Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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«hambruna monetaria».
El duro invierno europeo dejaba a los campesinos sin forraje necesario como para que el ganado pasara el invierno y la única manera de conservar su valor y utilidad era sacrificando las reses para salar y adobar la carne, procedimiento que se hacía con la sal traída de Portugal, pero también con especias preservadoras como la pimienta, originaria de la India y las Indias orientales, la canela de Ceilán, la nuez moscada de Célebes, el jengibre de la China, el clavo de las Molucas.A estos productos indispensables para la vida diaria, el Renacimiento europeo había añadido aquellos que hacían deslumbrante la vida en las Cortes como las piedras preciosas y las sedas de China, los algodones y esmeraldas de la India, los rubíes delTibet y los zafiros de Ceilán.
Otra especie apreciada por sus efectos curativos era el ruibarbo de la China. La caída de Constantinopla y el crecimiento del poderío turco en el Mediterráneo hicieron cada vez más difícil este comercio entre Occidente y Oriente y es en ese marco que se entiende mejor el genio de Colón al buscar un camino al Asia por el oeste.
Ahora bien, la oferta del oro y la plata indispensables para pagar las especias, sedas, joyas y perfumes del Oriente, era constante pero en cantidades fijas, casi inalterables, lo que establecía a su vez la relación entre uno y otro metal. La plata procedía de pequeñas minas casi exhaustas de la Europa central, y el oro del Sudán y de Níger. Una vez llevado el metal aurífero a Europa y convertido en monedas, volvía a desaparecer por las rutas del Oriente en pago de las especias y bienes suntuarios. En cuanto a las monedas de plata utilizadas en transacciones menores, eran consideradas como una mercancía y no por su valor nominal, por lo que tan pronto como su valor real era superior en un país vecino eran vueltas a acuñar allí disminuyéndole su contenido metálico. Su existencia resultaba efímera al ser suplantada o envilecida por otras mezclas.
En todo caso, dadas las dificultades del transporte del oro metálico, que debía llevarse por caravanas que atravesaban el desierto del Sahara y no existiendo minas importantes de plata en elViejo Mundo la masa monetaria, así cambiara de acuñaciones y denominaciones, manteníase constante.
Todo esto cambió con la irrupción fabulosa del Tesoro Americano. Un siglo después de la conquista habían llegado a la Casa de Contratación de Sevilla unas 180 toneladas de oro, lo que representaba un 20% más de todo el mineral áureo que existía en el mundo conocido hacia 1500. Paralelamente habían -51- llegado alrededor de 18.000 toneladas de plata, provenientes en más de un 80% de Potosí.
En la época de Carlos V,la Corona recibía por diversos impuestos y tributos (de los que estaban exentos la nobleza y el clero) alrededor de diez millones de ducados oro por año, suma que debe compararse con los tres millones de ducados de oro de promedio anual con los que aportaba Potosí por concepto del quinto,suma que crecería notablemente con el tiempo gracias a otros ingresos derivados del monopolio del comercio ejercido por la Casa de Contratación de Sevilla como el de almojarifazgo (derechos aduaneros) y alcabalas; los estancos (azufre, pólvora, naipes, tabaco, aguardientes, vino, papel sellado. etc.), Derecho de Cobos, tributos cobrados a los indios, remate público de cargos, 50% de las cuotas eclesiásticas, etc., etc.
Pese al aluvión de esos ríos de oro y plata transportados, en el caso de Potosí, hasta Arica o Lima, en recuas de llamas, y luego, dos veces por año en flotas de veinte a sesenta buques, escoltados por varios barcos de guerra, para evitar los asaltos y abordajes de piratas franceses, ingleses y holandeses,la economía española se hallaba en profunda crisis y en varias oportunidades la Corona declaró su insolvencia.
Los oficios mecánicos, el comercio, la banca que habían estado en manos de los judíos se hicieron sospechosos para la Inquisición y cayeron en desuso, pues pocos se animaban a desafiar al Santo Tribunal con ocupaciones que habían correspondido a infieles o herejes.
