Чилам Балам из Чумайеля. Anónimo. CHILAM BALAM DE CHUMAYEL

Чилам Балам из Чумайеля.
Anónimo. CHILAM BALAM DE CHUMAYEL

ÍNDICE

Introducción

Bibliografía

I Crónica de los antepasados
II Lamentaciones en un Katún 11 Ahau
III El final del tiempo antiguo
IV Notas calendáricas y astronómicas
V Palabras del Suya Tan
VI Los viejos y los nuevos dioses
VII El Katún 13 Ahau
VIII Canto triste de los Itzaes
IX El nacimiento del uinal
X Sucesos en un Katún 10 Ahau
XI Segunda serie de palabras del Suya Tan
XIII La rueda de los Katunes
XII Vaticinios de los Trece Katunes
XIV Las últimas profecías

INTRODUCCIÓN

Cuando los egipcios dejaron de escribir sus jeroglíficos empezaron los mayas a labrar en la piedra los suyos. De igual modo que Justiniano cerró al fin el templo de Isis en la isla de Filae, convirtiendo el edificio en una iglesia, mil años después los españoles que invadieron Yucatán transformaron los santuarios indígenas en lugares apropiados para el culto cristiano. Y así como la lengua de los faraones perduró evolucionada en el copto, que se escribía por medio del alfabeto griego, el maya tradicional aprovechó el alfabeto castellano para expresarse gráficamente, olvidando los signos proscritos de la antigüedad. Sacerdotes piadosos, herederos y guardianes de una liturgia milenaria, de mitos y fórmulas rituales, que estaban perdiendo con celeridad el sentido originario, trasladaron su sabiduría a las nuevas escrituras, tal vez con la vana ilusión de conservar para la posteridad un mundo de creencias que había probado su virtud a lo largo de los siglos, sustentador de la civilización más brillante de la América precolombina y fuente de legitimidad para el orden social de los pueblos del Mayab.
Hasta aquí las comparaciones, que permiten no tanto generalizar cuanto elevar el grado de abstracción con que se percibe la singular cadena de los acontecimientos. Las ideas, aun en decadencia, tienden a refugiarse y pervivir bajo los distintos ropajes que imponen los dominadores o que marcan el transcurso del tiempo y los procesos de cambio cultural. A medida que los navíos de los conquistadores atracaban en las bahías y ensenadas de la cálida península de Yucatán, y desde que los ejércitos forasteros pisaron soberbios los viejos caminos de la selva, los ancianos de las aldeas y los oficiantes de los centros ceremoniales sintieron la amenaza; solemnes y melancólicas profecías, que el lector tendrá ocasión de conocer más adelante, anunciaron a todos los rumbos la terminación de los tiempos nativos, el aplastamiento de las instituciones ancestrales y la persecución a que iban a ser sometidas la religión y la moral de los constructores de pirámides.
En ese mismo instante la comunidad de los vencidos inició una resistencia, que ha probado después ampliamente su eficacia; los relatos sobre el origen de las naciones mayas corrieron de boca en boca y se grabaron de manera indeleble en la mente de los jóvenes, los hombres principales se reunieron subrepticiamente para afirmar la verdad de sus costumbres seculares, los que no perecieron por la espada o por las extrañas enfermedades que transmitían los europeos fueron conscientes de que su única posibilidad de supervivencia estaba en la conservación del pensamiento tradicional, en seguir viendo el universo que les rodeaba como lo habían hecho sus antepasados, y todos los habitantes del extenso territorio comprendido entre la isla de Cozumel y las montañas de Chiapas, entre el golfo de México y el de Honduras, hallaron al unísono el procedimiento idóneo: ocultaron en los pliegues de los nuevos hábitos impuestos, en los resquicios de las leyes ajenas y en las ambigüedades de las ideas cristianas su propia forma de ser y de sentir.
Con tanta presteza desarrollaron esos mecanismos de defensa, y con tanta habilidad sortearon la suspicacia de cerriles encomenderos y clérigos fanáticos, que hoy todavía permanece viva y activa una gran parte de la mentalidad maya de raíz prehispánica. Detrás de las cofradías y hermandades, agazapadas en la organización de las autoridades comunales, veladas por las celebraciones sacras de un catolicismo barroco y exultante, encarnadas en las mismas imágenes de los santos o en las siluetas elementales de las cruces que jalonan cerros y senderos, están las jerarquías, las asambleas, los ritos y los dioses que los mayas han conocido y venerado desde siempre, producto de su particular e irreductible experiencia vital a través de dos milenios de historia civilizada, y de un remoto acuerdo colectivo que estuvo en la génesis de su grandeza, cuando los reyes divinos gobernaban despóticamente desde espléndidas ciudades como Tikal o Copán, y cuando miles de seres humanos erigían templos colosales a la memoria de los demiurgos cósmicos.
La saña y contundencia con que los dominadores trataban de erradicar el llamado paganismo de los indios no sólo tuvo consecuencias en el capítulo de la variedad y riqueza de los disfraces con que se cubrieron las viejas prácticas, sino que determinaron la paulatina pérdida de razón de creencias, fórmulas y ceremonias. Es decir, los mayas dieron lógica preferencia al mantenimiento del signo en sí frente a sus naturales funciones en contextos culturales que habían desaparecido o tenían muy mermados sus caracteres primigenios, el significante se convirtió en reforzada seña de identidad mientras que el significado se adaptaba a las condiciones de un comportamiento mestizo de apariencia occidental; por ejemplo, el copal o pom, la resina sagrada que se quema en braseros especiales durante los actos religiosos, siguió consumiéndose ante los santuarios y altares católicos, y muchas plegarias, para conjurar a los vientos o hacer huir a los espíritus malignos del bosque, fueron pronunciadas en la misa o quizá, con ligeros retoques, mientras el misionero bendecía casas o cosechas. A veces un franciscano curioso interpelaba a sus feligreses sobre las palabras de una de esas invocaciones, o les urgía a declarar los motivos del uso de ciertos objetos en sus actividades idólatras, y raramente obtenía otra cosa que evasivas, o bien respuestas que eran solamente sutiles exposiciones de lo que el encuestador deseaba de antemano escuchar según sus personales prejuicios, un fenómeno bien conocido por los antropólogos modernos que trabajan con informantes hartos de tanto estúpido interrogatorio, pero que entre los mayas del período colonial obedecía también a ignorancia de los indígenas y a que los elementos de una ceremonia o los atributos de un escenario religioso encontraban su justificación en sí mismos, eran costumbre, lo que transmitían los labriegos de padres a hijos, lo que hacía diferentes a los indios de los españoles.
Uno de los lugares donde se refugió la cultura tradicional fue la literatura de corte europeo. Pequeñas piezas teatrales, farsas, canciones, narraciones legendarias de estilo bíblico, y hasta almanaques de los que se habían puesto de moda en el Viejo Mundo al finalizar el medievo. La difusión de tales composiciones en el ámbito nativo no dejaba de levantar sospechas entre los frailes, pero bien fuera por el marcado tono superficial de mero pasatiempo o por los canales semiclandestinos por los que circulaban, soportaron con bastante fortuna las acechanzas de los voraces inquisidores y sirvieron de vehículo de comunicación y de identificación social para las gentes monolingües, y de recipiente en que se depositaron multitud de ideas antañonas, confusos recuerdos históricos, relatos sagrados y toda clase de anotaciones acerca del pasado y de la penosa situación por la que atravesaba la cultura autóctona. Algunos mayas aprendieron en seguida a valerse de los caracteres gráficos españoles para reproducir en el papel los sonidos de su lengua, con lo cual podían prescindir de la antigua escritura jeroglífica, que era calificada oficialmente de instrumento del diablo, y aprovechar a la vez las ventajas de un sistema mucho más sencillo y económico, cuyo empleo y lectura era fácil y de rápida enseñanza.
Es seguro que desde la segunda mitad del siglo XVI, cuando algunos indígenas dispusieron de papel y se encontraron bien familiarizados con la escritura europea, se empezaron a recopilar en distintos poblados yucatecos una suerte de tratados misceláneos, que contenían noticias históricas, apuntes médicos, tradiciones religiosas, observaciones astronómicas y otros materiales afines. Estos manuscritos pasaron de generación en generación, guardados con esmero y ampliados permanentemente con nuevos pensamientos y sucesos. Su aspecto general no distaba mucho de los reportorios de la época, que los colonizadores habían llevado consigo desde Europa o habían recibido una vez instalados en la rutina de las explotaciones rurales o de la vida ciudadana. Como hemos dicho antes, los mayas, desprovistos de las largas tiras de corteza donde habían dibujado ideas y acciones de la liturgia prehispánica y sus remotos anales, aprovecharon con toda probabilidad el modelo de los almanaques cristianos para reproducir las dispersas señas de identidad, aunque junto a transcripciones quizá literales de los textos jeroglíficos fueran mezclados en sorprendente turbamulta los nombres sacrosantos del catolicismo, párrafos inspirados en la Biblia, conocimientos prácticos de neto corte renacentista, cronologías de aquí y de allá, y otras variadas reflexiones sincréticas cuya impenetrable oscuridad tanto puede deberse a las remotas raíces mayas como a la peculiar manera que tuvieron los indios de comprender la doctrina que les impartían sus dominadores.

