Бартоломе Арсанс де Орсуа-и-Вела. Мир от Потоси. Bartolomé Arzans de Orsúa y Vela. El mundo desde Potosí
nota March 11th, 2006
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de la grada del presbiterio.
Hubo casos, como el del Arzobispo de la Plata, Gregorio de Molleda y Clerque, que merecieron la atención del propio monarca, quien se dirigió al Virrey de Lima, en septiembre de 1754, alarmado por las denuncias que le habían llegado contra el prelado. Dice la carta de Fernando VI al Conde de Superunda: «En la Audiencia de Charcas no se alcanza justicia cuando se litiga con poderosos, según lo acredita la voz común. Muchos de los curas son parientes y domésticos de los oidores y les permiten robar a los indios. Aunque hay defensor de naturales, no los defiende y más bien los ultraja. Las muy desordenadas operaciones del Muy Reverendo Arzobispo tienen atónitos a todos. Por leves causas excomulga. Ha dado los curatos grandes a allegados suyos. No -27- sabe lengua india ni aún latín. Da muy escasas limosnas, teniendo rentas de 80.000 a 100.000 pesos anuales. Junto a su alcoba en la misma pieza que servía de oratorio a sus antecesores, tiene una pariente y allí mismo concurren a visitarla y se hacen en sus presencia saraos con tanto desorden como en la casa del seglar menos modesto.
«Estando de visita en Potosí, prohibió los bailes, pero, sin embargo, tuvo en su casa uno en el que la mayor parte de las que asistieron eran mujeres mundanas y echaba la bendición a cada una que acababa de danzar. Los oidores Melchor Concha y Pablo de la Vega quieren sus cargos para recibir el sueldo y quitar la sangre a los pobres. (…) Y visto en mi Consejo de Indias y con lo que dijo mi fiscal, he resuelto daros noticias de ello a fin de que, como os lo mando, procuréis informaros reservadamente de todos estos daños, pongáis para su remedio cuantos medios consideréis convenientes y os sean posibles».
Los curas de los pueblos fueron enemigos de la mita, pero se sospecha que no los movía solamente la piedad cristiana, sino la perspectiva de la pérdida de mano de obra que les significaba jugosos dividendos en forma de trabajo gratuito o de contribuciones y donativos. En todo caso los indios pagaban una misa antes de partir a Potosí.
Llamas transportando plata de Potosí a Arica. Dibujo de Theodor de Bry, 1600.
Afirma enfáticamente Gabriel René Moreno: «Los curas eran los individuos más ricos del reino después de ciertos mineros acaudalados que eran pocos. Sus ganancias provenían de los raudales salidos de una misma fuente: el ahorro del indio, a título de derechos parroquiales y de primicias: su sudor, con el logro de servicios personales y granjerías. El mercado a precio fijo de los sacramentos y ceremonias de culto, y más que nada la piadosa faena de sacar ánimas del purgatorio a punta de misas y responsos, hacían del ministerio parroquial una profesión muy lucrativa».
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Las importaciones
A la natural aridez del terreno en torno al Cerro rico, se añadía la falta de incentivos para la agricultura en los valles cercanos a Potosí, ya que la abundancia del mineral de plata permitía comprar todo lo necesario de las otras provincias del Alto Perú, de distintas partes del virreinato o de allende el mar.
De Cochabamba se llevaba el trigo y el maíz en grano, tanto para la alimentación de los 120.000 indios como «de otros 120.000 perros que es más lo que éstos consumen que los indios», según reza la anónima «Descripción de Potosí» correspondiente a 1603. También de Cochabamba se llevaban tocuyo y otras manufacturas; de Tarija, chivos, carneros y cerdos; de Tucumán y Córdoba, ganado y mulas; de Chuquisaca y Vallegrande, tabaco; de Cinti y Arequipa, aves de corral; del Bajo Perú, azúcar; de Chile, caballos; del Paraguay, yerba mate.
Vale la pena ver con algún detalle los artículos importados a la villa y sus cantidades y precios. Consumíanse en un año 4.000 cabezas de ganado vacuno, 50.000 ovejas y 100.000 llamas. En las rancherías, pese a la prohibición, se sacrificaban 40.000 alpacas y vicuñas. La procedencia de artículos muestra en qué medida Potosí era el centro comercial de una zona que abarcaba desde México, Guanuco y Quito (con paños, cordelletas y bayetas), Cuzco (ropa para indios, piezas de cuero), Arequipa (pasas), Tarija (manteca de puerco, jamones, tocinos, lomos y lenguas de puerco) y Tucumán (lienzos para negros, indios y gentes de trabajo).
La coca provenía básicamente del Cuzco y también de los Yungas de La Paz. El consumo para el año que nos ocupa fue de 60.000 cestos con un valor de 360.000 pesos ensayados.
