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rechos de aduana establecidos, barras de plata y cueros vacunos.
El hecho, tal como lo determina el incremento paula¬tino de los embarques de pieles bovinas, señala de allí en más cambios bien precisos en toda la región que nos ocu¬pa. Se produce en primer lugar un aumento considerable del contrabando, presente desde los primeros días poste¬riores a la fundación de la ciudad, apoyado por los fun¬cionarios reales a cambio de nada desdeñables sumas de dinero: “a very considerable present” aconsejan entre¬garles en los informes ingleses que circulan por los más importantes puertos de embarque. Es frecuente la adver¬tencia de que todos ellos son propicios a la corrupción. En segundo lugar, advertimos una mayor preocupación por la compra de tierras y el cuidado de los rodeos do¬mésticos. Ya en 1702 se cierran las vaquerías en algunas regiones, permitiéndose únicamente los arreos de ganado vacuno cimarrón con el exclusivo fin de criarlos en las estancias*7. Y, lógicamente, aumentan los precios de los campos cercanos a la ciudad de Buenos Aires y de los
a En julio de 1702 Francisco Bracho solicita al Cabildo de Buenos Aires autorización para realizar una vaquería en Santa Fe, observando entonces estar prohibidas las mismas en Buenos Aires, salvo, dice, “que algún vecino las quiera coger para criar en sus estancias”.
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que se encuentran a lo largo del camino que conduce a Córdoba. Paralelamente a este proceso comienzan las in¬cursiones de los indígenas, sin adquirir la virulencia del siglo siguiente, obteniendo en sus malones ganado que ya por 1698 trasladan a (”serranos y pampas. . . tie¬nen su trato y comunicación con los indios enemigos de que caen de la otra parte de la Cordillera que corre hasta el mar. . . con grandes cantidades de caballos, ga¬nados vacunos, y algunas armas de alfanjes y espadas an¬chas”). En 1751 asaltan Pergamino y dan muerte a va¬rios vecinos, determinándose más tarde en Buenos Aires la creación de cuatro compañías de soldados blanden¬gues (milicias) para recorrer y controlar los campos, manteniéndoselas mediante un impuesto de real y medio por cada cuero que se vende, amén de otros más a la sal y yerba. Asimismo, deciden la creación de algunas pobla¬ciones para más seguridad de los viajeros, miserables con¬juntos de ranchos de paja y barro.
Determinamos sólo elementos fundamentales. No es posible en pocas líneas estudiar las características de aquellas acciones y los intereses que están en juego. En general, a partir de entonces, en un proceso que no se de¬tiene hasta 1880, los pobladores se expanden lentamente en un territorio que por las razones expuestas no tenía hasta entonces atractivos económicos. Se levantan fuer¬tes y fortines para detener a los malones y resguardar a los viajeros que transitan la Ruta Continental que cruza parte de la llanura: en tiempos del virrey Cevallos (1776-1778) se instalan los de Rojas y Melincué. Posteriormen¬te, Vértiz (1778-1783) reforma el sistema defensivo de los campos porteños y establece en 1781 varios fuertes; Mercedes (Colón) y Ranchos (General Paz). Al amparo de las armas de los soldados, en la zona se instalan pobla¬dores del Interior desamparados económicamente, co¬merciantes y estancieros. (”Para prevenir o remediar los males. . . mantiene la ciudad de Buenos Aires a sus ex¬pensas un cuerpo de milicias, cuyos soldados, que se lla¬man blandengues, guarnecen. . . varios fuertes y puestos, que están en la frontera” escribe en 1772 Millau).
Los cueros que llegan entonces a Buenos Aires para ser luego embarcados a Europa, lo hacen de campos ubi¬cados a cien o a lo sumo ciento cincuenta kilómetros de distancia. La carne de las reses faenadas se abandona
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para satisfacción de los miles de perros cimarrones que pululan y de las aves de rapiña. Por razones obvias que hacen a su mantenimiento, era imposible enviarla a la ciudad para su consumo. Es así que determinamos en ciertos momentos, por ésta y otras circunstancias, el desabastecimiento de la ciudad, una paradoja en una re¬gión donde abundan los rodeos cimarrones y domésticos. En 1718, el caso es significativo, el Cabildo ordena el sa¬crificio de treinta vacas lecheras, las únicas disponibles, para superar una situación crítica.
