Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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y de las comidas».
Visitó personalmente el cerro recogiendo una impresión muy negativa por la codicia de aquellos que, en el intento de hacerse ricos en uno o dos años sin importarles lo que sucediera, «habían ido a Puerto Derecho sacando y desentrañando el metal, deshaciendo y quitando los puentes que sustentaban las minas si sentían era de provecho aventurado a que se hundiesen y el riesgo que podían tener los indios que en ellas trabajaban. De esto y de no tener escalas para bajar y labrarlas y de la manera que las fueron cegando e imposibilitando por no poder labrarlas, es cosa de admiración lo que el deseo de la plata ha hecho que se haga y la hondura que tienen los pozos».
Sistemas de Lagunas de Potosí, detalle de la pintura de Miguel Berrío, 1758. Museo de Charcas.
El nombre del Virrey Toledo está asociado a cuatro hechos capitales en la vida económica -21- de Potosí: la introducción del azogue, la institucionalización de la mita o servicio forzado de los indios, la construcción de las lagunas amuralladas y los ingenios de molido mecánico impulsados por el agua proveniente de esas lagunas, que corrían a través de una Ribera o río artificial que él mismo diseñó.
Lagunas
Lo más admirable del complejo minero-industrial de Potosí es sin duda el vasto sistema de lagunas e ingenios que junto a la utilización del azogue permitieron una cuantiosa y prolongada producción argentífera.
La molienda del mineral tenía lugar en las primeras décadas en sitios provistos de agua, a donde llegaban recuas de centenares de llamas cargando los trozos extraídos del cerro, lo cual significaba una operación morosa y cara. El talento de los casi empíricos ingenieros españoles y los músculos de los mitayos se combinaron en una solución que hasta hoy causa asombro al visitante: la construcción de una serie de lagunas artificiales en la cordillera de Cari-Cari, donde en diversas quebradas solían formarse en la temporada de lluvias, depósitos de agua provenientes de los deshielos.
En 1574, con recursos de la Corona y de cuatro azogueros ricos, se procedió a la fabricación de la laguna de Chalviri o Tavaco Nuño, con un muro de contención de 238 metros de longitud, una profundidad de 8 metros, un perímetro de cuatro kilómetros (4,120 m lineales) y una capacidad de 2.900 metros cúbicos. Dos años después se cavó la laguna de Cari-Cari o San Ildefonso y a continuación la de San Sebastián y otras tres menores, hasta completar 18 represas que en el siglo XVIII subieron a 27, todas ellas conectadas mediante un elaborado sistema de canales a la «Ribera» que llevaba sus aguas hasta los ingenios y la ciudad misma. Estos canales se abrían en la roca o se construían con piedra y también con madera sobre postes, cuando debía vencerse una hondonada.
De la laguna de San Ildefonso, por una compuerta especial, salía el agua potable destinada a 280 pilas de la ciudad. En esta obra mayúscula de ingeniería, no sólo debe destacarse la originalidad de la idea, pues en el entorno potosino solamente existía una laguna natural, la de Piscachoca, enclavada en medio de rocas, sino también su realización misma y por eso vale la pena rescatar algunos nombres de maestros de albañilería y cantería que dirigieron las obras, como Pedro Sandi, Francisco Ortiz de Avestia y Sebastián Pérez Durazno. Para apreciar la magnitud del esfuerzo, Arzans indica que en la construcción de las primeras lagunas artificiales trabajaron 20 maestros de obras y 6.000 indios. Los muros de contención tienen cuatro capas o lienzos verticales, muro de piedra seca, greda impermeable, cal y piedra y son tan gruesos que sobre ellos pueden circular hoy mismo, uno y hasta dos -22- vehículos. Para comunicar el agua de Chalviri con la Ribera, se construyeron veintidós kilómetros de acequia.
La temporada de lluvias abarca en Potosí de noviembre a marzo, pero en el curso de su historia la región ha sufrido varias sequías, doce de ellas en el período comprendido entre 1593 y 1737, que produjeron no solamente desabastecimiento de alimentos, sino también serias dificultades en la provisión de agua para los ingenios, afectando la producción.
Los ingenios
De los 132 ingenios que se construyeron en la segunda mitad del siglo XVI quedan hoy las ruinas de 21, pegadas a la Ribera, que atravesaba la ciudad de este a oeste. El río partía de la serranía de Cari-Cari, pasaba al pie del cerro y concluía junto a Cantumarca. Los potosinos usaron también provechosamente el libro del párroco de San Bernardo, Alonso Barba, autor del célebre Arte de los Metales, a quien Arzans no conoció. Había también ingenios accionados por caballos.
