Хронология фашистского демарша против Правительства Народного Фронта – Чили, 1970. CRONOLOGÍA DE LA ESCALADA FASCISTA CONTRA EL GOBIERNO DE LA UNIDAD POPULAR – Chile, 1970

Хронология фашистского демарша против Правительства Народного Фронта – Чили, 1970.
CRONOLOGÍA DE LA ESCALADA FASCISTA CONTRA EL GOBIERNO DE LA UNIDAD POPULAR – Chile, 1970.

PRESENTACIÓN
En el prólogo de un libro similar a éste —una compilación de textos
al cumplirse veinticinco años de la muerte en combate del presidente
Salvador Allende— la que fue su jefa de Prensa, la destacada periodista
Frida Modak, analizó el porqué del odio cerril con que la dictadura
fascista quería “sepultar al hombre al que, a pesar de todo, no
podían terminar de matar”. La explicación, dijo, la proporcionó sin
ambages Nathaniel Davis, embajador norteamericano en Chile en
esa época, en las primeras páginas de su libro titulado Los dos últimos
años del gobierno de Salvador Allende. Allí, el diplomático señaló
que para su país el triunfo de Allende en 1970 era más peligroso
que la existencia de la Revolución Cubana. Este expositor no hizo
más que conceptualizar lo que su jefe, el entonces todopoderoso secretario
de Estado, Henry Kissinger, emprendió desde el momento
en que la victoria de la Unidad Popular parecía un hecho: reunió en
Washington al Comité de los Cuarenta para diseñar una estrategia
que incluyó caos económico, acciones paramilitares, ofensiva de propaganda,
financiamiento a sectores derechistas y división e infiltración
dentro de la izquierda. En ese plan la CIA, según reconoció su
ex-director, Richard Helms, fue autorizada a emplear cuatrocientos
mil dólares para financiar a diversos medios de comunicación chilenos,
entre ellos al “imparcial” periódico El Mercurio.
La historia se repite y los métodos son idénticos a los que inauguró
el nazifascismo en la década de los años treintas: las campañas
mediáticas, la manipulación de los espíritus, las mentiras reiteradas
hasta que se convierten en una “verdad”, la subversión clandestina y
la guerra abierta. El 11 de septiembre en Chile llevó en nuestros días
a otro 11, aunque esta vez de abril, al golpe de Estado en Venezuela
contra el presidente Hugo Chávez, y en el espejo del golpista Carmona
se reflejó con nitidez la faz pinochetista. “Un crimen perfecto”, dijo
el politólogo y director de Le Monde Diplomatique, Ignacio Ramonet,
en un artículo en el que analizó que el espíritu de la “Operación Cóndor”,
que durante los años 1970 y 1980 consolidó las dictaduras en
América del Sur, parecía que estaba condenado. “Después del 11 de
VIII
septiembre del 2001, el espíritu guerrero que sopla sobre Washington
–afirmó— parece haber abandonado esos escrúpulos.” El grupo
nazifascista en el poder –Rumsfeld/Cheney/Bush, para sólo mencionar
a sus mayores exponentes— no dirige sus apetitos a un solo país y
ahora manifiesta su potencia frente al mundo: “Quien no está con nosotros,
está con los terroristas” y se realizarán ataques “preventivos”
en “cualquier oscuro rincón” del universo. Para esto basta con proferir
las goebbelianas mentiras de Estado, como en el caso de las armas de
destrucción masiva que justificaron la invasión al pueblo iraquí, y la
fundamentalista y descabellada lista de países que, para los Estados
Unidos, configuran el “eje del mal”. Los hechos les dan la razón a
Ramonet y a tantos analistas de diversas procedencias que confirmaron
los mismos puntos de vista: los dos 11 de septiembre están hoy
unidos por un mismo cordón umbilical, son siameses. Así se reflejó
incluso en la película “11-09-01”, del francés Alain Brigand, quien
convocó a once realizadores de distintos países para que esgrimieran
sus pensamientos e imágenes sobre los nefastos sucesos de las Torres
Gemelas. Las palmas se las llevó el británico Ken Loach, con una
historia que se calificó como incómoda: un músico chileno, Wladimir
Vega, dirige sus condolencias a una de las familias víctimas de aquel
atentado terrorista, pero asimismo se duele del golpe genocida del ‘73
en su Chile contra el gobierno legalmente constituido.
Los textos que siguen a continuación —en esta obra publicada por
el Instituto Cubano del Libro ante los treinta años del golpe de Estado
en Chile— son, a la vez, memoria y actualidad, recordatorio histórico
y advertencia analítica para las amenazas nazifascista de hoy.
JORGE TIMOSSI
Coordinador
1
CRONOLOGÍA DE LA ESCALADA FASCISTA
CONTRA EL GOBIERNO DE LA
UNIDAD POPULAR
1970
22 de enero
El senador Salvador Allende Gossens, socialista, es designado candidato
presidencial por la coalición de partidos y agrupaciones denominada
Unidad Popular (UP), que integran los partidos Socialista,
Comunista, Social-Demócrata, Radical, Movimiento de Acción Popular
Unitaria (MAPU) y Acción Popular Independiente (API). Se le
oponen como candidatos el ex-presidente Jorge Alessandri Rodríguez
—Partido Nacional— y el ex-senador Radomiro Tomic, por la
Democracia Cristiana (DC).
4 de setiembre
Más de tres millones de chilenos votan para presidente. La UP
logra 1 075.615 votos (36,4 %); Alessandri 1 036.278 (34,9 %); y
Tomic, 824 849 (27,8 %). Según la Constitución, como ninguno de
los candidatos logra mayoría absoluta, corresponde al Congreso decidir
quién será el presidente, aunque la tradición observada se inclinó
siempre por la primera mayoría. Entretanto, la ITT (International
Telephone & Telegraph), otras empresas norteamericanas y la CIA,
en colusión con financistas, comerciantes y políticos de la derecha
y de la DC, procuran activamente impedir el acceso de Allende al
poder.
22 de octubre
Un comando derechista trata de secuestrar al comandante en jefe
del Ejército, general René Schneider, para que la conmoción resultante
incline al Parlamento contra Allende. Los terroristas disparan
contra Schneider, quien morirá pocos días más tarde. Casi al mismo
tiempo, en el Senado y la Cámara de Diputados finaliza la tramitación
del Estatuto de Garantías, que se agrega a la Constitución chilena
y por el cual la Unidad Popular solemniza su compromiso de
respetar las libertades y leyes del país.
2
24 de octubre
El Congreso elige a Allende presidente de la República por 153
votos contra 35 para Alessandri y seis en blanco.
4 de noviembre
Asunción a la Presidencia por Allende.
11 de noviembre
Decretos para reducir el alza del costo de la vida.
12 de noviembre
Son puestos en libertad todos los detenidos y condenados por razones
políticas.
14 de noviembre
Restablecimiento pleno de relaciones diplomáticas y comerciales
con Cuba.
31 de diciembre
Son nacionalizados los yacimientos de carbón de Lota, Coronel y
Arauco (500 km al sur de Santiago de Chile).
1971
5 de enero
Se establecen relaciones diplomáticas, comerciales y culturales
con la República Popular China.
10 de enero
Primer enfrentamiento de Allende con los jueces de la Corte Suprema
de Justicia, ante las objeciones de éstos al programa de Allende.
16 de enero
La policía frustra un atentado contra Allende, al descubrir cuatro
cartuchos de dinamita en un jarrón de barro que adorna la entrada
a la residencia presidencial veraniega en el balneario de Viña
del Mar.
12 de febrero
El gobierno compra la editorial Zig-Zag, la más importante del país.
19 de febrero
Se acelera el plan de expropiación de fondos de más de 80 hectáreas.
Los campesinos se adelantan a los actos legales y se suscitan
enfrentamientos. Ante la alternativa, los propietarios inician una política
de desmantelamiento previo, desprendiéndose de sus planteles
de ganado, para perjudicar los planes gubernamentales de fomento a
la producción.
12 de marzo
Se dispone la incautación y el control de ciertos bancos privados.
3
4 de abril
Comicios municipales para cubrir 1 653 cargos de alcaldes y
regidores en 280 comunas. La Unidad Popular obtiene el 49,73 % de
los votos y el 47,57 % las fuerzas de la oposición, encabezadas por el
Partido Demócrata Cristiano.
25 de mayo
El gobierno nacionaliza las empresas textiles más importantes
del país.
27 de mayo
El gobierno requisa la planta de la Ford Motor Company, cerrada
por sus propietarios.
8 de junio
Se produce el asesinato del ex-ministro del Interior del presidente
Frei, Edmundo Pérez Zujovic. Se decreta el estado de emergencia en
Santiago y la policía descubre y da muerte cuatro días después a los
responsables.
11 de julio
El Congreso sanciona por unanimidad, y a requerimiento de Allende,
una reforma constitucional para nacionalizar la gran minería del
cobre. Se proclama a éste “Día de la Dignidad Nacional”.
18 de julio
En elecciones complementarias por una banca de diputado en
Valparaíso, el democristiano Oscar Marín, con el apoyo del Partido
Nacional, obtiene el 50,16 % de los votos, contra el 48,51 % logrado
por su oponente socialista, Hernán del Canto.
23 de julio
Allende se reúne en la provincia argentina de Salta con el presidente,
general Alejandro Lanusse, en su primera salida al exterior desde
que asumiera el poder. Visita también Perú, Ecuador y Colombia.
30 de julio
Escisión en la DC: seis diputados se marginan y constituyen el
Movimiento de Izquierda Cristiana para apoyar a Allende.
3 de agosto
Escisión en el Partido Radical: cinco senadores y siete diputados
crean el Partido de Izquierda Radical (PIR) y se comprometen a continuar
en el apoyo a Allende.
12 de agosto
El Banco de Exportación e Importación de los Estados Unidos
descarta una solicitud de crédito por veintiún millones de dólares eleva4
da por Chile para la compra de aviones comerciales. Los Estados
Unidos anuncian que no acordarán nuevos créditos a Chile mientras
no se pague indemnización por las empresas norteamericanas
confiscadas.
11 de octubre
Contra la petición de las empresas Anaconda (minas de Chuquicamata
y El Salvador) y Kennecott (mina El Teniente) de indemnización
por la nacionalización de sus pertenencias dispuesta en julio, el
contralor general de la República resuelve, en fallo oficial, que la
primera de ellas adeuda al Estado chileno setenta y ocho millones de
dólares y la segunda, trescientos diez millones de dólares, por lo que
no corresponde compensación alguna, de acuerdo con los análisis
contables, peritos y expertos. Se admite en cambio una deuda de diez
millones de dólares a la Anaconda por el yacimiento La Exótica, y
dieciocho millones de dólares a la Cerro Corporation por el yacimiento
Río Blanco.
28 de octubre
El gobierno de los Estados Unidos, la Anaconda y la Kennecott
apelan ante Chile por el dictamen del contralor general.
10 de noviembre
El primer ministro de Cuba, Fidel Castro, inicia una visita oficial
a Chile que durará veinticinco días y es su primera salida al exterior
en los últimos ocho años. Durante su estancia, denuncia la posibilidad
de un golpe fascista.
2 de diciembre
Estado de emergencia en la provincia de Santiago después de que
una manifestación femenina antioficialista desencadenara graves incidentes
en la capital la noche anterior.
23 de diciembre
La Cámara de Diputados rechaza la actuación constitucional contra
el ministro de Economía, Pedro Vuskovic, presentada por el Partido
Nacional. La Democracia Cristiana hace valer su mayoría para
descartar la medida.
1972
7 de enero
El Congreso suspende legalmente al ministro del Interior, José
Tohá, y legalmente Allende acata la decisión pero lo designa inmediatamente
ministro de Defensa. La DC corta toda relación política
con el gobierno.
5
15 de enero
Elecciones complementarias en las provincias de O’Higgins,
Colchagua y Linares. Triunfa la oposición, que elige a un senador y
a un diputado.
28 de enero
Nuevo gabinete, con cambios en seis de las quince carteras y la
incorporación de tres nuevas figuras: Del Canto, socialista, en Interior,
y Mauricio Jungk y Manuel Sanhueza, del PIR, en Minería y
Justicia, respectivamente.
9 de febrero
El Congreso sanciona una reforma constitucional que impide al
Poder Ejecutivo estatizar industrias o empresas sin autorización de
la legislatura.
25 de febrero
Un juzgado federal de Nueva York embarga fondos depositados
en esa ciudad de la Línea Aérea Nacional (LAN) de Chile, de la
Corporación de Fomento de la Producción y de la Empresa Nacional
de Minería, a pedido de la Kennecott, que tres semanas antes había
obtenido el bloqueo del cobre. La querella fue iniciada por esta empresa
ante la suspensión de pagos de las cuotas de un préstamo por
noventa y tres millones de dólares que había concedido en 1967 al
yacimiento El Teniente. En uso de sus facultades constitucionales,
Allende dispuso suspender el pago de la primera cuota del crédito a
su vencimiento, el 31 de diciembre de 1971. Luego, el gobierno pagó
y fue levantado el embargo.
21 de marzo
En Washington, el periodista norteamericano Jack Anderson revela
documentos de la International Telephone and Telegraph (ITT)
y acusa a este consorcio de haber instigado un levantamiento militar
en Chile o la creación de un caos económico, para impedir, a fines de
1970, que Allende asumiera la presidencia.
31 de marzo
La ITT reconoce públicamente la autenticidad de los “Documentos
Anderson”.
6 de abril
El PIR abandona la coalición oficialista y el gabinete. La cartera
de Minería es confiada por Allende a un militar, el general Pedro
Palacios.
6
12 de abril
Los partidos opositores reúnen a trescientas mil personas en la
mayor manifestación contra el gobierno de Allende, a quien exigen
someta a referéndum el futuro de Chile.
28 de abril
La oposición gana los comicios para rector en la Universidad de
Chile, y los tres candidatos de izquierda son derrotados por el demócrata-
cristiano Edgardo Boenninger.
12 de mayo
Allende envía al Congreso el proyecto de ley para nacionalizar los
bienes de la ITT.
1 de junio
El gobierno entabla relaciones con la República Popular Democrática
de Corea y con Viet Nam
17 de junio
Nuevo gabinete, en el que ya no figuran el general Palacios ni el
titular de Economía, Vuskovic. El juez militar, general Orlando
Urbina, condena a veinte años de reclusión y cinco de posterior destierro
al general Roberto Viaux Marambio, implicado en el asesinato
del general Schneider.
5 de julio
La Cámara de Diputados suspende al ministro del Interior, Del
Canto, al aprobar una moción constitucional de censura del Partido
Demócrata Cristiano.
17 de julio
Elecciones complementarias para designar un diputado por
Coquimbo. Triunfa la Unidad Popular.
27 de julio
El Senado destituye a Del Canto.
30 de setiembre
Es frustrada una tentativa de golpe de Estado, encabezada por el
general Alfredo Canales.
17 de setiembre
La Kennecott solicita y obtiene en Francia el embargo de una partida
de cobre chileno (1 250 toneladas, 1 900, 000 dólares) que viaja
hacia El Havre, Francia.
6 de octubre
Allende anuncia el establecimiento de un monopolio estatal de las
ventas del cobre.
7
10 de octubre
Los propietarios de camiones inician una huelga de protesta por la
iniciativa del gobierno de crear un sistema estatal de transporte. El
movimiento, al que se sumarán otros sectores y que respalda la oposición,
origina una honda crisis en todo el país.
14 de octubre
Veinte de las veinticinco provincias chilenas se encuentran bajo
estado de emergencia y gobierno militar, cuando la huelga de camioneros
y otros sectores entra en su quinto día. La huelga durará hasta
el 5 de noviembre. Los obreros constituyen los Comandos Comunales
y los Cordones Industriales, para que el país no se paralice por la
falta de transporte.
2 de noviembre
Nuevo gabinete, con tres militares. El comandante en jefe del Ejército,
general Carlos Prats, asume el Ministerio del Interior; el general
del Aire, Claudio Sepúlveda es designado titular de Minería, y el
contraalmirante Ismael Huerta, titular de Obras Públicas.
5 de noviembre
Allende delega la presidencia en el general Prats y sale en gira
internacional de dos semanas, que inicia dialogando en Lima con el
presidente Velasco Alvarado, para visitar luego México. El 4 de diciembre
habla en las Naciones Unidas y después recorre Argelia, la
Unión Soviética, Marruecos y Cuba. El 15, de regreso a Chile, conferencia
en Caracas con el presidente Rafael Caldera.
1973
7 de enero
El gobierno anuncia la implantación de una “economía de guerra”,
lo cual implica el racionamiento de alimentos y el control de la producción
triguera, además de mayores controles sobre la producción y
la distribución industrial. La inflación tiene ya características de catástrofe,
fomentada por la oposición congresista, que niega recursos al
gobierno, para que éste recurra forzosamente a las misiones inorgánicas.
5 de febrero
Allende denuncia que “la patria está amenazada” por la actitud de
algunos opositores y les advierte que aunque proyecten destituirlo si
obtienen el control de los dos tercios del Senado (en las elecciones
de marzo), “soy un presidente elegido por el pueblo, ratificado por el
Congreso y mi mandato termina en 1976. Nada ni nadie impedirá
que cumpla con esta obligación constitucional”.
8
1 de marzo
La oposición cierra su campaña electoral de renovación legislativa
con una manifestación multitudinaria en que dirige la palabra
el líder de la derecha de la DC, Eduardo Frei, con un violento ataque
a la Unidad Popular. Las encuestas predicen que Allende no
alcanzará el 38 %.
4 de marzo
Se realizan las elecciones para renovar la totalidad de la Cámara de
Diputados y parte del Senado. La Unidad Popular logra el 43,39 % de
los votos. La oposición queda muy lejos de los dos tercios del Senado
que necesitaba para destituir legalmente a Allende.
23 de marzo
Renuncian los tres ministros militares, y son reemplazados por
civiles.
19 de abril
Se inicia en la mina El Teniente, el yacimiento cuprífero de grandes
dimensiones más próximo a Santiago (80 kilómetros), una huelga
en demanda de mejoras salariales.
2 de mayo
Un dirigente del movimiento derechista Patria y Libertad es ultimado
a balazos y otros dos resultan heridos en un incidente.
5 de mayo
Se declara el estado de emergencia para las provincias de Santiago
y otras vecinas, donde elementos fascistas han provocado graves
desmanes en las calles y quemado un tren de pasajeros.
14 de mayo
En allanamientos de locales de la fascista Patria y Libertad, se requisa
gran cantidad de armas.
25 de mayo
Allende asiste en Buenos Aires a la asunción al mando por el presidente
peronista Héctor J. Cámpora. La Corte Suprema de Justicia
ordena procesar por desacato al ministro-secretario general de gobierno,
Aníbal Palma, decisión que torna más ásperas las relaciones
entre el Poder Ejecutivo y el Judicial. Esta medida fue adoptada porque
Palma no cumplió la orden judicial de levantar la clausura a la
radio fascista Sociedad Nacional de Agricultura.
6 de junio
La Cámara de Diputados suspende a los ministros de Trabajo, Luis
Figueroa, y de Minería, Sergio Bitar.
9
7 de junio
El Partido Demócrata Cristiano acusa constitucionalmente al ministro
de Economía, Orlando Millas, responsabilizándolo con la escasez
de alimentos.
11de junio
El Congreso sanciona una reforma constitucional que torna
inexpropiables los predios agrícolas de superficie inferior a cuarenta
hectáreas.
27 de junio
Se decreta nuevamente el estado de emergencia, después de un
confuso intento de atentado contra el comandante en jefe del Ejército,
general Carlos Prats, y ante rumores de conspiración militar.
29 de junio
El gobierno controla la sublevación de un sector del Ejército, que
ataca con tanques el Palacio de La Moneda, al mando del coronel
Roberto Souper. Más tarde, la Secretaría General de Gobierno informa
que hubo veintidós muertes.
30 de junio
La Cancillería informa que cinco principales dirigentes de Patria y
Libertad se asilaron en la Embajada ecuatoriana. Allende solicita al
Congreso autorice la implantación del estado de sitio, pero las Cámaras
rechazan el pedido. El estado de emergencia se extiende a todo
Chile, quedando así el país entero bajo control militar directo.
3 de julio
Termina la huelga de mineros de El Teniente, que se extendió por
setenta y cuatro días y costó ciento setenta millones de dólares al
país. Renuncian todos los ministros.
4 de julio
La Contraloría General de la República devuelve al Poder Ejecutivo
los documentos con que intentaba promulgar parcialmente la
reforma constitucional sobre necesidad de ley del Congreso para
nacionalizar empresas.
5 de julio
Octavo gabinete de Allende, con cambios en siete de las quince
carteras. No incluye ministros militares.
16 de julio
Patria y Libertad pasa a la clandestinidad y anuncia que emprenderá
la lucha armada contra el gobierno.
10
22 de julio
Las Fuerzas Armadas hacen caso omiso de las protestas comunistas
y socialistas, y prosiguen en todo el país la búsqueda de armas en
poder de obreros.
27 de julio
Los propietarios de camiones vuelven a declarar la huelga general.
Un comando terrorista, asesina al capitán de navío, Arturo Araya,
edecán de Allende.
30 de julio
Allende y el Partido Demócrata Cristiano inician una rueda de conversaciones,
que había sugerido la Iglesia Católica una semana antes.
7 de agosto
El presidente del Partido Demócrata Cristiano, Patricio Aylwin,
anuncia el fin del diálogo con el presidente, por no haber aceptado
éste —aclara— las condiciones mínimas que le fueron propuestas,
prácticamente equivalentes a rendición total del gobernante y de la
coalición que lo sustenta.
8 de agosto
Trasciende que la Marina ha arrestado a gran número de suboficiales
y clases de dos naves de guerra. Legisladores socialistas y cristianos
denuncian que los detenidos han sido sometidos a torturas.
9 de agosto
Noveno gabinete, mientras se suman distintos sectores sociales a
la huelga de dueños de camiones. Este Ministerio, que Allende denomina
“de Seguridad Nacional”, cuenta con la participación de los
tres comandantes de las Fuerzas Armadas y del de Carabineros.
13 de agosto
En una declaración conjunta de los partidos Socialista y Comunista,
se indica que “el deber supremo de esta hora es defender la continuidad
del proceso revolucionario, que tiene por protagonista al
pueblo de Chile”.
14 de agosto
Se consuma un atentado dinamitero contra una torre de alta tensión
que conectaba la planta hidroeléctrica Rapel con la central Cerro Navia
de Santiago, dejando sin energía eléctrica a esta capital y a las provincias
de Valparaíso, O’Higgins, Aconcagua y Coquimbo. El presidente Allende
anuncia: “Estamos al borde de una guerra civil y hay que impedirla.”
15 de agosto
“El gobierno de la Unidad Popular se mantiene en la ilegalidad y
en abierta violación de la Constitución Política, al no promulgar la
11
reforma aprobada por las Cámaras, que exige someter a la ley la
formación del área social y consagrar la participación de los trabajadores,
y al insistir, a través de resquicios o simples acciones de hecho,
en la extensión de la estatización”, señala una declaración pública
firmada por diez senadores de la Democracia Cristiana.
17 de agosto
La Democracia Cristiana decide apoyar oficialmente al gremio de
transportistas en su paro de actividades.
18 de agosto
El comandante en jefe de la Fuerza Aérea, general César Ruiz
Danyau, dimite del Ministerio de Obras Públicas y Transportes y
pide el retiro de las filas militares. Lo sucede el general del Aire,
Gustavo Leigh Guzmán, al frente de la institución.
22 de agosto
La Cámara de Diputados expide una declaración señalando que el
gobierno ha hecho “un sistema permanente de conducta” de la violación
constitucional. “Las Fuerzas Armadas no pueden prestarse para
que cubran con su aval determinada política partidista y minorista”,
añade el documento, en una clara incitación al golpe de Estado.
23 de agosto
El comandante en jefe del Ejército, general Carlos Prats, renuncia
al Ministerio de Defensa y a su cargo militar.
24 de agosto
Allende acusa a la oposición legislativa de “promover el golpe de
Estado” e “incitar a la destrucción de las instituciones democráticas y
respaldar, de hecho, a quienes conscientemente vienen buscando la
guerra civil”. Los diputados contrarios al gobierno “han exhortado formalmente
a las Fuerzas Armadas y Carabineros a que adopten una
posición deliberante frente al Poder Ejecutivo”, agrega el mandatario.
25 de agosto
El senador demócrata-cristiano, Renán Fuentealba, afirma que su
partido está “contra el golpe de Estado y en contra del gobierno o
gobiernos que puedan surgir de un golpe de Estado”.
26 de agosto
El gobierno detiene a Roberto Thieme, el más alto dirigente de
Patria y Libertad que se encuentra en Chile. Thieme confiesa su participación
en la voladura de la torre de alta tensión que dejó sin luz a
varias provincias, y admite que su actuación está sincronizada con la
huelga de los camioneros y sectores profesionales en huelga.
12
27 de agosto
Asume como comandante en jefe del Ejército, en reemplazo de
Prats, el general Augusto Pinochet Ugarte.
28 de agosto
Décimo gabinete. Un apolítico, Carlos Briones, recibe el Ministerio
del Interior; Orlando Letelier, va a Defensa; el contraalmirante Daniel
Arellano es encargado de Hacienda, y el general de Ejército, Rolando
González, de Minería. El general del Aire, Humberto Magliochetti,
asume Obras Públicas, y el general de Carabineros, José María
Sepúlveda, el Ministerio de Tierras. El almirante Raúl Montero Cornejo,
que ocupaba la cartera de Hacienda, reasume el comando de la
Armada.
31 de agosto
El almirante Montero Cornejo eleva su solicitud de retiro.
3 de setiembre
Allende rechaza la dimisión del almirante Montero Cornejo. El excandidato
presidencial demócrata cristiano, Radomiro Tomic, propone
un acuerdo entre el gobierno y el PDC, sosteniendo que “si no hay
pronto un cierto grado de acuerdo entre mi agrupación y el régimen de
Allende, nuevas y peores crisis amenazarán el orden constitucional”.
4 de setiembre
En un gigantesco acto de masas para celebrar el tercer aniversario de
las elecciones que le dieron la presidencia, Allende denunció una grave
conspiración contra su gobierno. “Nuestra principal tarea es derrotarla”,
dijo. En el acto se reunieron más de ochocientas mil personas.
5 de setiembre
Estalla públicamente la tirantez entre la Marina y el Ejecutivo, motivada
porque la Unidad Popular denuncia y respalda a los marinos y
suboficiales “flagelados bárbaramente”. Protesta del Consejo Provincial
Campesino de la provincia de Magallanes contra los institutos
castrenses por la violencia ejercida en los allanamientos a viviendas de
campesinos que apoyan a la Unidad Popular. En respuesta, el general
Manuel Torres de la Cruz declara que las Fuerzas Armadas no se darán
descanso en su afán de descubrir y sancionar a los “indignos chilenos
y a los indeseables extranjeros”, que guardan armas.
8 de setiembre
Denuncia el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) que
están en inminente proceso de ejecución dos proyectos de golpe de
Estado, de los que participan jefes y oficiales de las tres armas. De
13
uno de éstos, afirma, participa la Democracia Cristiana. El almirante
Raúl Montero y el vicealmirante José T. Merino desmienten haber
formulado exigencias al presidente Allende.
10 de setiembre
La Democracia Cristiana propone la renuncia de todo el Parlamento
y del presidente de la República “para permitir al pueblo que
elija soberanamente un nuevo jefe de Estado”. El diario El Siglo, del
Partido Comunista, llama a la “alerta máxima” y titula: “Cada trabajador,
un combatiente; ésta es la semana decisiva”.
11 de setiembre
Una Junta Militar integrada por el general Augusto Pinochet, el
almirante José T. Merino, el general del Aire, Gustavo Leigh y el
general de Carabineros, César Mendoza, exige la renuncia al presidente
Allende. Éste rechaza la intimidación y llama al pueblo en su
auxilio. La aviación y los tanques atacan el Palacio de La Moneda,
donde mueren Allende y algunos de sus colaboradores inmediatos.
Se lucha en Santiago y en varias ciudades del país. Triunfa la conspiración;
comienza el saqueo fascista.
14
ALLENDE POR ALLENDE*
Pertenezco a una familia que ha estado en la vida pública por muchos
años. Mi padre y mis tíos, por ejemplo, fueron militantes del
Partido Radical, cuando éste era un partido de vanguardia. Este
partido nació con las armas en la mano, luchando contra la reacción
conservadora. Mi abuelo, el doctor Allende Padín, fue senador
radical, vicepresidente del Senado y fundó en el siglo pasado la primera
escuela laica en Chile. En aquella época fue, además, serenísimo
gran maestro del orden masónico, lo que era más peligroso que hoy
ser militante del Partido Comunista.
Bien pronto, pese a pertenecer a una familia de la mediana burguesía,
dejé la provincia, Valparaíso, y vine a estudiar Medicina a Santiago.
Los estudiantes de Medicina, en aquella época, se encontraban en
las posiciones más avanzadas. Nos reuníamos para discutir los problemas
sociales, para leer a Marx, Engels, los teóricos del marxismo.
Yo no había frecuentado la Universidad buscando ansiosamente un
título para ganarme la vida. Milité siempre en los sectores estudiantiles
que luchaban por la reforma. Fui expulsado de la Universidad,
arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales.
Fui liberado, enviado al norte de Chile y después comencé en Valparaíso
mi carrera profesional.
Tuve muchas dificultades porque, aunque fui un buen estudiante y
me gradué con una calificación alta, me presenté, por ejemplo, a cuatro
concursos en los que era el único concursante y, sin embargo, los
cargos quedaron vacantes. ¿Por qué?: por mi vida estudiantil.
En Valparaíso tuve que trabajar duramente, en el único puesto
que pude desempeñar: asistente de Anatomía Patológica. Con estas
manos he hecho mil quinientas autopsias. Sé qué quiere decir amar
la vida y sé cuáles son las causas de la muerte.
Terminando mi trabajo de médico, me dedicaba a organizar el Partido
Socialista. Yo soy el fundador del Partido Socialista de Valpa-
* Salvador Allende en el umbral del siglo XXI (Frida Modak, coordinadora). Plaza y
Janés, Editores, México, 1998, pp. 1-7.
15
raíso. Me enorgullece haber mantenido, desde cuando era estudiante
hasta hoy, una línea, un compromiso, una coherencia. Un socialista
no podía estar en otra barricada que en aquella en la que yo he
estado toda mi vida.
En verdad, tuve influencia en mi formación de un viejo zapatero
anarquista que vivía frente a mi casa, cuando yo era estudiante secundario.
Además me enseñó a jugar ajedrez. Cuando terminaba
mis clases, atravesaba la calle e iba a conversar con él. Pero como
era un hombre brillante, no sólo me planteaba sus puntos de vista
sino que me aconsejó que leyera algunas cosas. Y empecé a hacerlo.
Cuando fui a la Universidad, ya había allí una inquietud mayor, y
también en esa época los estudiantes de Medicina representábamos
al sector menos pudiente, no como los abogados; los abogados, como
estudiantes, formaban parte de la oligarquía. Aquí hay tres abogados
chilenos, por eso lo digo.
Además, yo iba de provincia y desde esa época empecé a ver la diferencia
que existía en la Universidad y en la vida. Como médico, las
cosas se me fueron haciendo mucho más claras. No soy un gran teórico
marxista, pero creo en los fundamentos esenciales, en los pilares de esa
doctrina, en el materialismo histórico, en la lucha de clases.
Pero pienso que el marxismo no es una receta para hacer revoluciones;
pienso que el marxismo es un método para interpretar la
historia. Creo que los marxistas tienen que aplicar sus conceptos a
la interpretación de su doctrina, a la realidad y conforme a la realidad
de su país. Por ejemplo, yo era tan marxista como ahora en
el año 1939, y fui, durante tres años, ministro de Salubridad de un
gobierno popular. Soy fundador del Partido Socialista, que es un
partido marxista, y llevo dos años en el gobierno. Pero ya lo he
dicho: no soy presidente del Partido Socialista, ni mi gobierno es
un gobierno marxista.
Yo he sido candidato cuatro veces: en el ‘51, para mostrar, para
enseñar, para hacer comprender que existía un camino distinto de
aquel que estaba establecido, incluso por el Partido Socialista, del
cual yo a partir de ese momento fui expulsado por no haber aceptado
esa línea. Expulsado del Partido Socialista entré en contacto con
un Partido Comunista que estaba en la ilegalidad. Y así nació el
embrión de aquello que es hoy la Unidad Popular: la alianza socialista-
comunista. Un pequeño grupo socialista que yo representaba y
los comunistas, que estaban en la ilegalidad.
16
En el ‘51 recorrí todo Chile sin ninguna ilusión electoral, pero para
decirle al pueblo que la gran posibilidad consistía en la unidad de los
partidos de la clase obrera, incluso con partidos de la pequeña burguesía.
La fuerza de esta idea, nacida en el ‘51, se manifestó de
manera poderosa en el año ‘58.
En el ‘58 yo perdí las elecciones por treinta mil votos. En el ‘64,
hubiéramos vencido, si hubieran sido tres los candidatos, Pero el
candidato de la derecha, que era radical, prácticamente se retiró, y
quedamos el señor Frei y yo. Y la derecha, apoyó a Frei.
Con esto quiero subrayar que por tantos años yo he tenido un
diálogo constante y permanente con el pueblo a través de los partidos
populares. Y en esta última campaña organizando los comités de
la Unidad Popular en cada fábrica, en los cuarteles, en las calles, en
todas partes habíamos formado comités, escuelas, liceos, industrias,
hospitales. Éstos han sido los vehículos, los contactos, los tentáculos
del pensamiento de la Unidad Popular con el pueblo.
Es por ello que, aunque los medios de información eran tan restringidos,
pudimos alcanzar esta victoria de hoy. Se puede usar, aquí,
una expresión no política, pero clara: la cosecha de la victoria es
fruto de la siembra de muchos años. En el año 1958, el FRAP —que
entonces se llamaba así: Frente de Acción Popular— venció en la
votación masculina. Yo vencí en la votación masculina y perdí en la
de las mujeres.
En 1964, no obstante que Frei fue apoyado por los sectores de la
derecha, en el voto masculino quedamos en igualdad, Pero él me
ganó, por un porcentaje muy elevado, entre las mujeres. Después de
eso, en el ‘70, la verdad es que Alessandri y Tomic habían obtenido
más votos que yo en proporción, en el sector femenino. Yo triunfé de
lejos, entre los hombres.
Ahora, en el ‘58, las condiciones eran distintas. La Unidad Popular,
en aquella época, era representada sobre todo por socialistas y
comunistas. Y aun si hubiéramos ganado —gracias al voto masculino—
la composición del Congreso era distinta de la actual. Los partidos
Conservador, Liberal y Radical eran la mayoría. No había ninguna
posibilidad, aun con el apoyo demócrata-cristiano, de que yo venciese
al Congreso.
Todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en Chile, de modo tal
de asegurar la victoria de Alessandri. Además, existía una tradición
según la cual el Congreso siempre ratificó a quien venciera en las
17
elecciones. Cuán difícil era suponer que un Congreso en el cual no
teníamos la mayoría, hubiera podido romper con esta tradición,
para elegir —en el ‘58— un candidato socialista apoyado exclusivamente
por el Partido Comunista. Si nosotros hubiésemos lanzado
al pueblo a la lucha, se habría desatado una represión violenta.
Aunque es cierto que el presidente Ibáñez personalmente expresó
simpatía por mi candidatura, no intervino ni me apoyó decididamente.
Ni yo le pedí eso. No había ninguna condición, ninguna posibilidad
concreta.
Ahora, sí creo que hemos demostrado conciencia política. Aquella
misma noche yo les dije a los trabajadores que habíamos perdido
una batalla, pero no la guerra. Y debíamos seguir preparándonos.
Creo que este precedente, entre otros, es lo que ahora me permite
tener autoridad moral. La gente sabe que soy un político realista y
que, además, mantengo las promesas.
Hace más de treinta años, me correspondió participar en forma
activa en la erección del Frente Popular, movimiento unitario de
izquierda que, con el sacrificio de legítimas aspiraciones de los
partidos de la clase obrera —como el Socialista—, hizo posible el
triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda, en cuyo gobierno tuve
el honor de ser ministro de Salubridad, como personero de mi colectividad.
En 1952, en momentos difíciles para la clase trabajadora y sus
colectividades políticas, enfrenté la dura tarea de encabezar un movimiento
de esclarecimiento ideológico, asumiendo su representación
en una contienda sin posibilidad alguna de buen éxito electoral.
En 1958 y en 1964, fortalecido ya el proceso iniciado en 1951, me
correspondió personificar al Frente de Acción Popular en dos campañas
presidenciales, que si bien no culminaron en la conquista del
poder, contribuyeron de manera decidida a esclarecer y ampliar el
proceso revolucionario.
El esfuerzo para unificar los partidos populares tiene ahora importancia
aún más relevante.
La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un gobierno
diferente; es la conquista del poder para el pueblo, precisamente
después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo demócrata-
cristiano y cuando aún están a la vista los resultados del
anterior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional.
18
El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar
la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en
el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevolucionarias
y de la que es gráfica demostración el informe del gobernador
Rockefeller.
Bolívar decía: “Los Estados Unidos quieren sujetarnos en la miseria
en nombre de la libertad”. Y Martí ha dicho frases mucho más duras.
No quiero repetirlas, porque en realidad yo distingo entre el pueblo
norteamericano y sus pensadores y la actitud a veces transitoria de algunos
de sus gobernantes y la política del Departamento de Estado y
los intereses privados que han contado con apoyo norteamericano.
En realidad, la Doctrina Monroe consagró un principio: “América
para los americanos“. Pero éste no ha sido efectivamente observado,
porque en América del Norte hay un desarrollo económico que no
hay en Centro y Sudamérica. El problema no ha sido resuelto sobre
base de igualdad de intereses. Defender el principio de “América
para los americanos” a través de su Doctrina Monroe ha querido
decir siempre “América para los norteamericanos”.
Conocemos bien el drama de América del Sur, que siendo un continente
potencialmente rico, es un continente pobre, fundamentalmente
por la explotación de que es víctima por parte del capital privado
norteamericano.
Nosotros luchamos fundamentalmente por la integración de los
países latinoamericanos. Creemos que es justo el camino indicado
por los padres de la patria, que soñaron la unidad latinoamericana
para poder disponer de una voz continental frente al mundo. Esto naturalmente
no impide que miremos no sólo con simpatía sino también
en profundidad el significado de la presencia del pensamiento del
Tercer Mundo. Podría sintetizar mi pensamiento en respuesta a su
pregunta diciendo que luchamos antes que nada por hacer de América
un auténtico continente en sus realizaciones y por ligarnos cada
vez más a los países del Tercer Mundo. Es claro que creemos que el
diálogo es fundamental. Los pueblos como el nuestro luchan por la
paz y no por la guerra; por la cooperación económica y no por la
explotación, por la convivencia social y no por la injusticia.
Si el hombre de los países industrializados ha llegado a la Luna,
es porque ha sido capaz de dominar la naturaleza. El problema
es que, si bien es justo que el hombre ponga los pies sobre la
Luna, es más justo que los grandes países —para hablar simbó19
licamente— pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay
millones de seres humanos que sufren hambre, que no tienen trabajo
que no tienen educación.
Por eso pienso que el hombre del siglo XXI debe ser un hombre con
una concepción distinta, con otra escala de valores, un hombre que
no sea movido esencial y fundamentalmente por el dinero, un hombre
que piense que existe para la fortuna una medida distinta, en la
cual la inteligencia sea la gran fuerza creadora.
Quiero decirle que tengo confianza en el hombre, pero en el hombre
humanizado, el hombre fraterno y no el que vive de la explotación
de los otros.
La tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia
histórica que, si no se cumple con prontitud, incontenibles tensiones
sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso
del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado
que han tenido y tienen las huelgas del Poder Judicial y del Regimiento
Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil no se apaga sino con su
presencia activa y creadora en la construcción del socialismo.
Si los partidos que reivindican para sí la responsabilidad de vanguardia
no son capaces de cumplir adecuada y unitariamente su
papel revolucionario, surgirán en forma inevitable la insurgencia
desesperada o la dictadura como proyección de la insuficiencia cada
vez más notoria del régimen.
No es el camino de la asonada, sin conducción política responsable,
la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucionarios.
Luchamos por crear el más amplio y decidido movimiento antimperialista,
destinado a que se cumpla la revolución chilena. Los
emboscados que hubieran podido llegar hasta nosotros serán aplastados
por la clarividencia revolucionaria del pueblo. No somos sectarios
ni tampoco excluyentes; somos y seremos, sí, exigentes, para
que en Chile el pueblo no aparezca burlado en sus ansias de independencia
económica y política.
La dictadura contrarrevolucionaria no será capaz, por cierto, de
abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuerza,
la legitima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes.
El cuadro nacional nuestro es muy claro. La frustración se expresa
desde el intelectual al campesino, y la juventud busca tácticas de
lucha que señalan su decisión de desafiar resueltamente el actual
estado de cosas, aunque aquéllas no sean las más convenientes para
20
el desarrollo orgánico del proceso revolucionario. Quienes tenemos
serias responsabilidades en el movimiento popular y hemos fundido
nuestra suerte con la suya, nos hallamos más obligados aún para asumir
una actitud de desprendimiento y de consecuencia moral.
Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde
vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo “el compañero
Allende”.
21
CUBA Y LA REVOLUCIÓN
LATINOAMERICANA*
Rendimos homenaje a las milicias inmoladas hace siete años en el
asalto al cuartel Moncada y lo hacemos expresando que los sectores
populares de Chile, la inmensa mayoría del pueblo, siente, comparte
y vive los ideales de la Revolución Cubana. Tal hecho no puede ser
extraño para nadie porque en la conciencia del pueblo chileno existe
la inmensa y profunda convicción de que América Latina está
viviendo uno de los minutos más trascendentales de su historia; que
las revoluciones mexicana y boliviana señalaron ya una etapa, y que
la cubana marca con caracteres imborrables un proceso de superación
al dar sólidos pasos hacia la plena independencia económica y
señalar, con su lucha, el camino que han de seguir los pueblos latinoamericanos
para afianzar y acelerar la evolución política, económica
y social que los lleve a ser auténtica y definitivamente libres.
Nosotros hemos expresado reiteradamente que, con estrategia y
tácticas distintas, tal proceso deberá aflorar en los diversos países
de América Latina para terminar con la etapa de vasallaje político,
de explotación económica para poner fin a la angustia, el hambre y
la miseria de los miles y miles de hombres de esta parte del hemisferio;
para detener la voracidad implacable del imperialismo; para
poner fin al régimen feudal de explotación de nuestras tierras, en
resumen: para hacer posible el desarrollo económico y el cambio
político capaces de crear un porvenir de dignidad y grandeza para
el pueblo latinoamericano.
Por eso, los hombres de nuestras naciones miran con profundo
interés la Revolución Cubana, pues es un símbolo antimperialista y
antifeudal.
La revolución latinoamericana, con características distintas en
su táctica y estrategia —repito— en cada uno de nuestros pueblos
* Discurso pronunciado por el doctor Salvador Allende en el Senado de la República
de Chile, el 27 de julio de 1960, en homenaje al séptimo aniversario del asalto al
cuartel Moncada. Salvador Allende en el umbral del siglo XXI (Frida Modak, coordinadora).
Plaza y Janés, Editores, México, 1998, pp. 293-296.
SALVADOR ALLENDE
22
tendrá, como fondo indiscutible, una lucha emancipadora en lo
económico, una frontal batalla contra el imperialismo y un combate
decisivo contra el régimen feudal de explotación de la tierra y del
trabajador del agro.
La revolución latinoamericana —pensamos y lo hemos dicho—
deberá ser, además de antimperialista y antifeudal, democrática, a
fin de que la sientan, compartan y comprendan las masas ciudadanas.
Deberá ser profundamente humana, al preocuparse de la realidad
de la vida opaca, gris, sin destino ni juventud del hombre común
latinoamericano, y darle un futuro de trabajo, salud y educación.
Por ello no puede extrañar a nadie que a lo largo y ancho de
América del Sur exista un pensamiento solidario y de lealtad hacia
Cuba, su gobierno y su revolución.
He estado en tres oportunidades en esa nación y me enorgullezco de
decirlo. He sido testigo presencial de cómo es un pueblo movilizado
material y espiritualmente, al sentirse interpretado por su gobierno en
la etapa fecunda de una realización con características dramáticas de
urgencia, pero con estabilidad permanente por su alcance y contenido.
He tenido ocasión de estar en otros países y de asistir a actos políticos
en los Estados Unidos. Lo he hecho, también, en diversos países
de América Latina, como Uruguay, Perú, Argentina, Venezuela. Estuve
en el estadio Dinamo de Moscú. Fui testigo presencial de la celebración
del quinto aniversario de la revolución en la República Popular
China, y allí vi desfilar a setecientas mil personas. Pero nunca he
visto, en proporción al número de habitantes, a un pueblo movilizado
como lo vi en La Habana el 26 de julio del año pasado y como lo vi
este año el primero de mayo. Ello sólo puede lograrse cuando un gobierno
ha creado un sentido místico, cuando ha sido capaz de darles a
los ciudadanos una gran tarea colectiva, al servicio de la patria.
En los actos del primero de mayo del año pasado estaban convocando
los guajiros, o sea, los campesinos. Los vi desfilar por las calles
de La Habana —ciudad calificada anteriormente como una especie
de ‘cabaret’ flotante— con expresiones dignas, conscientes de lo que
significaban ahora, en esta etapa de la historia de su patria libre. La
concentración fue un hecho inolvidable. En una gran explanada,
cuatrocientos o quinientos mil campesinos, con sus casacas blancas,
con sus grandes sombreros de paja, con sus machetes al cinto,
y allá, destacándose a la distancia, la estatua de Martí parecía tomar
vida y, desde el silencio sonoro, volvían sus palabras a señalar
23
el camino del sacrificio y la victoria. Cuando golpeaban los machetes
—formas que tienen los campesinos de expresar su adhesión a
las palabras de Fidel Castro—, yo sentía el anuncio de lo que esos
sonidos sembraban en América: la Reforma Agraria.
Este año vi a un pueblo organizado, consciente, no una masa humana
reunida espontáneamente, con fervor instintivo, como la de
los campesinos de la vez anterior. Ahora se trata de un pueblo organizado,
disciplinado, absolutamente consciente de la gran tarea que
debe realizar. Las consignas, los gritos y, sobre todo, la alegría de
esa inmensa multitud —más de setecientas mil personas—, están
señalando de qué manera están fundidos pueblo y gobierno, revolución
y pueblo, revolución y gobierno.
He visto en Cuba las más grandes demostraciones de masas posibles
de imaginar.
Contrasta lo que yo he visto, lo que he leído, lo que he aprendido
de lo realizado por la Revolución Cubana, con la inmensa, con la
brutal, con la descompuesta, con la intencionada propaganda que,
por medio de las agencias informativas internacionales, día a día y
minuto a minuto se lanza contra la Revolución. Me parece innecesario
destacar de qué manera la UPI, la AP y las agencias informativas
controladas por el capital norteamericano han deformado y
deforman lo ocurrido en Cuba. Tan sólo es comparable este tipo de
información con la existente cuando se avecinaba ese gran atraco
internacional perpetrado años atrás en contra de Guatemala.
Juan José Arévalo, el maestro presidente, nos definía a su país
como el del 70 % de porcentaje de analfabetos, de palúdicos, de
descalzos y del presupuesto invertido en gastos militares.
La propaganda de ese entonces es la misma desatada hoy día,
desde hace meses, en contra de Cuba.
Ayer era Guatemala el polvorín comunista que ponía en peligro
la hermandad americana. Hoy es Cuba.
Ayer y hoy el Departamento de Estado norteamericano defiende,
impúdicamente y por los peores métodos de presión económica y
atropello, los intereses de sus connacionales, su influencia política.
Ayer y hoy muchos gobiernos de Latinoamérica aceptan dócil y
servilmente la voz de orden del poderoso país del norte.
Como siempre, la raída bandera del anticomunismo se esgrime
para atentar en contra de la soberanía de los pueblos: ayer, contra
Guatemala; hoy, contra Cuba.
24
Querido Presidente.
Revolucionarios chilenos.
Chilenos todos:
El presidente nos ha dejado tan impactados con sus palabras que
tenemos que serenarnos un poquitico. El presidente ha dicho palabras
emocionantes y valientes, analizando algunas cuestiones de actualidad.
Pero, en mi caso, aunque en estos días haya estado con
alguna actualidad, soy un visitante que no debo ocuparme de tales
actualidades, Debemos y podemos hablar de otras actualidades que
son comunes a los intereses de todos nuestros pueblos. Debemos y
podemos ocuparnos de otras cuestiones que son comunes a todos los
procesos revolucionarios.
Hay una pregunta, muy común en los chilenos, que nos hemos encontrado
en casi todas partes, y que revela ese gran espíritu patriótico de
los chilenos y un poco también el orgullo patriótico de los chilenos. Y es
que se llenan los pulmones de aire, suspiran profundo, y preguntan:
“¿Qué le parece a usted este país? ¿Qué impresiones tiene usted de este
país?” Aun cuando sepan lo que a uno le parece, aun cuando conozcan
de antemano las impresiones. O como cuando preguntan: “¿Cómo lo
han tratado en este país?” Aun cuando puedan conocer la respuesta de
nuestros sentimientos hacia los que aman verdaderamente este país.
Pero, desde luego, sobre impresiones se pueden decir muchas cosas,
que vayan desde la majestuosidad de las montañas, o el azul del
cielo, o la belleza de la Luna, los recursos naturales, sus paisajes
DISCURSO DEL PRIMER MINISTRO DEL
GOBIERNO REVOLUCIONARIO DE CUBA,
COMANDANTE FIDEL CASTRO, EN EL ACTO
DE DESPEDIDA QUE LE BRINDÓ
EL PUEBLO DE CHILE EN EL ESTADIO
NACIONAL, SANTIAGO DE CHILE,
DICIEMBRE 2 DE 1971*
* Cuba-Chile. Comisión de Orientación Revolucionaria. Comité Central del Partido
Comunista de Cuba, La Habana, 1972, pp. 473-478.
25
impresionantes. Pero nosotros no somos geólogos ni somos naturalistas.
Y lamentablemente, de poeta sólo tenemos aquello que dice el
refrán, que a todos nos atribuye un poco de poeta y de loco. Me
imagino que los chilenos hayan conocido también ese refrán.
En cambio, hay cuestiones que nos interesan mucho más: nos interesa
el paisaje humano por encima de todo, nos interesa el pueblo
por encima de todo, nos interesan los chilenos por encima de todo
(Aplausos).
Si a algo hemos dedicado nuestra vida es a la cuestión humana, a
la cuestión social, a la cuestión revolucionaria. Si algo nos despierta
el interés por encima de todo es la lucha de los pueblos y de los
hombres, es la marcha histórica de la humanidad, desde que el hombre
vivía en hordas primitivas al hombre de hoy. Si algo nos interesa
es el espectáculo vivo de un proceso en sus momentos críticos.
