drid, Biblioteca de la Revista de Occidente, 1975, p. 64.
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a la vista sus juntas y bailes que todo sea en partes públi¬cas, y conservar la separación". Y también el jesuíta Acosta cree que «es parte de buen gobierno tener la re¬pública sus recreaciones y pasatiempos, cuando convie¬ne». Y es necesario recalcar el claro y determinante cuan¬do conviene, una prevención a posibles rebeliones. He aquí como determina el método de las aculturaciones inducidas, el origen de ciertas manifestaciones musicales que de ninguna manera, según cree y teoriza WachtelJ, señalan una respuesta de los «vencidos» a la opresión de la conquista; es, contrariamente, una parte indudable del proceso de sometimiento. Se lo decía entonces con to¬das las palabras:
«Los nuestros que andan entre ellos, han probado po¬nerles las cosas de nuestra santa Fe en su modo de canto, y es cosa grande de provecho que se halla, porque con el gusto del canto y tonada están diez días enteros oyendo y repitiendo sin cansarse. También han puesto en su len¬gua composiciones y tonadas nuestras, como son octavas y canciones, de romances, de redondillas; y es maravilla cuan bien las toman los indios, y cuánto gustan: es cier¬to gran medio éste, y muy necesario para esta gente»,
Es, sin más, el nacimiento de las formas de sumisión que dan origen a estilos de vida característicos, sincréti¬cos, conocidos como «saber popular», folklore para los antropólogos culturalistas. Situaciones similares encon¬tramos en la sociedad mestiza y de frontera a lo largo del siglo XVII. En Buenos Aires, en 1610, se festejan las fies-
a Nathan Wachtel, Los vencidos. Los indios del Perú frente a la conquista española (1530—1570), Madrid, Alianza Editorial, 1971.
« Joseph de Acosta, Historia natural y moral. . ., t° II, pág. 225. En sus Ejercicios espirituales exhortaba poco antes Ignacio de Loyola: „Convénzanse todos por sí mismos de que el que vive bajo la obediencia debe ser encaminado y gobernado por la Di¬vina Providencia, que se expresa a través de sus superiores; exac¬tamente como si fuera un cadáver que soporta ser conducido y manejado de algún modo“.
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tas de beatificación de Ignacio de Loyola con fiestas y danzas, jugándose al pato („salieron con algunas inven¬ciones de regocijo a correr patos delante de nuestra Igle¬sia. . . y los que jugaron como indios corrieron casi des¬nudos y sin sillas, que a todos causó admiración verlos así a ellos como a los caballos que parecían incansables corriendo con tanta incomodidad“) y a las cañas. Se tra¬taba de la comunidad de intereses advertida por Cipolla, de la práctica de un sistema que garantizaba la paz social por medio de una ascética y racionalizada alienación. Como pronto veremos mejor, los pobladores que emi¬gran del Interior para radicarse temporariamente o para siempre en el litoral, traen al área pampeana sus formas musicales inducidas. Las herencias de aquellas formas musicales y sus elaboraciones no constituyen elementos auténticos, étnicos; son, opuestamente, la supervivencia activa de una conversión ritual del aparato teológico ofi¬cial que establecían en los indios y mestizos estados de multitud, una exaltación que favorece la credibilidad y sobrevalora los hechos. A fines del siglo XVI el jesuita Barzana alude a prácticas similares, en un texto que no necesita de comentario alguno por lo explícito. Luego de señalar la predilección de los hiles por la música que le enseñaban, cuenta que se pasaban danzando toda la noche, llorando y bebiendo. Y agrega: „la Compañía pa¬ra ganarlos en su modo, a ratos los iba catequizando en 1? fe, a ratos predicando, a ratos haciéndoles cantar en sus corros y dándoles nuevos cantares a graciosos tonos; y asi se sujetan como corderos, dejando arcos y flechas. También mucha de la gente de Córdoba son muy dados a cantar y bailes, y después de haber trabajado y cami¬nado todo el día, bailan y cantan en coros la mayor par¬te de la noche“0.
Ahora bien, fiestas religiosas, procesiones, juegos a ca¬ballo y acontecimientos civiles se determinan en sus me¬nores detalles siguiéndose, así lo señalan los textos de la época, las prácticas aconsejadas por Platón en La Repú-
a Carta del padre Alonso de Barzana, de la Compañía de Je¬sús, al padre Juan Sebastián, su provincial, Asunción, 8 de se¬tiembre de 1594, en Marcos Jiménez de la Espada, Relaciones geográficas de Indias, Madrid, B.A.E., 1965, t° II, pág. 81.
