Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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41;o para utilidad del los que les pagan con mano bien miserable”0.
Siempre la tierra y el poder de los menos. Las grandes concentraciones de haciendas latifundistas iban aumen¬tando considerablemente y el interés en las mismas de¬terminaba la expansión de la frontera en toda el área. Es la realidad sin duda, expuesta por Manuel Cipriano de Meló en referencia al mundo social y económico que lo circunda; una realidad que hoy pretenden desconocer los practicantes de un empirismo histórico abstracto ajeno a la injusticia y la miseria de los menos.
IV - LOS ESTANCIEROS: “PRECISANDO A LOS
POBRES A QUE LOS SIRVAN POR EL TRISTE
INTERÉS DE UN CONCHAVO”
Por cierto, en esos días nadie ignora la situación. En 1769, en un extenso memorial que se envía al Cabildo de la ciudad de Montevideo y que subscribe entre otros Agustín de la Rosa, un funcionario nacido en España y desligado de todo interés local, denuncia los manejos de los latifundistas José de Villanueva y Francisco de Al-záybar, propietarios de la mayor parte de los campos de la Banda Oriental. Pero debemos insistir en un hecho: recuerdan que ambos son dueños de más tierras “que muchos soberanos de la Alemania, particularmente el úl-
” El borrador original de Manuel Cipriano de Meló se encuen¬tra entre los manuscritos de la Biblioteca Nacional de Buenos Ai¬res, hoy en el Archivo General de la Nación, n° 1931. El subra¬yado nos pertenece.
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timo (Francisco de Alzáybar), que en las tierras que aquí ha poseído y en las que nuevamente pretende ser legíti¬mo dueño pueden acomodarse seiscientos vecinos, res¬pecto de darse a cada uno como hasta aquí, desde la pri¬mitiva fundación de la ciudad”. Nos encontramos, pues, ante la base excepcional de toda la injusticia. Pero hay más. Sostiénese que ningún latifundista había ayudado en nada al bien común de la sociedad. Y advierte por último, en relación el dominio de tantas riquezas, que el mismo es:
“tan en daño nuestro como de la causa del Rey, por¬que hallándose este gobierno con cerca de mil matrimo¬nios y de ellos una prole numerosísima de todas edades y sexos, se puede fundar en los terrenos que pretende Alzáybar una villa o población muy provechosa a la cau¬sa común.”
Tal, pues, la escena de un •dominio que viene de lejos. Años más tarde, en 1795, insiste Agustín de la Rosa en plantear el mismo problema, sosteniendo la necesidad de repartir la tierra entre los gauchos, los labradores y los desposeídos en general. Y si bien sus palabras no son te¬nidas en cuenta por el virrey Pedro Meló de Portugal, el testimonio de las mismas refiere a hechos concretos. Después de acusar a los latifundistas, menciona los méto¬dos de apropiación de los campos asociándolos a la mise¬ria y desamparo de los más. Nos dice:
“Los costos que exigen las denuncias (de tierras), las dilaciones que padecen y la contracción personal que exigen impiden absolutamente la población, porque ca¬reciendo los más de fondos solo logran establecer estan¬cias los acaudalados avasallando y precisando a los po¬bres a que los sirvan por el triste interés de un conchabo o a que, y es lo más común, se abandonen al robo y al contrabando donde hallan firmes apoyos para subsistir. Esta es la razón porque en los campos de la otra banda viven un sinnúmero de gentes enteramente perdidas, que no bastan ya para contenerlas ni el celo ni el empeño, • siendo precisa una fuerza casi extraordinaria”".
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Co¬lonia, Sección Gobierno, Montevideo, 1768-1769, legajo n°8.
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Puesto que no había la posibilidad de otra ocupación, la reacción de los pobres, la única racional en esos días, era previsible. La tesis de Agustín de la Rosa coincide en no pocos aspectos con las ideas expuestas por Meló. “Mientras no se adopte el sistema de poblar la frontera y repartir los campos en suertes de estancia es imposible disipar los desórdenes que destruyen sus terrenos”*7. La gran codicia de los menos, agrega, tanto como las conve¬niencias económicas, la alianza, en suma, con sectores del poder y los altos costos de las denuncias de tierras baldías, impiden a los pobres acceder a su propiedad.
