Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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laceres del mundo.»
Don Juan de Austria había iniciado su carrera militar como represor de los moriscos de Granada, política que llegaría al cruel extremo de la expulsión en el reinado siguiente, el de Felipe III, cuando medio millón de personas por el solo delito de su origen árabe fueron arrojadas del territorio, condenadas en gran número a perecer de hambre o ser consideradas «cristianas» en el norte de África, y dignas por tanto de esclavitud o muerte.
La magnitud de las empresas guerreras en que se vio envuelta la Corona española en aquellos años de mayor afluencia de la plata potosina, puede medirse brevemente en dos episodios fundamentales, el de Lepanto, con el que parecía haberse puesto punto final a una rivalidad de décadas entre la cristiandad y el poder osmanlí, y el de la «Armada invencible».
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La batalla de Lepanto en octubre de 1571 es la culminación de la guerra en que las fuerzas coaligadas de Venecia, la Santa Sede y España derrotaron finalmente a la flota turca, aunque esto no quiera decir que hubiesen ganado la guerra.A Cervantes, que perdió el manejo de un brazo por el disparo de un arcabuz, le pareció el mayor acontecimiento que vieron los siglos y en verdad nada comparable hasta entonces se había visto: doscientos ocho barcos cristianos de guerra, bajo el mando de Don Juan de Austria, frente a doscientos treinta barcos de guerra turcos de los cuales apenas se salvaron treinta. Aunque la Armada turca ya no pudo rehacerse, la confederación cristiana sufrió posteriores derrotas en Modón, en la Goleta y en Túnez. Venecia agotada, ya había abandonado la lucha y no se habló más de emprender una cruzada sobre Constantinopla.
Las naves turcas que no habían sido echadas a pique fueron repartidas entre los vencedores. Del lado otomano hubo 30.000 bajas y 15.000 forzados de galeras fueron puestos en libertad. La liga cristiana tuvo 8.000 muertos, 21.000 heridos y diez galeras hundidas. El costo económico, que es el que nos interesa particularmente para evaluar el aporte del Tesoro Americano, sólo puede ser conocido por algunos datos que Braudel recoge en su obra. Por ejemplo: una factura de proveedores sicilianos de 1573 para diversos suministros a la flota (galletas, vino, carne salada, arroz, aceite, sal y cebada) por 500.000 ducados.
Entre forzados, marineros y soldados cada galera cargaba 300 hombres que, aunque alimentados y vestidos de cualquier modo, representaban un enorme gasto cuando su número se aproximaba a los 100.000. El sostenimiento de una flota aliada de acuerdo a un cálculo hecho en Madrid en 1571 alcanzaba a más de cuatro millones de ducados por año, pero dos años después esa cifra se había ya triplicado.
Pese a la implacable represión a cargo de Don Juan de Austria, los Países Bajos se rebelaron en 1572 y el monarca hubo de cederlos a su hija Isabel Clara Eugenia. Los artesanos flamencos, contagiados del morbo protestante, huyeron por miles a Inglaterra donde crearon industrias que enriquecerían a ese reino.
A las diferencias religiosas que oponían a España e Inglaterra, se añadieron los audaces golpes de mano que realizaban gentes como John Hawkins y Francis Drake, apoderándose en alta mar de los tesoros que se enviaban de América o atacando a las propias ciudades costeras del nuevo mundo. Drake tuvo la osadía de incursionar en el propio puerto fortificado de Cádiz donde destruyó los navíos que Felipe II había ordenado alistar para enfrentar navalmente a Isabel de Inglaterra.
Diez años después en 1588, quintuplicando esfuerzos el monarca español tenía a punto una flota que los contemporáneos llamaron la «Armada invencible», de 150 barcos de guerra bajo el mando del Duque de Medina-Sidonia que nunca bahía puesto antes el pie en la cubierta de una nave. La Armada transportaba 30.000 soldados de esa terrible infantería española que había sido el terror de los príncipes europeos y del gran Turco y 2.431 piezas de artillería a las que se añadirían otros 30.000 hombres acantonados en los Países Bajos al mando del Duque de Parma. La «Armada invencible» llegó a las cercanías de Plymouth, donde esperaba la flota inglesa en cuyo estado mayor figuraban Hawkins, Drake y otros lobos marinos. Los cañones británicos abrieron fuego con mayor fortuna que los atacantes y la «Armada invencible» buscó refugio en el mar del norte, tratando de aproximarse a las tropas del Duque de Parma, quien no hallándose todavía listo para entrar en acción pidió un plazo de 15 días. Una inesperada tormenta azotó a los barcos españoles que en la imposibilidad de acercarse a Inglaterra trataron de llegar a Irlanda por el norte de Escocia, cuando en la mayoría de ellos ya no quedaba agua potable. Apenas 50 barcos pudieron retornar a España. 10.000 soldados perecieron ahogados o víctimas de la sed o los disparos de cañón de sus adversarios. España no solamente perdía su dominio sobre el mar sino que éste era tomado por la potencia emergente de Inglaterra, próximo imperio universal.
