caras, Juegos
El teatro era una diversión de mucho peso en Potosí. Alcanzó su mayor popularidad -76- en las primeras décadas del siglo XVII. Las compañías de teatro hacían un recorrido desde el Cuzco hasta la ciudad de La Plata y a medio camino representaban en la Villa Imperial, que resultó ser un centro artístico de primera por la elevada población y los recursos que poseía. Los actores que visitaban las ciudades parecen arrancados de la novela picaresca española, pues eran informales, pendencieros, jugadores y estaban sometidos a multas cuando incumplían sus compromisos. En ocasiones representaban hasta cinco comedias por mes. El número de éstas era muy grande y sus títulos, sensacionalistas o moralizantes. Como las pinturas, se hacían en serie, la mayoría importadas de España. No tenían mayor mérito literario, aunque también se representaba a los grandes dramaturgos del Siglo de Oro, sobre todo a Lope de Vega. El más conocido «autor de comedias» fue Gabriel del Río, nacido en Santiago de Compostela, casado con la «cómica» Ana Morillo. La pareja y su conjunto visitaron Potosí en seis oportunidades. Del Río combinaba la escena con el comercio, vendiendo en la Villa joyas armas, especias y sedas. En una oportunidad compró ciento catorce dramas para renovar su repertorio, al precio de 25 reales cada una, con el compromiso de no copiarlas ni entregarlas a terceros, para proteger los derechos de los autores. Una historiadora adelanta la interesante tesis de que el gallego Del Río hubiese estado vinculado al bando de los Vicuñas, no solamente por su género de vida y amistades sino porque puso en escena Fuenteovejuna cuando la furia de andaluces y criollos se estrellaba contra el corregidor, instrumento dócil de los Vascongados. «En este movimiento de difícil valoración social y económica que fue la guerra civil entre Vascongados y otras naciones» -dice Marie Helmer- «aparece el carro de Tespis como el vehículo posible de ideas nuevas y subversivas».
Sirena grabada en piedra en la fachada de un templo de Potosí.
Las representaciones se realizaban en un «corral de comedias» que ha desaparecido. Más tarde en el Coliseo de Comedias construido en 1616, que pertenecía por privilegio al Hospital de la Veracruz, a cuyo beneficio corrían parte de las entradas. Otra parte de los ingresos estaba destinada a los actores, los que podían cantar, bailar, tocar música, según los papeles.
También se daban representaciones en la Plaza Mayor en los días festivos de importancia, especialmente el día de Corpus Christi. De la misma manera, en los atrios de las iglesias, en los cementerios que se hallaban junto a aquellas; en el interior de los templos y conventos se daban comedias semirreligiosas, dedicadas a vidas de santos y a otras extraídas de la Sagrada Escritura.
La producción dramática cuantitativamente importante circulaba juntamente con las compañías de actores por las principales ciudades del virreinato.
Las «máscaras» eran otro género de diversiones muy solicitadas en Potosí. Se trataba de representaciones al aire libre de diversas escenas, la mayor parte de ellas verdaderamente barrocas, mezcla de elementos medievales, del renacimiento europeo, del simbolismo clásico así como alusiones locales y propiamente andinas.
Las máscaras eran la ocasión para hacer gala de riquísimas vestiduras, carros lujosos y otras formas de boato, pues tanto los materiales como la preparación alcanzaban precios elevadísimos. Las imprecaciones de Arzans frente al teatro como vehículo de depravación moral quizás se debían a su ignorancia en la materia pues no debió tener dinero disponible para pagar la entrada.
Otras muchas diversiones tenía Potosí. El juego era una verdadera pasión entre gentes de todas las posiciones sociales. Se jugaba a los naipes, al «hambre», a las «puntillas», a las «primeras», a las «tablas», al «comején» y a otros tantos juegos de azar. Y en medio de ellos, perdíanse grandes y pequeñas fortunas, se armaban reyertas y líos de toda clase.
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Como deporte, se jugaba a la pelota, cosa que molestaba mucho al Virrey Toledo, que estimaba que ése era pasatiempo de gente ociosa que mejor haría en ocuparse de la labor minera.
Mujeres, pecados, sexo
La mujer ocupa un lugar importante en la vida social de Potosí. Es ella el centro de bailes, banquetes, máscaras y otras diversiones. Y también lo es en el ámbito familiar, en el de las relaciones sociales y en los refinamientos. Arzans sostiene que el afán por los vestidos costosos y extravagantes llevaba a esposas y maridos a toda clase de excesos.
