siglo antes.
La marquesa de Cavaya y las condesas de Carma y Casa Real pusieron en la cabeza de Belgrano las coronas de filigrana de plata y oro con que la nobleza potosina obsequiaba al jefe del segundo ejército, mucho más dispuesto que el anterior a pactar con la clase gobernante. «Todo debe cambiar para que todo permanezca igual», como diría siglos después el Marqués de Lampedusa.
En Potosí, Belgrano reorganizó y aumentó su ejército hasta contar con 3.300 hombres y 14 piezas de artillería con el que se enfrentó a Pezuela en Vilcapujio y Ayohuma, siendo derrotado en ambos sitios.
Díaz Vélez, su segundo, con una fracción de 600 hombres se replegó sobre Potosí, encerrándose en la Casa de la Moneda para resistir allí con víveres para un mes el ataque del enemigo que creía inminente y que no se produjo. Todas las ciudades altoperuanas, incluidas Santa Cruz y Valle Grande, hicieron llegar hombres y recursos a Belgrano que rehacía sus fuerzas en el pueblo de Macha, cercano a Potosí. El aporte más generoso fue el de esta última ciudad, a la que finalmente llegó el jefe argentino siendo saludado por las autoridades y las corporaciones «triste pero urbanamente». No quedaba otra salida sino el retorno al sur. Belgrano dio entonces una orden que a muchos suboficiales les pareció inconcebible y a los vecinos de Potosí, inaudita: volar con pólvora la Casa de la Moneda para que el enemigo nunca más pudiese utilizarla. Preparáronse los toneles de pólvora,tendiose la mecha, mientras la tropa iniciaba su marcha. Afortunadamente, el oficial encargado de encenderla prefirió desertar antes que cumplir la orden fatal que haría volar no solamente los enormes muros y techos del edificio sino buena parte de las casas del entorno. Al darse cuenta de que la orden no era cumplida, Belgrano instruyó que una patrulla volviese a ejecutarla, pero ya el vecindario advertido cortó el paso a los argentinos. «Hubo pues de renunciarse del todo al pensamiento de destruir la Casa de Moneda, refiere el Gral. Paz en sus citadas Memorias, y no se pensó sino en continuar nuestra retirada que era crítica por la proximidad del enemigo, que a cada instante podía echársenos encima y consumar nuestra perdición. Nuestra marcha iba sumamente embarazada por un crecidísimo numero de cargas; no solamente se conducía todo el dinero sellado y sin sellar que tenía la Casa de Moneda, sino la artillería que, a causa de la pérdida de Vilcapugio, se había pedido a Jujuy a toda prisa y la que ya encontramos en Potosí; además iba una porción de armamento descompuesto que había en los depósitos… que el general no quería dejar al enemigo, pero que nos causaba un peso inmenso; agréguense las municiones y parque que sacamos también de Potosí… y se comprenderá que nuestra retirada más se asemejaba a una caravana que huye de los peligros del desierto que a un cuerpo militar que marcha regularmente.»
Llegados Ramírez y Pezuela a Potosí, abolieron las monedas con el sol de la libertad que había hecho acuñar Belgrano y restauraron la actividad de la Casa de la Moneda. Una junta de purificación se encargó de dar fin con simpatizantes y allegados a los patriotas. Belgrano en tanto, destituido de su cargo por las derrotas sufridas, entregó el mando al Gral. José de San Martín, quien desobedeciendo las órdenes de Buenos Aires para que enviase los caudales de Potosí a esa ciudad, los retuvo en Tucumán para sostener su ejército de 2.000 hombres. San Martín comprendió que la fortaleza realista de Alto Perú, con su Alcázar de Potosí, era inexpugnable y entonces concibió otra estrategia que resultó afortunada: dejar a Martín Guemes al mando de sus gauchos protegiendo la frontera del norte, entre Jujuy y Tarija, y marchar a Mendoza para cruzar los Andes, vía Chile y ocupar eventualmente Lima, a la que llegaría por el mar Pacífico. Guemes cumplió a cabalidad su misión mientras en el Alto Perú proseguía, inmisericorde, la guerra de guerrillas.
