Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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ica o el Callao.
En la segunda mitad del siglo XVII, los ingleses en otro golpe de fortuna, ni siquiera tuvieron que luchar para apoderarse de un botín equivalente a 300.000 libras esterlinas. Sir W. Phipps organizó una expedición para recuperar un tesoro que, según informaciones que había recogido, se hallaba hundido en las bóvedas de un barco español en las costas próximas a Santo Domingo. La información resultó cierta y la operación de rescate, exitosa. El impacto en la economía inglesa, cuando la expedición retornó en 1668 a Londres fue tan grande que pudo señalarse como el origen cierto del auge registrado en la bolsa de valores que culminó con la fundación del Banco de Inglaterra, una de las instituciones más sólidas de las finanzas internacionales. Ese ingreso inesperado de oro y plata a la economía británica compensó la pérdida de las exportaciones a causa de la guerra contra Holanda y creó una atmósfera de optimismo y prosperidad para el reinado de Jacobo II.
En 1713 mediante el tratado de Utrech, Inglaterra obtuvo autorización de España para vender esclavos y participar en el comercio con América.
Y, si no es por mar es por tierra. Poco antes de la independencia, cuando se produjo la invasión inglesa a Buenos Aires en 1808 y la derrota del Virrey Marqués de Sobremonte, la primera previsión que tomó el Almirante Beresford fue enviar a una partida de sus hombres hasta Luján, de donde volvieron una semana después con carretas cargadas de oro y plata en barras, piñas y monedas. Beresford se quedó con una parte considerable para atender a sus gastos de tropa y envió a Londres en la nave Narcissus 1.086.208 pesos (provenientes de Potosí) y un alijo de corteza de quinua (de La Paz y Cochabamba) avaluada en dos millones de pesos. El botín hizo una entrada triunfal en Londres en ocho vagones arrastrados por caballos y fue depositado en medio del regocijo popular en las bóvedas del Banco de Inglaterra.
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Sir Francis Drake (ca. 1540-1596). Réplica ampliada de una miniatura pintada en 1581. Galería imperial de Viena.
El ocaso
Las reformas de los Borbones por el cambio de la casa de Habsburgo a la de Borbón en España, que significó en la península un intento importante de adecuar el país a las nuevas corrientes filosóficas, políticas triunfantes en el resto de Europa, tuvieron también por fuerza su reflejo en las colonias de ultramar.
En el campo político administrativo, la decisión más importante de la Corona en lo que se refiere a Charcas, fue su desmembración del virreinato de Lima y su nueva dependencia del recientemente creado virreinato de Buenos Aires, en el año 1776. Buenos Aires había nacido del vientre potosino pues fue la Villa Imperial la que con su riqueza no solamente sostuvo año tras año el presupuesto de la ciudad erigida en las riberas del río de La Plata, sino que creó también las condiciones para que ésta adquiriera una gravitación inusitada por el comercio de plata de exportación, legal o de contrabando, y de importación de mercaderías europeas en tránsito hacia la alta población andina. La ciudad costera, sin ningún recurso, salvo la percepción de impuestos o las ganancias del contrabando, fue creciendo hasta convertirse en una metrópoli rival de Lima. Basta considerar que entre 1767 y 1775, las Cajas reales de Potosí enviaron a Buenos Aires la suma de 6.503.600 pesos destinados exclusivamente a atender los gastos de guerra contra el imperio portugués.
Otro cambio importante en el plano del gobierno local fue la sustitución de los corregidores por el régimen de intendencias copiado del modelo francés, de las que se crearon cuatro en Charcas: La Paz,Potosí, Santa Cruz y Charcas o la Plata.
Si la preocupación en la metrópoli era modernizar el país y ponerlo a tono con el estilo de la corte francesa, en América en cambio el programa se reducía a cómo sacar mayor provecho de los recursos disponibles, o para decirlo en palabras de Carlos III: «que las Indias rindan más utilidad a la Corona debe ser sin duda el cuidado de nuestro gabinete».
