Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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a de los Andes.
Durante la primera mitad del siglo XVII la ciudad continuó creciendo hasta llegar a los 160.000 habitantes, según el empadronamiento que mandó hacer el Presidente de la Audiencia de Charcas, Francisco Nestares Marín. Para entonces había unos 4.000 españoles provenientes de la península, y otros tantos nacidos en Potosí, así como 40.000 criollos y 6.000 negros y mulatos. Encontrábanse también extranjeros de diversas partes, portugueses en primer término, pero también holandeses (una de las vetas más famosas era conocida como la de «los flamencos»), italianos, ingleses, alemanes y hasta un turco, Emir Sigala, que aparece en el libro de Arzans, cuya historia es notable, pues engañó a las autoridades españolas sobre su origen y religión, ya que, -23- con el nombre de Georgio Zapata, y en sociedad con un alemán, Gaspar Boti, trabajó en minas, y se llevó a España una enorme fortuna con la que se retiró finalmente a Constantinopla. El resto de la población era formado por los indígenas.
Potosí fue poblada casi al asalto. Miles de personas de toda condición llegaban a las minas provocando incluso el despoblamiento de las islas del Caribe, y la ciudad creció súbitamente. El abigarramiento humano era notable, funcionarios reales, aventureros, soldados, traficantes, marineros, extranjeros de lejanos países, indios, negros esclavos (y algunos libertos), gentes de todos los oficios imaginables y de todos los niveles sociales y económicos.
Mineros, autoridades y alto clero formaban el sector privilegiado de la ciudad. Las riquezas que obtenían merced a la explotación de la plata, nunca vistas hasta entonces, les permitían una vida de ostentosa opulencia. La movilidad social era mayor que en cualquier parte del mundo. Las fortunas se hacían y deshacían en horas. La Villa Imperial se convirtió en la «Babilonia del Perú».
Como las autoridades se mostraban incapaces de poner orden en una ciudad nacida y crecida al azar y donde abundaban toda clase de vagabundos y rufianes, cada cual debía atender a su propia seguridad. La violencia surgía tanto por las pendencias provocadas por la propiedad de las vetas como por los sitios en que se edificaban las casas y desde un principio hubo diferencia entre las «naciones» de españoles que derivarían con el tiempo en la guerra abierta de Vicuñas y Vascongados, además de la fuerza que se ejercía sobre los indios para obligarlos a trabajar en el cerro o edificar en la ciudad. Impusiéronse multas no sólo a los que tomaran armas sino también a los curiosos que espectaban la lucha, y los frailes dedicaron muchos sermones condenando los encuentros de sangre, pero sin mayor resultado hasta que se dispuso que quien quisiera batirse debía estar acompañado de padrinos y hacerlo fuera de la ciudad.
La ciudad de Potosí en 1758. Detalle de la pintura de Miguel Berrío. Museo de Charcas.
Se practicaban toda suerte de duelos, a espada y a pistola, con petos protectores de metal o con el pecho desnudo. Había duelistas -24- que preferían usar camisas rosadas para que no se notara la sangre de sus heridas. Se luchaba también a caballo o con una rodilla en tierra.
El territorio entre Huancavelica y Potosí.
No fue raro entonces que se crearan cuatro academias de esgrima para aprender a defenderse y matar. En una de ellas enseñaba un italiano, en otra un irlandés.
La burocracia y los oficios
En el Museo Británico se encuentra una anónima «Descripción» del año 1603, con valiosísima información sobre la vida económica y social de Potosí. La pirámide de la autoridad estaba constituida por el Corregidor y su Teniente, dos alcaldes ordinarios, dos de la Hermandad, un Juez de bienes de difuntos, un Alcalde de minas, tres Veedores del cerro, un Alguacil mayor con catorce tenientes, tres jueces oficiales reales, dos ejecutores para la cobranza de la Hacienda Real, un Juez receptor de las alcabalas, tres receptores menores, dos oficiales Ejecutivos, un Alcalde de Aguas y un Alguacil del cerro. En cuanto a la administración minera había un Contador de los azogues, un Contador de Granos, un Protector General, un Ensayador Mayor de Barra, un Ensayador y un Tesorero de la Casa de la Moneda, cuatro Escribanos Públicos, un Escribano de Minas, uno de Hacienda Real y otro de bienes de Difuntos, así como 40 Escribanos Reales, 37 de estos puestos eran venales, es decir podían comprarse de la Corona por un total de 637 mil pesos ensayados (mediante remate público) y en el supuesto tácito de que si bien la Corona se beneficiaba con las sumas cobradas, los beneficiarios lo harían mucho más exprimiéndoles el jugo a las canonjías. Se procedía de acuerdo a la siguiente escala: Alguacil Mayor: 100.000 pesos; Ensayador mayor de la Casa de Moneda y Tesoreros, cada uno 50.000, Ensayador; 30.000; Fiel ejecutor perpetuo y Alférez real, a 25.000; Depositario general: 24.000; Escribano de minas: 20.000; Escribano de difuntos: 8.000; los procuradores, a 4.000. Los funcionarios que renunciaban a su cargo o lo transferían a otra persona pagaban la mitad del valor abonado la primera vez y si se producía una segunda transferencia debía abonarse a la Corona un tercio de la primera suma.
