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de plata.

Portada y página interior del «» de Barco Centenera (edición príncipe, Lisboa, 1602). es nombre del , no del país. El canto II empieza con el «El río que llamamos Argentino».
Ángel Rosemblat, que ha dedicado un libro al tema del nombre de la donde aparecen las citas anteriores, dice que en este caso la poesía venció a la prosa, pues fue un poeta hoy olvidado, quien inspirado en el nombre del río y en el de la ciudad de La Plata, donde vivió por un tiempo, intituló su largo , publicado en 1602 «», como nombre del , no del país. En los documentos latinos y la cartografía de los siglos , XVII y XVIII se hablaba corrientemente de Fluvius Argenteus, Flumen Argentiferus, Fluvius Argentiferus, Flumen Argenti, pero fue Del Barco Centenera quien, empleando un latín peruanizado, habló primero de argentinus. Afirma Rosemblat que, deslumbrado por el éxito de Ercilla con su Araucana (1569), el arcediano Del Barco Centenera, que había pasado un cuarto de siglo entre las provincias del río de La Plata, y el Perú, quiso también, desde el momento en que se embarcó a América, en 1572, hacer algo parecido. En la dedicatoria de su libro manifiesta que «aquellas amplísimas provincias del Río de La Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razón oscurecida», por eso procuró «poner en escrito algo de lo que supe, entendí y vi en ellas en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregriné». Desde un principio emplea, para referirse a la tierra que describe, el adjetivo latinizante «argentino» (del latín argentum, plata):

Haré con vuestra ayuda este cuaderno
del Argentino Reino recontando diversas
aventuras, extrañezas, prodigios,
hambres, guerras, proezas…

Por analogía aplica a los habitantes el mismo adjetivo:

Los argentinos mozos han probado
allí su fuerza brava y rigurosa,
poblando con soberbia y fuerte mano
la propia tierra y sitio del pagano…

De los más de diez mil endecasílabos del , lo único vivo que queda, en opinión de Rosemblat, es el apelativo con que, pese a intentos de cambio, quedó bautizado un país: «, uno de los más hermosos nombres del mundo» (Paul Morand).
Antonio de León Pinelo, que conocía el de Del Barco Centenera, considera que los cuatro ríos que regaban el paraíso terrenal eran el Amazonas, el Magdalena, el Orinoco y el de La Plata (conocido como Phison en la Biblia) «que, con voz latinizada algunos llaman Argentino, ocupa el segundo lugar entre todos los de las y del Universo».
En tanto los conquistadores del Perú se entre mataban en las cuatro guerras civiles que alborotaron el territorio entre 1537 y 1554, otros españoles desde el Atlántico buscaban acceder también a las riquezas de la montaña. Después de Alejo García, Juan de Ayolas, enviado por Pedro de Mendoza, el fundador de Buenos Aires, remontó el curso del río y en la confluencia del Pilcomayo con el , fundó un fuerte que con el tiempo se convertiría en la ciudad de Asunción.
Los indios charrúas le quitaron la vida en la ribera del río Bermejo. Uno de sus lugartenientes, -16- Ñuflo de Chávez, continuó la expedición cumpliendo la notable hazaña de llegar a dos veces y entrevistarse primero con el Presidente La Gasca y luego con el virrey Hurtado de Mendoza, quien le concedió los territorios de Matogroso, Mojos y Chiquitos, dando en cambio el Chaco a Andrés Manso. Ñuflo de Chávez fundó la ciudad de Santa Cruz, luego trasladada al sitio que ocupa hoy, en 1561.

«Entrada del Virrey Morcillo a Potosí», pintura de Melchor Pérez Holguín (fragmento), Museo de América, Madrid.

