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mento
En el año 1800 empezó a circular en la Villa Imperial un folleto de formato menor y de autor anónimo, que contenía, en , el «Testamento» de Potosí. Gobernaba como intendente Francisco de Paula Sanz, que tendría diez años después un fin trágico a manos de Juan José Castelli, comandante del primer ejército auxiliador argentino. El hace hablar a la ciudad desde su nacimiento, pasando por sus tiempos de turbulencia, esplendor y agonía: Sepan todos cómo yo/ La villa de Potosí/ otorgo mi testamento/ por temer un frenesí…/ Mi hijo el niño Buenos Aires/ a quien virreinato di/ irá en el medio cantando/ aprended, flores, de mí…/ mi patrona antigua/ gritará con risa fuerte/ que haber dejado su amparo/ me ha ocasionado la muerte./ La gran Casa de moneda/ con su luto y sin resuello/ llevará mi ataúd al hombro/ a echar su último sello./ El cerro de Potosí/ eclipsó sus horizontes/ ¿qué harán los humanos cuerpos/ si saben morir los montes?…/ Si el cerro rico/ pudo acabarse/ quién de su dicha podrá fiarse/ si la maciza plata gallarda/ en polvo para/ ¿qué fin te aguarda?/ Aquí yace Potosí/ muy otra de lo que fue/ que hasta los siglos le dicen/ quién te vio y quién te ve…/ La villa de Potosí/ la madre de hijos ajenos/ que amaba malos y buenos/ es la que miras aquí/ ayer yo la conocí/ toda plata mujer si/ y hoy la veo, ay de mí! pobre en sueño profundo/ Oh grandezas de este mundo/ que siempre acabáis así.
La guerra de la independencia
No es de ninguna manera casual el hecho de que el primer grito de independencia en la América española se hubiera lanzado en Charcas, la ciudad más próxima a Potosí, el 25 de mayo de 1809, alentado por los propios oidores de la Real Audiencia y que el último disparo de la prolongada guerra se produjera en la quebrada de Tumusla, muy cerca de Potosí, donde murió el porfiado general Pedro Antonio de Olañeta, el 2 de abril de 1825.
En esos dieciséis años de incesante batallar, la guerra para realistas y patriotas tenía un punto de referencia, un imán al que unos y otros acudían rindiendo muchas veces la vida en el intento de alcanzarlo. Aunque todas las ciudades fueron arrastradas al turbión bélico, no fue Cochabamba y su grato valle, la altiva y señorial Charcas la hacendosa hoya paceña sitio obligado de tránsito donde todo se vendía y compraba y menos la soñolienta Santa Cruz, aisladas en su trópico espléndido, los sitios a los que se dirigían denodadamente los ejércitos de uno y otro bando, sino a la frígida y altísima ciudad de Potosí, castigada por vientos y tormentas eléctricas pero cuyo prestigio y riqueza, bien que amenguados con el tiempo, ejercían todavía atracción subyugante.
En plena etapa de decadencia económica provocada por el empobrecimiento de la ley de minerales, la inundación de socavones, la falta de capitales, la escasez de mercurio y la renuencia creciente de los indígenas a someterse a la mita, el cerro todavía era pródigo, como para sostener simultáneamente a dos ejércitos opuestos. El 10 de noviembre de 1810, ante la noticia de la reciente victoria del ejercito argentino de Juan José Castelli sobre las tropas de Vicente Nieto, Presidente de Charcas, el pueblo de Potosí derrocó a las autoridades españolas y el anciano -59- Intendente Francisco de Paula Sanz, hijo bastardo del rey Carlos III, no atinó a retirar a tiempo las pastas de oro y plata de las Cajas Reales, quedando prisionero. Desde entonces la Casa de Moneda ya no servirá solamente para acuñación de caudales, sino también para fundir cañones, templar sables y moler pólvora en sus quimbaletes. Será cuartel general, fortaleza y cárcel al mismo tiempo. Castelli al llegar a la ciudad ordenó el fusilamiento de Paula Sanz, de Nieto y de Córdoba. Un potosino presidía la junta de Gobierno de Buenos Aires: Cornelio . El regocijo de los patriotas de la Villa Imperial se trocó pronto en desagrado al sufrir los desmanes de la tropa . Castelli actuaba como un jacobino, no creía en etiquetas, usaba el termino de «ciudadano» para dirigirse a azogueros o mitayos. Con recursos frescos tomados de la Casa de Moneda continuó viaje a la ciudad de la Paz y luego al Desaguadero, donde fue batido por el arequipeño José Goyeneche. Los derrotados de Guaqui volvieron a Potosí, donde el Gral. Martín Pueyrredón se dio modos para cargar 600.000 pesos en cien mulas, con las que partió al sur, acosada su retaguardia por las fuerzas realistas. El gremio de azogueros no estaba unido frente a los insurgentes pues mientras la mayoría se mantenía partidaria del Rey, había otros que contribuían a la causa patriótica. Pero aun aquellos que permanecían realistas formaban parte de un sistema que se había venido prolongando por décadas, mediante el cual se aprovechaban de instituciones como el Banco de San Carlos, para obtener créditos o azogue (que después revendían a mayor precio a mineros «de fuera»), créditos que quedaban en mora y que no servían tampoco para incrementar la producción, como deseaba la Corona. En su Guía de la provincia de Potosí Cañete formula observaciones valiosísimas sobre el estado de la y los remedios que podían aplicarse y censura allí el parasitismo en el que habían caído los azogueros. «Es una lástima» -dice- «que repartiéndose cada año entre los azogueros de cincuenta a setenta mil pesos en plata efectiva de los fondos del Real Banco de San Carlos, difícilmente se encontrara uno que se aproveche de este auxilio. A lo sumo compran algunas almadanetas o cedazos al principio del año en que se ejecuta la distribución y el resto se consume en fiestas y pagamentos de otras deudas, totalmente independientes de la minería».

