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Ludovico Bertonio. VOCABULARIO DE LA LENGUA AYMARA (1612)
Людовико Бертонио. Словарь языка Аймара.

PRESENTACIÓN

DEL VOCABULARIO DE LA LENGUA AYMARA

de Ludovico Bertonio (1612)

por Zacarías Alavi Mamani,

Investigador del Instituto de Estudios Bolivianos y docente de Lingüística Aymara

Facultad de Humanidades de la Universidad Mayor de San Andrés,

La Paz, Bolivia.

Al cabo de aproximadamente cuatrocientos años, las obras de Ludovico Bertonio constituyen valiosos documentos históricos, de significación no sólo de carácter religioso como fueron en su momento, sino antes bien lingüístico y cultural; hoy nos permiten una mirada al pasado histórico del pensamiento aymara del siglo XVII. En su conjunto, dichas obras pueden ser de mucha utilidad para asumir la actualidad del pasado desde la situación sincrónica de cara a la valoración y revitalización de nuestro patrimonio cultural aymara silenciado por siglos — “oprimidos pero no vencidos”, según la justa expresión de Silvia Rivera (Rivera, 2003).

LUDOVICO BERTONIO

Juan Ludovico nació en 1557 en Rocca Contrada (antes Arcevia), provincia Marca de Ancona (hoy simplemente, Ancona). Vivió en Chucuyto, junto al lago Titicaca, más de 30 años y, en total, más de 40 años en el Perú; murió en Lima en 1625, a los 68 años de edad.

En 1574 ingresa a la Compañía de Jesús y cuatro años después es destinado al Perú (MP III, nota 6; 461), arribando a Lima en 1581 (Albó/Layme, 1984: XXI). Estando ya en Perú, Bertonio estudia Humanidades en el Colegio de Lima, es profesor de la Clase Superior de Gramática, “el estudio del arte de hacer versos latinos”. Según Albó, Bertonio celebró su incorporación definitiva a la Compañía de Jesús en la Iglesia Mayor de Juli, Perú, en el grado intermedio de “profeso de tres votos”, el 1º de noviembre de 1593 (1984: XXIIs). Se desempeñó también como Ministro de la Residencia de Juli. Bertonio no sólo vivió en Juli entre los lupaqas (grupo aymarahablante), sino también estuvo en otras poblaciones. Tiene relevancia en este contexto su estadía en las minas de la Villa de Potosí, aunque su permanencia fue por un tiempo bastante breve (1600 a 1602); se desempeñó como Ministro del Colegio de Potosí siendo “obrero de indios” y durante su permanencia predicó a millares de indios y escuchó muchísimas confesiones, lo que le permitió confrontar el aymara lupaqa con otras variantes de diferentes regiones del Qullasuyu. Después de su estadía en la Villa Potosí, Bertonio en 1603 nuevamente se encuentra en Juli. Una caracterización de la personalidad de Bertonio señala: “ingenio, bueno; juicio, bueno; prudencia, buena; experiencia de cosas, bastante; aprovechamiento, muy bueno en letras humanas, mediano en los demás; complexión natural, colérico sanguínea moderado; talento para ministerios, para obrero de españoles e indios, aventajado” (Albó, 1984: XXIV).

LOS JESUITAS Y LA EVANGELIZACIÓN

La Compañía de Jesús toma posesión de la residencia de Juli en 1576, a solicitud expresa del Virrey Toledo. Posteriormente, en 1585, cuando Bertonio tenía 28 años, es destinado a la doctrina de Juli para la evangelización de los indios lupaqa (MP III: 675; Isla, 1986: 63); su ocupación en Juli, junto a otros jesuitas, era el adoctrinamiento de los indios, según testimonia una carta dirigida al padre Fabio de Faviis, provincial de Roma (Isla, 1986: 69). La labor de evangelización a los indios se inicia en tres parroquias: Santo Tomás, la mayor, Nuestra Señora y San Juan Bautista, habiéndose sumado luego San Pedro. Posteriormente, la labor de evangelización se extiende a otras poblaciones con la creación de varias otras parroquias (Ibíd).