-15-

El establecimiento de la ciudad de Asunción fue providencial para evitar que los portugueses avanzaran hacia territorio peruano y lograran su meta de apoderarse de Potosí. La historiadora paraguaya Julia Velilla afirma que «desde 1536 a 1557, once veces los conquistadores intentaron llegar al Alto Perú, alucinados por las riquezas de El Dorado. En el empeño de vinculación con los Charcas y Potosí, y en el frustrado anhelo de dominar el Chaco, la Provincia consumió sus mejores energías. Para el , desde siempre, el dominio sobre el Chaco ha sido condición fundamental de su existencia. En el período se efectuaron no menos de 116 expediciones a dicha región, organizadas por las autoridades del ».
Convendrá concluir con una reflexión inescapable: De no haber existido plata en el cerro éste habría continuado siendo, por los siglos de los siglos, un «gigante rodeado de soledad», como lo califica Alberto Crespo R. Allí encontraron los españoles el mítico El Dorado que había desvelado a todos los conquistadores desde que pusieron pie en América y en el que pensaba Colón cuando escribió: «El oro es una maravilla. Quien lo posea es dueño de todo lo que desea. Con él aun pueden llevarse almas al paraíso». Sin duda que su búsqueda fue el principal móvil de la conquista. ¿Pero dónde y cuándo no lo fue a lo largo de la humana? Pecan de hipocresía quienes acusan a los españoles de ser cautivos de la codicia cuando no ha habido aventura, desde la de Jasón y los argonautas, que no hubiese tenido entre sus motivaciones premiosas el afán de la súbita riqueza. Cuando pensamos en el coraje, la tenacidad y también la crueldad de esos buscadores de fortuna, deberíamos también poner en el otro platillo de la balanza lo que habría sucedido con las regiones en que hallaron metales preciosos fundando en ellas ciudades, puertos y fortalezas, si es que hubiesen carecido de esos recursos. «De no haber sido por la minería que logró salvar las grandes distancias y los enormes obstáculos que la imponente ofrecía -responde el mexicano Gustavo P. Serrano- el esfuerzo español habría sido embotado por la acción de la selva o de la montaña y los pobladores y colonizadores hubieran caído en un ruralismo enervante. La minería hizo posible la concentración de población, permitiendo una vida humana con niveles muy semejantes a los de Europa y por ello la cultura de este penetró hondamente tierra adentro, se elevó sobre la altiplanicie y la sierra y llegó a las regiones más apartadas del país». Así sucedió en México y, por supuesto, en Potosí.
Potosí, de villorrio o campamento minero pegado al cerro, como fue en sus orígenes, llegó a adquirir con el paso de los años y las décadas otra dimensión sociológica y cultural en el ámbito continental.
Lo dice certeramente Roberto Prudencio en un dedicado a Charcas: «Potosí dio igualmente origen al espíritu y la índole del mundo hispanoamericano. De él parte toda la trayectoria vital de las demás ciudades del continente. Es la villa de mayor fuerza cósmica, la que ha de perdurar a través de toda la vida republicana como la expresión tangible del recuerdo, del pasado, de la en suma. Por lo mismo que está arraigada en el corazón mismo de la tierra, se abre a la América, y por su fuerza creadora constituye la iniciación de un mundo».
«Potosí fue por excelencia la ciudad , pues por el gran caudal de lo indiano que poseía pudo lograr esa extraña y portentosa amalgama de lo hispano con lo indígena, que es lo característico del mundo cultural de La Colonia, como ya lo dijimos. , Santiago o Bogotá fueron ciudades españolas casi por entero, o en las que el predominio de lo hispano era tan fuerte que no dejaba lugar a lo autóctono.»
Les faltó el humus para crear esa nueva atmósfera de cultura que fue lo propiamente . El , por el contrario, fue una ciudad donde lo indiano dominaba: lo se levantó sobre las viejas construcciones incásicas.
«Potosí fue otra cosa. Potosí nació en La Colonia, pero fue el fruto de la savia misma de la tierra; fue el florecimiento singular de una planta autóctona nacida al mágico injerto del espíritu hispano. Potosí realizó en forma extraordinaria lo que los actuales hispanoamericanos buscamos y que la república ha perdido: el genio creador, como resultante de la fusión de dos espíritus, de dos mundos: lo hispano y lo indio. Por eso Potosí pudo lograr una vida propia, un estilo propio, vale decir una cultura propia. Y esto que fue la conquista del singular destino es lo que

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