En términos económicos, el equipamiento de la «Armada invencible» significó diez millones de ducados de manera que no fue solamente un desastre naval, sino también financiero. Sin embargo, Felipe II ordenó que se prepararan otras dos expediciones contra Inglaterra, menos importantes pero igualmente signadas por el fracaso.
A su muerte, en 1598, Felipe II dejaba un imperio aun más grande que el que heredó de su padre pues incluía el Portugal, en el África: Guinea, el Congo,Angola y Mozambique; en el Asia: Ormuz, Goa, Malabar, Macao y Ceilán y las Filipinas, bautizadas en su nombre; en Oceanía: las Molucas, Timor, las islas Carolinas y Marianas, y en América del sur, incluido Brasil, el centro y en el norte, México y la Florida. España sin embargo, pese a los envíos de metales de América y al monopolio que ejercía sobre el comercio al Nuevo Mundo, no salía de su pobreza ancestral.
Las deudas de la Corona habían seguido aumentando a un ritmo escalofriante. Al bajar al sepulcro, Felipe II dejó obligaciones por 100 millones de ducados, con intereses que se equiparaban a dos tercios de todos los ingresos. Para entonces los aportes del Tesoro Americano alcanzaban a unos dos millones de ducados anuales.
Más que el furor de las batallas, algunas memorables como Pavía, Lutzen o Lepanto, otras fallidas con consecuencias gravísimas como la de la Gran Armada, lo que impresiona en este período de siglo y medio es la duración interminable de los conflictos; el enfrentamiento con los turcos en el mediterráneo se prolongó década tras década, la revuelta de los Países Bajos cubrió casi un siglo, de 1560 a 1648, con un breve interludio, y la llamada Guerra de los treinta Años, de los Habsburgo de Austria y España contra diversas coaliciones, tuvo lugar de 1618 a 1648. Paralelamente se produjo una revolución militar con el desplazamiento de la caballería por regimientos de infantes armados de lanzas y arcabuces, a quienes era más barato equipar y alimentar en grandes números. Carlos V dispuso de más de 100.000 hombres en Alemania y los Países Bajos, 24.000 -55- en Lombardía y otros tantos en Sicilia, Nápoles y España totalizando 150.000. En 1574 el ejército español en Flandes alcanzaba a 86.000 hombres y medio siglo después Felipe IV se preciaba de contar con un ejército de 300.000 soldados.
Originalmente, el grueso de esta tropa pudo estar formado por hidalgos segundones salidos de Castilla, Andalucía y otras regiones de España, pero el escenario de la guerra se hizo tan vasto que hubo que contratar mercenarios, a los que debía pagarse puntualmente para evitar amotinamientos o pillaje (solamente entre 1572 y 1607 el ejército en Flandes se amotinó 46 veces). La guerra, en consecuencia, se hizo cada vez más cara. Entre 1566 y 1654, España tuvo que enviar 218 millones de ducados al Tesoro Militar de los Países Bajos, el doble de lo que recibió de las Indias (121 millones de ducados) en el mismo período.
Las donaciones
¿Qué otros rubros se atendían con la riqueza americana, fuera de la guerra y las obligaciones del Estado? En una sociedad donde se producía muy poco y cuya agricultura hallábase estancada, el resto del dinero servía para la construcción, refacción o embellecimiento de templos,conventos y palacios.
Quizá uno de los casos más antiguos es el del Presidente Pedro de la Gasca,quien como vimos, volvió con impresionante fortuna a España y lo primero que hizo fue ordenar la construcción, en Valladolid, de la iglesia de la Magdalena en cuyo frontis aparecía grabada la imagen de su victoria sobre Gonzalo Pizarro. Otro ejemplo es el que refiere Capoche en su «Relación», el del dominico Tomás del Castillo que descubrió una mina de oro cerca de Potosí y dispuso de su riqueza del siguiente modo: una parte al convento de San Esteban en Salamanca y otras al Colegio San Gregorio de Valladolid, al Colegio de Santo Tomás de Henares, al monasterio de Santa Catalina de Plasencia y a la ornamentación de la capilla de Santo Doming
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