En todas las parroquias los jesuitas vigorizaron la predicación e instrucción catequística y la celebración de los sacramentos — “incentivaron las procesiones, dieron el esplendor a las fiestas del calendario católico y fueron embelleciendo las iglesias con vasos sagrados, candeleros, ornamentos litúrgicos, pintura e instrumentos musicales en beneficio de la evangelización” (Tavel Torres, 2002: V), además de ciertos lienzos con los que pretendieron entretener a los indios. Los jesuitas realizaron muchas e intensas actividades a favor de la evangelización o “extirpación de idolatrías”, y un pasaje histórico relata que el P. Diego de Torres, sabedor de la existencia de grandes peñascos sagrados, wak’as o adoratorios de los indios, llegó hasta la distante región de Charazani (al noroccidente de la ciudad de La Paz), con el propósito de “obligar a colocar cruces sobre las peñas” para que los indios adorasen al dios cristiano. En el acto, cinco hechiceros fueron obligados a pedir perdón públicamente por haberlos engañado con sus mentiras (Barrasa, 1674: 975, citado por Tavel Torres, 2002).

Los jesuitas se mostraron hábiles y perspicaces indagadores para descubrir ídolos y ritos, y hacían especiales esfuerzos para desautorizar a los “hechiceros” que resistían la doctrina cristiana. La evangelización iniciada en Juli no fue casual, obedeció fundamentalmente a que la provincia de Chucuyto era considerada como uno de los centros de la idolatría y hechicería (MP III: 113-115). La posesión en Juli para los siervos de Dios significó “el descubrimiento de una perniciosísima secta de idolatrías” donde algunos viejos venerados eran los únicos “doctores y oráculos de verdad” (Andrade, 1667:845 N). “La cristianización de los aymaras —como ya se sostenía en aquellos años— implicó la extirpación de la idolatría pública y privada: destrucción de santuarios e ídolos, demostración y, principalmente, persuasión a los naturales de la falsedad de sus dioses y lucha radical contra los hechiceros” (ibíd).

Ante la resistencia de los nativos a la evangelización, los jesuitas “fundaron la Cofradía de Nuestra Señora con la finalidad de que sus miembros persigan a los idólatras y borrachos”. También crearon “una escuela para los hijos de los caciques principales y ricos; los niños aprendían un poco de lectura y la escritura, poniéndo el énfasis en la “formación cristiana a través del aprendizaje de los catecismos breve y largo” (Borges, 1957: 59, citado por Tavel). Los muchachos formados en esta escuela debían contribuir a la conversión religiosa de sus padres y a la evangelización de la población toda, tenían la misión de perseguir a los hechiceros borrachos y deshonestos y, finalmente, terminaban siendo instructores de la doctrina cristiana en sus respectivas parroquias.

Aún así, en la labor de evangelización a los naturales, los jesuitas confrontaron serios problemas. Tal como señala F. Layme:

Achachilanakasan achachilanakap jan kuns katulik yusapat yatiqxipana, tata kuranakax arsüwinakapat yatichañatakix nayraqatax latin aruta, ukatx kastillan arut yatichañ qalltawayapxatayna. Ispañat puris qamanuqxasaxa, tata kuranakax kuna aka uraqin arupat liwr qillqañanaks latin ar tuqit ukats kastillan arjam qillqt’apxiritayna; ukat mä suxta maratx ukx amuyasxapxarakitaynawa. Kastillanut aymaranakar inak yatichañ yanasax, jan yatiqayañ yatxasaxa, tata kuranakax mä jach’a aruskipasiwiruw taqi tuqit Lima markar purintapxatayna. Ukatw, uraqisan pachp arunakapat katulik yusat yatichañ taqis 1583n maran amtawayapxatayna. Ukat tata Toribio de Mogrovejo, José de Acosta, Alonso de Barzama, ukat waljaniw wal ukx p’iqt’awayapxatapa (1984: 63)[1].

Está clarísimo, la evangelización en latín primero y luego en castellano a los “rudos” —calificados también como “bárbaros”, “mal habituados”, “llenos de espinos y abrojos sus corazones”, “de poca capacidad”, “ratero[s] y [de] corto entendimiento”; sus creencias son “errores”; su religión, “supersticiones”; sus líderes espirituales, “hechiceros”— había sido todo un fracaso, aunque la evangelización se hacía a punta de garrotes a los nativos, tal como testimonian los dibujos de Waman Poma. Ante estas dificultades, los curas crearon centros de estudio y aprendizaje de la lengua aymara, como veremos en lo que sigue.

Seminario de lenguas

La Compañía de Jesús creó el Seminario de Lenguas en Juli, donde, los misioneros aprendían principalmente la lengua aymara de los textos escritos por algunos de los padres, entre otros probablemente: Andrés López, Blas Valera, y Alonso de Barzana. El Seminario mereció todo clase de apoyo y promoción de los provinciales. Hubo instrucciones precisas a las instancias operativas, como la que sigue:

Ludovico Bertonio. VOCABULARIO DE LA LENGUA AYMARA (1612)
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