Porque la marcha de la humanidad ha sido lenta. En ocasiones la
marcha se detiene. En ocasiones incluso retrocede. Pero también en
ocasiones se acelera. Ésos son los momentos de crisis, ésos son momentos
de revoluciones. Hemos visitado a Chile no como turistas.
Hemos visitado a Chile como revolucionarios, como amigos (Aplausos),
como solidarios de este proceso y de este país. Y en esto
permítasenos una pequeñita discrepancia con el presidente, pero no
una discrepancia constitucional ni protocolar, sino simplemente conceptual.
Él dijo que no habíamos venido ni a aprender ni a enseñar.
Y la discrepancia es que si bien estamos absolutamente de acuerdo
en que no vinimos a enseñar —y no sé qué clase de miedo tenían
esos que andaban con los libelitos diciendo que no tenía nada que
enseñarles, y que tal vez reflejaban una especie de complejo, un miedo
subconsciente—, sin embargo decimos con toda franqueza que
hemos venido a aprender.
Pero nadie piense que hemos venido a aprender algunas de las
cosas que nos aconsejaban algunos libeluchos o algunos sesudos de
las teorías políticas reaccionarias, que decían qué bueno que veníamos
a aprender de elecciones, de parlamento, de libertades determinadas
de prensa, etcétera. ¡Muy interesante la cuestión! Pero ya
nosotros aprendimos bastante de todo eso. Durante cincuenta años
conocimos muchas de esas libertades burguesas, capitalistas, y conocimos
sus instituciones demasiado bien, Y no es que digamos que
no sean buenas. También en su época fue buena la democracia griega.
También en su época significó un extraordinario adelanto de la
26
sociedad humana la república romana, con sus millones de esclavos,
sus circos de gladiadores y sus cristianos devorados por leones.
También el medioevo se consideró un avance sobre la esclavitud primitiva,
a pesar de la servidumbre feudal. También la Revolución
Francesa- histórica, famosísima, significó un avance sobre la sociedad
medieval y las monarquías absolutas que en un tiempo llegaron
a gozar de prestigio. Y fueron consideradas altas instituciones en la
marcha del progreso humano. Y existieron incluso los llamados “déspotas
ilustrados”.
De manera que el advenimiento de una forma nueva de producción
y la creación de nuevas relaciones de producción y de propiedad
y de apropiación de los productos determinaron el nacimiento
de todas esas superestructuras, que fueron consideradas buenas en
un momento dado de la marcha de la humanidad,
Pero quienes pretendan que alguna sociedad o algún sistema social
y la superestructura que tal sistema social representa sean eternos,
se equivocan, porque eso está desmentido absolutamente por la
historia. Y a una forma social sucedió otra; y a esa, otra; y a esa,
otra. Y cada vez por una forma social superior.
La burguesía, incluso en su época, cuando no existía el proletariado,
fue revolucionaria, fue una clase revolucionaria, y dirigió al
pueblo en la lucha por una forma social nueva y dirigió a los campesinos,
que eran siervos de los feudales, y dirigió a los artesanos. No
existía el proletariado. Y la sociedad humana continuó su marcha.
Pretender que esa forma que surgió hace dos siglos, pretender
que esa forma es eterna, pretender que es la máxima expresión del
avance humano, pretender que con ello culminó el progreso de la
humanidad, no constituye desde el punto de vista histórico y científico
sino una completa ridiculez.
Pero, además, todas las sociedades, todos los sistemas sociales caducos,
cuando estaban próximos a ser abolidos se defendieron. Y se
defendieron con tremenda violencia a lo largo de la historia.
Ningún sistema social se resignó a desaparecer de motu proprio.
Ningún sistema social se resignó a las revoluciones. Y, desde luego,
por eso nosotros decíamos que alguna vez fueron buenos. Sólo que
hoy están condenados por la historia, están sencillamente caducos,
son sencillamente anacrónicos. Y los anacronismos existen mientras
pueden existir. Los anacronismos subsisten mientras los pueblos no
tienen fuerza suficiente para cambiarlos. Los anacronismos subsis27
ten simplemente mientras no puedan ser cambiados. Pero el que no
puedan ser cambiados en un momento dado de un proceso no significa
históricamente que serán eternos.
En nuestro país, que conocimos aquellas formas del estado de explotación,
aquellos instrumentos de que se valieron los explotadores
para reprimir a los explotados, sus instituciones han sido cambiadas.
¿Es acaso un secreto? ¿ Es acaso un secreto los cambios que han
ocurrido en Cuba?
Y nosotros en la Universidad Técnica, respondiendo a una pregunta,
decíamos que, efectivamente, nosotros no éramos demócratas
representativos. ¡No éramos demócratas representativos! ¡Y
mucho menos cuando ustedes saben perfectamente bien a quienes se
les ha llamado demócratas representativos en este continente!
Y nosotros decíamos: en nuestro país nuestro pueblo no necesita
que lo represente nadie, porque el pueblo se representa a sí mismo.
En nuestro país se han producido cambios muy profundos, ¡muy
profundos!, e incluso difíciles de comprender a distancia. Y muy difícil
de comprender sobre todo a través del prisma de la mentira y de
la calumnia, en que tanto se han especializado a lo largo de la historia
los reaccionarios. Porque hay una diferencia entre el revolucionario
y el reaccionario. Y es que el revolucionario no miente. ¡El
revolucionario no puede mentir! El revolucionario vive de convicciones
íntimas, de motivaciones profundas. Y la mentira es una violación
del carácter, la mentira es una violación de los sentimientos
más íntimos del hombre. La mentira es el arma de los que no tienen
razón. La mentira es el arma del que desprecia a los demás y, sobre
todo, desprecia al pueblo.
¡El arma del revolucionario es la verdad! ¡El arma del revolucionario
es la razón! ¡El arma del revolucionario la idea! ¡El arma del
revolucionario es el pensamiento! ¡El arma del revolucionario es la
conciencia! ¡El arma del revolucionario es la cultura! ¡El arma del
revolucionario contemporáneo es la interpretación correcta de las
leyes científicas que rigen la marcha de la sociedad humana!
¡Nosotros no mentimos ni mentiremos jamás! Y no tememos enfrentarnos
en el campo de las ideas a ningún adversario. La verdad
siempre saldrá victoriosa a la larga. Y la tarea del revolucionario
es, en primer término, armar los espíritus, ¡armar los espíritus! Incluso
ningún arma física tiene ningún valor si antes no están bien
armados los espíritus.
28
No intentamos siquiera que desde tal distancia se puedan comprender
los problemas de nuestro país. No lo intentamos. No es incluso
una cuestión fundamental. Pero sólo decimos que cuando
hablamos de que si vinimos a aprender, no veníamos a aprender cosas
caducas y anacrónicas en la historia de la humanidad. Ni nos
interesa fundamentalmente el día o la hora, el cómo o el cuándo los
pueblos deciden barrer los anacronismos. Nadie los barrerá en ninguna
parte en tanto no puedan. Nadie puede barrerlos antes de tiempo.
Y ojalá siempre sean barridos lo más pronto posible.
Hemos venido a aprender en un proceso vivo. Hemos venido a
aprender cómo se comportan las leyes de la sociedad humana. Hemos
venido a ver algo extraordinario, algo extraordinario: en Chile
está ocurriendo un proceso único. Algo más que único: ¡insólito!,
¡insólito! Es el progreso de un cambio. Es un proceso revolucionario
donde los revolucionarios tratan de llevar adelante los cambios
pacíficamente. Un proceso único, prácticamente el primero en la
historia de la humanidad —no decimos en la historia de las sociedades
contemporáneas—, único en la historia de la humanidad, donde
tratan de llevar a cabo el proceso revolucionario por los cánones
legales y constitucionales, mediante las propias leyes establecidas
por la sociedad o por el sistema reaccionario, mediante el propio
mecanismo, mediante las propias formas que los explotadores crearon
para mantener su dominación de clase.
Entonces, es realmente algo único, algo insólito.
¿Y cuál fue nuestra actitud? Nosotros los revolucionarios, que no
hicimos nada único ni hicimos nada insólito… Porque los revolucionarios
cubanos tenemos, si acaso, el mérito de haber sido la primera
revolución socialista de América Latina (Aplausos). Pero no tenemos
el mérito de haberlo hecho en forma insólita y única.
¿Pero cuál ha sido nuestra actitud? La de solidaridad con ese
proceso. La de nuestra solidaridad con los hombres que quieren llevar
ese camino. Nuestra comprensión, nuestro apoyo moral, nuestra
curiosidad, nuestro interés.
Porque es, como hemos dicho en otras ocasiones, que no son los
revolucionarios los inventores de la violencia. Fue la sociedad de
clases a lo largo de la historia la que creó, desarrolló e impuso su
sistema siempre mediante la represión y la violencia. Los inventores
de la violencia fueron en todas las épocas los reaccionarios. Los que
impusieron a los pueblos la violencia fueron en todas las épocas los
reaccionarios.
29
Y nosotros observamos, y el mundo observa, con enorme interés,
cómo se desarrolla este proceso chileno en las circunstancias actuales
del mundo, incluso dentro de la actual correlación de fuerzas
del mundo.
Ahora, para nosotros eso constituye un acontecimiento extraordinario.
Nos preguntaron en algunas ocasiones —de un modo académico—
si considerábamos que aquí tenía lugar un proceso revolucionario.
Y nosotros dijimos sin ninguna vacilación: ¡Sí! Pero cuando
se inicia un proceso revolucionario, o cuando llega el momento en
un país en que se produce lo que podemos llamar una crisis revolucionaria,
entonces las luchas y las pugnas se agudizan tremendamente.
Las leyes de la historia cobran su plena vigencia. Y cualquiera
que haya vivido en este país tres semanas, cualquiera que haya visto
y analizado los factores, las medidas primeras tomadas por el gobierno
de la Unidad Popular —medidas que golpearon fuertemente
a poderosos intereses imperialistas, medidas que culminaron con la
recuperación de riquezas fundamentales del país, medidas que se
caracterizaron por el avance de las áreas sociales, medidas que se
caracterizaron por la aplicación de una ley de reforma agraria (que
no la hizo el gobierno de Unidad Popular, y que fue una ley de reforma
agraria concebida con otros objetivos: una ley de reforma agraria
muy limitada, y realmente muy tibiamente aplicada cuando se
aprobó), esas medidas han comprobado, puede decirse, la gran verdad
histórica de que el proceso de cambios genera una dinámica de
lucha. Y las medidas realizadas ya, y que constituyen el inicio de un
proceso, han desatado la dinámica social, la lucha de clases; han
desatado la ira y la resistencia —como en todos los procesos sociales
de cambio— de los explotadores, de los reaccionarios. Ahora
bien: la cuestión que obviamente se plantea —visto por un visitante
este proceso— es si acaso se cumplirá o no la ley histórica de la
resistencia y de la violencia de los explotadores. Porque hemos dicho
que no existe en la historia ningún caso en que los reaccionarios,
los explotadores, los privilegiados de un sistema social, se
resignen al cambio, se resignen pacíficamente a los cambios.
De manera que ésta es una cuestión a nuestro juicio esencial, y un
aspecto que ha ocupado nuestro interés, y algo en lo cual hemos
estado aprendiendo, y aprendiendo mucho en estos días. Sí, señores,
sobre todo los que me pedían que viniera a aprender: ¡he aprendido
30
mucho!; cómo funcionan las leyes sociales, cómo funciona un proceso
revolucionario; cómo reacciona cada sector y cómo luchan las
diversas fuerzas (Aplausos). Lo hemos vivido. Y lo hemos vivido aun
en nuestra propia piel. Y no porque me hayan atravesado la piel con
ninguna pedrada, o con ningún balazo, o porque me hayan quemado
un pelo —no he visto pasar ni de lejos una piedra. He sentido, como
visitante, como amigo, como solidario, he sentido otro tipo de agresiones
harto conocidas: de insultos, de campañas.
No somos también ajenos posiblemente a la agudización de algunos
problemas. Y quizás hasta incluso nuestra visita constituyera un
elemento de estímulo a los que querían crear dificultades al gobierno
de la Unidad Popular. En un momento en que realmente había
aquí, se dice, cientos y cientos de periodistas de todo el mundo para
reportar sobre esta visita; en un momento en que en el mundo entero
—en todos los países de Europa, de Asia, de África, de América Latina—
se hablaba de esta visita, de este encuentro entre chilenos y
cubanos, de este encuentro entre dos procesos que se iniciaron en
formas tan diferentes, cuando Chile y la imagen chilena recorrían
ampliamente el mundo, es obvio que eso podía producir cierta irritación,
cierto malestar, cierto exacerbamiento, y condujera a la aceleración
de determinadas actitudes.
De modo que como visitante he recibido en nombre del pueblo de
Cuba extraordinarias pruebas de afecto. Pero hemos tenido oportunidad
de apreciar y de ver cómo se manifiestan estos fenómenos.
Indiscutiblemente que quien visitaba este país no era Benito
Mussolini (Abucheos). Quien visitaba este país no era Adolfo Hitler
(Abucheos) Quien visitaba este país no era un fascista. Quien visitaba
este país no era un instrumento de los monopolios yanquis. Quien
visitaba este país no era un amigo de los poderosos y de los privilegiados.
¡Quien visitaba este país era un amigo de los humildes, un
amigo de los trabajadores, un amigo de los campesinos, un amigo de
los estudiantes, un amigo de los pueblos! (Exclamaciones de: ¡Fidel,
Fidel!).
Por eso cuando nosotros hablábamos y cambiábamos impresiones
con los compañeros chilenos a raíz de la invitación del presidente,
y nos preguntaban qué deseábamos ver, pues nosotros les
decíamos: deseamos conocer las minas, el salitre, el cobre, el hierro,
el carbón, los centros de trabajo, los centros agrarios, las universidades,
las organizaciones de masas, los partidos de izquierda; de31
seamos hablar con los revolucionarios y hablar incluso con aquellos
que aunque no se pueden considerar revolucionarios son personas
decentes (Aplausos). No se nos podía ocurrir otra cosa.
Y, efectivamente, se organizó ese tipo de visita.
Pero, ¿por qué? ¿Por qué? Porque nosotros sabemos dónde están
nuestros amigos, en qué clase social. Y nosotros sabemos que donde
están los obreros y los campesinos y los humildes están nuestros
amigos (Aplausos).
Y por eso el recibimiento que hemos tenido en todos los pueblos,
en todas las universidades, en los campos; el recibimiento extraordinariamente
afectuoso que hemos tenido en todos los centros de
trabajo, ¡en todos!, sin una sola excepción. Ni aun en aquellos sitios
donde los reaccionarios se empeñaron más en deformar la conciencia
del obrero. ¡Ni en esos!
El espíritu del obrero, del hombre humilde, del creador de las riquezas
con su sudor y con sus manos, fue el mismo espíritu que dicen
las leyes de la historia.
Por eso nosotros tuvimos la oportunidad de comprobar ese fenómeno
y cómo se produce el fenómeno, a pesar del extraordinario
diluvio de campañas, de calumnias, de mentiras, que las agencias
cablegráficas de los monopolios yanquis han regado sobre Cuba. Y
sin embargo, ¿de qué sirvió todo eso?
Desde luego, no podíamos nosotros ni siquiera imaginarnos, y
habría que estar absolutamente locos para creer que íbamos a ser
recibidos afectuosamente por los intereses opuestos de los obreros,
de los campesinos y de los humildes de país. Nosotros no íbamos
a ser bien recibidos por los poderosos, los terratenientes, los
reaccionarios.
En dos palabras, chilenos: nosotros no esperábamos ser bien recibidos
por los fascistas.
Pero, repito, hemos aprendido otra cosa: hemos aprendido la comprobación
más de otra ley de la historia: hemos visto el fascismo en
acción. Y hemos podido comprobar un principio contemporáneo:
que la desesperación de los reaccionarios, la desesperación de los
explotadores en el mundo de hoy —como ya se ha conocido nítidamente
por la experiencia histórica— tiende hacia las formas más
brutales, más bárbaras de violencia y de reacción.
Todos conocen la historia del fascismo en diversos países, en los
países que fueron la cuna de ese movimiento, cómo surgieron, y cómo
32
los privilegiados, los explotadores, cuando aun sus propias instituciones
inventadas y creadas por ellos para mantener el dominio de
clase no les sirven, las destruyen ellos mismos. Inventan una legalidad,
inventan una constitución, inventan un parlamento. Cuando digo
inventan una constitución, digo: inventan una constitución burguesa,
porque las revoluciones socialistas establecen sus propias constituciones
y sus propias formas de democracia.
Pero, ¿qué hacen los explotadores cuando sus propias instituciones
ya no les garantizan el dominio? ¿Cuál es su reacción cuando
los mecanismos con que han contado históricamente para mantener
su dominio les fracasan, les fallan? Sencillamente, los destruyen.
No hay nadie más anticonstitucional, más antilegal, más
antiparlamentario y más represivo y más violento y más criminal
que el fascismo (Aplausos). El fascismo, en su violencia, liquida
todo: arremete contra las universidades, las clausura y las aplasta;
arremete contra los intelectuales, los reprime y los persigue;
arremete contra los partidos políticos; arremete contra las organizaciones
sindicales; arremete contra todas las organizaciones de
masas y las organizaciones culturales. De manera que nada hay
más violento ni más retrógrado ni más ilegal que el fascismo. Y
nosotros hemos podido ver en este insólito y único proceso cómo
se manifiesta esa ley de la historia, que los reaccionarios, los explotadores
en su desesperación, apoyados fundamentalmente desde
el exterior, generan y desarrollan este fenómeno político, esa
corriente reaccionaria que es el fascismo.
Y lo decimos con toda franqueza que hemos tenido la oportunidad
de aprender y de ver el fascismo en acción (Aplausos). Y sinceramente
creemos que no habrá nada que pueda enseñarnos tanto a
nosotros como esta visita. Pero también se dice que no hay nada que
enseñe a los pueblos tanto como un proceso revolucionario. Todo
proceso revolucionario enseña a los pueblos en unos meses lo que a
veces dura decenas de años en aprender. Hay una cuestión: ¿quién
aprenderá más y más pronto? ¿Quién tomará más conciencia y más
pronto? ¿Los explotadores o los explotados? ¿Quiénes aprenderán
más rápidamente en este proceso? ¿El pueblo o los enemigos del
pueblo? (Exclamaciones de: ¡El pueblo!). ¿Y están ustedes completamente
seguros, ustedes que son protagonistas, que son actores de
esta página que escribe su patria; están completamente seguros de
que ustedes han aprendido más que sus explotadores? (Exclamaciones
de: ¡Sí!).
33
Permítanme entonces discrepar en este caso de la masa (Aplausos).
Mañana dirán en algún cintillo, en algún lugar del mundo las
agencias: “Discrepa Castro de la masa”. Discrepamos en una apreciación
de la situación.
Y en esta especie de diálogo sobre cuestiones científicas e históricas,
nosotros podemos decir que no estamos completamente seguros
de que en este singular proceso el pueblo, el pueblo humilde —que
es la inmensa mayoría del pueblo— haya estado aprendiendo más
rápidamente que los reaccionarios, que los antiguos explotadores. Pero
hay, además, algo: los sistemas sociales que las revoluciones están
cambiando llevan muchos años de experiencia, ¡muchos años de experiencia!
Acumularon experiencia, acumularon cultura, acumularon
técnicas, acumularon trucos de toda especie para actuar frente a los
procesos revolucionarios. Y mientras, se presentan a la masa del
pueblo, que no tiene esa experiencia, que no tiene esos conocimientos,
que no tiene esas técnicas, se enfrentan con toda la experiencia
y las técnicas acumuladas de los otros. Y si ustedes desean que nosotros
seamos francos… Y hemos dicho que nosotros no podemos expresar
una mentira. Podemos equivocarnos, hacer una apreciación
falsa, pero jamás decir algo que no creamos. Y nosotros creemos
sinceramente que el aprendizaje de la parte opuesta, el aprendizaje
de los reaccionarios ha ido más rápido que el aprendizaje de las
masas (Aplausos).
¿Es que acaso le faltarán cualidades a este pueblo? ¿Es que acaso
el pueblo chileno fuera un pueblo que careciera de las mayores
virtudes patrióticas, de las mayores virtudes de carácter, de valor, de
inteligencia y de entereza? ¡ No! Nosotros estamos impresionados
extraordinariamente por las características del pueblo chileno. Y
nosotros en todas partes, a veces en contactos con campesinos, después
de hablar media hora con ellos, les preguntábamos en qué grado
estaban y nos decían: “No sabemos leer ni escribir”.
Nos impresionaba extraordinariamente lo apasionado del carácter
chileno: en las recepciones, en los recorridos, el valor, la decisión;
cómo los hombres se lanzaban delante de los carros. Pero algo
más: ¡cómo se lanzaban las mujeres! Pero algo más: ¡cómo en numerosas
ocasiones vimos madres con los hijos en los brazos atravesarse
delante, con una decisión y un valor impresionante!
Hemos visto en el pueblo chileno cualidades que nuestro pueblo
34
no tenía al comienzo de la Revolución: más nivel cultural, más cultura
política, —escúchese bien—, ¡cultura política! ¡mucha más
cultura política! Porque en nuestro país no existía la situación de
Chile hoy día: la victoria en las urnas de los partidos marxistas —es
decir, Partido Comunista, Partido Socialista—, y otras organizaciones
que apoyaban a esos partidos (Aplausos).
En el orden de la cultura política ustedes han partido de un nivel
mucho más alto que nosotros. Pero algo más: ustedes han partido de
una tradición patriótica de ciento cincuenta años y una tradición
nacional de ciento cincuenta años. Ustedes han partido de un nivel
de patriotismo mucho más alto, de una valoración superior de las
cuestiones de su país, de su patria.
Nuestro país estaba demasiado penetrado por la ideología del
imperialismo. Nuestro país había sido demasiado invadido por la
cultura imperialista, por el modo de vida, por todos los hábitos de
aquella sociedad tan vecina a nosotros que era Estados Unidos.
De manera que por eso nosotros en ese sentido éramos mucho
más débiles que ustedes. Es decir, en toda una serie de aspectos este
pueblo parte de un nivel superior al nuestro. Desde el punto de vista
económico Chile tiene más recursos económicos que Cuba, tiene un
mayor desarrollo económico incomparable al que tenía Cuba. Disponía
de un recurso nacional que ahora es suyo. Es decir, dispone
ahora de un recurso nacional como el cobre, en el que treinta mil
obreros producen casi mil millones de dólares en moneda exterior,
en divisas. Recursos energéticos: casi dos millones de toneladas de
petróleo. Recursos hidroeléctricos, hierro, carbón, industria alimenticia
mucho más desarrollada que Cuba; industria textil. Es decir,
que parten ustedes de un nivel de desarrollo técnico y de desarrollo
industrial muy superior al que había en Cuba.
De manera que en este país están dadas todas las condiciones de
carácter humano, todas las condiciones de carácter social, para el
avance. Pero ustedes tienen algo también que no teníamos nosotros.
En nuestro país los oligarcas, los terratenientes, los reaccionarios,
no tenían la experiencia de esa contrapartida de ustedes aquí. En
nuestro país, además, los terratenientes y los oligarcas no se preocupaban
de que pudiera haber cambios sociales, porque decían:
los americanos —ellos llaman los americanos a los norteamericanos—
se encargan de esto. ¡Aquí no puede haber ninguna revolución!
Y se dormían sobre los laureles.
35
En Chile no es así. ¡En Chile no es así!
La reacción, la oligarquía está mucho más preparada de lo que
estaba la de Cuba, mucho más organizada y mucho más equipada
para resistir los cambios, desde el punto de vista ideológico. Han
creado todos los instrumentos para librar una batalla en todos los
terrenos frente al avance del proceso. Una batalla en el campo ideológico,
una batalla en el campo político, una batalla en el campo de
masas —fíjense, bien— ¡una batalla en el campo de masas contra el
proceso! Ahora bien, ésa es la diferencia fundamental. Hay otras. Pero
no me refiero a las otras, porque eran caminos totalmente diferentes.
Pero cuando la Revolución en nuestro país triunfa, cuando se inicia
—nosotros llamamos triunfo de la Revolución al primero de enero,
pero lo consideramos históricamente como el inicio del proceso—,
cuando se inicia ese proceso también tuvimos resistencia. No vayan
a creer que en Cuba no tuvimos resistencia. No vayan a creer que en
Cuba no hubo resistencia de la reacción y de la oligarquía. Hubo
resistencia, ¡y fuerte! Acudieron a todos los recursos que tenían a
mano, a todas las armas, ayudados muy directamente por los
imperialistas. Y en todos los campos —fíjense bien— en todos los
campos nos presentó batalla. La presentó en el campo ideológico, la
trató de presentar en el campo de masas, la presentó en el campo
armado.
A nosotros se nos puede decir que iniciamos un proceso de lucha
armada en Cuba. Pero nosotros no inventamos la resistencia armada.
Y la resistencia armada nos costó muy cara. La resistencia armada
de la revolución le costó a nuestra patria más sangre y más
víctimas que la guerra revolucionaria. ¡Vean!: murieron más hombres
frente a la violencia reaccionaria que los que habían muerto en
los combates de la guerra revolucionaria. Nos costaron cientos y
cientos de vidas, nos costaron cientos y cientos de millones de dólares.
Porque las medidas de sabotaje, la creación de bandas mercenarias
armadas en casi todo el país, las infiltraciones constantes de
espías, los lanzamientos constantes de armas nos costaron a nosotros
años de lucha: la invasión mercenaria de Girón, después las
amenazas de la Crisis de Octubre, instigada por los imperialistas…
Nosotros hemos tenido que estar luchando durante todos estos años.
Ahora bien: nosotros les hemos ganado la batalla en todos los
terrenos (Aplausos). Les hemos ganado la batalla, en primer lugar,
en el terreno ideológico; en segundo lugar, en el terreno de masas; y,
36
en tercer lugar, les ganamos la batalla en el terreno de las armas
(Aplausos).
A nuestro juicio el problema de la violencia en estos procesos
—incluido el de Cuba— una vez que se ha instaurado el régimen
revolucionario, no depende de los revolucionarios. Sería
absurdo, sería incomprensible, sería ilógico que los revolucionarios
cuando tienen la posibilidad de avanzar, de crear, de trabajar,
de marchar adelante, vayan a promover la violencia. Pero
no son los revolucionarios los que en esas circunstancias crean la
violencia. Y si ustedes no lo saben, seguramente que la propia vida
se encargará de demostrárselos (Aplausos).
Esa fue nuestra experiencia cuando el movimiento revolucionario
cubano triunfa.
El trabajo no fue fácil. ¡Nadie se lo imagine fácil! Créannos que
en nuestro país había más partidos que en Chile. En nuestro país
hubo de todo. Por eso no hay por qué desanimarse. Existieron todo
tipo de discrepancias. Pero al lado de eso había una fuerza unificadora,
al lado de eso había un propósito de unir y una conciencia de
unión y de fuerza. Eso no faltó nunca. Y ustedes deben saber que en
nuestro país la fusión de los partidos no se hizo por decreto. Nadie se
imagine que en Cuba alguien decretó una ley fundiendo los partidos.
¡No! En Cuba se fueron uniendo progresivamente las fuerzas revolucionarias,
se fueron fundiendo progresivamente. Fue un proceso
de años.
Hoy en nuestro país hay una sola fuerza revolucionaria, que es la
fuerza revolucionaria del pueblo de Cuba (Aplausos). Yo no sé cuántas
decenas de miles de personas hay aquí. No sé. Ustedes deben
tener más o menos una idea. Pero tantas personas como hay aquí se
reúnen en Cuba en diez minutos. Y en dos horas se reúnen diez veces
todas las personas que están aquí. ¡En dos horas! Y nuestra capital
tiene dos tercios de la población de Santiago. En nuestro país se ha
llegado a un gran nivel de unidad, a un gran desarrollo de la conciencia
revolucionaria. Se ha generado una forma nueva de patriotismo
muy sólida, ¡muy sólida!, que ha hecho de nuestra patria un
baluarte de la Revolución y una trinchera entre las naciones de este
continente que el imperialismo no podrá destruir (Aplausos).
Hemos escuchado con asombro lo que explicaba el presidente de
que por allá por Washington o Nueva York un periódico de mucha
circulación publicó una declaración de un alto funcionario, que de37
cía “que las horas del gobierno popular en Chile estaban contadas”
(Abucheos).
Pues bien: hace mucho rato —aparte la grosería, aparte la intromisión,
aparte el insólito augurio, aparte la ofensa, aparte la insolencia—,
quiero señalar que hace muchos años que a ningún loco
funcionario en ese país se le ocurre decir que las horas de la Revolución
Cubana están contadas (Gritos y exclamaciones).
Habrá que no sólo indignarse. Habrá que no sólo enfadarse. Habrá
que no sólo proclamar la dignidad herida, protestar de la ofensa,
sino que habrá que preguntarse por qué creen eso, y por qué se
sienten tan seguros. ¿Qué cálculos han hecho? ¿Qué computadoras
han introducido en la cuestión? No quiere esto decir que las
computadoras yanquis no se equivoquen. Nosotros tenemos buenas
experiencias de que se equivocan. Y en Girón, en Girón se equivocaron
las computadoras del Pentágono, de la CÍA, del gobierno, de
todo el mundo. Se equivocaron. Y se equivocaron por millones de
diferencia. Es decir, las computadoras se equivocan.
Pero hay que preguntarse por qué ese optimismo, por qué esa
seguridad, en qué bases se apoyan, qué los alienta. Habrá que preguntárselo.
Y serán ustedes los únicos que podrán dar la respuesta.
¿Pero acaso les interesa la opinión de un visitante no turista? ¿Me
autorizan?
(Exclamaciones de: ¡Sí!).
Que levanten la mano los que están de acuerdo.
(El público presente levanta las manos).
Bueno, ante esa autorización, ante esa autorización plebiscitaria
(Exclamaciones de: ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Fidel!) les digo —ante esa autorización
plebiscitaria, en materia de conceptos—, les digo que por
debilidades en el propio proceso revolucionario, por debilidades en
la batalla ideológica, por debilidades en la lucha de masas, por debilidades
frente al adversario (Aplausos). Y el adversario exterior,
apoyando al adversario interior, trata de aprovechar todo resquicio,
toda debilidad.
Podíamos decir: por debilidades en la consolidación de fuerzas,
en la unión y la ampliación de fuerzas.
Ustedes viven un proceso muy especial, pero que no es nuevo en
lo que se refiere a lucha de clases. La historia tiene incontables
ejemplos. Están viviendo el momento del proceso en que los fascistas
—para llamarlos como son— están tratando de ganarles la calle,
38
están tratando de ganarles las capas medias de la población. En determinado
momento de todo proceso revolucionario los fascistas y los
revolucionarios luchan por ganar el apoyo de las capas medias de la
población.
Ahora, los revolucionarios son honrados revolucionarios son honestos,
los revolucionarios no andan con mentiras, los revolucionarios
no siembran el terror, no siembran la angustia ni inventan cosas
truculentas y tenebrosas.
¡Ah!, pero los fascistas sí que no se detienen ante nada. Tratan de
tocar cualquier sensibilidad, inventar la calumnia más increíble; tratan
de sembrar el miedo, el temor, la intranquilidad en amplias zonas
de las capas medias de la población; tratan de hacerles creer las cosas
más inverosímiles; tratan de despertar los mayores temores en
todos los órdenes. Tienen un objetivo: ganarse las capas medias. Algo
más: utilizan los sentimientos más ruines y más bajos. El chovinismo
—ese nacionalismo estrecho—, esos egoísmos, los tratan de desatar
por todos los medios. El chovinismo, los egoísmos, las pasiones más
bajas, los temores más infundados. No se detienen ante nada.
Y nosotros lo hemos visto, porque de vez en cuando tenemos tiempo
de ver algo en este viaje agitado y largo, largo en kilómetros y
largo en días —en lo cual nosotros estamos plenamente con los quejosos—,
y lo hemos visto: qué tipo de mentiras, de cosas, se dicen;
¿a dónde van dirigidas? Con relación a nuestra misma visita, ¿a qué
iban dirigidas todas? Bueno: había una sola forma de visitar este
país, y era: un mudo ¡Un mudo que no hablara ni por señas!, porque
por señas se pueden decir muchas cosas (Risas y aplausos). Cualquier
tema, cualquier detalle… Primero el fariseísmo. Bien: “Ha llegado,
ha sido recibido. Esperamos que no confunda, que no se meta”. Después,
poco a poco, allá, una empanada: “El hombre comiendo una
empanada.” En otro lugar, allá: “El hombre retratado al lado de las
niñas del hot pants”. Es decir, allá la mentira: “Abuchean a Fidel en
los Andes”. Otra mentira: “Frío recibimiento en Chuquicamata”.
Pero bien: tratando de despertar el chovinismo, tratando de presentar
cualquier actitud, cualquier palabra, cualquier respuesta a
un estudiante como un entrometimiento. De manera que hemos visto
en todos estos días cómo cualquier pretexto es utilizado para despertar
un recelo, un temor, un resentimiento. Y en esa lucha son duchos,
son hábiles. Y en estos instantes, desde nuestro punto de vista,
de observadores de este proceso, vemos que el fascismo trata de
39
avanzar y ganar terreno en las capas medias y tomar la calle. Algo
más: trata de desmoralizar a los revolucionarios. En algunos lugares
nosotros hemos visto a los revolucionarios algo así como golpeados;
en algunos lugares los hemos visto incluso desalentados.
Si nosotros no fuésemos un hombre franco, si nosotros no fuésemos
hombres que creyésemos en la verdad, no nos atreveríamos a
decir esto.
Pudiera parecer, incluso que se dice algo que el adversario utiliza
y gana terreno. ¡No! El adversario gana terreno en el engaño, en la
confusión, en la ignorancia, en la falta de conciencia de los problemas
(Aplausos).
Si quieren saber una opinión: el éxito o el fracaso de este insólito
proceso dependerá de la batalla ideológica y de la lucha de masas, y
dependerá de la habilidad, del arte y de la ciencia de los revolucionarios
para sumar, para crecer y para ganarse las capas medias de
la población (Aplausos). Porque en nuestros países de relativo
desarrollo esas capas medias son numerosas y muchas veces son
susceptibles de la mentira y del engaño. Ahora, en la lucha ideológica
no se conquista a nadie sino con la verdad, con los argumentos,
con la razón. Eso es una cosa incuestionable.
(Del público exclaman: ¡Venceremos!).
Espero que venzan. Deseamos que venzan. ¡Y creemos que vencerán!
(Aplausos).
Hay algo que nos impresionó hoy profundamente, y fueron las
palabras del presidente (Aplausos), en especial cuando reafirmó
esa voluntad de defender la causa del pueblo y la voluntad del
pueblo. En especial cuando pronunció esa épica frase: que era
presidente por voluntad del pueblo y que su deber lo cumpliría
hasta el día en que cumpliera su mandato o lo sacaran muerto del
Palacio Presidencial (Aplausos). Y quienes lo conocemos, quienes
lo conocemos, sabemos que el presidente no es hombre de frases,
que es hombre de hechos (Aplausos). Quienes conocemos su carácter
sabemos que así es.
Y cuando se cuenta con ese sentido de la dignidad, cuando el pueblo
sabe que puede confiar en el hombre que hoy lo representa y que
de tal manera pronuncia en esa lacónica frase su decisión de resistir
los intentos del enemigo exterior, en complicidad con los reaccionarios
interiores; cuando el pueblo puede contar con eso y los enemigos
saben eso, ya eso constituye una seguridad, una confianza, una
bandera.
40
Y nosotros como latinoamericanos felicitamos de corazón al presidente
por esa valerosa y digna afirmación (Aplausos).
Pudimos ver cómo reaccionó el pueblo, pudimos ver cómo reaccionó
el pueblo ante esas palabras. (Del público le dicen algo). No
diría de esa manera: “por la razón o la fuerza”. Hay frases que son
históricas y tienen un valor por sí mismas, por su carácter histórico,
y se han convertido en símbolos. ¡Por la razón, por la fuerza de la
razón y por la fuerza física y de pueblo que acompaña a la razón!
(Aplausos y exclamaciones de: ¡Viva Cuba!).
¡Cuando los jefes, cuando los dirigentes están dispuestos a morir,
junto a ellos están dispuestos a morir también los hombres y
mujeres del pueblo! (Aplausos).
El pueblo es el gestor de la historia. Los pueblos escriben su propia
historia. Las masas escriben la historia. ¡ Ningún reaccionario,
ningún enemigo imperialista podría aplastar al pueblo! (Aplausos).
Y la historia reciente de nuestro país lo demuestra, ¡lo demuestra!
¿Cómo hemos podido resistir y por qué? Por la unidad de nuestro
pueblo, por la fuerza que esa unidad engendra.
Decíamos que en dos horas se reunían diez veces las personas
que están aquí. ¡Pero decimos también que en menos de veinticuatro
horas ponemos seiscientos mil hombres sobre las armas! (Aplausos).
En nuestro país se ha creado una estrecha e indisoluble unión
entre pueblo y fuerzas armadas. Y por eso nosotros decimos que
somos fuertes en la defensa.
Hay algo que los conocedores de la guerra y de la historia, los
profesionales de las armas saben, y es que en el combate el hombre
es decisivo; en el combate los factores morales son decisivos; en el
combate la moral del hombre es lo que decide.
Los que conocen de la historia y los que conocen de las grandes
proezas militares saben que cuando la fuerza está unida y está inspirada
y está profundamente motivada, es capaz de vencer cualquier
obstáculo, de tomar cualquier posición, de hacer los más increíbles
sacrificios.
¿Qué es lo que le da esta motivación profunda a nuestro país en
su defensa frente al peligro exterior? ¡Ah!, es que cuando llega la
hora de defender la patria, la patria no está dividida en millonarios
y pordioseros, grandes terratenientes repletos de privilegios e infelices
campesinos sin tierra y sin trabajo, pasando miseria de todo
tipo. Es que la patria no está dividida entre opresores y oprimidos,
41
explotadores y explotados; las grandes señoronas repletas de joyas
y riquezas y las infelices mujeres que tienen que ir a ganarse la vida
en un prostíbulo (Aplausos). La patria no está dividida entre privilegiados
y desposeídos.
Y cuando nuestro campesino es llamado a integrar las unidades
del ejército en nuestro país, sabe que no está defendiendo la patria
de los explotadores, la patria de los opresores. Sabe que no está
defendiendo la patria de los privilegiados, sino la patria que es realmente
de todos y para todos. La tierra que les da pan a todos y no
abundancia a unos y hambre a otros; honores y grandezas a unos y
humillaciones a otros. Y nosotros lo hemos podido ver, lo hemos podido
vivir y conocemos por nuestra propia experiencia las tremendas
motivaciones, el espíritu de nuestro pueblo en el combate, de
hombres y de mujeres y de todos. Saben lo que defienden. Han adquirido
un gran sentido de la dignidad. ¡Es un pueblo unido tras una
causa justa que defiende una patria suya, que defiende una bandera
que tiene más contenido que nunca!
Los pueblos son tan nobles y de tal manera se siembran en ellos
los sentimientos patrióticos, que aun en las sociedades de clase, de
explotadores y de explotados, han sido capaces de combatir y de
morir, porque han tenido los símbolos de la patria, la idea de la
patria y han estado dispuestos a defenderla. Aun cuando hayan sido
humildes y humillados y explotados en aquella tierra, ¡aun así la
defienden!
Calculen sus motivaciones, sus impulsos, su grado de heroísmo
cuando están defendiendo una patria que es realmente suya en el
más cabal sentido de la palabra.
No habrá pueblo tan poderoso ni fuerza armada tan poderosa para
cumplir la sagrada misión de defender la patria, que aquel donde
han desaparecido los explotadores y los explotados. Es decir, que ha
desaparecido la explotación del hombre por el hombre (Aplausos).
No en balde la historia nos dio una lección bastante reciente.
En la Segunda Guerra Mundial, cuando poderosos ejércitos se
vinieron abajo, ¿qué había hecho el fascismo para atacar a Europa,
para invadir Francia, para invadir Bélgica, Holanda, casi todo el
mundo occidental? Sembró su quinta columna, exaltó las divisiones.
Y en aquella situación desarmó moralmente al pueblo. Y cuando las
hordas fascistas atacaron con sus blindados y sus divisiones motorizadas
rompían las líneas, sacaron el máximo provecho de la desmoralización
del pueblo.
42
¡Ah!, cuando un día, dos años después, en el mes de junio de 1941,
cuatro millones de aguerridos veteranos de ese mismo ejército fascista
invaden la Unión Soviética por sorpresa, ¿qué se encontraron? Se
encontraron una resistencia desde el primer momento, desde el primer
día, desde las primeras horas. Un pueblo que estuvo dispuesto a
pelear y a morir; que dio dieciocho millones de vidas, que acumuló la
más extraordinaria experiencia guerrera de los últimos tiempos.
Que no nos digan que los occidentales aprendieron a pelear. Con
una superioridad fabulosa, y cuando el ejército nazi estaba destruido,
desembarcaron por Normandía, llegando hasta las fronteras. En
el episodio de Las Ardenas famoso, unas cuantas divisiones blindadas
los hicieron retroceder rápidamente decenas y decenas de kilómetros.
Pues bien; los fascistas lanzaron más de trescientas divisiones
contra la Unión Soviética. Y aquel pueblo resistió, peleó. ¡Cómo se
engañaron! Creían que era un paseo militar. Pero aquel ataque cobarde
y artero terminó en Berlin. ¡Y fue el ejército soviético quien
aplastó las hordas fascistas (Aplausos).
Una clara lección de la historia. Nunca jamás, a pesar del proverbial
patriotismo de esa nación, a pesar del proverbial patriotismo,
nunca jamás en la historia se produjo una resistencia tan heroica,
tan decidida. Porque ya no era la sociedad de los señores feudales ni
de los siervos de la gleba, de los zares con sus poderíos absolutos. El
Estado socialista resistió más. ¡Y lo extraordinario es que aquel Estado
socialista, de campesinos prácticamente, sea hoy la poderosa potencia
industrial que es! Y sea el país que haya podido ayudar a naciones
pequeñas como Viet Nam y como Cuba para resistir peligros tan grandes
como fue el peligro imperialista.
Los hombres de armas saben lo que implica un pueblo unido y
combatiente, un pueblo con su motivación desarrollada al máximo.
Porque esos son los hombres que hacen posible la victoria. Son los
hombres que pueden resistir cualquier desproporción de fuerza. Son
los hombres capaces de cualquier heroísmo.
Nosotros mencionábamos la Revolución Francesa. Cuando la burguesía
era clase revolucionaria y dirigía al pueblo, recordarán
también cómo se repitió la historia: cómo ese país, invadido por
numerosas naciones, resistió y derrotó a sus agresores. Es que en las
revoluciones los pueblos se unen cuando desaparecen las injusticias
seculares y surgen fuerzas que nada ni nadie puede aplastar.
43
Alguien dijo una vez, un historiador de aquella revolución, que
“cuando un pueblo entra en revolución no hay fuerza en el mundo
que pueda detenerlo”. Por eso nosotros decimos que nuestro país
es fuerte y unido. Hemos avanzado, y nos sentimos satisfechos
(Aplausos).
Pero si me permiten expresarles con toda sinceridad una de nuestras
conclusiones y una de nuestras impresiones a ustedes, los chilenos
—que son tan curiosos, que les interesan tanto las impresiones—,
les digo una impresión que me nace de lo más profundo del alma:
cuando veo la historia en acción, cuando veo estas luchas, cuando
veo hasta qué punto los reaccionarios tratan de desarmar moralmente
al pueblo, cómo se valen de tantos y tantos medios, desde el
fondo de mi corazón sale una conclusión, ¡y es que regresaré a Cuba
más revolucionario de lo que vine! (Exclamaciones y aplausos). ¡Regresaré
a Cuba más radical de lo que vine! ¡Regresaré a Cuba más
extremista de lo que vine! (Exclamaciones y aplausos).
Expreso palabras que quieren dar una idea.
Cuando nosotros queremos expresar, tratamos de buscar una palabra
que dé una idea. Las lecciones, las experiencias me hacen sentir
más profundamente identificado con el proceso que ha vivido
nuestra patria. Y me hacen sentir más profundo amor por nuestra
Revolución. Y apreciar los logros y los avances que hemos alcanzado.
No quiero extender mucho más estas palabras. (Del público le
dicen que continúe). (Exclamaciones de: ¡Fidel!, ¡Fidel!, ¡Fidel!).
Agradezco mucho la amabilidad y la paciencia de ustedes. Ustedes
saben bien que tengo que irme (Exclamaciones de: ¡ No). Ustedes
saben, además, que no me necesitan aquí (Exclamaciones de ¡Sí¡ y
¡Que se quede!). Les agradezco esas exclamaciones como un intento
de desagravio por aquellos que trataron de agriar la visita, exigiendo
la partida y poco más que promoviendo una ley para botarme
(Abucheos).
Ayer nosotros decíamos en broma, y hasta ayer bromeábamos…
Hoy no podíamos estar en ánimo de bromear leyendo las noticias de
los sucesos, que no quiero comentar. Sólo en relación al ánimo. Cuando
se leen noticias de heridos, de incendios, cosas que ocurrieron
precisamente cuando nosotros en la Embajada cubana celebrábamos
una recepción, donde estaban presentes más de seiscientas personalidades
chilenas. Y hasta aquellos momentos bromeábamos, y
decíamos: ¿cuáles son los requisitos para hacerse ciudadano chile44
no? (Aplausos). Y había un abogado por allí. Y le decíamos: ¿cuántos
días son ? ¿Cuánto tiempo de residencia? ¿Dónde están las planillas?,
que quiero llenar una planilla.
Frente a las frases, a los insultos y a todo eso se podía bromear. Y
se bromeaba con eso. Y no me faltaron deseos de hacer la broma en
grande. Porque al fin y al cabo no le negarían ustedes a un latinoamericano
que cumpliendo todos los requisitos constitucionales se
hiciera ciudadano chileno. ¿En diez años, en veinte años? Yo no sé.
Eso era absolutamente en broma.
Nosotros nos sentimos en cierto modo hijos de toda una comunidad,
parte de un mundo que es mucho mayor que Cuba y que Chile:
que es la América Latina (Aplausos). Llegarán los tiempos en que
todos tengamos la misma ciudadanía, sin perder por ello un ápice de
amor a nuestra tierra, al rincón de este continente donde hayamos
nacido, a nuestros símbolos: a nuestras banderas, que serán banderas
hermanadas; a nuestros himnos, que serán himnos hermanados;
a nuestras tradiciones, que serán tradiciones hermanadas; a nuestras
culturas, que serán culturas hermanadas. Y cuando tengamos el
poder suficiente entre todos los pueblos para ocupar un lugar digno
en el mundo, los poderosos no nos insultarán, no vendrá el imperio
arrogante y orgulloso a anunciarnos tragedias y caídas, ni amenazarnos
de ninguna forma… No es lo mismo amenazar a un pueblo
pequeño que a una unión de pueblos hermanos que puede ser una
grande y poderosa comunidad en el mundo de mañana (Aplausos).
Llegarán esos tiempos, llegarán esos tiempos cuando haya sido
derrotada la ideología reaccionaria, cuando hayan sido derrotados
los nacionalismos estrechos, los chovinismos ridículos, que son los
recursos que los reaccionarios y los imperialistas utilizan para mantener
la hostilidad y la división entre nuestros pueblos (Aplausos),
entre pueblos que hablan el mismo idioma y que son capaces de
entenderse, como nos entendemos nosotros. Las ideologías reaccionarias
tienden a la división.
Para que un día América pueda unirse, la América nuestra que
decía Martí, será necesario derrotar hasta el último vestigio de esos
reaccionarios, que quieren pueblos débiles para mantenerlos en la
opresión, para mantenerlos sometidos a los monopolios extranjeros.
Porque en definitiva todo eso no es más que expresión de una filosofía,
de la filosofía reaccionaria, de la filosofía de la explotación y de
la opresión.
45
Permítanme no la prolongación de esta visita, sino expresar algunas
ideas más, si se desea (Exclamaciones de: ¡Sí!). ¿Qué queremos
decir? Entre otras, una elemental expresión de agradecimiento a
todos los que hemos tratado —y hemos tratado ampliamente con el
pueblo chileno. Hemos tratado y hablado ampliamente con los obreros,
los estudiantes, los campesinos, el pueblo en general, que nos
recibió en tantos sitios. Hemos conversado con periodistas, hemos
conversado con trabajadores intelectuales, con economistas y técnicos
como los de la CEPAL. Nos hemos reunido y hemos conversado
con diputados, con los dirigentes de los partidos de la Unidad Popular
y de las organizaciones de izquierda. Con todos… (Del público le
dicen: ¡Las mujeres!). No las he olvidado. Nos hemos reunido con
las representaciones obreras. Nos hemos reunido con las mujeres
chilenas (Aplausos). Hemos sostenido entrevistas con el cardenal de
Chile (Aplausos). Nos hemos reunido con más de cien sacerdotes
progresistas, que constituyen un impresionante movimiento. Hemos
dialogado con hombres del Ejército, de la Armada y de los Carabineros
(Aplausos). En todas partes con espíritu amistoso, con respeto.
Hemos tratado de responder todas las preguntas y todas las que
hayan estado a nuestro alcance.
De estas reuniones, dos fueron las que produjeron más irritación
y fueron más motivos de crítica: la reunión con el cardenal, la reunión
con los sacerdotes progresistas, y los hombres del Ejército, la
Armada, la Aviación y los Carabineros (Aplausos).
Es preciso que nosotros digamos con franqueza cuáles fueron los
fundamentos de esos diálogos y por qué y cómo se produjeron.
¿Es que acaso nosotros hemos estado haciendo demagogia o contraviniendo
nuestras convicciones? Porque hemos visto cómo se ha
golpear sobre algunas de esas cuestiones.
Puede decirse realmente que si alguien compitió o emuló conmigo
en materia de recibir insultos, fue precisamente el cardenal. Teníamos
muchas cosas que conversar con la izquierda cristiana y
con los sacerdotes chilenos, amplias cosas (Aplausos), fundadas no
en oportunismos sino en principios; no en ventajismos sino en razones
profundas, en convicciones; en la convicción de la conveniencia,
de la posibilidad y de la necesidad de unir en el ámbito de esta
comunidad latinoamericana a los revolucionarios marxistas y a los
cristianos, a los revolucionarios marxistas y a los revolucionarios
cristianos (Aplausos). Ampliamente conversamos esto con los sa46
cerdotes, los fundamentos de esa convicción de hoy y de siempre.
¡Que no se confundan los problemas que crearon los oligarcas en
nuestro país tratando de usar la Iglesia contra la Revolución!
Nosotros muchas veces nos hemos referido a la historia del cristianismo,
al cristianismo aquel que engendró tantos mártires, tantos
hombres sacrificados por la fe. Y siempre tendrán nuestro más profundo
respeto los hombres que son capaces de dar su vida por su fe
(Aplausos).
