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0.000 ducados.
Pese a la rígida política proteccionista y a la prohibición precisa de que los metales preciosos abandonasen el territorio, ellos hacían apenas una pausa en Sevilla y en Madrid para continuar viaje hacia Francia, los Países Bajos e , convirtiendo a España en «las » de otros reinos extranjeros. Las velas de los barcos españoles eran compradas en Francia. «Ellos tienen los navíos -decían los franceses- pero nosotros tenemos las alas.» El trigo también debía adquirirse de contado en el país vecino. Pronto el contrabando de metales o de moneda se hizo práctica común a cargo de mercaderes genoveses. Las mayores exportaciones se debían sin embargo al propio Rey, obligado a pagar marinos y tropas en el Mediterráneo, el Atlántico y el Mar del Norte. Amberes llegó a constituirse en la Banca a donde llegaba el grueso del oro y la plata de España, cuyos galeones muchas veces desembarcaban directamente sus cargamentos de metal sin hacer escala en los puertos españoles, para pagar deudas ya contraídas por el monarca con los hombres de negocios o cancelar facturas por artillería y pólvora para sus ejércitos.
Carlos V y

El rey de España. (Grabado de la época).
Los envíos de dinero a Amberes para atender los gastos de las tropas del Duque de Alba en los Países Bajos no se interrumpieron ni siquiera con los frecuentes ataques de los piratas ingleses que usaban la plata secuestrada para la fabricación de nuevas monedas y se aprovechaban también de los envíos de contrabando que hacían los mercaderes españoles. Posteriormente, hacia 1570, la corriente de minerales sacados de América se desvió de la ruta de Amberes hacia Génova, cuando recrudeció la guerra contra los turcos en el Mediterráneo. Las monedas españolas eran de uso corriente en ambas orillas y en Argel, por ejemplo, no se empleaba otro dinero que los ducados y escudos de oro, el real de plata y sobre todo las monedas de «a ocho reales» conocidas como «piastras» que también circulaban profusamente en Turquía.
Fernand Braudel señala que a partir de 1580 se incrementaron las cantidades de metal enviado a Génova, alcanzándose en 1598 la cifra récord de 2.200.000 escudos en un solo convoy, aunque no descarta que este récord fuese inferior al de 1584 cuando llegaron veinte galeras a las órdenes de Juan Andrea Doria que transportaban al parecer tres a cuatro millones de escudos.Añade dicho autor: «Una cosa es evidente: se efectuaban envíos masivos. De acuerdo con un cálculo realizado por la Contaduría mayor en 1594 llegan anualmente a España diez millones de ducados oro, de los cuales se exportan seis millones, tres por el rey y los otros tres por particulares. Los cuatro millones restantes o bien se quedan en España o bien se exportan clandestinamente por correos, viajeros o marinos. Un historiador supone que cada año, a finales de siglo, millones de ducados llegaban a para dispersarse a continuación en todas direcciones dentro y fuera de ella.
Las letras de cambio se solían pagar en oro, así como la mayor parte del salario de los soldados acantonados en Flandes, y era en Génova donde se producía la conversión del oro proveniente de África y la China con la plata de América a razón de una unidad de oro por diez de plata, aunque este valor variaba de acuerdo a la oferta y la demanda del momento. Con razón escribía Don Francisco de Quevedo que el dinero «nace en las honrado y es en Génova enterrado».
El Barón de Humboldt calculó que el aporte de las a España había alcanzado en tres siglos a 5 billones 445 millones de pesos fuertes de plata provenientes de Potosí, -53- pero también de México y otras minas en Honduras, Nueva Granada (Colombia) y Santo Domingo. En esa cifra no están comprendidas las cantidades que salieron de contrabando y se perdieron en el océano, o quedaron en forma ilegal (es decir, sin pagar el quinto correspondiente) en manos de los españoles en América, mediante el procedimiento de convertir el metal en vajillas para uso doméstico, regalos para las iglesias, etc. y el que manejaban los indios.
Con sus telares desmantelados, sin industrias de consideración, como las que habían surgido en el resto de Europa, y sus campos yermos, España debía importarlo todo, además de soportar el inmenso peso de la guerra en tan diversos frentes en pos del sueño del imperio universal.