Los libros de Chilam Balam

Tales cuadernos, a veces relativamente voluminosos, son llamados libros de Chilam Balam porque en sus páginas se menciona un personaje, profeta de este nombre o rango, que debió tener cierta fama en los años anteriores a la conquista. Ah chila’n o chilam significa realmente intérprete, y los diccionarios españoles acuñaron para esta voz la frase chita’h t’an, es decir, declarar en otro lenguaje; de hecho, intérprete era casi equivalente a nahuatlato, el que podía expresarse también en el idioma del altiplano central de México. Como ah chila’n se traduce además por faraute, mensajero o heraldo, podemos sospechar con todo fundamento que el sacerdote maya que portaba el apelativo tenía la misión de anunciar y descifrar la palabra y la voluntad de los dioses. Balam significa jaguar, pero lo mismo puede ser un nombre de persona, un patronímico, que la designación de cierta categoría de religiosos indígenas; reyes, gobernantes y otros individuos de la nobleza incluían a veces entre sus títulos el de balam, prueba de fortaleza y referencia a su elevada estirpe. Según Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón, Chilam Balam vivió en la ciudad de Maní en tiempos de Mochan Xiu, poco antes de la llegada de los españoles; predijo el advenimiento de una nueva religión, y de ahí su inusitado renombre posterior. Estos autores creen que la profusión de libros de Chilam Balam, de diferente extensión, incluso alguno cuidadosamente encuadernado, mas todos con grandes semejanzas en el contenido y en la manera de organizar la información, se debe a que algún viejo sacerdote de la fe nativa, que recibió instrucción de los frailes -y llegó a manejar prontamente los caracteres que se adaptaban a la fonología del maya yucateco-, transcribió textos religiosos e históricos de sus tiras de corteza dobladas y cubiertas de jeroglíficos. Atenuada así la posibilidad de ser acusados de idolatría -quizá destruyendo a continuación los libros prehispánicos, u ocultándolos en recónditos parajes-, los sagrados dignatarios de la antigüedad hicieron copias que se difundieron a numerosos poblados, seguramente allí donde la llama de la tradición permanecía viva y vigorosa. En cada lugar se fueron sumando otros materiales al núcleo original, de acuerdo con el criterio del poseedor y según los acontecimientos locales. Eran tenidos por libros santos, y probablemente leídos con frecuencia por los hombres sabios o en ocasiones que se reunía la asamblea de la comunidad. Con objeto de conservarlos para la posteridad, se copiaron a medida que se deterioraban, y sin duda los copistas cometieron errores, suprimiendo y añadiendo frases según les dictaba su conveniencia. Los libros de Chilam Balam que hoy conocemos son, por tanto, trasuntos de aquellos del siglo XVI, unos de las centurias siguientes y otros de hace escasas décadas1.
Queda por añadir a esta plausible reconstrucción del proceso de redacción y multiplicación de los textos, el rasgo ya citado de que los sucesivos depositarios se guiaron aparentemente del estilo y orden que era moda entre los impresores de almanaques europeos, y por eso ciertos capítulos o apartados recuerdan poderosamente aquel tipo de lecturas tan extendido en todos los grupos sociales de España. Hasta qué punto el conocimiento de esos reportorios fue para los mayas acicate en la preparación de los libros de Chilam Balam, o, por el contrario, sólo coartada para disimular una información que se sabía de muy distinto origen y valor, es problema que todavía no podemos resolver, pero que conviene meditar. Cuando el tiempo fue pasando, los celosos guardianes de los libros sagrados olvidaron poco a poco el significado de determinados fragmentos, o tergiversaron inconscientemente la explicación de otros, quedando numerosas palabras petrificadas y adquiriendo su virtud antes por las resonancias que despertaban en las atentas inteligencias de los indios que por los misterios o secretos que realmente guardaban.
Entonces, los eruditos de la cultura blanca, investigadores o coleccionistas, descubrieron los libros de Chilam Balam. Fueron apareciendo en multitud de pueblos: Chumayel, Tizimín, Kaua, Ixil, Tekax, Maní, Oxkutzcab, Tusik, Calkiní, Teabo, Chan Cah; y, visto el interés que mostraban los extranjeros por aquellos escritos polvorientos, individuos sin escrúpulos se dispusieron a hacer un fácil negocio. Los manuscritos fueron sacados de sus lugares de origen, de la Biblioteca Cepeda de Mérida sustrajeron varios entre 1915 y 1918, y las fuertes sumas ofrecidas por los norteamericanos condujeron a que, finalmente, algunos terminaran en las universidades o museos de Estados Unidos. Como ejemplo, veamos a continuación las peripecias sufridas por los más famosos, exceptuando el que es motivo de la actual edición, que será tratado más adelante.
El Chilam Balam de Tizimín procede de esta villa del oriente del Estado de Yucatán, donde fue hallado a mediados del siglo XIX. Llegó a manos del párroco del lugar, Manuel Luciano Pérez, quien tuvo a bien donarlo después de unos años, hacia 1870, al ilustre historiador, y obispo de Mérida, Crescencio Carrillo y Ancona, él mismo de clara estirpe indígena -pues había nacido de padres mayas en una modesta choza de Izamal- y muy versado en temas prehispánicos. Junto con otros importantes documentos fue robado de la biblioteca pública, que atesoraba una parte de los impresos del prelado, y sacado del país con dirección a Estados Unidos. Por último, pasó a engrosar los fondos del Museo Nacional de Antropología de México.
El Chilam Balam de Maní proviene de este pueblo del suroeste de Yucatán, solar del famoso linaje de los Xiu, legendarios gobernantes de la gran ciudad arqueológica de Uxmal. Fue recopilado por el filólogo y erudito yucateco Juan Pío Pérez alrededor de 1838, es decir, una copia del original -tal vez una síntesis de los originales, que pudieron ser cuatro según Carl H. Berendt- pasó a formar el núcleo del conjunto de papeles reunido y preparado por el investigador durante su estancia en diferentes localidades de la región. Todo ello fue denominado por Carrillo y Ancona Códice Pérez, sustituyendo al título Principales épocas de la historia antigua de Yucatán, que había propuesto el lingüista. Los materiales, fragmentos de los libro; de Maní e Ixil -quizá también del de Oxkutzcab- y documentos de tierras de Sotuta, fueron propiedad sucesivamente del señor Carlos Peón y de la familia Escalante de Mérida. Además, Pérez había obsequiado al explorador John Lloyd Stephens con un texto en maya copiado sin duda de los libros indígenas de Maní, junto con su traducción al castellano y un extenso comentario: Traducción y juicio crítico de un manuscrito en lengua maya que trata de las principales épocas de la historia de esta península antes de su conquista. Para el Sr. D. Juan L. Stephens su amigo Juan Pío Pérez, Peto, 5 de abril de 1842. El norteamericano publicó en 1843 la versión inglesa con el texto maya en un apéndice a la célebre obra Incidents of travel in Yucatán, pero omitió algunos de los comentario de Pérez2.
Los Chilam Balam de Tekax y Nah pueden mencionarse juntos, ya que las páginas 1 a 30 del segundo son copia del primero (porción calendárica que también aparece en los manuscritos de Kaua y Maní). El libro de Tekax procede de esta localidad del sur de Yucatán; tiene treinta y seis páginas, aunque aparenta estar incompleto, y se sabe que estuvo en poder del investigador y coleccionista norteamericano William Gates, para acabar por último -con sólo veintiocho páginas- en el Archivo Histórico del Instituto Nacional de Antropología e Historia de México. El Chilam Balam de Nah es el único que lleva el nombre de sus redactores, José María y Secundino Nah, y no el del pueblo donde se escribió, Teabo, no lejos de Tekax hacia el norte. Fue ésta una decisión de Gates, justificada en cierto modo porque existen otros documentos mayas originarios del mismo lugar; pasó igualmente con toda probabilidad por las manos de Crescencio Carrillo y Ancona, Carl H. Berendt, Daniel Brinton y otros, y ahora se encuentra en la Universidad de Princeton.
El Chilam Balam de Kaua es quizá el tercero en importancia, después del Chumayel y del Tizimín, y el más voluminoso con doscientas ochenta y dos páginas. Fue propiedad del obispo Carrillo y Ancona y del señor Ricardo Figueroa; depositado en la Biblioteca Cepeda de Mérida en 1915, desapareció poco más tarde y se ignora actualmente su paradero.
El Chilam Balam de Ixil estuvo también en poder del señor Ricardo Figueroa. Había sido copiado por Pío Pérez en Ticul alrededor del año 1837, y fue a parar, como tantos otros documentos valiosos, a la biblioteca del obispo historiador. Perdido algún tiempo, o confundido en el mismo legajo que el libro de Tizimín, se encuentra ahora en la Biblioteca del Museo Nacional de Antropología de México, identificado por Alfredo Barrera Vásquez como el manuscrito primitivo, fechado muy a principios del siglo XVIII.
Aparte esta breve reseña que aquí ofrecemos, sería labor engorrosa -e inútil para los fines presentes- enumerar las decenas de copias, traducciones y ediciones totales o parciales que se han hecho de los libros en lengua maya de Chilam Balam. En la bibliografía general que remata esta introducción podrá ver el lector qué documentos se hallan hoy al alcance del público interesado, en publicaciones de fácil adquisición, y qué comentaristas modernos han sumado sus voces a los infatigables eruditos decimonónicos. De mayor interés será sin duda insistir en el contenido de estos peculiares ejemplos de la literatura indígena posterior a la conquista, que, por la cantidad catalogada y el marcado carácter esotérico de los ejemplos conocidos, constituyen un género que no tiene parangón en otras partes de América. Alfredo Barrera Vásquez y Silvia Rendón resumen de la siguiente manera el heterogéneo cúmulo de materiales que suele descubrirse en los libros de Chilam Balam:

1. Textos de naturaleza religiosa: a) puramente indígena; b) cristianos traducidos al maya; 2. Textos de tipo histórico, desde crónicas con registro cronológico maya a base de la llamada cuenta corta (períodos de 7.200 días o katunes dispuestos en series de trece) hasta simples anotaciones de acontecimientos muy particulares sin importancia general; 3. Textos médicos, con o sin influencia europea; 4. Textos cronológicos y astrológicos: a) tablas de series de katunes con su equivalente cristiano; b) explicaciones acerca del calendario indígena; c) almanaques con o sin cotejo con el tzolkín maya (ciclo calendárico sagrado de carácter fundamentalmente adivinatorio y augural, compuesto de doscientos sesenta días, que se forman por la combinación de trece números y veinte nombres), incluyendo predicciones, astrología, etcétera; 5. Astronomía, según las ideas imperantes en Europa en el siglo XVI; 6. Rituales; 7. Textos literarios, novelas españolas, etcétera; 8. Miscelánea de textos no clasificados3.
Vale la pena subrayar que los cuatro apartados más interesantes para los mayistas son los que podrían denominarse religioso, cronológico, histórico y médico. El primero porque recoge seguramente, a veces en sorprendente amalgama con ideas católicas, los vestigios de las creencias prehispánicas; como es lógico se trata de una sección laberíntica cuya traducción no resulta sencilla ni la interpretación irrecusable. El segundo porque nos enseña, a través de un complicado juego de números, que lo mismo hace las delicias de las personas con mente predispuesta que conduce a la desesperación a las que no poseen suficiente paciencia, el orden del tiempo maya, es decir, la médula de su pensamiento y de su cosmovisión; y eso sin mencionar la trascendencia de poder averiguar o corroborar las fechas de la evolución cultural del área tal como se insinúan en otras fuentes. El tercero porque viste con el tranquilizador ropaje de la historia convencional las guerras, emigraciones, cambios dinásticos y demás episodios políticos y sociales de un pueblo del que todavía se sabe muy poco, y cuyo sistema antiguo de escritura aún no ha sido descifrado. Finalmente, el cuarto porque la medicina era sin lugar a dudas uno de los afanes predilectos de los mayas, hasta el punto que sus conquistas en ese campo, tanto en el herbolario y la práctica empírica como en el desarrollo especializado de la magia, llenan muchos tratados y han sido objeto de la atención constante de los investigadores.
Queda la astronomía, la disciplina en la que sobresalieron los mayas del período Clásico, mas en los libros de Chilam Balam apenas perdura una pálida sombra de lo que mil años atrás había sido ocupación preferente y prestigiosa de los sabios. Teñidas de elemental astronomía europea, las anotaciones al respecto son siempre algo decepcionantes, aunque se perciba la profundidad astrológica de algunas de ellas o el aroma de un remoto sentimiento religioso en otras. De hecho, la insistencia en incluir comentarios astronómicos es prueba de la inquietud que perduraba entre las minorías indígenas ilustradas durante la época colonial. Por lo demás, la abundancia de apuntes variopintos recorre mil y un temas, el registro de nacimientos y muertes de la familia Nah, por ejemplo, o la fecha (8 de mayo de 1883) en que pasó la langosta por el pueblo de Teabo; y, sobre todo, cuentos inefables como el de la Princesa Teodora, la creación del mundo o la historia de Abraham, sacados de ingenuos almanaques, que llevaron hasta los bosques mayas leyendas y fábulas morales árabes y hebreas, relatos que los yucatecos debieron encontrar fascinantes por razones bien difíciles de entender, y que atesoraron padres e hijos en sus ocultos cuadernos, para enseñanza de las generaciones y afianzamiento de la identidad nativa.
Volviendo a afirmar, pues, que muchos asuntos de los textos de Chilam Balam, e incluso el estilo en que están expuestos, hunden sus raíces en los libros jeroglíficos anteriores a la conquista española o se apoyan en la vigorosa tradición oral de las poblaciones de las tierras bajas de México y Guatemala, justo es reconocer que al menos la mitad del contenido de los manuscritos proviene de los almanaques conocidos por Reportorios de los Tiempos, tan populares entre la clase dominante desde los primeros tiempos de la colonia. Citemos como muestra las palabras de Francisco de la Maza en su Introducción al Reportorio de los Tiempos y Historia Natural de Nueva España, escrito y editado por Enrico Martínez, en la ciudad de México, el año 1606, donde se enumeran los capítulos de la obra: El libro se compone de seis tratados, el primero es “del Mundo en general y en particular de la región celeste”; el segundo “de las partes y calidad de la región elemental”; el tercero trata de “algunas particularidades desta Nueva España”; el cuarto de astrología “perteceneciente al conocimiento de la calidad della y de los términos y fin della”; el quinto sobre la conjunción de los planetas Júpiter y Saturno del 24 de diciembre de 1603; y el sexto es una “Breve relación del tiempo en que han sucedido algunas cosas notables e dignas de memoria assi en esta Nueva España como en los Reynos de Castilla y en otras partes del Mundo desde el año de mil quinientos veinte hasta el de mil quinientos noventa sacada de las Coronicas y de historias de autores fidedignos4. Éste es un índice que muy bien podría trasladarse, después de mayanizado, a cualquiera de los libros de Chilam Balam, por ejemplo el de Kaua; Héctor M. Calderón afirma en la introducción a los textos de Tekax y Nah que José María y Secundino Nah compilaron en lengua maya valiosa información, médica y astrológica, extraída seguramente de algún almanaque español, a la cual agregaron -y ésa es la inmensa aportación del Chilam Balam de Nah- todo lo que ellos sabían de los remedios nativos, de las curaciones tradicionales, de la pervivencia de una variada herbolaria y de las demás prácticas ancestrales en el medio rural de Yucatán. A tal respecto, el antropólogo mexicano Alfonso Villa Rojas pudo comprobar durante su estancia en el cacicazgo de X-Cacal (en el moderno Estado de Quintana Roo), al oriente de la península, que los secretarios o escribas -personas que saben leer o escribir el maya, muy respetadas, y cuya presencia es requerida frecuentemente en los asuntos de la comunidad- tienen todavía la misión de guardar los llamados libros santos (Santo Huun). Esos libros consisten en almanaques, doctrinarios, catecismos, un ejemplar de la Biblia y algunos cuadernos manuscritos en la lengua indígena sobre temas diversos, como cuentos, leyendas, anotaciones personales, cortas profecías acerca de los días del Juicio Final y, por último, pequeñas crónicas de los hechos ocurridos recientemente. Entre los papeles de X-Cacal encontró Villa Rojas un fragmento de Chilam Balam, muy parecido a la parte denominada en el Chumayel Palabras de Suyua tan, copia realizada en 1875 de otro fechado en 16285. De todos los libros de Chilam Balam, no obstante, los menos adulterados por la influencia de los reportorios son los de Tizimín, Maní y Chumayel.
Es indudable que estos manuscritos yucatecos son la fuente inagotable e imprescindible en la que beben, por una u otra razón, muchos mayistas. Desde luego que nos ayudan a comprender la situación y vicisitudes de las comunidades mayas bajo el imperio español, pero especialmente contienen la expresión de la antigua manera de pensar anterior a la invasión europea, aunque se vislumbre con dificultad después del tremendo impacto que terminó con el orden de los reinos y señoríos precolombinos. En efecto, si es necesario hoy reivindicar los extraordinarios cuadernos llamados libros de Chilam Balam, lo es de manera principal porque han conservado no sólo noticias, información de la vida indígena, sino el estilo, la forma, el aire furtivo de una cultura irremediablemente perdida en su desenvolvimiento natural, truncada cuando corría el duodécimo de los ciclos cronológicos, en un katún denominado 11 Ahau, al comenzar nuestro siglo XVI. Quien los lea bajo esa perspectiva, con la imaginación atenta, podrá penetrar levemente en el dormido mundo de las ciudades arruinadas de la selva, oirá la majestuosa voz de un espléndido pasado, y, comprenda o no los confusos mensajes, tendrá la inquietante sensación de haber traspasado los estrechos límites de la mentalidad occidental.

Literatura maya

Para valorar cabalmente los libros de Chilam Balam conviene tener conocimiento del resto de la literatura maya posterior a la conquista. No vamos a estudiar aquí, por supuesto, con la minuciosidad que sería deseable, las variadas composiciones que integran el acervo indígena -se han hecho algunos intentos y a ellos nos remitimos6- pero debemos proponer una clasificación general y dar someros ejemplos que puedan ser comparados con el texto del Chumayel; así será posible juzgar si el género a que nos hemos referido antes merece tal calificativo, y también en qué medida los demás son desarrollos independientes o subordinados a las grandes compilaciones tradicionales.
Ciñéndonos a la península de Yucatán, es decir, a las tierras bajas centrales y septentrionales del área de cultura maya, identificamos sin esfuerzo: a) Cuentos y leyendas; b) Plegarias, invocaciones, conjuros y fórmulas mágicas; c) Cantares o poemas que acompañan la danza; d) Farsas y representaciones escénicas; e) Crónicas de familia y títulos de tierras; f) Libros médicos; g) Cartas, proclamas y textos políticos diversos; h) Fábulas; i) Sentencias y ejemplos; j) Bombas. Es cierto que una parte considerable de estos materiales ha sobrevivido como literatura oral, y que sólo en los últimos tiempos ha sido llevada al papel, a veces por manos mestizas o de investigadores del folklore regional, pero nadie pondrá en duda que resulta notoriamente colindante con la escrita y que, según veremos de inmediato, los versos recogidos en las aldeas de labios de ancianos o entre la algarabía de las fiestas, son semejantes en tema y cadencia a los de antiguos cancioneros compuestos durante la colonia, como el de Dzitbalché. Quién sabe dónde llegan en el tiempo los orígenes de cada uno de tales géneros; damos por descontado que algunos arrancan de la época prehispánica, lo que se puede apreciar a pesar del silencio que guardan aún las inscripciones jeroglíficas. Junto a los testimonios de los propios españoles contamos, lo mismo que sucedía con numerosos fragmentos de los libros de Chilam Balam, con la forma de expresión y los símbolos agazapados tras las palabras, indicios inequívocos de remota antigüedad.
Los cuentos y las leyendas suelen tratar asuntos relacionados con la historia mítica, con los fundadores del grupo social y con las normas y valores ancestrales. Su extensión es a menudo considerable, y, de hecho, en este capítulo podrían incluirse mitos de las dimensiones del de Hunahpú e Ixbalanqué, núcleo central del Popol Vuh de los mayas-quichés del altiplano de Guatemala. Son, naturalmente, la fuente primordial para el estudio de la cosmogonía y, en general, de la ideología prehispánica; al ofrecernos la imagen que de sí mismos tenían -y tienen- los yucatecos, constituyen una mina de datos y sugerencias para los antropólogos. Vamos a resumir aquí el cuento llamado El perro de cera y la importantísima leyenda del enano de Uxmal.
El perro de cera: En los bosques de Belhalal, cerca de las viejas paredes de Uxmal, existieron una vez frondosos árboles y tierra, buena para hacer milpa. Sin embargo, la gente nunca ha querido levantar allí su siembra porque se cuenta que en esos bosques habitan montículos que tienen vida. Uno de ellos se llama Mulitkak, y se asegura que en él está encerrado el perro de cera.
Dicen que el cerro está vivo porque sale el ladrido de un perro, el canto de un gallo y el gorgojeo de un guajolote. Todo está seco, como si tuviera fuego por dentro. Allí es imposible cazar un venado, sólo se puede matar si se le pone cera a la bala, porque dentro del cerro vive el perro de cera.
En ese entonces había muy pocos perros. La gente anhelaba poseer uno porque daba seguridad en los lugares que inspiran temor. Hasta la calavera de un perro alejaba a los malignos y les quitaba el temor a los hombres. Porque el perro fue parido en la mismísima puerta del infierno, y ese lugar de la maldad se estremeció el día de su nacimiento.
En los viejos tiempos, Belhalal era un pueblo grande. Un grupo de labriegos decidió ir a hacer sus milpas cerca del cerro Mulitkak, pues era la tierra muy fértil. Uno de ellos, de nombre X-Batlis Chan, andando por el campo, encontró un enjambre de abejas del que cogió la miel. Con la cera hizo un perrito para que, aun siendo de cera, los acompañara a él y a sus amigos. Un día, este milpero se cortó la mano mientras tumbaba los árboles, puso una gota de sangre en el hocico del animalito de cera y vio que la tragaba. Desde entonces, todas las noches se cortaba la mano para darle de su sangre al can.
El perro empezó a crecer y a salir por las noches. También comenzó a ladrar. Cada amanecer dejaba un venado a la puerta de la casa de su amo, que había cazado para él. Cuando creció más, el perro devoraba por su parte un venado todos los días. Pero, según fueron escaseando los venados, el perro se fue comiendo a los milperos; al observarlo el hombre dijo a sus compañeros: -¡Vámonos, huyamos o seremos aniquilados!
Salieron todos corriendo, y el animal aullaba cerca de ellos diciendo: -Espérenme, X-Batlis Chan es mi madre, X-Batlis Chan es mi padre. No corran. ¿Por qué corre X-Batlis Chan de su propia sangre? ¿No me la dio él noche tras noche?
En el camino hallaron a un viejo, y el asustado campesino le dijo: -¡Ay, papito!, corre con nosotros porque nos viene persiguiendo el maligno. Pero el anciano respondió a X-Batlis Chan severamente: -Hijo del diablo ¿por qué huyes de tu compañero, hijo del diablo también? Hoy eres responsable de la muerte de los que fueron devorados. Detente y mira cómo atrapo a este compañero del maligno.
Todos se detuvieron. El viejo se arrancó nueve pelos de la cabeza, los trenzó y formó un lazo con ellos. Luego se arrancó un cabello más y lo sembró en la tierra. Aquella hebra de pelo se convirtió en la planta del chichibeh. Amarró de ella el lazo y lo puso como trampa. Apareció corriendo el perro de cera, metió su cabeza en la cuerda y quedó lazado. Por eso el cabello de los viejos es resistente y la planta del chichibeh no puede arrancarse con facilidad.
El anciano dijo entonces a X-Batlis Chan: -Desata al perro del chichibeh y llévalo a recluir en el cerro Mulitkak. No tengas miedo.
X-Batlis Chan desató al perro y se lo llevó. Al llegar a Mulitkak el cerro se abrió y allí quedaron aprisionados el perro de cera y X-Batlis Chan. Hasta hoy paga allí el hombre su culpa. Allá, dentro del calor del monte.
Hasta hoy, quien pretende cazar venados por esos lugares no puede. No encuentra al venado que mató. El perro de cera se lo come. Si se quiere cazar un venado por esos parajes, hay que ponerle cera a la bala.
Ahora, como antes, el hombre debe cuidarse, porque puede ser devorado por su propia perversidad7.
El enano de Uxmal: Dicen que hubo una vieja en Nohpat, que hacía sortilegios y hablaba de noche con los corcovados de los cerros. Un día supo que iba a morir, y quiso tener un hijo; los corcovados le dieron un huevo que ella puso a incubar bajo tierra. En su momento brotó un niño con cara de hombre, que sólo creció siete palmos y dejó de crecer. La vieja dijo que era su nieto, y desde que nació hablaba y sabía muchas cosas, maravillando a las gentes.
Cuando un día como los demás la vieja fue con su cántaro a traer agua del pozo, el enano le hizo un agujero en el fondo del recipiente para que tardara mucho en volver, porque deseaba saber qué guardaba bajo las piedras del fogón, que siempre tapaba cuidadosamente. En efecto, removió las cenizas y sacó un címbalo de oro, al que golpeó acto seguido con una varita. Un sonido terrible, como un trueno espantoso, se abatió sobre toda la tierra. La abuela regresó presurosa, la gente estaba alborotada; una antigua profecía aseguraba que el rey de la gran ciudad de Uxmal sería destronado por aquel que sin haber nacido de mujer hiciera sonar el címbalo oculto bajo el suelo y el fuego.
El viejo rey, que estaba dormido en su palacio blanco, despertó con el ruido y se puso a temblar de pies a cabeza. Envió a sus hombres por todos los caminos a buscar al que había tocado el instrumento, y llegaron a la casa de la hechicera de Nohpat, y el enano se mostró a ellos y sacó el címbalo de oro. Fue llevado de inmediato ante el anciano rey, que estaba sentado en su trono en medio de la plaza, bajo una ceiba milenaria. El monarca había determinado no ceder su trono sin antes someter a distintas pruebas al recién llegado; la primera fue decir cuántos frutos llenaban las ramas de la gran ceiba.
– Yo te digo que son diez veces cien mil y dos veces sesenta, y tres veces tres. Eso contestó el enano, y un gran murciélago que salió volando del árbol susurró al oído del rey que había dicho la verdad.
– La segunda prueba será romper sobre tu cabeza, con un mazo de piedra, una medida llena de frutos de palma. Así sentenció el soberano, pero el enano dijo: -Consiento, mas admite que si salgo vivo, tú sufrirás la misma prueba.
— Yo sufriré todo igual que tú puedas sufrirlo, y de ese modo serán los dioses los que decidan-, repuso el rey.
Al amanecer del siguiente día el enano fue puesto en la picota y un dignatario rompió sobre su cabeza, uno por uno, los durísimos frutos de la palmera. El enano sonreía ya que, durante la noche, su abuela le había puesto una plancha de cobre oculta por debajo de los cabellos.
Un día más tarde el rey sudaba de fiebre y temor. Todavía le propuso al enano la tercera prueba: -Hagamos una estatua a nuestra imagen y pongámosla a arder en el fuego, y si el fuego la respeta será señal de que los dioses están con quien la hizo.
Así se llevó a cabo, el rey erigió afanosamente tres efigies suyas, de madera, de piedra y de metal, y las tres fueron consumidas por las llamas. Entonces el enano hizo una figura de barro mojado, y el fuego, mientras más se cocía, más fuerte y dura iba volviendo a la estatua. Ante el asombro del pueblo, que ya deseaba coronarle, alzó la voz y dijo.
– Mañana levantaré aquí grandes palacios y templos y será el momento de mi coronación. Pero ahora que el viejo rey sufra la prueba que yo sufrí, porque está pactado.
El rey fue puesto en la prueba del martillo, y al primer golpe quedó muerto con la cabeza rota.
Al amanecer del otro día, apareció resplandeciente en aquellos lugares la grande Uxmal, con todos sus hermosos edificios, tal como ya estaba entonces hecha aunque no se veía. En el templo más elevado vivió desde ese instante el enano; en lo alto salía cada vez que la Luna iba a volver, y hablaba al pueblo. Hijos de la Luna eran los que con aquel rey vinieron, y no hijos del Sol, como todos los que antes hubo. Artistas e inventores fueron esas gentes, y sobre todo hicieron preciosas figuras, y así los llamaban kulkatoob, adoradores del barro.
Cuando después de setenta vidas de hombre murió el enano, los de Uxmal hicieron estatuas suyas y quemaron copal ante ellas y bailaron las danzas que antiguamente eran sólo para los dioses. Esto no quedó sin castigo. Llegado el día en que se llenó la medida de ese tiempo, los guerreros de Mayapán tomaron la ciudad, que cayó y se rompió como el barro que había adorado8.