Por los que no sentiremos ningún respeto jamás es por los hombres
que como defienden bastardos intereses —sus egoísmos, su estómago
repleto—, no son capaces de dar la vida por nada ni por
nadie (Aplausos).
Examinamos los enormes puntos de coincidencia que puede haber
entre los preceptos más puros del cristianismo y los objetivos del
marxismo.
Porque muchos han querido tomar la religión para defender
¿qué? La explotación, la miseria, el privilegio; para convertir la
vida del pueblo en este mundo en un infierno, olvidándose que el
cristianismo fue la religión de los humildes, de los esclavos de Roma,
de los que por decenas de miles morían devorados por los leones en el
Circo, y que tenía expresiones terminantes acerca de la solidaridad
humana o amor al prójimo, condenatorias de la avaricia, la gula, los
egoísmos.
Religión que llamó hace dos mil años mercaderes a los mercaderes,
fariseos a los fariseos. Que condenó a los ricos, y que dijo virtualmente
que no entrarían en el reino de los cielos (Aplausos). Que multiplicó
los peces y los panes, precisamente lo que el hombre revolucionario
de hoy se propone con la técnica, con sus brazos, con el desarrollo
racional y planificado de la economía.
Cuando se busquen las similitudes entre los objetivos del marxismo
y los preceptos más bellos del cristianisrno, se verá cuántos
puntos de coincidencia, y se verá por qué un párroco humilde, que
conoce el hambre —porque la ve de cerca—, la enfermedad y la
muerte, que conoce el dolor humano… O como algunos de esos sacerdotes
que trabajan en minas o trabajan entre humildes familias
campesinas, y se identifican con ellos y luchan junto a ellos. O personas
abnegadas que consagran su vida a atender enfermos que
padecen las peores dolencias.
47
Cuando se busquen todas las similitudes, se verá cómo es realmente
posible la alianza estratégica entre marxistas revolucionarios
y cristianos revolucionarios (Aplausos).
Los interesados en que tales alianzas no se produzcan son los imperialistas.
Y son, por supuesto, los reaccionarios.
Con los militares —y cuando decimos militares comprendemos
todas las armas, todos los institutos— dialogamos también ampliamente.
Pero tales diálogos no se produjeron de manera absolutamente
espontánea. Nadie los planificó. Fue el resultado de las
atenciones oficiales, de las extraordinarias atenciones con que el
presidente, los ministros, y las autoridades del gobierno quisieron
rodear la visita. Y en todas partes, en todos los aeropuertos, en todos
los sitios estaban presentes también los hombres de uniforme y sus
representantes (Aplausos). Y espontáneamente surgieron en muchas
ocasiones los diálogos: en las recepciones, en los encuentros
con las autoridades. Y entre los hombres de uniforme de Chile y
nuestra delegación se vio con toda claridad que había muchas cuestiones
sobre las cuales se podía conversar.
En primer lugar, nuestro país ha tenido que vivir una experiencia
tremenda. Los revolucionarios cubanos hemos tenido que pasar por
singulares experiencias en diversas fases de la lucha. Primero, como
combatientes irregulares en sus inicios; después, con el desarrollo de
determinadas concepciones y tácticas de lucha. Los revolucionarios
cubanos nos vimos obligados a participar en numerosas batallas en
condiciones muy desiguales, en desproporciones muy grandes, a lo
largo de nuestra guerra revolucionaria. Pasamos por las más diversas
fases: fases de adversidad, fases de éxito. Desde momentos sumamente
difíciles hasta victorias completas, y la victoria completa.
Vivimos después experiencias de todo tipo: de cuando nos invadieron
el país con bandas mercenarias en todas las provincias y nos
hicieron combatir contra ellas durante años. Estaban equipadas con
las mejores armas de Estados Unidos, equipos de radio y todas sus
técnicas. Hemos vivido la experiencia de Girón y hemos vivido la
experiencia de la Crisis de Octubre, en que nuestro país tuvo que
atravesar momentos de suma tensión, de extraordinario peligro, en
que nuestro país estaba virtualmente amenazado por decenas de proyectiles
nucleares. Hemos tenido que pasar por la experiencia de
constituir nuestras unidades de combate para contemplar un peligro
48
real y grande. Hemos tenido que desarrollar poderosas fuerzas armadas,
crear escuelas, aprender la utilización de nuevos armamentos,
de nuevas técnicas. Hemos tenido contacto con la experiencia
más profunda de la última guerra, los informes y los documentos.
Es incuestionable que desde el punto de vista técnico, desde el
punto de vista profesional había muchas cuestiones que podían ser
objeto de diálogo. El interés de la experiencia de Cuba, del proceso
de Cuba, la natural curiosidad por los acontecimientos históricos
que todos los hombres tenemos. También las cuestiones de carácter
humano, la competencia, la eficiencia, las tradiciones, la historia de
cada país, el presente y el futuro. Cuál será el destino de nuestros
pueblos en el mañana, frente a los abismos tecnológicos que crecen,
frente a las naciones desarrolladas y las que se han quedado rezagadas.
Cuáles son las concepciones futuras de las armas, de los nuevos
sistemas de armamentos.
Es decir, que tanto desde el punto de vista profesional como humano,
como cosas que tienen que ver con el destino futuro de nuestros
pueblos, había amplios temas de este género, sobre los cuales se
desarrollaban los diálogos.
Y tuvimos oportunidad de conocer muchos hombres de gran talento,
de carácter, de eficiencia. Hemos tenido oportunidad de conocer
muchos hombres valiosos, gracias precisamente a esos diálogos. Hemos
tenido oportunidad de referirnos a cuestiones relativas a nuestras
tradiciones. Hemos aprendido, digamos, mutuamente, muchas cosas.
¿Era acaso una falta? ¿Era acaso una conspiración? ¿Era acaso
un delito? ¿Había razón para que alguien se sintiera ofendido? ¿Y
por qué si conversábamos con los sacerdotes, y con el cardenal y
con los técnicos de la CEPAL no podíamos dialogar con los hombres
de uniforme de Chile? ¿Y por qué temían tanto esos diálogos? ¿A
quién se ofende con eso?
Hemos dialogado incluso en la guerra. Cuando combatíamos dialogábamos
con el adversario, discutíamos. Cuando combatíamos,
analizábamos razones: quién la tenía y quién no la tenía. Si hemos
dialogado incluso con hombres combatiendo frente a nosotros, ¿por
qué no íbamos a dialogar con hombres que nos atendieron con toda
caballerosidad, con toda amabilidad, con toda consideración y con
todo respeto? (Aplausos). Por eso en el día de hoy a ellos queremos
expresarles también nuestro agradecimiento por sus atenciones.
49
Este día precisamente, dos de diciembre, ha querido la casualidad
que coincida con el quince aniversario del desembarco del
Granma (Aplausos), en que un grupo de ochenta y dos hombres arribamos
a costas pantanosas de Cuba.
La correlación de fuerzas totales de Batista contra nuestras fuerzas
era de mil a uno. En total tenían, entre las diversas armas, unos
ochenta mil hombres. Algunos días después la adversidad hizo mucho
más difícil nuestra situación, y sólo siete hombres con armas
nos volvimos a reunir. Correlación de fuerzas: diez mil a uno, por lo
menos. Un poco más de diez mil. Y en aquellos instantes nosotros no
nos desalentamos, ¡no nos desalentamos!
Tal vez esto les ayude a comprender por qué no tenemos temor de
señalar cuáles pueden ser las debilidades de los revolucionarios o
de un proceso en un momento dado. ¡Diez mil a uno! Y aquellos
hombres no se desalentaron. Siguieron adelante, atravesaron muy
difíciles circunstancias, y lucharon siempre con una correlación de
fuerzas muy adversa.
Cuando, incluso finaliza la guerra, la correlación es de más veinte
a uno. Por esos períodos atravesó nuestro proceso. De manera
que esto, revolucionarios chilenos, lo cito en relación con este día,
que es para nosotros un deber recordar, para sacar la conclusión de
que un pueblo revolucionario, un pueblo armado con una doctrina,
con una idea, decidido a defender una causa, no habrá forma de
aplastarlo, no habrá forma de derrotarlo (Aplausos).
¡Decimos esto para que jamás haya desaliento en las filas revolucionarias!
¡Para que jamás la moral baje un ápice! ¡No importa la
acción del enemigo! ¡No importan incluso sus éxitos parciales! Hay
que decir: ¡Adelante!
Los revolucionarios se mueven por motivaciones profundas, por
grandes ideas. No incitan el temor. ¡No! Aunque, desde luego, los
revolucionarios saben el destino de las revoluciones aplastadas. Para
citar ejemplos, dos: la revolución de los esclavos de Roma, la revolución
de Espartaco, aplastada por los oligarcas, costó la vida a
cientos de miles de hombres que fueron crucificados a lo largo de los
caminos que conducen a Roma; la revolución de los comuneros de
París, ahogada ferozmente en sangre.
Y se pueden citar varios ejemplos modernos. Cuando un proceso
revolucionario se desata, por un lado surge el fascismo, con todos sus
trucos y todas sus artes, todas sus técnicas de lucha, todas sus hipo50
cresías, sus fariseísmos, sus tácticas de despertar el miedo, de usar,
la mentira, sus ruines e inescrupulosos métodos. ¡No hay que temer!
¡Luchar con argumentos! ¡Luchar con la razón! ¡Luchar con la verdad!
¡Luchar con convicción! y ¡luchar no por temor a las consecuencias
de la derrota! Saber, sí, lo caro que cuestan las derrotas a
los pueblos. ¡Luchar por el ideal! ¡Luchar por la causa justa! ¡Luchar
sabiendo que la razón está de su parte! ¡Luchar sabiendo que
las leyes inexorables de la historia están de su parte! ¡Luchar sabiendo
que el futuro les pertenece! ¡Avanzar con las masas! ¡Avanzar
con pueblo! ¡Avanzar con las ideas! ¡Avanzar sumando! ¡Avanzar
creciendo! (Exclamaciones y aplausos).
Y esto que digo hoy, en que he hablado ampliamente —gracias a
la paciencia y consideración de ustedes—, esto a que nos hemos
referido sobre tácticas, sobre unión, sobre posibilidades de participación
de todos en esta gran cruzada por la América de mañana,
esto no lo he inventado al venir aquí a Chile, éstas no son ideas de
ocasión, porque aquí tenemos nosotros este documento, proclamado
hace diez años, que se llama Segunda Declaración de La Habana
(Aplausos), y que nosotros consideramos conveniente referir leyendo
unos párrafos, y que resumen la concepción estratégica revolucionaría
desde entonces. Y tal vez estos párrafos puedan ser de utilidad
para ustedes.
Al despedirnos, ¿qué podemos darles? Si tan siquiera pudieran
ser de utilidad algunas ideas, algunos conceptos, nos sentiríamos
satisfechos, si al menos espiritualmente hemos reciprocado de alguna
manera el afecto de ustedes.
Los párrafos son éstos, y están a continuación uno de otro.
El imperialismo, utilizando los grandes monopolios cinematográficos,
sus agencias cablegráficas, sus revistas, libros y periódicos
reaccionarios, acude a las mentiras más sutiles para
sembrar el divisionismo e inculcar entre la gente más ignorante
el miedo y la superstición a las ideas revolucionarias, que sólo a
los intereses de los poderosos explotadores y a sus seculares
privilegios pueden y deben asustar. El divisionismo, producto
de toda clase de prejuicios, ideas falsas y mentiras, el sectarismo,
el dogmatismo, la falta de amplitud para analizar el papel
que corresponde a cada capa social, a sus partidos, organizaciones
y dirigentes, dificultan la unidad de acción imprescindible
entre las fuerzas democráticas y progresistas de nuestros pue51
blos. Son vicios de crecimiento, enfermedades de la infancia
del movimiento revolucionario que deben quedar atrás. En la
lucha antiimperialista y antifeudal es posible vertebrar la inmensa
mayoría del pueblo tras metas de liberación que unan el
esfuerzo de la clase obrera, los campesinos, los trabajadores
intelectuales, la pequeña burguesía y las capas más progresistas
de la burguesía nacional. Estos sectores comprenden la inmensa
mayoría de la población y aglutinan grandes fuerzas sociales
capaces de barrer el dominio imperialista y la reacción feudal.
En ese amplio movimiento pueden y deben luchar juntos por el
bien de sus naciones, por el bien de sus pueblos y por el bien de
América, desde el viejo militante marxista hasta el católico sincero
que no tenga nada que ver con los monopolios yanquis y
los señores feudales de la tierra.
Ese movimiento podría arrastrar consigo a los elementos progresistas
de las fuerzas armadas, humilladas también por las
misiones militares yanquis, la traición a los intereses nacionales
de las oligarquías feudales y la inmolación de la soberanía
nacional a los dictados de Washington.
Estas ideas fueron expresadas hace diez años y no se apartan un
ápice de las ideas de hoy.
Nuestra Revolución ha sido consecuente con sus posiciones. No
ha sido dogmática. Progresa, avanza. En un momento dado puede
tener algunas fases y algunos desarrollos superiores a los de atrás.
Pero sigue una línea, sigue un principio, sigue un camino. Se ha
caracterizado por su confianza en el pueblo, por su confianza en
las masas, por su confianza en las ideas, por la seguridad en la
victoria. Se ha caracterizado por su firmeza y por su intransigencia.
¡Amplitud y suma por un lado, intransigencia con los principios
por otro lado!
Hemos hablado con muchos chilenos. Hemos dialogado ampliamente.
Con los únicos que no hemos dialogado ni dialogaremos jamás
es con los explotadores, con los reaccionarios, con los oligarcas
y los fascistas (Aplausos).
¡Con los fascistas no hemos dialogado ni dialogaremos jamás!
Con todos los demás chilenos hemos sentido el inmenso honor de
haberlos tratado, de haberlos conocido, de haber cambiado impresiones,
de haber dialogado con ellos (Aplausos).
52
Querido compañero Salvador Allende: pronto ya partiremos de
este hermoso y magnífico país. Pronto nos despediremos de este
pueblo acogedor, hospitalario, magnífico y caluroso. Una cosa nos
llevamos: el recuerdo imborrable de esta visita, de los afectos, de
las atenciones, de los honores que a nuestra delegación ustedes
hicieron como representante del pueblo cubano y de la Revolución
Cubana.
Sólo queremos decirle, querido presidente, a usted y a los chilenos,
que con Cuba pueden contar (Aplausos) con su solidaridad desinteresada
e incondicional, con lo que esa bandera significa, con lo
que esa patria significa. ¡No la patria de los explotados, sino la
patria de los hombres libres! ¡La patria donde una revolución ha
llevado la igualdad y la justicia! ¡La patria donde se ha reivindicado
al hombre y se le ha dado un contenido inmenso de dignidad!
A los que pretenden impugnar la legitimidad de esa Revolución,
que vean su fuerza y que expliquen cómo si no tenemos un pueblo
consciente y unido —un pueblo que sabe lo que es la dignidad y la
libertad—, cómo hemos podido resistir culturalmente, políticamente
y militarmente al poderoso imperio yanqui (Aplausos).
¡Ahí está nuestra patria sólida y firme! ¡Ahí está su bandera! ¡Bandera
que significa la dignidad de Cuba, que significa la nación en su
sentido más amplio, que significa el patriotismo en su sentido más
solidario como hijos de Cuba, como hijos de América!
En esos símbolos que hoy flotan en este sitio, en esa proximidad
física está también el símbolo de la proximidad de nuestros pueblos,
de nuestra idea, de nuestra causa, y de nuestra razón.
Y por ser hoy dos de diciembre, permítaseme terminar estas palabras
como las terminamos siempre en Cuba:
¡Patria o Muerte!
¡Venceremos!
(Exclamaciones de: ¡Fidel!, ¡Fidel!).
(Ovación).
53
EL PRIMER ENCUENTRO CON FIDEL
Y EL CHE
Yo estaba en Venezuela para la ascensión al mando de Betancourt y
se me ocurrió, porque tenía unos dólares de más, ir a ver Cuba. Ya
Fidel Castro había entrado en La Habana. Debe haber entrado Fidel
el 6 de enero, según me acuerdo, o el 5 de enero. Pues bien, yo
llegué a Cuba el 20 de enero y llegué en un momento muy curioso.
Estaba en el hotel y esa tarde hubo un desfile que para mí no sólo
fue impactante, sino sencillamente fue una cosa increíble. Ese desfile
estaba encabezado por doscientos policías de Miami e iba en
auto abierto el alcalde de Miami y, me parece, el alcalde de La
Habana.
Entonces, yo al día siguiente pensé tomar el avión y regresar a
Chile, cuando me encontré con Carlos Rafael Rodríguez, a quien
había conocido en Chile y me dijo: “¿Qué estás haciendo acá?” Le
dije: “Vine a ver esta revolución, pero como no hay tal revolución,
me voy. ¿Qué revolución va a ser ésta cuando están los policías de
Miami?” Entonces me dijo: “Cometes un error, Salvador, quédate
aquí, conversa con los dirigentes”. Le dije: “No, no, me voy”. Pero
me insistió tanto, y además yo conocía a Carlos Rafael, que le dije:
“Conforme, pero ponme en contacto con los dirigentes”. Efectivamente,
esa tarde yo recibí un llamado de Aleyda, a quien no conocía, no
sabía quién era. Era la secretaria del Che, no estaba casada con el Che
todavía, y me dijo: “El comandante Guevara le va a mandar su automóvil
y lo espera en el Cuartel de La Cabaña”. Ahí llegué yo y ahí
estaba el Che. Estaba tendido en un catre de campaña, en una pieza
enorme, donde me recuerdo había un catre de bronce, pero el Che
estaba tendido en el catre de campaña. Solamente con los pantalones
y con el dorso descubierto, y en ese momento tenía un fuerte
ataque de asma. Estaba con el inhalador y yo esperé que se le pasara;
me senté en la cama, en la otra, entonces le dije: “Comandante”, pero
me dijo: “Mire, Allende, yo sé perfectamente bien quién es usted.
SALVADOR ALLENDE
54
Yo le oí en la campaña presidencial del ‘52 dos discursos: uno muy
bueno y uno muy malo. Así es que conversemos con confianza, porque
yo tengo una opinión clara de quién es usted”. Después me di
cuenta de la calidad intelectual, el sentido humano, la visión continental
que tenía el Che y la concepción realista de la lucha de los
pueblos, y él me conectó con Raúl Castro y después, inmediatamente,
fui a ver a Fidel. Recuerdo como si fuera hoy el día: estaba en un
consejo de gabinete. Me hizo entrar y yo presencié parte de la reunión.
Hubo una cena y después salimos a conversar con Fidel a un
salón. Había guajiros jugando ajedrez y cartas, tendidos en el suelo,
con metralletas, y de todo. Ahí, en un pequeño rincón libre, nos quedamos
largo rato. Ahí me di cuenta de lo que era, ahí tuve la concepción
de lo que era Fidel.
La Revolución Cubana: una lección extraordinaria. Primero, un
pueblo unido, un pueblo consciente de su tarea histórica, es un pueblo
invencible. Además, cuando tiene líderes consecuentes, cuando
tiene hombres capaces de interpretar al pueblo, sentirse el pueblo hecho
gobierno, y es el caso de Fidel, y es el caso del Che.
En realidad, desde el primer momento Fidel me impresionó, esa
inteligencia desbordante, esa cosa increíble y arrolladora —porque
es como una especie de catarata humana— y su franqueza.
La primera vez que llegué a Cuba me conecté con el Che y desde
ese instante tuve por él afecto, respeto, y creo, podría decirte que fui
amigo del Che. Tengo aquí un retrato de él que tiene una dedicatoria,
dice: “A Carmen Paz, Beatriz y María Isabel, con el cariño fraterno
de la Revolución Cubana y el mío propio”. Esto demuestra que conocía
a mis hijas, que sabía que familiarmente le teníamos afecto,
cariño, pero más que eso, quiero mostrar algo que tiene un valor
inestimable para mí. Algo excepcional, que guardo como un tesoro:
La guerra de guerrillas. Este ejemplar estaba encima del escritorio
del Che, debe haber sido el segundo o tercer ejemplar, porque —me
imagino— el primero se lo dio a Fidel. Y aquí tiene una dedicatoria
que dice: “A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener
lo mismo. Afectuosamente, Che”. Después, en el año 1961, se realizó
en Uruguay, en el balneario de Punta del Este, una conferencia
económica en la cual el presidente de Estados Unidos, John Kennedy,
lanzó su programa Alianza para el Progreso. En esa reunión estuvo
el Che y en ella pronunció su célebre y profética crítica a este programa
demagógico. Paralelamente, las organizaciones antimperialistas
55
uruguayas me invitaron a participar en una reunión que se efectuó en
Montevideo, destinada a responder a la que se realizaba en Punta del
Este. Otro de los invitados fue el Che y por este motivo nos volvimos
a juntar, esa vez en Uruguay. Yo ofrecí dos charlas y el Che una, con la
que se clausuraron las jornadas antimperialistas, que tuvieron como
escenario el Salón de Honor de la Universidad de Montevideo. Al salir,
luego de la charla del Che, éste me dijo: “Salvador, salgamos separados
para no dar un solo blanco en caso de atentado”. Abandonamos
separados el lugar. Después nos enteramos que se produjo un atentado
y que un desconocido agente reaccionario disparó sobre la masa que
esperaba la salida de los líderes políticos, asesinando a un profesor
uruguayo. Esa noche el Che me invitó al hotel en que estaba hospedado
para conversar durante la comida. En esa ocasión me presentó a
su madre, la quería mucho. En medio de la conversación me contó un
secreto del momento: al día siguiente viajaría a Buenos Aires, en
forma reservada, invitado por el presidente argentino de la época, el
civil Arturo Frondizi. El viaje se realizó y la consecuencia del encuentro
privado pero evidentemente político fue el derrocamiento de
Frondizi. Poco después el presidente de Brasil, Janio Quadros, sería
derribado por condecorar al Che a su paso por Brasil. La noticia de
su asesinato me causó un pesar profundo. Compartí el dolor de miles
y miles de mis compatriotas. En verdad, he conocido muchos hombres
en las más altas responsabilidades, pero dos personas me han
impresionado por algo que no he encontrado en otras, su mirada: el
Che Guevara y Chou En-lai. En ambas había una fuerza interior, en
ambas había firmeza, en ambas había ironía. Cuando conversaba con
el comandante Guevara y lo miraba, sabía la respuesta antes que él la
dijera con palabras. En sus ojos vi muchas veces ternura y soledad.
Lo que siempre me golpeó fue esa respuesta, que sin ser dicha, yo
veía en sus ojos.
Yo era presidente del Senado cuando llegaron aquí los guerrilleros
que acompañaban al Che. Entonces yo estuve con ellos en Iquique y
después volé a Pascua y Tahití con ellos. Ahí me firmaron Pombo y
otros en este libro, La guerra de guerrillas, que yo llevaba, y ellos
pusieron lo siguiente: “Compañero, en el libro que le obsequió el
Che, queremos que queden estas palabras como homenaje a él, de
los que fuimos sus compañeros de la guerrilla boliviana”.
Yo creo que la derecha, durante los diez días que estuve fuera de
Chile, sobre todo usó la ironía, el sarcasmo, la burla, la befa, en contra
56
mía. De ahí, entonces, de atacado me transformé en atacante. Y sin
modestia, barrí con mis detractores y desde ese instante se acabaron
los ataques. El propósito era, además, censurarme y echarme de la
Presidencia del Senado. No se atrevieron a intentarlo.
Yo creo, indiscutiblemente, que en la vida de Latinoamérica pocas
veces, o quizá nunca, ha habido un hombre que haya demostrado más
consecuencia con sus ideas, más generosidad, más desprendimiento.
El Che lo tenía todo, renunció a todo por hacer posible la lucha continental.
Ahora, la respuesta del porqué está en la propia dedicatoria del
libro del Che: “Para Allende, que por otros caminos trata de obtener lo
mismo”. Había diferencias, indiscutiblemente, pero formales. En el
fondo, las posiciones eran similares, iguales.
Cada dirigente debe proceder al análisis concreto de una situación
concreta, ésa es la esencia del marxismo. Por eso cada país frente a
su realidad traza su propia táctica.
57
Levanto mi voz con profunda emoción en esta Plaza, donde tradicionalmente
se reúne el pueblo para escuchar la palabra de Fidel y de
los dirigentes de la Revolución, frente a la estatua de Martí, que
cobra vida y presencia con el calor del pueblo.
Lo hago con el sentimiento agradecido, porque hace unos pocos
minutos el Gobierno Revolucionario de Cuba ha honrado a Chile en
mi persona, al otorgarme la mas alta distinción que pudiera recibir
en mi vida de revolucionario, la Medalla de José Martí. Ella pertenece
al pueblo chileno, que siempre estuvo y estará junto al pueblo
de Cuba y a su proceso revolucionario.
Vine por vez primera en enero de 1959, y prácticamente todos los
años, hasta 1968, concurrí a Cuba para estar junto a su pueblo y ver
como se afianza su conciencia revolucionaria, cómo los conductores
de la Revolución y como Fidel Castro daban el ejemplo de una voluntad
creadora para derrotar al imperialismo y hablar el lenguaje
de solidaridad a través del mundo…
Creo que tengo derecho que me honra de decir que fui amigo del
comandante Ernesto Che Guevara. Guardo un ejemplar de su libro
Guerra de Guerrillas, que me dedicara fraternalmente. Con su espíritu
amplio, me decía con su letra dibujada por la fraternidad:
“A Salvador Allende, que por otros medios busca lo mismo.
Afectuosamente. Che”.
En mi patria vivimos con inquietud las horas duras del guerrillero
que entregara su vida por la emancipación de los pueblos
latinoamericanos. Como amigo que comprende la magnitud de su
sacrificio, cumplí el deber de acompañar a los que fueron sus compañeros
en la lucha, hasta Tahití, para que pudieran volver después,
a su patria.
DISCURSO DEL PRESIDENTE DE LA
REPÚBLICA DE CHILE, DOCTOR SALVADOR
ALLENDE, EN LA PLAZA
DE LA REVOLUCIÓN “JOSÉ MARTÍ”,
LA HABANA, CUBA, DICIEMBRE 13 DE 1972
(FRAGMENTO)
58
He tratado a Raúl Castro, a los compañeros dirigentes. He conversado
largas y largas horas con Dorticós y con Fidel. Martí tenia
razón cuando escribió: “La América, al estremecerse al principio
de siglo desde las entrañas hasta las cumbres, se hizo hombre, y no
Bolívar. No es que los hombres hacen los pueblos, sino que los pueblos,
con su hora de génesis, suelen ponerse, vibrantes y triunfantes,
en un hombre. A veces está el hombre listo y no lo está su pueblo. A
veces está listo el pueblo y no aparece el hombre.”
Aquí en Cuba, apareció el hombre, síntesis del pueblo: Fidel Castro…
He visto desde sus horas iniciales el largo, duro y sacrificado camino
que ha andado el pueblo de Cuba, venciendo el bloqueo económico,
derrotando la insolencia imperialista, afianzando su conciencia
revolucionaria y consolidando su conciencia política. Lo he visto haciendo
producir la tierra, levantando escuelas, trazando caminos, atendiendo
los enfermos, empujando su economía. Por sobre los esfuerzos
que implicaba luchar por una zafra mas alta y mejor, por sobre el
sacrificio está el ejemplo: El ejemplo de un pueblo que señala al mundo
una nueva moral, que dice a América Latina que hay un lenguaje
en la ética revolucionaria, que pueblo y dirigentes conjugan.
Cuba enseña a América Latina y al mundo su clara concepción del
Internacionalismo Proletario. Porque existe esa nueva moral, esa nueva
conciencia. Y está latiendo aquí la voluntad revolucionaria ejemplar
de un pueblo, la delegación chilena y el compañero presidente que les
habla, han podido sentir la emoción viril al saber que este pueblo acoge
la generosa iniciativa de Fidel Castro para arrancarse un pedazo de
pan y entregarlo a mi pueblo que lucha contra el imperialismo.
¡Gracias! ¡Simplemente gracias, queridos compañeros! Se las doy
en nombre de los niños de Chile, de sus mujeres, de sus ancianos…
Hace cerca de un año, el pueblo de Cuba estuvo en Chile en la
persona del comandante Fidel Castro y de una delegación que visitara
nuestra patria. Allá Fidel —como era lógico imaginarse— recibió
el embate insolente de los proimperialistas y los profascistas.
Pero recibió el calor del minero, con quien dialogó en la dura Pampa
del salitre o en las montañas cerca de Chuqui; el afecto del campesino
del Valle Central; el ovejero de la estepa magallánica lo recibió
a pesar del frío, con el calor humano que entregara al hermano que
llegaba desde esta tierra.
Chile oyó su palabra: nos entregó su experiencia, nos habló con
el lenguaje de la realidad, y fortaleció la fe de nuestro pueblo en sus
propias fuerzas. Al hablar de su pueblo, de ustedes, hizo entender a
59
muchos que la revolución es sacrificio, es generosidad, renunciamiento,
que los revolucionarios tienen que sentir la necesidad de entregarse
plenamente para afianzar la independencia de su patria, y trabajar
para que las generaciones del futuro no sufran lo que hemos sufrido
nosotros.
La presencia de Fidel significó fortalecer la fe revolucionaria del
pueblo chileno y la fe revolucionaria de los pueblos latinoamericanos.
Con esa sencillez del maestro, dijo en Chile: “Si me preguntan
qué está ocurriendo en este país, sinceramente les diría que en Chile
está ocurriendo un proceso revolucionario. Nosotros, incluso nuestra
revolución, la hemos llamado un proceso. Un proceso todavía no
es una revolución. Hay que estar claros, un proceso es un camino, es
una fase que se indica.”
El revolucionario, el orientador y guía de un pueblo que llevaba
viviendo diez años tensos sacrificados y duros, le dio el ejemplo a
nuestro pueblo. Le enseñaba a nuestro pueblo a meditar lo que es el
proceso revolucionario, y lo que significa la revolución, para poner
atajo a los que piensen que se construye el socialismo por decreto o
para decirles también a los reaccionarios que la revolución implica
inquebrantable fe en las masas y en el pueblo…
Cada país tiene su propia historia, su idiosincrasia, sus costumbres,
ha vivido de manera diferente las distintas etapas de su proceso
social.
En Chile, el pueblo, las masas populares, de acuerdo con nuestra
propia historia, y realidad, hemos alcanzado el gobierno para desde
allí conquistar el poder.
Es muy difícil, dentro de los marcos de una democracia burguesa,
impulsar un auténtico proceso revolucionario. Pero hemos avanzado
cumpliendo con nuestra conciencia, con el programa que levantamos
frente al pueblo, y con la decisión de los que están abriendo el
camino a una nueva sociedad y que empiezan a destruir el carcomido
régimen capitalista para edificar el socialismo.
Fidel Castro, en uno de sus discursos, nos dijo: “Porque como
hemos expresado en otras ocasiones, no son los revolucionarios los
inventores de la violencia. Fue la sociedad de clases a lo largo de la
historia la que creó, desarrolló e impuso su sistema, siempre mediante
la represión y la violencia. Los inventores de la violencia fueron
en todas las épocas los reaccionarios; los que impusieron a los
pueblos la violencia fueron en toda época los reaccionarios.”
60
En nuestro país hemos conquistado el gobierno a través de la expresión
de la voluntad mayoritaria. Hemos dicho que el pueblo no
busca ni quiere la violencia. Hemos hecho entender que la violencia
está institucionalizada en el régimen capitalista, que golpea implacablemente
a las masas populares. En mi patria no hemos usado la
violencia, pero sentimos la agresión del imperialismo que, como lo
dijera Fidel, con nuevos métodos, más sutiles, levanta un cerco para
estrangular económicamente a nuestra patria.
Sentimos la violencia que quisieron desatar —hasta llevarnos a
una posible guerra civil— los bastardos intereses de las empresas
transnacionales como la ITT y llegaron en sus tenebrosas maquinaciones
a asesinar al comandante en jefe del Ejército, general René
Schneider.
Fue el pueblo, la clase obrera, fueron las masas populares chilenas,
las que se movilizaron, para defender su victoria. No la victoria
de un hombre: la victoria esperada de un pueblo. Fue la lealtad ejemplar
de las Fuerzas Armadas de mi patria, fuerzas profesionales, respetuosas
de la voluntad popular, las que aplastaron a la insolencia
imperialista y a la propia reacción chilena.
Como lo ha dicho Fidel, se lo hemos repetido muchas veces a nuestro
pueblo: no queremos, la violencia. Utilizamos el marco cerrado de
una institucionalidad burguesa, para defender el derecho a transformar
las estructuras económicas y crear una nueva sociedad.
Les hemos advertido a los imperialistas —por eso utilicé la tribuna
de las Naciones Unidas, que es el foro internacional más importante—
para señalar que no nos van a doblegar, que no nos van a
impedir que construyamos por nuestra propia voluntad nuestro propio
destino. Fui a acusar, ante la conciencia del mundo, las tenebrosas
maquinaciones de las empresas transnacionales.
El compañero Fidel Castro en su intervención —como todas las
suyas, una lección clara y didáctica— les ha recordado a ustedes,
que tienen tan amplia concepción de los problemas de los pueblos
latinoamericanos, lo que es el embate en contra de Chile en los organismos
internacionales de crédito donde formamos parte por derecho
propio: en los organismos privados de crédito, donde se nos
ha cerrado lo que antes se nos otorgaba. Ha señalado que nuestro
país vive lo que llamara el Poeta nuestro “un Viet Nam silencioso”,
sin el heroísmo del pueblo vietnamita y sin el ruido de la metralla,
61
pero sintiendo cada hombre, cada mujer, cada niño de Chile la angustia
del diario vivir frente a los problemas que duramente tenemos
que enfrentar.
Quiero decirles, afianzando lo expresado por el comandante Castro,
que toda esta actitud nace porque hay gentes que no pueden
tolerar que los pueblos pequeños tengan la impaciencia histórica de
construir su propio porvenir. Hay gente que cree que los valores tan
sólo se miden por el dinero y por el ingreso per cápita que tienen los
ciudadanos. Niegan los valores superiores de nuestra cultura autóctona,
aplastada y negada. No entienden que podamos sentirnos con
derecho a ser dignos y a vivir como tales.
Cuando Chile, frente a una realidad impostergable, nacionalizó
su riqueza fundamental, el cobre, se desató toda la campaña que ha
golpeado a nuestro país desde fuera y desde dentro…
Los tiempos han cambiado, la correlación de fuerzas en el mundo
es distinta y la conciencia de las masas en el logro de sus legítimos
derechos sacude a los distintos continentes, aplastados por la explotación
capitalista.
Los países del Tercer Mundo ya levantan su voz en organismos
internacionales, toman acuerdos y compromisos para luchar contra
el enemigo común y para ganar la victoria de la independencia económica.
En el caso de nuestro país vale señalar, por ejemplo, que los países
productores de cobre como Zaire y Perú, más Chile, se han reunido,
primero en Europa y después en Santiago, con la presencia de sus ministros
de Energía y Combustibles, para marcar la decisión irrenunciable
a defender nuestros productos esenciales, a impedir la especulación
con los precios, a no dejarse empujar para cubrir los mercados que se
le quite a un país, como quisieron hacerlo con Chile.
Los países productores de cobre se han vinculado con los países
productores de petróleo. La OPEP y CIPEC son eslabones de un
comienzo que ha de justificar una decisión más amplia, para decir
basta a la explotación, a la penetración, a la expoliación de que
somos víctimas.
Y ya no son sólo los setenta y siete países, sino que son noventa y
ocho los que empiezan a conjugar un lenguaje que con matices distintos,
tiene el mismo contenido.
No es de extrañarse por ello que, además de la actitud ejemplar
de Cuba hacia mi patria, hayamos sentido la solidaridad de los países
del Tercer Mundo, de pueblos y gobiernos de América Latina;
62
que hayamos sentido la solidaridad de miles y miles de gentes del
campo del propio capitalismo industrial. Por cierto, hemos sentido la
solidaridad amplia, comprensiva y generosa de los países del campo
socialista. Hay algo que está indicando que hay una voluntad nueva y
una conciencia distinta, cuando los trabajadores del puerto de Le Havre
o de Rotterdam, en Francia y en Holanda, se niegan a descargar el
cobre que la Kennecott decía que era de ella. Igual actitud habrían
asumido los trabajadores de Suecia si esa compañía hubiera entablado
una demanda de embargo.
Son los trabajadores organizados sindicalmente los que en respuesta
a la demanda de la Central Única nuestra, han dicho que se
reunirán para denunciar ante el mundo lo que significan las empresas
transnacionales y de qué manera pretenden mantener sus privilegios
y sus granjerías.
Aquí en América Latina ya empieza a sentirse el latido de la historia,
golpea el ayer nuestras conciencias, y son también las masas y
los gobiernos los que entienden la necesidad imperiosa de una actitud
que permita a nuestros países romper la dependencia económica
y conquistar la plena independencia política.
No pueden los pueblos seguir viviendo con el peso brutal de las
deudas que nos han empujado a contraer. Setenta y cinco mil millones
de dólares deben los países en vías de desarrollo. Jamás podrán cumplir
los compromisos derivados de las exigencias de amortización e
intereses. Pueblos hambrientos, con cesantías, con falta de viviendas,
con incultura, teniendo que hambrear masas y masas para cumplir
compromisos que pesan brutalmente sobre nuestro potencial de
desarrollo.
Pero se siente la voluntad de América Latina, que se expresa en la
protesta de Perú frente a la insolencia también de una empresa imperialista
petrolera, o cuando nuestros países reclaman el respeto a
nuestro mar territorial o patrimonial, para poder defender las riquezas
que quieren también arrancarnos.
Ayer las minas, hoy el mar. ¿Qué nos quieren dejar, cuando también
les llevan a nuestros pueblos a nuestros técnicos, a nuestros
profesionales, que el pueblo gasta en educarlos y que necesitamos
tanto para la cultura y la salud de nuestros hijos?
América Latina empieza a vivir la protesta que ayer era silenciosa
y que hoy tiene contenido: el ejemplo de Cuba y el camino de Chile.
La integración da pasos pequeños, pero que representa un avance:
63
sentimos la profunda confianza en la voluntad de los pueblos que
obliga a los gobiernos y rompe el bloqueo. Ayer, como primer gesto,
Chile reanuda sus relaciones con Cuba, las mantiene con México,
las alcanza Perú, y ahora cuatro pueblos del Caribe se suman al derecho
supremo nuestro de ser hermanos de la Cuba revolucionaria…
Tenemos que entender que hay una quiebra y una crisis del sistema
interamericano, que no fue concebido por nosotros, los latinoamericanos,
que no corresponde a los reales intereses de nuestros pueblos,
que los gobernantes ya comprenden su ineficacia, y que la Alianza
para el Progreso, última gran tentativa política de mantener la hegemonía,
demostró su fracaso e ineficacia.
Nosotros lo hicimos presente en 1962. Dijimos que el sistema
interamericano era un sistema vulnerado, establecido para dividir a
los pueblos latinoamericanos, para aislarlos —como en el caso de
Cuba— para mantener el bloqueo, para atacarnos inclusive, torciendo
las bases jurídicas, y condenarnos a la explotación de siempre. Es
un sistema moralmente descalificado, políticamente, ya al margen de
la realidad de nuestros pueblos, y económicamente repudiado.
El sistema interamericano debe ser reemplazado por la organización
de un auténtico sistema que defienda a los pueblos latinoamericanos;
por un sistema latinoamericano en que conjuguemos nosotros
nuestro propio lenguaje; que encaremos nosotros nuestras propias
necesidades; que levantemos nuestra voz de Pueblo-Continente, haciendo
respetar nuestra cultura, nuestra historia, nuestra dignidad y
nuestro derecho a la vida digna de pueblos dignos.
Chile, en el proceso revolucionario en que vive, proyecta la imagen
de su lucha fundamentalmente a Latinoamérica.
Cuando los pueblos sean gobierno, cuando las masas populares
—y que no será tarde— adquieran la dimensión de su fuerza; cuando
el campesino sepa que le entregan el pan y al minero la riqueza,
cuando la mujer de este continente se canse de llorar reclamando
alimento para sus hijos, cuando América sienta el llamado de la
historia, entonces hablaremos el lenguaje común, y entonces estará
presente en la plenitud de sus derechos el pueblo revolucionario,
que con el machete en la mano destrozó la maleza imperialista para
levantar la caña fresca y dulce de la amistad latinoamericana.
64
LA MONEDA*
Otra vez La Moneda. Y así será por siempre hasta que esas horas, esa
película vuelta a proyectar miles de veces en mi memoria, se fundan
finalmente en lo que tendrá, alguna vez, que ser mi último recuerdo.
En definitiva hay hechos como ese, testimonios, que permiten, o mejor
aún obligan, a varias relaciones en el tiempo, a distintos enfoques, al
regreso de otros datos, o rectificaciones y apreciaciones, que se perdieron
en un primer momento o que pudieron quedar inéditos por
múltiples razones. Esto me sucede con el ataque a La Moneda, uno
de los hechos que más trascendencia han tenido, y tienen, en la política
contemporánea latinoamericana. Y particularmente también en
mi vida y en la de aquellos periodistas que me acompañaron en la
cobertura del golpe de Estado contra el presidente Salvador Allende.
La esencia de la asonada, su carácter, los antecedentes inmediatos
previos al martes 11 de septiembre de 1973, detalles de los sucesos en
el Palacio de La Moneda, los escribí en Grandes alamedas, el combate
del presidente Allende, libro de dos largas ediciones en español y que
tuvo varias traducciones en el extranjero; y también en una crónica,
“Las últimas horas de La Moneda”, que la agencia de noticias Prensa
Latina pudo difundir el jueves 13, tres días después del golpe,
porque la clausura de las comunicaciones de Chile con el exterior
dispuesta por la Junta Militar impidió su transmisión, sólo posible
cuando finalmente llegué a La Habana.
Esa crónica, unas diez cuartillas de teletipo —que fueron saliendo
de la máquina de escribir de un solo tirón y como si tuvieran existencia
propia—, se publicó en las primeras planas de alrededor de cincuenta
periódicos del mundo, según una encuesta que hizo la propia Prensa
Latina y que recogieron los periódicos cubanos de la época. La repercusión
fue lógica: se trataba de la única versión que se conocía distinta
a la que propagandizaba la Junta, la que ponía en claro, desde sus
primeras líneas, la naturaleza del golpe, y que ofrecía precisiones que
JORGE TIMOSSI
* Jorge Timossi: Grandes alamedas. El combate del presidente Allende. Editorial
de Ciencias Sociales, La Habana, 1974. De buena fuente. Editora Política, La
Habana, 1988.
65
ni el tiempo ni la Junta pudieron desmentir jamás, pese a que fue
elaborada, fermentada, en el enorme estado de confusión que generó
el cuartelazo, cuando las informaciones se desmentían unas a otras
en cuestión de pocos minutos. Esa crónica contiene también inexactitudes,
que la historia ya se encargó de esclarecer, pero que deseo ahora,
a tantos años de aquellos días, comentar como si lo hiciera sólo
para mí, en el soliloquio de esos empecinados recuerdos.
Primero transcribiré aquí íntegramente ese texto para volver luego a
algunas consideraciones, incluso a algunas sensaciones que nunca antes
había comunicado, como la indeleble del miedo. Esto quiero hacerlo,
entre otras cosas, porque sé que la historia no se rehace, tampoco se
rehuye, y los cambios, las falsedades, deben pertenecer siempre, con
exclusividad, a los fascistas. Tengo ante mí aquellas páginas, pegadas
a mi vida como papel mojado por esa llovizna que caía en Santiago de
Chile aquel día nefasto:
El presidente Salvador Allende cayó defendiendo el Palacio de
Gobierno, sus convicciones esenciales, después de exigir garantías
para la clase obrera chilena ante el poder avasallador del
golpe fascista.
“No saldré de La Moneda, no renunciaré a mi cargo y defenderé
con mi vida la autoridad que el pueblo me entregó”, remarcó
desde la primera alocución que hizo en la mañana del martes
11 por la efímera cadena radial La Voz de la Patria.
En mis contactos personales con el presidente Allende nunca le
escuché otras palabras cuando él se refería a la hipótesis de un
golpe de Estado: “Tienen que sacarme del Palacio muerto, en
una caja de pino, con los pies para adelante.”
Esto lo repetía una y otra vez a sus interlocutores allegados y
la primera ocasión que lo hizo público fue en una concentración
con que finalizó la visita a Chile del más dilecto de sus
amigos: el primer ministro de Cuba, comandante Fidel Castro.
En esa mañana del 11 de septiembre Allende llegó súbitamente
al palacio, a las 7:30 a.m., con un grueso grupo de su escolta
personal, alrededor de 50 efectivos de Carabineros, el director
general de Carabineros, José María Sepúlveda, sus médicos
personales y algunos asesores directos.
El clima golpista que se incrementó en el país después del
“tancazo” del 29 de junio —un fallido intento que fue sofocado
66
en solo tres horas— culminaba esa mañana después de una
noche de intensos rumores.
Al entrar Allende en La Moneda, los efectivos de Carabineros y
cuatro tanquetas de este cuerpo tomaron posiciones en los accesos
principales. Impidieron el tránsito de vehículos y personas
en dos cuadras a la redonda, iniciando así un ajetreo nervioso
que todavía pasaba inadvertido o como algo relativamente normal
para el santiaguino, habituado ya al diario enfrentamiento
callejero y los actos terroristas de la derecha.
Bastaron pocos minutos para enterarme de lo que en realidad
ocurría: el presidente tenía informaciones de posibles acciones
golpistas en la noche del lunes, y a las siete de la mañana
del martes fue informado en su residencia de la calle Tomás
Moro de que unidades de la Marina de Guerra se habían sublevado
en Valparaíso y marchaban sobre Santiago.
Pocos minutos después de las ocho la emisora socialista Radio
Corporación informó que existía una situación anormal en Valparaíso,
y en principio alertó a los obreros, a los cordones industriales,
que jugaron un destacado papel inicial en el “tancazo” y
que ahora están luchando contra los cohetes de los aviones a
chorro, los cañones de los tanques y los obuses.
A dos cuadras del Palacio de Gobierno, desde las oficinas de
Prensa Latina, un ruido demasiado peculiar dio la medida de
que el golpe no provenía sólo de la marinería: un avión de
combate de la Fuerza Aérea estaba haciendo vuelos rasantes
sobre el Palacio, sobre los techos del corazón de Santiago.
Los observadores más avezados del difícil y polémico proceso
chileno opinaban que después del “tancazo” —una acción que
se cumplió con sólo una unidad de tanques y apoyo civil fascista—
el nuevo golpe estaría planificado con el concierto de las
tres armas. Tal vez esta creencia estaba apoyada por algunas
informaciones deslizadas en privado por el ex-comandante en
jefe del Ejército, general Carlos Prats, quien renunció a su cargo
el 23 de agosto precisamente para evitar un golpe.
A las 8:45 Radio Corporación fue eliminada del aire, sin juego
de palabras: un avión atacó la planta transmisora.
Pero Allende ya había logrado hacer una primera advertencia:
“Están haciendo vuelos rasantes. Seguramente ametrallarán
La Moneda.”
67
Pude calcular que el primer rocket de un Hawker Hunter fue
lanzado sobre el palacio a las 12:00. Un tiroteo se generalizó.
El grupo de periodistas que tuvo acceso a una esquina del Palacio
tuvo que “despejar el área” —según el conminatorio lenguaje
de carabineros— a paso vivo y con las manos en alto. Sin
embargo, un equipo de televisión logró captar escenas: tres
periodistas del Canal 13, que estuvieron filmando desde que
Allende llegó al Palacio y que se constituyeron en los únicos
voceros admitidos de la Junta de generales golpistas.
A las 9:15 me comuniqué telefónicamente con el despacho
presidencial. Un asesor de Allende me reiteró: “Puedes decir
que aquí nos morimos y vamos a resistir hasta al final.” Le pregunté
con qué fuerzas contaban en ese momento para resistir:
“La guardia de carabineros de Palacio, alrededor de 50 efectivos
suplementarios del mismo cuerpo y un grupo de hombres
de la protección presidencial, más los asesores y funcionarios
que estén dispuestos a resistir.”
La primera proclama golpista, firmada por “los tres comandantes
en jefe de las Fuerzas Armadas y el director general de
Carabineros” —los nombres sólo fueron revelados en una segunda
emisión—, señaló que la decisión del golpe de Estado
fue tomada “ante la grave crisis moral, económica y social que
vive el país”.
Las comunicaciones telefónicas con Valparaíso fueron interrumpidas,
y alrededor de las 9:30 se paralizaron las comunicaciones
con el exterior, excepto los canales por satélite que admitieron
una más prolongada vigencia, hasta que también cayeron a los
pies de la Junta. Entel-Chile, la empresa de telecomunicaciones
del Estado, fue ocupada por efectivos del Ejército, y la sobradamente
famosa en Chile ITT me cortó un circuito abierto con París
a las 9:45.
Los reporteros de Prensa Latina en la calle y en la terraza de la
oficina —en el undécimo piso de un céntrico edificio— comenzamos
a detallar el panorama: tanques hacia La Moneda, tres
aviones continuaban los vuelos rasantes, un tiroteo desperdigado
comenzó a concentrarse, y por momentos el ruido se hizo
ensordecedor. La radio golpista lanzó su ultimátum a las 11:00
a.m. Allende tenia tres minutos para rendirse. Pero en su tercera
alocución Allende volvió a reiterar que no se rendía, que perma68
necería en Palacio, y dijo premonitoriamente: “Quizá sea la última
vez que pueda dirigirme a ustedes.” Desde ese momento se
tuvo plena conciencia de que el golpe de Estado contra el presidente
constitucional de Chile sería el más cruento registrado en
la historia de los derrocamientos latinoamericanos.
Hasta el piso once de las oficinas de la agencia ascendió un
inmediato olor a pólvora, aceite y carne quemada. Y desde aquí
y desde la calle fue imposible precisar desde dónde se disparaba,
quién y con qué. El ruido fue prolongado, concentrado, y
todas las armas de guerra sonaban al unísono: desde el rocket
hasta una 30 milímetros, hasta el cañón de un tanque Sherman,
pasando por los fusiles ametralladoras del Ejército chileno.
Las calles del centro quedaron desiertas y algunos automóviles
estacionados comenzaron a servir de parapeto o convertirse en
miserable chatarra al paso de los tanques.
A las 13:52 minutos recibí una llamada desde Palacio. Era Jaime
Barrios, asesor económico del presidente, quien peleó desde
una de las ventanas que dan al frente del edificio. Me informó:
“Vamos hasta el final. Allende está disparando con una ametralladora.
Esto es infernal y nos ahoga el humo. Augusto Olivares
murió. El jefe envió a parlamentar a Fernando Flores y Daniel
Vergara. Exige una garantía escrita para la clase trabajadora
y las conquistas, y una vez que la tenga en sus manos decidirá
qué hacer.”
