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; tales pragmáticas».
Otro aspecto simpático de la personalidad de es su denuncia de las condiciones terribles en que se desarrollaba la «mita» y el sufrimiento de los indios de quienes tenía un alto concepto por sus virtudes y dedicación al trabajo, el amor a sus hijos y a sus esposas. El único amigo personal que nombra en su larga es su compadre indio Pablo Huancaní, «persona de buen entendimiento y ladino» (bilingüe).
Otro título que podría ostentar sin habérselo propuesto es el de primer periodista de La Colonia, sobre todo en sus Anales, en los que registra el pasado potosino año por año, pues al margen de sus lecturas interminables solía frecuentar los tambos a los que llegaban los viajeros para pedirles noticias de otras ciudades y provincias, departía con sus conocidos y amigos en las esquinas, asistía a cuantos oficios religiosos se celebraban y era espectador alborozado y atento de fiestas, procesiones y lances (en uno de los cuales desenvaina la espada para proteger a una doncella), todo lo cual pasaba luego a las páginas de su libro.
Como su inspirador, el padre Antonio de , de cuya Crónica moralizada toma y transforma muchos temas, era un creyente en la astrología, alejándose en este punto del dogma católico. Sus historias combinan libremente lo real con lo irreal y los milagros que en ellas hace la Virgen, Jesucristo y los Santos a menudo favorecen a los indios.
El gran desconocido en las letras hispanoamericanas
Tan misteriosa como su vida resulta la de los originales que quedaron con su hijo Diego y a los que éste agregó ocho capítulos más de inferior calidad y llenos de hechos esperpénticos. Diego, forzado por la necesidad, tuvo que empeñar el libro a un eclesiástico quien lo conservó por 20 años. De alguna manera una copia manuscrita llegó hasta la biblioteca del Rey de España y otra fue comprada en 1877 para ser publicada en Europa. Posiblemente sea esta copia la que adquirió en París en 1905 el ingeniero norteamericano Coronel George E. Church, quien a su muerte la obsequió con todos sus papeles a la Brown University en Providence Rode Island, donde había nacido. El gran americanista Louis Hanke, después de escribir extensamente sobre el Padre Bartolomé de las Casas, tenía en mente a Potosí y anoticiado de esta testamentaría interesó a la Universidad Brown de Providence para que en ocasión de su bicentenario publicase la obra completa de , cotejando esa copia con la del Archivo Real de Madrid, sobre la que había trabajado varios años Gonzalo Gumucio Reyes. La Universidad aceptó la oferta y Hanke, asociado a Gunnar Mendoza, Director del Archivo Nacional de , firmaron conjuntamente un erudito y ameno prólogo ofreciendo un cuadro general apasionante de la mentalidad de la época, de los orígenes del libro de , los autores que consultó, la veracidad de su y los pocos datos que de él se conocían.
Sus esfuerzos fueron coronados con la edición de lujo en 1964 de 2.000 ejemplares de 3 tomos de formato mayor, con un total de 297 capítulos. El grueso de la edición quedó en las bibliotecas universitarias de EE. UU.
Si bien la permaneció ignorada, los Anales en cambio fueron bastante divulgados y de allí tomaron los diversos tradicionalistas materiales desde el siglo XVIII. Ésta es la razón por la que ni siquiera figura en historias o antologías de historiografía o literatura hispanoamericana. No sabían de su existencia especialistas como Luis Alberto Sánchez, Mariano Picón Salas, Pedro Henríquez Ureña o E. Anderson Imbert, pues de haberlo conocido, lo habrían puesto sin duda al nivel del Garcilaso de la Vega (1539-1617) y de Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695) entre las tres figuras sobresalientes de la cultura hispanoamericana. Podemos ir más allá todavía y, dado que la obra capital de fue escrita entre el último tercio del y el primero del XVIII, en una época de completa decadencia tanto en la península como en América, el escritor potosino se yergue como una figura de relieve único, muy superior a sus contemporáneos de ambos lados del Atlántico. Basta citar la opinión que asienta Menéndez y Pelayo sobre los escritores de España y sus colonias en el siglo XVIII, en el que «continúa dominando, aunque cada vez más degenerado y corrompido el gusto del siglo anterior», añadiendo enseguida «triunfa la reacción clásica o pseudoclásica, que, exagerándose como todas las reacciones, va cayendo en el más trivial y desmayado prosaísmo». Es en esa España, ya maduro el siglo XVIII, cuando predominan las fábulas al estilo de Iriarte y Samaniego y las historias eruditas y críticas indigeribles que hoy ya nadie recuerda.
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Pero si fue de tan increíble modestia y discreción para hablar de sí mismo, su familia, sus medios de vida, sus amigos y familiares, e incluso sus propósitos al escribir esta obra verdaderamente colosal, podemos conocerlo en cambio íntimamente a través de sus reflexiones escritas a lo largo del libro en cada una de las historias y que ahora aparecen en este volumen en forma independiente, revelándonos los sentimientos, supersticiones, simpatías y fobias de un súbdito del rey de España capaz sin embargo de hacer las más acerbas y vitriólicas críticas a la mala administración de ministros, jueces y corregidores sin olvidar a los chupasangres de los escribanos; devoto e incluso supersticioso creyente de los credos católicos, pero denunciante descarnado de obispos y curas fornicarios y codiciosos; nieto de vascos y de padre andaluz, pero muy consciente de los abusos que cometían los españoles y orgulloso de la nueva nación criolla que se retrata en germen en su obra. En ese sentido las reflexiones de , variando el escenario de Potosí, ciudad única en el continente por su gravitante riqueza desparramada por el mundo a lo largo de tres siglos, puede representar también la mentalidad de los criollos hispanoamericanos un siglo antes de que se planteara la guerra de la independencia. Desde ese punto de vista -y ese es el valor fundamental de este volumen- los pensamientos recogidos aquí representativos de la mentalidad de ese tiempo de tránsito entre el y XVIII podrían ser suscritos por los criollos cultos de Ciudad de México, Caracas, Buenos Aires, o Santiago. Ninguna obra como la de ofrece en el período hispanoamericano tal cantidad de máximas de tan diversas materias y en ese sentido la es un venero inagotable para conocer qué pensaban los hombres de ese tiempo seducidos o vencidos por la ortodoxia católica, pero capaces también de imaginar un mundo regido por la ética, la compasión y el sentido de la ju

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