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los pa¬dres jesuítas con su inteligencia”.
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provenientes de las estancias bonaerenses. Todos ellos, los beneficios obtenidos en las actividades esclavistas y en el contrabando los invierten en la compra de campos y ganados en momentos de rápida valorización de ambos debido a la demanda externa de cueros. Se trata del se¬gundo grupo importante de la clase dominante local (el primero lo determinarnos a comienzos del siglo XVII dedicado a la intermediación de esclavos y plata altope-ruana). Arribados a las playas bonaerenses entre 1680 y 1710, representantes de casas comerciales o soldados de los destacamentos militares, contraen matrimonio al poco tiempo con jóvenes pertenecientes a las familias tradicionales de la ciudad, no pocas de ellas descendien¬tes de los portugueses y mestizos de los días iniciales, in¬tegrándose de esa manera a la “aristocracia” señorial que tiene en el Cabildo su medio apropiado de expresión y poder local. Pensamos en Miguel de Riglos, agente de los asentistas británicos y dueño de una barraca donde man¬tiene a los negros recién arribados, casado en primeras nupcias con la casi anciana y rica Gregoria Silveyra de Meló y Gouvea, divorciada por infiel y viuda de un lusi¬tano, y, más tarde, muerta ésta, con una porteña casi niña.
Por último, sobre esa trama determinamos una mayor rigidez en las medidas de control. Y en esas acciones se destaca la solicitud enviada en marzo de 1759 al Cabildo de Buenos Aires. Nos encontramos en el mismo ámbito que había aplicado castigos extremos a los indios some¬tidos, y ésta es la causa, a la que se suma el incremento de los precios de cueros y campos, de un irracional pedi¬do sustentado en hechos económicos. Pues bien, en pri¬mer lugar recuerdan los hacendados el incremento de los robos de ganados, a pesar, observan, de las disposiciones en vigencia que disponían el destierro de los cuatreros a Montevideo o el sometimiento de los mismos a los más variados trabajos forzados. Y también tienen en cuenta el crecimiento demográfico de la campaña, la constante migración desde el Interior, todo ello asociado a una ma¬yor demanda de cueros, por una parte, y a la disminu¬ción de los rodeos por otra. En ese sentido, se calculaba en 1742 en aproximadamente sesenta mil vientres los existentes en la campaña. De los múltiplos habidos, es decir de las crías, faenábanse anualmente no menos de
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veinte mil en la ciudad y quince mil en la campaña, sin contar las pérdidas y robos. Ahí tenemos, en pocas pala¬bras, expuesto el problema. La presencia de esos hechos, pues, les determina a los estancieros a solicitar al Cabildo la fábrica de una pequeña marca, similar a la usada con los esclavos, a efectos de ser estampada al rojo vivo sobre la espalda o el brazo de los cuatreros. Los reincidentes debían ser ahorcados. Los robos, en primer lugar y ante todo, tienen como único fin el sustento de los desposeí¬dos en momentos de transición del sistema de la vaque¬ría al de la estancia. Tradicionalmente se venía faenando una res para tomar de ella una parte, desechándose el resto. Se le informaba en 1784 al latifundista oriental Francisco de Albin que en los campos los gauchos mata¬ban vacunos “tan solo para comer una parte pequeña co¬mo es la picana, entrepierna o lengua, o tan solo por sa¬carles las botas”. En esto, pues, estriba el carácter de las medidas. Es que a partir de las primeras décadas del siglo XVIII, entonces, hay que invertir la perspectiva.
Dentro del proceso económico general, observamos en primer lugar un aumento de las estancias en ambas orillas del Río de la Plata, en el área controlada por las autoridades, preferentemente junto a las “rinconadas” de ríos y arroyos —cercos y aguadas naturales— para un mejor y más adecuado control de los rodeos. Hasta en¬tonces, salvo excepciones, los “establecimientos” gana¬deros no tienen más de mil cabezas de ganado vacuno, determinados como lo estaban por el sistema de explo¬tación predominante: las vaquerías de Santa Fe, Entre Ríos, Buenos Aires y Banda Oriental. Paralelamente, au¬mentan a niveles nunca vistos los pleitos por el dominio de las tierras ganaderas no ocupadas o por el control de una región abundante aún de ganado cimarrón: miles de fojas manuscritas e impresas señalan las disputas de los jesuítas con los vecinos de Montevideo y Corrientes por las “vaquerías del mar”, una fuente de cueros para abas¬tecer a los compradores ingleses.