Ésta fue la última noticia que tuve de Jaime Barrios. Nadie sabe
qué le pasó. Augusto Olivares era uno de los periodistas más
conocidos de Santiago, fiel amigo y seguidor de Allende. Fernando
Flores, secretario general de Gobierno, y Daniel Vergara,
subsecretario del Interior, que también habían estado combatiendo,
fueron tomados presos por los militares golpistas. Fueron
los primeros detenidos que ingresaron al subterráneo de la
Plaza Constitución, frente a La Moneda, habitualmente utilizado
por cuerpos especiales de carabineros.
Pero antes de esta comunicación con Barrios tuve otros datos
que me fueron también transmitidos telefónicamente desde el Palacio
por una fuente que ingresó en la resistencia clandestina:
Después de recibir el ultimátum, Allende reunió a todo el personal
a sus órdenes en el Salón Toesca, en el ala izquierda del
tradicional y benévolo edificio. Allí les pidió, les exigió a las
69
mujeres que se fueran. Al personal subalterno le pidió que se
fuera. A la guardia de carabineros y a los generales de carabineros
que estaban ahí desde un primer momento les dio a elegir. Se
retiraron las mujeres poco después de las 11:00; se fueron los
carabineros y el general Sepúlveda también se fue, y no me constó
con qué destino y objetivos. Una dramàtica escena se produjo
poco antes: Allende conminó a una de sus hijas, Beatriz, una
ayudante de primera línea, a que se fuera. Sé que se lo tuvo que
implorar, que exigir, para que finalmente ella accediera a salir
junto con tres colaboradores más: entre ellas Frida Modak, jefa
de prensa de la Presidencia, y la esposa de Jaime Barrios. También
sé que Beatriz Allende sólo llegó a 60 metros de La Moneda,
y se resguardó en un edificio a la espera de poder retornar.
Con Allende también estaban, entre varios otros, Carlos Jorquera,
periodista, El Negro, que era algo así como la sombra del presidente,
y Eduardo Paredes, ex-director de Investigaciones. La Junta
golpista dijo en uno de sus bandos que “se habían entregado”.
El miércoles 12, una fuente militar del Regimiento Tacna me reveló
un dato concreto para esta historia: la última vez que se vio
vivo a Paredes fue en la noche del martes, tirado en el piso de
uno de los patios del cuartel, boca abajo, y con milicos caminándole
sobre la espalda y la cabeza. Ahí también estaban algunos
miembros de la guardia personal de Allende.
Pero Salvador Allende, un vital hombre de 65 años, que combatió
con un fusil ametralladora y un casco de acero, estaba en un
charco de sangre, caído sobre el tapiz de su despacho.
Se puede decir que el jefe de Estado chileno, conductor de la
singular experiencia política y social de su pueblo, consecuente
con lo que siempre había expresado, murió entre las 13:50 y las
14:15. Los limites están marcados: murió después que envió a
Flores y Vergara a parlamentar y que éstos fueran hechos prisioneros,
y antes o cuando los golpistas ocuparon el Palacio.
La Junta Militar no se atrevió a informar a la opinión pública
hasta un día después de los hechos. En la tarde del miércoles,
un escueto bando de cinco puntos dijo que Salvador Allende se
suicidó, y que ese mediodía fue enterrado en forma privada con
asistencia de algunos familiares en Valparaíso.
El combate prosiguió después de la muerte de Allende. Sigue
hasta hoy, con una intensidad feroz, con allanamientos estilo
70
“tierra arrasada”, con rostros y bandos del más crudo corte fascista,
frente a la resistencia.
Allende murió tres días después de que su hija Beatriz cumpliera
años, ocasión en la que tuve oportunidad de jugar con él un par
de partidos de ajedrez, al que era aficionado. Cuando estábamos
colocando las piezas —a él le gustaba ceder la iniciativa en la
apertura— me dijo lo que para mí fueron sus últimas palabras:
“La cosa está muy fea. Tomaré una determinación en un par de
días. Ya ve: hice buenos enroques y alguna buena variante. Pero
se me están acabando los peones.”
De La Moneda surgían gruesas columnas de humo y los bomberos
entraron a apagar el fuego. Un fotógrafo de El Mercurio —el
decano del periodismo reaccionario continental— fue llamado por
los militares facciosos para fotografiar al persidente muerto.
La Moneda, vista desde cualquier ángulo, parece hoy un edificio
al cual le hubieran agrandado sus ventanas en una forma caprichosa
e imposible. Los agujeros son grandes cavernas tétricas y
las puertas ya no existen. Los admitidos camarógrafos del Canal
13 de televisión fueron paseados de la mano por los golpistas y
el único canal “sin censura” registró —sin quererlo— las primeras
imágenes conocidas en Chile de la verdadera, innata, cara de
uno de los fascismos más crueles del continente.
En la calle están los muertos, y el hedor a carne quemada se hizo
sentir con mayor fuerza en el centro de Santiago. A unas pocas
esquinas de las oficinas de Prensa Latina, en plena alameda Bernardo
O’Higgins, un cuerpo está tirado, con sólo restos de cráneo.
Fue el de un hombre que seguramente no pudo alcanzar a
refugiarse a tiempo porque usaba una pierna ortopédica y una
muleta para apoyarse.
Los cálculos hechos en consulta con varios corresponsales extranjeros
elevaron a cinco mil las bajas hasta la tarde del miércoles.
En ese periodo se registraron dos temblores de tierra —de los
acostumbrados remezones que se producen continuamente en
Chile— pero nadie pareció darles importancia, ni ninguna agencia
internacional se molestó en noticiarlos, o tal vez se confundieron
con las ondas expansivas de los dinamitazos y bombazos.
La resistencia al golpe continuaba.
No creo que Allende haya muerto en vano.
71
Hasta aquí llegaron estas líneas escritas en un confuso estado emocional,
con el enorme cansancio que produce la tensión nerviosa y no
haber dormido en cuarenta y ocho horas. Yo no quería hacerlas, mejor
dicho me sentía incapaz de generar una sola palabra sin antes haber
dormido un poco. De esta manera, la crónica se la debo a la insistencia
tesonera y profesional de un periodista cubano, Roberto Pavón, quien
prácticamente me obligó a sentarme frente a una máquina de escribir,
no escuchó mis lamentos, y fue enviando una a una las cuartillas, sin
tiempo de hacer correcciones de ningún tipo, directamente a la sala de
télex. Hoy, en cambio, puedo examinar esas líneas con toda tranquilidad,
comenzando por los errores y las precisiones:
Jaime Barrios: murió fusilado después que lo tomaron prisionero.
Él fue uno de mis últimos contactos telefónicos con La Moneda
ya en llamas. Tenía plena conciencia de su papel y de su destino.
En la última conversación me pidió que enviara a su hija, Alicia
Barrios, un fuerte abrazo, y a Danilo Bartulín, fiel amigo de Allende,
su médico personal y combatiente del Palacio, le entregó una
carta para su esposa, Nancy Julién, en la que le expresaba su
cariño y se despedía de ella. El miércoles, cuando aún no se
sabía qué había sucedido con Barrios, su hija me llamó para
expresarme, desgarradoramente, que tenía la intuición del asesinato
de su padre.
Augusto Olivares: poco después supe que El Perro había preferido
suicidarse antes que caer prisionero. Él también estaba
consciente de su papel y de cómo los militares le harían pagar
caro sus certeras denuncias sobre los lazos y redes establecidos
con ellos por la Agencia Central de Inteligencia. Augusto,
sin decir nada a los otros combatientes, se metió en un pequeño
baño de La Moneda, orinó en el lavabo, y se pegó un tiro.
Fernando Flores y Daniel Vergara: efectivamente fueron los primeros
detenidos por los golpistas, que se negaron a parlamentar
y continuaron exigiendo la rendición incondicional. Pero
no fueron detenidos en el subterráneo de la Plaza Constitución
sino en el Ministerio de Defensa, detrás de La Moneda, donde
se encontraban el almirante Patricio Carvajal, jefe del Estado
Mayor Conjunto de las Fuerzas Armadas, y los generales de
Ejército Sergio Nuño y Ernesto Baeza, y el general de Aviación
Nicanor Díaz Estrada. También fue detenido en esta ocasión
Osvaldo Puccio, secretario de Allende.
72
Las mujeres: la escena que narró la crónica fue exactamente
así y a la hora ahí señalada. Sólo que muchos años después, en
una entrevista con Danilo Bartulín —quien estuvo largo tiempo
preso antes de salir al exilio en México—, me enteré de otros
detalles. Él me narró:
Allende nos reunió para decirnos que, teníamos una tregua
de diez minutos para que las mujeres abandonaran La Moneda.
Dijo que sólo tenía obligación de quedarse su guardia
personal y aclaró que el que se quedara tenía que tener
un arma y estar dispuesto a disparar. El presidente me pidió
que sacara a las mujeres. Estaban Beatriz e Isabel Allende,
Frida Modak, la periodista Verónica Ahumada, Nancy Julién,
Míriam Contreras, Payita, y una secretaria de Daniel Vergara.
Yo me negué a retirarme. Me di cuenta de que Allende quería
salvarme. Y le entregué las llaves de mi auto a la Tati, Beatriz,
y las acompañé para que salieran por la puerta de
Morandé 80. Cerré la puerta y vi por la rejilla como se dirigían
a la Intendencia. De ahí la Tati regresó y me pidió que
la dejara entrar. Le hablé a través de la rejilla y me negué.
Cerré la rejilla para terminar la conversación y obligarla a
irse. Pero la Payita se había quedado, no había forma de
hacerla salir, y entonces le pedí que por lo menos se escondiera
para que no fuera vista por Allende. Los militares habían
ofrecido un vehículo para evacuar a las mujeres pero
nunca llegó.
Ahora puedo agregar algo más, que hace parte intrínseca de esta
secuencia: en su trayectoria hacia la Embajada de Cuba, adonde finalmente
llegaron, Beatriz y Frida me iban llamando cada tanto a Prensa
Latina. Los teléfonos funcionaban porque, evidentemente, los golpistas
los necesitaban, y este problema logístico permitió, entre otras cosas,
salvar muchas vidas.
Los aparatos, las máquinas de escribir, las teníamos nosotros en el
suelo, bajo las mesas, en previsión de los helicópteros que disparaban
hacia los edificios para acallar a los francotiradores leales. Nuestra
única arma, nuestra única posibilidad, eran los teléfonos, y les dimos
un uso pleno.
A cada llamada de Beatriz y Frida, yo les daba datos útiles, por dónde
creía que podían transitar sin mayor peligro y comunicaba sus posiciones
a amigos comunes que también las iban guiando.
73
También el teléfono nos sirvió para advertir sobre allanamientos,
antes de que se produjeran, o situar en qué lugares de la ciudad se
estaban produciendo y dónde había desplazamientos de tropas. Bartulín
me contó que incluso Allende se enteró, por un cruce telefónico, de
las verdaderas intenciones golpistas, cuando Pinochet, que tenía su
puesto de mando situado en la Central de Telecomunicaciones de
Peñalolén, en el sector oriental de la capital, le dijo al general Palacios
que “el único objetivo que queda es La Moneda, y hay que aplastarlos
como ratas, por tierra y por aire”. Esto se identifica con los
documentos de las grabaciones originales de las comunicaciones
radiotelefónicas entre los altos mandos y que publicó en un suplemento
la revista Análisis: Carvajal le confirma a Pinochet que Allende
se encuentra en La Moneda y Pinochet le responde textualmente:
“Entonces hay que estar listos para actuar sobre él. Más vale matar la
perra y se acaba la leva.”
Más adelante volveré a examinar pasajes claves de estas históricas
grabaciones en lo que se refiere a la muerte de Allende.
Carlos Jorquera y Eduardo Paredes: no se entregaron, como dijo
el bando de la Junta, sino que fueron hechos prisioneros cuando
los militares lograron por fin asaltar el Palacio. Jorquera quedó
vivo pero Paredes fue fusilado en forma similar a Barrios.
Míriam Contreras: en este caso mi crónica contiene una inexactitud
totalmente involuntaria. La verdad fue que la Payita se hizo
pasar por herida para escapar de los militares y lograr el asilo.
Sucedió así: cuando fue tomada prisionera, durante la ocupación
de Palacio, salió a la calle por la puerta de Morandé. Ahí
vio una ambulancia que estaba estacionada por los militares.
Simuló entonces un ataque de histeria y se subió a la ambulancia
junto a un miembro de la guardia personal de Allende. Ninguno
de los militares reaccionó a tiempo. La ambulancia los llevó entonces
a la posta central y de ahí un médico sacó a la secretaria
del presidente, vendada como si en realidad estuviera herida de
gravedad.
Salvador Allende: mi crónica apuntó que el presidente murió
entre las 13:50 y las 14:15 horas. Este lapso lo deduje entre la
última conversación que tuve con Barrios y una nueva llamada
que hice a las 14:15 cuando una persona, que no quiso identificarse,
me colgó el teléfono y tuve así la certificación de que el
Palacio había sido finalmente tomado. Bartulín, en la entrevis74
ta aludida, me confirmó que Allende murió alrededor de diez
minutos antes de las 14:00 horas. El problema histórico se presenta
entre la versión del suicidio que ofreció la Junta, un día
después de los hechos, y la que afirmó que fue muerto por un
capitán de apellido Gallardo.
Muchos datos y controvertidas declaraciones abonan una u otra
posibilidad, ambas presentadas con objetividad en mi crónica. Pero
el valor circunstancial de ella residió en que la Junta ofreció el suicidio
como imagen de un Allende no combatiente, postrado más por
una derrota política que por una asonada militar. La crónica revirtió
esta imagen y a partir de ella cualquier examen histórico no podrá
negar jamás que el presidente y su grupo de allegados lucharon denodadamente
con las armas en la mano, y que a causa de esa decisión
los golpistas no pudieron ocupar La Moneda en por lo menos cuatro
horas pese al alto poder de fuego empleado, en el que el bombardeo
aéreo desempeñó un papel decisivo. En todo caso, Allende realmente
se suicidó, y estoy seguro de que debe entenderse esto como un acto
más de combate de un hombre que no aceptó renunciar, como se lo
exigían, ni estaba dispuesto a ser tomado prisionero.
El general Palacios declaró que Allende había disparado hasta el
final y que él mismo, que comandó el asalto final a La Moneda, fue
herido solo en una mano “gracias a una heroica acción” de un capitán.
En las comunicaciones radiales de los golpistas, según las transcripciones
publicadas, consta que por un citófono había llegado la
apresurada información —¿premonitoria o anticipación de lo planificado?—
de que Allende se había suicidado. “Era poco más de las
10:30 horas”, indicó Pinochet en su libro El día decisivo. Cuando le
preguntó a Carvajal por esta noticia, éste le respondió: “Augusto, lo
del suicidio era falso.” También está patente la disposición de lucha
del presidente en otra conversación de Pinochet con Carvajal cuando
éste le informó: “El edecán naval me dice que el presidente anda con
un fusil ametralladora que tenía treinta tiros y que el último tiro se lo
va a disparar en la cabeza. Es el ánimo en que estaba hace unos minutos
atrás”, como asimismo estos diálogos dejaron establecido para
la historia el deseo de muerte de Pinochet cuando le dijo a Carvajal:
“Se mantiene el ofrecimiento de sacarlo del país… Y el avión se cae,
viejo, cuando está volando.” Esta intención, registrada entre risas, se
repite una segunda vez en las grabaciones.
75
Luego viene el pasaje en que Carvajal transmite a Gustavo Leigh,
comandante en jefe de la Fuerza Aérea, y a Augusto Pinochet, que
Allende está muerto, información que le cursó el personal de la Escuela
de Infantería que asaltó La Moneda: “Por la posibilidad de
interferencias, la voy a transmitir en inglés: They say that Allende
committed suicide and is dead now.”
Esto más bien da la impresión de una clave establecida de antemano
para confirmar la muerte del presidente y no, por su simplismo,
de un lenguaje críptico para evitar la posibilidad de ser escuchado
por personas ajenas al conflicto. Y finalmente llegó la orden de
Pinochet de que los médicos jefes de las distintas armas, más los
médicos legistas de Santiago, “certifiquen la causa de la muerte del
señor Allende con el objeto de evitar que más adelante se nos pueda
imputar por los políticos a las Fuerzas Armadas haber sido los que
provocamos su fallecimiento”. De una u otra forma, Pinochet tiene
esta imputación estampada en su frente para lo que le resta de vida.
La autopsia del cadáver del presidente, realizada en el hospital
militar, y publicada en El Mercurio, reveló una herida “tipo suicida”
con dos trayectorias de bala que partían del maxilar inferior; algo
parecido a lo que está escrito en el sensacional certificado de defunción
de Allende, fechado increíblemente en noviembre de 1975, y
hecho tan a la ligera que quedaron en blanco la fecha y el lugar de
nacimiento, quiénes eran sus padres y con quién estaba casado.
De esto me habló la viuda, Hortensia Bussi, Tencha, cuando muchos
años después me atreví a tratarle el tema: “Hasta el día de hoy”
—me dijo, en febrero de 1986— “yo no sé si en el féretro que me
presentaron los militares estaba o no el cadáver de Allende”. Tencha,
junto al edecán presidencial de la Fuerza Aérea, comandante Sánchez,
y Laura Allende, hermana del presidente, volaron en un avión Catalina
hasta la base militar de Quinteros, cerca de Valparaíso. Allí el
cajón estaba cerrado y la esposa sólo logró levantar una parte de la
tapa. “Vi nada más que un lienzo blanco, debajo del cual se suponía
que había un cuerpo, y un militar me agarró por la muñeca y me obligó
a cerrar. Yo no sé, nunca supe, si ése era Allende.”
Por otra parte, el único que atestiguó que Allende se había suicidado
fue el médico Guijón, que integró el equipo sanitario presidencial
después que se decidió reforzarlo a raíz de las prevenciones que
desencadenó el “tancazo”. Este médico, sin militancia alguna, declaró
que Allende se había suicidado porque cuando él bajaba del se76
gundo piso de La Moneda, ya con la ocupación lograda, sintió un
tiro, volvió a subir las escaleras, y encontró a Allende en un charco
de sangre. Hay que aclarar que Guijón —quien estuvo detenido un
par de meses— no vio de ninguna manera a Allende cometer el acto
de suicidio. Es más, no hay un solo testigo de este acto.
Esta historia todavía no ha terminado. Estoy seguro de que tendré
que enfrentar mi crónica alguna vez más. Y cada vez que esto ocurra
volveré a sentir, como hoy, la infinita tristeza, las emociones de aquellas
horas, la impotencia que sentíamos los periodistas que nos quedamos
en las oficinas de Prensa Latina —en el pasaje de Unión Central,
a dos cuadras de La Moneda— y el zarpazo del miedo que en algunos
momentos —uno en especial— nos abofeteó el estómago.
El miedo se conecta con el dolor y con la muerte pero se distingue
de ellos, tiene su fisonomía particular, se presenta y se localiza por
otras vías, se consume de otra manera, es otra ignición, sus reflejos
anticipan, intuyen, llegan a ser la antesala del dolor y de la muerte e
incluso pueden llegar a sobrepasarlos, a burlarlos, a poner en acción
mecanismos y resortes inéditos de vida. Su sensación es artera, abominable,
porque recurre a los instintos más primarios del hombre, a
los más ingobernables. Es un pariente falaz de la locura.
No he consultado con ellos pero estoy seguro de que los que me
acompañaron esos días —los chilenos Ornar Sepúlveda y Orlando
Contreras, el peruano Jorge Luna y los cubanos Mario Mainadé y
Pedro Lobaina— estarán de acuerdo, en general, conmigo.
La oficina era una ratonera y estábamos a expensas de cualquier
arbitrariedad pero decidimos quedarnos a cumplir nuestro deber profesional
y nuestro deber solidario. Hicimos todo lo que pudimos con el
télex y con el teléfono y precisamente elegimos quedarnos en la ratonera
para estar atentos, dispuestos, al menor resquicio que pudiera abrirse
en el bloqueo de la información y la comunicación. No creo que
hayamos pensado mucho, ni hayamos sentido miedo, de que esa decisión
pudiera habernos costado la vida. Lo hicimos porque sentimos
naturalmente que lo teníamos que hacer así y no de otra manera.
Creo que ninguno de nosotros sintió miedo tampoco cuando veinticinco
soldaditos, al mando de un sargento, irrumpieron a media
mañana en la oficina buscando a los redactores de la revista Punto
Final. La redacción de ese semanario izquierdista quedaba en nuestro
mismo piso, el undécimo, el último del edificio. Los integrantes
de Punto Final, previendo los acontecimientos, hacía por lo menos
77
cuarenta y ocho horas que no aparecían por ahí. La orden de destruir el
semanario, se supo depués, fue impartida por el propio Augusto
Pinochet. Los soldados, jóvenes e inexpertos, se mostraban muy nerviosos,
miraban y no veían, y preguntaban qué era esta agencia de
noticias, qué era Prensa Latina, sin ver fotografías y afiches en las
paredes de Allende, Fidel Castro o el comandante Ernesto Che Guevara.
Fueron tres las irrupciones y revisiones que hicieron en nuestras oficinas
mientras hacían polvo y reducían a escombros los escritorios y
armarios de madera de Punto Final y producían allí peligrosos focos
de incendio.
Creo que Contreras no tuvo miedo cuando los soldados lo hicieron
parar en el balcón de la oficina, expuesto como fórmula absurda
de detener los disparos de francotiradores que había en edificios vecinos.
A Luna no le dio miedo cuando intentó fotografiar los tanques,
con medio cuerpo fuera del balcón, y yo tuve que gritarle para
que dejara de hacerlo.
Creo que no tuve mayor miedo cuando esa tarde debí ir caminando,
y volver a la oficina ileso, ya comenzado el toque de queda, a la
Escuela Politécnica de Guerra, caminando con otros corresponsales
extranjeros para darnos orientaciones, más que obvias, sobre la censura
existente y el cierre de las comunicaciones. En el trayecto, las
patrullas me detenían, las manos contra la pared, hasta que lograba
explicar, en forma muy convincente, que yo era un corresponsal extranjero
que debía concurrir a la Escuela Politécnica, etcétera, y continuaba
avanzando… y mirando, registrando, el movimiento militar en
el Ministerio de Defensa y la fachada trasera de La Moneda, arrasada.
En todos esos momentos no teníamos miedo en el sentido estricto
—aunque nerviosismo sí— porque no estábamos dispuestos a someternos
fácilmente, porque nosotros sí sabíamos lo que estábamos
haciendo y los soldaditos no, porque estábamos ocupados en
engañarlos hasta donde más pudiéramos y seguir mareándolos en la
salvadora ignorancia sobre nuestra agencia de noticias. Durante los
allanamientos había instantes al borde del desastre: como cuando
algún soldado descubría una cámara fotográfica o una grabadora y
creía que era un arma mortífera; como cuando varios soldados
gatillaron sus armas y nos apuntaron a la cabeza al descubrir en un
cajón un misterioso paquete —¿sería una bomba?—, hasta que, felizmente,
comprobaron que era una máquina de picar carne comprada
por una de nuestras redactoras, la chilena Elena Acuña, a quien
retiramos de la oficina desde los primeros minutos del golpe.
78
No teníamos miedo, en definitiva, porque no teníamos tiempo para
tenerlo y porque supimos vencerlo, transgredirlo, trastocarlo, porque
nuestros principios profesionales y políticos pudieron acorralarlo,
detener su ávido ácido, su aliento podrido.
Pero hubo un momento en que nos pegó duro, que nos atacó por la
espalda, que buscó derrotarnos de la forma más inesperada y ambigua,
con lanzazos de apariencia inocua pero que podían llegar a desquiciar.
No había logrado su cometido con los soldaditos, con las
bayonetas sobre el pecho, con las ametralladoras de los helicópteros,
pero casi lo logra con sólo un sonido.
Fue en la noche de ese martes. La oficina estaba completamente a
oscuras, para evitar llamar la atención, y los seis periodistas estábamos
sentados en círculo, comentando, haciendo conjeturas, barajando informaciones.
De pronto, los motores de los elevadores del edificio se
pusieron en marcha sobre nuestras cabezas, con un ruido abrupto, y un
sonido frío, de metales y cables, ululante, nos heló la sangre. Alguien
estaba subiendo. ¿Vendrían otra vez? ¿Ésta sería la definitiva? El jueguito
se repitió dos o tres veces más y en todas las ocasiones logró el
mismo efecto. Hasta que las luces del alba del miércoles volvieron a
darnos nuevas esperanzas y a activar nuestra imaginación y nuestros
teléfonos, hasta que la vida volvió a imponerse sobre el miedo y las
mujeres de un apartamento vecino, que ahí ejercían discretamente la
prostitución, nos ofrecieron té, y Arturo, el guatemalteco sensacional,
que mis compañeros descubrieron en unos recovecos del edificio, cocinando
como un alquimista loco, quizá para los que intentaban defender
La Moneda, nos dio una olla de lentejas y una caja de refrescos.
Porque es así: el miedo y ciertos recuerdos siempre dan mucha sed,
te dejan la boca con gusto a estopa.
79
COLOFÓN
GREGORIO SELSLER*
Derrocamiento y muerte de Allende
¿Qué quiere que le diga sobre el derrocamiento de Allende? … Me
he enterado de que hubo farra y festejos en Washington.
Juan D. Perón, respuesta a los periodistas,14 de setiembre de 1973.
Mientras gran parte del país sobrevivía con pequeñas raciones de
comida, los camioneros parecían inusitadamente equipados para una
larga resistencia. Recientemente, el corresponsal de Time, Rudolph
Rauch, visitó a un grupo de camioneros acampados en las cercanías
de Santiago, banqueteándose con una suculenta comida colectiva
compuesta de bifes, verduras, vino y empanadas. “¿De dónde lograron
el dinero para pagar esta comida?” —les preguntó. “De la
CIA” —respondieron riéndose los camioneros. En Washington, la
CIA negó que esto fuera cierto.
“Chile. The Bloody End of a Marxist Dream” (“Chile. El sangriento
final de un sueño marxista”), en Time, New York, p. 12, 24 de
setiembre de 1973.
Lo ocurrido en Chile no fue sólo el resultado de la actuación de
los hombres de la CIA, del Departamento de Estado y el de Defensa
(Pentágono). La instauración de la Junta Militar se explica más aún
por la actuación de los miembros más sagaces de la oligarquía, sus
servidores de clase media representados en la ocasión por el sector
derechista y reaccionario del Partido Demócrata Cristiano (PDC) y de
los partidos Nacional y Radical, así como por la labor mancomunada
de todos ellos en la preparación del clima previo de caos y sufrimiento
económicos conocido como Operación Centauro, de la que participaron
empresas transnacionales como la International Telephone &
Telegraph (ITT), las cupreras Anaconda y Kenecott, la Grace
Corporation, la Dow Chemical y su subsidiaria la Petro-Dow, la Ford
* Chile para recordar. Ediciones de Crisis, S.A., Buenos Aires, 1974, pp. 267-313.
80
Motor Company y algunas más, que entre otras cosas influyeron ante
los organismos de crédito internacionales como el Export-Import Bank
(Eximbank) de Washington, el Fondo Monetario Internacional (FMI),
el Banco Interamericano de Desarrollo (BID), que una vez más se apartó
de su misión económica específica, el Departamento del Tesoro de
Estados Unidos y otros de menor cuantía, para ahogar financieramente
a Chile.
El dinero fluyó, en cambio, para operaciones de sostén de huelgas
como la de los camioneros —8 de octubre a 5 de noviembre de 1972,
y 26 de julio a 11 de setiembre de 1973—, ocasiones en el que el
ingreso de dólares hizo descender su valor en el mercado paralelo,
signos más que sobrados de su abundancia y libre disponibilidad.
Que nada fue casual en los preparativos internos, lo prueban estos
párrafos del corresponsal norteamericano Nelson Goodsell, del diario
religioso bostoniano The Christian Science Monitor:
Las Fuerzas Armadas chilenas, contrariamente a cuarenta años
de tradición de no interferencia en la vida política, caminaron
inmutablemente hacia el golpe durante los meses invernales de
junio, julio y agosto […] La rebelión no fue un suceso repentino,
sino un paso más bien coordinado en el que participaron todas las
armas. Ahora es evidente que después de la tentativa abortada del
golpe militar del 29 de junio […] todas las fuerzas armadas mantuvieron
contacto regular entre sí y con la oposición política civil.
Elaboraron todos los detalles de la rebelión […] Los militares entrevistaron
con los democratacristianos el 9 ó 10 de setiembre y
recibieron el visto bueno para el golpe. Después de esto, se evaporaron
las esperanzas de una solución política […]
Meses más tarde, en entrevista concedida a la revista local Ercilla,
el general Augusto Pinochet iba a revelar1 que ya en abril de 1972 el
Ejército tenía conciencia de que se produciría un conflicto insuperable
entre los poderes del Estado y que a fines de mayo de 1973 se
modificaron los planes defensivos de las Fuerzas Armadas por otros
ofensivos “discretamente disimulados”.
La mención del mes de abril importa mucho en este caso, porque
se trata del período de pocas semanas posteriores a la reunión del 4
de marzo en la chacra “El Arroyo”, de Chiñigüe, de propiedad de Sergio
Silva Bascuñán —ya mencionada en la cronología— de donde
1 Entrevista publicada en el N° 2.015, 13 de marzo de 1974, Santiago, Chile.
81
emergerá el llamado “Plan Setiembre” por el gobierno, y “Complot
del pastel de choclo”, en forma peyorativa, por sus opositores. Y
mucho más importa, porque es la más reveladora admisión, por boca
de uno de los más conspicuos gorilas que traicionaron a su comandante
en jefe, de que el cuartelazo del 11 de setiembre no se gestó en
pocas semanas, sino por lo menos un año y medio antes.
Detrás de los gorilas, Estados Unidos
Los vínculos entre los militares chilenos y los norteamericanos son
de antigua data y se los puede rastrear hasta 1891, con ocasión de la
revuelta que derrocó al presidente constitucional Balmaceda. Tales
vínculos son igualmente detectables en 1931, hasta el punto de que
el ministro de Defensa llegará a sugerir, durante el alzamiento y sublevación
de la Escuadra —proclamada el 1° de setiembre, que para
aplastar a los revoltosos se podría contar con la intervención de la
Marina estadounidense. ¡Chilenos sugiriendo la intervención foránea
para reprimir a otros chilenos! 2
Referencias de más reciente data,3 permiten aseverar que entre
1950 y 1970 Chile recibió más ayuda militar (175,8 millones de dólares)
que cualquier otro país latinoamericano exceptuado Brasil, lo
cual representó el 10 por ciento de presupuesto de Defensa durante
este lapso. Este tipo de ayuda fue especialmente notable en vísperas
de las elecciones de 1964, que dieron el triunfo a Eduardo Frei. El
fenómeno —si así puede llamársele— se repitió automáticamente en
1970, año de las elecciones que consagraron presidente a Salvador
Allende. Aparentemente un gobierno izquierda en el poder, con un
programa “marxista”, debía ser el más contundente disuasivo contra
toda ayuda al sector castrense. Pero así como del presunto “programa
marxista” se hizo un mito para asustar y azuzar a la derecha conservadora
y a las clases medias, fue igualmente un mito el que las
2 Patricio Manns: La rebelión de la Escuadra. Ediciones Universitarias de Valparaíso,
Chile, 1972.
3 “U. S. Military Aid to Chile”, en NACLA’s Latín America & Empire Report, pp. 8-9,
Vol. II, N°8, octubre de 1973.
82
Fuerzas Armadas estuviesen siendo paulatinamente captadas por la
propaganda gubernamental, o “infiltradas” por el Movimiento de Izquierda
Revolucionaría (MIR).
No hay mejor demostración que las cifras de la ayuda militar de
Estados Unidos a Chile durante el período Allende. No solo no cesaron
los contingentes habitualmente despachados para “cursos de perfeccionamiento”
y/o “adiestramiento” en Estados Unidos, Puerto Rico
y la Zona del Canal de Panamá, por cuenta —aparente— del Pentágono,
sino que el nivel de la ayuda alcanzó —comprendidas las asignaciones
proyectadas para 1974— a 45,5 millones de dólares, cifra
que representa el doble del total correspondiente a los cuatro años
inmediatamente precedentes —gobierno de Eduardo Frei.
¿Qué ocurría? ¿El Pentágono se había vuelto loco, suministrando
a su “enemigo marxista” equipos y materiales bélicos por una suma
tan alta, en momentos en que la ayuda económica total, para rubros
civiles, había descendido a menos de 4 millones de dólares? La respuesta
es obvia: las asignaciones civiles podían respaldar al gobierno
de Allende, que el año de su acceso al poder padecía dificultades
económicas. Las militares, en cambio, se canalizan por otras vías
que no son de la competencia del Ministerio de Hacienda, y hasta
podría decirse que pasan por debajo del control mismo de cualquier
gobierno. En Chile, la fuerza de mayores contactos con Estados Unidos
fue la aérea, desde que en la década del 50 se instaló en Santiago
la U.S. Air Force Mission. Más del 70 por ciento de los aviones y
helicópteros chilenos fueron provistos por la Unión y, al tiempo de
caer Allende, la FACH esperaba un embarque de jets de combate
Skyhawk A-4B radiados de servicio de la Armada estadounidense,
utilizados en Vietnam y que reposaban en una pista aeronáutica ubicada
en Davis-Monthan, Arizona.
La misma fuente informativa, NACLA, observa sobre el particular:
“El Departamento de Estado no tuvo inconveniente en vender estos
jets a un gobierno marxista.” En efecto, en la primavera última,
Estados Unidos ofreció un crédito a Chile y a cuatro países latinoamericanos,
para adquirir jets de combate F5F Freedom Fighters, oferta
particularmente significativa porque el presidente Nixon tuvo que
firmar una declaración especial para levantar las restricciones a la
venta de armas modernas a los países subdesarrollados. Esto sólo
puede hacerse si el presidente determina que tal financiación es importante
para la seguridad nacional de Estados Unidos, cosa que evidentemente
hizo en este caso.
83
El ofrecimiento llamó la atención al representante Wayne Hays,
demócrata, por Ohio, que preguntó “qué haría Chile con estos aparatos”.
Los acontecimientos pudieron quizás haber esclarecido esa inquietud,
si no fuese porque los aparatos que bombardearon La Moneda
y otros objetivos tan “militares” como la residencia presidencial y
algunas fábricas donde se sospechaba que pudiera haber obreros armados,
no eran norteamericanos sino los muy británicos Hawker
Hunter, aunque sus “rockets” aire-tierra de curso teleguiado eran de
procedencia yanqui.
Cuando en el Senado norteamericano se discutió el programa de
asistencia externa, el senador Inouye, demócrata, por Hawaii, se opuso
a que se acordara ayuda militar a Chile, un país que había expropiado
bienes de empresas norteamericanas, sin indemnización alguna. Le
respondió, para justificar la venta, el almirante Raymond Peet, quien
explicó que Estados Unidos prefiere que los países subdesarrollados
“compren bienes norteamericanos” en vez de recurrir a .otras fuentes.
En una palabra, seguía al pie de la letra la recomendación que sobre
ese particular hiciera en su célebre Report en 1969, Mr. Nelson A.
Rockefeller. Pero, además —explicó Peet— “una de las grandes ventajas
que proporciona a Estados Unidos un programa de ventas al exterior
como ésta, es la considerable influencia que obtenemos del
suministro de apoyo para estos aparatos aéreos”. En buen romance,
según la NACLA, “al proveer los jets F-5F o los Skyhawks, se conservaría
cierta orientación pronorteamericana entre los militares chilenos,
en un momento de tensión entre los gobiernos de ambos países”.
La “orientación pronorteamericana”, ¿de quiénes? Pues de las Fuerzas
Armadas, que era lo importante. La provisión no favoreció a la
FACH solamente. También la Armada continuó recibiendo créditos
militares y realizando maniobras conjuntas conocidas como Unitas,
y precisamente el día 10 de setiembre de 1973 el pretexto de la escuadra
chilena para salir de Valparaíso abastecida hasta el tope, fue
el de que debía unirse a las naves estadounidenses para el “operativo”
anual. Horas más tarde, en la madrugada del 11 y luego de un
contacto en alta mar, las naves de guerra chilenas regresaron a su
apostadero para brindar apoyo a la rebelión concertada entre las tres
Fuerzas Armadas y la de Carabineros.
Otro dato que importa es que en los últimos veinte años, más de
cuatro mil oficiales chilenos recibieron adiestramiento en Estados Unidos
y en las escuelas “antiguerrilla” de la Zona del Canal y Puerto Rico.
84
En octubre de 1973, escribiendo desde Panamá para The New York
Times (“U.S. Army Trained 170 Latin Chiefs” = “El Ejército de Estados
Unidos adiestró a 170 jefes latinoamericanos”), Drew Middleton
señaló, entre otras cosas, que:
los militares chilenos que tomaron el control del país el mes
pasado, poseen seis graduados en la Escuela Militar de las Américas
ocupando rangos de alta jerarquía. Éstos son el jefe de la
Inteligencia y los comandantes de la Segunda División de Infantería
y División de Apoyo en Santiago, de la Tercera División
de Infantería en Concepción, de la Escuela de Ingenieros
de Tejas Verdes y de la Escuela de Paracaidistas y Tropas Especiales,
próxima a Santiago.
Curiosas visas
Lo que no decía Middleton era que desde 1950 hasta 1970, Estados
Unidos había adiestrado en suelo propio a 2553 oficiales chilenos, y
a otros 1821 en “otras regiones” (especialmente las del Canal de Panamá),
es decir, un total de 4374 altos jefes y oficiales.4
De estos varios miles, es dable suponer que buena parte debía dominar
el inglés, un detalle que suele pasar inadvertido en los análisis que
se hacen sobre la influencia que Washington ejerce sobre tales milites
una vez que éstos han regresado a sus patrias. Sirven de enlaces, leen
su literatura belicista y se impregnan de su peculiar filosofía de guerra
fría y macarthista que es el rasgo más generalizado entre los oficiales
que retornan con el cerebro lavado, por si no se lo hubiesen ya lavado
en tal dirección en sus propias academias y escuelas de guerra.
El general Pinochet fue agregado militar en Washington y concurrió
varias veces al Comando Meridional de las fuerzas apostadas en la
Zona del Canal. Y sus tres cómplices en la traición, José Toribio Merino
—Armada—, Gustavo Leigh —FACH— y César Mendoza Frank
—Carabineros—, residieron algún tiempo en Estados Unidos siguiendo
cursos “especializados”. Además, Leigh tiene entre sus antecedentes
el de haber sido el piloto personal de otro gran traidor, el célebre
4 Military Assistance and Foreign Military Sales Facts, U. S, Department of
Defense, Office of the Assistant Secretary of Defensc for International Security
Affairs, Washington, D. C, 1971.
85
Gabriel González Videla, y de ser hermano de Hernán Lcigh, de la
Democracia Radical, el partido que junto con el PDC y el PN constituyeron,
mezclados todos en una misma bolsa facciosa, el soporte
civil del cuartelazo del 11 de setiembre, en el entendimiento de que
usufructuarían el golpe. Así les ha ido.
Los datos precedentes no comprenden al Cuerpo de Carabineros
o policía interna, que también recibió una sustancial ayuda norteamericana
a través de la Oficina de Seguridad Pública de la AID
(Agency for International Development = Agencia para el Desarrollo
Internacional), una conocida fachada de la CIA para canalizar hombres
y tretas sucias, como en los casos de Dan Mitrione en Uruguay
y Joseph Vasile en Chile, presuntos “expertos en comunicaciones”.
Carabineros recibió desde 1961 un subsidio superior a los 2,5 millones
de dólares, pero tal. programa de “asistencia” fue cancelado
por Allende en 1971.
Conocidos, pues, este tipo de datos, se puede comprender mejor el
significado que para el golpe debía de tener el télex número 617,
fechado en 14 de agosto de 1973, mediante el cual la Embajada de
Chile en Washington informaba a la Cancillería que le habían sido
solicitadas veintisiete visas oficiales para tripulantes de la escuadrilla
Thunder-birds, de acrobacia aérea, que harían exhibiciones en
Santiago el 26 y 27 de ese mes. Al día siguiente, el pedido de veintisiete
visas, según télex número 619, se elevó a “aproximadamente
ciento cincuenta”, con el mismo aparente motivo. Pero el 17 de agosto,
según télex 624 de la misma procedencia, se fijó definitivamente
en setenta el número de visas requeridas por el Pentágono. Además,
las fechas de exhibición acrobática se modificaban, fijándolas para
mediados de setiembre (el golpe fascista fue el 11). Un cambio similar
se había producido con el Operativo Unitas XIV: de agosto pasó a
setiembre. Consultados los comandantes en jefe de la Marina y la
Fuerza Aérea, dieron el visto bueno a tales visas.
Porqué podían ser útiles esas visas, quizás sea posible entenderlo
a través de estas líneas publicadas en un semanario argentino, nada
izquierdista por cierto, en los días siguientes al gorilazo chileno:5
“[…] el 7 de setiembre, según afirmaron a Panorama fuentes dignas
de crédito, aterrizaron en El Plumerillo, Mendoza, 32 aviones de
observación y combate de los Estados Unidos, 15 de los cuales regresaron
el miércoles 13 en horas de la tarde […]”
5 “Chile: ¡Por qué y para qué!”, crónica del corresponsal Juan Manuel Francia, en
Panorama, Buenos Aires, pp. 54-56, 20 de setiembre de 1973, Año XI, N° 331.
86
Un dato anexo lo proveyó el corresponsal Giangiacomo Foa, del
Corriere della Sera, que estuvo en Chile en los días siguientes al
cuartelazo.
El diario conservador mexicano Excelsior reprodujo el 2 de octubre
la entrevista que Foa efectuó a la ex-diputada Gladys Marín, en el refugio
en el que ésta a la sazón se hallaba. La ex-legisladora le declaró:
La Moneda ha sido bombardeada con los cohetes más sofisticados
que la industria bélica norteamericana experimentara en Vietnam.
Esos cohetes, de los cuales no está dotada la aviación
chilena, fueron enviados expresamente por Washington. Espero
que dentro de pocos días podré enviar a Excelsior los nombres
de los aviadores norteamericanos que, especialmente contratados,
llegaron a Chile para adiestrar a nuestros pilotos en el uso
de tan modernas armas. Quizás esos mismos gringos fueron los
que manejaron los Hawker-Hunter’s que atacaron La Moneda.
[…] El almirante Huerta, que usurpa el cargo de canciller, atiende
en el segundo piso del Palacio, en el mismo despacho donde
trabajaran Letelier, Almeyda y los demás ministros de Relaciones
Exteriores. Este hecho y la circunstancia de que ni la calzada
ni las veredas de las calles que rodean al Palacio hayan
recibido el impacto de un solo cohete, habla a las claras de la
extraordinaria precisión de estas armas, que destruyeron únicamente
el ala donde se encontraban los despachos de Allende
y del ministro del Interior. Solamente en Vietnam se conocieron
armas tan perfectas. Además, obran en nuestro poder los télex
intercambiados una semana antes del golpe desde el comando
de la Aviación con Washington, para contratar un equipo de
acróbatas de cazabombarderos ultrasónicos. Tenemos también
los nombres de los pilotos de la U.S. Air Force. Quizás ahora
ellos estén ya de retorno en los Estados Unidos.
Igual que en Guatemala, Cuba y República
Dominicana
Aviones y aviadores yanquis, igual que en Guatemala en junio de
1954, igual que en Bahía de Cochinos en abril de 1961, igual que
sobre el cielo de Santo Domingo en abril y mayo de 1965.
87
Los corresponsales Francia y Foa no fueron los únicos en hablar
de tales pilotos en los días previos al cuartelazo del 11 de setiembre
en Chile. La presencia de esos “aviones para demostraciones de acrobacia”
fue luego justificada como parte de una gira que debía incluir
a Bolivia, Argentina y Uruguay. Los diarios de Bolivia se refirieron
al tema. Publicaciones italianas y francesas se hicieron lenguas de la
“extraordinaria puntería” de los aviadores que bombardearon La Moneda
y otros objetivos: los “rockets” disparados, hicieron “blanco perfecto”.
Costo de cada uno de los “rockets” guiados electrónicamente,
cincuenta mil dólares promedio cada uno.
El último día de octubre, el diario El Mundo de Buenos Aires proveyó
material adicional a lo que ya se estaba conociendo. Desde Santiago,
la agencia Arauco daba datos tan concretos como los siguientes:
El avión tipo WB57S, matrícula 631-3298 comandado por los
mayores V. Dueñas y T. Shull y con los pilotos de reserva capitanes
M.B. Lemmons y D.C. Baird, coordinaron todas las
operaciones de las fuerzas armadas golpistas antes y durante
el cuartelazo.
Este aparato especializado en misiones de espionaje y equipado
con los más modernos instrumentos de telecomunicaciones,
operó el día del golpe como una verdadera estación volante.
El perímetro de vuelo comprendía la región limitada por Mendoza
y las ciudades chilenas de La Serena y Puerto Montt. Según los
planes de los militares golpistas, tres aeropuertos de emergencia
en territorio chileno tenía a su disposición el avión norteamericano:
Pudahuel, Cerrillos y Cerro Moreno, este último en la provincia
de Antofagasta, en el norte del país. La base de este avión
de coordinación estaba situada en un país limítrofe (???)
El avión yanqui comenzó a operar en la zona el 7 de setiembre,
cumpliendo ese día dos misiones y dos más el día 10. Del 11 al 13
estuvo adscrito permanentemente al apoyo en el sistema de comunicaciones
de las tropas golpistas, que era vital para éstas.
La cobertura legal de las misiones de coordinación en comunicaciones
de los militares golpistas, se llamó Mission Airstream.
La tarea cumplida por el avión norteamericano permitió la conexión
de radios de la Armada chilena, de una parte del Ejército
y de la Fuerza Aérea. La operación alcanzaba las radios de
la Marina, situadas en los puertos de Valparaíso y Talcahuano,
así como las radios de las unidades que navegaban a lo largo
88
de la costa chilena; las radios de la Fuerza Aérea ligadas a los
dispositivos cubrían las bases de Cerro Moreno, Quintero, El
Bosque y Cerrillos en la zona central y la de Puerto Montt. Las
bases de tierra ligadas con el sistema fueron al principio las
unidades de la Primera y Sexta División apostadas en el extremo
norte; la Quinta y Cuarta y la Tercera División cubrían el
espacio situado entre el extremo sur y Concepción.
En la zona central del país se ligaron al sistema únicamente las
unidades controladas directamente por los oficiales golpistas,
es decir, el Regimiento de Zapadores de Tejas Verdes, el Batallón
Blindado N° 2, el Batallón de las Boinas Negras de Peldehue
y la Escuela de Caballería de Quillota, la Escuela de Suboficiales
y la Escuela Militar de Santiago.
Todo se sabrá a su tiempo
No es difícil que a medida que transcurra el tiempo se vayan conociendo
más detalles de este tipo. Por mucho que Estados Unidos se
esforzó por ocultar los detalles de sus operaciones contra Guatemala,
Cuba y la República Dominicana, los nombres, fechas, actuaciones
y crímenes cometidos fueron poco a poco descubiertos.
En el caso de Guatemala se tardó mucho más, y el inmoral vicepresidente
de Estados Unidos —hoy presidente, Richard M. Nixon—
declaró con estolidez, el 2 de mayo de 1958 en Buenos Aires, en
presencia del rector de la Universidad y de los estudiantes que en
nombre de la FUBA le reprocharon “los bombardeos de ciudades
guatemaltecas abiertas, por aviadores norteamericanos que tripulaban
aviones norteamericanos”, que esa era “la primera noticia que
tenía del asunto”, y que no le constaba que fuese cierta. Cuatro años
después de esa impúdica mentira, una comisión investigadora del
Senado de su patria sacó a relucir el nombre del aviador Jerry DeLarm
y declaraba que de las constancias obtenidas surgía sin ninguna duda
que tanto el presidente Eisenhower como el vicepresidente Nixon
habían estado desde el primer momento en conocimiento de todas
las actuaciones, tanto de las secretas de la CIA, como de las “abiertas”
desarrolladas por el Departamento de Estado y la OEA para derrocar
al presidente constitucional Jacobo Árbenz.
89
Cuando en octubre de 1973 Mr. Colby, jefe-director de la CIA,
aseguró ante la subcomisión de la Cámara de Representantes que en
eso de Chile su organismo nada tuvo que ver, pues la política que se
seguía no era la del golpe militar sino la del ahogo económico, para
que Allende se cayera solo,6 es muy posible que diga la verdad. Además,
coincide en ese punto con Jack Kubisch, subsecretario de Estado
adjunto —en ejercicio— para Asuntos Interamericanos. Pero en todo
caso esa sería una de las presuntas verdades de la CIA, que siempre
juega a varias puntas, pero no la del Pentágono ni la de la derecha y
la de la democracia cristiana, para quienes se hizo claro, especialmente
después de las elecciones legislativas del 4 de marzo de 1973,
que no obstante el bloqueo invisible o el boicot franco, y a pesar del
desabastecimiento, el mercado negro, el agio y la especulación, y la
tremenda inflación provocada —sólo comparable con la que padeció
Alemania durante la efímera República de Weimar durante la primera
posguerra— Allende continuaba aumentando su caudal electoral,
lo que era indicio no desdeñable de que en las elecciones de 1976
para presidente, otro candidato de la UP se impusiera.
Sobre la CIA no diremos que sí ni que no, por ahora. Pero convendría
tener muy en cuenta el juego que ese organismo sigue alternativamente
de unos años a esta parte, a saber: aceptar a medias o del todo
ser el chivo emisario de las acusaciones de cuartelazos y otras tretas
sucias que la hicieran famosa en el mundo entero, para desviar así
la atención de su competidora, la DIA (Defense Intelligence Agency
= Agencia de Inteligencia de Defensa), es decir, el Pentágono.
Porque no fue Kennedy quien volteó a Frondizi en marzo de 1962,
sino el Pentágono a través de hombres claves en la Marina y el Ejército
argentinos; tampoco Kennedy y su State Department a Juan
Bosch, de la República Dominicana, en setiembre de 1963; ni a João
Goulart el 30 de marzo de 1964; ni tampoco Johnson sacó del poder
a fines de junio de 1966 al presidente argentino Illia; ¿para qué, si la
CIA tenía allí, en Buenos Aires, a “our boys”, los hermanos Alsogaray?
La CIA y la DIA tienen un amplio margen para sus operaciónes, suelen
facilitarse mutuamente sus agentes y hasta cederse cortésmente la
prioridad en casos de difícil solución.
Cualquier cosa que digan Nixon o sus funcionarios —incluyendo
a Henry A. Kissinger—, para desmentir actuaciones de ese tipo, no
6 Consúltese la versión abreviada de esa audiencia legislativa en Tad Szulc: “The
View From Langley”, en The Washington Post, 21 de octubre de 1973.
90
merece ser tenida en cuenta. Sin necesidad de que nos remitamos a
toda la cadena de embustes en que incurrió para tapar el affaire
Watergate, es un archiconocido manipulador de la mentira política.