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blica y Las leyes. Lo determina el jesuita Peramás, con palabras que nos recuerdan la acción de las marchas mar¬ciales, las pancartas y los desfiles rítmicos de nuestro si¬glo XX que inducen y establecen una participación mís¬tica y colectiva, siempre autoritaria: „los bailes eran gra¬ves y jeroglíficos, es decir simbólicos“; „Para que el tra¬bajo les resultase más agradable, llevando consigo, entre alegres canciones, una pequeña imagen de San Isidro La¬brador. . y se entregaban a la labor“; „danzas gimnás¬ticas que proporcionan flexibilidad y agilidad a los miem¬bros, y vienen a ser como una preparación militar“».
La teoría y también la práctica. Estamos, pues, en presencia de la cultura folk encauzada a partir de los pri¬meros momentos de la conquista con el fin determinado de aislar a los sectores dependientes e impedirles el ac¬ceso a la educación, segregándolos, diferenciándolos y aun fomentando, según vimos, las manifestaciones mu¬sicales más o menos inocentes. Es, qué duda cabe, el «es¬píritu de la tierra», una idea sobre la que luego hemos de . volver, que, de acuerdo a lo expuesto por Ricardo Rojas, debía «liberar» a la ciudad «extranjera por todos sus atri¬butos». Transformar al país en un ente folklórico. «El retraso —señala acertadamente el historiador estadouni¬dense Harris— de vastas multitudes del campesinado del Nuevo Mundo, analfabetas, inhábiles, apartadas del siglo veinte y de sus brillantes progresos tecnológicos, no se produjo por sí solo. Esos millones, de cuyo bienestar nos hemos visto obligados a ocuparnos, fueron entrenados, para ocupar su papel en la historia del mundo, durante cuatro siglos de condicionamiento físico y mental. Fue¬ron deliberadamente embotellados. Ahora, deberemos, o bien extraer el corcho o ver la explosión de la bote¬lla» *>.
" José Manuel Peramás, La República de Platón y los guara¬níes, Buenos Aires, Emecé, 1946, passim. Otros aspectos del mis¬mo problema los desarrolla Lodovico Antonio Muratori en // cristianesimo felice nelle missioni de'padri della Compagnia di Gesú nel Paraguay. . ., Venecia, 1752.
" Marvin Harris, Raza y trabajo en América, Buenos Aires, Si¬glo Veinte, 1973, pág. 159.
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A partir de los primeros años del siglo XVII había co¬menzado en la llanura pampeana el proceso aludido. De lo cual hablaremos en las siguientes páginas.
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2 DOMINIO ECONÓMICO Y CONTROL SOCIAL
«De este pretexto nacen las correrías que hacen los pue¬blos de las Misiones, y los ricachos del pueblo haciendo la corambre tan a poca costa, y en tanto número que no viene a cuenta a ninguno que no sea rico criar una vaca. Queda de este modo despoblada la campaña de vecinos, los ganados vagos, y la gente pobre a hacer sin licencia lo que otros hacen con títulos».
Manuel Cipriano de Meló, 1790
«Los poderosos y ricos homes de la tierra son el orna¬mento de la Corona. . . de modo que siendo Dios autor de todas las cosas, quiso que el pobre viviese dependien¬te del rico con un trabajo personal y el rico del pobre (y) con su dinero, sirviéndose de todas las artes para su sub¬sistencia, decencia y ornato».
Francisco de Zufriategui, procurador de los hacendados, 1790
I — LA RIQUEZA Y EL CONTROL SOCIAL
Hemos visto brevemente el nacimiento de las pobla¬ciones y asimismo los primeros pasos en el dominio de los menos a los más; determinamos también cómo co¬mienzan los sincretismos inducidos que establecen los arcaísmos. Veamos ahora, en sus aspectos más generales, los procesos que caracterizan las relaciones entre los po¬bladores sin recursos económicos del área ganadera y los dueños de la tierra y los rodeos.
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A partir del monopolio francés para abastecer escla¬vos, en los años iniciales del siglo XVIII, y en 1713, di¬suelto éste, con el acordado a los ingleses de la South Sea Company e impuesta a España en Utrech (una alianza de mercaderes especializados y los monarcas de .ambos paí¬ses), naves extranjeras comienzan a descargar seres huma¬nos en las riberas de la ciudad. El mencionado proceso, es necesario advertirlo, facilita la introducción de manu¬facturas británicas, que a poco compiten con otras del mismo origen distribuidas legalmente por el circuito an¬daluz. Es bien sabido, y así lo demuestran las investiga¬ciones más recientes, que el 90 por ciento de los produc¬tos ingresados a Cádiz, parte de los cuales se distribuyen en el Nuevo Mundo, son extranjeros. Se trata, pues, de una competencia de dos rutas distintas.
Las naves negreras inglesas, de vuelta a España condu¬cen en sus bodegas, con reiterada frecuencia sin pagar los de







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