Para lograr ese objetivo las autoridades tenían, por supuesto, en la mira a Potosí a donde llegó don José Escobedo en 1776, delegado por José Antonio de Areche, a quien la Corona enviara a Lima en visita de inspección. Escobedo fue la versión «borbónica» del virrey Toledo aunque hubo de actuar en una época muy distinta, con menos autoridad que su famoso antecesor, y en un medio donde, por diversas razones, el curso de la decadencia era ya irremediable. Escobedo convirtió el banco de rescates que habían fundado los azogueros un cuarto de siglo atrás y que había sufrido ya dos quiebras en el Real Banco de San Carlos, transfiriéndolo a la Corona, sin descuidarse de llenar sus propios bolsillos en esta operación. Pero es indudable que su legislación sirvió para vitalizar a esa institución y asegurar a los mineros precios equitativos por su mineral y créditos para continuar operando. El Banco se hizo cargo además de la distribución del azogue de Huancavelica ingresando en un círculo vicioso para el que la Corona no encontró remedio: sin azogue a crédito no había producción y pronto las deudas por ese concepto afectaron irremediablemente al Banco a cuyos fondos también acudían las autoridades con créditos forzosos para cubrir expediciones militares, por ejemplo.
Otro asunto que preocupó a Escobedo fue la construcción del malhadado Socavón Real en el que la mayoría de azogueros veían la salvación de la industria, pues debía servir para el desagüe de numerosas minas. Durante tres décadas se había debatido el asunto y hubo medio centenar de gestiones entre distintas dependencias de Potosí, Lima y España para darle solución.
Se cambió varias veces, según las opiniones encontradas, el lugar en que debía excavarse y finalmente se nombró al responsable de la obra, Joaquín Yáñez de Montenegro, -58- abogado y coronel de dragoneantes. La junta de azogueros no encontró a nadie con mayores méritos o calificaciones. La obra, nunca concluida ni útil para nada, acabó costando, de 1782 a 1811, 500.445 pesos.
Escobedo dirigió también su atención al sistema de lagunas construido dos siglos atrás y del que dependía vitalmente el complejo de ingenios. Durante las dos centurias pasadas no se había hecho ningún mantenimiento serio, los lechos estaban cubiertos de limo y los potosinos se habían conformado con hacer rogativas a San Ildefonso, patrono del sistema para que evitara sequías y aseguraba una provisión normal de aguas. El visitador instruyó la limpieza de los reservorios y con fondos del impuesto de la chicha y del Banco de San Carlos ordenó la construcción de una nueva laguna, la de San Juan Nepomuceno o Patos.
Era convicción de Escobedo que la causa de la decadencia de la minera potosina se hallaba en la ignorancia y descuido con que se habían llevado a cabo los trabajos y, en consecuencia, convocó a los azogueros para anunciarles su intención de crear una Academia de beneficio de metales, para la que preparó las respectivas ordenanzas.
Se trataba, no de una simple escuela sino de una institución parecida a las sociedades de ciencias entonces en boga en España gracias a los aires de la Ilustración y en la que también habría un grupo de estudiantes que debían combinar la teoría con la práctica. Dado que las clases serían rotativas en los ingenios, también los propietarios y beneficiadores podrían superar sus empíricos conocimientos. La Academia de San Juan Nepomuceno se sostendría con el aporte de cada ingenio de cuatro reales por semana. La institución tuvo efímera vida pues nunca alcanzó el nivel deseado por Escobedo. Los doce alumnos con que contó se limitaron a leer pormenorizadamente la obra del padre Barba, pero aparentemente no hubo trabajo de campo y los curtidos beneficiadores de los ingenios continuaron con sus tradicionales métodos. Finalmente el hecho de que se hubiera nombrado director a un portugués desagradó a los azogueros que buscaban cualquier pretexto para suspender sus mínimas cuotas de mantención del establecimiento.
La rebelión de Túpac Amaru de 1781-1782, si bien no afectó directamente a la ciudad pues sus ondas se estrellaron sobre todo contra La Paz, Sorata y otras poblaciones mineras, desquició por un buen tiempo los «despachos» del servicio de la mita.
Numerosos indios se vieron comprometidos en la lucha y prefirieron morir en combate antes que viajar a la Villa imperial. Otros aprovecharon el suceso para desaparecer.
El Testa
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