Los ingenios, sobre todo los más grandes, eran recintos cerrados en los que laboraban medio centenar de mitayos a cargo de capataces. Disponían de varias dependencias: un almacén para el mineral, otro con los materiales necesarios en la fundición, como sal, cobre, cal y otros, y un tercero en el que se conservaba el elemento fundamental que era el mercurio. El corazón del ingenio estaba constituido por el «castillo», la enorme rueda de piedra sostenida por grandes arcadas y el acueducto, que formaban el complejo industrial. El eje central (que podía llegar hasta los siete metros de largo de una sola pieza) y las vigas y postes eran de madera. A continuación se hallaban los hornos y «buitrones», receptáculos de madera o piedra divididos en seis compartimientos llamados «cajones», donde se hacía la amalgama de la plata y el mercurio y a los que se daba fuego por debajo.
El precio de un ingenio podía alcanzar a los 40.000 pesos o bajar hasta los 800 pesos, dependiendo de su tamaño, edificaciones e importancia y número de su maquinaria.
Los ingenios contaban también con una capilla en la que los mitayos pudiesen oír misa, y una vivienda para el propietario, que posiblemente usaba el capataz o mayordomo, pues el primero prefería vivir en la parte baja de la ciudad. Los mitayos, concluidos sus turnos, de cinco días y noches dentro del cerro, volvían a sus parroquias a dormir.
Se ha comparado con frecuencia a Potosí en sus primeras décadas con esas ciudades del oeste de Estados Unidos o del África del sur en el siglo XIX que surgieron al conjuro de la explotación aurífera y argentífera, sin regulación alguna y que, pasado el período del auge, se convirtieron en ciudades fantasmas. La diferencia es que la prosperidad potosina duró siglos y, agotado el ciclo de la plata, continuó brindando otros minerales, sobre todo estaño, bismuto y plomo.
Hasta la llegada de Toledo, la villa fue creciendo en forma caótica con las viviendas de los españoles en el centro en torno a las primeras iglesias, como la de la Anunciación (San Lorenzo) y Santa Bárbara, el convento de San Francisco o la residencia del corregidor, en torno a los cuales aparecieron también los asentamiento indígenas. Toledo reguló la vida urbana haciendo en primer término construir la Ribera de diez varas de ancho (una vara equivalente a 83 cms) por una legua de extensión, con veintidós puentes, por la que corría el agua de lluvia y de las lagunas, disponiendo que ésa fuera la línea de división entre las parroquias de indios y más abajo los barrios de los españoles criollos, mestizos y negros. Hizo ensanchar las calles y alinear las casas y dispuso de solares para la plaza del Regocijo, donde se instalarían la iglesia Mayor, el Cabildo, la cárcel y las salas de ayuntamiento y en la que tenían lugar las corridas de toros, las justas, los juegos de caña, las representaciones teatrales y otros espectáculos, además de otras dos plazas colindantes destinadas a mercados.
Las calles no tenían nombre oficial, se las conocía por alguna actividad vinculada a ellas, así la de los Mercaderes, por las tiendas de ropa; la de la Comedia, donde estaba el coliseo para las representaciones teatrales; la de la Pelota, por el establecimiento del juego de pelota vasca; la de la chicha, por el expendio del licor de maíz; la Lusitana, donde posiblemente vivían portugueses; la de la lechuga, donde se vendían legumbres; la «Supay», calle (del demonio) posiblemente porque en alguna ocasión el maléfico allí hizo una aparición.
Después de la plaza del Regocijo, la más importante era la del Kjatu (que los españoles pronunciaban «gato» y de ahí el nombre de «gateras» a las vendedoras), donde se hallaba el gran mercado agropecuario.
La población
El censo que mandó levantar el Virrey Toledo en 1572 (a menos de treinta años de la fundación de la ciudad) arrojó una población de 120.000 habitantes, por encima de Sevilla, la ciudad más poblada de España precisamente por su vinculación estrecha a América como puerto de embarque de la Casa de Contratación.
Solamente Venecia en el mundo podía rivalizar en número de habitantes con esta ciudad enclavada en un remoto y altísimo lugar de la cordiller
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