Cervantes comentó amargado que, en esa atmósfera, era peligroso incluso el saber leer y escribir y en su «Coloquio de los perros» hizo burla de los «arbitristas»,famosos improvisadores de la época que acudían a la Corte ofreciendo fórmulas para salir de la crisis. La receta que pone el autor del Quijote en boca de uno de ellos es el ayuno a pan y agua de todos los vasallos desde los catorce a los sesenta años, un día por mes, para que lo ahorrado en comida se entregase al Rey en dinero…
La convicción de la nobleza de que era deshonroso el trabajo manual y que el hombre debía acceder a la riqueza y a la gloria por sus hazañas guerreras o su devoción a Dios permeó a las demás clases sociales. Unos se alistaban en los ejércitos de ocupación de Italia y Flandes o en la marina del Mediterráneo, otros buscaban fortuna en América, o en el país aumentaban el contingente de zánganos de la nobleza mediante compra de títulos que engrosaban las legiones de clérigos refugiados en monasterios y conventos de los cuales había 10.000 en 1626. El número de nobles a finales del mismo siglo alcanzaba a 625.000, cuatro veces más de los que tenía Francia, con una población mayor. La atracción de las Indias o la posibilidad de sobrevivir en condiciones durísimas en las campañas imperiales en Europa empujaba a los jóvenes a abandonar el territorio y hubo años en que el número de emigrantes alcanzó a 40.000. Para los que quedaban dentro existía el recurso del bandidaje y la mendicidad. Precisamente cuando las Indias «vomitaban» sus minerales hacia España, a principios del siglo XVI se estimaba que había 60.000 pobres legítimos, 200.000 vagabundos limosneros y 2.000.000 de personas que carecían de empleo.
Muchos de los mendigos o «pordioseros» (porque pedían limosna en nombre de Dios y al recibir la donación ayudaban a sus favorecedores a quedar bien con el Altísimo), estaban incluso organizados en respetables cofradías. Sin tal número de pordioseros y vagabundos no se entendería el florecimiento de la picaresca en la literatura española, género en el que los personajes aguzan el ingenio y son capaces de idear las más curiosas y atrevidas artimañas para poder sobrevivir.
Estancamiento e inflación
Agobiaban a la sociedad española sinnúmero de interdicciones, aduanas interiores, impuestos de diversos tipos y una moneda que era a menudo adulterada por los reyes.
Si no era posible conseguir nuevos créditos de los prestamistas alemanes y genoveses, la Corona echaba mano de la plata transportada por particulares en los galeones de las Indias o enviada a los mercaderes de Sevilla para compra de mercaderías. Entre otros expedientes financieros se acudió a la venta de títulos de nobleza (sobre todo a los «indianos» enriquecidos), la legitimación de hijos de eclesiásticos y la enajenación de tierras de la Corona.
Cuando no bastaba la innumerable lista de tributos e impuestos que agobiaban a los americanos y también a los españoles, los monarcas acudían a la «largueza» de sus súbditos pidiendo a los Virreyes que consiguiesen donativos de las ciudades. El Virrey García Hurtado de Mendoza escribió a Felipe II en diciembre de 1590 dándole cuenta de que los Cabildos de La Plata, La Paz, Potosí, Cochabamba, Tarija, Tomina y Santiago de la Frontera, así como los corregidores, vicarios de las iglesias, prelados de los conventos, caballeros, vecinos y gente principal, incluidos algunos caciques indígenas, habían ofertado 1.426.608 ducados. Es interesante observar que en este caso corresponden a Potosí 294.431 ducados, de manera que el grueso de esta donación a la Corona salió de distritos agrícolas, de población indígena mayoritaria, la misma que por otra parte estaba obligada a pagar tributos.
También se solían dar donaciones en especies que eran vendidas por las autoridades en los mercados, desde ovejas, llamas, maíz y trigo hasta cestos de coca, obteniéndose considerables sumas que eran enviadas al monarca.
Con la presencia del oro americano se presenta simultáneamente un fenómeno que empieza en Andalucía y se generaliza en el resto de Europa: el de la inflación de los precios. Los productos que importa España son cada vez más caros y cuando los reexpide a América y llegan finalmente a Potosí, su destino último, han multiplicado su valor varias veces, dando razón a Juan de Matienzo que había aseverado: «Donde hay más dineros valen siempre las cosas más caras».
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Las necesidades de los Monarcas crecían también en forma geométrica, al igual que sus deudas. Las rentas de la Corona en 1610 alcanzaban a 15.648.000 ducados de oro, pero las deudas a banqueros genoveses y otros eran de 12.508.000, de manera que el soberano apenas podía disponer de 14
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