A principios de 1815 un tercer ejército auxiliar argentino al mando del inepto José Rondeau llegó al Alto Perú, dirigiéndose derechamente a Potosí, plaza abandonada ya por Pezuela. Este tercer ejército trajo la novedad de dos batallones de 700 soldados uruguayos. Como los anteriores, su sobrevivencia dependía de los recursos que podían reunirse localmente y en esta ocasión se acudió al procedimiento de las confiscaciones de bienes escondidos por los emigrados, a cargo -61- de un tribunal de recaudación. Un solo «tapado», perteneciente a un acaudalado de apellido Achaval, produjo más de cien mil duros, gran parte en moneda acuñada y tejos de oro. Rondeau fue a la postre derrotado por Pezuela en Ventaimedia y Viloma, cercanías de Cochabamba, victoria que valió al jefe realista el nombramiento de Marqués del lugar.
Rondeau se replegó a Chuquisaca, pero tuvo el buen gusto de esquivar a Potosí en su retirada hacia su país. Hubo una cuarta expedición argentina al mando del Coronel La Madrid, que tomó Tarija, con la ayuda del guerrillero Méndez, y se acercó a Charcas sin poder tomar la ciudad.
En julio de 1821, entró triunfal el Gral. San Martín a Lima, desalojando al Virrey. El hecho sacudió profundamente el ámbito peruano y tuvo particular resonancia en Potosí, donde Casimiro Hoyos, de acuerdo con Mariano Camargo, jefe de la guarnición, se levantó en armas derrocando a las autoridades realistas. El Brigadier Rafael Maroto, por entonces Presidente de Charcas, y Olañeta se desplazaron sobre la Villa imperial, batiendo a los patriotas en el campo de San Roque. Después se combatió en calles y plazas y los sobrevivientes escaparon a los cerros para refugiarse en medio de la guerrilla.
Olañeta ordenó el fusilamiento de Hoyos, Camargo y otros treinta alzados, en la Plaza principal, en enero de 1823. Se liberó también de Maroto expulsándolo de Charcas y rompió con el Virrey de la Serna, acusándolo de liberal, con lo que quedó de gobernante absoluto del Alto Perú, hasta la Llegada del ejército colombiano de Sucre. Al abandonar Potosí en dirección a su cita con la muerte en Tumusla, Olañeta se alzó también con lo que quedaba en la Casa de la Moneda: 16 zurrones de plata equivalente a treinta mil pesos que Carlos Medinaceli, su vencedor, envió al Mariscal Sucre y con los que el primer presidente de la República pudo atender a los gastos más premiosos de la flamante administración. ¿Cuánto significó la guerra larga para el Alto Perú? Además de la pérdida de vidas, el abandono de los campos, la destrucción de ciudades y la virtual paralización de las minas, el país y particularmente Potosí se vieron obligados a sostener no solamente a sus propios combatientes sino a los ejércitos que se desplazaban del norte, con los pendones del Rey, y a los que subían del sur, a nombre de la Patria. Los familiares de los prisioneros pagaban su libertad en oro. Ambos contendientes se habían acostumbrado a la rapiña y cuando las contribuciones no eran voluntarias, los ocupantes de turno las convertían en forzadas, confiscando cuanto encontraban a su paso, desenterrando los «tapados» o violando el asilo de los conventos. Casto Rojas, en su Historia financiera de Bolivia, calcula en cien millones de pesos, correspondientes a empréstitos, confiscaciones, cupos, rescates, donativos, incluido el presupuesto ordinario de aquellos años, como el monto de lo que la colectividad altoperuana ofrendó a la guerra. No le faltó por todo esto razón al escritor español Ernesto Giménez Caballero cuando, al visitar la ciudad, en 1955 escribió una copla:
En Potosí nació América
y en Potosí murió España,
pero hoy España revive
en Potosí y en mi alma.
Bolívar en la cima del Cerro Rico
Simón Bolívar.
Como obedeciendo a una premonición, los quechuas habían bautizado con el nombre de «Ayacucho» (rincón de los muertos) al sitio de los Andes peruanos donde se libró la última y definitiva batalla de las fuerzas patriotas contra los ejércitos del Rey. Las primeras estaban comandadas por el general venezolano Antonio José de Sucre, lugarteniente preferido de Simón Bolívar, y los segundos por el Virrey




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