Plegarias, invocaciones, conjuros y fórmulas mágicas surgen por doquier a lo largo y ancho de la literatura -oral y escrita- de las tierras bajas mayas. El ritmo peculiar, salmodias y sonsonetes fáciles de reconocer aún hoy en los murmullos de los h-men o practicadores religiosos de Yucatán, la longitud nunca excesiva, la reiteración de los motivos y el estilo enrevesado pero directo, dan su carácter al género, cuyas raíces prehispánicas y populares son a menudo llamativamente obvias. Veamos con tres ejemplos representativos un aspecto de este importante capítulo:

Oración mensual de los sabios a Cit Bolon Tun

Oración mensual
del sabio médico
para que haya pomolche
en los bosques, bec en los bosques,
prenda en la tierra la planta
bacalche, el bohom
así en el oriente como en el norte
así en el poniente como en el sur.
Viene por los cuatro ramales
del camino de los cielos,
donde está la casa
de la estera en que rige
el sabio Hunabkú
aquel que recuerda al hombre
que es difícil la vida aquí en el mundo
para quien quiera ponerse
en el afán de aprender.
Y que aquí en la tierra da salud
porque es el Señor del fuego,
del agua, del aire, de la tierra,
Señor de este mundo,
de todas las cosas hechas por él.
El Señor Hunabkú
es quien da lo bueno y lo malo
entre los buenos y los malos.
Porque él da su luz sobre la tierra;
porque es el dueño de todas las cosas
que están bajo su mano,
lo mismo el sol que la luna;
lo mismo la estrella humeante,
que es como la flor luminosa de los cielos;
lo mismo las nubes que las lluvias;
lo mismo el rayo que la más pequeña mosca;
lo mismo las aves que los otros animales;
lo mismo9.

Ahora, una larga invocación que muestra el origen de las enfermedades y cómo los dioses de los cuatro rumbos del universo castigan a los seres humanos que faltan a sus deberes:

Sagrada invocación a las cuatro esquinas del cielo;
¡bendito seas santo padre viento del oriente,
bendito seas santo padre viento del poniente,
bendito seas santo padre viento del norte
bendito seas santo padre viento del sur!
Se ha presentado la persona de esta tierra para preguntar:
¿cuál es su delito o pecado?,
decid qué falta ha cometido,
¿cuál es su pecado contra vosotros?,
decid si os ha ofendido,
si es por la comida de la milpa,
si es por limpiar el terreno o sazonar la mazorca…
¿No podéis proporcionarme una medicina para su cabeza,
para su pie, para su mano, para su pecho?…
Decidme ¿qué enfermedad le habéis dado?…
¿Será calentura de viento engañoso?…
¿Será disentería?…¿O vuestro mal de viento?…
Sagrada invocación de las cuatro esquinas
o rincones del cielo…
No en vano se atraviesan, no en vano así dañan,
no en vano así matáis a las personas…
O ¿es entonces por el viento del monte…,
viento de la milpa… viento del agua…
viento del ganado vacuno…
viento del caballo… viento del cochino…
viento del zopilote… viento de la culebra…
viento del venado…?
Decidme padres, decidme mis señores:
¿Cuál es la falta contra vosotros?
Es bueno que yo lo sepa para que lo levante,
para que haga un bien,
para que yo lo cure…
¡Alabado seas hermoso padre viento del oriente,
alabado seas hermoso padre viento del norte,
alabado seas hermoso padre viento del poniente,
alabado seas hermoso padre viento del sur!10

El tercer ejemplo consta de varios conjuros y fórmulas mágicas, relacionadas con la curación de las enfermedades o la prevención del ataque de los animales ponzoñosos:

Acabo de recibir la fuerza del blanco arbusto
Dzulub-tok. ¡Oh dioses, oh Bacabes!
Acabo de recibir la fuerza del rojo chuc-tok,
del blanco chuc-tok.
Acabo de recibir la fuerza del amarillo chuc-tok.
Acabo de recibir la fuerza del amarillo chuc-tok.
Recientemente fue tomada su fuerza, oh dioses, oh Bacabes.
¿Cuál es su símbolo? La roja mariposa pepem;
la blanca pepem, la negra pepem,
la amarilla pepem son sus símbolos.
Son, por consiguiente, las cuatro en sí mismas11.

¡Pica, pica, pica!
Totalmente articulada es tu cola;
también articulada es la parte media de tu cuerpo,
como una libélula; un guacamayo es tu cabeza.
Fuiste arrojado a la orilla del mar.
Allí caíste al pozo de las cosas arrancadas;
allí tomaste tu piedra de afilar.
Fuiste arrojado al lugar de Saba-yol en Chuen.
Allí caíste con los brazos extendidos,
allí tomaste tu nombre sinan.
Maldiciones sobre tu picadura12.

Finalmente, las fórmulas que recita el h-men de Tusik, en el estado caribeño de Quintana Roo, durante la ceremonia de su purificación, pues estos chamanes mayas deben librarse periódicamente de las impurezas y vientos malignos que se les adhieren en el ejercicio de su profesión.
En la ofrenda de bebida:

Aquí les ofrezco esta santa Mesa en presencia del padre Dios.
Señor, aquí te entrego trece santas jícaras
de la santa bebida refrescante.

Y al arrojar a los malos vientos de la casa:

El viento que ataca, el viento que agarra,
el viento de las tierras, el viento de los arcángeles,
trece ramas de ortiga, trece ramas de zipche,
trece ramas de tabaco13.

Los cantares, o poemas para decir con música y danza, constituyen un género prehispánico que no ha decaído hasta el momento actual, si bien los textos conocidos de época más reciente denotan la fuerte influencia cristiana. El conjunto más representativo es el que fue descubierto por Alfredo Barrera Vásquez y denominado Cantares de Dzitbalché, pues fueron recopilados por Ah Bam en ese pueblo de Campeche allá por el siglo XVIII, según reza la portada y se puede deducir de la grafía utilizada. Las primeras frases del texto indican que se trata de El libro de las danzas de los hombres antiguos que era costumbre hacer aquí en los pueblos cuando aún no habían llegado los blancos. Veamos un hermoso -y raro- ejemplo de poesía erótica maya, el kay nicte o canto de la flor, telón de fondo de una típica ceremonia de fertilidad:

La bellísima luna se ha alzado sobre el bosque;
va encendiéndose enmedio de los cielos,
donde queda suspendida
para alumbrar por encima de la tierra todo el bosque.
Dulcemente viene el aire y su perfume.
Ha llegado enmedio del cielo;
resplandece su luz sobre todas las cosas.
Hay alegría en todo hombre bueno.
Hemos llegado adentro, al interior del bosque,
donde nadie mirará lo que hemos venido a hacer.
Hemos traído la flor de la plumeria,
la flor del chucum, la flor del jazmín de perro, la flor…
Trajimos el copal, la rastrera cañita ziit,
así como la concha de la tortuga terrestre.
Asimismo el polvo nuevo de calcita dura
y el hilo nuevo de algodón para hilar;
la jícara nueva y el pedernal fino y grande;
la nueva pesa: la nueva labor de hilado;
el presente del pavo; calzado nuevo, todo nuevo,
inclusive las bandas que atan nuestras cabelleras
para tocarnos con el nenúfar;
igualmente el caracol zumbador y la anciana.
Ya, ya estamos en el corazón del bosque,
a orillas de la poza en la roca,
esperando que surja la hermosa estrella que humea sobre el bosque.
Quitaos vuestras ropas, desatad vuestras cabelleras;
quedaos como llegasteis aquí sobre la tierra,
vírgenes, mujeres, muchachas…

Una canción que se dice en un solo tono monocorde, y que recuerda los cánticos budistas, según el autor que la recogió de labios de los lacandones de Najá, es la del mono aullador de Kanank’ax. Puesto que este último nombre es probablemente el de una divinidad de la selva, y los monos aulladores o saraguatos poseen un profundo simbolismo en el área maya -como se pone de manifiesto por su aparición en el Popol Vuh, obra cumbre de la literatura sagrada americana anterior a la conquista-, el canto lacandón tiene sin duda fuertes connotaciones religiosas.