Alguien, opositor naturalmente, dijo de Nixon que “le gusta más mentir
que respirar”. Se valió de la mentira para ser elegido por primera
vez representante, y volvió a mentir para ser elegido por primera vez
senador y más tarde vicepresidente de Estados Unidos. ¿Para qué
abundar en detalles sobre su vida pública, si toda ella siguió una
imperturbable línea de torcimiento de la verdad y un refugio de la
impudicia?
El cuartelazo era descontable, previsible desde el día mismo en que
Allende obtuvo el triunfo electoral del 4 de setiembre de 1970. De
modo que casi no hubo sorpresa alguna cuando se descargó en efecto,
tres años más tarde. Lo mismo puede decirse en cuanto a la identidad
conocida de los chilenos que lo hicieron posible desde los poderes
Legislativo y Judicial, y desde sus bastiones de la banca, la industria
y el comercio. No debe caerse en la fácil simplificación de adjudicar
todo lo ocurrido en Chile en esos tres caliginosos años a las ciencias
y artes de los organismos de seguridad y contraespionaje foráneos.
La burguesía chilena, quizá la más lúcida de todo el continente, la
que supera a todas las otras en conciencia de clase, bien pudo permitirse
el lujo de dar lecciones a la CIA y a la DIA, de cómo corroer las
bases de sustentación de un gobierno popular —ya lo había hecho en
1891 contra Balmaceda— hasta provocar su caída con ayuda de los
presuntos “militares apolíticos”, uno de los mitos que con más fervor
cultivó hasta entonces.
Sin embargo, tampoco debe inferirse que ese tipo de organismos
nada tuvo que ver en el derrocamiento y muerte de Allende. Es obvio
que extremaron sus cuidados para evitar ser pillados con los pies en
el plato, sobre todo desde que los Documentos Anderson sobre la
ITT publicados en 1972, y las conclusiones de la comisión senatorial
de Frank Church, en 1973, demostraron la colusión existente entre
altos organismos y no menos elevados personajes de la conducción
gubernamental de Estados Unidos, con los jerarcas de las corporaciones
transnacionales.
Es al solo efecto documental y para que los futuros investigadores
de lo que ocurrió en Chile dispongan de material de confrontación,
que proveemos a continuación la nómina de funcionarios del Servi91
cio Exterior con asiento en Santiago de Chile,7 respecto de los cuales,
a priori, cabe la sospecha de que tuvieron que ver no poco con
esos sucesos. En tal sentido, sus curriculum vitae sucintos dan pie,
por lo menos, a la sospecha de que fueron enviados allí para producir
resultados adversos a la “vía chilena hacia el socialismo”. La
notable carta que seguirá a continuación de la presente nómina de
funcionarios, dirigida por el profesor Richard R. Fagen al senador
J. William Fulbright y que hemos traducido dada su importancia,
da cuenta de cómo se manejó el “caso Chile” en el Departamento
de Estado, y cómo lo hicieron otros organismos y dependencias de
Washington.
Esto, como todo lo reseñado en estas páginas, tiene el propósito
de no permitir que se olvide la lección. Chile para recordar o Chile
para nunca olvidar.
Equipo estadounidense que trabajó contra Allende
Nathaniel P. Davis. El 16 de octubre de 1973, el secretario de Estado,
Henry A. Kissinger, anunció que el hasta ese momento embajador de
Estados Unidos en Chile, Nathaniel Davis, había sido designado por
el director general del Servicio Exterior del Departamento de Estado.
Era el justo premio a su labor realizada en Santiago. Al hacer el anuncio,
Kissinger dijo que Davis “tendrá un rol decisivo en la vitalización
del Servicio Exterior y que ello “permitirá además concretar el propósito
de que los funcionarios más idóneos del Servicio asciendan a
puestos claves”.
Davis era embajador en Chile desde opctubre de 1971. Nacido en
Boston, Massachusetts, el 12 de abril de 1925, se graduó como bachiller
en la Universidad Brown en 1944, actuó como teniente en la
Armada de 1943 a 1946, adscripto a la Office of Strategic Services
(OSS = Oficina de Servicios Estratégicos), organismo de contraes-
7 Esta nómina ha sido preparada sobre la base de publicaciones especializadas
como la NACLA (North American Congress on Latín America); por el CARIC
(Committee for Action/Research of the Intelligence Community), de Washington;
por la organización Non-Intervention in Chile; y por el CFLA (Common Front
for Latín America).
92
pionaje que precedió a la CIA. Se diplomó en la Escuela Fletcher de
Derecho y Diplomacia, en 1947, e ingresó ese mismo año en la
carrera diplomática, como tercer secretario de la Embajada de su
país en Praga, Checoslovaquia, en donde permaneció hasta 1949.
Se desempeñó a continuación en Florencia y Roma, Italia, y luego
(1954-56) en Moscú. Entre 1956 y 1960 prestó servicios en la Oficina
de Asuntos Soviéticos en el Departamento de Estado, logrando
fama de experto “sovietólogo”. En 1959, durante la visita de
Nikita Jruschov a Estados Unidos, actuaría como enlace suyo con
el Departamento de Estado.
A continuación pasó a ser primer secretario de la Embajada norteamericana
en Venezuela (1960-62), en tiempos de la ruptura del
presidente Betancourt con Cuba socialista. Es entonces llamado a
su patria para asumir el cargo de asistente especial del director del
Cuerpo de Paz (Peace Corps), nuevo organismo creado por el presidente
John F. Kennedy para dar una fachada de nobleza a la tradicional
política imperial de Estados Unidos. Fue durante algunos
meses director provisional del Cuerpo de Paz en Chile, pero regresó
a Washington en donde por breve tiempo fue director provisional
adjunto de los Programas Latinoamericanos del Cuerpo de Paz.
Ascendió luego a director asociado adjunto para las Operaciones
de Ultramar del Cuerpo de Paz (1963-65). En 1965 fue designado
enviado extraordinario y ministro plenipotenciario ante el gobierno
de Bulgaria. De 1966 a 1968 prestó servicios en el Consejo de
Seguridad Nacional de Estados Unidos, como “asesor de grado superior”.
Al ser asesinado en Guatemala el embajador estadounidense,
John Gordon Mein, cubrió su vacante desde noviembre de
1968 hasta agosto de 1971 como embajador extraordinario y ministro
plenipotenciario, a cargo de “la difícil misión de contribuir a
la pacificación del país”.
De la eficacia de su gestión en Guatemala da cuenta el hecho de
que todo su equipo estuvo constituido por veteranos de los “programas
de pacificación” hasta entonces cumplidos en Vietnam, con los
nombres clave de “Operación Topo” (consistente en parte en la sistemática
cuadriculación de áreas de 40 hectáreas —88 acres— por
fuerzas policiales y militares, para el cateo prolijo en busca de hombres
y armas pertenecientes a los movimientos de resistencia y liberación).
Tales equipos de “pacificación” están encuadrados tras la
fachada de la AID (Agency for International Development = Agen93
cia para el Desarrollo Internacional), que bajo el disfraz del “desarrollo
de los pueblos” encubre a hombres y programas de la CIA, como en el
caso de Dan Mitrione en Uruguay y Joseph Vasile en Chile.
Davis proveyó al dictador Arana Osorio de todos los implementos
y adelantos técnicos alcanzados por los servicios de Inteligencia y
represión norteamericanos en materia de torturas y asesinatos, ya
probados durante años contra los pueblos de Indochina.
Arribó a Chile en reemplazo del embajador Edward Korry, un
repulsivo personaje célebre por sus bravuconadas y chabacanos
desplantes contra de canciller chileno, Gabriel Valdés, y, posteriormente,
por su enconado enfrentamiento al gobierno de la Unidad
Popular.
Lawrence A. Corcoran. Teniente coronel de la Fuerza Aérea
(USAF) de Estados Unidos. Agregado aeronáutico en Santiago desde
agosto de 1972, aunque en realidad adscripto a la Defense
Intelligence Agency (DIA = Agencia de Inteligencia del Departamento
de Defensa), rival de la CÍA. Realizó el “milagro” de convertir
en poco tiempo al general de la Aviación, César Ruiz Danyau, de
legalista en golpista. En cuanto al general de la Aviación, Gustavo
Leigh, actual integrante de la Junta Militar, no necesitó demasiado
para hacer de él el verdadero autor del cuartelazo ultragorila del 11
de setiembre contra Salvador Allende Gossens. Los métodos de represión
bestiales puestos en práctica luego del cuartelazo, no requirieron
esfuerzos de aprendizaje adicionales. Son una virtud
característica en Leigh, una de las escasas prendas de su
esquizofrénica personalidad. Corcoran logró proporcionar los diecisiete
“rockets” que, a un costo de cincuenta mil dólares promedio
cada uno, fueron lanzados contra el Palacio de La Moneda, y otros
blancos, sin errar uno solo.
William M. Hon. Coronel del Ejército de Estados Unidos, agregado
militar a la Embajada de su patria en Chile. Pertenece también
a la DIA, y arribó a Chile en junio de 1971.
Adrian H. Schreiber. Teniente de la Fuerza Aérea, adscripto también
a la DIA, llegó a Chile en junio de 1971 como ayudante del
agregado aeronáutico Lawrence Corcoran.
James R. Switzer. Capitán de navío, casualmente también
adscripto a la DIA. Llegó a Chile en febrero de 1973, acreditado
como agregado naval. Sus servicios fueron conceptuados muy útiles
94
en materia de interrogatorios y aplicación del “tercer grado” a los
suboficiales y clases arrestados por la Armada chilena en agosto de
1973 bajo la acusación de “conspiración para la rebelión”.
Harry W. Shlaudeman. Prestó servicios en la Marina, de 1944 a
1946. Ingresó en la carrera diplomática (1954), actuó como funcionario
consular en Barranquilla, Colombia, hasta noviembre de 1956,
cuando fue transferido a Bogotá. Ya con conocimiento perfecto del
castellano, fue transferido como cónsul a Bulgaria, en 1959, desde
donde retornó al continente americano para “operar” en la República
Dominicana, desde marzo de 1962. Contribuyó al derrocamiento del
presidente constitucional, Juan Bosch (setiembre de 1963), por considerarlo
un “comunista en potencia” (Shlaudeman se considera experto
en marxismo-leninismo), valido sobre todo por su infiltración en los
núcleos de izquierda surgidos luego del asesinato, por la CIA, del dictador
Rafael L. Trujillo. Sus “contactos” no fueron suficientes como
para prever la rebelión popular contra el dictador Donald Reíd Cabral
ni para predecir la magnitud de la insurrección. De todos modos, fue
quien influyó sobre el embajador, W. Tapley Bennet, Jr., para que éste
solicitara urgentemente al presidente, Lyndon B. Johnson, el envío de
tropas a Santo Domingo, en apoyo del “carnicero” Elías Wessin y
Wessin. Cuarenta y cinco mil hombres de aire, mar y tierra, fueron
trasportados en menos de cuarenta y ocho horas desde territorio de
Estados Unidos a la República Dominicana, para aplastar a las huestes
de Caamaño Deñó. Cumplida su misión y luego de ubicados los expertos
y asesores de la AID para la sección “Torturas y Asesinatos, Inc.”,
fue transferido a Washington en agosto de 1965 como director adjunto
de Asuntos Caribeños en el Departamento de Estado. Su versatilidad
lo condujo, en junio de 1969, a Santiago, Chile, como segundo jefe de
la Misión.
Deane Roesch Hinton. Graduado en la Universidad de Chicago, en
1943, prestó servicios en el Ejército hasta 1945. Graduado luego de
estudiar en la Escuela Fletcher de Derecho y Diplomacia (1951-52) al
tiempo que funcionario del Departamento de Estado desde 1946, actuó
en Damasco, Siria, desde octubre de 1946 hasta marzo de 1949,
siendo a continuación transferido a Mombasa, Kenya, donde fue jefe
de misión desde abril de 1949 hasta setiembre de 1951. Su título de
Fletcher lo inclinó hacia la especialización en el campo económico,
aprovechándose su capacidad en la Embajada en Francia desde julio
de 1952 hasta enero de 1956. Al dejar París, ingresó en la CIA por
cuenta del Departamento de Estado, para especializarse en investiga95
ciones económicas. En un mes fue ascendido a jefe provisional y al
siguiente, marzo, en jefe titular de la Oficina do Investigaciones y Análisis
de Europa Occidental. En setiembre de 1958 fue transferido a Bruselas
como experto financiero ante la Comunidad Europea. De pronto,
en agosto de 1961 asistió a un curso de un año de duración en el Colegio
Nacional de Guerra, para a continuación y hasta setiembre de 1967 ocupar
el cargo de director de Asuntos Políticos y Económicos del Atlántico,
donde fue galardonado con varios premios por su actuación.
Un inesperado brinco en su trayectoria lo hace pasar de la confortable
Europa a la convulsionada Guatemala de setiembre de 1967, ahora
como funcionario de la caritativa AID, que requiere su experiencia de
economista hasta octubre de 1969, en momentos en que era más horrenda
la represión contra la izquierda, con participación de los Boinas
Verdes. Ya adecuadamente enseñado, arriba a Santiago de Chile, ahora
como director local de la AID (recuérdese a Dan Mitrione y a Joseph
Vasile), donde actúa como consejero económico hasta marzo de 1971.
En Guatemala había conocido al embajador Nathaniel Davis. Ahora,
en Chile, precedió a Davis en algunos meses, entrenándose en el conocimiento
de la economía chilena y de sus fallas estructurales. Esa sapiencia
sería inmediatamente después aprovechada, cuando la Casa
Blanca lo llamaba, designándolo director adjunto del Consejo sobre
Política Económica Internacional, principal subcomisión del Consejo
de Seguridad Nacional, en el que figuraban Henry A. Kissinger, Peter
G. Peterson, Sidney Weintraub, John Irwin II, Nathaniel Samuels y
otros expertos. Tamaño honor tiene una explicación: como técnico en
la formulación de diagnósticos económicos. Su aprendizaje en el Ejército
y en el Colegio Nacional de Guerra lo hacen el hombre ideal para
planear la estrategia y la táctica que conducirían a Chile al caos y al
desastre económico y financiero. Estados Unidos obtiene el plan maestro
para desquitarse de la nación que se ha atrevido a expropiar sin
indemnización a empresas multinacionales. Era un pecado que Nixon
y Kissinger no podían perdonar.
Daniel N. Arzac, Jr. Sirvió en el Ejército (1943-46) antes de recibirse
de bachiller en el St. Mary’s College, de California, y graduarse
como licenciado en 1951, en la Universidad de Bcrkeley. Ingresó en
el Departamento de Estado al propio tiempo que en la CIA como
analista en investigaciones de Inteligencia, en julio de 1953. Sus primeras
experiencias las viviría en Phnom Penh en los días de Dien-
Bien-Phu (octubre de 1954-agosto de 1956); sus destinos ulteriores
96
serían: Montevideo (abril de 1957-febrero de 1958), en tiempos en
que el ahora célebre E. Howard Hunt —complicado en el caso
Watergate— era jefe local de la CIA para Uruguay; Phnom Penh
(junio de 1959-noviembre de 1961) otra vez, luego de completar más
de un año de capacitación en idiomas regionales de Asia sudoriental
en el Instituto de Estudios Extranjeros y en la Universidad de Berkeley.
El fenómeno de la violencia en Colombia y su potencial insurgente
hacen que prestara allí servicios un largo período: diciembre de 1963 a
mayo de 1969, como asistente ejecutivo del embajador. A continuación,
fue transferido a Asunción, Paraguay, donde se desempeñó hasta
setiembre de 1971, mes en que pasó a Santiago de Chile hasta la fecha,
como asesor político. En realidad, será el CAS (Chief of Station = jefe
local) de la CIA.
Ernie M. Isaacs. No tiene antecedentes militares. Estudió en las
universidades del Nordeste (1957) y en la de Texas (1960). Para este
último tiempo ya había ingresado en el Departamento de Estado como
analista de investigaciones de Inteligencia. Actuó como funcionario
consular en Tegucigalpa, Honduras (diciembre de 1960-enero de
1962), y luego en San Pedro Sula, feudo de la United Fruit, hasta
junio de 1963, época en que es derrocado el presidente constitucional
Villeda Morales, conceptuado como “inseguro” por la CIA. Su
siguiente destino será Freetown, Antigua (junio de 1963-agosto de
1965), pero le tira la Universidad de Texas, donde se gradúa como
experto en “estudios latinoamericanos”. Pasó a Buenos Aires en julio
de 1966, justo cuando se inauguraba el onganiato, y ya es lo bastante
experto en “izquierdismo” como para ser transferido a Santiago
de Chile, en febrero de 1970, pocos meses después de haber asumido
el gobierno Salvador Allende. Su hobby mayor consistía en mezclarse
con los residentes norteamericanos en Chile para detectar sus inclinaciones
políticas. En junio de 1973 regresó a Washington para hacerse
cargo de la sección chilena del Departamento de Estado, en vísperas
de la iniciación de la segunda arremetida de los camioneros, la Democracia
Cristiana, Patria y Libertad y la CIA contra Allende.
Keith W. Wheelock. Tras la fachada de empleado de una empresa
norteamericana cuprera en Chile, actuaba como funcionario político
del Departamento de Estado, en el cual fue adiestrado como
experto en investigaciones de Inteligencia desde octubre de 1960 hasta
marzo de 1962. A continuación del asesinato del líder nacionalista
Patrice Lumumba por la CIA, actuó en el ex-Congo Belga desde marzo
97
de 1962 hasta marzo de 1964, un período durante el cual la CIA
desarrolló una intensa actividad encubierta no sólo para impedir el
crecimiento de la actividad guerrillera sino para instalar gobiernos
locales “seguros” para Estados Unidos. Entre marzo de 1964 y julio
de 1966 se perfeccionó en Washington como experto y especialista
en análisis de Inteligencia. En ese mes de julio fue transferido a Santiago
de Chile como asesor político, pero hacia fines de 1969, en
coincidencia con el “tacnazo”, Wheelock deja ostensiblemente su
función diplomática y adopta la de un simple civil estudioso de los
problemas chilenos, que tanto puede frecuentar a amigos de la “izquierda”,
como ser repetidamente acusado de ser el inspirador intelectual
del movimiento terrorista Patria y Libertad, liderado primero
por Pablo Rodríguez Grez y luego por Roberto Thieme.
Donald H. Winters. Obtiene el título de bachiller en la Universidad
Estatal de Ohio (1958) y su graduación como licenciado en Artes
en la Universidad San Carlos, Guatemala (1964), previos estudios
en lugares tan poco académicos como Nicaragua (1958-59). Pasó a
desempeñarse como analista de la Fuerza Aérea norteamericana destacada
en Panamá (1960-62), y a continuación reside en Washington
por cuenta del Departamento de Estado, en el cual sus servicios aparecían
registrados entre octubre de 1964 y mayo de 1969, con ocasionales
períodos de residencia en Panamá. En mayo de 1969 fue
asignado a Santiago de Chile, donde desde un primer momento se lo
consideró estrechamente ligado con la CIA.
James F. Anderson. Ingresó en la Fuerza Aérea norteamericana a
los diecinueve años de edad, y no tardó en ser despachado al exterior
(1953-57), como especialista en Inteligencia. Obtuvo un título universitario
en la Universidad de Oregon (1960), que puso al servicio de la
Fuerza Aérea como “analista civil”, hasta enero de 1962. Fue adscripto
al Departamento de Estado como asesor político y despachado a
Monterrey, México, en marzo de 1962. Su destino siguiente fue la
República Dominicana (marzo de 1965), justamente un mes antes de
la invasión estadounidense, con residencia en la segunda ciudad importante
del país, Santiago de los Caballeros. Como funcionario
político cumplió después funciones en la capital de México (octubre
de 1966-marzo de 1970). Curiosamente, en lugar de ascender, a
continuación desciende en carrera diplomática: arribó a Santiago de
Chile como “funcionario consular”, una fachada para pasar lo más
inadvertido posible, en enero de 1971, a los dos meses del gobierno
98
de la Unidad Popular. Su labor dentro de la Fuerza Aérea chilena
daría sus frutos dos años más tarde.
John B. Tipton. Otro más que llegó a Santiago de Chile en enero
de 1971. Egresado como bachiller en 1956 y como licenciado en
la Universidad de Illinois (1958), ingresó el mismo año en el Departamento
de Estado como analista en investigación de Inteligencia.
Pasó luego a la ciudad de México (mayo de 1960 a setiembre
de 1962) como “agregado laboral”, función ésta con la que apareció
a continuación en Bolivia, hasta setiembre de 1964. El sector
gremial sencillamente lo apasiona, quizá por la curiosa circunstancia
de que en la Bolivia de Barrientos prácticamente no existía, un
fenómeno totalmente desaparecido también en Guatemala desde
muchos años antes, no obstante lo cual Tipton aparecía allí como especialista
laboral (agosto de 1965-setiembre de 1968); luego de un año
de “especialización” en algo no establecido en una universidad
norteamericana no identificada, desde setiembre de 1968 hasta marzo
de 1969, Tipton aparecía como “funcionario político” en Chile en la
fecha ya mencionada.
Raymond Alfred Warren. Luego de servir en la Fuerza Aérea
(1943-46), se graduó como bachiller en la Universidad George
Washington (1949) y como licenciado en la de Harvard (1951). El ex
aeronauta se interesó por entonces sobremanera en la “investigación
del sindicalismo obrero” (1951-52), pero a continuación su vocación
tomó otro rumbo y aparece como analista del Servicio de Inteligencia
de la Fuerza Aérea (1952-53). Muy versátil él, ingresó simultáneamente
en el Departamento de Estado y en la CIA (1954), en momentos
en que por pura casualidad nomás lo envían a Guatemala, donde el
embajador, John Peurifoy, es un veterano miembro de la CIA y está
dedicado por entero a la tarea de derrocar al presidente Árbenz. El
ex-aeronauta y ex-experto laboral, a continuación se transforma en
técnico económico y en tal carácter aparece en Venezuela hasta 1955,
y a continuación en Santiago de Chile, hasta 1959. Dejó de ser “experto
económico” y pasó a ser “funcionario político” en Bogotá,
Colombia, desde noviembre de 1960 hasta diciembre de 1965. Retornado
a Washington como pupilo por cuenta del Departamento de
Estado, fue transferido a Santiago de Chile en octubre de 1970, justamente
cuando aparece Patria y Libertad, cuando asesinan al comandante
en jefe del Ejército, general Schneider, y cuando Allende
asume la Presidencia.
99
Frederick W. Latrash. Como Warren, participó en 1954 en “lo de
Guatemala”. Era oficial de la Marina desde 1942, especializado tras
una actuación en la India (1946), en la Oficina de Inteligencia Naval
(1948-49 y 1951-54). Previamente, había estado al servicio del Departamento
de Estado en Calcuta y Nueva Delhi, entre 1949 y 1951. A
partir de 1954 dejó el Departamento, quizá por disconformidad con el
sueldo, y aparecía como “investigador privado” de no se sabe qué cosas
por cuenta de quién. Retornó a los viejos lares como “asesor político”
en la Embajada de Estados Unidos en Jordania, donde no hay
Marina y en cuya capital, Amman, permanecería hasta febrero de 1959.
Por entonces, la CIA ya estaba adoptando en gran escala la fachada de
la AID (Agency for International Development = Agencia para el
Desarrollo Internacional) para sus operaciones encubiertas. Latrash,
pues, aparece en El Cairo como funcionario de la AID en junio de
1960, pero tantos años de aprender el árabe de nada sirvieron, porque,
caprichosamente quizá, la AID resuelve que sus conocimientos de
español son útiles en Venezuela y Panamá, en donde actuó alternativamente
entre 1965 y 1967.
A continuación, la AID ya no necesita de su español básico, porque
devuelve a Latrash al Departamento de Estado, que en junio de 1967
lo despachó como “asesor político” a Accra, Ghana, en donde trabajó
hasta 1971, casualmente en el período en que Kwame Nkrumah fue
derrocado con ayuda de la CIA. Desde mayo de 1971, apareció adscripto
a la Embajada en Santiago de Chile como “funcionario político”
—¡qué manera de cambiar de “especialidades”, de idiomas, de climas,
de costumbres!—, lo que tiene su importancia visto que en Chile hacía
ya seis meses que gobernaba la Unidad Popular y que estaba lanzado a
todo vapor el programa de nacionalizaciones y de expropiaciones de
monopolios y empresas transnacionales.
Joseph F. McManus. Es el de antecedentes más “mersas” del
equipo. No tiene antecedentes universitarios. Actuó en el Servicio
de Guardacostas (1944-46), fue analista de Inteligencia en el Ejército
(1951-56), en que se adosó al Departamento de Estado, pasando a
desempeñar como funcionario de enlace entre éste y el Pentágono.
Sirvió luego como modesto vicecónsul en Bangkok, Tailandia, y
Estambul, Turquía, en períodos no delimitados, y se aparece por Chile
en setiembre de 1972 como “funcionario político”.
Frederick Purdy. Chief Consul de la Embajada de Estados Unidos
en Santiago, abiertamente miembro de la CIA.
100
La carta del profesor Fagen, o de qué modo quiso
el Departamento. de Estado que cayera Allende
Lo que sigue es el texto de la carta del profesor Richard R. Fagen al
senador Fulbright, texto que también hizo llegar al secretario de Estado
Henry A. Kissinger, a los senadores Edward Kennedy y Gale McGee,
y a los representantes Dante Fascell, Donald Fraser y Paul McCloskey.
Stanford, California, 8 de octubre de 1973
Al Honorable J. William Fulbright.
Presidente del Comité de Relaciones Exteriores Senado de los
Estados Unidos, Washington, D. C., 20510.
Estimado Senador Fulbright:
La verdadera magnitud de la tragedia de Chile solo ahora se
está revelando. No solo la democracia y el constitucionalismo
han sido destruidos en el nombre de la “salvación de la Nación”,
sino que el costo humano no tiene precedentes en la historia reciente
de América Latina. Aunque la Junta Militar hizo crecer
su cálculo inicial de 95 cadáveres a algunos centenares, otras
fuentes locales elevan las estimaciones a miles. John Barnes, reportero
del Newsweek y testigo presencial, informa (8 de octubre)
que solamente en la morgue de Santiago se contaron 2 796 cadáveres
en las primeras dos semanas siguientes al ataque al Palacio
Presidencial. Muchas de las víctimas fueron baleadas a
quemarropa y en todos los casos bajo la barbilla. Ha descripto
que vio cuerpos decapitados, y escrito gran cantidad de incidentes
que son reminiscencia de las carnicerías usualmente
asociadas con las ocupaciones de tiempos de guerra y las misiones
de investigar y destruir. Y Barnes fue sólo uno entre un gran
número de voces que se han alzado en el gran esfuerzo de llegar
a la verdad sobre la situación de Chile.
Mi propósito al escribir a usted, sin embargo, es más limitado
aunque no circunscripto al no revelado salvajismo perpetrado
por la Junta Militar. Específicamente, he sido parte y testigo de
una pequeña porción de las actitudes y actividades del Departamento
de Estado de los Estados Unidos y de la Embajada de
Estados Unidos en Santiago, antes, durante y después del reciente
golpe militar. Cuando vuelvo a repasar las piezas y antecedentes
que conforman mis notas y conversaciones, el cuadro
que surge es tremendamente perturbador. Y mi pequeña tajada
101
es, lo percibo, sólo el tope de un iceberg que se extiende horizontal
y verticalmente a través de nuestros aparatos diplomático
y de seguridad nacional. Dicho esto, lo que aquí ofrezco es
necesariamente un fragmento verdaderamente personal, dicho
tan simplemente como me es posible hacerlo. Solamente
el Congreso, haciendo uso de sus poderes plenos para investigar,
podría empezar a descubrir un cuadro mucho mayor y comenzar
a llamar a aquellos que son responsables de lo ocurrido,
para dar cuenta de su actuación.
En enero de 1972, partí por un período de 18 meses de la Universidad
de Stanford, en donde soy profesor de Ciencia Política.
En febrero de ese año, me establecí en Santiago de Chile, en
donde trabajé hasta fines de julio de 1973 como consultor fulltime
en Ciencias Sociales de la Fundación Ford. Durante ese
período de 18 meses, también me desempeñé como profesor
visitante en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales
(FLACSO), una institución internacionalmente dedicada a cursos
de perfeccionamiento de graduados especializados en Sociología
y Ciencia Política.
Ya en Chile, me vinculé a un gran número de jóvenes norteamericanos,
graduados universitarios y otros, que vivían. y trabajaban
en Santiago. Estos jóvenes norteamericanos eran todos, en variados
matices, simpatizantes del “experimento Allende”, destinado
a profundizar la transformación económica de Chile por
medios democráticos. En ese grupo había tres jóvenes veinteañeros,
Charles Horman, Frank Teruggi y David Hathaway. Durante mis
últimos siete meses en Santiago, tuve ocasión de trabajar muy
estrechamente con Horman y Hathaway (particularmente el último),
para quienes yo iba a editar un libro en inglés y en español,
por cuya razón había contratado a dos de ellos como traductores
de medio-tiempo. Como parte del mismo programa (y también a
causa de mi posición en la Fundación Ford y de mis otras actividades
profesionales), también tuve significativos y frecuentes contactos
con Teruggi y otros miembros de este desperdigado
—estructuralmente— grupo de jóvenes estadounidenses.
No pasó mucho tiempo desde mi llegada a Santiago, que se me
hizo evidente la abierta hostilidad de la Embajada norteamericana
hacia el gobierno de Allende, extensible a aquellos miembros
de la comunidad estadounidenses que eran conocidos como
102
cooperadores, simpatizantes o incluso que se manifestaban “neutrales”
con relación al régimen. Con frecuencia escuché informes
del personal de la Embajada comentando a otros miembros
de la comunidad diplomática y extranjera, que determinados individuos
(e instituciones) estaban fichados como enfrentados
“contra los mejores intereses” de los Estados Unidos. Palabras
tales como “traidores”, “commie” (contracción despectiva coloquial
norteamericana referida a los comunistas), “camaradas
de ruta”, eran utilizadas al referirse a algunos de mis amigos y
colaboradores norteamericanos. Incluso en la Fundación Ford
encontramos necesario discutir en forma muy seria la posibilidad
de que nuestras relaciones profesionales con una serie de
instituciones gubernamentales y departamentos universitarios de
orientación izquierdista fuesen utilizadas (y distorsionadas) por
el personal de la Embajada para causarnos daño personal e
institucional. Como puede percibirse, en este clima político e
intelectual, los argumentos acerca de este grupo de jóvenes ciudadanos
estadounidenses y las presiones que se ejercían contra
ellos —que estaban desprovistos del apoyo profesional e
institucional del que yo disfrutaba— eran mucho más severos.
Durante gran parte de 1972, hubo un notable vacío de poder
diplomático en la Embajada de los Estados Unidos. Edward
Korry, embajador hasta fines de 1971, gozaba de grandes prevenciones
por su abierta hostilidad al gobierno en el poder. El
quedó, consecuentemente, por supuesto, malamente “quemado”
por los descubrimientos de las relaciones entre la ITT y la
CIA. Nathaniel Davis, su reemplazante, llegó a Santiago en un
difícil y delicado momento. Durante algunos de sus primeros
meses, su conducta fue extremadamente cuidadosa, tanto entre
la comunidad norteamericana como chilena. Era evidente para
todos que el cerebro efectivamente operativo de la Embajada
era Harry Shlaudeman, el segundo funcionario de la misión en
Santiago, «veterano» en Chile e importante personaje durante
la intervención de los Estados Unidos en la República Dominicana
a mediados de los años 60 (la invasión fue en abril-mayo
de 1965, para liquidar la rebelión popular del coronel Francisco
Caamaño Deñó), y es actualmente, de regreso en Washington,
el principal consejero de Jack Kubisch, secretario de Estado
adjunto para Asuntos Interamericanos. Incluso entre las per103
sonas más enconadamente opuestas a Allende, Shlaudeman era
considerado como el de la línea más dura. Su oposición al gobierno
de Chile fue implacable, y era frecuentemente mencionado
por personas que le conocían como el más alto
funcionario de la Embajada obsesivamente hostil a las posiciones
y a las actividades de aquellos norteamericanos en Santiago
que eran simpatizantes del gobierno.
Durante el mismo período, también mantuve una conversación
con un funcionario de carrera del Servicio Exterior de los Estados
Unidos. En su trascurso, la siguiente información me fue
voluntariamente proporcionada: 1) Que Frederick Purdy, cónsul
general de la Embajada en Santiago, era de hecho un agente
de la CIA; 2) El resto del personal del consulado se sentía
perturbado por esta intrusión de la CIA en su sección (se me
informó que los puestos usuales de la Embajada para los funcionarios
de la CIA eran los de la Sección Política —recomendamos
al efecto la lectura, por separado, de los antecedentes
de los funcionarios que actuaron antes y durante el gobierno
de Allende—, comunicaciones —igual que Dan Mitrione en Uruguay
y Joseph Vasile en el mismo Santiago—, y AID —igual
que Dan Mitrione—, nada de ello vinculado a la misión específica
de un consulado); 3) Que había serios riesgos implicados
en esta doble función, de agente de la CIA y cónsul, y no la
menor de las “lealtades divididas” de cuyas resultas quedara
la situación en Santiago “deteriorada”. Mi conversación con
este funcionario de carrera se desarrolló sin testigos, y yo no
tengo una prueba concreta del doble papel jugado por Purdy.
Pero quedé suficientemente prevenido, empero, para repetir esa
conversación inmediatamente y en forma tan completa como
fuese posible a un sincero y juicioso amigo.
Hacia fines de julio de 1973, regresé a los Estados Unidos de
acuerdo con lo estipulado, para reasumir mi profesorado en
Stanford, y fue en California que escuché por radio las primeras
noticias sobre el cuartelazo. Alarmado por las crónicas que
se difundían me puse en contacto con los pasados, presente y
futuro presidentes de la Latin American Studies Association
(de la que soy vicepresidente y ahora presidente electo), para
sugerirles que debíamos viajar a Washington para informar
nuestros puntos de vista a los líderes del Congreso y solicitar104
les la adopción de ciertas medidas de emergencia tendientes a
salvar vidas. Un breve informe de ese viaje figura anexo. En
nuestro último día en Washington, martes 18 de setiembre, entrevistamos
durante una hora a Jack Kubisch, el secretario de
Estado adjunto para Asuntos Interamericanos. Por entonces,
una semana completa después del golpe, Kubisch nos manifestó
que no existían motivos reales para dudar de los informes de
la Junta Militar chilena acerca del número de prisioneros, muertos
y ejecutados; que consideraba a los jefes militares básicamente
“honestos” y hombres «buenos», y en lo que su oficina
pudiera ayudar en cualquier sentido no teníamos más que
hacérselo saber para que se procediera en consecuencia. Al
regresar a California, formulé una especialísima recomendación
a la oficina de Kubisch, vinculada con el riesgo que corrían
los jóvenes norteamericanos mencionados más arriba.
El 23 de setiembre, el New York Times dio a conocer el arresto,
por los militares chilenos, de Charles Horman, uno de los jóvenes
que había trabajado para mí como traductor. En la mañana
del lunes 24 de setiembre, llamé al despacho de Kubisch pidiéndole
información sobre Horman; se me prometió que sería
requerida. Esa tarde, llamé a un estudiante graduado de Stanford
que regresaba de dar conferencias en Santiago, y me informó
que Horman había sido arrestado el 17 de setiembre, y en la
noche del 20, Frank Teruggi y David Hathaway (que eran compañeros
de habitación) también habían sido arrestados luego
de que durante una requisa policial en su departamento se encontró
“literatura izquierdista”.
Bien temprano, en la mañana del martes 25 de setiembre, mi
esposa y yo comenzamos a buscar a las familias de Teruggi y
Hathaway. Localizamos a los Hathaway a través del Amherst
College (David se graduó allí en 1972), y a los Teruggi por
unos amigos en Chicago. Antes de que terminara él día, hablé
con la familia de Hathaway y los amigos de Teruggi localizaron
a su padre en Illinois. Para ambas familias, esta había sido
la primera noticia que tenían del peligro que corrían las vidas de
sus hijos. Bien temprano, ese mismo día, también hablé al
despacho de Kubisch, para transmitirle mi información y sus fuentes
lo más detalladamente que me fue posible hacerlo. En reciprocidad,
de lo de Kubisch me manifestaron que esto era lo
105
primero que escuchaban sobre esos casos, y agregaron que iban
a solucionar el caso. En consecuencia, me mantuve en diario
contacto telefónico con la oficina de Kubisch durante aproximadamente
una semana, preguntando por los casos Horman,
Hathaway y Teruggi. Durante ese lapso no recibí información
alguna de esa oficina, de lo que no estuviera antes informado
por la radio, los diarios o de primera mano por mis numerosas
llamadas telefónicas a Santiago. (Incidentalmente, desde aproximadamente
el 24 de setiembre, la comunicación telefónica con
Santiago se hizo muy lenta. Por el mero hecho de que indicaba
que se trataba de una llamada de emergencia, lo menos que tuve
que esperar para lograrla, en cada oportunidad, fue de una hora
y media.)
El miércoles 26, aproximadamente a las 5 de la tarde, David
Hathaway fue colocado por las autoridades militares chilenas
bajo la custodia de Frederick Purdy. El martes 2 de octubre,
una identificación positiva del cadáver de Frank Teruggi fue
hecha en la morgue de Santiago (había muerto de numerosas
heridas de bala, incluyendo dos en la cabeza, una de las
cuales destruyó su rostro). Mientras escribo esta líneas,
Charles Horman continúa desaparecido. Qué ocurrió entre el
17 de setiembre, cuando Charles Horman fue originalmente
arrestado y el fin de la primera semana de octubre, es imposible
de conocer completamente desde este alejado lugar. Sin embargo,
en la medida en que me ha sido posible reconstruir lo
ocurrido (por conversaciones con Santiago, con David
Hathaway, crónicas periodísticas y otras fuentes), la cronología
es aproximadamente la siguiente:
17 de setiembre. La casa de Charles y Joyce Horman es allanada
por la policía de Santiago. Charles fue visto por los vecinos
cuando era arrestado, ostensiblemente por «posesión de
literatura izquierdista». Joyce Horman, que se hallaba en casa
de un amigo cuando la sorprendió el toque de queda (y al no
poder regresar se libró del arresto), notificó de la prisión de su
esposo a la Embajada de los Estados Unidos al día siguiente.
20 de setiembre. A las 8:15 de la noche, la policía allanó el
departamento de Frank Teruggi y David Hathaway, lo revisó
de cabo a rabo y encontró “literatura izquierdista”, y ambos
jóvenes fueron conducidos arrestados para ser interrogados,
106
eventualmente al Estadio Nacional. Una mujer chilena, que
estaba en ese momento en el departamento, fue testigo de los
arrestos, aunque a ella no se la tocó para nada.
21 de setiembre. Los arrestos de Teruggi y Hathaway fueron
notificados a la Embajada de los Estados Unidos por sus amigos
(a su vez informados por la testigo chilena). (Como una
medida de precaución, y tal como fue solicitado por la Embajada,
Teruggi se había registrado previamente con el servicio
consular, como un ciudadano norteamericano residente en Santiago.)
En sus conversaciones en el Estadio Nacional, Teruggi
y Hathaway convinieron en que, de ser liberados, juntos o por
separado, irían inmediatamente a la Embajada de los Estados
Unidos a solicitar protección y dar información a quienquiera
que fuese, acerca de los otros. Aproximadamente a las 6 de la
tarde, Teruggi fue llamado aparte del pequeño grupo que ocupaba
una improvisada celda. Esto fue percibido por Hathaway
y otros como algo verdaderamente inusual, ya que los extranjeros
arrestados y encerrados en el Estadio normalmente permanecían
algunos días antes de ser llamados, interrogados, y (a
veces) puestos en libertad. Teruggi no regresó ni fue vuelto a
ver con vida por ninguno de sus amigos.
23 de setiembre. Las primeras noticias del arresto de Teruggi
y Hathaway llegan al suscripto en los Estados Unidos, tal como
se describió previamente.
24 de setiembre. El Departamento de Estado en Washington es
informado por el suscripto acerca del arresto de Teruggi y
Hathaway. El Departamento de Estado informa que ésta es la
primera noticia que recibe, y promete “solucionar inmediatamente
el asunto”. Las familias de Teruggi y Hathaway son
“contactadas” por primera vez, como se describe más arriba.
25 de setiembre. Se generan en Washington y otras partes, por
las familias y amigos de Horman, Teruggi y Hathaway, actividades
sustanciales y presiones en su favor. Existen indicaciones de
que el Departamento de Estado ha comenzado a reaccionar ante
tales presiones y se mueve “más vigorosamente”.
26 de setiembre. Aproximadamente a las 5 de la tarde, David
Hathaway, junto con cierto número de norteamericanos que
habían estado presos en el Estadio Nacional, es dejado en libertad
bajo la custodia de Frederick Purdy. Purdy no le hace
107
pregunta alguna sobre sus recientes experiencias, pero expide
las visas en sus documentos, indispensables para abandonar el
país. Purdy refiere a Hathaway que un cadáver depositado en
la morgue de Santiago el sábado 22 de setiembre, ha sido
“tentativamente” identificado por las autoridades chilenas
como el de Frank Teruggi. Purdy asegura que esta información
le fue suministrada el lunes 24, pero añade que no visitó la
morgue, ni tampoco llamó a cualquier amigo de Teruggi en Santiago
para que efectuara su identificación.
27 de setiembre. Hathaway va con Purdy a la morgue para
tentar la identificación del cadáver. Hathaway informa que el
rostro está intacto (informes posteriores aseguran que
Teruggi fue baleado en el rostro) y que una destacada cicatriz
en el tobillo de Teruggi no aparece en el cadáver. A pesar del
parecido facial, Hathaway se considera entonces incapaz de
hacer una identificación positiva.
29 de setiembre. Hathaway retorna a los Estados Unidos. El
Departamento de Estado en Washington continúa informando
a las familias y amigos de Teruggi solamente que hay informes
“contradictorios” sobre el paradero de Teruggi. Entretanto, las
autoridades militares en Santiago continúan insistiendo en que
Teruggi fue “liberado” el 21 de setiembre, un pedido con el
que cumplieron al iniciarse la semana de acuerdo con el
Departamento de Estado.
2 de octubre. Positiva identificación del cadáver de Teruggi
en Santiago, confirmada por los registros de un dentista local
y las huellas digitales tomadas y comparadas con las que
rutinariamente sacan las autoridades chilenas cuando otorga
documentos de identidad para residentes extranjeros. La
familia de Teruggi es notificada de esta ratificación por los
amigos de su hijo, mediante una comunicación telefónica con
Santiago.
3 de octubre. La familia de Teruggi es notificada por el Departamento
de Estado de la muerte de su hijo. Joyce Horman informa
desde Santiago que la Embajada de Estados Unidos se
ha tornado extremadamente no cooperadora en la búsqueda de
su desaparecido esposo, Charles. Entre otras cosas, ella añade
que fue informada por personal de la Embajada de que
“Charles probablemente quiso abandonarla a usted”.
108
7 de octubre. Hasta hoy no hay noticia alguna de Charles
Horman, arrestado el 17 de setiembre.
¿Qué es lo que debería hacerse sobre este pequeño
broche de una larga descripción? Dentro del más honesto y
específico cuadro, hay una multitud de preguntas inquietantes:
—¿Es Purdy un agente de la CIA tras la fachada de cónsul? Si
es así, ¿cuáles son las implicancias de este doble rol? De no
serlo, ¿por qué razón un funcionario del Servicio Exterior cometería
la indiscreción de revelármelo? ¿Estaba Purdy, según
fue su versión corriente durante 1972-73 en Santiago, espiando
a los norteamericanos y compartiendo esa información con
las autoridades chilenas? De ser así, ¿por orden de quién?
—En el caso de Horman, pero más dramáticamente en los casos
de Teruggi y Hathaway, ¿por qué razón los arrestos (notificados
a la Embajada inmediatamente después de ocurridos),
demoraron tanto en ser transmitidos al Departamento de Estado
en Washington? ¿O estaba el Departamento de Estado mintiendo
cuando cuatro días después del arresto de Hathaway y
Teruggi me hizo saber que carecía de noticias acerca de ellos?
—¿Por qué razón los parientes de Hathaway y específicamente
de Teruggi fueron informados tan tardíamente, y estuvieron tan
pobremente informados durante ese período? ¿Por qué en este
y en otros casos hubo alguna acción en la Embajada en Santiago
solo después de que los parientes y amigos aplicaron una
significativa presión dentro de los Estados Unidos?
— ¿Por qué tardó Purdy más de ocho días en establecer la
identidad del cadáver de Teruggi, teniendo en cuenta que
Teruggi estaba registrado en la Embajada como residente,
tenía muchos amigos en Santiago y había sido fotografiado y
sus huellas dactilares registradas por la policía de Santiago,
como todos los residentes extranjeros? ¿Cómo no hay explicación
alguna de la grotesca historia de David Hathaway a quien
se muestra un cadáver que parece no haber sido el de su compañero
de cuarto?
— ¿Es cierto que la Embajada de los Estados los Unidos se
mostró no cooperadora con Joyce Horman? ¿Se le dijo, tal como
ella lo repitió, que su desaparecido esposo “quizás lo que justamente
quería era alejarse de usted”? De ser así, ¿este sadismo
es individual o burocrático, o ambos a la vez?
109
— ¿Cuántos otros norteamericanos padecen las indignidades y
peligros que una mujer estadounidense denunció haber sufrido
cuando llegó hasta la Embajada de los Estados Unidos después
del golpe solicitando ayuda, y se le respondió que fuera a solicitarla
a la policía chilena? (New York Times, 29 de setiembre de
1973, p. 3).
Éstas y preguntas similares podrían multiplicarse aún más,
indefinidamente, cuando estemos en condiciones de contar con
una mayor cantidad de testigos, informantes y conocedores.
Pero por horrendas y trágicas que las respuestas a éstas y otras
preguntas similares puedan ser, hay ya aquí otro cúmulo de
atrocidades. Aquí la evidencia básica es necesariamente muy
endeble por el momento, pero la lógica es terminante. Personalmente
yo creo que el papel y la conducta de Frederick Purdy,
la falta de sensibilidad de los funcionarios de la Embajada, el
desaforado brío de luchador de la guerra fría que caracterizó
a Harry Shlaudeman, la chapucería (o mendacidad) del Departamento
de Estado, forman todos una pieza. Y esta pieza
particular, a su vez, describe en un mucho más vasto y ominoso
cuadro que últimamente envuelve al Departamento de Defensa,
la CIA, el Departamento del Tesoro, la Casa Blanca y muchas
corporaciones de los Estados Unidos.
Nada simboliza mejor el hilo grande que ata para siempre el
amplio manto que la declaración formulada por el secretario
de Estado adjunto, Jack Kubisch, en la reunión, descrita más
arriba, mantenida en su oficina el 18 de setiembre. En esa ocasión,
Kubisch (sin mostrar signo alguno de conciencia de
autorrespeto), declaró en presencia de cuatro testigos sus puntos
de vista sobre “el interés nacional de los Estados Unidos en
Chile”. Lo que sigue es una paráfrasis de lo que dijo, tomada
de mis notas redactadas inmediatamente después de la reunión:
No es de nuestra conveniencia el que los militares hayan tomado
el poder en Chile. Hubiera sido mejor que Allende cumpliera
totalmente su mandato, dejando a la nación y al pueblo
chileno en la más completa y total ruina. Solo entonces habría
quedado en evidencia el más completo descrédito del
socialismo. Solamente entonces el pueblo recibiría el mensaje
de que el socialismo no tiene viabilidad. Lo que ha ocurri110
do (la toma del poder por los militares y la subsiguiente matanza)
ha confundido la lección.
¡Esto proviene de nuestro “más alto servidor público”, a cuyo
cargo está la responsabilidad de las relaciones entre los Estados
Unidos y América Latina!
No el pesar por el cuartelazo, sino por el hecho de que ha interrumpido
su teoría sobre la necesidad del fracaso de Allende.
No la vergüenza al igualar el “interés nacional de los Estados
Unidos” con el descrédito y la destrucción del experimento socialista
en Chile. Ni siquiera ningún sentimiento respecto de lo
irónico que resulta de que el “descrédito” de la variante de la
revolución constitucionalista de Allende acuerde el máximo
soporte al argumento de que los cambios estructurales profundos
sobrevendrán solamente a través de la violencia, es decir, del
rechazo de las prácticas democráticas. Justamente décadas de
vieja guerra fría, torcidamente lógicas, falta total de interés
sobre lo que ocurra con el pueblo chileno, y el obsesivo único
propósito de destruir la “vía chilena al socialismo” por los
más convincentes métodos posibles, que según el correcto
razonamiento de Kubisch no fueron adoptados por el salvaje
golpe militar.
Mucho más por la “cooperación hemisférica”, “neutralidad”,
“justicia social”, “democracia”, “no intervención” y otras delicadas
frases. Lo que realmente importa a la gente que cree que
este camino es el que el Hemisferio debe dejar a salvo mediante
el Amerícan way of life, y esto a vez implica que los experimentos
socialistas como el de Chile deben ser destruidos tan convincentemente
como sea posible. Ésta es la misión común de
destrucción que en un último análisis realizan unidos el Departamento
de Estado, la CIA, el Departamento del Tesoro, el Departamento
de Defensa, la Casa Blanca, la ITT y otros, no importa
cuan diferentes parezcan ser sus tácticas.Al cumplir tal misión,
se desprende que las vida humanas y otros valores se convierten
en secundarios. Los chilenos no interesan, e incluso los norteamericanos
no cuentan para mucho, especialmente si éstos son
relativamente jóvenes y piensan «con ideas equivocadas”.
Es en este contexto, permitido por una mentalidad de destrucción,
que la muerte de Frank Teruggi, la desaparición de
Charles Horman, y la milagrosa escapada de David Hathaway,
111
deben ser analizadas. El hecho de que ciertos funcionarios norteamericanos
no querían grandes cantidades de sangre chorreando
por las calles de Chile (porque consideren que impide
la “verdadera lección”), no los absuelve de su culpabilidad y
complicidad en lo que ha ocurrido.
Como lo anoté más arriba, yo sólo cumplo un papel minúsculo
en esta historia. Creo, más todavía, que otros que tienen otros
papeles en esta historia darán los pasos necesarios para ser
escuchados. Pero, en última instancia, es el Congreso de los
Estados Unidos en el que descansan nuestras esperanzas. Después
de Watergate y Vietnam, hay indicadores de que muchos
de nuestros representantes elegidos no tardarán en tomar a su
cargo la bendita tarea de ejercer la rama ejecutiva de poder
y sujetar el aparato de la seguridad nacional. Yo ruego para
que usted y sus colegas del Congreso tomen la iniciativa y provean
tanto el foro como los músculos indispensables para asegurar
que el gran cuadro sea expuesto y hecho público.
Este decir la verdad en estos tiempos sólo puede fomentar la
causa de la libertad y la justicia en las Américas, y al alentar
esta causa tributaremos un digno homenaje a la memoria de
Frank Teruggi y de otros miles que han muerto en Chile durante
las pasadas tres semanas.