Manuel Colmeiro asienta que «el Asia y aun el África eran el sepulcro de las riquezas de nuestras … que iban a esconderse en los reinos de la China y del Japón, en la India Oriental, Persia, Constantinopla, Gran Cairo y Berbería, paradero de la mayor parte de la plata de España, porque apenas corría entre aquellas gentes remotas otra moneda que reales de a ocho y doblones castellanos… Gozábamos los tesoros de las flotas y galeones por tan poco tiempo que humedecían nuestro suelo sin regarlo».
Ni siquiera el Imperio Romano, el más vasto de la antigüedad, era comparable al que esperaba a Carlos I, ese joven flamenco de 16 años que llegaba a España sin conocer la lengua del país, rodeado «de una banda rapaz de favoritos flamencos y borgoñeses de uñas largas y afilados dientes», al decir del historiador argentino Jorge Abelardo Ramos, seguidos de prestamistas alemanes como los Fugger y los Welser de Augsburgo, para recoger la herencia de sus abuelos, los Reyes Católicos, que le dejaron Aragón, Castilla y Navarra; Cerdeña, Sicilia y Nápoles; el Rosellón, las posesiones americanas y africanas. Su padre, Felipe el Hermoso, le había premiado con los Países Bajos, Luxemburgo, Borgoña y el Franco Condado y su abuelo paterno, el Maximiliano, la Casa de Austria. De ahí sus cinco guerras con Francisco I de Francia que le disputó sin éxito el trono de Alemania. Carlos I convocó a las cortes castellanas para que le procurasen el dinero necesario para su viaje a Frankfurt, se prestó de los Fugger lo que le faltaba para comprarse a los electores alemanes y asumió la Corona germana como Carlos V, en 1520.
La conservación de ese imperio en cuyo seno había prendido con fuerza el credo protestante no dio al monarca un día de tregua, pues si no era la lucha intermitente pero continua contra la casa de Valois, hasta la prisión y capitulación de Francisco I, era el saqueo de Roma por sus tropas, alemanas y españolas, y la humillación del Papa Clemente VII, o las expediciones contra el Islam, enfrentándose a Solimán el Magnífico o Barbarroja, o la liberación de Viena del asedio turco, o en Alemania contra la fuerza arrolladora de los príncipes partidarios de Lutero.
, su hijo y sucesor sombrío y pertinaz, continuó la política de asegurar la supremacía de los Habsburgo en Europa y convertirse en el abanderado de la contrarreforma católica, sin medir el precio de tan descomunal empresa.
Entre Carlos V y había mucho parecido físico pues ambos eran pequeños de cuerpo, de tez pálida, ojos claros, cabellos rubios y el belfo prominente y caído, propio de los Habsburgo. Compartían también la despiadada convicción de haber sido delegados por el Altísimo en la Tierra para preservar y extender la religión católica y combatir a sus enemigos. Hasta ahí las semejanzas. Carlos amaba el boato de las cortes, la caza y el ejercicio de la guerra, viajó once veces por mar en travesías que a veces tomaban meses, hasta que hastiado de tanto trajinar y batallar y presa de una crisis mística, se refugió en el monasterio de Yuste, desde donde sin embargo no dejó de importunar a sus sucesores y vasallos. en cambio odiaba salir de España y el único trayecto que hacía regularmente era el de Madrid al Escorial, atravesando una planicie desnuda de árboles. Odiaba la caza y nunca intervino en una batalla. Delegaba esa tarea en su medio hermano Don Juan de Austria, a quien celaba y odiaba, héroe shakesperiano como ninguno, en su valor y apostura, en sus excesos y en su triste final.
Cuando Felipe no se encontraba leyendo informes de sus virreyes o consejeros, actividad en la que consumía la mayor parte de su tiempo, o meditando en completa soledad, atendía a la misa desde una pequeña habitación que, como un palco, daba sobre la iglesia del monasterio. Prefería comunicarse con sus secretarios mediante esquelas y solía decir que prefería reinar en un desierto antes que en un país poblado de herejes. En la Corte se murmuraba que «de su sonrisa a su puñal no mediaba gran trecho». No está claro si intervino en la eliminación de su medio hermano, fallecido a sus 33 años, pero lo evidente es que hizo encerrar en un palacio a su hijo el príncipe Carlos, torpe y de escasas luces, hasta su muerte.
«Hay una España que ha vestido, viste y vestirá por muchos siglos de negro» -afirma Germán Arciniegas. «En el alma de esa España sobrevive el estilo de quienes han estado más cerca de la muerte que de la vida; hay un fondo trágico que invita a meditar en las ánimas del purgatorio y a no gozar los desprevenidos p

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