Esa concepción encuentra eco en otras voces. Una re¬lación anónima, posterior a 1790, acusa asimismo a los es¬tancieros de apropiarse de la tierra disponible. En el in¬forme, dirigido al virrey, se observa que los ricos “tienen terrenos de ochenta y cien leguas de distancia, como la estancia de Alzáybar, la Maríscala y otras, que ocupan más terrenos que un reino de Europa”. Y, al propio tiempo, además de apropiarse de los ganados de los po¬bres pagan miserables salarios y dan trabajo a pocos peo¬nes: “sólo —acúsase— conservan capataces y esclavos y a esta gente gaucha. . . para las faenas clandestinas de cue¬ros. . . a tanto por cuero”^.
La organización del poder, pues, se establecía sobre la base de dos planos bien delimitados: la acumulación de la propiedad y los salarios bajos. “La fortuna de los ciu¬dadanos —escribe por entonces el jesuíta Dobrizhoffer— se define aquí más por .a cantidad del ganado, que del dinero efectivo”c .
Señalamos, por último, otro intento de reforma. En 1782, desde Montevideo, José Sagasti insiste en señalar planteos similares a los de Meló y De la Rosa. Solicita el reparto de la tierra entre las menos pudientes y desarro¬lla un plan para su entrega, acompañando planos y estu¬dios preliminares. Comienza por condenar las entregas de
” Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Comandancia de Fronteras, 1789-1801.
” Informe hecho al virrey sobre el reparto de tierras y gana¬dos en la Banda Oriental, en La Revista de Buenos Aires, año 8, nro. 90, Buenos Aires, octubre de 1870, pp. 167-181.
c Martín Dobrizhoffer, Historia de los abipones, Resistencia, Facultad de Humanidades, t° I, 1967, p. 56.
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tierras en pocas manos y los fraudes cometidos. Declara entonces que:
“Todas las ventas de tierras de una grande extensión son perjudiciales al real erario. Un terreno, entiéndase siempre de mucha extensión desierto y baldío o conside¬rado como tal, se evalúa comúnmente por un precio tan ínfimo que muchas veces el trabajo y la misma mensura importa más. Las razones ya que por el error geométrico con que se procede en su condición como abajo se demos¬trará y ya porque los sujetos que los compran son pode¬rosos y los agrimensores evaluadores y demás comisiona¬dos tal vez son sus íntimos o sus dependientes, y cuando no resumen dos leguas en una no atienden a la amenidad de los campos, frondosidad de los montes ni otras cir¬cunstancias constituyentes del valor, y tal vez, lo que es peor, fingen una mensura que no habido para que demás del dolo que interviene se evite el peligro de ser inte¬rrumpidas sus ideas por la oposición de los vecinos que ocupan aquellos campos que fingen fueren baldíos, cuyo grito, al tiempo que se intenta su violento lanzamiento en virtud del subrepticio título, es oscuro y rara vez oído de los superiores.”".
Es sintomática la determinación del “grito”; lo es también el hecho de que rara vez el mismo era oído. Son los anteriores, seguían siéndolo, los fraudes para la ob¬tención de las estancias. Por esa razón Sagasti propone la entrega de pequeñas parcelas a los labradores y habitan¬tes sin medios de fortuna, prescindiendo de un reparto latifundista. Y también: “rescindir las ventas celebradas de provincias enteras a favor de los poderosos”. Y le ex¬pone luego al rey de España, destinatario de su solicitud:
a Archivo General de la Nación, Buenos Aires, División Colo¬nia, Sección Gobierno, Tribunales, legajo 71, caratulado: “Ex¬tracto del expediente sobre los perjuicios que sufría la Real Ha¬cienda con las ventas de tierras realengas”. Véase también en el mismo legajo: “Año de 1789. Don Francisco Ramón de Sagasti, sobre que le mande dar por los ministros de la Real Hacienda una razón circunstanciada del caudal entrado en cajas desde el año 1780 por ventas de tierras realengas y se le da vista del expedien¬te sobre arreglo de campos.”
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“A ¡os ojos se viene que de venderse a un individuo’ un terreno de veinticinco leguas, cincuenta o cien, lejos de cultivarlo, poblarle y haber comercio queda inculto, despoblado y sin comercio, y que de venderse el mismo terreno a veinte, treinta o cuarenta vecinos quedará po¬blado, cultivado y con comercio. Que de venderse el mis¬mo terreno a un poderoso, infinitos pobres labradores andarán vagando enantes, careciendo de comodidad tem¬poral y pasto espiritual y sin poderse contar entre la so¬ciedad civil sino es para dañarla con muertes, robos y otros vicios que traen la ociosidad p
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