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siderable.
Algo parecido sucedía en los relevos de los trapiches, donde según cálculos de Barba, una sexta parte se perdía en los cajones. Los «caychas» rescataban más de mil marcos semanales. «Por esta cuenta se deduce -afirma Cañete- que por 200 años en que se arrojaban los relaves al río, se perdieron en cada uno de ellos 55.944, que es la sexta parte de los 1.000 marcos semanales, computando el valor de cada uno por siete pesos corrientes, ascendiendo el total de estas pérdidas a 11.188.800 corrientes, en perjuicio irreparable del Estado y de la patria.»
«Más infausto y espantoso», encontraba Cañete el desperdicio en los relaves de los ingenios grandes, donde hubo siempre un defecto en la molienda de los minerales los mazos accionados al aire libre en los morterados levantaban con su impulso tanto polvo que quien no estuviese acostumbrado no podía respirar en ese ambiente.
En ese polvo se levantaba, con otras sustancias, porción considerable e imprecisada -37- de átomos de plata que quedaban adheridos a techos, paredes, y piso, perdiéndose para siempre. Estima Cañete: «Toda la plata que se evapora en polvo al tiempo de moler y cernir las harinas con la que se pierde en los relevos, calcúlese solamente por una sexta parte de lo que saca por cajón según el cómputo de Barba. Supóngase también que la gruesa de la Ribera sólo ha rendido de parte de los ingenios grandes 1.500.000 pesos que ahora produce el año en su mayor pobreza. Computando pues la pérdida de la sexta parte de esta suma, salen perdidos 250.000 pesos al año y llega un total en 190 años a la increíble suma de 47.500.000.000. Véase aquí todo lo que se ha llevado el río de la Ribera de Potosí sin dejarnos más fruto y fue la confusión de nuestra indolencia en la aplicación de lo más importante a nuestra felicidad». El desperdicio de azogue era también enorme y fue una de las causas determinantes de la decadencia de la minería potosina. Se requería en términos generales el consumo de una libra de azogue por marco de plata, es decir dos veces más de azogue que de plata. En la misma época la relación en México habría sido de 1,78 de azogue por libra de plata.
El contrabando de plata surgió simultáneamente con la obligación de pagar el quinto a la Corona, aunque es imposible saber si el monto era inferior, igual o superior, aunque hay autores que afirman que se burlaba al rey la mitad de lo extraído. Cuando el virrey hizo una averiguación en 1574 sobre lo producido desde el descubrimiento del cerro, se estimó que hasta ese año la Corona había percibido 76 millones de pesos por el quinto. En los primeros años, según afirma el padre , las cobranzas se hacían por romana, «tanta era la grosedad que había».
Si bien las barras no selladas eran objeto de confiscación en los hechos existía un complejo y extenso mecanismo de burla en el que participaban en diversas medidas todos los actores de la explotación minera, desde los indígenas hasta las propias autoridades. La plata no registrada fugaba hacia la ciudad del mismo nombre, en la que los azogueros construían magníficas residencias para pasar temporadas o retirarse a disfrutar la vejez, o a Europa por la vía de Arica o Buenos Aires. Pese a que en cada flota viajaba un contralor encargado de la custodia de los metales, que percibía un porcentaje por su trabajo, los comerciantes muchas veces se daban mañas para declarar solamente una parte de sus remesas de metales, mucho más cuando la Corona, afligida por sus deudas, echaba mano de los valores declarados con la promesa de devolver el valor oportunamente a sus dueños. Esto, en cuanto a las barcos de bandera española.