No figura el origen de muchos productos que se volcaban sobre Potosí en un radio de cien leguas a la redonda: miel de caña, ají, pescado salado de mar, pescado de río (sábalos y dorados), aceitunas, vinagre, hortalizas, fruta, chuño, papas, ocas; alfombras, sombreros, zapatos, sacos o costales, cera, cobre, herrajes, añil, leña, carbón, paja para techos y otros varios. Solamente de sal, para el beneficio de los metales, se consumían anualmente 630.000 quintales, producción que demandaba el trabajo de 1.000 indígenas. El consumo de azogue traído de Huancavelica alcanzaba a 5.700 quintales. Pero hubo momento en que el mercurio también provino en importantes cantidades de lugares tan distantes como Almadén, España, e Idrija, Eslovenia (ex Yugoslavia).
Si ya era difícil el envío desde España a América de cualquier mercadería, por el tiempo y los riesgos de la navegación, lo era aun más en el caso del mercurio, que se utilizó primero para la amalgamación del oro.
Los árabes de España le habían puesto el nombre de azogue, que en su lengua significa correr. Las minas de Almadén fueron entregadas en arriendo por Carlos V a los Fugger, empresarios y prestamistas que habían contribuido con fondos para su elección como Emperador de Alemania. Los Fugger, que figuran en la literatura histórica hispanoamericana como los «Fúcares» o «Condes Fucas», comprometiéronse a entregar 1.000 quintales por año y la producción anual no subió, en los siglos XVI y XVII a más de 3.000 quintales de manera que, por el aumento de la demanda, al aplicarse el azogue a la amalgamación también de la plata, hubo que contratar envíos de Eslovenia, incluso en ese último siglo, cuando un accidente paralizó la producción de Huancavelica.
No eran pocas las previsiones para transportar el precioso pero mortífero líquido que era puesto en pellejos de cuero de medio quintal; introducidos a su vez en casquetes impermeabilizados y reforzados. Estos casquetes en número de dos o tres eran colocados en cajas de madera.
Hasta 1776, en que se constituye el Virreinato de La Plata, los barcos partían del puerto de Sanlúcar de Barrameda, Sevilla y, después de 1720, también desde Cádiz) hasta Portobelo, en donde la flota se dividía tomando la ruta del norte, hacia México, una parte, y la otra al sur, al istmo de Panamá, de donde continuaba viaje al Callao, puerto del Virreinato de Lima, habiendo pagado los productos en el trayecto numerosos impuestos fiscales. De allí continuaba al puerto de Arica, donde esperaban las recuas de mulas y llamas que finalmente harían llegar el mercurio a las alturas de Potosí. Las dificultades surgían por la naturaleza del mineral, que por su delicadeza y peligrosidad requería envases especiales para no afectar a animales ni arrieros, o «trajineros» como se les llamaba entonces.
Las bolsas especiales forradas de cuero contenían alrededor de 18 libras de mercurio, que era el peso que podía soportar una llama. Este animal era más barato que la mula, pero demoraba más pese a que sus exigencias de agua y alimentos eran menores que las del segundo, en el recorrido de quince leguas de desierto que las mulas cubrían en un día y una noche y que a las llamas les demandaba el doble o más de tiempo. Arica misma era avara de recursos de forraje y agua dulce de manera que había que hacer coincidir muy rigurosamente la llegada del barco respectivo con la presencia de las recuas y, en todo caso, preferir el mercurio a cualquier otro artículo de importación.
Desde la orilla del mar, las recuas se dirigían a los valles de Azapa y Lluta para enfrentarse después al desierto, bordeando los volcanes Payachatas, luego la zona de Chonquelimpe, el norte del lago Poopó, Challapata, Conquechaca y al cabo Potosí. El azogue producido en Huancavelica no seguía el camino de la sierra sino que era transportado también hasta el puerto de Chincha, San Jerónimo y de allí a Arica. Si bien la vía marítima ofrecía los riesgos de la piratería, la de la sierra, en cambio, por Cuzco o Arequipa, fue desechada por razones económicas y posiblemente por la dificultad del transporte del venenoso material en trayecto de 1.500 kilómetros recorridos por las recuas de llamas en tres meses.
Potosí fue prácticamente el mercado único del mercurio de Huancavelica durante dos siglos. La producción de esa mina entre 1571 y 1813 fue de alrededor de 1.115.000 quintales, con un valor de 82 millones de pesos, equivalentes a 17 millones de libras, -30- sin tomar en cuenta el mineral robado y contrabandeado. El precio del quintal de azogue puesto en Potosí, según la «Descripción», era de 70 pesos corrientes mientras a la Corona le costaba en Huancavelica 40 pesos.
La plaza de Pichincha de Potosí (Grabado de Henri Ll
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