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anos, 1871).

-29-

Junto al hierro que se traía de España, la madera era en Potosí uno de los artículos más preciados y caros, pues debía trasladarse desde el valle del Pilcomayo, a 30 kilómetros; el de Mizque, Cochabamba, a 200 kilómetros o aun del norte argentino, en hombros, arrastrada en carretas o ayudándose con caballos y bueyes. En los ingenios se la empleaba en forma de morteros, mazos, ejes y otros elementos, y en el interior de las minas para sostener algunas partes de los socavones.
Los ejes de ingenio de cinco y siete metros de largo por 50 centímetros de grueso requerían el esfuerzo de sesenta mitayos para acarrearlos desde esas distancias, y su precio alcanzaba a unos 1.000 pesos ensayados.
Producto de gran consumo eran las velas. En la «Descripción» en el interior de la mina las usaban noche y día indistintamente (84.000 pesos ensayados anuales), en los 70 ingenios 14.000 pesos ensayado, en las rancherías de indios 37.000 pesos ensayado y en la ciudad 35.000 pesos ensayados. 200 indígenas se dedicaban exclusivamente a su confección.
El cuero era otro elemento fundamental para la minería potosina, pues sus usos eran múltiples, en forma de bolsas para cargar mineral y agua, culeras y rodilleras para mitayos o como correas en minas y en la maquinaria de los ingenios. Se empleaba ampliamente el cuero de las llamas que llegaban con los mitayos, pero también el cuero del ganado vacuno, traído del norte y del centro de la , así como el de mula, que provenía del área de Córdoba.
En el régimen de monopolio impuesto por la Corona, algunos productos estaban sujetos a estanco especial, desde las pastas de plata que eran rescatadas por el Banco de San Carlos, institución que a su vez proveía de azogue a los mineros, hasta el tabaco, la lana de vicuña, el salitre y la sal, aunque esta última quedó posteriormente declarada de libre tráfico. Algunos artículos suntuarios también estaban sometidos a rígidos controles, como el «solimán», afeite o pintura de perfumería, «digno de contarse entre los géneros superfluos y viciosos por ser en envidia y enmienda de la naturaleza y con el fin de agradar y complacer», según rezaba la ordenanza real respectiva; o la pimienta «vicio de los hombres y no necesidad del humano alimento». La Corona se beneficiaba también con el monopolio sobre los naipes.
«Gástanse -decía la crónica que comentamos- todos los días del año, uno con otro dentro del pueblo, 60 barajas que es al cabo del año 21.900 que a peso y medio corriente son 32.800 pesos.»
ofrece un catálogo pormenorizado de los artículos de todas partes que se volcaban a Potosí para satisfacer la vanidad de esa sociedad que combatía el frío y la desolación del paisaje circundante con todo lo más bello que por entonces podía ofrecer la industria del mundo. Los tafetanes, las sedas y rasos, hilos y tejidos provenían de Granada, Jaén, Valencia, Murcia, Segovia, Córdoba, Calabria, La Pulla, Portugal, Holanda; tapicerías, láminas, espejos, escritorios, puntas, encajes, géneros de mercería, de Flandes; papel de Génova, hierro de Vizcaya, medias y espadas de , tejidos, puntas blancas de seda, oro y plata, estameños, sombreros de castor y lencería de Francia, paños y bordados preciosos de Toscana, puntas de oro y plata y telas ricas de Milán y la Toscana; pinturas y láminas de Roma; bayetas, sombreros y tejidos de lana de Inglaterra; cristalería y vidrios de Venecia; cera blanca de Chipre, Candia y las costas de África; grana, cristales, carey, marfiles y piedras preciosas de la India Oriental, diamantes de Ceylán; aromas de Arabia, alfombras de Persia, El Cairo y Turquía; especerías, almizcle y algalia de Terrenate, Malaca y Goa; loza blanca y sedas de la China, esclavos y esclavas negras de Cabo Verde y Angola.
El exceso de plata y de mano de obra indígena barata provocó un alza vertiginosa de precios de todos los artículos importados.
Matienzo afirmaba que Potosí era el mercado más caro del mundo. Otro hablaba de un «monumento a la usura». Gwendollyn Ballantine Cobb, investigadora del primer siglo del desarrollo de Potosí y Huancavelica, afirma que «los precios de los alimentos eran iguales a los que existían en San Francisco durante la fiebre de oro en California» y en un intento de hacer comprensible ese fenómeno al lector, añade que, por ejemplo, una libra de dulces equivalía a seis dólares, el quintal de harina a 45 dólares, la resma de papel a doce (que en valía 3), la libra de especias a 28 dólares. Otros autores indican que una gallina valía el equivalente a 13,50 dólares y un huevo se acercaba al dólar, que la arroba de vino español que en se cotizaba a 675 dólares en Potosí llegaba a los 900 dólares o que la vara de brocato se pagaba sin chistar en 450 dólares.
Pese a estos precios, los mercados eran numerosos y estaban abarrotados. asegura que había un centenar de canchas o sitios de feria, con toda la variedad imaginable de productos agropecuarios.
Los caballos preferidos eran los de por su brío, pero pocos sobrevivían a la altura de Potosí. Estos animales enloquecían al ser trasladados de la costa y el calor al frío y las montañas, donde sólo se sentían a gusto los auquénidos, y en los cielos, cóndores y algunas aves de presa. Las herraduras eran además caras. Los azogueros y comerciantes se valían de mulas para trasladarse a La Plata y otras ciudades de Charcas.
Si no había otro remedio que pagar lo que pedían los comerciantes por los artículos de primera necesidad, tampoco los artículos suntuarios amilanaban a los opulentos potosinos. Afirma el mismo : «Los vestidos sobre ser de costosas telas, iban cuajados de piedras preciosas; los sombreros llenos de joyas, cintillos ricos y plumas vistosas; cadenas de oro en los pechos, jaeces bordados de oro, plata y perlas; los frenos, los pretales y armaduras de fina plata; los estribos y acicates -31- de oro fino, y si eran de plata, iban sobredorados».