Allá se quedó inerte
entre su alimento de aguacates silvestres.
Allá amarré bien su cuerpo inerte
entre su alimento de ramón.
Allá se quedó inerte
entre su alimento de higos del copó.
Allá se quedó inerte
en la rama donde se alimenta de guapaque.
Allá amarré muy bien su cuerpo inerte
debajo de la rama de su alimento de guapaque.
Allá se quedó inerte
debajo de la rama de su alimento
de la fruta del bombax.
Allá amarré muy bien su cuerpo inerte
con la blanca fibra
de la cuerda de mi arco14.

De las farsas y representaciones escénicas, que debieron gozar de bien merecida fama incluso en tiempos coloniales, apenas contamos con las noticias de los cronistas como Diego de Landa, Diego López de Cogolludo y Pedro Sánchez de Aguilar; no obstante, decenas de palabras en los viejos diccionarios, como el de Motul, hacen referencia al arte dramático, a las pantomimas, entremeses y bailes, a los cantores y comediantes, que todavía durante el siglo XVI llenaron de admiración y estupor a los españoles. Naturalmente las comedias -puesto que eran obras a menudo diabólicas, que cumplían su papel en el ámbito de la religiosidad indígena- fueron prohibidas y poco a poco olvidadas, lo que no impidió que los nativos tomaran parte en las representaciones europeas, solicitados casi siempre en su calidad de consumados farsantes, y que allí pusieran de manifiesto su destreza y quizá ocultaran algunos símbolos de la antigüedad. Cogolludo menciona a los dioses yucatecos del canto y la poesía, cuyos nombres están también en el Chilam Balam de Chumayel, pero es probable que tales asignaciones tengan que ver con la tardía influencia de la cultura náhuatl o mexicana en la península15.

Crónicas de familia y títulos de tierras son dos maneras de llamar a ciertos documentos mayas de la colonia, donde las gentes recogen las listas de sus antepasados y las circunstancias por las que atravesaron, tratando de demostrar la calidad de su línea genealógica y los derechos que les amparan -a ellos y a su grupo mayor de parentesco- como ocupantes o propietarios de los territorios en que han vivido por muchos años. En ocasiones, la relación adopta formas históricas o sociológicas de gran interés, o un estilo narrativo muy cuidado, y en otras son áridas enumeraciones, series de nombres o frases breves y contundentes. Las Crónicas de los Xiu son fechables entre 1608 y 1817, el Libro de los Cocomes es de 1646 a 1826, la Crónica de Maní, de 1556, los Títulos de Ebtún, de 1638 a 1829, la Crónica de Chicxulub (Chac Xulub Chen) o Manuscrito de Nakuk Pech es de mediados del siglo XVI, los Papeles Paxbolón-Maldonado se escribieron entre 1565 y 1628 (en el maya chontal de Acalan), el deslinde de tierras de Yaxkukul es de 1554, y los documentos de Sotuta y Ticul, los Papeles de Xtepen o el Título de Acanceh tienen fechas diversas y reproducen más modestamente los modelos anteriores. Aparte de ellos se encuentra el denominado Códice de Calkiní, que para bastantes autores sólo es uno más de los libros de Chilam Balam, aunque realmente está a mitad de camino entre los anales históricos y los documentos de tierras. Siguen ahora dos fragmentos de textos de esta categoría, el primero precisamente del Códice de Calkiní:

Al batab de guerra se le alzaron sus soldados en las sabanas y sucedió que lo mataron en la horca y mataron innumerables personas. Su batab, el batab de los soldados (alzados) era bravo para ir a la muerte y comenzó a pelear a las faldas del bosque alto. Para ir a la guerra se puso sus cuentas kan y sus cuentas tun también; embrazó su escudo, tomó su lanza. Allí en la guerra murió ataviado como dije. Él lo tramó en las afueras de Kuché. Murió valerosamente y en calidad de batab. Pero sus cuentas tun y sus cuentas kan con flores y su kancotom fueron reverenciados. Su lanza se juntó con su kancotom de señor, en montículo, en el bosque alto, como valiente, en su bravura. Fue nuestro antepasado16.

Y del documento número uno de deslinde de tierras en Yaxkukul:

A la par fui con ellos hacia el Norte; fui hasta llegar al pueblo de Yax Icim, gran pirámide. Por su lado Oriente hay unos montones de piedras (mojones): dos, para regresar hacia el Poniente por donde fueron los mismos de Kumché mis compañeros, hasta llegar sobre el pozo de Chen Pisté; allí hay un montón de piedras para pasar hacia el Poniente donde fueron los mismos kumcheelenses mis compañeros, hasta llegar a Ualah Tunich que tiene su montón de piedras, para pasar hacia el Poniente de donde fueron los mismos kumcheelenses mis compañeros, hasta salir sobre el pozo Chen Kanpocolché17.

Los libros médicos, ya lo hemos dejado entrever, forman uno de los capítulos fundamentales de la literatura maya de todos los tiempos. Párrafos sobre curaciones, o haciendo referencia a la magia benevolente, que era utilizada por los chamanes, son frecuentes en escritos de otros géneros, muy especialmente entre las oraciones y conjuros que tienen que ver con espíritus malignos o con los numerosos peligros del aire, del bosque o de la noche. Los libros de Chilam Balam suelen tener secciones de medicina, pero hay manuscritos dedicados por entero a esta ciencia aborigen, mitad empírica y mitad religiosa. La mayor de tales obras es la que William Gates bautizó con el título de Ritual de los Bacabes, debido a que contenía abundantes menciones a estos dioses. Aunque en algunas páginas -que son producto de escribanos diferentes y están adulteradas con referencias cristianas- figura la fecha de 1779, es seguro que el grueso del manuscrito posee superior antigüedad, y tal vez determinados fragmentos sean trasunto fiel de las páginas correspondientes en los analtés o libros de corteza precolombinos.
Otra serie de manuscritos son conocidos en conjunto como Libros del judío, del alias de un tal Ricardo Ossado, quien usaba hierbas y demás remedios nativos en sus curaciones. Destacan entre ellos el Libro del Judío del Museo Peabody, el Libro del Judío de Sotuta, el Libro de Medicina, la Medicina Maya y el Cuaderno de Teabo. Aquí citaremos solamente un breve encantamiento del Ritual de los Bacabes para combatir el asma:

Se calentará una piedra plana, envolviéndola en la planta ix koch; se pondrá muy caliente en el abdomen, sobre la piel de la persona enferma. Estas son las palabras de la curación.
El carbón negro es mi símbolo. Contra el asma fuerte lo romperé sobre la espalda de Itzam-cab (tierra-lagarto). Mi compañero es Suhuy-kak (fuego virgen) cuando rompo el asma fuerte. ¿Quién ata su arbusto? La planta blanca mudz coc es la ligadura de su arbusto. ¡Hun Ahau! ¡Can Ahau!18.

En el apartado de cartas, proclamas y otros escritos políticos debemos incluir un material relativamente abundante, que empieza a circular desde el comienzo mismo de la conquista y conoce temporadas de notable auge en los siglos XIX y XX. Misivas exhortando a la rebelión contra los españoles, correspondencia dirigida a las autoridades coloniales y donde se abordan asuntos centrados casi siempre en los abusos de clérigos y encomenderos, reclamaciones de tierras y bienes, justificación de pretendidos parentescos. Hay una interesante colección de cartas escritas en maya por Jacinto Pat, relacionadas con el levantamiento de 1847 del que fue uno de los responsables; la propuesta de un armisticio redactada por Florencio Chan, que debía poner fin a la guerra de castas; e incluso una curiosa solicitud al emperador Maximiliano. Todo ello tiene, además de un evidente valor histórico, un inapreciable atractivo para los estudiosos de la filología maya, que pueden seguir con estos documentos sintéticos y directos tanto las transformaciones del idioma como su progresiva adaptación a estilos y maneras de expresión propios de la cultura y la mentalidad del Viejo Mundo19.

Las fábulas son cuentos de animales, narraciones que ofrecen enseñanzas útiles o morales mediante alegorías en las que intervienen seres irracionales, que hablan y se comportan como humanos. Los mayas son muy aficionados a este tipo de relatos, que abuelos o padres repiten a los muchachos y que se transmiten oralmente generación tras generación. Sin embargo, en esta categoría la influencia española es a menudo visible, dada la gran difusión de las fábulas tradicionales europeas entre el pueblo llano, que las llevó a América y las propagó de forma natural o amparándose en sencillos procedimientos mecánicos. Veamos como modelo la fábula del cardenal y el ruiseñor:

Empezaron las clases para los pájaros, y el maestro estaba ya dando sus lecciones. El cardenal entraba y salía del salón sin poner ninguna atención. Al pobre ruiseñor ni siquiera lo recibieron y se puso muy triste; andaba pelado, mal vestido, con un pobre plumaje. Es más, lo despreciaron y tuvo que permanecer detrás de la puerta; allí lloró.
Como no pudo entrar a las clases decidió escuchar desde afuera; aunque casi no podía oír las lecciones. Mientras, el cardenal, a pesar de que asistía a las clases, a pesar de estar dentro del salón, a pesar de que tomaba las lecciones, no sabía contestar a ninguna pregunta, no sabía responder. Ya muy avanzado el curso, el cardenal sólo había aprendido a decir, a cantar, el nombre del maestro: Luis, chuc, chuc…, Luis, chuc, chuc…
El ruiseñor estuvo pensando en su nido y al amanecer entonó su bello canto, su bellísimo canto. Mientras, el cardenal, con su arrogante plumaje, su arrogante plumaje rojo, no había aprendido nada. El ruiseñor quedó contento con su humilde plumaje, nunca pudo conseguir otro, es el único que posee. Quedó contento, con su plumaje y con su bellísimo canto20.