Sinceramente suyo,
Richard R. Fagen.
Profesor de Ciencia Política.
Stanford University, California, U.S.A.
112
La política exterior de los Estados Unidos hacia Chile en los años
setentas constituye un clásico en cuanto a los métodos ingerencistas
utilizados en la consecución de sus objetivos, en este caso, el derrocamiento
del gobierno de Salvador Allende.
Nuestra aproximación a su estudio enfoca, en este caso, un período
muy corto y convulso de aproximadamente un año: 1969-1970.
En este período, los Estados Unidos intentaron, por prácticamente
todos los medios, evitar que Salvador Allende asumiera la presidencia
de Chile en 1970.
Enfocaremos el tema desde la perspectiva de la política exterior
de los Estados Unidos y las fuentes seleccionadas son principalmente
norteamericanas. Esto nos permite observar el funcionamiento de
dicha política exterior y las contradicciones a las que ésta está sometida
desde el punto de vista del sistema político norteamericano.
La década de los años setentas
Después de la Segunda Guerra Mundial se desarrolla en Chile una
estrategia de industrialización, en la que se utilizó la inversión estatal
para promover el desarrollo (se creó la Corporación de Fomento,
CORFO). En este proceso las élites preindustriales chilenas con algunos
aliados del Frente Popular desplazaron simplemente su riqueza
de la agricultura o el comercio a la industria, ayudados y apoyados
por un Estado que ellas controlaban. Entre 1930 y 1950 se amplió la
clase media, que comenzaba a identificarse con la estructura industrial
de los Estados Unidos. A principios de los años sesentas Chile
era prácticamente autosuficiente en la mayor parte de los bienes de
LA POLÍTICA EXTERIOR DE LOS ESTADOS
UNIDOS HACIA AMÉRICA LATINA
EN LA DÉCADA
DE LOS AÑOS SETENTAS
* Investigadora Titular, Centro de Estudios sobre América.
ISABEL JARAMILLO EDWARDS*
Introducción
113
consumo. Sin embargo, la importación de la industria liviana, seguida
por la de bienes durables, no produjo una mayor independencia
nacional ni un real crecimiento económico; por el contrario, estas
importaciones aumentaron la dependencia de los Estados Unidos y
de hecho profundizaron el subdesarrollo de la economía chilena. Entre
1946 y 1961, antes que la asistencia comenzara a fluir realmente,
Chile recibió US$450 millones en préstamos y concesiones de las
agencias de desarrollo de los Estados Unidos y del Eximbank. La
dependencia de Chile de las fluctuaciones del precio del cobre en el
mercando mundial siempre condicionó la obtención de divisas.
De 1955 a 1970, los Estados Unidos desarrollaron hacia Chile políticas
diferentes: entre 1956 y 1961 impusieron un programa de austeridad,
al estilo del Fondo Monetario Internacional (FMI), a cambio de
préstamos para equilibrar el déficit comercial chileno. De 1963 en adelante,
con la Alianza para el Progreso (ALPRO), abandonaron el estilo
austero y prodigaron préstamos a Chile en la lógica de crear “un
ejemplo de democracia”. Ambas políticas tenían objetivos similares:
estabilizar la democracia tambaleante y proteger y fomentar las inversiones
e influencia de los Estados Unidos. Éstas no sólo no provocaron
crecimiento sino (entre 1955 y 1970 Chile creció en solo un
0,7 %) que se incrementó enormemente la dependencia del país. La
deuda externa creció vertiginosamente de US$569 millones en 1958
a casi US$4 mil millones en 1970. En 1970 de las cien compañías
más grandes, cuarenta estaban bajo control extranjero e incluían los
sectores más dinámicos. La dependencia de las importaciones de
maquinarias se mantenía tan fuerte como antes. Según el Boletín del
Departamento de Estado de la época, la asistencia masiva a Chile
con capitales norteamericanos comenzó en 1961… en 1962 se otorgó
otro préstamo adicional luego de una crisis de divisas. Durante
los dos años previos a las elecciones de 1964 la asistencia de Estados
Unidos se dirigió a mantener los modestos avances logrados en
años anteriores de forma de proveer al nuevo gobierno de una base
mejor y a prevenir el deterioro económico…
Durante ese año —1964— la Agencia Internacional para el
Desarrollo (AID) continuó su apoyo al presupuesto y la balanza de
pagos chilenos para prevenir un deterioro económico que hubiera
actuado como detonante de la desocupación y del descontento y,
114
presumiblemente, de un vuelco a la extrema izquierda desde el punto
de vista político. De hecho, resultó en presentarles al gobierno entrante
de Eduardo Frei Montalva y al pueblo chileno una economía
tambaleante remendada temporalmente por la ayuda de emergencia.1
Entre 1964 y 1970, Eximbank otorgó prestamos a Chile por
US$268,8 millones. Esta disponibilidad de créditos permitió convencer
a Chile para que comprara bienes norteamericanos de alto
precio que no hubieran resultado competitivos en el mercado mundial.
Los sectores que recibieron los préstamos de Eximbank para
importar maquinaria norteamericana fueron los sectores claves del
cobre, el nitrato, el acero, la electricidad, las comunicaciones y los
ferrocarriles. El objetivo manifiesto de los programas era crear un
clima favorable a la inversión.
Los Estados Unidos consideraban —y consideran— que la inversión
en el exterior es crucial para el crecimiento de su economía. “La
realidad del imperialismo va mucho mas allá del interés inmediato
de éste o aquél inversor: el propósito subyacente es nada menos que
mantener abierta al comercio y la inversión de las grandes corporaciones
multinacionales la mayor parte posible del mundo.”2 Éste es
un compromiso reiterado. Las expropiaciones, por supuesto, contradecían
los presupuestos que guiaban la promoción de la inversión
directa. En 1970, bajo la forma de asistencia bilateral y multilateral,
los préstamos privados y créditos a los proveedores de los dólares eran
la mayor exportación norteamericana a Chile y resultaban cruciales
para el funcionamiento de la economía chilena.3
La economía de los Estados Unidos, en 1970, se estaba deteriorando
en el ámbito nacional e internacional. Tanto la inflación interna
como la tasa de desocupación eran altas. Las reservas de oro
disminuían, la participación de los Estados Unidos en el mercado
1 Senador E. Gruening: U.S. Foreign Agency for International Development (AID)
in Action, A Case Study, p.. 115. Citado por E. Fansworth, R. Feinberg, E. Leenson
en: Chile: el bloqueo invisible, Ediciones Periferia, Buenos Aires, 1973. En Estados
Unidos: Chile, Facing the Blockade, Latin America & Empire Report, Vol.
III, No.1, 1973, NACLA.
2 Fansworth, Feinberg, Leenson, Op. cit.
3 Esto significaba un mayor poder del Departamento del Tesoro, que tenía a su
cargo la política de asistencia bilateral y multilateral de los Estados Unidos y se
lo considera el mayor defensor que tienen los intereses de las grandes empresas
privadas en el Poder Ejecutivo.
115
mundial decrecía, y la balanza de pagos mostraba un saldo negativo.
Entre tanto, los socios comerciales de los Estados Unidos, especialmente
Japón y Europa Occidental, experimentaban altas tasas de crecimiento
en el comercio y la industria y expandían sus inversiones
en el extranjero. Los Estados Unidos estaban a la defensiva y sus
dirigentes enfrentaban las amenazas emergentes de las expropiaciones
chilenas desde una perspectiva que magnificaba su importancia
para los intereses de los Estados Unidos.
Durante la administración Nixon (1969-1974),4 particularmente
como resultado de la derrota en Viet Nam y de la ruptura del consenso
interno en cuanto a política exterior, se tiende a disminuir el énfasis
en los medios militares como forma de proyectar el poder imperial
y se le reemplaza por ofensivas económicas y diplomáticas, alianzas
y la utilización de gendarmes regionales. En esta etapa se desarrolla
la detente, el acercamiento a China, relaciones que se darán como
equilibrio a la confrontación bipolar, los acuerdos Salt I y la aprobación
del Acta de Poderes de Guerra, como ejemplo de esta tendencia.
Esto no significó que se eliminaran la asistencia militar y las operaciones
encubiertas más bien se agregaban a la ofensiva económica y
diplomática, desembocando en la “desestabilización” aplicada en
Chile, y en Jamaica posteriormente.
La “Doctrina Nixon”,5 implícita en el marco más amplio de la
“Disuasión Realista”, sostenía que debía combinarse la asistencia
militar, de forma de elevar la capacidad de defensa de los países de
manera que pudieran enfrentar una posible subversión, sin la participación
directa de tropas norteamericanas. Quedaba claro que las tropas
norteamericanas no debían ser las que enfrentaran la insurgencia.
Ésta debía ser evitada por medio de programas sociales y económicos,
y en el aspecto militar, controlada por las fuerzas locales. Consecuentemente,
se aumentó la venta de armas a países “amigos”.
Esta concepción era reflejada en la “vietnamización” de la guerra
en el sudeste asiático, como forma de intentar desvincular a las tropas
norteamericanas del frente de guerra. Se reformulaba una doctrina,
prolongando los implícitos de la contrainsurgencia, con características
formalmente diferentes.
4 Cuestión que se extendió también a la administración de Gerald Ford (1974-1977).
5 También llamada “Doctrina Guam”. Para detalles, ver: Henry Kissinger: Diplomacy,
Simon & Schuster, p. 708
116
La fundamentación de la asistencia militar para América Latina
de julio de 1969 planteaba que: una de las metas principales de nuestro
programa de ayuda militar ha sido, y sigue siendo, que nuestros
vecinos latinoamericanos obtengan su desarrollo socioeconómico
mediante una evolución sistemática y no en la atmósfera inflamable
de una revolución destructiva. Los Departamentos de Estado y de
Defensa trabajan juntos para que esta vinculación prevalezca en
debida forma, y se agregaba que la existencia de inadecuadas estructuras
económicas y sociales vulnerables a la subversión hacen
necesario mantener la capacidad contrainsurgente de las fuerzas
armadas latinoamericanas a fin de que pueda existir una atmósfera
interna que conduzca hacia el progreso económico y social.6
Se trataba de insistir en lograr que los países de América Latina
mantuvieran una efectiva capacidad contrainsurgente por medio de
la ayuda militar norteamericana. En términos internos, los objetivos
fueron elevar la capacidad y preparación —tanto en entrenamiento,
donaciones de material bélico y ventas de equipos militares— de las
fuerzas locales para que pudieran ejercer a cabalidad como guardianes
del “orden interno”. Se aseguraba así el aparato militar represivo
que adoptaría e implementaría la “doctrina de seguridad nacional”,
que les permitiría establecer un nuevo patrón de acumulación,
hegemonizado por el capital transnacional y las burguesías monopólicas
nativas,7 a la vez que se trataba de eliminar al “enemigo interno” de
forma de poder desarrollar el nuevo modelo.
La nueva política económica anunciada por Richard Nixon en 1971
implicó una línea dura para la promoción de sus intereses económicos.
Se iniciaba el fin del liberalismo al estilo Plan Marshall y el
comienzo de una nueva era de competencia entre los grandes bloques
comerciales. Esto implicaba un replanteo global de las relaciones
exteriores. Una política externa poderosa suponía una línea dura
6 Audiencia ante el Subcomité de Asuntos del Hemisferio Occidental del Comité de
Relaciones Exteriores del Senado de los Estados Unidos (91 período legislativo,
1a. sesión, 24 de junio y 8 de julio de 1969). Declaración del Honorable C. A.
Meyer, secretario adjunto de Estado para Asuntos Interamericanos. Documento
incluido en: J. Saxe-Fernández, Proyecciones hemisféricas de la paz americana,
Instituto de Estudios Peruanos, Amorrurtu Editores, Lima, 1974, p. 131.
7 Ver en este sentido: Luis Maira: Notas para un estudio comparado entre el Estado
Fascista Clásico y el Estado de Seguridad Nacional del Cono Sur de América,
Ponencia. CEDOCH, Casa de Chile, México, 1976.
117
en la política económica externa. Si se iba a hacer frente a las amenazas
surgidas de la expansión de las economías europeas y japonesa,
el gobierno de los Estados Unidos debía dedicarse más que nunca a
la expansión y el crecimiento de su propia economía; esto implicaba
mas “asistencia y apoyo” a las corporaciones y un estimulo y protección
más activos para las inversiones de los Estados Unidos en el
Tercer Mundo.8
La administración Nixon revisó también la doctrina de las dos y
media guerras y la transformó en la de una y media guerras. En la
esfera nuclear, se estableció la paridad con la Unión Soviética.9
Los Estados Unidos y las elecciones
de 1970 en Chile
Los resultados de las elecciones del 4 de septiembre de 1970 sorprendieron
a la administración Nixon y a la Agencia Central de Inteligencia
(CIA). Allende obtuvo el 36,3 % de los votos en una carrera
electoral de tres candidatos (Jorge Alessandri, 35 % y Radomiro Tomic,
27,8 %). El margen de Salvador Allende sobre Jorge Alessandri fue de
unos treinta y nueve mil votos.
La administración Nixon reaccionó casi como si los chilenos fueran
niños erráticos, y la burocracia comenzó a barajar sus opciones
para evitar el ascenso al poder de Salvador Allende. Entre las opciones
propuestas habían las que planteaban la eliminación (terminate
him) del presidente electo por medio de ciudadanos chilenos o hacerlo
con norteamericanos.10
Ya a mediados de los años sesentas, Chile era conocido en los servicios
de Inteligencia de los Estados Unidos como uno de los éxitos
sobresalientes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), que había
penetrado todos los elementos del gobierno chileno, la política y la
8 Fansworth, Feinberg, Leenson, Op. cit.
9 Ver: Isabel Jaramillo Edwards: “El conflicto de baja intensidad: modelo para armar,”
Avances de Investigación No. 24, Centro de Estudios sobre América (CEA),
Segunda Edición, La Habana, Cuba, 1989, pp. 20-22.
10 Seymour M. Hersh: The Price of Power: Kissinger in the Nixon White House,
Summit Books, Simon & Schuster: New York, 1983, p. 259. Desde otro ángulo:
The CIA File, R.L. Borosage and J. Marks, EDS., Grossman Publishers, Viking
Press, New York, 1976. Cap. 4, “Destabilizing Chile”, pp. 79-89.
118
sociedad, y se atribuía el haber asegurado que Chile permaneciera
siendo una nación democrática que alentaba a las corporaciones
multinacionales a que hicieran negocios dentro de sus fronteras.
En Chile, el tema de la extensión de la presencia de las corporaciones
multinacionales era objeto de constante debate y a fines de
esa década era un tema político tanto de la izquierda como de sectores
nacionalistas. El 80 % de la producción de cobre— el 60 % de
todas las exportaciones chilenas— estaba en manos de grandes corporaciones,
en su mayoría controladas por firmas de los Estados
Unidos, siendo las más prominentes Anaconda Copper y Kennecott
Copper. Las ganancias de estas compañías eran enormes: durante los
años sesentas, por ejemplo, la Anaconda Copper ganó US$50 millones
sobre sus inversiones dentro de Chile, donde operaba una de las
minas a tajo abierto más grandes del mundo. Sus inversiones eran
generosamente estimadas por la compañía en US$300 millones. En
1968, estudios demostraban que el 28,3% del pueblo chileno —que
estaba en la base de la escala económica— obtenía el 4,8 % del ingreso
nacional, mientras que el 2 % de la población que estaba en la
cúspide de la escala, recibía el 45,95 % del ingreso.11
La influencia de los Estados Unidos en las elecciones de 1964 fue
más extensa de lo que se conoce públicamente. Al menos US$20
millones fueron introducidos por los Estados Unidos, en su mayor
parte a través de la Agencia Internacional para el Desarrollo (AID)
—en el período 1963-64— para apoyar la candidatura de Eduardo
Frei Montalva, esto es, unos US$8 por votante.12 En ese momento,
millones de dólares fueron canalizados hacia las organizaciones de
la Iglesia Católica, por medio de Agencia Internacional para el
Desarrollo y de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) con el completo
conocimiento del gobierno chileno y de la administración norte-
11 Seymour M. Hersh, Op. cit. p. 259
12 Durante la huelga de los camioneros, en el gobierno de la Unidad Popular en
1973, se daba US$20 a cada uno por mantener el paro. Según el embajador
Nathaniel Davis, “La estación CIA en Santiago favoreció el apoyo financiero a
los camioneros en 1973 y yo me opuse. Debido a nuestras diferencias políticas,
acordamos someter el asunto a la consideración de Washington.” Según la Comisión
Church, tanto el embajador como el Departamento de Estado se opusieron a
esta medida, que no pasó por la aprobación del Comité de los Cuarenta. Ver:
Nathaniel Davis: Los dos últimos años de Salvador Allende, Plaza y Janés, 1986,
pp. 293-294 (La edición estadounidense es de Cornell University, 1985).
119
americana, con el objetivo de oponerse al comunismo. La campaña
de Frei Montalva también fue financiada por el Business Group for
Latin America— que en 1970 se transformó en el Council of the
Americas—, organizado en 1963 por D. Rockefeller y que incluía en
su directorio a personeros de Anaconda, ITT, y Pepsico, entre otros.
Frei Montalva ganó la elección con un 56 % de los votos. Los vínculos
de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Chile eran a los
niveles más altos y —en 1964— tanto el Business Group como la
Agencia Central de Inteligencia (CIA) utilizaron al diario El Mercurio
como canal para los dineros que suministraban a la campaña electoral.
13 Durante el gobierno de Eduardo Frei Montalva, la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) continuó operando a través del país
orientando su actividad a la represión de las actividades políticas de
izquierda. Al menos veinte operaciones encubiertas fueron realizadas
dentro de Chile entre 1964 y 1969, según un informe del Comité‚
Selecto de Inteligencia del Senado de los Estados Unidos, que inició
una amplia investigación en 1975. El Senate Select Committee on
Intelligence —también llamado Church Committee, por haber sido
presidido por el senador Frank Church— fue creado para investigar
los abusos en el terreno de la Inteligencia después del escándalo de
Watergate, que obligó finalmente a renunciar al presidente Richard
Nixon. En el caso de Chile, la injerencia norteamericana estuvo presente
constantemente. A partir de las evidencias surgidas luego del
golpe militar del 11 de septiembre de 1973, se pudo constatar que la
Agencia Central de Inteligencia (CIA) estaba preocupada por los
candidatos que participaban en las elecciones de 1970: su representante
en Santiago estimaba que Frei Montalva se estaba inclinando a
la izquierda debido a la “chilenización” del cobre14 y a que la Democracia
Cristiana presentaría un candidato aún más liberal en 1970.
Esta visión se fortaleció cuando, en 1969, el gobierno de Frei Montalva
restableció relaciones comerciales con Cuba.
13 Sobre este tema, ver: Gregory F. Treverton: Covert Action: The Limits of
Intervention in the Postwar World, Basic Books, USA, 1987, pp.163-164. Sobre
los temores con respecto a la prensa durante el gobierno de la Unidad Popular,
ver: Nathaniel Davis, Op. cit., pp. 293 y 309
14 El 51% de las acciones del cobre fue adquirido por el gobierno de Chile que pagó
US$80 millones por Braden Copper, subsidiaria de Anaconda, cuando el valor
real era de US$67 millones. Ver: S. Hersh, Op. cit.
120
La administración Nixon, y su secretario de Estado, Henry Kissinger,
contaban con el llamado Comité de los Cuarenta, grupo de alto nivel
que presidía Kissinger y formado por el director de la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) Richard Helms; J. Mitchell; el almirante Moorer;
David Packard y M. Laird, del Departamento de Defensa, entre otros.
Este Comité se encargaba, en teoría, de aprobar todas las operaciones
encubiertas sensibles de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), y
supervisaba y monitoraba las actividades de Inteligencia de las Fuerzas
Armadas de los Estados Unidos, aunque —según algunos autores—
Nixon y Kissinger lo manejaban a su arbitrio.15 En Chile, por
ejemplo, se ordenó a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que
desarrollara actividades destinadas a derrocar y/o asesinar a Salvador
Allende sin ningún conocimiento del Comité de los Cuarenta,
con la excepción de Mitchell —hombre de confianza de Nixon— y
del secretario de Estado, Kissinger.16 Aunque resulta difícil de creer,
parecería que las relaciones de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) con la ITT en América Latina —y en Chile especialmente—
fueron establecidas sin el conocimiento del Comité de los Cuarenta,
a pesar de que la ITT tuvo una función importante en Chile
antes de las elecciones de 1970, Los archivos del Comité de los
Cuarenta demuestran que antes de las elecciones en Chile, el tema
se discutió al menos en cuatro ocasiones, entre abril de 1969 y septiembre
de 1970. En marzo de 1970 se aprobaron US$135 000 para
propaganda en contra de la candidatura de Salvador Allende. El 27
de junio, el Comité aprobó una asignación adicional de US$300 000,
recomendados por el entonces embajador, Edward Korry, y la Agencia
Central de Inteligencia (CIA). Fue en esta reunión —según las
minutas oficiales— que Kissinger apoyó los programas en contra de
Salvador Allende, diciendo: “No veo porqué necesitamos quedarnos
mirando cómo un país se vuelve comunista debido a la irresponsabilidad
de su propio pueblo.”17 En estas reuniones iniciales,
sin embargo, el Departamento de Estado generalmente asumía la
postura en contra de incrementar la interferencia directa en las elecciones
presidenciales chilenas. En sus memorias, Henry Kissinger plantea
que W. Rogers y el Departamento de Estado le restaban
15 S. Hersh, Op. cit.
16 En su libro, el embajador Nathaniel Davis dice que no había planes de asesinato.
Ver: N. Davis, Op. cit.
17 S. Hersh, Op. cit., p. 265.
121
importancia tanto a la posibilidad como al peligro de una victoria
electoral de Salvador Allende. Lo que realmente aprobó el Comité
de los Cuarenta en los meses de marzo y junio fue una serie de operaciones
anti-Salvador Allende —destinadas a destruirlo como opción—
que utilizaron los medios de comunicación y los grupos cívicos
de la derecha para circular rumores contra la coalición de la Unidad
Popular. En dicha propaganda se establecía una comparación entre
la elección de Salvador Allende y sucesos tales como la invasión de
Checoslovaquia por los soviéticos en 1968 y los supuestos fusilamientos
realizados en Cuba al triunfo de la revolución, entre otros. A
la altura de 1970, la Agencia Central de Inteligencia (CIA) subsidiaba
dos servicios informativos de cables y un periódico de derecha, cuyos
puntos de vista eran tan extremos como para alienar a los “conservadores
responsables”. El embajador Edward Korry escribió que
la campaña de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) era tan burda
que resultaba tan contraproducente que, de hecho, favorecía a Salvador
Allende.
La amenaza a la democracia en este periodo se personificó en Salvador
Allende y la posibilidad de nacionalización de las subsidiarias
de las corporaciones norteamericanas que operaban en Chile.
Hasta las elecciones, la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
predijo confiadamente una gran victoria para Jorge Alessandri, sobre
encuestas realizadas por El Mercurio —basadas, como lo entendió
el embajador Edward Korry, pero Washington tal vez no, en
un censo no actualizado de 1969. La Agencia Central de Inteligencia
(CIA) informó que las encuestas daban a Jorge Alessandri el 50
% del voto popular, lo cual obviaría la necesidad de una elección
en el Congreso chileno. Estas precisiones no tranquilizaron a la comunidad
de negocios de los Estados Unidos. En abril, de acuerdo a
documentos proporcionados por el embajador Edward Korry, miembros
del Council of the Americas se acercaron al Departamento de
Estado y ofrecieron dar al menos US$500 000 a la campaña de Jorge
Alessandri. A su vez la Agencia Central de Inteligencia (CIA) debía
suministrar una cantidad semejante con el mismo objetivo. El embajador
Korry se opuso, por temor a que la interferencia se hiciera pública,
lo cual significaría serios problemas para los Estados Unidos y al mismo
tiempo afectaría las relaciones con la Democracia Cristiana18 y
también los intereses de los Estados Unidos a largo plazo. Edward
18 Radomiro Tomic era el candidato de la Democracia Cristiana.
122
Korry era un acérrimo anticomunista, pero al mismo tiempo intentaba
mantener el control sobre la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
en su Embajada y prohibía los contactos de la Agencia con aquellos
miembros de las Fuerzas Armadas chilenas que se sabía estaban ansiosos
por realizar un golpe de Estado, de producirse la victoria de
Salvador Allende. En el terreno de la propaganda, el embajador Korry
insistía en que para evitar la inclinación de Chile hacia la izquierda,
ésta debía ser anticomunista y no pro-Alessandri, como orientaba la
Agencia Central de Inteligencia (CIA).19 Al fin y al cabo, era una
cuestión de forma y de cautelar los intereses burocráticos de un sector
del aparato estatal norteamericano, ya que los objetivos eran los
mismos. Esta diferencia de opiniones revela también las clásicas contradicciones
entre las agencias gubernamentales norteamericanas en
la aplicación de la política exterior. La ITT y su presidente, H. Geneen,
habían determinado financiar la campaña de Jorge Alessandri, a pesar
de la oposición del embajador Korry a esta propuesta. La multinacional
buscó un intermediario, que fue John A. McCone, director
de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) bajo las administraciones
Kennedy y Johnson. En 1970, McCone era director de ITT y
seguía siendo consultor de la Agencia Central de Inteligencia (CIA).
McCone —en una testificación ante el Subcomité de Corporaciones
Multinacionales del Comité de Relaciones Exteriores del Senado, en
1973— planteaba que Richard Helms, de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), le había informado que el Comité de los Cuarenta y
la Casa Blanca habían decidido que la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) no desarrollaría grandes programas para apoyar a Jorge
Alessandri, decisión que algunos evalúan como derivada de la oposición
del embajador Korry y de las encuestas optimistas realizadas
por El Mercurio. Al mismo tiempo, el presidente, Richard Nixon, y
el secretario de Estado, Henry Kissinger, estaban centrados en los
problemas del Medio Oriente, la guerra de Viet Nam, y la crisis en
Cambodia. El Subcomité del Senado —en sus investigaciones— llegó
a la conclusión de que fue la sugerencia de McCone la que llevó a
que Geneen, de ITT, se entrevistara, en julio, con W. Broe, jefe de
Operaciones Clandestinas para América Latina de la Agencia Central
de Inteligencia (CIA). Según Broe, Geneen ofreció —en el encuentro—
hacer una contribución “sustancial” a la campaña de Jorge
Alessandri, si la Agencia Central de Inteligencia (CIA) manejaba los
fondos. A su vez, ya el jefe de la Estación de la Agencia Central de
19 S. Hersh, Op. cit., pp. 267.
123
Inteligencia (CIA) en Santiago de Chile, R. Hecksher, había contactado
a los operativos de ITT y les había proporcionado los nombres
de las personas —chilenas— que podían ser canales seguros para el
traslado de dinero.
Los principales contactos de la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
con ITT eran H. V. Hendrix y R. Berrelez, dos altos funcionarios de la
empresa. La operación fue hecha de tal manera que el Comité de Inteligencia
del Senado no pudo probar que la ITT había aportado los
fondos. Las investigaciones se prolongaron durante casi diez años. De
hecho, Geneen autorizó, al menos, una gran contribución de unos
US$350 000, cuestión que no se hizo pública hasta 1976, luego que
fue descubierta por el Comité de Inteligencia del Senado.
El triunfo electoral de Salvador Allende
y cómo se intentó evitar que asumiese
la Presidencia
A pesar de todos los esfuerzos mencionados,20 Salvador Allende ganó
las elecciones el 4 de septiembre de 1970. Luego, el Congreso lo
ratificaría el 24 de octubre. Tanto la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) como el embajador, Edward Korry, reaccionaron negativamente
y calificaron la derrota de la derecha como una que tendría “consecuencias
domésticas e internacionales…” El cable del embajador
Korry a Washington también decía: “no hay razón para creer que las
Fuerzas Armadas chilenas desatarán una guerra civil o que ningún
otro milagro pueda intervenir para deshacer su victoria”.21
Según Kissinger, el presidente Nixon estaba furioso y culpaba al
Departamento de Estado y al embajador Korry.22 A partir de este
momento, agrega Kissinger, el presidente Nixon buscó evitar a la
burocracia lo más posible y operar por otros canales. Los análisis de
Inteligencia de la época indican que Salvador Allende no era una
amenaza para la seguridad nacional y la postura del presidente Nixon
se atribuye fundamentalmente a su preocupación por el futuro de las
corporaciones norteamericanas y sus propiedades, que pensaba serían
nacionalizadas por el gobierno de Allende.
20 Hemos seleccionado algunos. Recientemente, se han desclasificado documentos
que evidencian la amplitud de las medidas del gobierno norteamericano con respecto
al gobierno de la Unidad Popular. Ver: http://www.nsachive.org.
21 S. Hersh, Op. cit., p. 269.
22 Identificaba a Edward Korry como hombre del presidente J. Kennedy.
124
Tres días después de la elección, la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) le informó a la Casa Blanca en un Memorándum de Inteligencia
que —como lo resume el Comité de Inteligencia del
Senado— los Estados Unidos “no tenían interés vital dentro de
Chile, el balance militar de poder global no iba a ser significativamente
alterado por el régimen de Allende y la victoria electoral de
Allende en Chile no amenazaba la paz en la región”.23 Para
Kissinger, Salvador Allende era el ejemplo viviente de la revolución
dentro del esquema de la democracia electoral en América
Latina y su temor real era que el gobierno de la Unidad Popular se
desarrollara exitosamente, lo cual constituiría un “mal ejemplo” para
el resto del continente. El secretario de Estado se ubicaba en la lógica
de la teoría del dominó, de la cual se derivaba que el proceso
chileno amenazaría a “todas las fuerzas democráticas en América
Latina y de hecho al hemisferio occidental”.24 La percepción fundamental
entonces era que lo que la victoria de Salvador Allende sí
haría era amenazar la cohesión del hemisferio y representaba un avance
para las ideas marxistas, cuestión que se estimaba como un retroceso
psicológico para los Estados Unidos.
El 8 de septiembre, Henry Kissinger presidió una reunión del Comité
de los Cuarenta, durante la cual él, R. Helms y G. Mitchell estuvieron
de acuerdo en que “un golpe militar contra Allende tendría
muy pocas probabilidades de éxito a menos que sucediera pronto”.
De acuerdo con el resumen publicado más tarde por el Comité de Inteligencia
del Senado, Kissinger le ordenó al embajador Edward Korry
que preparara una “evaluación a sangre fría” de “los pros y contras y
problemas y perspectivas implicados si se organizaba un golpe mili-
23 Los National Intelligence Estimates eran realizados en la época por la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) y otras agencias y entre 1969 y 1973 ofrecen pocas
evaluaciones explícitas de la amenaza que representaba el Chile de Salvador Allende.
Un Memorándum de Inteligencia, de 4 de noviembre de 1970 realizado
justamente después de las elecciones es explícito, sin embargo, en cuanto a la
amenaza. A pesar de estar escrito por la CIA, reflejaba los puntos de vista del
Grupo Interdepartamental para Asuntos Interamericanos, que había preparado la
respuesta al NSSM97 e incluía además a representantes del Departamento de
Estado, Departamento de Defensa y la Casa Blanca. Este Memo concluía que los
Estados Unidos no tenían intereses vitales dentro de Chile, que el balance militar
global de poder no iba a ser significativamente alterado por el régimen de Allende
y que su victoria no representaba una amenaza a la paz en la región. Ver: G.F.
Treverton, Op. cit., pp. 168-169.
24 S. Hersh, Op. cit., p. 271
125
tar [en Chile] esta vez con ayuda de los Estados Unidos…” La respuesta
de Korry, el 12 de septiembre, fue que las posibilidades para
esta variable eran “inexistentes”.
El 14 de septiembre, Kissinger citó nuevamente al Comité de los
Cuarenta. La discusión se desarrolló de la forma siguiente: Jorge
Alessandri había anunciado que si el Congreso lo elegía el 24 de
octubre, él renunciaría a la Presidencia después de la inauguración el
3 de noviembre. Esto provocaría otra elección y Eduardo Frei
Montalva podría presentarse de nuevo legalmente. Washington consideraba
esto como una “solución constitucional” al problema de
Allende, pero dependía de la cooperación de Frei, así como de su
capacidad para lograr la nominación dentro del Partido Demócrata
Cristiano. Esta variable ya estaba funcionando desde agosto, cuando
el embajador Korry había recibido la visita de líderes del Partido
Demócrata Cristiano, que le informaron de la disposición de Eduardo
Frei Montalva para postularse nuevamente si Salvador Allende
ganaba la elección en octubre y si se buscaba una solución constitucional.
Esta variable fue retomada por la administración de Richard
Nixon, que la debatió en la reunión del 14 de septiembre. En una
comunicación secreta al día siguiente, el embajador Korry fue autorizado
a ofrecer a Eduardo Frei Montalva y a sus partidarios
US$250 000, y más si fuera necesario, para “apoyo encubierto de
proyectos que Frei o su equipo de confianza estim[asen] importantes”
para asegurar su elección, como —por ejemplo— comprar votos
en el Congreso chileno. El embajador Korry rechazó el dinero,
diciendo que los Estados Unidos no debía hacer el “trabajo sucio
por Chile”, ya que él sabía lo que en Washington ignoraban, esto es,
que el proyecto no era posible. En esto influyó, según el embajador
Korry, el hecho de que Eduardo Frei Montalva no contaba con el
apoyo del Partido Demócrata Cristiano para su candidatura, y que
él tampoco iba a hacer un esfuerzo por lograrlo. Además, la Embajada
de los Estados Unidos se enteró —según el embajador Korry—
de que Radomiro Tomic había acordado secretamente —antes de
las elecciones— la transferencia de votos a Salvador Allende, en
caso de que éste no obtuviera la mayoría. Este acuerdo hacía que la
elección de Jorge Alessandri fuera imposible y por lo tanto no podría
renunciar a la Presidencia si luego no tenía posibilidades de
ganar la elección.25
25 S. Hersh, Op. cit., p. 272.
126
En esa reunión del día 14, también se aprobó el aumento de la
propaganda para convencer al Congreso chileno de que la elección
de Salvador Allende significaría el caos financiero. En dos semanas,
veintitrés periodistas de al menos diez países fueron llevados a Chile
por la Agencia Central de Inteligencia (CIA), combinándose con los
agentes en el terreno para producir más de setecientos artículos antes
de la elección en el Congreso chileno. A fines de septiembre, un
pánico bancario se producía en Santiago con grandes cantidades de
fondos transferidos al exterior: bajó la producción industrial, cayó la
venta de propiedades y bienes, y se incrementó el mercado negro. La
presión aumentaba —y seguiría in crescendo— durante todo el gobierno
de Salvador Allende.
A partir de solicitudes de sectores influyentes de la derecha chilena
—que pidieron a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que
bloqueara la llegada a la Presidencia de Salvador Allende— la Casa
Blanca dio “luz verde” y cheque en blanco a la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) para que operara en contra de Salvador Allende
sin informar a nadie, ni siquiera al embajador Korry, de lo que estaban
haciendo: se trataba de hacer “gritar” a la economía chilena,
para disponer de US$10 millones —y más— si fuera necesario. En
sus testificaciones en el Comité de Inteligencia del Senado, Richard
Helms dijo —años después— que el presidente quería que se hiciera
algo…, no le importaba mucho cómo y estaba preparado a proporcionar
dinero…
Nuevamente se volvió a manejar la opción de las Fuerzas Armadas,
de forma que evitaran la elección de Salvador Allende por parte
del Congreso y también se contempló la posibilidad de asesinarlo.26
Vale recordar que entre las revelaciones del Comité Church estuvieron
la participación de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en
los intentos de asesinato a Fidel Castro27 y su participación directa
en el asesinato de Patrice Lubumba en el Congo Belga y de Rafael
Trujillo en la República Dominicana, entre otros.
La lógica a partir de la cual se realizaron las acciones encubiertas en
Chile se relaciona con que “toda actividad clandestina encaminada a
promover los objetivos de política exterior de la nación patrocinadora”,
26 S. Hersh, Op. cit., pp. 274-275.
27 Para la CIA en Cuba, ver: Fabián Escalante Font: Cuba: la guerra secreta de la
CIA, Editorial Capitán San Luis, La Habana, 1993.
127
debe realizarse de manera tal que “esa nación pueda negar sus responsabilidades
de forma plausible”. En realidad, la política de la
“negación plausible” es tan antigua como la existencia de la nación
norteamericana. En ella han descansado todas las intervenciones
políticas y militares realizadas en nuestro continente durante los últimos
cien años.28
El Track II en la política
de los Estados Unidos hacia Chile
Tradicionalmente, la política exterior de los Estados Unidos funciona
a partir de una lógica multidireccional de varios carriles, o
tracks, que se aplican según la coyuntura política específica del país
que es objeto de dicha política y del contexto internacional. El Track
I incluía propaganda anti-allendista y programas políticos que habían
sido aprobados por el Comité de los Cuarenta y encargados al
embajador Edward Korry y a H. Hecksher, representante de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) en Chile. A partir de las reuniones
realizadas por la administración Nixon, el 15 de septiembre surgió el
llamado Track II, que no debía ser conocido ni por el embajador
Korry, ni por el Departamento de Estado, ni por el Comité‚ de los
Cuarenta. En el caso del Track II, agentes clandestinos de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), especialmente reclutados y usando
pasaportes falsos, llegarían a Santiago y contactarían a un grupo de
oficiales de las Fuerzas Armadas, identificados como de extrema
derecha, que estaban en disposición —si se los financiaba adecuadamente—
de derrocar al gobierno antes de la elección congresional
del 24 de octubre y evitar así que Salvador Allende asumiera la
Presidencia. El objetivo del Track II era no sólo alentar a los militares
chilenos a dar un golpe, sino también aportar ayuda directa
para lograrlo.29
La Agencia Central de Inteligencia (CIA) realizó contactos con
dos grupos de complotados militares y paramilitares, cuyos miembros
finalmente asesinaron al general René Schneider, comandante
en jefe del Ejército, constitucionalista y demócrata, de forma de in-
28 Fabián Escalante Font, Op. cit., p. 52.
29 Henry Kissinger en sus memorias le resta importancia al Track II y en general a la
intervención de los Estados Unidos en el caso de Chile. Ver en este sentido: N.
Davis, Op. cit., p. 322.
128
crementar la tensión y el ambiente de violencia. Además, se envió
agentes especiales clandestinos, que se rotaban para realizar operaciones
específicas, y que estaban destinados a hacer contacto con el
general Roberto Viaux y su grupo, de forma de implementar el atentado.
Estos agentes no se relacionaban con los norteamericanos en
Chile ni con la Embajada: sólo cumplían con entregar dinero e instrucciones
a los complotados y salían del país una vez realizada su
misión.30
Los agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) que operaban
en Chile consideraban a Viaux y a su asociado, el capitán Arturo
Marshall, como fanáticos, inestables e imposibles de controlar, además
de estar penetrados por las fuerzas de Allende. La Estación de
la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Santiago se oponía con
fuerza a operar con este grupo.31 El contacto de la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) con los militares chilenos era el coronel Paul
M. Wimert, Jr., agregado militar de los Estados Unidos en Santiago,
oficial de Inteligencia desde la década de los años cincuentas y experto
en América Latina.32
El 23 de septiembre —según los documentos del Comité de Inteligencia
del Senado— H. Hecksher, jefe de la Estación de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) en Santiago en la época, informó que
el plan con Eduardo Frei Montalva no funcionaría y que era necesario
que lo autorizaran a comenzar el acercamiento a los oficiales antiallendistas
del Ejécito y de la Marina chilenas, de forma de inducirlos
a realizar un golpe militar. El coronel Wimert iba a ser el contacto.
Wimert era un experto equitador, mantenía sus caballos en la Academia
Militar de Santiago y tenía relaciones con oficiales del alto mando
de las Fuerzas Armadas chilenas, no igualadas por las que tenían
los agentes de la Agencia Central de Inteligencia (CIA). Las instrucciones
del embajador Korry a Wimert en esta etapa eran de no tocar
los temas políticos en sus conversaciones con los oficiales chilenos.
A fines de septiembre, el jefe de la Estación de la Agencia Central de
Inteligencia (CIA) en Santiago, H. Hecksher, informó al coronel
30 Vale destacar que la CIA tenía en Chile agentes encubiertos en diversos medios,
como negocios, prensa, fundaciones, entre otros grupos no identificados.
31 S. Hersh, Op. cit., p. 280.
32 El coronel Wimert tenía pésima opinión sobre Viaux: “Siempre operé con el
presupuesto de que no hay un substituto para el cerebro y Viaux no lo tenía.” Ver:
S. Hersh, Op. cit., p. 280.
129
Wimert que una “alta autoridad” lo había designado para trabajar
directamente con la Agencia Central de Inteligencia (CIA) y con los
militares chilenos en la perspectiva de implementar un golpe. El
embajador Korry no debía ser informado de la nueva misión de
Wimert y la Defense Intelligence Agency (DIA), a la cual respondía
burocráticamente, le confirmó su nueva misión. A raíz de las investigaciones
del Comité de Inteligencia del Senado en 1975, Wimert
supo que había sido engañado y que los informes correspondientes a
sus actividades nunca llegaron a la Defense Intelligence Agency
(DIA): eran desviados e iban directamente a la Casa Blanca.
En la segunda semana de octubre, la Agencia Central de Inteligencia
(CIA), con la ayuda del coronel Wimert, había hecho contacto
con una fracción de las Fuerzas Armadas chilenas, que junto al grupo
del general Viaux, era considerada como la más proclive a emprender
acciones violentas. El grupo, encabezado por el general
Camilo Valenzuela, comandante de la guarnición de Santiago, estaba
compuesto por conservadores moderados en servicio activo en el
Ejército y la Marina. Este grupo estaba vinculado, a su vez, al grupo
de Viaux. En Santiago se rumoraba que estos grupos estaban vinculados
entre sí y a su vez, relacionados con la Agencia Central de
Inteligencia (CIA). La izquierda seguía de cerca sus actividades y las
denunciaba.
El 13 de octubre, la Estación de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) autorizó que se le pasaran US$20 000 a Roberto Viaux, por
medio de un agente especial, además de la promesa de un seguro de
vida de US$250 000 a cambio de su esfuerzo golpista.33 El embajador
Korry sospechaba que algo se tramaba a su espalda y envió un
mensaje al secretario de Estado, Kissinger, el 9 de octubre, advirtiéndole
que creía que “cualquier intento de nuestra parte por alentar
un golpe podría llevarnos a un fracaso como el de Bahía de Cochinos”.
Además, el embajador Korry señalaba que tanto él como sus
funcionarios del Servicio Exterior y asistentes en la Embajada en
Santiago tenían razones para sospechar que se estaba fraguando un
golpe en contra de Salvador Allende por parte de la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) junto a Patria y Libertad, grupo paramilitar de
extrema derecha, de posiciones golpistas. El 12 de octubre, el embajador
Korry fue llamado a Washington para una reunión con Kissinger y
en ella argumentó sus reservas con respecto a Viaux. En esta ocasión,
130
se le proporcionó una reunión con el presidente Nixon, que intentó
tranquilizarlo subrayando que su administración aplicaría presiones
económicas para derrocar al gobierno de Allende. La Casa Blanca,
con una gran duplicidad, desarrolló una serie de reuniones de forma
de satisfacer las preocupaciones del embajador Korry y siguió adelante
con sus operaciones encubiertas. Sin embargo, a partir de las
advertencias del embajador Korry, y de algunos personeros de la
Agencia Central de Inteligencia (CIA), la administración comenzó a
desconfiar del general Viaux y de su capacidad para llevar adelante
la operación sin costos políticos para los Estados Unidos.
El 15 de octubre, R. Karamessines, jefe de Operaciones Clandestinas
de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), se reunió con Henry
Kissinger y Alexander Haig para discutir la posibilidad de la realización
de un golpe militar por parte de los generales Viaux y Valenzuela.
El secretario de Estado, Kissinger, ordenó que se restara atención a
Viaux y se centrara los esfuerzos en el grupo del general Valenzuela
y se los impulsara a proceder. El secretario de Estado cerró la reunión
urgiendo a la Agencia Central de Inteligencia (CIA) a “continuar
con la presión sobre todos los puntos débiles de Allende. ahora,
después del 24 de octubre, después del 3 de noviembre, y hacia el
futuro, hasta nueva orden”.34 La decisión de la Casa Blanca de centrar
su atención en el general Valenzuela se derivaba de las advertencias
del embajador Korry y de opiniones provenientes de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA). El objetivo básico de la política de los
Estados Unidos, esto es evitar —por medio de un golpe militar—
que Salvador Allende asumiera la presidencia de Chile, seguía siendo
el mismo.35
El 17 de octubre, la Estación de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) en Santiago informó a Langley que se había advertido a Viaux,
por medio de uno de sus operativos clandestinos, que fuera cautelo-
33 La Embajada mantenía grandes sumas de dinero —en billetes— en sus instalaciones.
34 S. Hersh, Op. cit., p. 286.
35 Esto fue negado sistemáticamente por Henry Kissinger y Alexander Haig en sus
testimonios ante el Comité de Inteligencia del Senado, en 1975. Lo mismo hizo
Richard Nixon en 1976 al responder al Comité diciendo que no recordaba haber
sido consultado sobre las actividades de la CIA en Chile entre septiembre 15 y
octubre 24 de 1970. Los tres básicamente sostuvieron que la CIA siguió operando
por su cuenta después del 15 de octubre. Ver: S. Hersh, Op. cit., p. 287
131
so, pero Viaux no había sido receptivo e informó a su contacto que
no importaba lo que la Agencia Central de Inteligencia (CIA) hiciera,
ya que él y sus partidarios habían decidido dar el golpe con o sin
apoyo norteamericano. La Agencia Central de Inteligencia (CIA), en
este momento, intentaba, por un lado, inducir al general Valenzuela a
actuar, ofreciéndole más apoyo y dinero, al mismo tiempo que intentaba
contener al general Viaux. El 19 de octubre, la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) prometió al general Valenzuela tres ametralladoras
sin identificación, seis granadas de gas lacrimógeno, y quinientas
ruedas de municiones, para apoyar el plan de secuestro al
general René Schneider, comandante en jefe de las Fuerzas Armadas
en ese momento. Se seleccionó al general René Schneider dado que
se lo identificaba, tanto por la Agencia Central de Inteligencia (CIA)
como por el grupo del general Valenzuela, como el obstáculo existente
entre las Fuerzas Armadas y un golpe militar, por su adhesión a
la constitución del país y a la democracia.
El plan —apoyado por la Agencia Central de Inteligencia (CIA)—
era secuestrar al general Schneider al finalizar una recepción oficial
el 19 de octubre y trasladarlo en avión a Argentina, de manera de
sacarlo del escenario. El resultado de esto sería, supuestamente, que
Eduardo Frei Montalva renunciaría y uno de los ayudantes del general
Valenzuela asumiría el gobierno militar y disolvería el Congreso
y, de esta forma, Salvador Allende no podría ser elegido. Se argumentaba
que sin la presencia del general Schneider, se incrementaban
las posibilidades de un respaldo de las Fuerzas Armadas a un golpe
militar. La Agencia Central de Inteligencia (CIA) intentaba, por todos
los medios, crear un “ambiente de golpe”. En la tarde del 19 de
octubre, el grupo del general Valenzuela, impulsado por algunos elementos
de Viaux, armados con las granadas —que el agregado militar
norteamericano les había proporcionado— fracasó en su intento
de secuestrar al general René Schneider cuando éste se retiró del
acto oficial en su auto privado en lugar del oficial. Después de este
fracaso, el coronel Wimert, agregado militar de la Embajada de los
Estados Unidos, fue autorizado a ofrecer US$50 000 al general
Valenzuela y a cada uno de sus asociados para que hicieran un segundo
intento. Éste tuvo lugar el 20 de octubre por la tarde y también
fracasó. La presión de la Casa Blanca y los fracasos del general
Valenzuela produjeron un estado de semipánico en la Estación de la
Agencia Central de Inteligencia (CIA) de Santiago. El 22 de octubre,
132
dos días antes de la elección en el Congreso, se le entregaron al general
Valenzuela dos ametralladoras —sin marcas— enviadas por la
valija diplomática desde Washington. El general Schneider fue asesinado
ese día por un grupo que no hizo uso de las armas norteamericanas.
Ni el general Valenzuela ni sus principales asociados estaban
en la escena del crimen, pero en el juicio posterior se determinó,
según algunas versiones, que los hombres que participaron en el asesinato
—que habían sido liderados por el general Viaux— también
participaron en los intentos de secuestro del 19 y el 20 de octubre. La
corte militar condenó eventualmente al general Viaux por secuestro
e intento de provocar un golpe militar y al general Valenzuela por
conspirar para provocar un golpe militar. Abundan las contradicciones
en cuanto a las versiones sobre estos hechos. El lugar del general
Valenzuela fue minimizado por la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) y por el Comité de Inteligencia del Senado, posteriormente.
La suposición siempre fue que el general Viaux y los complotados
fallaron en el intento de secuestro y se vieron obligados a asesinar al
general René Schneider cuando éste se resistió.36 Sin embargo, el
informe firmado por el mayor Carlos Donoso Pérez, de la 24 Comisaría
de Las Condes, señala que el vehículo del general Schneider
fue obstaculizado por un segundo vehículo y luego fue rodeado por
cinco individuos que rompieron el cristal y le dispararon a quemarropa.
El Comité de Inteligencia del Senado concluyó —de manera
sumamente conveniente para los Estados Unidos— que ya que las
ametralladoras que se había entregado al general Valenzuela no habían
sido usadas en el asesinato y ya que la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) había retirado el apoyo directo a Viaux, “no había
evidencia de un plan para matar a Schneider o que los funcionarios
norteamericanos específicamente anticipasen que Schneider sería
herido durante el secuestro”.
Sin embargo, según algunos,37 el jefe de la Estación de la Agencia
Central de Inteligencia (CIA) en México en la época, John C. Murray,
recibió la visita de uno de los agentes clandestinos que había participado
en los hechos. Éste informó —en 1971— de sus preocupaciones
en cuanto a que él y otro agente se habían reunido con Viaux y
que éste trabajaba con un grupo de estudiantes —de la organización
36 S. Hersh, Op. cit., p. 289.
37 Entre otros, el periodista investigador S. Hersh.
133
ultraderechista Patria y Libertad— que “eran los responsables de haber
disparado a Schneider”. El temor de este agente clandestino era que
la Agencia Central de Inteligencia (CIA) se viera involucrada a partir
de declaraciones de los inculpados, y además agregó que éstos
estaban pidiendo dinero. Las contradicciones personales entre dos
de estos agentes clandestinos, y otras relacionadas con las contradicciones
internas dentro de la propia Agencia Central de Inteligencia
(CIA) revelaron, con el tiempo, detalles del asesinato del general
René Schneider.38
En cuanto a intentos de asesinato contra el presidente electo, Salvador
Allende, el coronel Wimert —en 1980— en conversaciones
con el periodista investigador Seymour Hersh, manifestó que el asesinato
de Allende “era algo que todo el mundo esperaba que sucediese.
