Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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Al iniciar su carrera vertiginosa tres quinquenios atrás, les había dicho a sus Llaneros en la selva de Orinoco que «llevaría sus armas -64- triunfantes hasta la cima del Potosí», afirmación que sus rudos segundones no entendieron o interpretaron como una baladronada. Ahora había llegado ese momento. En la capilla del Cerro Chico entregaron al libertador la llave de oro del templo de la victoria, construido expresamente para el acto, en estilo griego luego una dama coronó la cabeza del héroe con una guirnalda de filigrana de oro y graciosas muchachas, que representaban a los países americanos le obsequiaron ramos de flores y recitaron versos alusivos. Continuó la escalada. Bolívar de pronto, «brincó de contento como un niño, de risco en risco, envuelto en su bandera y tarareando aires triunfales». En una pausa del ascenso, junto a Simón Rodríguez, Sucre, su plana mayor, las autoridades potosinas y los delegados argentinos, Bolívar rememoró toda su carrera política y militar, se acordó de sus compañeros de armas y de las grandes batallas libradas por la libertad del Nuevo Mundo. Su evocación se convirtió en discurso: «Venimos venciendo -dijo- desde las costas del Atlántico y en quince años de una lucha de gigantes hemos derrotado el edificio de la tiranía, formado tranquilamente en tres siglos de usurpación y de violencia. Las míseras reliquias de este mundo estaban destinadas a la más degradante esclavitud. ¡Cuánto no debe ser nuestro gozo al ver tantos millones de hombres restituidos a sus derechos por nuestra perseverancia y nuestro esfuerzo! En cuanto a mí, de pie sobre esta mole de plata que se llama Potosí y cuyas venas riquísimas fueron trescientos años el erario de España yo estimo en nada esta opulencia, cuando la comparo con la gloria de haber traído victorioso el estandarte de la libertad, desde las playas ardientes del Orinoco para fijarlo aquí en el pico de esta montaña cuyo seno es el asombro y la envidia del universo».
A cargo del gremio de azogueros estuvo el banquete de mediodía, servido en vajilla de plata. En el momento de los brindis Bolívar insistió en la misma idea:
«Ciertamente hoy es el día más feliz de mi vida, por haber llegado a hollar este pico clásico de los gigantes Andes. La gloria de haber conducido a estas frías regiones nuestros estandartes de libertad, deja en nada los tesoros inmensos que están a nuestros pies». Las banderas de los nuevos países flameaban en torno.
En la sobremesa, con los ánimos enfervorizados y la conciencia de que ése era un día excepcional en la vida de todos los presentes, continuaron los recuerdos y evocaciones del pasado: Rodríguez relató con detalle el viaje que realizó a pie y en carruaje, acompañado de Bolívar de París a Roma y el juramento que su discípulo hizo en Monte Sacro. Sucre, a su vez, se ofreció a recitar de memoria el delirio del Libertador en el Chimborazo, lo que hizo con voz emocionada, sin olvidar una sola palabra. Se insinuaba ya el atardecer cuando los asistentes se pusieron de pie para contemplar una vez más la ciudad extendida al pie de la montaña. Nadie imaginaba que después de aquella jornada inolvidable sólo esperaban desengaños a Bolívar y Rodríguez, la muerte por mano asesina a Sucre, y el inicio de una historia caótica y conflictiva para el país que había adoptado como propio el nombre de su primer presidente.
Tan prolongada y feroz guerra como fue la de la independencia dejó los campos yermos y las minas anegadas y paralizadas, pero también se ensañó con las ciudades que sufrieron por igual, destrucción y muertes. El anónimo autor que hizo la continuación de los Anales de Potosí y que fue testigo presencial de los hechos relata que en enero de 1823 el ejército realista hizo bajar las campanas de la iglesia de Belén destruyendo las dos torres. El convento quedó convertido en cuartel de la artillería y en el lugar en que se hallaban las torres se emplazaron cañones. Lo mismo sucedió con el convento de San Agustín y la iglesia de la Misericordia. Las campanas de los templos se fundieron por balas y la orfebrería de plata del interior quedó convertida en monedas para el pago de la tropa.
