Рикардо Э. Родригес Молас. Социальная история гаучо. Ricardo E. Rodríguez Molas. Historia social del gaucho
Uncategorized August 4th, 2006
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in superar po¬siblemente el radio de los 150 kilómetros de distancia.
Sociedad de conquista, arcaica, los sistemas primarios de explotación, que no difieren en mucho a la caza de las etnias indígenas, van estructurando métodos y rela¬ciones de trabajo que se mantienen dos o más siglos. Ya-en los albores de la ocupación de la región próxima al Río de la Plata, en el corredor que se extiende a lo largo del camino que conduce a Córdoba, encontramos aso¬ciados a indios, mestizos y criollos para realizar activida¬des dependientes propias de vaqueros: “Vuestras Merce¬des deben guardar que haya un yeguarizo que guarde los caballos como se solía hacer” (Cabildo de Buenos Aires del 8 de mayo de 1589); “Y luego dicho Miguel del Co¬rro dixo se obligaba y se obliga a encerrar los dichos ca¬ballos dos veces en la semana, que se entiende el viernes y el martes y se ha obligado a correr la tierra hasta la es¬tancia de Juan de Garay, y hasta el Paso, y reunir todos los caballos” (Cabildo de Buenos Aires del 21 de agosto de 1589); “los hijos de dichos conquistadores y pobla¬dores han venido y vinieron a su costa y minsión sin ayu¬da de nadie, con sus armas y caballos y ganados a poblar de nuevo esta dicha ciudad y puerto de Buenos Aires y a conquistar los indios rebeldes que están en la dicha tie¬rra con los dichos indios” (Cabildo del 16 de octubre de 1589). Sociedad arcaica y de frontera.
Sociedad de frontera que encuentra su equivalente en el Interior. En 1586 el gobernador de Tucumán Ramírez de Velasco observa, desde luego que bajo su especial con¬cepción de las jerarquías, no haber hallado en Santiago del Estero “gente principal” y decide, en vista de esa cir¬cunstancia, organizar una especie de monasterio para en-
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cerrar entre cuatro muros a todas las mujeres solteras de la región —aparentemente las mismas no estaban decidi¬das a mantener su doncellez— resguardándolas así de to¬do posible peligro (”prevenir la conducta de las donce¬llas”)0. Un arcaísmo similar observamos muchos años más tarde en Comentes y sus campos, agregándose la cir¬cunstancia de que los criollos dueños de estancias lati¬fundistas, la clase dominante, ante el desconocimiento del idioma castellano utilizaban el guaraní.
Y no hablemos del analfabetismo, una condición ge¬neral entre los no pudientes y frecuente en el resto de la población. Aún en 1881, nos recuerda Groussac: “sobre una población infantil de 560.000 niños —se refiere a to¬do el país— no concurren eficazmente a la escuela sino 80.000: la séptima parte. La República Argentina, está, pues, en la situación de un padre de siete hijos que educa a uno solo rudimentariamente y deja a los otros seis en la más floreciente ignorancia”*. He aquí, pues, una de las herencias de la estructura latifundista.
Sin libros, ni aún, lo señala en 1609 el obispo del Río de la Plata, los más elementales de la doctrina cristiana, era imposible la enseñanza: “no se halla, ni hay un libro de latín y menos de artes y teología, y sin libros no se puede estudiar”0. Alude a la enseñanza que deseaba im¬partir a los futuros sacerdotes, la élite intelectual de los dominios españoles. Años más tarde, establecido el Cole¬gio de Córdoba del Tucumán, posteriormente la mítica
J Desde Barcelona el 28 de enero de 1788 señalaba al Consejo de Indias, en relación a los arzobispados de Lima, Buenos Aires, La Paz, Arequipa y Santiago de Chile, el misionero capuchino Mariano de Junqueras: “El amancebamiento es casi general.. . las causas del mal. . . consisten en las dificultades de contraer matrimonio, por los subidos derechos de licencia y velación y en la suma pobreza de muchas jóvenes españolas que casi por nece¬sidad son impelidas a la prostitución, respecto de carecer de la¬bores en que ejercitarse y librar su sustento”. Archivo General de Indias, Sevilla, Indiferente General, legajo 801.
t> .Ricardo Rodríguez Molas, José Hernández, discípulo de Sar¬miento, en Universidad, Universidad Nacional del Litoral, Santa Fe,n°59, 1964, págs. 93-113.
c Carta al rey del obispo del Río de la Plata fray Reginaldo de Lizárraga, 1906, en C.G.G.V., n° 4022.
