Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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aba a los lados y «chimenea» cuando se perforaba hacia arriba.
Las vetas al principio muy ricas iban empobreciéndose a medida que se profundizaba, o se dividían en ramas más delgadas. Sucedía también que la roca dura cortaba el curso de estas ramas y los mitayos debían atravesarlas con gran sacrificio o hacer un rodeo hasta volver a retomar el hilo de metal. El avance hacia el centro del cerro obligaba a cavar más túneles y chimeneas o a reforzar las existentes a fin de tener un poco de aire medianamente puro para los pulmones y oxígeno suficiente para que las velas permaneciesen encendidas.
Los extremos de los túneles eran conocidos como piques, especie de ratoneras, a los que sólo podía llegarse arrastrándose de barriga, lugares altamente peligrosos tanto por la falta de aire como por el peligro de los derrumbes.Sin embargo los mitayos llegaron hasta la profundidad increíble de 1.326 pies (404 metros), desde donde tenían que extraer a las espaldas los trozos de metal o incluso el agua que anegaba los sitios e impedía continuar el trabajo.
Cerro de Potosí. Grabado en madera, del libro Crónica del Perú, 1552, de Pedro Cieza de León.
Hasta la legislación dictada por el Virrey Toledo el trabajo en el interior se hacía a capricho de cada propietario preocupado únicamente de sacar la mayor cantidad posible de mineral en el menor tiempo, sin cuidado por la seguridad de sus mitayos, de sus vecinos, o de los que les sucedieran. Hasta la apertura de los socavones los indígenas tenían que arrastrarse ayudándose con los codos hasta el límite en el que el ambiente se hacía irrespirable y debían salir en la misma forma pero sin poder siquiera darse la vuelta hacia el orificio de luz de la entrada.
Los socavones debían tener ocho pies de ancho y siete de alto, lo suficiente como para que un hombre de regular estatura pudiese caminar erguido, pero muchos de ellos no eran tan amplios debido al costo de su construcción que variaba entre veinte a treinta mil pesos según su extensión. Por otra parte sucedía que algunos debían atravesar roca dura, lo que demoraba el trabajo,y otros simplemente resultaban inútiles pues no llegaban a cruzarse con ninguna veta o estaban anegados. Había, en cambio, aquellos que atravesaban varias de ellas y el propietario de cada veta debía pagar un quinto del metal que extraía el socavonero o dueño del socavón.Las minas no trabajadas podían ser reclamadas por el socavonero, cosa que dio motivo a muchas querellas pues el propietario en la mina inmediatamente superior podía alegar que sus trabajadores estaban laborando o alcanzando el nivel de la veta disputada. Cuando los socavones eran muy largos era necesario atravesarlos mediante un pozo horizontal, pues de otra manera no se podía respirar ni mantener las velas encendidas. A pocos metros de la entrada la oscuridad era absoluta y se perdía la noción del día y de la noche.
Debido a que se empleaba por economía poca madera en las galerías, el peligro de aislamiento o derrumbes era constante así como también las inundaciones que muchas veces paralizaban el trabajo por largo tiempo u obligaban al abandono indefinido del sitio.
Con el tiempo los propietarios reforzaron con madera o piedra los socavones debido a los frecuentes accidentes de deslizamientos de roca y tierra en los que perecían grupos de mitayos. De acuerdo con las ordenanzas, el trabajo de éstos comenzaba una hora y media después de la salida del sol y se prolongaba hasta el ocaso con un paréntesis de una hora de descanso al mediodía. En el invierno el lavado de minerales debía hacerse solamente mientras hubiera sol, de diez de la mañana a cuatro de la tarde. En los hechos el -48- mitayo que entraba a la mina el martes en la mañana (el lunes se hacía el reparto del contingente de trabajadores a los empresarios, a cargo de los «capitanes de la mita») permanecía en el interior durante cinco días continuos. Los más afortunados podían salir un rato a media semana para consumir un refrigerio caliente que les llevaban sus esposas. Aun siendo duras las condiciones de trabajo fijadas por las Ordenanzas, ellas se hicieron insoportables debido a la codicia de los propietarios que; al promediar el siglo XVI sustituyeron el horario por la entrega obligatoria a cargo de los mitayos de determinadas cantidades o «montones» de mineral, lo que obligaba a éstos a un mayor número de horas de trabajo.