Poco a poco, esa actividad comienza a requerir mayor número de trabajadores asalariados para tareas perma¬nentes o temporarias, las propias de las corambres y ye¬rras que se realizan una o dos veces al año. Debido a la escasa importancia económica de la región pampeana en el siglo XVII, hasta entonces la mano de obra disponible
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alcanzaba para cubrir los requerimientos mínimos de los propietarios. Por cierto, en Buenos Aires son pocos los peones disponibles para realizar un trabajo, y pocos tam¬bién los dispuestos a conchabarse a cambio de un mísero salario mensual o por la alimentación y la vivienda, un mísero rancho de paja y barro ubicado en un rincón del campo. Asimismo los labradores se ven envueltos en pro¬blemas semejantes: son escasos los peones disponibles para recoger en los primeros meses del año (enero a mar¬zo) el trigo sembrado en las chacras próximas a la ciu¬dad, debiéndose obligar a los artesanos negros, mulatos, mestizos e indios a concurrir al campo para la siega, abandonando temporariamente sus ocupaciones.
El interior, un inmenso desierto donde los míseros pueblos denominados “ciudades” se encuentran a cien¬tos de kilómetros unos de otros, paupérrima sociedad folk sin recursos y cuyas mejores tierras están en manos de unos pocos (Jerónimo Luis de Cabrera, en el siglo XVI, es dueño en Córdoba de una estancia cuya superfi¬cie es similar a la actual Bélgica), fue desde siempre una fuente inagotable de mano de obra para abastecer al litoral. De tanto en tanto, a partir de 1580, “bajaban” al Plata conduciendo tropas de carretas o simplemente para radicarse en la llanura pampeana y trabajar en las vaque¬rías. Traían sus elementos de trabajo, desjarretadoras, cu¬chillos y caballos. Esos procesos determinan intercam¬bios de estilos de vida o, si preferimos, formas folk de la sociedad arcaica, de artesanías indígenas y criollas, y de los mismos nos dan razón los estudiosos del tema al ana¬lizar las expresiones materiales, costumbres y música. Y determinan también, lo que es más importante en nues¬tro caso, la pobreza y la miseria de las regiones origina¬rias.
Aclarado lo anterior, refiriéndonos al origen de la po¬blación rural del área ganadera, en Buenos Aires se pue¬den establecer, y a partir de 1580, varios aportes regiona¬les. Por regla general, según queda dicho, determinantes económicos señalan la presencia de santiagueños, púnta¬nos, mendocinos, sanjuaninos, cordobeses, paraguayos, correntinos.. . Pero, es necesario aclararlo, esas actitudes de migración son sólo un aspecto accesorio a la realidad general. Había en verdad otra causa, de una importancia más de fondo, y es la que hace a la estructura general de
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la sociedad, la referida en líneas generales en el capítulo anterior, que determina tantas herencias, tantas realida¬des de injusticia y otras, tal vez más sutiles y que esca¬pan a la abstracción de los estudios históricos, impuestas como un símbolo castrador del progreso, es decir de la . Lo afirmaba, en relación a otras circunstancias, a fines del siglo XVIII desde su exilio inglés uno de los españoles más lúcidos de todos los tiempos en un grito desgarrador y racionalizado de su angustia e impotencia. “El despotismo español —escribe José Blanco White— no tiene el carácter irritante y cruel que lleva a un pueblo a la desesperación. No es la tarea del negrero —agrega— cuyo látigo siembra deseos de venganza en el corazón de los esclavos. Es más bien la precaución del agricultor que castra el ganado cuya fuerza teme. El animal debilitado crece sin darse cuenta del daño y después de una breve doma se puede pensar que llega incluso a amar el yugo”. Y todas estas ideas, o por decir mejor experiencias de su vida, no desarrollan otros aspectos, que por cierto desco¬nocía el recuerdo del sevillano. Pero también otras cosas ignora Blanco, y de haberlas sabido las hubiese colocado en su sitio preciso: siempre, en todos los tiempos y luga¬res, hay momentos en que el pueblo despierta, sacude fu¬riosamente el yugo, y se coloca en un primer plano de la por propio y exclusivo deseo. De todas maneras, en las palabras de Blanco encontramos una clara antici¬pación de hechos futuros, una extraña y aguda defini¬ción que se extiende a sociedades que no son las de su tiempo, un análisis de

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