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Potosí.
cuenta que cuando se desató la gran epidemia de 1719 en que murieron 20.000 potosinos, él se dedicó a cuidar a los enfermos y dar cristiana sepultura a los muertos. Su vida social debió ser intensa pues discurseó en el estreno de una máquina metalúrgica y algunas de sus historias fueron usadas en el púlpito por los curas. Algo muy notable en la personalidad de es que viviendo en una ciudad donde reinaban la violencia, las celebraciones lúdicas y las supersticiones religiosas;en la que no había universidad ni imprenta pues la primera llegó con el ejército colombiano recién en 1825 (solamente para publicar proclamas), fue capaz de escribir tan monumentales obras sin ningún estímulo intelectual exterior pues sus amigos, fuera de algunos sacerdotes eruditos, eran gentes del común, obnubilados, como todos, por el afán de la riqueza fácil. Diego indica que pese a varias ofertas de ayuda, su padre no quiso publicar su manuscrito porque en él revelaba «verdades desnudas», entre ellas los crímenes de Agustín de la Tijera, quien hizo matar a un sacerdote temiendo que escribiera a Madrid sobre sus actividades.
Sabemos por su discípulo Bernabé Antonio de Ortega y Velasco, de quien aparece el informe también en este libro, que fue maestro (no en el sentido convencional de hoy de poseer una escuela con cursos), sino -69- de enseñar a un grupo de niños. Muchas veces se ocupa de las tribulaciones de los pobres en la ciudad,entre los que se coloca. Con motivo de una «derrama» (colecta) que se hizo entre el vecindario para enviar a una delegación a España que defendiese a Potosí frente a Oruro en la distribución de mitayos y en la que se reunieron 9.000 pesos, se lamenta de haberse desprendido de los cuatro pesos que tenía, pensando además que se los embolsillarían los recolectores. Señala también que en su juventud no pensó en ser historiador. La atmósfera de la imponente ciudad, llena de templos magníficos, poblada de orgullosos azogueros, clérigos, aventureros de toda laya y nacionalidad, comerciantes y mitayos, debió inspirar en algún momento al modesto dómine a emprender una obra que le tomaría 35 años de su vida. Y sobre todo la vista del cerro:«Con ojos de plata -dice en la introducción- puedo afirmar que me ha mirado para su autor, y con lenguas de varios metales a alentado mi pluma para su desempeño y juntamente me ha mostrado para que con gracia y eficacia diga a los hombres que de ver sus necesidades se le rompen sus entrañas y para que remediarlas les ofrece el rosicler de sus venas». Lo fascinante es que , a diferencia de todos los demás , no dedicó su obra al Rey ni a ninguna autoridad, ni la escribió por encargo de nadie.

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Tampoco buscó la gloria terrena, pues por temor a las represalias o a que alguien lo engatusase con la edición nunca quiso desprenderse de sus originales. Vivió con la ilusión de que Potosí era el centro del mundo y aunque para esa época ya se había iniciado la decadencia en la explotación minera, en muchos sentidos tenía razón, pues la ciudad todavía era en América el motor del Imperio.
Autodidacta en sus lecturas, debió acudir incansablemente a la biblioteca de algún clérigo amigo, o franciscano, convirtiéndose en un repositorio no solamente de la dogmática católica prevaleciente e imbatida en el reino de los Austrias, pues los aires de la Ilustración y de la duda religiosa llegarían a Charcas varias décadas después de su muerte, sino también de los autores grecorromanos en las versiones recogidas por la Iglesia, de los escritores del siglo de oro español y la literatura picaresca, así como los de la Conquista. Se puede afirmar que todo lo que era posible leer en ese momento en América fue leído y asimilado por y citado y sobrepuesto abundantemente en su , a veces en forma literal como sucede con frases de Cervantes, Lope de Vega, Calderón de la Barca y otros.