En la extensa galería de mujeres que desfilan por la Historia de la Villa Imperial las hay de todas clases. Unas, las menos, piadosas, sencillas, virtuosas y de superior belleza. Pero las más, sean éstas ricas herederas, venerables matronas, carniceras, o sirvientas, son ocasión de pecado y hasta de muertes. Verdadera dificultad tiene nuestro autor para definir a la mujer, y sus reflexiones sobre ella forman parte de lo más sabroso de su libro.
Iglesia de San Lorenzo. Detalle portada.
Las malas abundan verdaderamente en las páginas de la Historia, unidas a la lascivia y los amores desenfrenados que minuciosamente narra Arzans. Varios casos de amantes devoradores desfilan ante los ojos del lector, como el de Doña Felipa Estupinán, de hermosura perfecta y que parecía un sol, causando muertes y discordias por sus amores en la Villa Imperial, y en la ciudad de La Plata, pues ni autoridades civiles ni eclesiásticas se libraron de tan grandes encantos; el de la «liviana Margarita» que va a bañarse desnuda a la laguna de Tarapaya despertando la pasión desesperada de un hombre, o Doña Clara la Achacosa, que siendo ya muy rica no vaciló en cambiar su honestidad por joyas diversas y apreciables, todo con el fin de enloquecer a los hombres. La codicia y la concupiscencia se dan la mano en Potosí para echar a perder almas y cuerpos.
La laguna de Tarapaya era un frecuente lugar de encuentros amorosos a veces trágicos, como en la historia de «Los amantes ahogados» que acababan de conocerse mientras se bañaban en la laguna: «¿quién dijera que en medio de aquellas aguas se habían de abrasar en furiosas llamas? Más eran de concupiscencia, con las cuales (sin haber tenido jamás comunicación entre ellos) palabras y obras todo fue a un tiempo. Tomaron pie en la otra banda de la compuerta, pero parte muy peligrosa que no tenía ni aún media vara de él; echáronse los brazos sin quedarles con qué valerse en el agua, y así juntos se hundieron y ahogaron».
Menudean por todas partes las historias de pecadores y escándalos a veces con intervención de las autoridades eclesiásticas que tratan de poner coto a tanta desvergüenza: En 1728, aprovechando la llegada del Arzobispo Romero se le hizo llegar «un papelón con 32 nombres, sujetos de la Europa que se entretenían en lascivias con mujeres perdidas, y los hizo llamar uno a uno con harto escándalo del pueblo, porque entre ellos había hombres viejos y mozos recatados».
El mismo Arzobispo Romero tuvo que emitir una orden dirigida a las monjas de -78- Remedios para que «totalmente cierren sus locutorios y porterías los tres días de carnestolendas so pena de excomunión para evitar que vean a sus conocidos que llaman devotos».
Hay casos de Don Juanes criollos, esposas deshonradas, criados en amores con señoras, las historias de los «lascivos mercaderes», «la venganza del paralítico» o «los adúlteros castigados» (por Dios) que después de fornicar no pudieron separar sus cuerpos por tres días y el hombre (médico por lo demás) «ya estaba a punto de reventar porque se le hincharon las partes vergonzosas con grandes dolores del cuerpo y congojas de su espíritu, y así esperaban por momentos la muerte». En esto llegó el marido pero los solícitos amigos de la pareja lo desviaron a Tarapaya hasta que «permitió Dios a los adúlteros que se apartasen y apartados el hombre enmendó su vida, poniendo freno a su apetito».
Arzans relata también un caso de necrofilia en el que el hombre tampoco pudo apartarse de su inerte pareja «por lo cual fue necesario cortarle aquella parte y así pagó en vida su atrevimiento y si no hizo penitencia de ésta y de las demás culpas, también lo pagaría en muerte».
En las crónicas se hace referencia a casos de lesbianismo, homosexualismo (aunque curiosamente los sodomitas mencionados por Arzans sean siempre Indios cuando la verdad, según los expedientes de la Inquisición, es que españoles y criollos también eran dados al pecado nefando), mutilaciones, castraciones, perversiones y crueldades sexuales, no faltando un episodio de fellatio a cargo de la hechicera Claudia, que de seguro leería con interés el presidente Clinton.
Éstas y otras historias dejan pálidos a los Cuentos de Canterbury y demás narraciones eróticas de




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