La «puerta trasera»
Un capítulo que aún no se ha escrito y acaso no pueda escribirse jamás es el de las naves de otras potencias europeas que se asomaban a Arica o con mucha más frecuencia atracaban en Buenos Aires transportando mercaderías a cambio de la plata de Potosí. Ésa es la «puerta trasera» del comercio potosino, que nunca pudo cerrarse a pesar de algunos esfuerzos de las autoridades. Por los indicios que se tienen, los volúmenes eran considerables y también favorecían al , que enviaba azúcar y arroz o servía de intermediario para la internación de mercaderías europeas, a la villa imperial, por la vía de Tucumán, llegando a tener beneficios de un mil por ciento. Barcos holandeses, portugueses y alemanes llegaban a Buenos Aires cargados de productos de toda naturaleza y dado que la ciudad portuaria era, como reconoció el propio monarca en 1602 autorizándola a comerciar con , pobre de solemnidad, esas naves volvían al viejo mundo llevándose barras y monedas potosinas. Aunque existía prohibición expresa para que las provincias del Río de la Plata tuviesen relación comercial con Potosí, eran obvias las ventajas que desde el punto de vista de las distancias y la seguridad ofrecía esa ruta de apenas 800 leguas de fácil camino,frente a las 300 leguas escarpadas a y las 500 de arriesgado trayecto marino hasta Panamá, donde además había que atravesar el malsano istmo, plagado de mosquitos y de piratas, hasta Nombre de Dios o Portobelo. Las autoridades y la población de Buenos Aires apoyaban de manera tá o entusiasta ese tráfico con infieles que les dejaba beneficios y del que también se favorecía la Corona, con la percepción de impuestos. Cuando las quejas de los comerciantes potosinos que traían su mercadería por la vía de Panamá se hacían más fuertes, se apelaba a subterfugios como los de permitir el ingreso a Charcas de esclavos negros comprados en el , con los que se enviaba también mercadería, o dejar que las naves europeas hicieran toques de emergencia por el mal tiempo, que les servían de paso para descargar discretamente sus bodegas. Se dio el caso en cierta ocasión que un capitán al que se rehusaba licencia para atracar en Buenos Aires logró desembarcar a un sacerdote y acto seguido pidió permiso para que su tripulación pudiese descender y oír misa en tierra. Mientras algunos piadosos marinos atendían al oficio religioso, otros como hormigas descargaban fardos para Potosí.
Otro renglón que mermó poderosamente los ingresos fiscales y que se hizo obsesivo para las autoridades de La Colonia, fue el de la piratería, que en distintas épocas llevaron a cabo marinos ingleses, holandeses y franceses, varios de ellos actuando al servicio de sus países, otros por iniciativa personal. Quizá el golpe más importante por el monto del tesoro envuelto fue el dado por los holandeses a la armada real española en 1628, arrebatándole un equivalente a diez millones de ducados (unos 140 millones de dólares actuales). Los metales eran arrebatados en los puertos o en alta mar y a veces, por daños de guerra o por efecto de tempestades, las naves se hundían con su precioso cargamento, sin provecho para nadie.
También hubo asaltos a los caudales potosinos por facciones en pugna, iniciados casi con el descubrimiento del Cerro rico por Gonzalo Pizarro y su lugarteniente Francisco de Carvajal, quien abandonó el territorio de Charcas llevándose cuantiosos recursos provenientes del Cerro rico. Fue el capitán Alonso de Mendoza (futuro fundador de La Paz) quien por orden de Gonzalo Pizarro, se -38- llevó de Chuquisaca a Potosí, para hacer más fácil la sustracción, la caja con tres llaves y sello, donde se guardaba el quinto de la producción de plata para el rey.
Hasta 1825, año de la independencia política de Charcas, la lista de depredadores concluye con el general Pedro Antonio de Olañeta, que en su huida a Tumusla, donde hallaría la muerte, cargó con las últimas barras que quedaban en la Casa de la Moneda.
Los indios
La mayor riqueza del Perú no fueron los minerales de sus cerros sino su población. Sin los indios dedicados a la agobiadora tarea de la extracción y refinación, esos minerales habrían tenido que esperar la tecnología del siglo XX para ser de algún provecho. Sobrada razón tiene por eso Gunnar Mendoza cuando afirma: «La sociedad indígena de las tierras altas y bajas donde se desarrolló el drama del descubrimiento, la conquista y el coloniaje en el área boliviana, era tan profusa y tan compleja que la relación de la sociedad hispánica con ellas se constituyó en el problema material y moral -que aún subsiste hoy- de cada día y de todos los días, hasta el extremo de que puede decirse que en la actividad humana de estos territorios el indio representó y aun representa el tema-clave social con todas las declinaciones gramaticales e históricas posibles: el indio, hacia el indio, sobre el indio, bajo el indio y sobre todo, como bien se sabe, contra el indio; la única declinación gramatical e histórica inexistente, como bien se sabe, es la privativa: sin el indio».

Provincias tributarias de la m

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