En 1826, que es cuando el cónsul inglés Joseph Barclay Pentland escribe su informe a la Corona sobre el flamante país, quedan en Potosí apenas 3.000 habitantes, descenso que el funcionario inglés atribuye a la caída progresiva de las operaciones mineras, a los excesos cometidos en las luchas de la Revolución «que obligaron a la mayor parte de la población indígena a recluirse a los más apartados distritos de los Andes» y a la disminución del tráfico comercial con Buenos Aires, que desde el paso de Charcas a ese virreinato, con la prohibición de comercio entre estas provincias y los puertos del Pacífico, había convertido a Potosí en un gran centro de intercambio, prohibición que tácitamente quedó anulada al iniciarse la guerra de independencia, abriéndose la relación comercial con Europa a través de Arica, Quilca y Cobija.
De los 120 ingenios que en tiempos de la mayor expansión productiva en los alrededores de la ciudad, quedaban operando apenas 15. El número de trabajadores en el cerro bajó a 1.450 incluyendo a palliris y acarreadores del mineral y 450 en los ingenios, cuya producción alcanzaba a 53.000 marcos en ese año. En cuanto a las minas del cerro, apenas seis se hallaban en actividad.
Al saqueo de sus minerales, siguió durante la República, hasta nuestros días, el asalto que ha sufrido Potosí de sus tesoros artísticos, desde pinturas, esculturas, retablos, columnas hasta altares de plata labrados o recubiertos de láminas de oro; que ahora adornan museos de varias ciudades de América y España, o repositorios privados; así como la destrucción paulatina de los templos y lagunas que deslumbraban a los viajeros de La Colonia.
El visitante contemporáneo todavía puede ver el cerro en mísera explotación, algunos bellos templos y la Casa de la Moneda donde admirará, entre otras pinturas de la escuela de Charcas, varios cuadros estupendos de Melchor Pérez Holguín. Casi todo le fue arrebatado a Potosí. Lo que nadie podrá quitarle, para memoria de los tiempos, es la historia fabulosa que le dedicó el más humilde y menos exigente de sus hijos: Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela a quien, después de tres siglos de anonimato, está dedicado este libro.
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La vida de Arzans
El pintor Tomás Achá (1998) ha imaginado así a Arzans con el Cerro Rico al fondo y vestido con traje de gala de la época. Pero Arzans era un hombre pobre y en su obra no se describió a sí mismo.
Hanke y Mendoza sostienen que del millón de palabras de su Historia, Arzans apenas emplea unas mil en sí mismo. En este libro hemos recuperado por primera vez, tales fragmentos autobiográficos reproduciendo para hacerlas inteligibles al lector,las anécdotas en que están inmersas, salvo menciones brevísimas a las que nos referiremos ahora. El padre de Bartolomé, nacido en Sevilla, llegó cuando tenía 8 años a Potosí en 1643 y se casó con española. Con el tiempo se haría azoguero, pero sin acumular fortuna. El hombre debió tener un carácter autoritario y mandón y Bartolomé no se movió de su lado, sin poder estudiar cosa de provecho hasta el fallecimiento de su progenitor. De su madre no dice nada. Bartolomé nació en la Villa Imperial en 1676. En los registros parroquiales figura su matrimonio en 1701 con doña Juana de Reina, natural de la ciudad de La Plata. Juana tenía al casarse 40 años y él 25, unión curiosa, pues en la época lo frecuente era que el marido fuese mucho mayor que la esposa, y no es raro por tanto que hubiese tenido un solo hijo. Sin embargo Arzans hace un homenaje a su «amada esposa» por su entereza cuando los policías del corregidor le requisan la casa en busca de la Historia. En todo caso el tema femenino es tratado extensamente en el libro, en el que figuran mujeres fascinantes, atrevidas, capaces de matar por sus amantes o de morir por sus amores. Bartolomé murió de 60 años en 1736 y Juana lo sobrevivió por algunos años. La mujer es uno de los temas que más intrigan y apasionan a Arzans.
Era, según confesión propia, «buen aritmético», aficionado a las corridas de toros y espectador de cuantas fiestas se realizaban en la Villa. Debió ser buen conversador y sabía ganarse la confianza de la gente, pues de otra manera no habría podido enterarse de tantas cosas que si se escribiesen ahora requerirían el concurso de un equipo multidisciplinario de historiadores, economistas, sicólogos, antropólogos e incluso siquiatras, provistos de computadoras que almacenan millones de palabras por segundos y en las que se escriben, superponen, quitan, añaden frases y oraciones en un pestañeo de ojos. Viajó una vez a La Plata, pero parece que pasó toda su vida en
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