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Universidad, se dispondrá no de un centro de cultura, tan sólo de una institución que ha de preparar prácticos “pa¬ra la propagación del Evangelio”, una circunstancia que se desprende de las Constituciones y otros documentos referentes al mismo (”no se les ha de permitir defender opiniones de doctrina que no sea muy segura en la fe, si¬no que tampoco las nuevas y peregrinas en cualquier ciencia que sea”; “estudios de latín, artes y teología, co¬mo medio importantísimo para el bien espiritual y eter¬no de los españoles e indios”).
Y si tenemos en cuenta que la ignorancia llega a lími¬tes extremos en los clérigos (”He hallado total ignorancia en los clérigos, como lo ha causado la desorden mucha en ordenar a insuficientes”), podemos imaginarnos la si¬tuación de los españoles del llano.0 Más aún, insistimos, la de los desposeídos de la fortuna: indios, mestizos, mu¬latos y esclavos. Esa situación, una barrera puesta al pro¬greso, va acompañada por el hecho inevitable de la po¬breza, del fatalismo, del irracionalismo inducido; de un sociocentrismo que se desarrolla en el tiempo hasta llegar a nuestros días, expuesto en los más distintos planos y con fines bien precisos: “Todos los unitarios / Jieden a pobre / Como jieden los indios / Jediondos netos” re¬za una cuarteta recogida en el siglo XIX por Ventura Lynch*. Antes habían sido los maturrangos, luego los extranjeros y siempre, mientras sea un problema para los estancieros, los indios: “el vulgo de los españoles —y en estas tierras adonde viene muy poco gente de forma, casi todo es vulgo— jamás habla bien de los indios. . . Tienen un vilipendio notable de todo indio. No piensan en otra cosa sino en sacar de ellos intereses propios. Están en la persuación de que el indio nació para ser esclavo de ellos”c. El testimonio anterior, sin duda que elocuente, pertenece a un jesuita de mediados del siglo XVIII.
Se vivía, aún se vive así en muchas regiones del Nuevo Mundo, adaptando los estilos de vida arcaicos a los cam-
? Carta al presidente del Consejo de Indias enviada por el obispo de Tucumán Julián de Cortázar, Santiago del Estero, 15 de mayo de 1619, en C.G.G.V., no 4663.
b Ventura R. Lynch, La provincia de Buenos Aires, t° I, Bue¬nos Aires, 1883, pág. 8.
c Guillermo Furlong, José Cardiel, S. J. y su carta relación fl 757), Buenos Aires, librería del Plata, 1953, p. 159.
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biantes intereses de cada momento. Bajo los más sutiles argumentos encontramos siempre el desprecio y la de¬gradación de la fuerza del trabajo india, mestiza y negra. Se les decía: “Dios quiere que obedezcamos a nuestro Rey y a nuestros amos con todo amor”; “Dios quiere que trabajemos y no nos emborrachemos”. Son las an¬teriores dos de las propuestas que el oidor Matienzo de¬terminaba en 1567 debían inculcar los misioneros a los indios. Algo así como la creencia de Fernández de Ovie¬do de que “nadie puede dudar que la pólvora contra los infieles es como el incienso para el Señor”. Un mundo una teoría, al que asimismo se integran los mestizos para conformar en el tiempo las sociedades folk del actual te¬rritorio argentino y en general las del Nuevo Mundo. Una limitación social paralela al freno que bajo los más varia¬dos argumentos, hoy objeto de racionalización, se impo¬ne para impedir la integración a la cultura entendida co¬mo la suma del progreso, la única posible y válida.
No nos detendremos aquí en el aspecto actual del pro¬blema, aparentemente complejo, pero mencionaremos algunos de los elementos históricos de su origen. Se ma¬nifiesta en el pasado en los más variados sincretismos, en las fiestas religiosas y civiles con sus pompas barrocas, en los valores diferenciados de los símbolos que hacen al orden establecido (primacías, vestiduras, adornos), en los juegos públicos y los festejos de todo tipo. “Servían —es¬cribe Cipolla al referirse a los de Europa de los siglos XVI y XVII— para alegrar de cuando en cuando a la ma¬sa, apaciguándola con diversiones y libaciones, y, al mis¬mo tiempo, querían expresar simbólicamente cierta co¬munidad de intereses y sentimientos entre pueblo y prín¬cipe, ciertos acontecimientos religiosos o por el final de una epidemia”".
Con precisión lo señalaba un virrey del Perú en 1615 y sus palabras determinan un verdadero conocimiento de los caminos más adecuados para lograr un sometimiento racional por medio de lo que no lo es. “Algo cuida la providencia del gobierno —le escribe al rey de España— para estorbar el riesgo (de una rebelión), y muchas orde¬nanzas se enderezan a este fin: lo más sustancial es traer
” C. M. Cipolla, Historia económica de la Europa preindus-trial, Ma
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