A nadie llamaba la atención que empleos que tenían un sueldo nominal de apenas 2.500 pesos anuales pudiesen comprarse hasta en 100.000 pesos. La explicación estaba en que los beneficios marginales, a costa del Tesoro y del público, eran enormes. Cada una de las manos que tenía que ver con el proceso de refinación, conversión de la plata en barras o en moneda, despacho y control, se quedaba con una parte, aunque fuera muy pequeña, del botín. Los funcionarios no estaban obligados a rendir cuenta de sus gestiones y alguna vez que el beneficio fue tan excesivo como para provocar escándalo como en el caso del tesorero Diego Cuba en 1563, se comprobó que cobraba cinco pesos por cada sello estampado en las barras, lo que significaba que se había pagado el «quinto» al Rey, quedándose él con un peso por cada sello.
Cañete dice que los Alcaldes ordinarios y los de la Santa Hermandad hacían fiestas con «opulentas mesas» el año redondo y que gastaban de 14 a 15.000 pesos en el mismo tiempo. Iban rodeados de cuatro pajes «vestidos de paño con galones» que recibían título de Ministros y a los que confiaban diligencias judiciales.
-25-
La aversión al trabajo manual (comercio sí, pero a través de dependientes y sin dar la cara) fue general entre los españoles, así como la tendencia a la hidalguización. Decía el Presidente de la Audiencia de Charcas Juan López de Cepeda al Rey, en carta de febrero de 1590: «Querer que los españoles aren, caven y trabajen en las minas y los campos y hagan otras cosas semejantes, no es posible porque no los hay para ello y no está en su costumbre. Aquí tan bueno es Pedro como su amo…» y añadía la sugerencia de emplear esclavos de color bajo este régimen escalofriante: «Los negros en las alturas no podrían escapar por ser la tierra fría y pelada. No tendrán qué comer ni dónde ocultarse. Con tenerlos en continuo trabajo y darles castigos ejemplares y rigurosos a los que los mereciesen y en especial caparlos, como se hace en México, para quitarles sus bríos y soberbia, y con no dejarles poseer ningún género de armas, ni siquiera cuchillos, se aseguraría que no puedan huir ni intentar otras de las iniquidades a las cuales son inclinados por naturaleza».
Los representantes de la ciudad de La Plata y provincia de Charcas que fueron a Madrid en 1608 para pedir al Consejo de Indias que desestimase el pedido de los yanaconas de tener libertad de movimiento (y no permanecer encadenados a una hacienda como hasta entonces) alegaron que nadie podría suplirles, pues los agricultores españoles «pasando a las Indias se olvidaban de su naturaleza y todos pretendían ser nobles, no cruzándoles ni por el pensamiento el ponerse a manipular con la pala, el azadón o el arado».
De esta manera, el distintivo de Don que al principio se daba solamente a los miembros de la nobleza, comenzó a venderse a partir de 1664 a razón de 200 reales por una vida, 400 por dos (extensivo al hijo mayor) y 600 por vida y con carácter hereditario ilimitado.
La ciudad contaba con veinte abogados, cuatro Procuradores, cuatro Solicitadores, tres médicos, seis cirujanos, diez barberos (es decir sacamuelas y sangradores, y no peluqueros como se entendería hoy día) y tres boticarios. (Sobre los abogados hay una perla de sabiduría, en una provisión del Virrey que merecería haber quedado como ley de la República. Es de abril de 1573 y establece que «en los asientos de minas no haya abogados por ser los promotores de pleitos». Y que en consecuencia, «salgan de esta villa todos ellos a servir en la audiencia donde están recibidos».)
El gremio de azogueros, que constituía la oligarquía local, se componía de un centenar de personas, propietarias de 128 «cabezas de ingenios», 83 en Potosí, 42 en la ribera de Tarapaya y 3 en la de Tavaco-Nuño con una producción diaria de 1
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