Siendo su salario semanal de dos pesos y medio, las multas, cuando no cumplían el cupo fijado, alcanzaban a tres pesos y medio. En el interior los grupos se formaban de a tres, dos mitayos y un mingado, que era el que tenía mayor experiencia y ganaba siete pesos por semana. Mientras dos de ellos horadaban la tierra o recogían el mineral, el tercero descansaba por el tiempo que tardaba en consumirse una vela de cebo que entregaba semanalmente el propietario. El resto de las velas debía ser adquirido por los indios.
Las ausencias por motivo de enfermedad o cualquier otro eran compensadas por un tiempo equivalente de trabajo pero sin retribución, pues los propietarios alegaban que habían contratado a un mingado, que les costaba más, para suplir la falta del ausente. Es fácil imaginar la impresión aterradora y traumática que debió causar en gentes que hasta entonces habían trabajado al aire libre adorando al sol y a la tierra, a los que tenían como dioses tutelares de la vida y la fecundidad, su encierro semanal en socavones helados o en profundidades ardientes donde la única luz era la de las velas de cebo y donde el aire por las emanaciones cúpricas y de otros minerales tenía un olor acre y nauseabundo y el agua, en los parajes inundados, era fétida y contaminada.
Dado que el propietario les entregaba una sola vela, los mitayos debían comprar un puñado de ellas por cuatro reales e ingresar a la mina con una bolsa de maíz tostado, que era su única dieta, además de agua y hojas de coca que mascaban y escupían.
Para horadar la roca se hacía muy poco uso de la pólvora negra y cuando no se disponía de barretas de hierro los indios echaban mano de cuernos vacunos, que todavía se encuentran desperdigados en antiguas minas del territorio boliviano.
La profundidad de las minas, hacia fines del siglo XVI, alcanzó unas quinientas brazadas. Pero se siguió horadando y horadando un momento que tomaba hasta cinco horas para que un mitayo emergiera esas profundidades con su carga de cincuenta libras de mineral o su iza de cuero con agua, hasta la superficie.
El padre Joseph de Acosta, que visitó el cerro, ofrece esta descripción del trabajo en el interior:
«Con todo eso trabajan allá dentro, donde es perpetua obscuridad, sin saber poco ni mucho cuándo es día ni cuándo es noche; y como son lugares que nunca los visita el sol, no sólo hay perpetuas tinieblas, mas también mucho frío, y un aire muy grueso y ajeno de la naturaleza humana, y así sucede marearse los que allá entran de nuevo, como a mí me acaeció, sintiendo bascas y congojas de estómago. Trabajan con velas siempre los que labran, repartiendo el trabajo de suerte que unos labran de día y descansan de noche, y otros al revés les suceden. El metal es duro comúnmente y sácanlo a golpes de barreta, quebrantándole, que es quebrar un pedernal. Después lo suben a cuestas por unas escaleras hechizas de tres ramales de cuero de vaca retorcido como gruesas maromas, y de un ramal a otro puestos palos como escalones, de manera que puede subir un hombre y bajar otro juntamente. Tienen estas escalas de largo diez estados, y al fin de ellas está otra escala del mismo largo, que comienza de un releje apoyo, donde hay hechos de madera unos descansos a manera de andamios, porque son muchas las escalas que se suben.
«Saca un hombre carga de dos arrobas atada la manta a los pechos, y el metal que va en ella, a las espaldas; suben de tres en tres. El delantero lleva una vela atada al dedo pulgar, para que vean, porque como está dicho ninguna luz hay del cielo, y vanse asiendo con ambas manos, y así suben tan grande espacio que, como ya dije, pasa muchas veces de ciento y cincuenta estados, cosa horrible y que en pensalla aun pone grima. Tanto es el amor del dinero, por cuya requesta se hace y padece
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