El ejemplo es un relato que se supone literalmente cierto y es utilizado por su valor moral. Tiene a veces carácter religioso, porque se inspira en temas bíblicos o porque describe las consecuencias que puede tener para los hombres incumplir las órdenes de personajes sobrenaturales -indígenas o cristianos-, y en otras ocasiones explica la existencia o peculiaridades de algún fenómeno de la naturaleza21. La sentencia, al estilo de muchos refranes o proverbios, trata de condensar en una frase lapidaria la conducta posible y la sanción esperada; es, por decirlo así, la quintaesencia del ejemplo y aun de la fábula o de la leyenda edificante. He aquí un bonito caso de ejemplo:

Don Gabriel tiene un perro al que ha criado, es cazador y un día levanta un armadillo. El hombre consigue darle un machetazo en la cabeza, pero escapa y ambos animales se pierden de vista. Don Gabriel va tras el rastro y descubre que han entrado en un pozo obstruido y estrecho. Entra él también. Al fondo hay tres escalones y se sale a un túnel sinuoso; por tres veces encuentra derrumbes que tiene que limpiar con esfuerzo.
Llega a una estancia donde está el perro ladrando con los pelos erizados, quieto, sin apartar la vista de una mesa de piedra central. Allí está el armadillo, pero se ha convertido en piedra, aunque gotea la sangre por el tajo que le dio en la cabeza. Don Gabriel intenta entonces salir por donde entró, pero un par de serpientes amenazantes se lo impiden. Mira alrededor y ve que todas las paredes están labradas con dibujos y figuras que no entiende; hay además una serpiente labrada y una mano que señala un punto de la estancia. Piensa que puede indicar la salida.
Delante de la mesa de piedra hay unas vasijas llenas de figuritas de jade, y antes de salir echa en su camisa gran cantidad de esos objetos. En ese instante comprueba que no puede moverse; sólo cuando deja el jade en su sitio empieza a sentirse ligero de nuevo y a caminar. Llega hasta otra salida y, deslumbrado por el sol, cae al vacío sobre el mar. Pierde el sentido y lo recupera en la playa donde está su perro junto a él.
Desde aquel suceso, siempre que pasa don Gabriel por el lugar siente espanto. Las personas a quienes ha contado su aventura le han tachado de loco, se han burlado de él o le han reprendido seriamente22.

Una sentencia que quizá fuera adecuada para un caso semejante al anterior sería: Quien se guarda detrás de la sabiduría nunca se ahogará en sangre. Hay otras muchas, con frecuencia integradas en piezas de géneros bien definidos, o parte de la pausada enseñanza de los ancianos, incluso salpicando la conversación habitual en los lugares de encuentro. Por ejemplo: Los recuerdos son tristes, pero son parte del presente y vale la pena recordarlos…; La persona que juega dos papeles estará siempre en lo más carcomido de un hilo que pende sobre la boca de la muerte; o bien De nada sirve la altura del hombre, ni la fuerza como la de un toro o un caballo, si no se tiene entendimiento.

Finalmente, mencionaremos las bombas, breves composiciones poéticas, a veces improvisadas, que se suelen recitar hoy en las tradicionales jaranas yucatecas. Su extensión no supera la estrofa, en ocasiones una cuarteta de octosílabos, aunque el metro es variable y libre; juega un papel principal la gracia e imaginación del bailador o su sentido del humor, pues la bomba tiende a ser un chiste que debe producir la hilaridad del público23. Veamos algunos ejemplos:

Al pasar por la puerta de tu casa
te encontré haciendo tortillas
y entonces cruzó por mi mente
un abrazo cariñoso al cuello… de tu hermana.

Cuando yo pasaba, sentada en cuclillas estabas;
sola con tu jícara te encontrabas.
Cuando yo pasaba, estabas observando
lo alto que estaba tu ombligo.

Antes cuando te quería
te traía carne de armadillo,
pero ahora que ya no te quiero
sólo te traigo el fundillo.
Asííí.

Vale la pena, seguramente, reproducir en maya esta última bomba, para que se pueda apreciar el ritmo y el delicioso juego de palabras:

Kaach y yaakmaneché
u bak’e weech ki tasik tech
belaa ma y yaakumaneché
cheén u nej ki tich’iktech
Beyooo.
24.

Mucho más se podría escribir sin duda sobre la rica literatura de los mayas del pasado y del presente. Tal vez hubiera sido necesario abrir un apartado para las adivinanzas, género ya establecido en 1935 por Margaret Park Redfield después de recoger una importante serie de materiales en el pueblo de Dzitas; o bien separar las leyendas de los mitos, pues éstos para ciertos autores se ocupan especialmente de la cosmogonía; o añadir una sección para las supersticiones, agüeros o anuncios tan numerosos dentro del folklore mágico, como hace Francisco de Asís Ligorred; pero tal empeño nos hubiera llevado demasiado lejos de lo que ha sido ahora nuestro objetivo: brindar al lector de los libros de Chilam Balam un marco amplio de lo que fue y es la expresión oral o escrita tradicional de los mayas, de ese pueblo viejo y sabio que ha ocupado desde hace milenios la península de Yucatán hasta Guatemala y Honduras. Sería muy satisfactorio pensar que esta diminuta rendija a un mundo diverso y exótico puede provocar el deseo de más profundos conocimientos; por si acaso, en la bibliografía final hemos incluido algunos tratados importantes de literatura maya. Dejemos, pues, a los especialistas el debate acerca de las clasificaciones, y la tarea de la escrupulosa crítica filológica, de tantas y tantas hermosas manifestaciones del pensamiento indígena -y de los procesos de aculturación que han tenido lugar en ellas desde el siglo XVI- para volvernos ahora a ese documento excepcional que es el manuscrito de Chumayel.

El Chilam Balam de Chumayel

El texto que publicamos en este volumen puede ser considerado el más importante de los que redactaron los mayas de Yucatán después de la conquista, aunque siempre cabe la posibilidad de que un día aparezca en cualquier remoto poblado o en los polvorientos anaqueles de un convento algún otro todavía superior. Es un extenso compendio de historia y etnografía, resume el juicio y los intereses espirituales de los hombres doctos de la época colonial, constituye con toda probabilidad el horizonte del saber maya de toda una era. La información que proporciona es rica y compleja, el lenguaje y las construcciones idiomáticas que contiene están llenos de dificultades -tanto para los lingüistas como para los mismos indígenas actuales-, y la cantidad de referencias, oscuras, esotéricas, de un sutil misticismo o de una profunda religiosidad con resonancias ancestrales, es abrumadora. No hay duda que el estudio minucioso de sus páginas, cada paso que se avanza en la comprensión de su significado, toda palabra traducida por fin con justicia, nos acerca decididamente a la antigua mentalidad, a la cultura que sucumbió a mediados del siglo XVI. Por la virtud de un esfuerzo semejante la esplendorosa civilización de Tikal o de Uxmal se hace vulnerable a nuestra inteligencia, no transparente, que es empeño sin esperanza, pero sí recupera el nervio de la vida social y la traza de una forma de pensar extraña y distante, cuyos signos parecen ahora, sin embargo, muy humanos.
Si algunos fragmentos de los libros de Chilam Balam son transcripciones a la escritura europea de los textos jeroglíficos prehispánicos, es en el manuscrito de Chumayel donde se concentran indudablemente en mayor proporción, y el lector apreciará el aire arcaico de ciertos capítulos. Aunque toda la obra está cruzada por frases enigmáticas o aparentemente absurdas, es en esas secciones que conservan doctrinas y creencias nacidas en la noche de los tiempos donde la lectura se hace penosa y el sentido de las oraciones desaparece en un mar de símbolos y metáforas. Debemos tener siempre presente que se trata de un libro sagrado de una cultura lejana, que encierra intenciones semejantes a las que guiaron el cálamo o la herramienta de los escribas de los féretros egipcios, de los sacerdotes tibetanos o de los encargados de preparar las tablillas religiosas sumerias.
El manuscrito de Chumayel es un pequeño volumen en cuarto que parece haber tenido cincuenta y ocho hojas numeradas, aunque sólo hay ciento siete páginas escritas en la reproducción hecha por la Universidad de Pennsylvania. Las hojas 1, 50 y 55 se han perdido, y las otras que faltan pueden haber estado en blanco; en la cubierta de piel hay un agujero producido por el fuego. Posiblemente la fecha de la redacción es el año 1782, pero el estilo corresponde mejor al siglo anterior, lo que significa que el escriba tuvo quizá fuentes de inspiración más tempranas. Esa persona fue, según han deducido varios investigadores de la propia información del manuscrito, Juan José Hoil, quien estampó su firma tras una anotación en el mismo tipo de letra que el resto del libro y al lado de la datación citada, 20 de enero de 1782. Únicamente escasas interpolaciones posteriores rompen tal unidad, por ejemplo, de un sacerdote o sacristán llamado Justo Balam, que inscribió dos bautizos llevados a cabo en 1832 y 1833. Cinco años después Pedro de Alcántara Briceño escribió en la misma página que había obtenido el cuaderno por la suma de un peso, tal vez de las manos de Diego Hoil, hijo del compilador. Entre 1858 y 1868 fue adquirido a su vez por Audomaro Molina, el cual comunicaba hacia 1910 al erudito yucateco Juan Martínez Hernández que lo había cedido al obispo Crescencio Carrillo y Ancona.
Cuando ya estaba en posesión del famoso prelado, por el año 1868, el incansable lingüista Carl Hermann Berendt hizo una copia del Chilam Balam de Chumayel, y el arqueólogo Teobert Maler, la primera reproducción fotográfica en 1887. Al morir el obispo, diez años más tarde, el libro pasó a poder de su albacea, J. R. Figueroa y, merced a la intercesión de Molina, fue prestado en 1910 a George B. Gordon, director del Museo de la Universidad de Pennsylvania, que lo fotografió de nuevo ese mismo año. El original fue devuelto a Figueroa, en cuya casa pudo verlo el mayista Sylvanus Morley en 1913, pero una vez fallecido aquél y expropiado el libro, lo depositaron en la Biblioteca Cepeda de Mérida, en 1915, de donde, según dijimos antes, fue sustraído junto a otros valiosos documentos. Morley revisó los fondos de la biblioteca en 1918 y difundió la triste noticia; al publicar su monumental trabajo sobre las inscripciones jeroglíficas de Copán, no pudo por menos que deplorar el destino del manuscrito, aunque juzgase también providencial la existencia de las copias fidelísimas conseguidas en las décadas anteriores. Lo que entonces no sabía Morley es que mucho tiempo después le sería ofrecido el libro por la suma de cinco mil dólares, cantidad inferior a la que reclamaron los ladrones en 1938 cuando apareció a la venta en Estados Unidos. Pero ni los siete mil primeros, ni los cinco mil que pidieron al célebre epigrafista, fueron pagados por nadie -que se sepa, claro está- y el Chilam Balam de Chumayel continúa casi perdido para el público y los especialistas en el día de hoy. Decimos casi perdido porque David Bolles, en un reciente trabajo sobre la literatura maya posterior a la conquista, afirma tener noticias de que el manuscrito se encuentra actualmente en la Biblioteca de la Universidad de Princeton. De los negativos de Maler se había sacado además otro juego completo de fotografías que fue a parar por intermedio de Eduard Seler a la colección de William Gates. Las fotografías de Gordon constituyeron una excelente edición facsimilar, con nota previa del propio director del University Museum, que apareció en Filadelfia el año 1913 y que ha sido utilizada ampliamente por nosotros.
Chumayel es un poblado cercano a Teabo y a unos veinticinco kilómetros al norte de Oxkutzcab, es decir, situado en la mitad occidental del moderno Estado de Yucatán. El nombre es poético y misterioso, pues se traduce lo mismo por el perfume del chum que haciendo referencia a la pezuña de los animales (may) o al principio y origen de las cosas (chun), incluso a la flauta y el acto de tañerla (chul). Como todo ello posee ciertas connotaciones esotéricas -may es denominación ritual del venado, mamífero sagrado de la mitología- es probable que este lugar, perteneciente a la vieja provincia prehispánica de Maní, tuviera en el pasado especial importancia religiosa. Ralph L. Roys, uno de los traductores del texto maya, hizo indagaciones en Chumayel buscando a los descendientes de Juan José Hoil, y pudo reconstruir con bastante detalle la línea masculina desde 1782 hasta 1928, año en que entrevistó a Miguel Hoil -cuyo oficio, curiosamente, era el de vigilante en las ruinas de Uxmal-; ello le condujo a comprobar el rango destacado de los varones de la familia en los tiempos de la redacción del Chilam Balam, y a concluir que Diego Hoil, cura en el suburbio meridense de San Cristóbal, fue quien vendió el documento a Briceño en 183825.
Partes del Chumayel han sido traducidas a distintos idiomas y publicadas desde 1868 -realmente desde 1633, si tenemos en cuenta que Bernardo de Lizana agregó a su Historia de Yucatán las conocidas profecías que aparecen en varios Chilam Balam-, pero existen sólo dos versiones completas, que nosotros conozcamos (aunque se anuncia una más de publicación inminente en México), una en castellano, la primera, preparada por Antonio Mediz Bolio, escritor y filólogo yucateco, y editada en San José de Costa Rica el año 1930 (que ha tenido sucesivas reediciones más modestas en la Universidad Nacional Autónoma de México a partir de 1941), y otra en inglés, la de Ralph L. Roys ya mencionada, que apareció en Washington el año 1933 (y que también ha sido reimpresa por la Universidad de Oklahoma desde 1967). La edición española que nosotros presentamos ahora toma como punto de partida la de Mediz Bolio, respetando su sistema de puntuación y el empleo de cursivas, pero ese texto, que muchos autores califican de excesivamente libre y poético, ha sido sometido a revisión, especialmente por los lingüistas yucatecos de la Academia de la Lengua Maya -cuya sede radica en Mérida, capital de Yucatán- Ramón Bastarrachea Manzano y Domingo Dzul Poot, quienes lo han cotejado pacientemente con el original y han corregido numerosos errores, y también por el autor de esta introducción, que se ha apoyado en comentarios filológicos de distintos expertos y en su conocimiento del idioma y la cultura mayas.
La edición de Ralph Roys fue objeto de una severa crítica del investigador Alfredo Barrera Vásquez, en la que se demostraban no sólo sus insuficiencias y errores sino también los problemas básicos que entraña una labor de esta clase y los requisitos mínimos para emprenderla con ciertas garantías. El mismo Barrera Vásquez, con Silvia Rendón, puso su método en práctica algo más tarde para realizar un cotejo sistemático de las secciones comunes a los diferentes libros de Chilam Balam, y obtuvo una plausible reconstrucción que, por desgracia, no contó paralelamente con los abundantes comentarios y notas que se pueden exigir y que todo estudioso necesita26. La situación hoy es complicada para cualquier interesado en esta fuente antropológica, pues resulta rarísimo que haya un fragmento de las diferentes traducciones del Chumayel que coincida con las demás, y las discordancias son a veces notablemente aparatosas.
Como vemos, las dificultades que encierra la traducción del Chilam Balam de Chumayel son innumerables, primero debido a la naturaleza misma del manuscrito, compuesto de retazos y breves anotaciones, que debían sugerir o recordar al lector maya versado en la cultura ancestral las ideas, plegarias, rituales o mitos, pero que no formaban en absoluto verdaderos relatos, tratados completos y extensas formulaciones. Al igual que sucedía con los analtés prehispánicos, el Chumayel, y todos los escritos de su género, pretendían servir de ayuda al oficiante o predicador, quien seguramente los miraba por encima para hallar la guía de las ceremonias o los discursos. El estilo oscuro o hermético, característico de cualquier libro religioso perteneciente a civilizaciones exóticas, se hace aquí por tanto todavía más intrincado. También sucede que el amanuense omitió los signos de puntuación habituales, y, aunque existen algunas marcas dispuestas regularmente con semejante fin, se convierte en ardua tarea decidir dónde empiezan y terminan frases y párrafos, incluso palabras, y de ello se resiente el sentido del texto, pues en el idioma de Yucatán, rico en términos polisémicos, tales distingos son sustanciales a la hora de elegir entre muy diversas acepciones. Y por si fuera poco, ese idioma se plasma en una grafía prestada, cuyo uso en los albores de la colonia era -según diríamos hoy- meramente experimental, y que resultaba aún engorrosa en el siglo XVIII para las gentes letradas que no hubieran pasado largos años en las escuelas de los frailes o sirviendo en las instituciones administrativas españolas. De hecho, los propios franciscanos interesados en transcribir catecismos y doctrinas a la lengua autóctona tuvieron que adoptar soluciones convencionales, y por ende controvertidas y transitorias, a los graves problemas que encontraban cuando caligrafiaban los sonidos de la pronunciación maya; lengua y formas de expresión que han cambiado bastante desde 1540 hasta la época actual. Todos esos inconvenientes paleográficos y lingüísticos convierten el ensayo de traducción en obvia labor de interpretación, y casi de desciframiento si pensamos en el mal estado del manuscrito, y obligan a ser flexibles en el juicio de las diferentes versiones probables, eliminando opciones antes por respeto a la congruencia cultural que por dudosas ortodoxias semánticas.