Hubiese sido la cuestión ideal” y que la misión de los agentes
clandestinos obviamente estaba orientada en esa dirección.
Después del asesinato del general René Schneider, la Estación de
la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en Santiago temía verse
involucrada públicamente. En cables internos de la Agencia Central
de Inteligencia (CIA) de 13 de octubre,39 el jefe de Estación en Santiago,
H. Hecksher, respondió a algunas interrogantes de Langley en
cuanto a las posibilidades de que el general Schneider pudiera ejercer
influencia para obstaculizar el golpe, diciendo que los generales
Viaux y Valenzuela primero eliminarían a Schneider, secuestrándolo,
y luego procederían a dar el golpe. El asesinato del general
Schneider, lejos de facilitar un golpe de Estado antes de la confirmación
de Salvador Allende por el Congreso, lo hizo imposible, dada la
reacción general en contra de la maniobra de la derecha para alterar
el proceso constitucional. Lo que se produjo finalmente fue un cuasi-
consenso de fuerzas que se agruparon en torno a Salvador Allende,
que obtuvo la aprobación del Congreso y asumió la Presidencia
el 3 de noviembre de 1970.
Luego del fracaso de la opción orientada a evitar que Salvador Allende
asumiese la presidencia de Chile, la administración de Richard Nixon
emitió el National Security Decision Memorandum No. 93, “Política
hacia Chile”, que delineaba la guerra económica. Sus aspectos principales
eran:
38 S. Hersh, Op. cit., pp. 290-292.
39 Senate Intelligence Committee.
134
• A) Excluir, en la medida de lo posible, más asistencia financiera
de garantía para las inversiones norteamericanas en Chile,
incluyendo las relacionadas con el programa de garantías a inversiones
o las operaciones del Eximbank;
• B) Determinar el grado en que las garantías existentes y los
arreglos financieros pueden ser eliminados o reducidos;
• C) Ejercer el máximo de influencia posible en las instituciones
financieras internacionales para limitar el crédito y otra asistencia
financiera a Chile, y
• D) Asegurarse de que los intereses de la empresa privada norteamericana,
que tenga intereses u operaciones en Chile, sepan
de la preocupación con que el gobierno de los Estados Unidos
ve al gobierno de Chile y la naturaleza restrictiva de las políticas
que el gobierno de los Estados Unidos se propone implementar.
La presión económica se vio incrementada por las presiones persistentes
y sostenidas de la Agencia Central de Inteligencia (CIA) en
contra del gobierno de Salvador Allende, la que renovó a su jefe de
Estación y personal en el país, en la perspectiva de una nueva escalada.
Ya a fines de 1971, éstos sostenían contactos casi diarios con los
militares chilenos40 e informaban de complots golpistas casi todos
los días. Mas de US$3,5 millones fueron autorizados por la administración
Nixon para las actividades de la Agencia Central de Inteligencia
(CIA) en Chile, en 1971. A la altura de septiembre de 1973, la
Agencia Central de Inteligencia (CIA) había destinado US$8 millones,
oficialmente, para financiar conspiraciones en contra del gobierno
de Salvador Allende.
En el caso de Chile, el Track II nunca terminó y se siguió implementando
sistemáticamente. En la consecución de sus objetivos, la Agencia
Central de Inteligencia (CIA), además de delegar tareas en otros
servicios de Inteligencia extranjeros que operaban en Chile,41 recopilaba
información que sería esencial para la dictadura militar,
40 El embajador Nathaniel Davis, que sustituyó a Edward Korry, plantea que “los
militares chilenos eran y son un grupo inmensamente arrogante de hombres, incluso
más reacios a la orientación norteamericana que sus homónimos de otros
países de Latinoamérica”, y agrega que “los líderes golpistas ni nos avisaron ni
nos consultaron, de forma premeditada…” Ver: N. Davis, Op. cit., p. 329.
41 Por ejemplo, la ASIS, Servicios de Inteligencia australianos. En: S. Hersh, Op. cit.,
p. 295.
135
esto es: listados de civiles que debían ser arrestados; aquellos a los
cuales había que proteger y las instalaciones gubernamentales a ser
ocupadas de inmediato, además de los planes de contingencia del gobierno
de Salvador Allende en el caso de un golpe.
Por último, desde el punto de vista de G. Treverton, un experto en
el tema de la Inteligencia, y miembro del Council of Foreign Relations
e investigador de la Comisión de Inteligencia del Senado para el caso
de Chile, “es justo decir, como mínimo, que los Estados Unidos no
pueden escapar a parte de la responsabilidad por el derrocamiento de
Allende”.42
Treinta años después, los documentos desclasificados por los National
Security Archives,43 revelan detalles —algunos hasta ahora
desconocidos— de los innumerables pasos que dio el gobierno de
los Estados Unidos para el derrocamiento de Salvador Allende, quien
llegó al gobierno a partir de unas elecciones realizadas en el marco
del sistema democrático vigente en Chile en 1970, con una propuesta
de “… paz y no guerra… Por la cooperación económica y no por la
explotación. Por la convivencia social y no por la injusticia”.44
42 Ver: G. Treverton, al comentar los resultados del Comité Church. En: G. T.
Treverton, Op. cit., p. 175. El subrayado es nuestro.
43 Peter Kornbluh: Chile and the United States: Declassified Documents Relating to
the Military Coup, September 11, 1973, National Security Archive Electronic
Briefing Book No. 8, en: http://www.nsachive.org
44 “Allende por Allende”, en: Salvador Allende en el umbral del siglo XXI, Frida
Modak, coordinadora, Plaza y Janés, Editores, México, 1998, p. 5.
136
EL FRAUDE JURÍDICO DEL ESTADO DE
GUERRA Y LA REPRESIÓN JUDICIAL
Y EXTRAJUDICIAL EN CHILE*
Dictación del estado de guerra interna.
Sus objetivos
La abolición del Estado de Derecho y su reemplazo por la arbitrariedad
omnímoda fueron confesados por la Junta desde el momento mismo
en que usurpó el poder legítimo.
Se expresa en el Decreto Ley No 1, de 11 de septiembre de 1973,
que la Junta “respetará la Constitución y las leyes en la medida en
que la actual situación del país lo permita para el mejor cumplimiento
de los postulados que ella se propone”.
Con esta fórmula, la Junta dispone de una apariencia de legalidad,
que le permite hacer citas de artículos e incisos como si estuvieran
vigentes, pero si el precepto legal resulta, en un caso concreto, inconveniente
“para el mejor cumplimiento de los postulados” que la Junta
se propone, lo interpretará torcidamente o lo dejará sin aplicación por
estar situada en la medida en que la actual situación no permite su
respeto y obedecimiento.
Como se ve, las formas jurídicas quedan así vaciadas de todo contenido
real y reducidas a instrumentos de fraude y propaganda.
Una de las expresiones mas claras de este cinismo jurídico lo constituye
el acto que decreta el estado de guerra interna en Chile.
En efecto, el Decreto Ley No 5, emanado de la Junta Militar con
fecha 12 de septiembre de 1973, cuyos fundamentos principales son
la necesidad de “prevenir y sancionar rigurosamente y con la mayor
celeridad los ‘delitos’ que atentan contra la seguridad interior, el orden
público y la normalidad de las actividades nacionales”, para lo
cual es necesario dotar de ‘mayor arbitrio’ a los tribunales militares,
procede a ‘interpretar’ el Código de Justicia Militar en el sentido de
que “el estado de sitio decretado por conmoción interna, en las ac-
* Subcomisión Jurídica de la Comisión Internacional Investigadora de los Crímenes
de la Junta Militar en Chile, Berlín, República Democrática Alemana,
1974, pp. 16-37.
137
tuales circunstancias que vive el país, debe entenderse ‘estado o tiempo
de guerra’ para los efectos de la aplicación de la penalidad de ese
tiempo que establece el Código de Justicia Militar y demás leyes penales
y, en general, para todos los demás efectos de dicha legislación”.
El objetivo de este fraude no es otro que el de aplicar formas extremas
de persecución, por medio de la legislación penal militar para
tiempo de guerra y las demás facultades que se otorgan a las jefaturas
militares para ese tiempo.
Los bandos militares, que están previstos para regir el territorio
enemigo ocupado por fuerzas chilenas, fueron utilizados por la Junta
como forma ordinaria de crear delitos, reprimir o exterminar a disidentes
políticos mediante ejecuciones sumarias y crear la zozobra y
el terror sobre toda la población de Chile y a través de todo su territorio,
convertido así, mediante el subterfugio del estado de guerra interno,
en territorio enemigo ocupado.
La represión directa, sin forma de juicio, que se expresó en fusilamientos
en e! sitio mismo de la detención, en el bombardeo de poblaciones
y otras atrocidades, que desencadenaron una ola de consternación
y de horror en todo el mundo, fue en una siguiente etapa reemplazada,
a lo menos en la imagen pública, con variados pretextos y coartadas,
tales como el “desaparecimiento de personas cuyo paradero se ignora”
o la muerte durante una tentativa de fuga.
Posteriormente, y aunque la represión extrajudicial se continúa
aplicando, la Junta, en un nuevo intento de dar apariencia de juridicidad
a sus actuaciones, ha puesto en movimiento el sistema de los
tribunales militares en tiempo de guerra. Esta etapa coincide con la
sustitución de la represión indiscriminada por una más selectiva, destinada
al exterminio de dirigentes políticos y sindicales de todos los
niveles.
Cabe tener presente que esta habilitación de los Consejos de Guerra
ha ido acompañada de una extensa reducción de la competencia de los
tribunales ordinarios y de la renuncia por parte de éstos a las atribuciones
que les son propias.
Los Tribunales Militares para el tiempo de guerra han sido dotados
por la Junta de la facultad para conocer de todos los asuntos de
connotación política o relativos a la disciplina laboral y al orden público,
materias que, por razones de garantía, la legislación chilena
entregaba a los tribunales civiles. Este cercenamiento de atribucio138
nes, unido al abandono de sus deberes constitucionales por parte de
la Corte Suprema, ha provocado la desaparición de cualquier instancia
judicial para un eventual amparo ante las decisiones del poder
militar.
A este respecto, la Corte Suprema ha declarado que, “por razones
evidentes del tribunal ordinario superior, que constituye la Corte Suprema,
no puede ejercer ningún poder jurídico en lo que concierne a
las funciones de mando militar que son propias y exclusivas del Comandante
en Jefe en el territorio declarado en estado de guerra”. Sobre
la base de esta obsecuente capitulación ante la dictadura militar, la
Corte Suprema, junto con asumir la responsabilidad solidaria por los
hechos ilícitos de ésta, ha impedido incluso que sus subordinados
puedan pronunciarse sobre los recursos de Habeas Corpus y otras
peticiones en amparo de justicia de las víctimas de la represión. De
entre los numerosos casos en que los tribunales civiles se han negado
a intervenir frente a las detenciones arbitrarias dispuestas por los
jefes militares, uno de los más ilustrativos es el del menor de 15
años, Luis Adalberto Muñoz Meza, en cuyo favor su padre recurrió
de amparo ante la Corte de Apelaciones de Santiago, después de un
período de detención de más de tres meses, de los cuales dieciocho
días fueron de incomunicación. De acuerdo a la legislación chilena,
los menores de 16 años son absolutamente inimputables y están exentos
de responsabilidad criminal (Artículo 10 del Código Penal). Como
medida de protección, quedan sujetos a la jurisdicción de tribunales
especiales para menores, los que sólo pueden disponer arbitrios tutelares.
Fallando este recurso, la Corte Suprema declaró: “Que la calificación
de los motivos que en virtud de los cuales se decreta en tales
casos el arresto, incumbe exclusivamente a la autoridad que lo decide”,
y agrega “que las medidas de protección contenidas en la Ley de
Menores no pueden prevalecer sobre las disposiciones que la autoridad
adopte con ocasión del estado de sitio, atendida la naturaleza de
aquéllas y de éste.”
Con estas consideraciones, la Corte Suprema negó lugar al recurso,
dejando sentado que durante la vigencia del estado de sitio, la autoridad
militar puede detener sin expresión de causa y sin formalidad alguna
a cualquier persona, incluso un niño, y que al respecto cesan
todas las garantías constitucionales y legales que se encontraban establecidas
en el sistema jurídico de Chile.
139
Cabe advertir que este fallo revocó la decisión de la Corte de Apelaciones
que había acogido por primera vez un recurso de amparo,
desde la fecha del golpe, referido a detenciones dispuestas por el poder
militar, precisamente por tratarse de un menor.
Es explicable, entonces, que de la institucionalidad chilena demolida,
se haya mantenido sólo el Poder Judicial, expurgado previamente
de todos los jueces de quienes se sospechaba una actitud independiente
frente a la Junta, ya que éste no representaba un estorbo para sus
designios. Su único papel ha consistido en consagrar y legitimar a los
Tribunales Militares para el tiempo de guerra, a los que se confía la
represión directa.
Ausencia de jurisdicción de los Tribunales Militares
para el tiempo de guerra
La falta de jurisdicción tiene como consecuencia la inexistencia jurídica
de las resoluciones pronunciadas; su existencia puramente fáctica
convierte a los supuestos jueces en reos de crímenes comunes.
La impugnación de la jurisdicción de los Consejos de Guerra tiene
su fundamento en dos niveles:
a. Los Tribunales Militares para el tiempo de guerra carecen de
jurisdicción por ser agentes de un poder ilegítimo.
El origen espurio de la Junta y la circunstancia de que su actuación
se dirigió en contra de un gobierno democráticamente electo, no
constituyen el único fundamento para negarle su legitimidad.
Debe agregarse a ello que su acción, desde el momento del golpe
y hasta el presente, no ha llenado los requisitos mínimos para poder
invocar la autoridad de un gobierno legítimo en los planos externo e
interno. El aislamiento internacional de la Junta es sólo una de las consecuencias
de esta ilegitimidad.
Ha quedado demostrado en distintos foros que los derechos humanos
en Chile son desconocidos de manera sistemática y deliberada;
que no existe forma alguna de garantías individuales; que la inseguridad
jurídica es factor común a la población civil que sufre la opresión
del régimen militar, y aún a extensos sectores de las Fuerzas Armadas
expuestos a la aniquilación física en caso de disidencia.
Es sabido que en Chile cualquier persona inocente está enfrentada
al riesgo permanente de la tortura, de la privación de la libertad y aún
140
de la vida, sin siquiera la posibilidad de reclamar protección y amparo
a alguna autoridad que no sea la propia Junta, dotada de poderes totales,
y que es, precisamente, la que dispone y ejecuta tales atropellos.
Este poder ilegítimo no puede generar, a su vez, instancias de poder
legítimo. En lo que concierne a estos supuestos órganos jurisdiccionales,
los integrantes de los mismos son designados, en el hecho,
por la Junta, ya que ella nombra los jefes militares, quienes a su vez
hacen la designación de los vocales de los Consejos de Guerra “para
cada caso determinado” (Artículo 82 del Código de Justicia Militar)
(cfr. asimismo los artículos 74, 83 y 181).
No se trata de jueces profesionales, sino de oficiales en servicio
activo, cuya permanencia en las funciones de mando deriva de su
adhesión a los propósitos y procedimientos de la Junta, por cuanto
aquéllos que discreparon de los fines perseguidos o los medios empleados
fueron sometidos a prisión o, incluso, ejecutados. Es más:
con arreglo a lo dispuesto en el Artículo 74 del Código citado, el
comandante militar forma parte del sistema judicial y está facultado
para “aprobar, revocar o modificar las sentencias” que los Consejos
de Guerra pronuncien. La designación y remoción de los comandantes
militares a quienes se confiere tal atribución (entre quienes se cuentan,
con arreglo al Decreto Ley No. 8, de 12-IX-73, publicado el 19-IX-73
en el Diario Oficial, los “respectivos Comandantas en Jefe de las Unidades
Operativas del territorio nacional. Comandante en Jefe de la
Escuadra, Comandantes en Jefe de las Zonas Navales y Comandante
del Comando de Combate de la Fuerza Aérea”) es, en todo caso,
facultad de la autoridad ejecutiva, en las actuales circunstancias, la
propia Junta, que se designó a sí misma General en Jefe de las Fuerzas
(cfr. Decreto Ley No 3, de 11-IX-73, publicado el 18-IX-73 en el
Diario Oficial).
Por último, la subordinación jerárquica de los jueces militares a
sus propios superiores en el rango militar y el pronunciamiento en
única instancia, sin ulterior recurso, aseguran en forma absoluta que
el fallo de estos Consejos de Guerra reflejará plenamente la voluntad
de la Junta,
b. Los Tribunales Militares carecen de jurisdicción atendida su índole
de tribunales especiales para un determinado tiempo: la guerra.
Aun si se prescinde de la ineficacia jurídica de las declaraciones
de voluntad de un poder ilegítimo (que incluye la del estado o tiempo
141
de guerra en virtud del Decreto Ley No 5, publicado en el Diario
Oficial de 22-IX-73), es notorio que una declaración de voluntad
estatal no basta para traer a la existencia jurídica la regulación de
un hecho que, como la guerra, un terremoto o una epidemia, presupone
la efectiva verificación del hecho regulado. Una declaración
de voluntad estatal sobre la base de un hecho ficticio, para meros
fines de represión política, constituye falsedad ideológica y es un
fraude jurídico.
En Chile no hay ni ha habido guerra. Es más, el propio canciller de
la Junta, almirante Huerta, en comunicación dirigida al ministro de
Relaciones Exteriores de Colombia, aseveró expresamente que en Chile
“e| orden público estuvo asegurado desde el instante mismo del pronunciamiento
militar del 11 de septiembre”. El tétrico eufemismo de
calificar de “orden público” asegurado el régimen de terror instaurado
en Chile por la Junta no obsta al valor de la confesión sobre la ausencia
de guerra. La instalación y el funcionamiento de los Tribunales Militares
para el tiempo de guerra en virtud de la ficción de una “guerra
interna” constituyen un fraude a la luz de los principios generales del
Derecho y también ante el sistema jurídico chileno.
Aunque pueda discutirse su extensión, frente a las normas generalmente
admitidas que tutelan los derechos del inculpado en un proceso
criminal, no cabe duda que los tribunales y el procedimiento
militar para el tiempo de guerra restringen, en alguna medida, las
garantías del debido proceso. Pero tales restricciones, que naturalmente
no pueden vulnerar los derechos básicos, sólo pueden encontrar
justificación en una situación de necesidad, en que debe conjurarse
una emergencia. La aberrante ficción jurídica de una guerra inexistente,
urdida por la Junta para poner en movimiento los Consejos de
Guerra, significa, entre otros fraudes, la utilización de las reglas excepcionalísimas
impuestas por la necesidad, a una situación para la
cual no está prevista tal regulación y es puramente abusiva. La paradoja
reside en que mientras la Junta, para los efectos de sus relaciones
económicas, para reclamar créditos, fomentar el turismo o por
razones de prestigio o propaganda, insiste en la absoluta paz social y
en que el orden público está enteramente asegurado, para los fines de
represión política y de persecución de los opositores invoca la guerra,
el estado de necesidad y la legislación dispuesta para la más excepcional
de las emergencias.
142
Para posibilitar la ficción del estado de guerra, comenzó la Junta
por emitir el mismo 11 de septiembre el Decreto Ley No 3 en cuya
virtud se declaraba el estado de sitio para todo el territorio de la
República.
Cabe observar, de paso, que esta declaración, de conformidad a la
legislación regular de Chile, es doblemente inconstitucional, pues el
estado de sitio puede declararse para uno o varios puntos del territorio
de la República y, por otra parte, la autoridad llamada a decretarlo
en este caso es el Congreso.
Luego el Decreto Ley No 5, de 22 de septiembre de 1973, interpretando
el Artículo 413 del Código de Justicia Militar, declara que el
estado de sitio decretado por conmoción interior debe entenderse
“estado o tiempo de guerra” para todos los efectos legales. Con esto,
la Junta completa el fraude encaminado a desatar la represión política
por medio del artilugio de la guerra interna. Advirtiendo que la
declaración de estado de sitio era insuficiente para sus propósitos, se
vieron en la necesidad de forzar aún más la interpretación de las
normas legales invocadas.
Por la vía de “interpretar” el Código de Justicia Militar, convirtieron
el “estado de sitio” y el “estado de guerra”, en términos equivalentes.
El concepto de guerra interna, el que no encuentra cabida en nuestra
Constitución y ni siquiera es mencionado en ninguno de los textos
legales que regulan el estado de guerra, ha sido fabricado sobre la
base del estado de sitio declarado por conmoción interior.
En primer lugar, es necesario precisar que una parte de la doctrina
jurídica chilena afirma que los preceptos relativos a la guerra sólo
pueden aplicarse en caso de guerra exterior.
Los Tribunales Militares para el tiempo de guerra fueron concebidos
—como lo subrayó el catedrático de Derecho Internacional de la
Universidad de Chile, profesor Fernando Albónico, en la Asamblea
del Colegio de Abogados de 10 de mayo de 1974, en Santiago— “para
una situación de enfrentamiento bélico con otro país”. Añadió el profesor
Albónico que a la época de la dictación del Código de Justicia
Militar se fijó un procedimiento de juicio de guerra muy rápido, “dirigido
contra quienes colaboraran o facilitaran la acción del enemigo,
que no podía ser otro que un ejército extranjero”.
En efecto, los artículos 72, 73 y 418 del Código de Justicia Militar
deben ser interpretados en relación con todo el resto del sistema consti143
tucional y legal chileno. Así, el Artículo 35 de la Ley de Seguridad del
Estado, que dispone la formación inmediata de los Tribunales militares
en tiempo de guerra, se refiere expresamente a los casos en que
haya de operarse “contra el enemigo extranjero o contra fuerzas rebeldes
organizadas que actúen en apoyo de la agresión exterior”. Debe
tenerse presente que la Ley de Seguridad del Estado regula desde ínfimas
perturbaciones del orden público hasta la guerra exterior y, no
obstante ello, no hay un solo precepto que someta al régimen de la
guerra y a los tribunales de guerra los hechos de conmoción interior y
ni siquiera a grupos rebeldes organizados, salvo en el caso que éstos
actúen en apoyo de una agresión exterior.
Los numerosos tipos delictivos descritos en el Código Penal, en la
Ley de Seguridad del Estado y en el Código de Justicia Militar, para
las hipótesis de rebelión, sublevación, alzamiento y las diversas formas
de conspiración y atentado contra la seguridad interior, cuando
ellos son perpetrados por personas no sometidas al fuero militar, quedan
entregados expresamente al conocimiento y fallo de los tribunales
ordinarios. Sólo cuando intervienen militares en esta clase de delitos
su juzgamiento corresponde a la jurisdicción de los tribunales militares
para el tiempo de paz.
La Constitución Política, por su parte, no menciona en forma alguna
la guerra interna y para la conmoción interior sólo ha previsto el
estado de sitio, que por cierto no es sinónimo de estado de guerra. Una
interpretación contextual, pues, de las normas constitucionales y legales,
de las que las disposiciones del Código de Justicia Militar no pueden
ser segregadas sin romper la unidad del sistema, conduce a la
conclusión de que el estado de sitio por conmoción interior sólo puede
traer consigo el régimen de guerra y la actuación de los tribunales de
guerra cuando, además de existir de hecho el enfrentamiento bélico
con el enemigo exterior, aparecen en el interior del país grupos rebeldes
organizados en apoyo de las armas enemigas.
Con todo, la más extensa interpretación posible del concepto de
guerra interna, que quisiera reconocer como idea subyacente, aunque
no explícita, también la posibilidad de que este régimen legal
incluya la guerra civil (sin guerra exterior), esto es, la lucha armada
de facciones contrapuestas que se disputan el poder dentro del país,
nunca podrá excluir el hecho real de la guerra, con teatro de operaciones
guerreras y fuerzas rebeldes organizadas. Así, el jurista chileno
Renato Astroza, quien se inclina por admitir esta segunda interpreta144
ción, conviene en que “no toda declaración oficial de estado de sitio
importa estado de guerra, sino sólo aquéllas que correspondan a un
estado de guerra de hecho”.
La fórmula inventada por la Junta de una guerra ficticia, encubre
una guerra unilateral, con todo el poder de fuego y de represión de
un ejército moderno contra una población desarmada y sólo puede
ser descrita como una “agresión interna”.
Su objetivo más notorio es el de disponer de una coartada pseudolegal
con que afrontar las denuncias internacionales por genocidio.
A ello se añade la ventaja adicional de llevar a efecto la represión
judicial a través de órganos directamente manejados por la Junta y
designados por ésta, para cada caso particular, y la aplicación, en el
ámbito del derecho material, de penas aberrantes y tipos delictivos
abiertos inherentes a la legislación de guerra.
El carácter ilegítimo de la Junta misma y de sus órganos jurisdiccionales,
así como la ausencia de un estado de guerra efectivo,
determinan que el procedimiento ante los tribunales de guerra y los
fallos pronunciados por éstos, por emanar de personas que carecen
de la potestad legal para perseguir y castigar, no son sólo ilícitos
sino delictivos. Los apremios ilegítimos a que los procesados son
sometidos y las condenas privativas de la vida, de la libertad y de
otros bienes jurídicos que se les imponen, convierten a los instructores
y sentenciadores en criminales comunes. De acuerdo con las
reglas generales sobre participación criminal la responsabilidad
penal se extiende, además, a la “larga mano” de la Junta (autoría
mediata) y a los ejecutores materiales de los fallos judiciales (instrumentos
dolosos).
Incompetencia de los Consejos de Guerra respecto
de hechos anteriores al 11 de septiembre.
La ausencia de jurisdicción de los tribunales de guerra es aun más
evidente cuando tales órganos se avocan al conocimiento de hechos
presuntamente acaecidos antes de la declaración del estado de guerra.
El jurista chileno Oscar Fenner, general (r) del Ejército, ex-auditor
general de Guerra y ex-ministro de la Corte Marcial, redactor del
Código de Justicia Militar de Chile, se refiere a este punto en un
extenso informe en Derecho que fue presentado en el proceso contra
miembros de la Fuerza Aérea de Chile y que no fue acogido por el
Tribunal.
145
El renombrado especialista comienza su dictamen con la afirmación
de que los requisitos exigibles para que entren en funcionamiento
los tribunales para tiempo de guerra, “no estaban presentes en la situación
del país al 11 de septiembre de 1973, de donde se sigue la
improcedencia de la constitución de cualquier tribunal de esa especie
y, por tanto, la del Consejo de Guerra de la FACH que està conociendo
del proceso 1-73”. Enseguida añade: “haré abstracción de
ese obstáculo y empleando la imaginación me colcharé en el supuesto
de que la designación del Fiscal adhoc y la formación del Consejo de
Guerra de la FACH podrían ser legalmente procedentes”. El autor se
plantea tal hipótesis “para el solo efecto del análisis” y sobre esta
base se pregunta si el Tribunal Militar para el tiempo de guerra habría
tenido competencia para conocer de hechos anteriores al 11 de
septiembre de 1973. Tras una cuidadosa exégesis de las disposiciones
pertinentes, concluye: “Es de toda evidencia que los tribunales
de tiempo de paz conservan, durante el estado de guerra, una parte de
su competencia, que les es privativa: ella comprende el conocimiento
de todos aquellos asuntos suscitados y hechos producidos con anterioridad
al nombramiento del General en Jefe, cualquiera que sea
la época de la iniciación del proceso.” Agrega, en fin, que “la sustentación
de un proceso por un tribunal de tiempo de guerra respecto de
quienes aparezcan como inculpados de un hecho delictuoso en tiempo
de paz, significa una evidente violación del texto y del espíritu de
la ley, puesto que el Artículo 71 del Código de Justicia Militar sólo
faculta a los tribunales militares de tiempo de guerra para ejercer la
jurisdicción militar de ese tiempo, y nada más que de ese tiempo, sin
autorizarlos de ninguna forma para conocer de los asuntos de la jurisdicción
de tiempo de paz, norma que aparece complementada y
confirmada por el art. 73 del mismo Código”.
Tan clara y necesaria es esta conclusión, que en un comienzo la
propia Junta comunicó oficialmente, a través de sus jefes de misiones
y cónsules, que respecto de los inculpados militares había que
determinar la época en que cometieron las acciones que se les atribuyen
“ya que si las perpetraron con anterioridad al 12 de septiembre,
fecha de publicación del Decreto Ley No 5 que declaró el Estado de
Guerra interno, serán juzgados por los tribunales militares en tiempo
de paz, y si por el contrario, delinquieron con posterioridad a esa
fecha, lo serán por los juzgados militares en tiempo de guerra”. Reitera
lo mismo respecto de los acusados civiles al decir que “quedarán
146
sometidos a la jurisdicción militar en tiempo de guerra, si los delitos
son posteriores al 11 de septiembre de 1973 y a la jurisdicción militar
en tiempo de paz sí son anteriores a esa fecha”. Todo lo anterior
se encuentra contenido en la circular No 83, de 4 de abril de 1974, del
Ministerio de Relaciones Exteriores del régimen militar1
Por último, esta evidencia ha sido recogida por la Comisión de
Derechos Humanos de la OEA que, entre sus recomendaciones a la
Junta, ha incluido la de sustraer el conocimiento de los hechos acaecidos
antes del 11 de septiembre de los Tribunales Militares para el
tiempo de guerra.
Pese a ello, el Consejo de Guerra de la Fuerza Aérea resolvió su
plena competencia respecto de hechos anteriores no sólo a la declaración
del estado de guerra por el Decreto Ley No 5 (publicado el 22
de septiembre de 1973), sino anteriores incluso al golpe militar del
11 de septiembre.
Es más: no satisfechos con esto, procedieron a hacer retroceder la
iniciación de la guerra a un momento no precisado, a lo menos varios
años anterior al de la usurpación del poder por el golpe de Estado.
De este modo, debieron enterarse los chilenos que en su país, sin percatarse
de ello y en plena vigencia del régimen constitucional, del pluralismo
político y de las libertades democráticas, había existido una
guerra fantasmal, no declarada ni perceptible por los sentidos, que sólo
ahora pasó a ser del dominio público.
En efecto, en la letra E) del Considerando 16 de la sentencia pronunciada
por el Consejo de Guerra de la Fuerza Aérea de Chile, se
lee textualmente: “Tal como el Tribunal declaró en su resolución de
fs. 1799, relacionada con su competencia, el estado de guerra existe
‘claramente’, en el país desde la madrugada del día señalado (11 de
septiembre de 1973). Esto último sin perjuicio de la guerra disimulada
pero real y grave, existente desde antes de esa fecha.”
“Sin embargo, teniendo presente que todos los hechos investigados
configuran delitos que pueden cometerse tanto en guerra como
durante la paz, resulta innecesario que este Tribunal establezca en
qué momento, anterior al 11 de septiembre de 1973, se inició el estado
de guerra en Chile.”
Para caracterizar este estado de guerra, así reconocido retroactivamente,
el Tribunal militar explica que la existencia de tal estado no
1 Se advierte que el Decreto Ley No 5 fue publicado el 22 de septiembre de 1973,
y no el 12 de septiembre, como se indica en la Circular citada.
147
depende de la posibilidad de que se lo “reconozca” en la realidad.
Textualmente se expresa en el mismo Considerando y lugar citado
de la sentencia:
En las guerras del pasado se buscaba la victoria mediante el
enfrentamiento armado; hoy en día se pretende la aniquilación
del enemigo en todos los aspectos importantes, realizándose la
lucha mediante el enfrentamiento de los sistemas político, económico,
psicológico y, sólo en última instancia, militar. Para el
logro de este objetivo se trata de debilitar e iniciar la destrucción
del contrario en su propio campo, a través de la llamada
guerra interna, revolucionaria, subversiva y psicológica, empleando
para ello, todos los medios útiles, sin que importe su
ilegitimidad y los daños físicos y morales que causen. El uso de
las drogas, el debilitamiento físico y moral del individuo y el
aprovechamiento, hasta sus límites máximos, de las tensiones
internas de la nación, constituyen armas de uso frecuente en
este distinto sistema de guerra, ya que ellas conducen al objetivo
deseado, esto es, la destrucción de las estructuras sociopolíticas
del Estado y, por ende, la destrucción de la sociedad.
Cualquier punto débil que presente un país, por muy apartado
o falto de poder que sea, es traído por el marxismo a un plano
de actualidad, si ello favorece al conflicto de carácter general
en que está interesado.
Para concluir estos párrafos delirantes dedicados a la definición
del estado de guerra, los sentenciadores agregan la curiosa observación
de que “una característica muy importante que presenta la guerra
moderna es la dificultad —o casi imposibilidad— de identificar al
enemigo en las primeras fases del conflicto”.
Nótese que el extraño discurso precedente no está destinado a una
arenga de tipo político ni compone metáforas de una pieza literaria o
periodística, sino se trata de una sentencia judicial en materia penal
donde la precisión de los conceptos y el rigor en la subsunción de
los hechos al texto legal constituyen una exigencia mínima e imprescindible.
El estado de guerra cuya existencia real acarrea las más severas
penas —con frecuencia la pena de muerte—, que sustituye la jurisdicción
regular por una sumarísima, que hace emerger nuevas figuras
delictivas y trae consigo una transformación total del sistema
148
administrativo y de la vida social en general, es convertido, por la
voluntad todopoderosa de los jueces militares, en una vaga entelequia,
imperceptible por los sentidos, con enemigos “difíciles o imposibles”
de identificar, con enfrentamientos psicológicos y hasta uso
de drogas. Cualquier hecho puede ser así calificado como acto de guerra.
Las formas irracionales y esotéricas, propias de la retórica fascista,
convierten la ley penal en una policía de los pensamientos y en un
arma de represión ideológica. Los jueces militares no han hecho sino
copiar para su sentencia las consignas en boga entre los militaristas
de la dictadura brasileña. Puede confrontarse el discurso del comandante
en jefe del Ejército de Brasil, Breno Borges Fortes, en la 10a
Conferencia de Comandantes en Jefe de los Ejércitos Americanos,
celebrada en Caracas en los primeros días de septiembre de 1973.
También en este texto se habla de la “táctica más peligrosa del enemigo…
que se hace en forma sutil y disfrazada, haciendo más difícil
su identificación” y que utilizan “todos los medios, desde el chantaje
y coacción psicológica hasta el uso de los tóxicos y frecuentemente
de la atracción sexual”.
Este estado de guerra que, según la sentencia, existía en Chile
desde mucho antes del 11 de septiembre de 1973, no fue revelado
por los mandos militares al jefe del Estado y ni siquiera a sus subordinados.
Ello implicó que los militares desconocieron su deber de
obediencia y lealtad frente al presidente de la República o que estimaban
que éste y su gobierno eran su enemigo. En este último evento
querría decir que los mandos militares Implicados en el golpe se
mantuvieron de manera hipócrita y solapada en guerra con el gobierno
constitucional del presidente Allende durante todo su mandato,
situación que se hizo extensiva a sus propios compañeros de armas,
leales a la Constitución.
Obvio es decir que en un país pueden existir tensiones políticas,
desórdenes, actos de violencia aislados que requieren el concurso de
la fuerza pública para sofocarlos, pero nada de esto es guerra en sentido
jurídico ni en sentido técnico militar. Es más, la legislación regular
de Chile sancionaba la existencia de grupos paramilitares, sin
que ello determinara un estado de guerra en el país. Por el contrarío,
constituía una circunstancia agravante para el evento de que este hecho
ocurriera en tiempo de guerra. Así lo disponían los artículos 4,
letra f) de la Ley 12.927 sobre Seguridad del Estado, y 8 de la Ley
17.798 sobre Control de Armas. Por lo demás, ésta fue precisamente
149
la legislación que se invocó ante los tribunales ordinarios, durante el
periodo del presidente Allende, para reprimir a los violentistas de
derecha que desarrollaron una campaña de terror y sabotaje.
Es innecesario, asimismo, subrayar que las leyes penales regulan
el hecho real de la guerra, y no guerras ideológicas o imaginarias.
Desde el punto de vista de la ciencia militar se debe concluir, asimismo,
que Chile no vive ni vivió un estado de guerra. Al no producirse
enfrentamiento armado entre Estados, no se da la condición
sine qua non para su existencia. En lo relativo a la guerra civil, cuya
regulación jurídica ha sido ya descrita, sería necesario la presencia
de fuerzas antagónicas militarmente organizadas y capaces de efectuar
operaciones militares. Ninguna de estas condiciones se dio ni se
da actualmente en Chile, debiendo desecharse, por tanto la posible
existencia de una guerra civil.
Extensión de la jurisdicción ilegítima
de los Consejos de Guerra
El antes mencionado Decreto Ley No 5, junto con la proclamación del
sedicente estado de guerra, sustrajo a la jurisdicción ordinaria el conocimiento
de los delitos previstos en la Ley de Seguridad del Estado,
que es confiado a los Consejos de Guerra. De este modo, sin necesidad
de recurrir a fórmulas elípticas, como la de enjuiciar a dirigentes políticos
o dirigentes sindicales por la supuesta comisión de delitos propiamente
militares (cargos que, por lo demás, se han formulado en no
pocos casos), queda abierta la posibilidad de incriminar ante los tribunales
para el tiempo de guerra por la participación en huelgas, sustentar
un determinado pensamiento político o, de cualquier otro modo,
aparecer en contraste con la voluntad omnipotente de la Junta.
El Artículo 4.0 del Decreto Ley No 5, en efecto, junto con aumentar
de modo desmesurado las penas previstas en la Ley de Seguridad del
Estado (por ejemplo, el tipo delictivo del artículo 6, letra c), que tenía
prevista una pena de 61 días a 3 años de presidio, pasa a tener un
marco penal de cinco años y un día a muerte), añade que “en tiempo de
guerra, en todo caso, serán de competencia de los Tribunales Militares
de ese tiempo los delitos previstos en los artículos 4.0, 5.0 bis, 6.0, 11
y 12 de esta ley”.
El siguiente texto aparecido en la prensa oficial es bastante elocuente
y ahorra todo comentario:
150
En Arica. Condenan a 8 ex-trabajadores por boicotear la producción…
La condena establecida está fundamentada en la infracción
al artículo 11 de la Ley de Seguridad del Estado y la pena es de
541 días para cada uno del grupo. Los hombres fueron detenidos
en aquel entonces cuando se declararon en huelga aduciendo sueldos
bajos: con este argumento paralizaron sus labores en la obra
de construcción “Chinchorro Norte”. Esta paralización la cumplieron
después de sostener una reunión clandestina, en el lugar
de trabajo, infringiendo con ello las prohibiciones que existen en
tal sentido.
Los trabajadores o ex-trabajadores fueron defendidos por dos abogados
que estuvieron presentes durante todo el Consejo de Guerra.
(La Tercera, 23-III-74)
La antijuridicidad de los Tribunales Militares para el tiempo de
guerra, enteramente carentes de jurisdicción siquiera para conocer
de delitos previstos en el Código de Justicia Militar, en las actuales
circunstancias de Chile, es todavía más ostensible —si cabe— cuando
toman a su cargo la represión aun en el nivel de las reivindicaciones
laborales y en el de la policía de los pensamientos. Mediante el
aprovechamiento de los términos generalmente vagos y abiertos, con
frecuentes alusiones normativas y subjetivas entregadas a la valoración
del tribunal, con que la ley suele describir las infracciones contra
la seguridad interior, el orden público y la normalidad de las actividades
nacionales, así como por la apreciación de la prueba “en conciencia”,
la exigüidad o ausencia total de las garantías mínimas del debido
proceso y el fallo en única instancia, la Junta ha construido un aparato
represívo-judicial que le permite incriminar a cualquier persona y
aplicar a ésta el castigo que arbitrariamente decidan los sedicentes
jueces militares.
Recientes modificaciones a la Ley de Seguridad del Estado, que
extienden la pena de muerte a hechos de supuesto sabotaje a la economía,
hacen todavía más vasto el campo de la represión pseudolegal
contra los trabajadores y ofrecen una coartada aún mejor a los Consejos
de Guerra.
Infracción al principio de reserva legal: aplicación
retroactiva de la ley penal
Contra estas formas de terrorismo político e ideológico —expresa
el profesor de Derecho Penal de la Universidad de Roma,
151
Giuliano Vassalli—, contra estas resoluciones que retroactivamente
castigan actividades que eran lícitas en el momento en
que se realizaron, contra estas formas de despiadada represión
fundadas solamente en la presunción y en la sospecha, debe alzarse
la opinión de todo el mundo civilizado.
(Il Giorno, 3-XI-73)
Tal es otro de los rasgos monstruosos de esta legalidad puramente
aparente: la infracción del principio de reserva legal y la transformación,
con efecto retroactivo, de hechos lícitos en hechos delictivos.
Es sabido que, ante la imposibilidad de incriminar a los principales
dirigentes de los partidos de la Unidad Popular y funcionarios
del gobierno por hechos posteriores al golpe militar (ya que
muchos de ellos fueron aprehendidos en las primeras horas después
del golpe), la Junta optó por el artificio de hacer retroceder la
ilicitud en el tiempo.
En la acusación del fiscal de la Aviación contra los procesados del
juicio seguido a integrantes de la Fuerza Aérea de Chile y personalidades
políticas, se hacen aseveraciones destinadas a demostrar que
el gobierno del presidente Allende se había vuelto ilegal e inconstitucional,
de tal manera que pasaba a ser delictiva cualquier actuación
de los que “desobedecieran las órdenes de superiores jerárquicos
si éstos estimando que el gobierno de Salvador Allende Gossens se
había colocado al margen de la Constitución Política del Estado y,
por lo mismo, había pasado a ser inconstitucional, le exigieran la
dejación del mando”.
De la “ilegitimidad” retroactiva del gobierno constitucional del
presidente Allende emergería la criminalidad de la “insubordinación”
de quienes obstaculizaron la preparación del golpe militar.
Con todo, la incriminación más grave formulada en contra de estos
acusados y de otros muchos, algunos de los cuales fueron fusilados
por atribuirseles su perpetración, es el delito de traición previsto
en el Artículo 245 N 1 del Código de Justicia Militar. Este precepto,
ubicado en el Título II del Libro II de dicho Código, relativo a los
delitos contra la soberanía y la seguridad exterior del Estado, castiga
con la pena de presidio militar mayor en su grado máximo a muerte:
“1. El militar que pusiere en conocimiento del enemigo el santo y
seña, las órdenes y secretos militares que le hubieren sido confiados,
los planos de plazas de guerra o de fortificaciones, sean permanentes
o de campaña, las explicaciones de señales, los estados de fuerza, la
152
situación de minas, torpedos o sus estaciones, o cualquiera otra noticia
o dato que pueda favorecer sus operaciones o perjudicar las del
Ejército Nacional.”
Aunque no es del caso examinar aquí la extensa sentencia pronunciada
en el mencionado proceso, el contenido de los hechos atribuidos
a los reos ni la forma como se obtuvieron las confesiones, baste
con transcribir aquí en esta parte la caracterización general que la
misma sentencia hace en el Considerando Segundo, según el cual
dichos hechos habrían consistido en “una labor de proselitismo y
penetración marxista dentro de las filas de la institución, ocultando
sus verdaderos propósitos bajo el pretexto de defender al gobierno
marxista de un presunto golpe de Estado en su contra”. (sic.). Los
hechos de traición se hacen consistir pues en el suministro al “enemigo”
de noticias o datos que puedan favorecer sus operaciones o
perjudicar las del Ejército Nacional, todo esto acaecido antes del 11
de septiembre de 1973.
Para salvar el salto mortal lógico de conformar un enemigo antes
de la declaración del estado de guerra por la Junta Militar, el fiscal
había optado por hacer retroceder el estado de guerra a una época
coetánea con la asunción del mando por el presidente Allende, de
donde la calidad de “enemigo” era atribuida jurídicamente a “todos
los partidos y movimientos políticos que formaban parte de la denominada
Unidad Popular, como asimismo, cada uno de sus militantes”.
Es de suponer que los servidores civiles de la dictadura militar
algo azorados por esta enormidad que convertía a lo menos al 44 por
ciento del electorado que votó por los partidos de la Unidad Popular
en la calidad jurídica de “enemigos”, aconsejaron a los sentenciadores
utilizar una fórmula más sibilina. El resultado de este esfuerzo se
contiene en el Considerando Décimo Sexto del fallo. También el Consejo
de Guerra sentenciador concluye que “se encuentra claramente
establecida en el proceso la existencia en el país de un enemigo interno
a partir de la elaboración de los planes ya citados, esto es, desde
antes del acto eleccionario de 1970, situación que se mantuvo en
los años siguientes”. Este enemigo interno estaría inspirado por ideas
que “por rara paradoja nacieron de la mente de occidentales (y) han
sido empleadas en la acción de penetración de oriente en el mundo
occidental en búsqueda de su destrucción”. Para determinar el concepto
jurídico de “enemigo”, los jueces militares no consideran necesario
recurrir a la ciencia militar ni a la significación jurídica del término
153
prefiriendo estar con el Diccionario de la Real Academia Española,
según el cual enemigo es “contrario u opuesto a una cosa. El que
tiene mala voluntad a otro y le desea hacer mal”. Añade el fallo que
“el hecho de tener mala voluntad y simplemente desear mal a otro ya
configura el carácter de enemigo” y que “el daño no siempre debe
ser real e inmediato sino que también posible (un simple deseo)”.
Para la existencia de enemigo —afirma la sentencia— no es necesario
que exista guerra:
La línea que marca la diferencia entre el amigo y el enemigo se
encuentra, generalmente, en el corazón de la nación, en la misma
ciudad, en el lugar de trabajo, en el propio seno de la familia
e incluso infiltrado en organismos de información e
instituciones sociales, políticas, culturales y religiosas, ocupando
a veces cargos de importancia para la vida de la nación. Es
más bien entonces una línea ideológica que debe ser perfectamente
descubierta si se desea determinar al adversario en contra
del cual será necesario realizar la acción militar.
El enemigo así definido habría recibido noticias o datos que podían
favorecer sus operaciones o perjudicar las del Ejército Nacional. Agregan
los sentenciadores que es “el tribunal quien debe resolver acerca
de la importancia militar de dichas noticias o datos”. Finalmente, observa
el fallo, que en el país existían grupos armados que obedecían a
doctrinas extranjeras, cuyo propósito era la destrucción de las instituciones
armadas,
Como puede observarse, en el esfuerzo por mejorar la construcción
artificiosa del fiscal respecto del concepto de “enemigo”, se fue todavía
más lejos. No sólo se prescindió de la idea de guerra, sino incluso,
de dar forma corpórea al enemigo invisible, que ya no se define por su
militancia política, sino que se escurre por la línea impalpable que
atraviesa el corazón de la nación y pasa por el seno de las familias.
La doctrina jurídica, sin excepción, explica, como es natural, que
la traición sólo tiene lugar en tiempo de guerra exterior. Las propias
palabras de la disposición y su ubicación en el Código son inequívocas
respecto de esta circunstancia.
Como dice el profesor Renato Astroza: “La revelación se hace al
enemigo cuando la Nación está en guerra, con un ánimo hostil para
la Patria, tendiendo a perjudicarla o a favorecer al enemigo” (Dere154
cho Penal Militar, Santiago, 1971, p. 144). Por su parte, el jurista
Oscar Fenner, antes aludido, redactor del Código de Justicia Militar,
no sólo señala los argumentos de interpretación teleológica que llevan
a la conclusión de que el enemigo es “una potencia extranjera
que enfrenta bélicamente el Estado chileno”, sino que añade antecedentes
históricos” sobre las fuentes de dicho precepto, en particular
el Código español que le sirvió de modelo.
Al respecto es interesante citar una sentencia pronunciada en pleno
desarrollo de la guerra civil española de 1936, en virtud de la cual el
Tribunal Militar Superior español convino en que el auxilio prestado
por un militar a las fuerzas republicanas, abandonando las filas de los
nacionales, no era delito de traición sino de adhesión a la rebelión.
Desde el punto de vista de la concepción militar de un conflicto
armado, la definición de “enemigo” no puede tomarse de un diccionario
de la lengua, por calificado que éste pudiera parecer. Se debe
buscar su definición a través de los conceptos que manejan los militares,
profesionales del arte o ciencia de la guerra.
El término “operación”, para un médico será sinónimo de intervención
quirúrgica; para un matemático, el manejo de ecuaciones;
para un ingeniero, un proceso de fabricación; para un banquero, la
materialización de un negocio, etc., pero para un militar será el empleo
de los medios en una acción bélica, sea en el campo táctico o en
el estratégico.
Igualmente, en otros conceptos, no basta la definición de uso común
o vulgar que otorga un diccionario, sino que habrá que buscar el
sentido que le den los que profesan el arte o ciencia de que se trata.
Pensar de otro modo equivale a decir que el que conoce el Diccionario
de la Lengua es experto en todas las ciencias o artes que puede
abarcar el conocimiento humano.
Ningún militar pretendería ni aceptaría que el concepto que tiene
de “enemigo”, pudiera ser el mismo que emplea un niño cuando rivaliza
con otro.
Un militar entiende por “enemigo” a las fuerzas bélicas adversarias
que militarmente pueden afectar su integridad física o material
en forma significativa; esto, relacionado con el extranjero y el que
apoya las acciones de un ejército extranjero. La Junta, por el contrario,
ha transformado en enemigos a los habitantes de su propio país.
Debe hacerse aquí presente que aún cuando se aceptara la definición
de la Junta de la situación actual como un “estado de guerra”,
155
ella sería de todas maneras responsable bajo el Derecho Internacional
por haber violado las convenciones de guerra, especialmente la
Convención de Ginebra de 1949.
La infracción del principio de reserva legal y de tipicidad, a través
de estos fallos aberrantes, no se realiza en general por la invención de
nuevas figuras delictivas, dotadas de efecto retroactivo, sino mediante
una interpretación desorbitada de los tipos existentes. Con ello se pretende
dar una apariencia de legalidad a la incriminación, a título de
traición y otros delitos semejantes, de personas que realizaron acciones
legítimas dentro, incluso, del ejercicio de sus deberes constitucionales
y legales.
Infracciones a las garantías mínimas del debido
proceso
Además de las considerables limitaciones que tiene para los derechos de
los procesados el régimen de los tribunales para el tiempo de guerra, se
agregan en este caso las violaciones de hecho que restan toda posibilidad
de defensa. Entre ellas podemos citar la aplicación de torturas para
obtener confesiones, la intimidación y persecución de los abogados defensores
o la ausencia total de defensa en muchos casos, etcétera.
Es notorio que entre las disposiciones legales no respetadas porque
su acatamiento sería inconveniente “para el mejor cumplimiento de
los postulados que la Junta se propone” debe mencionarse, en primer
término, el Artículo 18 de la Constitución Política de la República de
Chile.
Esta norma (colocada entre las garantías constitucionales del inculpado
en las causas criminales) dispone que a éste “no podrá aplicarse
tormento”. En relación con este precepto deben mencionarse, además,
el Artículo 150 del Código Penal, que castiga con penas de presidio a
los que “decretaren o prolongaren indebidamente la incomunicación
de un reo, le aplicaren tormento o usaren con él un rigor innecesario”.