Monedas acuñadas en Potosí, a fines de la Colonia. La última corresponde al tercer ejército auxiliar argentino.

Retomemos el hilo del . En lugar de dirigirse a Jujuy y Salta en persecución de los vencidos, Goyeneche debió desviarse a Cochabamba, nuevamente alzada. La guarnición que quedó en Potosí tuvo en su ausencia que batirse en la propia plaza principal, con grupos de guerrilleros que ya operaban en torno a las ciudades altoperuanas. Cinco meses permaneció Goyeneche en Potosí, ejerciendo venganzas y esquilmando a la gente de dinero. Su segundo, Pío Tristán, que había incursionado en las provincias argentinas, fue derrotado por el Gral. Manuel Belgrano en Tucumán y Salta. Goyeneche, ya muy rico y cansado de pelear, pidió su relevo y fue sustituido por el brigadier Joaquín de la Pezuela. Belgrano avanzó entonces hacia Potosí.
El oficial argentino José María Paz, en su libro de , recuerda la impresión que le produjo el recibimiento de los potosinos, cerca al Socavón.«Allí empezaron a encontrarnos» -dice- «las autoridades y mucho vecindario que cabalgaban en vistosos caballos pero cuyos aderezos eran rigurosamente a la española. Recuerdo a una escolta de honor, como -60- de treinta hombres que presentaba la ciudad al jefe de nuestra vanguardia, en que cada soldado parecía un general, según el costo de su uniforme, que era todo galoneado, incluso el sombrero elástico y la riqueza y bordados del ajuar de su caballo. Pero todo era tan antiguo, los caballos cabalgaban con tan poca gracia, que a pesar del chocante contraste que formaban con la pobreza de nuestros trajes, no envidiábamos sus galas. Era en realidad suma pobreza la de nuestros oficiales quienes, aunque se habían esforzado en vestirse lo mejor que podían, apenas se diferenciaban de los soldados que tampoco iban muy currutacos. Agréguese que no habíamos tenido tiempo aún de hacer que se lavase y asease la tropa, de modo que en el mismo traje de camino se hizo la entrada triunfal en el emporio de la riqueza peruana».
Doscientos cincuenta arcos se habían erigido desde la Plaza de las Cajas Reales hasta el Socavón, algunos de flores y cintas de colores, otros de utensilios de plata y oro, así como braserillos y pebeteros en los que ardían resinas y perfumes orientales. Desde los balcones muchachas y niños arrojaban a los hombres de Belgrano cigarrillos, golosinas y frutas, pero también monedas de plata con el rostro agriado de Fernando VII.
A los oficiales se les obsequió herraduras y arreos de montar de plata. Uno de los azogueros regaló al jefe argentino un caballo árabe con herraduras y tornillos de oro, bridas y arreos enchapados y montura de terciopelo recamada en oro y con flecos del mismo metal.
El gremio de azogueros y los nobles potosinos, que habían salido a extramuros a dar la bienvenida a Belgrano montados en caballos andaluces lujosamente enjaezados, fueron seguidos por conjuntos de danzantes indígenas con armaduras de plata. También hubo representaciones de endriagos, vestiglos y gigantes como en una feria medieval de las que describía un

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