos to¬mados al azar de las disposiciones del momento.
El 15 de setiembre de 1742 prohiben se ande a galope por las calles y “el andar mujeres con ellos (los jinetes) en ancas”; el 6 de diciembre de 1745 montar a caballo en la ciudad durante la noche o el amanecer; el 18 de fe¬brero de 1747 llevar boleadoras o traerlas debajo del lo-’millo*; el 16 de marzo de 1746 jugar a los naipes en las pulperías; el 28 de enero de 1756 hacer “corridas de parejas de caballos” los días de trabajo; el 6 de mayo de 1766 “los bailes indecentes que acostumbran tener l
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