Epígrafes

Tomando como criterio las divisiones temáticas que acostumbramos reconocer en los tratados misceláneos europeos, podemos afirmar que el Chilam Balam de Chumayel contiene apartados sobre historia, cronología, astronomía, genealogía, teología, cosmogonía, series de profecías e interrogatorios de carácter iniciático. Para una mejor comprensión del texto, hemos tomado la determinación, común a todos los editores del manuscrito, de fraccionarlo a medida que van diferenciándose los asuntos, y de añadir títulos alusivos que creemos no distorsionan el sentido ni interrumpen la natural continuidad de las anotaciones. Pensamos firmemente que al viejo h-men y h-miats Juan José Hoil no le hubiera resultado chocante o sacrílega esta manera de proceder. Veamos pues la razón de los distintos epígrafes:
El capítulo primero trata de los orígenes de las tribus, de los antepasados fundadores de la sociedad -seres míticos, seguramente divinizados y a los que se rendía culto-, de las antiguas migraciones y de los acontecimientos históricos que llegan hasta la época en que se inicia la decadencia de Chichén Itzá. Hay una referencia inicial al aspecto del universo, que pretende delimitar el escenario en que se van a desarrollar los hechos posteriores. El aire arcaico de todo el fragmento le confiere gran importancia arqueológica, como la tiene también el párrafo que menciona la misteriosa y fundamental figura de Hunac Ceel Cauich, uno de los principales jefes en las luchas que mantuvieron los reinos septentrionales de la península de Yucatán durante el período Postclásico Medio y aun después. Hemos llamado a esta parte Crónica de los antepasados, porque suponemos que el objetivo del compilador fue establecer la memoria de los antiguos gobernantes de la región. Su extensión llega desde la página 1 (no se olvide que falta la primera hoja del manuscrito original) hasta la página 12.
El capítulo segundo es una oscura profecía con resonancias históricas, pues el escriba se extiende en una amarga lamentación sobre la pasada o inminente dominación de los cristianos. Es conveniente advertir ahora que el concepto del tiempo para los mayas precolombinos difiere sensiblemente del que prevaleció en el Viejo Mundo. En sus anuncios y admoniciones los profetas indígenas confunden de forma natural el tiempo pretérito con el tiempo futuro, ya que lo que una vez sucedió volverá a suceder, y el porvenir no es otra cosa que la llegada de los mismos signos causantes de los acontecimientos que ocurrieron en algún remoto rincón de la historia cíclica. El período Katún Once Ahau (es decir, uno de los lapsos de 7.200 días identificado porque terminaba en una fecha 11 Ahau del calendario adivinatorio perpetuo de 260 días) es el que contempló el arribo de los españoles; pero ese mismo período particular regresaba en la cuenta eterna de los días cada 256 años occidentales aproximadamente, y siempre lo hacía con su misma carga de bondades o desgracias.
Hemos titulado esta parte Lamentaciones en un katún Once Ahau. Comprende desde la página 13 a la 15 del manuscrito original, numerado, según hemos advertido antes, por las hojas conservadas.
El capítulo tercero comienza con el recuerdo de la gloria de los reyes primitivos y, como si el redactor hubiera querido forzar el contraste con el momento que vivía, prosigue de inmediato narrando la conquista y sus consecuencias. Es un fragmento lleno de hermosos símbolos y de melancolía, quizá la mejor descripción americana del momento justo del contacto cultural, con un epílogo de poética resignación que se resume en la célebre sentencia:
Toda luna, todo año, todo día, todo viento,
camina y pasa también.
Así toda sangre llega al lugar de su quietud,
como llega a su poder y a su trono.