En la ciudad de Buenos Aires, y ya a partir de los pri¬meros años del siglo XVIII, ingleses, mercaderes y pro¬pietarios latifundistas conforman una estrecha asociación conjugada a la sombra de sus apetencias comunes, aso¬ciándose a todos ellos, en una armonía con frecuencia rota, la Compañía del Mar del Sur.
Todo lo expuesto es indudable y coherente con la rea¬lidad social. Y, por cierto, lo es asimismo el enfrenta-miento entre los más variados sectores por el dominio de la riqueza ganadera. Nos referimos a un proceso que co¬mienza a advertirse a partir de los primeros pasos adopta¬dos por los nuevos intereses para encauzar el comercio intérlope a través de Colonia del Sacramento en 1680, un enclave lusitano levantado frente a Buenos Aires, río por medio, que sirve de nexo entre los ingleses y los due¬ños de la tierra y los ganados, de los mercaderes que se aprovisionan de las más variadas manufacturas. Son agrias, no pocas veces violentas, las disputas por la pree¬minencia en los beneficios del contrabando, particular¬mente las que tienen lugar entre los jesuítas y los hacen¬dados de Buenos Aires, Banda Oriental, Entre Ríos y Santa Fe.fl
En un extenso informe, titulado en el inventario de la Bi¬blioteca Nacional de Madrid, España, “Estado eclesiástico, polí¬tico y militar de América o grandeza de las Indias” (manuscrito n° 2933) se mencionan las relaciones estrechas de jesuítas e ingle¬ses y el contrabando de cueros realizado por ambos en las postri¬merías del siglo XVII. “Estos padres -se dice- con esta hacien¬da (en el río de Areco) son señores de comerciar sin que en Bue¬nos Aires se sepa, con todas las personas que quisieren, así por¬tugueses como de otras naciones que frecuentan aquel río.. . (con) cualquier género de embarcaciones que dieren fondo en
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Sobre la base del contrabando de manufacturas, la in¬termediación de esclavos adquiridos a los ingleses, la ven¬ta de cueros y otras actividades, de manera especial el intérlope que tiene como punto de destino el Interior y el Alto Perú, se produce el rápido ascenso económico y social de los Riglos, Pozo, Arellano, Acassuso, Warnes, Alzáybar, Narvona y otros indianos. Sus carretas condu¬cen de tanto en tanto las levas de negros que descargan las sentinas de los veleros y sus peones las arrias de muías
las islas de San Gabriel o en Montevideo”. Y luego, en otro de los capítulos de su informe (que llega a manos del rey Carlos II), agrega: “Es el exceso que en aquellas partes es de gravísimo per¬juicio así al servicio de Dios como al de Vuestra Majestad, dis¬minución de la Real Hacienda y despoblación de aquellos reinos y poca conservación de los caudales de los vasallos del (virreina¬to del Perú), la muchedumbre de conventos de religiosos y reli-. giosas y que ahí se van apoderando de lo más florido, fructífero y cuantioso de las haciendas de todas las Indias, de suerte que hay ciudad en donde las cuatro partes de hacienda que tiene, las tres son rentas de eclesiásticos. De que se origina este desorden, es, que como en aquellas partes las educaciones de las familias son algo más libres por los naturales e inclinaciones de aquellos climas, los padres por excluirse de aquel cuidado aplican todos los más hijos que tienen.. . y se pueblan los conventos y mo¬nasterios de ociosidades, que acarrea consigo los vicios que en uno y otro sexo se deja entender. Llévanse consigo el dote las religiosas y por herencia lo más florido de los caudales, con que hay convento que tiene ochenta mil y cien mil pesos de renta con los principales que se funda, sin el ingreso cotidiano de cape¬llanías, que es muy grande”. Y en referencia a la estancia de los jesuítas en Areco, escribe el anónimo informante: “Tienen gran¬des sementeras, muchas crías de yeguas y muías, caballadas, ga¬nados, vacunos, tanto que lo que más se gasta en Buenos Aires se provee de esta hacienda, perjudicando tanto al bien público de aquella ciudad y aun al servicio de Su Majestad, que fuera menos inconveniente darles aunque fuera un lugar en España por ella porque no la tuviera la Compañía, no por la esencia ni el valor, sino por las consecuencias tan perniciosas que se pueden origi¬nar. . . Estos padres con esta hacienda son señores de comerciar sin que en Buenos Aires se sepa con todas las personas que quisieren, así portugueses como de otras naciones que frecuentan aquel río porque cualquier género de embarcaciones que dieren fondo en las islas de San Gabriel o en Montevideo, que está más apartado, o en la isla de Maldonado puede comerciar con

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