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Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí


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Caciques
Rol fundamental en la sociedad de La Colonia tenían los curacas o caciques (apelativo que los españoles trajeron de México y el Caribe), pues eran los intermediarios del poder entre los españoles y la masa indígena. Estaban encargados de recaudar los tributos y diezmos (de los que ellos mismos eran eximidos), llevar el control demográfico de las provincias sometidas a la mita, denunciar los casos de «idolatrías» y supersticiones y en general hacer de voceros de los intereses de -41- las comunidades que tenían a su cargo, función esta última que cumplieron apenas, pues por lo general se identificaron con la administración española, imitando incluso la vestimenta peninsular y los malos hábitos de rapiña, si no los tenían ya. Matienzo tiene la peor opinión sobre ellos: «Su oficio es holgar y beber y contar y repartir, que son muy diestros en esto, más que ningún español… ni ellos labran heredades ni se alquilan para trabajar, antes se mantienen del tributo que les dan los indios de su ayllu». Señala que suelen tener cinco o seis mancebas o mujeres y que esto, añadido a los robos que hacen a los indios, los tiene siempre en pecado mortal. Un capítulo de su obra está dedicado a la tiranía que ejercen y a sus malas costumbres. Dice en él Matienzo: «La tiranía es notoria, porque, después que los caciques se libraron de la opresión de los , aprendiendo cada uno se ha hecho otro Guayna Cápac, o poco menos, aunque en algunas cosas se les va la mano por las Audiencias, pero no en todo, porque quieren encubrir sus maldades los que les doctrinan y sus encomenderos, que pretenden estar bien con ellos por sus fines y contrataciones que con los pobres indios tienen. Esto no lo digo por todos, sino por algunos que no hacen sino ladrar y decir que los españoles agravian a los indios, y dicen cosas a las Audiencias para remedio de ellos por persuasión de sus caciques, que antes en ella serían agraviados los pobres indios, como de ello diré en particular adelante».
El nexo de los caciques con la Corona eran los corregidores, sin duda los personajes más odiados de la época. Los cargos duraban de tres a cinco años, según el nombramiento emergiera del rey o del virrey, y podían comprarse hasta en 20.000 pesos no obstante que el sueldo promediaba los 1.200 a 1.500 anuales. La diferencia se explica en la despiadada explotación que hacían de los indígenas imponiendo los tributos dobles, alquilando su fuerza de trabajo en los obrajes, o exigiéndoles la compra obligatoria de mercaderías, desde mulas y artículos de hierro (claves, azadas, hachas, etc.) hasta ropa de seda y abalorios, a precios superiores a los del mercado, sistema conocido como repartimiento. Entre las causas inmediatas de los levantamientos de Túpac y los Katari, en 1780 figuran, en efecto, los abusos cometidos por los corregidores, al punto que dos años después la Corona eliminó los cargos sustituyéndolos por intendentes.
Los dominadores se quejan de que los indios son «gente inclinada a robar y engañar a los españoles», aunque Capoche advierte en su Relación «que está claro que no se podría sustentar un indio e hijos y mujer con tres reales y medio por día en tierra tan cara». Pero es que además ni siquiera el magro salario era cubierto completa y cumplidamente, pues a veces el pago se hacía en vino, maíz, coca y otros productos, subiéndoles el precio, y otras en moneda feble (impura) o en artículos que el indígena no usaba. En 1604, el virrey Luis de Velasco le hace conocer a su sucesor lo siguiente: «Muchas veces que llegaba el tiempo de la plata ya había salido la mita e ídose los indios a sus pueblos sin la paga, y a veces se quedaban en ella por no ser posible tornarles a juntar para que se les hiciese». Los documentos de la época no son suficientemente explícitos, pero hay numerosas evidencias para probar estas prácticas. En un informe de 1633 se demuestra que era frecuente la costumbre de los españoles de retener el dinero perteneciente a los indios.
