Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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sor hasta España.
En la Francia de mediados del siglo XVIII la Iglesia Católica hizo serios esfuerzos para contrarrestar las ideas que iban a plasmarse luego en la Enciclopedia, promovida por Diderot y D’Alembert. Parte de ese trabajo fue el Gran Diccionario Histórico en diez tomos, publicado en París y luego en Madrid, en 1750, y en el que figuran dos páginas dedicadas a Potosí que dan idea de la fama que el sitio había alcanzado en las cortes europeas. Dicen algunos de sus párrafos: «Potosí, ciudad del reino del Perú, en la provincia de los Charcas, hacia el Trópico de Capricornio, la llaman los españoles Ciudad Imperial, puede ser por causa de sus riquezas (…). Se cuentan en ella 4.000 casas bien edificadas y con muchos altos. Las iglesias son magníficas y ricamente adornadas, y sobre todo las de los religiosos, habiendo muchos conventos de diversas órdenes. Pueblan esta ciudad españoles, extranjeros, naturales del país, negros, mestizos y mulatos. Los mestizos han nacido de un español y de una salvaje, por usar del término riguroso, y los mulatos, de un español y de una negra. En esta ciudad se cuentan cerca de 4.000 españoles naturales capaces de tomar las armas. Los mestizos componen casi otro tanto número, y son muy astutos; pero no se exponen gustosos a las ocasiones, y visten ordinariamente tres tapalotodos a justacorps de piel de búfalo uno sobre otro, de modo que una espada no puede penetrarlos. En la ciudad no hay muchos extranjeros, y los tales son holandeses, irlandeses, genoveses y franceses que pasan por navarros y vizcaynos. (…) Los salvajes negros o los mulatos que sirven a los españoles están vestidos como ellos, y pueden usar armas. En esta ciudad reglan lo político 24 regidores, además del corregidor y el presidente de las Charcas, quienes dirigen y gobiernan los negocios a la moda de España. Exceptuando, estos dos ministros principales, tanto en Potosí como en cualquier otra parte de la América, los caballeros y los hidalgos tienen libertad de meterse a comerciar; y se dice hay -12- algunos que tienen, o por decir que tenían tres o cuatro millones de caudal. El común del pueblo vive también con bastante comodidad, pero son muy fieros y soberbios. Se ven andar siempre vestidos de tela de oro y plata de escarlata, y de todo género de raso guarnecido de encajes de oro. Las mujeres de los hidalgos y las de los ciudadanos están contenidas aun más que en España. Sus casas están muy bien adornadas y todos en general se sirven de vajillas de plata. (…) La plata mejor de todas las Indias Occidentales es la de Potosí; y aunque se ha sacado una asombrosa cantidad de plata, de las minas en que se evidencia el metal, y que el día de hoy están casi agotadas, se encuentra de él en abundancia en los parajes que aún no se han trabajado».
Ciudad la Villa Rica Imperial (Potosí), del libro Crónica de Buen Gobierno de Guamán, Poma de Ayala (Hacia 1580-1613)
Los blasones
A un año del descubrimiento de la riqueza y enemistado ya Juan de Villarroel de sus socios originales Diego Centeno y Pedro Cotamito, envió un memorial a Carlos V, acompañado previsoramente de un donativo de doce mil marcos de plata piña, en el que le pedía que le confirmase como descubridor del cerro y fundador de la ciudad.
La respuesta del Monarca fue afirmativa, acompañada de un escudo de armas donde aparece el cerro rico en campo blanco, con dos coronas del Plus Ultra a los costados, la imperial corona al timbre y la siguiente leyenda al pie:
Soy el rico Potosí
Del mundo soy el tesoro
soy el rey de los montes
y envidia soy de los reyes
El escudo de armas estaba acompañado de la declaratoria de Villa Imperial de Potosí.
En agosto de 1565, mediante cédula real, Felipe II concedió a Potosí las armas reales de España: en campo de plata un águila imperial «y en medio, dos castillos contrapuestos y dos leones, debajo el cerro de Potosí, a los lados las dos columnas del Plus Ultra, corona imperial al timbre y por orla el collar de toison».
El virrey Francisco de Toledo, con cédula firmada en Arequipa en agosto de 1575, añadió al escudo potosino una frase latina colocada en el contorno del óvalo central:
Caesaris potentia
pro rexis prudentia
iste excelsus mons et argenteus
orbem debelare valet universum
(«El poder del emperador así como la prudencia del rey y esta excelsa argéntea montaña, bastan para señorearse del orbe universal.»)