Detalle de la pintura del ingreso del Virrey Morcillo, de Melchor Pérez Holguín.

de Gamboa también quedó impresionado: «Suelen ser pródigos sin modo ni fin en gastos, lujos, superfluidades y aun vicios. Los peones y operarios beben, juegan y gastan cuanto ganan; los hombres de día visten de tela rica y de fino Cambray y por humorada al día siguiente bajan a la mina, donde les suele servir la gala para taco y facilitar el golpe de pico. Esto, los sirvientes: ¿cómo serán algunos amos?».
La «Descripción» correspondiente a 1603 registra un ingreso de 1.600.000 botijas de chicha para el consumo de los indios, equivalentes a 1.024.000 pesos ensayados, suma notable sin duda. El vino importado para los españoles alcanzó a 50.000 botijas, por un equivalente de 500.000 pesos ensayados.
Vicuñas y Vascongados
El signo de la violencia presidió la vida potosina desde el momento en que los indios de Cantumarca, que se negaban a fabricar casas para los españoles recién llegados de Porco y La Plata, fueron rendidos a la fuerza y con efusión de sangre. Las guerras civiles entre conquistadores también afectaron al poblado y el temor a una incursión masiva de los temibles chiriguanos de los llanos también desveló a los vecinos en el curso del siglo .
El control por el poder político dentro de la ciudad fue ganado muchas veces por las armas. En 1553, Vasco Godínez y Egas de Guzmán, apoyados por un grupo de forajidos, asaltaron la casa del gobernador Pedro de Hinojosa, a quien dieron muerte. Guzmán hizo ahorcar a continuación al contador Hernando de Alvarado y se apoderó de un millón de pesos de las Cajas Reales. Los conjurados enviaron emisarios a para que explicaran sus acciones y la Audiencia de esa ciudad despachó a su vez a Alonso de Alvarado con la tropa necesaria como para pacificar a Potosí y dar muerte a los alzados. El cadáver de Vasco Godínez fue descuartizado.
En la minoría blanca que habitaba Potosí abundaban los aventureros y antiguos soldados que una, vez concluida la etapa de la conquista y las guerras civiles, habían quedado sin ocupación alguna, pero obsesionados siempre con la posibilidad de hacer rápida fortuna.
Como enjambres de abejas a un panal de ricas mieles, españoles y extranjeros sin oficio acudían a Potosí desde , Panamá y otras ciudades para reclamar una tajada del botín. «Se sube allí -decía una Cédula Real enviada al corregidor de Potosí en 1589- la mayor parte de la gente que va de estos reinos y como allá no hallan comodidad conforme a sus intentos y esperanzas desasosiegan la tierra y dan ocasión a muchos inconvenientes y daños cometiendo muchos excesos y demasías.»
El consejo de la ciudad calculaba (1602) que había por lo menos unas cuatro mil personas «sueltas y baldías» que no se aplicaban a ningún trabajo y que sólo «atendían a sus vicios». Sugería, en consecuencia, al Virrey del Perú que búscase los medios de emplearlas en con

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