Todos los hablan de la afición desmedida que tenían los indios al alcohol hecho de maíz. Una de las razones para no pagar el salario a los mitayos durante el feriado de fin de semana sino el lunes, era para evitar que lo usaran en la compra de chicha. Hubo decisión expresa de que el maíz internado a Potosí fuese en grano y no en harina para impedir que las mujeres lo convirtiesen en licor. Entre las funciones que debía cumplir el alcalde de cada parroquia estaba la de morigerar en lo posible el consumo de bebida, cosa que según Capoche les impedía ser adoctrinados en la religión y les impelía a cometer muchos pecados. Acostumbran éstos -dice este autor- a beber en público juntándose mucha gente, así hombres como mujeres, los cuales hacen grandes bailes en que usan de ritos y ceremonias antiguas, trayendo a la memoria en sus cantares la gentilidad pasada. Y como duran los saraos días y noches o, por mejor decir, toda la vida, cuando acaban no conocen los padres a las hijas ni los hijos a las madres, y en esto hay grandes males. Y para remediar alguna parte, ordenó el señor don Francisco de que se hicieran ciertas tabernas a manera de estanco, y que fuera de ellas no se pudiera hacer vender chicha, y que allí les dieran por sus dineros una moderada parte de manera que no hubiese exceso.
La otra vía de evasión, sin la cual habría sido literalmente imposible que los mitayos pudiesen soportar el trabajo y el encierro de días seguidos en el interior del cerro, era la coca, hoja sagrada en la época de los , pero cuyo uso, con la quiebra del imperio y la irrupción de los conquistadores, se generalizó en la masa indígena. Era el bálsamo que les ayudaba a olvidar el hambre y la sed, adormecer sus sentidos y perder la noción del tiempo. Les servía también para adquirir una fortaleza básica, que aunque tan efímera cuanto duraba el efecto del mascado, les permitía horadar la roca incansablemente o transportar los trozos de mineral y los baldes de agua subiendo centenares de travesaños de madera hasta la superficie.
Para los españoles el mascado de coca era un simple vicio, tan deplorable como el de la bebida de chicha. El Virrey pensaba incluso que producía a los indios una enfermedad incurable, dejándolos en piel y huesos y cubiertos de llagas, confundiendo sin duda los efectos del cocainismo con alguna otra enfermedad. Le preocupaba sobre todo que los mitayos prefirieran gastar su dinero en coca y no en comida, ignorando cuánto más efectiva les resultaba la primera en los socavones. Trató, en consecuencia, de suprimir el tráfico de hojas que provenían del , pero en éste, como en tantos otros asuntos, primaría al cabo el interés de los empresarios españoles sobre la buena voluntad o la conciencia de las autoridades. Los comerciantes del alegaron de inmediato que cuatrocientos encomenderos de -42- esa ciudad vivían del comercio de la coca, añadiendo que incluso rentas eclesiásticas se beneficiaban del mismo y que también era negocio de españoles el transporte de la hoja a Potosí. La conclusión de que «no habría más Potosí de cuanto durase la coca» fue definitiva para que las ordenanzas del Virrey quedasen archivadas.
La mita
Que por 244 años hubiese podido sobrevivir una institución que obligaba a indígenas de dieciséis provincias del Perú y Charcas a trasladarse a Potosí para trabajar en el Cerro rico, a cambio de un modestísimo salario, teóricamente por un año, arreando familiares y bestias de carga, es una de las muestras más impresionantes de la terrible eficacia de un sistema de gobierno cuyos beneficiados y ejecutores,aunque afligidos por persistentes escrúpulos de conciencia, fueron inflexibles en su cumplimiento, sin advertir siquiera que el sistema se volvía contra sus propios intereses, al haber agotado su utilidad económica y que políticamente sería el almácigo de donde surgió, incontenible, la revolución que los expulsaría de América.
Esta institución, adoptada por los españoles del servicio que prestaban los indígenas al (mita en aymará y quechua), equivale a trabajo por turno realizado en obras públicas, agricultura y en pequeña escala en minería. Tanto en Porco como en Potosí los españoles habían establecido modalidades del sistema, pero se atribuye al Virrey la imposición del mismo de una manera sistemática y casi diríamos científica, por repugnante que suene este calificativo ahora para labor de tal naturaleza. Los dueños de minas convencieron al Virrey que no había otra manera de hacer trabajar a los indios sino por la fuerza. Si no se los «echaba al cerro», no habría quinto para el Rey ni prosperidad para el Virreinato.

«Mineros. El indio capitán alquila a otro indio para que el indio enfermo azogado no se acabe de morir». De la Crónica de Guam

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