-13-
La ciudad de La Plata que se preciaba de ser la única en el ámbito del virreinato que había mantenido su lealtad al rey durante la rebelión de Gonzalo Pizarro, amén de que fueran sus habitantes quienes primero se instalaron en el cerro de Potosí, proveyendo al monarca de cuantiosas sumas por concepto de quintos, solicitaron a Madrid el derecho de tener un escudo de armas. La respuesta del rey, de marzo de 1559, dio a La Plata los títulos de «ciudad insigne, muy noble y muy leal» y un escudo de armas en cuyo cuartel superior figuraba el cerro de Potosí sobre campo azul, con una cruz en lo más alto y cinco vetas de plata. Al pie otro cerro más pequeño con seis guairas, operada cada una de ellas por un indio. En el otro cuartel superior el cerro de Porco, y luego el águila imperial, castillos, leones, y la cruz de Jerusalén y nada menos que diez cabezas de tiranos (que recordaban a los alzados). Mientras aquí, separadas por apenas dieciocho leguas (160 kilómetros), las dos ciudades luchaban por diferenciarse una de la otra, la Corona en Madrid las veía como una sola unidad, que lo era en efecto. No en vano las mercaderías que provenían de España debían almacenarse previamente en Chuquisaca antes de seguir a Potosí y de los valles próximos a la ciudad blanca se proveía al asiento minero de toda clase de frutas, maíz, legumbres y carne. De otra parte, el Presidente, oidores y fiscal de la Audiencia de Charcas percibían sus salarios -5.000 pesos anuales para el primero y 4.000 para los segundos- de la Caja Real de Potosí.
El río de La Plata y la Argentina
Con la misma avidez que había llevado a los trece alucinados de la isla de Gallo a seguir a Francisco Pizarro hacia el sur, bajo la advocación que éste les hiciera trazando una raya en el suelo: «Por este lado se va a Panamá a ser pobres, por este al Perú a ser ricos, escoja el que fuere buen castellano lo que más bien le estuviere», otras expediciones partieron de Panamá hacia el sur, bordeando las costas del Brasil en busca del quimérico el Dorado.
Se toparon con un río de aguas caudalosas al que los nativos llamaban Paraná-guazu, esto es, Paraná grande (Paraná quería decir mar o río como mar) que habría sido descubierto originalmente por Gonzalo Coelho y Américo Vespucio en marzo de 1502, en un viaje financiado por la Corona de Portugal. Del lado español el descubrimiento oficial correspondió a Juan Díaz de Soliz, en 1516. El cronista de la expedición escribió: «Entraron en un agua que por ser tan espaciosa y no salada llamaron Mar Dulce…». La Armada de Magallanes llegó al sitio en enero de 1520 y Antonio Pigaffeta hizo un dibujo del contorno del río, dándole el nombre de su descubridor español. Pero en 1527, el río se conocía ya indistintamente en España con los nombres de Soliz y La Plata. Fueron los portugueses, empeñados también en llegar cuanto antes a las regiones míticas del oro y de la plata, quienes le pusieron este último apelativo.
«Sebastián Caboto que partió de España en 1526 con intención de arribar a las Molucas, llegado a Pernambuco, oyó hablar de las riquezas metalíferas que se hallaban remontando el río. En la isla que Soliz había llamado de La Plata, encontró a otros náufragos de la desgraciada expedición del capitán español, quienes contaban de la Sierra de La Plata y del imperio del Rey Blanco. El portugués Alejo García había entrado mucho más adentro, pero al retornar de ese reino, cargado de riquezas también, fue asaltado y pereció a manos de los indios. Uno de los náufragos conservaba algunas muestras metálicas y contaba que «nunca hombres fueron tan bienaventurados como los de la dicha armada, por cuanto decían que había tanta plata y oro en el Río de Soliz que todos serían ricos y que tan rico sería el paje como el marinero…».
De esta manera, a partir de 1526, en la correspondencia oficial de la Corona española se adopta el nombre que habían dado a esa gran corriente de agua los portugueses, comprendiendo como río de La Plata al Paraná y el Paraguay. El nacimiento del río Pilcomayo, que une sus aguas a las del Paraguay, se halla en las quebradas de Tiquipaya y fuentes próximas a la ciudad de Potosí. La -14- leyenda que españoles y portugueses oían de los nativos de la ribera Atlántida se basaba pues en un hecho incontrovertible: muy lejos, a 530 leguas (2.650 km) de distancia, siguiendo el curso de los grandes ríos, en lo más alto de la cordillera, el destino había reservado para ellos un emporio
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