Bartolomé, que nunca salió de la cárcel de su pobreza, debió habitar en Potosí con su esposa e hijo una vivienda de barro con techo de paja de no más de dos habitaciones, con un huerto al fondo para las necesidades de la humana condición. Dispondría de una palangana y una jarra de latón para refrescar la cara y lavarse las manos y ocasionalmente el resto del cuerpo. A 4.000 metros de altura, en una ciudad de crudo invierno, azotada varios meses por un viento con granizos que a veces alcanzaban «el tamaño de pequeñas manzanas», los ventanucos de la vivienda no tenían vidrios sino retazos de bayeta de la tierra a modo de cortinas. Podemos suponer que Bartolomé empleaba su día en dar lecciones al grupo de niños que tenía bajo su cuidado, visitar alguna biblioteca de convento y charlar con los viejos vecinos o los viajeros recién llegados buscando información para su obra. Al atardecer, arropado con una manta, con los pies helados y las manos entumecidas, auxiliado por un par de velas de cebo, poníase a llenar cartillas con la preocupación de no equivocarse ni emborronar una sola de ellas, dado su elevado precio, pues provenían de España. En los meses más fríos debió disponer de un brasero, pero con la previsión de dejar algún espacio con corriente de aire para no ser sofocado por el humo, pues el combustible no era carbón sino paja brava (thola) o taquia (excremento seco de llama), de olor maloliente.
Pero nada de esto importaba en realidad. Uno no puede dejar de pensar en Maquiavelo, quien, después de discutir con los gañanes en el campo; se vestía con sus mejores galas en la tarde para tratar con los mejores espíritus de la Antigüedad y conversar con ellos a través de sus libros, cuando imagina a nuestro anónimo levantando su pluma de ganso, al atardecer, para añadir páginas a su en la soledad de la habitación que le servía de comedor, sala y escritorio. En ese momento olvidaba mágicamente sus estrecheces económicas, el acoso de sus enemigos o el frío mortal que le rodeaba: acudían a su mente en tropel los gritos de los caballeros de capa y espada, los lamentos de mitayos en las profundidades del cerro, las voces de los mercados ofreciendo toda suerte de artículos, el paso de las llamas en su interminable viaje a Arica o al Río de la Plata, el fervor de las procesiones, la música de guitarrones, tamborines, chirimías y timbales de los españoles, mezclada con los instrumentos de viento de los indígenas en los carnavales y la dulce sonrisa de la Virgen intercediendo ante Dios por un alma pecadora. Todo esto Bartolomé lo ponía en orden cotejando datos en viejos infolios o recordando lo que le habían referido los vecinos más viejos de la Villa. Esas eran horas de supremo goce espiritual, en las que se transformaba no solamente en el historiador oficioso sino en el profeta laico que reprendía a sus coterráneos instándoles a tomar el buen camino para vivir una vida honorable y feliz que les asegurara después el cielo prometido. El único ruido era el ronquido de Juana en la del lado o los pasos de su hijo Diego preparándole un mate de coca o de hierba del para ahuyentar el frío y el sueño.
¿Qué aspecto físico tendría ? Lo único que podemos deducir por su pobreza y sus condenas a los excesos de la mesa es que era un hombre flaco, acostumbrado, a alguna sopa de maíz o caldo de huesos, papas o chuño a lo largo del año y choclos de granos deliciosos en la debida estación; pollo ni pensar por sus altos precios y en lugar de carne de vaca, alguna vez de llama, y los «duelos y quebrantos» del Caballero de la triste figura cuya receta figura en el libro de doña Josepha de Escurrechea, Marquesa de Cayara en las cercanías de Potosí, para las ocasiones memorables.
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Anticipándose en siglo y medio a Marx, concibe la social de Potosí como una lucha entre ricos y pobres, en la que siempre ganan los primeros por la venalidad de la justicia y las autoridades, y aunque en oportunidades se ve obligado a disimular sus acusaciones o pasarle la mano a algún prelado poderoso, es mucho más explícito y valiente que los escritores españoles que se convirtieron en maestros de la reticencia, del arte de decir las cosas sin decirlas, de la «hipocresía heroica» como la calificó el propio Cervantes., que dedica su obra a «sus amados lectores», no vacila en llamar «cruelísimo tirano» a un Virrey, calificar a los corregidores de «cuervos», a los oidores de «reyes sin corona» y a los ordinarios de «ladrones».
Al ocuparse del año 1695 condena las «rateras leyes» y «raterías pragmáticas» y muy graciosamente añade que ellas «cayendo sobre las miserables ranas de los pobres que sin contradicción obedecieron, atemorizándolos con estruendo de voces cuyo espanto les dura y durará, pues como viga pesada de los sucesores los tiene debajo, y jamás la despreciarán ni se subirán sobre ella sino que siempre durante la opresión cantarán en el cieno de su pobreza terribles cantos de maldiciones contra quien ordenó

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