Si de la aplicación de los tormentos o del rigor innecesariamente empleados
se siguieren lesiones o la muerte de la víctima, se aplica en su
grado máximo la pena prevista respectivamente, para los delitos de
homicidio y lesiones corporales. El Código de Procedimiento Penal, a
su vez, prohibe el empleo de coacción o amenazas al inculpado durante
el interrogatorio, en tanto que el Artículo 481 del mismo cuerpo
legal niega valor probatorio a la confesión que no sea prestada “libre y
conscientemente.
156
Se han revelado evidencias indesmentibles sobre el empleo de torturas
destinadas a arrancar confesiones a los procesados, algunas de
las cuales fueron denunciadas valerosamente por los abogados defensores
en las propias audiencias. Tal es el caso del proceso seguido
contra oficiales de la Fuerza Aérea de Chile caratulado “Contra Bachelet
y otros”. Es sabido que las torturas provocaron la muerte del general
del Aire, Alberto Bachelet Martínez, uno de los principales acusados.
Asimismo, falleció de resultas de los apremios físicos el acusado José
Espinazo Sánchez, en tanto que el reo Pedro Zunini Silva perdió la
razón y se dictó a su respecto sobreseimiento temporal en la causa.2
El Artículo 18 citado, que proscribe la tortura, no es el único precepto,
de rango constitucional, que establece garantías para el debido
proceso y que la Junta Militar desconoce y quebranta.
La Constitución de Chile, aprobada en 1925, contiene diversas disposiciones
que consagran las garantías de que debe gozar todo procesado
para hacer valer sus derechos. Ellas responden, por otra parte, a
principios universalmente aceptados y que han tenido reconocimiento
de orden internacional en la Declaración de los Derechos Humanos de
las Naciones Unidas y en la Declaración Americana de los Derechos
Humanos, entre otros textos.
Esta preocupación por la vigencia de los derechos humanos, que
ya se expresara en la Constitución de 1833, hace casi un siglo y medio,
ha sido una de las características del sistema jurídico chileno,
violentamente arrasado por el golpe militar fascista.
En el capítulo tercero de la Constitución, denominado “Garantías
constitucionales”, se contienen las diversas medidas que la Constitución
establece para cautelar la libertad de los habitantes de la República
y evitar que ella se vea coartada ilegítimamente por la autoridad.
El rango constitucional que se ha entregado a estas normas indica
la preocupación preferente de todo el sistema jurídico por su
efectiva vigencia.
El Artículo 11 abre este cuadro normativo de protección jurídica
mediante la consagración de la irretroactividad de la ley penal. Ya se
2 El sobreseimiento definitivo de la causa del general Alberto Bachelet por su fallecimiento
es abordado en el Considerando Vigésimo de la sentencia. El sobreseimiento
de la causa respecto del reo José Espinazo por fallecimiento y respecto de Pedro
Zunini Silva por haber caído en estado de demencia, se hace constar en el punto
sexto del dictamen del fiscal.
157
ha descrito como esta norma básica ha sido desconocida en forma
aberrante por la Junta y sus agentes, en los juicios que se han pronunciado
por los Consejos de Guerra.
El Artículo 12 establece la obligatoriedad de que todo procesado
lo sea por el Tribunal que la ley señala y que se encuentre establecido
con anterioridad a la ocurrencia de los hechos.
Esta garantía procesal ha sido también burlada en la medida que
los hechos que se imputan a los procesados quedan, en todo caso,
fuera de la órbita jurisdiccional de los Consejos de Guerra, con lo
cual se elude el juzgamiento por el Tribunal que la ley señala. Además,
es claro en las actuales circunstancias, que todo el fraude destinado
a crear una guerra ficticia para hacer funcionar los Consejos de
Guerra en nada difiere del establecimiento de comisiones especiales
para ejercer la función jurisdiccional. Esto es más grave aún, si se
repara, aún como antes se dijo, en que ellas dependen enteramente
de los respectivos niveles militares a que están subordinadas en el
orden jerárquico.
El Artículo 13 de la Constitución establece las garantías en materias
de formalidades de la detención, y expresa que ella sólo puede ser
practicada por orden de funcionario público expresamente facultado
para ello y después de ser intimada en forma legal. El Artículo 14 y el
Artículo 15 contienen una cuidadosa reglamentación de las detenciones,
de modo de otorgar la mayor protección a la libertad personal.
Para entregar a estas disposiciones una adecuada garantía de aplicación
y observancia, se establece en el Artículo 16 el recurso de amparo
(Habeas Corpus), mediante el cual se confía a los tribunales de
justicia la facultad de velar por el cumplimiento de todas las normas
procesales anotadas, con amplias atribuciones para poner fin a los
abusos y arbitrariedades cometidos.
Como se señalara anteriormente, la Corte Suprema de Chile, cuyos
integrantes mantuvieron sus cargos como premio a su activa participación
conspirativa contra el gobierno constitucional del presidente
Allende, ha dispuesto que los tribunales ordinarios se abstengan de
intervenir, por la vía del amparo frente a las detenciones arbitrarias
dispuestas por los tribunales militares.
Una demostración de ello lo constituye el rechazo por este tribunal
del recurso de amparo interpuesto por la esposa del senador Luis
Corvalán, en que ésta se limitaba a pedir que se ponga término a la
158
prolongada incomunicación de su marido y se haga cesar la prohibición
para recibir visitas de sus familiares y la censura de sus comunicaciones
escritas. El recurso hacía presente la ausencia de disposiciones
constitucionales y legales para mantener incomunicado al detenido y
para someter a censura previa sus correspondencias aduciendo la existencia
del estado de sitio.
En relación directa con las garantías procesales debe mencionarse,
como una de las fundamentales, el pleno ejercicio del derecho de
defensa que es también expresión del derecho de petición consagrado
por el Artículo 10 N 6 de la Constitución. En el reciente proceso
contra oficiales de la Fuerza Aérea, un abogado fue sancionado por
el Consejo de Guerra y privado del derecho de proseguir su defensa,
por estimar el tribunal militar que las aseveraciones del defensor tenían
carácter político.
Este caso, que trascendió a la opinión pública por las características
de la audiencia en que el incidente tuvo lugar, debe ser puesto junto
a todas las otras manifestaciones de desprecio al derecho de defensa,
que van desde las amenazas y malos tratos a los abogados defensores
hasta la realización lisa y llana de procesos militares en que los abogados
defensores no son llamados a concurrir y se enteran de sus resultados
luego de concluidos.
Si la sola aplicación de la justicia militar para el tiempo de guerra
durante el tiempo de paz vuelve irrisoria la idea de la independencia
judicial y de la imparcialidad en el juzgamiento, el quebrantamiento
sistemático de todas las garantías procesales universalmente admitidas
convierte a los procesados en víctimas inermes de la crueldad y
de la arbitrariedad.
159
LA PRIMERA PÁGINA*
A las 6:20 de la mañana del 11 de septiembre, en su residencia de la
calle Tomás Moro, el presidente Salvador Allende recibió una llamada
telefónica: la Marina se había sublevado en Valparaíso. Ocho
horas después, estaba muerto.
El embajador de los Estados Unidos, Nathaniel Davis, había viajado
a su país días antes, el viernes 7 de septiembre. El día 8 sostuvo
una entrevista con Henry Kissinger y regresó a Chile el día 9, cuarenta
y ocho horas antes del golpe. Estas fechas están corroboradas
por el boletín de la NACLA, número 8, de octubre de 1973.
Desde mucho antes Kissinger había demostrado su interés por
Chile, aparte de su publicitado intercambio de cartas con los dirigentes
de la ITT. El 15 de septiembre de 1970, Kissinger sostuvo un
encuentro con la prensa del oeste medio, en la ciudad de Chicago.
Dos días más tarde, el New York Times publicó un artículo de Cyrus
Sulzberger en el que se revelaba parte de esta conversación. Otros
periódicos también publicaron fragmentos. El doctor Kissinger había
afirmado en esa entrevista: “Creo que no debemos ilusionarnos
pensando que la instauración de Allende en Chile no va a plantearnos
problemas masivos, a nosotros, a nuestras fuerzas en América
Latína y, ciertamente, en todo el hemisferio occidental.” Era evidente
la enorme importancia que la dirigencia norteamericana, a su más
alto nivel, concedía a esta etapa chilena.
El embajador de Chile en México, Hugo Vigorena, afirmó, días después
del golpe, haber examinado una documentación que le mostró un
agente de la CIA renegado, en la cual se exponía el plan de derrocamiento
de Allende bajo el nombre clave de Plan Centauro. En él se
trazaban tácticas de sabotaje económico y de guerra psicológica e,
incluso, se preveía el acuñamiento de dinero falso y dispositivos químicos
para alterar el ritmo de las cosechas.
* Lisandro Otero: Razón y fuerza de Chile. Editorial de Ciencias Sociales, La Habana,
1975, pp. 304-331.
LISANDRO OTERO
160
Pero el peso principal del trabajo lo llevó a cabo un equipo de
golpe de Estado de la CIA, similar a los que han trabajado en otras
partes del mundo. Del personal destinado a Chile, tres habían trabajado
en Guatemala, dos de ellos preparando el complot de Castillo
Armas, en 1954, dos intervinieron en la República Dominicana durante
la invasión norteamericana de 1965, uno intrigó contra los partidarios
de Lumumba en el Congo y otro participó en el golpe contra
Nkrumah en Ghana.
La campaña del caos económico estaba a cargo de Deane Roesch
Hinton, graduado en 1943 en la Universidad de Chicago. Prestó servicios
en el Ejército, de 1943 a 1945, y al año siguiente ingresó en el
Departamento de Estado. En los años posteriores, trabajó en Siria,
en Kenya y en París, hasta 1955, cuando ingresó en la CIA. En 1956,
era director de la Oficina de Investigaciones y Análisis para Europa
Occidental. En 1961 y 1962, asistió a los cursos de la Escuela Nacional
de Guerra. De 1963 a 1967, fue director de asuntos políticoseconómicos
del área del Atlántico. Entonces fue destinado a la
Agencia de Desarrollo Internacional, en su oficina de Guatemala.
Allí trabajó con Nathaniel Davis en la organización de la contrarrevolución
que actuó contra el movimiento de liberación nacional. En
1971, recibió la distinción más alta de su carrera, cuando fue a trabajar
a la Casa Blanca, en Washington, como subdirector del Consejo
de Política Económica Internacional, subordinado al Consejo de Seguridad
Nacional que dirigía Kissinger. Se le asignó el control de la
política de asfixia económica contra Chile.
Otros oficiales trabajaban sobre el terreno mismo, como Harry W.
Shlaudeman, de quien no había indicios de que hubiese ingresado a la
CIA. Se trataba, más bien, de un intelectual del Departamento de Estado.
Tenía el rango de segundo jefe de misión en la Embajada norteamericana
en Santiago, a donde había sido designado en junio de 1969.
Shlaudeman laboró en el Consulado en Bogotá en 1956, y en 1959 en
Bulgaria. A partir de 1962, trabajó como oficial jefe de la Sección
Política de la Embajada en la República Dominicana. Estaba a cargo
de la información sobre la izquierda y estudiaba marxismo. En 1965,
desempeñó una importante función durante la invasión de los marines.
Después, fue designado director adjunto de Asuntos del Caribe.
Daniel Arzac sirvió en el Ejército durante la guerra y en 1950 se
graduó en Berkeley. En 1953, ingresó en la CIA como investigador y
analista de Inteligencia. Trabajó en Phnom-Penh. Montevideo, Bo161
gotá y Asunción, hasta que, en septiembre de 1971, fue asignado a la
misión en Santiago, como funcionario político.
James E. Anderson sirvió en la Fuerza Aérea, de 1953 a 1957. En
1960, se graduó en la Universidad de Oregon y retornó a la Fuerza
Aérea como analista. En 1962, ingresó en el Departamento de Estado
y posiblemente en la CIA, y fue destinado a Monterrey, México. Un
mes después de la invasión a la República Dominicana, comenzó a
trabajar allí hasta 1966, en que fue destinado a Ciudad de México. Allí
permaneció cuatro años y fue trasladado a Chile en enero de 1971.
John B. Tipton ingresó en el Departamento de Estado y en la CIA
en 1958. Sirvió en México, Bolivia y Guatemala. Llegó a Chile en
enero de 1972. Raymond Alfred Warren sirvió en la Fuerza Aérea,
de 1943 a 1946. Se graduó en la Universidad George Washington, en
1949, y en Harvard, en 1951. Durante dos años se desempeñó como
investigador de asuntos laborales. Estuvo en el Servicio de Inteligencia
de la Fuerza Aérea. En 1954, ingresó en el Departamento de Estado
y en la CIA, y se le destinó a Guatemala, donde intervino en el golpe
de Estado contra Jacobo Árbenz. Trabajó ulteriormente en Caracas y
Bogotá y llegó a Chile en octubre de 1970.
Arnold M. Isaacs ingresó en la CIA en 1959 y al año siguiente en
el Departamento de Estado. Destinado a Tegucigalpa, Honduras, como
funcionario consular, permaneció hasta 1965 en Centroamérica. Durante
dos años, se especializó en asuntos latinoamericanos en la Universidad
de Texas. Volvió al servicio en 1966 y fue destinado a Buenos
Aires. En febrero de 1970, se le asignó a la Embajada en Chile. Allí
intentó penetrar a los norteamericanos progresistas y de izquierda
residentes en Chile. En junio de 1973, retornó a los Estados Unidos,
destinándosele a atender la Oficina de Asuntos Chilenos en el Departamento
de Estado. Allí estaba cuando ocurrió el golpe de Estado.
Frederlck W. Latrash estuvo destacado en la Marina, de 1942 a 1946.
En 1948, ingresó en el Servicio de Inteligencia Naval. En 1954, fue
destinado a Guatemala y trabajó con la CIA en el golpe de Estado de
Castillo Armas. Después, trabajó en Amman, El Cairo, Caracas y Panamá.
De 1967 a 1971, trabajó en Accra, Ghana, e intervino en el golpe
contra Kwame Nkrumah. En mayo de 1971, fue asignado a Chile.
Joseph F. McManus trabajó como analista del Ejército, de 1951 a
1955. Ingresó en el Departamento de Estado, en 1954, y actuó como
oficial de enlace con el Pentágono. Trabajó como vicecónsul en
Bangkok y Estambul. En septiembre de 1972, arribó a Chile.
162
Keith Wheelock fue investigador y analista de Inteligencia de la
CIA, a partir de 1960. Apareció en el Congo, un año después que la
CIA instigara el asesinato de Patrice Lumumba. Su trabajo estuvo
destinado a barrer a los simpatizantes de Lumumba y a combatir a
las organizaciones guerrilleras. En 1964, volvió al Departamento
de Estado como investigador y especialista. En 1966, fue destinado
a la Embajada en Chile como funcionario de la Sección Política. A
finales de 1969, se retiró aparentemente del servicio diplomático
pero siguió viviendo en Chile bajo una cobertura civil. Wheelock era
el oficial a cargo de las operaciones del movimiento Patria y Libertad.
Donald Winters se graduó en la Universidad de Ohio, en 1958, y
en 1964 en Guatemala. Fue analista de la Fuerza Aérea, de 1960 a
1962, y de 1964 a 1969 estuvo destacado en Panamá. En mayo de
1969, se le transfirió a la Embajada en Chile
Éste es uno de los equipos que trabajó contra la Unidad Popular
en Chile; el equipo con protección legal adjunto a la Embajada de los
Estados Unidos. Así se le describe en el boletín citado de la NACLA.
Seguramente otros, con distintas coberturas y misiones, trabajaron
también por el derrocamiento de Allende.
Dentro de las Fuerzas Armadas chilenas había una quinta columna
constituida por el personal de la Misión Militar norteamericana
y parte de la propia oficialidad nativa. Desde 1953, habían
pasado por las escuelas militares de la Zona del Canal en Panamá
más de cuatro mil oficiales chilenos. El general Augusto Pinochet
había sido agregado militar en Washington y había visitado en varias
ocasiones el Comando de la Zona del Ejército norteamericano,
en Panamá.
De 1950 a 1970, los Estados Unidos entregaron a Chile 175 800 000
dólares para sus Fuerzas Armadas. Sólo Brasil recibió asignaciones superiores.
Esa inmensa cantidad equivalía al 10 % del presupuesto militar
chileno de ese período. Para 1974, se proyectaba una duplicación de la
asistencia económica militar, hasta 45 400 000 dólares. Para ese período
se suponía que el crédito norteamericano al gobierno de la
Unidad Popular no alcanzaría los 4 000 000 dólares. Mientras se
estrangulaba económicamente al gobierno de Allende se abría generosamente
la mano a los militares chilenos.
La política seguida en la Fuerza Aérea era similar. Se había
viabilizado la adquisición de jets F-5E, que sustituirían a los viejos
163
Hawker Hunter que se utilizaba en Chile. La Armada mantenía intactos
sus vínculos con los Estados Unidos. Anualmente, se celebraban
en el Océano Pacífico maniobras conjuntas denominadas UNITAS.
Una operación de este tipo debía comenzar el mismo día en que se
efectuó el golpe. Es probable que hubiera una coordinación entre oficiales
navales chilenos y norteamericanos: los preparativos para el
golpe de Estado aparentaban ser para las maniobras. Cuatro buques
de guerra de los Estados Unidos se encontraban aquel día fuera de
las aguas jurisdiccionales, a la altura de Valparaíso.
El Cuerpo de Carabineros recibía asesoramiento de la Oficina de
Seguridad Pública de la AID (Agencia para el Desarrollo Internacional)
de los Estados Unidos. Joseph Vasile, consejero jefe del programa
—que en los últimos años entregó ayuda por valor de 2,5 millones
de dólares—, fue expulsado en 1970 por mezclarse en las conspiraciones
anti-allendistas de entonces. Fue destinado a Viet Nam, donde
continuó trabajando en la organización de la represión.
El gobierno norteamericano se preocupó también de impartir orientaciones
para la acción a las fuerzas políticas. Después que Orlando
Sáez fue elegido como centro de coordinación de las organizaciones
de la derecha, viajó tres veces a los Estados Unidos a inicios de 1973:
el 27 de enero, el 5 de marzo y el 23 de julio. Poco antes del intento
de golpe del Regimiento Blindado, en el mes de junio, el embajador,
Nathaniel Davis, envió una comisión política a Washington, integrada
por Andrés Zaldívar y Juan de Dios Carmona, de la Democracia
Cristiana, y Mario Amello, del Partido Nacional.
La revista Time, de 24 de septiembre de 1973, resumió la actitud de
los Estados Unidos hacia Chile durante el último período. Naturalmente,
en esa evaluación hay muchos elementos omitidos y otros suavizados,
pero lo que queda es suficiente para evidenciar la injerencia:
La administración de Nixon fue opuesta a Allende desde que
surgió como el posible triunfador de la campaña presidencial
de 1970. La hostilidad de Washington aumentó después que el
nuevo gobierno de Allende nacionalizó totalmente las minas de
cobre y otras empresas industriales propiedad de compañías
de Estados Unidos y declinó el pago de compensación a muchas
de ellas. Las relaciones entre ambos países empeoraron
cuando se reveló que la multinacional ITT había ofrecido al
gobierno de Estados Unidos más de $ 1 000 000 para impedir
la elección de Allende y que sostuvo discusiones con la CIA
sobre las posibles maneras de apartarlo de su cargo.
164
La administración de Nixon hizo lo que pudo por hacerle la
vida incómoda a Allende, sobre todo a través de la presión financiera
de instituciones como el Banco Mundial. En agosto
de 1971, como resultado de las quejas de Estados Unidos sobre
el dudoso riesgo que comportaba el endeudado Chile, el Banco
de Importación y Exportación rehusó un préstamo de $ 21
millones a la compañía aérea LAN-Chile para que comprase
tres aviones Boeing, a pesar de que la compañía tenía una
perfecta reputación en la cancelación de deudas. En total, las
exportaciones a Chile declinaron en un 50 % en los tres años
de Allende.
Relaciones militares. Pero el Pentágono permaneció en relativos
buenos términos con la oficialidad militar de Chile. Durante
el último año, por ejemplo, los Estados Unidos entregaron $ 10
millones a la fuerza aérea chilena para que comprara aviones de
transporte y otros equipos. Las relaciones militares eran tan sólidas,
en realidad, que circularon rumores en Washington, la semana
pasada, que funcionarios de Estados Unidos conocieron
del golpe 16 horas antes de que tuviera lugar.
El golpe, en el que el gobierno de los Estados Unidos tuvo participación
tan decisiva, comenzó en realidad antes del 11 de septiembre.
Elena de la Souchere afirmó, en el diario Le Monde Diplomatique
(número 235, de octubre de 1973), que el golpe de Estado no tuvo
lugar el 11 de septiembre sino el 23 de agosto, cuando el general
Prats tuvo que renunciar como comandante en jefe del Ejército. Ese
hecho significaba que la posición llamada constitucionalista ya no
tenía una mayoría de seguidores en el consejo de generales. De ahí a
la materialización del golpe de Estado, era sólo una cuestión de tiempo
y organización.
La víspera del golpe, en Temuco, a 675 kilómetros al sur de Santiago,
un periodista local fue secuestrado por desconocidos. Le quitaron
la venda de los ojos, después de un largo trayecto en auto, y se
encontró en la sala de una lujosa residencia campestre. Ante él estaba
Pablo Rodríguez, jefe de Patria y Libertad, quien lo obligó a entrevistarlo.
Aparte de sus manidos conceptos de siempre, lo único
importante que Rodríguez dijo fue que su regreso coincidía con el
derrocamiento de Allende. La coordinación de todos los factores estaba
perfectamente realizada.
165
El periodista Jorge Timossi, corresponsal jefe de Prensa Latina
en Santiago, afirmó que en la noche del 10 al 11 de septiembre se
realizó una operación de represión interna dentro de las filas militares
para anular a los oficiales simpatizantes de la Unidad Popular o
dudosos políticamente. Se arrestó al almirante Montero, al general
de la Aviación, Alberto Bachelet, y a otros altos oficiales en Santiago
y Valparaíso.
A pesar de ello, después del golpe, hubo alzamientos en los regimientos
Buin, Infantería, en San Bernardo, Escuela de Suboficiales
de Carabineros, Coraceros, en Viña del Mar, Infantería, en San Felipe,
donde se fusiló a su comandante, el coronel Cantuarias. Hubo
también movimientos de inconformidad con el golpe en guarniciones
de Concepción y Valdivia, según las informaciones de Timossi.
El Regimiento de Ferrocarrileros, en Puente Alto, fue rodeado por la
Marina. En Antofagasta, el cabo Schmidt Godoy ajustició con su
pistola de reglamento al jefe y al subjefe de su unidad, que se disponían
a sublevarse contra el gobierno legítimo.
En aquella madrugada del 10 al 11 de septiembre las fuerzas navales
estacionadas en Valparaíso fueron puestas en zafarrancho de combate
y comenzaron a ocupar distintos puntos claves de la ciudad.
Sobre ello, fue el primer aviso que se alertó al presidente Allende de
la puesta en marcha de la conjura.
Según el corresponsal de la Associated Press, William Nicholson,
en su cronología de los hechos, la flota chilena, que había zarpado de
Valparaíso para las maniobras UNITAS conjuntamente con navíos
norteamericanos, regresó al puerto con precipitación en la madrugada
y simultáneamente, la Armada ocupó la ciudad. A las 3:00 de la
mañana el Ministerio de Defensa, en la capital, era un hervidero de
actividad. Había más de cien vehículos estacionados al frente. A las
4:00 de la mañana los regimientos de provincias recibieron órdenes
de ocupar las oficinas públicas y las radioemisoras. A las 6:00 de la
mañana se dio la alerta en la Segunda División, con base en Santiago.
Media hora después, las tropas comenzaron a ocupar los centros
gubernamentales y de comunicación.
Allende llegó al Palacio de La Moneda a las 7:30 de la mañana. A
las 8:10 habló por una cadena de radioemisoras. Dijo que un sector
de la marinería había aislado el puerto de Valparaíso en un levantamiento
contra el gobierno. Expresó su confianza en la actuación del
Ejército para defender el gobierno legitimo. Exhortó a los trabajado166
res a que ocuparan sus lugares de trabajo, a los obreros que fueran
a sus fábricas. “Estoy aquí y me quedaré aquí defendiendo el gobierno
elegido por los trabajadores”, afirmó, según un cable de la
Associated Pres.
Diez minutos más tarde, Allende hablaba de nuevo. Según Prensa
Latina, manifestó que elementos irresponsables le pedían su renuncia,
y dijo a continuación: “No renunciaré. No lo haré. Hago
presente mi decisión irrevocable de seguir defendiendo a Chile.
Señalo mi voluntad de resistir con lo que sea y a costa de mi vida,
para que quede la lección que coloque ante la historia a los que
tienen la fuerza y no la razón. A los trabajadores les pido que no se
dejen intimidar.”
Allende comenzó a informar que los aviones de la Fuerza Aérea
pasaban amenazantes y en ese instante se cortó la transmisión. Uno
de los aviones se había lanzado contra el edificio donde se hallaba
Radio Corporación, la emisora de mayor potencia en la cadena que
transmitió los mensajes de Allende, y la ametralló hasta silenciarla.
A partir de ese momento, todas las comunicaciones telefónicas, de
télex y de satélite con el exterior quedaron cortadas. Las fronteras
con Argentina, Perú y Bolivia fueron cerradas. El aeropuerto Pudahuel
clausuró su tráfico aéreo. Una potente bomba destruyó una torre de
ENTEL, que era fundamental en las telecomunicaciones. En el sector
de Quinta Normal, a cinco kilómetros del centro de la ciudad, se
generó un intenso tiroteo al tratar de ocupar los sublevados la radioemisora
de la Armada, que comunicaba con todas las guarniciones
navales del país. Un avión de la SAS que se disponía a aterrizar en
Pudahuel fue obligado a regresar a Montevideo. Los radioaficionados
fueron la única vía de información hacia el exterior y se estableció
un puente de contacto entre Mendoza y Santiago. Hacia las 7:00 de
la noche esta vía comenzó a ser bloqueada también, aunque se mantuvieron
algunas filtraciones.
Un grupo de radioemisoras transmitió entonces música marcial y
se identificó como la cadena de las Fuerzas Armadas, antes de difundir
un comunicado firmado por la Junta Militar de gobierno, en el
cual se decía que, existiendo una crisis nacional y siendo el gobierno
incapaz para dominar el caos, las Fuerzas Armadas y de Carabineros
exigían al presidente la entrega de su cargo “para proceder a la restauración
institucional del país”. A continuación se hablaba de la
liberación del marxismo y se prometía a los trabajadores que sus
167
conquistas sociales serían respetadas. Ni siquiera en ese instante pudieron
empañar lo inocultable: la Junta Militar aceptaba que la Unidad
Popular aportó conquistas sociales. La proclama estaba firmada
por el general Augusto Pinochet, comandante en jefe del Ejército;
almirante José Toribio Merino, comandante en jefe de la Armada;
general Gustavo Leigh, comandante en jefe de la Fuerza Aérea, y el
general César Mendoza, director de Carabineros. Se había destituido
a Montero en la Armada y a Sepúlveda en Carabineros. Pinochet y
Leigh habían ocupado sus cargos pocas semanas antes.
Pinochet ingresó en la Escuela Militar en 1933 y egresó en 1938
con el grado de subteniente. En 1970 se le designó general de división.
Fue profesor de Geografía en las escuelas militares y tenía publicadas
varias obras sobre el tema. En 1956 fue agregado militar en Washington.
El presidente Allende lo designó jefe del Ejército en 1973.
Merino egresó como guardiamarina en 1936. En 1940, realizó cursos
de instrucción a bordo del crucero Raleigh de la Armada norteamericana.
En 1954, fue profesor de Logística y Geopolítica en la
Academia de Guerra Naval.
Leigh ingresó en la Escuela Militar en 1940. En 1952 fue destinado
a la Misión Aérea en Washington. Fue designado agregado aeronáutico
en la Embajada de Chile en los Estados Unidos, en 1964. En 1971, se
le otorgó el comando de la base aérea El Bosque, en las afueras de
Santiago. El presidente Allende lo designó jefe de la Fuerza Aérea
en 1973.
Mendoza egresó en 1940 de la Escuela de Carabineros con el grado
de brigadier. En 1968, era coronel. Sirvió en múltiples comisarías
de provincias en ese período.
La Junta Militar, después de la represión interna en las propias
filas castrenses, había tenido presente como primera preocupación
lograr la incomunicación de Allende de las masas populares: sistemáticamente
se silenció a las radioemisoras y todo tipo de telecomunicaciones.
Su segunda preocupación consistió en intentar
contener a la clase obrera y a la juventud. Durante todo el día, una
serie de proclamas y bandos de la propia Junta fueron dando una
idea del desarrollo de la resistencia popular y del fracaso de los
militares en sus intentos por demostrar que el pueblo apoyaba el
golpe.
El segundo bando insistía en algunos de los conceptos del primero
y acusaba al gobierno de arruinar la economía, generalizar la violen168
cia, destruir los cimientos de la nacionalidad y llevar a los chilenos a
una guerra civil. Concluía afirmando que su acción se debía a su
deseo de impedir una siniestra dictadura.
El tercer bando se dirigía a la juventud y a la vez que prohibía todo
tipo de manifestaciones decía que la gente joven, más que nadie,
debía confiar en los destinos superiores de Chile. Exhortaba a los
padres a mantener la calma en los núcleos familiares. La mejor manera
de cooperar con la Junta era de obediencia a los bandos.
Ya en el bando número cinco se empezaba a cambiar el tono. Después
de anunciar la destitución de Allende, amenazaba a las radioemisoras
que aún no se habían unido a la cadena nacional. Se utilizaría
la fuerza, decían, para que cesaran sus transmisiones. También se
informaba que las comunicaciones nacionales e internacionales quedaban
suspendidas.
La unidad de las Fuerzas Armadas era anunciada en el bando número
seis al tiempo que se reiteraba el propósito de “luchar hasta las
últimas consecuencias para derrocar al gobierno marxista”, con lo
que indicaban que aún no lo habían logrado, a pesar del tiempo transcurrido
y de las cuantiosas fuerzas empleadas. En ese bando se especificaba
que la lucha de las Fuerzas Armadas no era contra el pueblo
sino contra los marxistas y “contra el hambre y la miseria”.
En el bando número siete el tono era destemplado. “Todas las personas
que estén ofreciendo resistencia al nuevo gobierno deberán
atenerse a las consecuencias. Toda industria, vivienda o empresa fiscal
debe deponer su actitud beligerante.”
Concluía amenazando que, aunque el propósito de la Junta no era
destruir, se actuaría con energía ante la alteración del orden.
El octavo bando prohibía totalmente la circulación de personas
por las calles. El bando número nueve anunciaba la represión del
sabotaje y la violencia. La Associated Press, al difundir este bando,
comentaba: “Parece indicar que ha tenido éxito el llamamiento hecho
esta mañana por Allende para que los trabajadores ocuparan sus
lugares de trabajo a fin de oponerse al golpe fascista.” El bando catorce
conminaba a “los trabajadores que se encuentran en las fábricas
e industrias a hacer abandono en forma inmediata y pacífica de
las mismas”.
Alrededor de las 9:00 de la mañana comenzaron a desembocar
unidades blindadas en las plazas aledañas al Palacio de La Moneda.
Tanques Sherman se apostaron apuntando con sus cañones hacia el
169
edificio construido por el arquitecto Toesca en el siglo XVIII, que tradicionalmente
había sido la sede del jefe supremo de la nación. Fuerzas
de infantería seguían a los tanques.
El primer intercambio de disparos entre los ocupantes del Palacio
y los atacantes se produjo poco después. Los blindados dispararon
primero con ametralladoras calibre 30. Simultáneamente, otras tropas
y carabineros se esparcían por el sector central de la capital, intentando
el control de los edificios estratégicos. Comenzaron tiroteos
esporádicos que se fueron nutriendo con el avance de la mañana. Los
francotiradores comenzaron a diezmar a los sublevados. Tan intensa
llegó a ser la resistencia civil, que más tarde fue necesario que los
helicópteros artillados ametrallasen azoteas y ventanas y que incluso
se llegase a cañonear edificios para inutilizar a los francotiradores.
Los tanques abrieron fuego con sus cañones contra La Moneda y
también lo hicieron unidades de artillería situadas en la Plaza Constitución.
La Junta Militar demandaba al presidente Allende su renuncia
y éste se negaba.
El reportero Roberto Masón, de la United Press, logró establecer
comunicación telefónica con Mendoza, Argentina, poco antes del
mediodía. El periodista hablaba desde su oficina ubicada a poca distancia
del Palacio y pudo informar del arribo de la primera oleada de
aviones. “Uno de los aviones efectuó un vuelo rasante sobre el palacio
presidencial” —decía un cable ulterior—, “y dejó caer una bomba,
tras lo cual volvió a pasar sobre el edificio para arrojar otras
cuatro bombas. La primera bomba, aparentemente de mayor poder
que las otras, hizo un impacto directo sobre el palacio, mientras las
tropas rebeldes se lanzaban al asalto del edificio.”
En otro cable se describía: “Los ocupantes de edificios vecinos a
la casa de gobierno, ante el intenso bombardeo —en los primeros
minutos se contaron por lo menos 17 bombas —se refugiaron en los
sótanos. El primer bombardeo duró 15 minutos y al cabo de la primera
oleada de aeronaves atacantes la acción cesó hasta las 12:18 cuando
comenzó un nuevo bombardeo.”
Desde un alto edificio cercano, periodistas de la Associated Press
reportaron el inicio de incendios en varios sectores del Palacio. Desde
su posición, veían el interior del edificio y describieron el Patio
de los Naranjos destruido por las bombas.
Simultáneamente, se bombardeaba la residencia privada del presidente,
en Tomás Moro, en cuyo interior se encontraba su esposa,
170
Hortensia Bussi, y miembros de la escolta presidencial. Se abría fuego
al mediodía contra la Embajada de Cuba por las tropas que, desde
las 8:30 de la mañana, rodeaban la sede diplomática.
Ya en ese instante, la United Press calculaba en medio millar el
número de muertos en las calles. En las oficinas de esa agencia, situadas
frente a La Moneda, había “más de cuarenta impactos de bala”. El
hotel Carrera, también de ubicación cercana al Palacio, tenía su fachada
ametrallada. La Moneda ardía, dejando escapar densas y oscuras
humaredas.
Unos días antes del golpe había llegado a Paraguay el equipo de
acrobacia de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos, denominado
Thunderbirds. En su itinerario estaba previsto que después ese grupo
viajaría a Chile. La extraordinaria precisión del ataque aéreo al Palacio
Presidencial y la dificultad de su acceso, por tratarse de un edificio
bajo, situado entre otros de mayor altura, hizo que algunos corresponsales
se admirasen en sus despachos de la técnica desplegada. Días
después del golpe, desde algún lugar de la clandestinidad, la diputada
Gladys Marín denunció públicamente que había tenido confidencias
de que el bombardeo a La Moneda había sido realizado por el equipo
de los Thunderbirds, llegado secretamente desde Paraguay.
Alrededor de la 1:30 de la tarde los teletipos cesaron de informar
sobre el ataque a La Moneda y pasaron a reseñar otros aspectos del
golpe de Estado. Alrededor de las 3:00 de la tarde, un despacho urgente
informaba que Allende se había suicidado en una habitación
de la casa de gobierno. Pero, curiosamente, esta información, que
fue la primera que se difundió en tal sentido, no venía fechada en
Chile: era un cable de la agencia española EFE procedente de Brasil.
La agencia reproducía la noticia que, momentos antes, había ofrecido
la radioemisora Radio Jornal do Brasil, de Río de Janeiro. Resultaba
extraño que la primera insinuación del suicidio de Allende llegara desde
tan lejos.
Poco después, las agencias de noticias comenzaron a repetir la
versión del suicidio de Allende con distintos añadidos y variantes.
Se afirmaba que el jefe de los bomberos que intentaban sofocar el
incendio del Palacio declaraba haber visto el cadáver. El editor fotográfico
del diario El Mercurio, Juan Enrique Lira, dijo que vio el
cuerpo de Allende inerte en el salón comedor, débilmente iluminado
por las llamas de un lugar ennegrecido por el humo. Algunos despachos
aseguraban que varios periodistas “afirmaron haber visto el cuer171
po del presidente Allende que se suicidó disparándose una bala en la
cabeza”. Otras versiones decían que se había disparado en la boca.
A las 4:17 de la tarde el despacho número 181 de la Associated
Press informaba que la cadena de radios de la Junta Militar anunciaba
que Allende fue “detenido por efectivos de las Fuerzas Armadas”.
A las 7:00 de la tarde la propia agencia transmitía un mensaje
interno: “Se rumora aquí que Allende abordó un avión despegando
a las 17 horas del Este con rumbo norte. AP confirma en el aeropuerto.
Recuerdos.”
Un despacho de Latín, desde Buenos Aires, afirmaba que Allende
había sido detenido, entregándose a las 6:30 de la tarde a los militares.
Al día siguiente, nuevas y más imaginativas variaciones serían
difundidas. El vespertino El Mundo, de Buenos Aires, afirmó que un
capitán del Ejército sedicioso, de apellido Gallardo o Galardo, fue quien
dio muerte a Allende. Un cable de la agencia EFE, desde Bogotá, desmentía
el suicidio. Según indicios transmitidos por radioaficionados,
Allende habría sido ultimado por un capitán de su escolta
inconforme con un intento de rendición del presidente.
Todas estas versiones tenían un propósito común: el ocultamiento
de los hechos verdaderos, el escamoteo histórico de la heroica resistencia
de La Moneda y el intento de velar a las futuras generaciones
el conocimiento de las circunstancias del magnicidio.
A las 3:30 de la tarde un despacho de EFE, desde Montevideo,
anunciaba haber escuchado que la radio oficial de la Junta anunciaba
que hacía unos instantes se había rendido el Palacio de La Moneda. A
las 5:00 de la tarde los bomberos estimaban que el incendio del edificio
continuaría aún muchas horas. Sólo se mantenían en pie, según ese
estimado, las cuatro fachadas con grandes deterioros. Ya entrada la
noche seguían haciéndose llamados para que todos los bomberos disponibles
acudiesen al Palacio, en un intento de apagar la inmensa
hoguera.
Al caer la tarde, los tiroteos se generalizaron por toda la ciudad de
Santiago. Los francotiradores hacían fuego, desde los edificios, sobre
las nerviosas tropas que se escurrían pegándose a las paredes.
Los estampidos de la artillería pesada, que demolía los edificios desde
donde se hacía resistencia, eran ensordecedores. En los cordones
industriales, los obreros habían presentado combate desde las fábricas.
La industria Sumar, importante centro textilero, había sido
incendiada.
172
A esa hora estaba siendo atacado el buque cubano Playa Larga,
que había zarpado a las 5:35 de la tarde de Valparaíso por las provocaciones
sufridas. Aviones y helicópteros primero y un buque de
guerra después, ametrallaron y cañonearon al inerme mercante cubano
e intentaron abordarlo. Con tres grandes perforaciones en el
casco, las bodegas inundadas y numerosas averías técnicas, los cubanos
se negaron a obedecer las amenazas y prosiguieron navegando
hacia el norte.
La sede del Comité Central del Partido Comunista fue atacada y
después de allanada; fueron arrestados veintitrés dirigentes. La Embajada
de Cuba fue objeto, a medianoche, de un intenso ametrallamiento,
el segundo ataque en el día. La enérgica defensa del perímetro
diplomático impidió que la asaltaran.
A esa hora proseguía la cacería humana mientras la Junta emitía
listas de personalidades políticas que debían ser arrestadas. Entretanto,
comenzaron a funcionar las escuadras de fusilamiento en las calles,
que asesinaban a resistentes y dirigentes de la Unidad Popular.
Stewart Russell, corresponsal de Reuters, dejó constancia en una
crónica de aquella terrible noche:
Agachándome, caminé media cuadra hasta el hotel Crillon. La
calle estaba sembrada de cápsulas vacías y balas de todo tipo y
cubierta de astillas de los vidrios destrozados de ventanas y
escaparates. En el hotel montamos un cuarto de redacción con
otros corresponsales, sabiendo que muy poco de lo que escribiésemos
llegaría al exterior debido al corte total de comunicaciones.
Al caer la noche se reanudaron los problemas. Un
grupo de soldados confundió quizás el tablero de nuestras
máquinas de escribir con disparos de armas livianas y abrieron
fuego contra el frente del hotel de cinco pisos. Nos zambullimos
por la puerta del dormitorio, abierta por fortuna, hacia el pasillo.
Durante unos minutos el hotel se estremeció con los impactos
y luego se escucharon disparos a ambos lados del edificio.
Después ingresó el pelotón de policías militares con uniformes
verdes, cascos y pañuelos rojos al cuello. Penetraron en el imponente
pero ahora destruido comedor (fragmento mutilado)…
Apresaron a mi colega uruguayo, Hugo Infantino, y a mí bajo
sospecha de ser francotiradores. Nos condujeron a una galería
comercial cercana convertida en puesto militar donde estuvimos
de pie durante dos horas, las manos cruzadas sobre la nuca,
173
de cara a la pared. Un camión abierto del Ejército nos condujo
más tarde hasta el Ministerio de Defensa, pasando ante los escombros
humeantes de La Moneda. Allí fuimos interrogados una
y otra vez, a lo largo de dos horas, por varios oficiales. Uno de
nuestros inquisidores, un capitán, nos preguntó bromeando, en
inglés: «¿No les gustaría ver lo que hay en el sótano?» «¿Qué es
lo que hay en el sótano?», le pregunté a mi vez. «Ja, me contestó,
esa sería una linda experiencia para usted». Mientras (fragmento
mutilado)… sala de guardia y descendieron por una escalera
ubicada en un rincón, otros detenidos. No volvieron a aparecer
mientras permanecimos allí.
En unas declaraciones a la agencia Latín, a su llegada a México, el
20 de septiembre, María Isabel Allende, hija del presidente, relataba
los últimos momentos.
El día anterior al golpe había comido con Allende y la velada transcurrió
normalmente. A las 7:45 de la mañana María Isabel supo del
inicio del complot y se dirigió a La Moneda para unirse a su padre.
Llegó a las 9:15. En el primer piso encontró a algunos de los colaboradores
presidenciales quienes le dijeron que Allende estaba dispuesto a
defender su gobierno y que no quería ver a mujeres en Palacio. Escucharon
por la radio el ultimátum de la Junta Militar y casi enseguida
se hizo audible el peculiar ruido de las esteras de los tanques al
rodar sobre el pavimento. Después comenzaron las ráfagas de las
ametralladoras.
A las 10:00 de la mañana María Isabel vio a Allende y le impresionó
su aspecto. Llevaba un suéter y portaba una ametralladora a la
espalda. Allende dijo que no quería muertes inútiles y pidió a las
mujeres, secretarias y sus hijas, que desalojaran el lugar. Dijo que
nunca traicionaría a la patria y a los trabajadores y que una nueva
página en la historia de Chile sería escrita por los obreros. Se quedó
con médicos y miembros de su guardia personal.
María Isabel y las demás mujeres bajaron a otra pieza. Tres cuartos
de hora de intenso tiroteo transcurrieron. Allende apareció de
nuevo y les exigió que se fueran. “Era una mezcla de padre y presidente.
Dijo que la lucha por la causa debía seguir y que nosotros
deberíamos emprenderla desde fuera”, afirmó María Isabel. Había
tal decisión en su rostro que optaron por obedecerlo. Un carabinero
las acompañó hasta la puerta privada del presidente, a un costado
del Palacio. Al lograr salir, el carabinero corrió en busca de refu174
gio. Fue el propio Allende quien sostuvo la puerta mientras ellas
evacuaban. El tiroteo disminuyó un poco y buscaron refugio en un
sótano adyacente a La Moneda.
Otra de las hijas de Allende, Beatriz, ofreció su testimonio durante
un acto público efectuado en La Habana, el 28 de septiembre.
Después de tropezar con sucesivas barreras de carabineros en actitud
hostil, Beatriz logró llegar a La Moneda a las 8:50 de la mañana.
En el edificio había un ambiente de actividad. Se distribuía
armamento, se recibían llamadas telefónicas. Beatriz vio a su padre
por primera vez, ese día, mientras hablaba por teléfono. Estaba sereno.
Escuchaba las informaciones e impartía órdenes.
Un general apellidado Baeza lo llamó en nombre de la Junta. Le
ofrecían un avión para que escapara con su familia al lugar de su
elección. Allende les respondió que siendo traidores no podrían entender
a un hombre de honor.
El presidente se ocupó de revisar las posiciones de combate. Inquirió
sobre el agua y los alimentos almacenados. Dispuso preparar
la sala quirúrgica y la destrucción de la documentación.
Beatriz tuvo una conversación a solas con su padre y éste se expresó
en términos que más tarde repetiría a sus ministros y colaboradores
en el Salón Toesca. Afirmó que combatiría hasta el final dejando
en evidencia la traición de los militares fascistas. Que en cierto modo
el golpe lo aliviaba de la incómoda situación de presidir un gobierno
popular en el que las Fuerzas Armadas allanaban las industrias y reprimían
a los obreros. Dijo que en el futuro era muy importante la dirección
unitaria de todas las fuerzas revolucionarias. Las mujeres pasaron
a un local subterráneo, cerca del pabellón quirúrgico. Allí las fue a ver
el presidente. Empuñaba un fusil automático AK, regalo de Fidel
Castro, con una leyenda: “A mi compañero de armas.” Les exigió
nuevamente que abandonaran La Moneda. Entonces se efectuó la
evacuación en la forma narrada por María Isabel. En el acto del 28 de
septiembre, en La Habana, Fidel Castro presentó una reconstrucción
de los hechos realizada por el testimonio de algunos acompañantes
de Allende en aquella mañana trágica, ulteriormente recogido por
exposición directa de los sobrevivientes. Éste es el relato más completo
y fidedigno de que se dispone sobre el fin del último presidente de
Chile.
Después de ser advertido del golpe militar, Allende alertó a su escolta
y se trasladó a La Moneda con una guardia de veintitrés hombres
175
armados con otros tantos fusiles automáticos, dos ametralladoras
calibre 30 y tres bazucas. Llegó al Palacio a las 7:30 de la mañana y
entró con su fusil automático en la mano.
Allende se reunió con los hombres que lo rodeaban y les informó de
la gravedad de la situación y su decisión de combatir hasta la muerte.
Después, dispuso la defensa de Palacio. En el curso de la hora siguiente,
se dirigió por radio tres veces al país.
A las 8:15 de la mañana la Junta Militar lo conminó, por medio de
los teléfonos oficiales, a renunciar a su cargo y Allende se negó en
los términos expuestos anteriormente. Con posterioridad sostuvo una
reunión con altos oficiales de Carabineros a quienes despidió después
de reprocharles su vacilación y su infidelidad. También se reunió
con sus edecanes militares, a quienes manifestó que no era el
momento de confiar en los uniformados.
Poco después, el jefe de la guarnición de Carabineros de La Moneda
comunicó a sus subordinados la orden de retirada. Un grupo
disparó contra el presidente al retirarse y la escolta ripostó. Fue el
primer intercambio.
A las 9:15 de la mañana comenzó el ataque desde el exterior. Unos
doscientos soldados se desplegaban por las calles cercanas. Los defensores
de la sede del Ejecutivo no llegaban a cuarenta. Allende dio
personalmente la orden de abrir fuego y disparó él mismo contra las
fuerzas asediantes. Los tanques avanzaban desde distintas direcciones.
Desde el propio despacho del presidente se abrió fuego de bazucas
y se destruyó un tanque junto a la puerta principal del Palacio. Los
carros blindados ametrallaron la Secretaría Privada y la artillería situada
en la Plaza Constitución comenzó su cañoneo.
La reunión en el Salón Toesca con los ministros y asesores tuvo
lugar a las 10:45. Allende expresó la necesidad de cuadros y conductores
para la lucha en el futuro y les pidió a los que no tenían armas
que evacuaran el lugar. Hubo resistencia en el acatamiento de estas
orientaciones.
Una nueva reunión tuvo lugar a las 11:45 con las nueve mujeres
que estaban en Palacio. Allende insistió en su evacuación. Solicitó
una tregua a los sitiadores, la cual le fue negada. Las tropas se retiraban
de las inmediaciones en ese instante para dar paso al ataque
aéreo y ello facilitó la salida de las mujeres.
En aquel instante Allende, preocupado por el legado patriótico de
Chile, tratando de evitar que la Declaración de Independencia firmada
176
por O’Higgins desapareciera en las furias del combate, tomó el documento
y lo entregó a su secretaria, Míriam Contreras, para que lo sacara
del Palacio. Al ser ella detenida, la soldadesca tomó el pergarmino y
lo despedazó, sin saber que estaba destruyendo el documento con el
que se fundó la nación. Era un símbolo más, de los muchos que se
acumularían en aquella jornada. El fascismo, en su arrancada, extinguía
todas las tradiciones y los atributos democráticos.
Al mediodía comenzó el bombardeo de la aviación. Algunos cohetes
perforaron los techos y estallaron en el interior del edificio. Al
expandirse el humo, Allende ordenó la utilización de máscaras
antigases. Indagó por la cuantía del parque. Constató que, después
de tres horas de combate, se estaba agotando. Dispuso, se derribara
la puerta de la guarnición de Carabineros.
Transcurrió el tiempo sin tener noticias de su encomienda y el
propio presidente atravesó el Patio de Invierno, dirigiéndose a la armería.
Al ver las dificultades para forzar el portón, ordenó se utilizaran
granadas de mano. Así se abrió un boquete. Por él se extrajeron
cuatro ametralladoras calibre 30. numerosos fusiles, cuantiosas municiones,
máscaras y cascos. Personalmente, recorrió los dormitorios
de los carabineros recogiendo fusiles y los cargó para llevarlos a
las posiciones de combate. En ese instante, exclamó: “Así se escribe
la primera página de esta historia. Mi pueblo y América escribirán el
resto.” Los miembros de su escolta se emocionaron. Se reanudó el
ataque aéreo y una explosión quebró unos vidrios que hirieron a Allende
en la espalda. Recibió atención médica.
En algún momento durante estas horas, Allende quiso dejar constancia
histórica de su pensamiento y así lo hizo en el mensaje radiodifundido
al pueblo chileno y que hoy constituye su testamento
político. Sus palabras fueron:
Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán
otros hombres este momento gris y amargo, donde la traición
pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano
que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el
hombre libre para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile, viva el
pueblo, vivan los trabajadores! Éstas son mis últimas palabras,
teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano. Tengo la
certeza que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la
felonía, la cobardía y la traición.
El ataque aumentó de intensidad, coordinándose la acción aérea
con el cañoneo de artillería y tanques y los disparos de la infantería.
177
“Según los testigos presenciales —exponía Fidel Castro—, el ruido,
la metralla, las explosiones, el humo y el aire t