Es decir, la confirmación de que la era de la cultura maya independiente había acabado para siempre; completada en su justa medida, era de razón que cayera en el olvido. Un tipo de fatalismo éste característico de los sabios del Mayab, pero que no obstaculizó los sucesivos levantamientos y rebeliones de la época colonial y de la republicana.
Esta parte se titula El final del tiempo antiguo. Podría ser un verdadero kahlay sobre los tsules, lo que quiere decir un memorial o relato indígena acerca de los españoles. Ocupa las páginas 15 a 21 del original maya.
El capítulo cuarto trata algunas cuestiones calendáricas y astronómicas. Evidentemente, está inspirado en los almanaques hispánicos, aunque incluye una interesante cuenta de los uinales (meses mayas de veinte días) adaptada al año cristiano. Las observaciones sobre los eclipses son de una deliciosa ingenuidad y, como el autor dice, constan ahí para que sepan los hombres mayas qué es lo que le sucede al sol y a la luna. Esta breve sección contiene también el dibujo de un escudo de armas, que viene a ser un mapa de Yucatán por los nombres que lleva, y así cabe pensar que los indígenas otorgaban capacidad descriptiva y geográfica a los escudos que representaban el país: ¡curiosa y atinada manera de interpretar esta clase de alegorías! Denominamos el capítulo Notas calendáricas y astronómicas, se encuentra entre las páginas 21 y 27 del original.
El capítulo quinto es de los más notables del manuscrito. Constituye el mejor testimonio que poseemos de las pruebas que debían pasar los dignatarios y jefes políticos de los Estados de Yucatán para obtener la legitimidad en el ejercicio de su cargo. Una serie de acertijos, que el propio texto califica de lenguaje de Suyua (para algunos autores, el enigmático lugar de procedencia de los habitantes del Mayab, aunque suyuá también puede significar simplemente lo que es simbólico o figurado), son propuestos a los altos personajes, que están obligados a descifrar su sentido. Ello les identifica como miembros de los linajes dominantes, conocedores de las claves místicas que se manifestaron en la iniciación o enseñanza para su oficio. Son palabras secretas que probablemente introdujeron los grupos venidos del sur, conquistadores de la península en sucesivas oleadas a partir del siglo VIII, o los mexicanos más tardíos, con el fin de reconocerse entre sí y mantener el predominio sobre la gran mayoría de la población.
Claro es que en los albores del siglo XVI tales pruebas formaban parte del ritual de acceso al desempeño de los cargos públicos, mas parece dudoso que todavía conservaran la calidad discriminadora de antaño. Seguramente perduraron como otros tantos signos de la identidad étnica tradicional, sin que sirvieran ya para discernir abiertamente la limpieza de sangre de los aspirantes. En cualquier caso, el habla de Suyua, las preguntas a los jefes, además de un ejemplo excelente de la literatura de imaginación, revela aspectos muy sugestivos de la organización social de los mayas yucatecos.
Hemos llamado a esta sección del Chumayel Palabras del Suyua tan, lo que quiere decir lenguaje figurado, cuestionario de Suyua, o el diálogo secreto de los señores. Comprende las páginas 28 a 42 del manuscrito.
El capítulo sexto es un magnífico compendio de las ideas religiosas mayas de los primeros tiempos de la colonia. Consta de dos subdivisiones, claramente separadas por el amanuense indígena, pero que nosotros hemos unido ahora justificados por la similitud del asunto y del estilo expresivo. En la primera se narra la creación del mundo y se profetiza sobre su final; es uno de los fragmentos del libro con sabor más prehispánico, teñido de un turbador esoterismo que parece estar sólo al alcance de los antiguos sumos sacerdotes. En la segunda, que empieza con las palabras Dominus vobiscum, se dibuja el entendimiento de la religión cristiana impuesta a los mayas, y, como era de esperar, resulta una calamitosa amalgama de sorprendentes latines, terminología de la iglesia católica, personajes de la liturgia romana, y creencias tradicionales de Yucatán; es decir, el autor realizó un esfuerzo para conciliar la religión de sus antepasados con la fe extranjera, y lo hizo por el método de sumir sin titubeos los escasos, y deslavazados informes que poseía sobre la doctrina de los frailes en una imagen del cosmos nativo bastante parcial y algo aberrante. Con tenacidad y un meticuloso análisis es posible extraer de esa segunda parte datos interesantes para la reconstrucción del panteón anterior a la conquista, por tanto es recomendable pasar por alto los disparatados nombres y hasta párrafos en latín, y ver en el intento de incorporación del lenguaje eclesiástico la auténtica situación de sincretismo que se produjo -y aún subsiste- en América. Queda patente, por último, el deseo de adecuar la nueva religión al simbolismo y al profundo temple místico de la antigua, ocultando tal vez ésta en aquella para preservarla de persecuciones y olvidos.
Hemos titulado esta sección Los viejos y los nuevos dioses; comprende las páginas 42 a 53 del manuscrito maya.
Sigue a continuación una breve profecía acerca del semblante -o suerte- de un katún Trece Ahau, firmada por el sacerdote Chilam Balam. Así, hemos denominado este capítulo séptimo, entre las páginas 53 y 54 del manuscrito, El katún Trece Ahau.
El capítulo octavo es una curiosa muestra de los cantos que podemos llamar reflexivos, donde se ponen de manifiesto, a la manera de los melancólicos poemas del altiplano de México, las dudas sobre la naturaleza y el destino del hombre. En este caso el pretexto son los itzaes, los célebres fundadores o conquistadores de la gran ciudad norteña de Chichén Itzá, los que llenan con sus peripecias históricas las crónicas indígenas tardías, un pueblo misterioso del que todavía se sabe muy poco. Hemos titulado el pasaje Canto triste de los itzaes; se extiende de la página 58 a la 60 del texto maya.
En la página 60 del manuscrito de Chumayel da comienzo otro importantísimo capítulo, el noveno, que hemos llamado El nacimiento del uinal. Es un largo poema de asunto calendárico, que describe la creación a lo largo de los veinte días del mes maya. Como en otros lugares de la obra, se pretende aquí ajustar las creencias occidentales a las del antiguo Yucatán, y a falta de una semana de siete días se emplea la de veinte. Sin embargo, el autor superó con mucho ese modesto objetivo para ofrecernos una perfecta representación del sentido que tenía el tiempo para los yucatecos prehispánicos, pues hace hincapié fundamentalmente en la índole casi viva y actuante de los períodos cronológicos, cargados de señales que determinan los acontecimientos en la tierra y en el cielo.
El capítulo décimo tiene una corta introducción con algunos hechos acaecidos entre 1519 y 1692, al estilo de los anales del centro de México -los Anales de Cuauhtitlan, por ejemplo- que hacen ver el paso del tiempo enumerando de corrido fechas y sucesos27. A continuación sigue una profecía para un katún 10 Ahau, que probablemente terminaba hacia el año 1697, aunque la correlación no está clara y puede tratarse de un error del copista28. Por último, se desarrolla la extraña aventura de un personaje llamado Antonio Martínez y Saúl, sobre el cual nadie posee, al parecer, la menor información; las razones de que los sabios mayas incluyeran un episodio tan insólito en sus libros de Chilam Balam (puesto que también hay otras versiones en el Tizimín y en el Maní) son un auténtico enigma. Hemos unido estos fragmentos bajo el título Sucesos en un katún Diez Ahau. Llenan las páginas 63 a 67 del manuscrito original.
En el capítulo decimoprimero encontramos de nuevo los acertijos del lenguaje de Suyua, ahora con un estilo algo más esquemático. Lo hemos titulado Segunda serie de palabras del Suyua tan, y se encuentra entre las páginas 67 y 71 del libro sagrado.
El capítulo decimosegundo se abre con una bella exhortación, y pasa en seguida a describir la carga o sino de cuatro períodos katúnicos; posteriormente, y tras el dibujo de una rueda de katunes (los trece lapsos cronológicos que se completan en un día Ahau diferente, sumando en total 93.600 días), se inicia una crónica muy escueta que corre desde el descubrimiento de Chichén Itzá por los que se supone sus primeros pobladores -tal vez los itzaes, en todo caso las gentes de la facies cultural que los arqueólogos han bautizado con el término Puuc-, hasta poco después del fallecimiento del obispo Diego de Landa. Se rememoran a continuación con más detalle algunos hitos de la mitología y la historia de la región. Finalmente, hay otra relación de katunes referidos sobre todo a sucesos ocurridos a los itzaes, que termina a su vez algunos años más tarde de la desaparición del famoso prelado.
Una interesantísima nota llama luego nuestra atención: Estoy en 18 de agosto de este año de 1766. Hubo tormenta de viento. Escribo su memoria para que se pueda ver cuántos años después va a haber otra. Aquí Juan José Hoil expresó con nitidez la idea básica del acontecer cíclico, idea que impregna la imagen maya del mundo en la época precolombina.
Termina esta parte del Chumayel con varios apuntes de distintas manos, que muestran cómo se transmitió el manuscrito ya en el siglo XIX y otras particularidades. Ocupa el capítulo, llamado La rueda de los katunes, las páginas 71 a 84 del original.
El libro aborda seguidamente, luego de un fragmento histórico en donde se vuelve a mencionar la llegada y el establecimiento de los españoles, los vaticinios para una serie de trece katunes, con fechas cristianas que van de 1560 a 1780. Es un texto ejemplar, que reúne la fuerza de los intérpretes de los dioses, el ímpetu de su oratoria, con multitud de símbolos sagrados y ligeras disquisiciones morales. Las líneas postreras, sin embargo, que describen el juicio final, reflejan la influencia de la religión católica y de muchas fórmulas que le son propias.
Hemos titulado este capítulo decimotercero del Chumayel Vaticinios de los trece katunes. Empieza en la página 85 del manuscrito y llega hasta la 103.
En las restantes cinco páginas del libro maya se contienen varias profecías con los nombres de otros tantos sacerdotes a cuya boca se atribuyen: Napuc Tun, Ah Kin Chel, Nahau Pech, Natzin Yabun Chan y Chilam Balam. Hemos llamado a este capítulo decimocuarto Las últimas profecías, porque dejan traslucir una profunda nostalgia salpicada con la ira de los que saben inevitable el fin de su tiempo, la postergación de sus creencias y tradiciones, la confusión de las costumbres. Abrumado por la desgracia que se cierne sobre el Mayab, pero tenaz en el clamor frente a los invasores barbados, el compilador del libro escribió la más amarga de las quejas cuando culminaba la prédica de Chilam Balam: ¿Qué profeta, qué sacerdote será el que interprete rectamente las palabras de estas escrituras?

El pensamiento religioso de la época tardía

El lector que se adentre por primera vez en los intrincados vericuetos verbales y simbólicos del Chilam Balam de Chumayel, encontrará de inmediato paralelos estilísticos con los respectivos libros doctrinales y sagrados de otras religiones de la antigüedad o de las culturas que están fuera de la corriente occidental. Muchos fragmentos del libro egipcio de los muertos, por ejemplo, tienen un cierto aire de familia con los textos mayas. En este sentido, puede afirmarse que los manuscritos yucatecos pertenecen al género de obras esotéricas comunes a casi todos los pueblos letrados del pasado y del presente.
No obstante, hay un rasgo particular que singulariza estos textos y los hace todavía más enrevesados. Fueron compuestos durante un largo y turbulento período de contacto entre civilizaciones muy diferentes, que eran a su vez producto de largos y complejos procesos evolutivos. Nunca antes el Viejo y el Nuevo Mundo habían mantenido clase alguna de relación, ni sospecharon siquiera la existencia el uno del otro. Esto, desde luego, hasta donde llegan las pruebas controladas científicamente, y fuera del campo de las remotas hipótesis de los visionarios, las oscuras profecías y las leyendas de carácter platónico. Nada igual sucedió en Egipto, la India, Camboya o China. Desde los tiempos de los cazadores y recolectores nómadas del Paleolítico, las diversas regiones americanas construyeron con total independencia sus propias vías de desarrollo y adaptación cultural, creando los mitos que daban orden y sentido al universo y las leyes que hacían posible y lógica la convivencia de los miembros de la sociedad.
El penetrante espíritu religioso fácil de apreciar en el Chumayel es, por tanto, resultado de un colosal replanteamiento de todos aquellos pilares que sustentan la vida de las gentes en colectividad y evitan la locura. Es, por decirlo así, la expresión del doloroso intento de un pueblo por restaurar su conciencia, por salir del estado de estupor causado por un repentino y formidable impacto intelectual y emocional. No corresponde, consecuentemente, al momento histórico, corto o largo, en que una sociedad cambiante puede hallarse; representa, por el contrario, la capacidad de supervivencia, la voluntad de perduración, el ansia de saber y comprender, de unas gentes sometidas a un choque brutal y consternadas por el derrumbamiento de su realidad. En lugar de refugiarse en el letargo o la resignación, los mayas hicieron suya una parte, una mínima parte, de la cultura española, y con tal herramienta iniciaron el análisis de la nueva situación. Revueltas y luchas intermitentes fueron las consecuencias en el terreno político, los libros de Chilam Balam fueron los resultados en el terreno ideológico. Para comprobar hasta qué punto son, contemplados desde esa perspectiva, obras originales, podemos hacer un ligero repaso de la información usual sobre la mentalidad religiosa de los yucatecos en los dos siglos anteriores a la conquista.
Previamente, sin embargo, cabe mencionar los nombres de los principales grupos de parentesco o étnicos que ocupaban la mitad septentrional de la península hacia finales del siglo XV. Muchos de ellos poseían sus divinidades y cultos propios, que habían traído quizá desde las ciénagas de Tabasco, los lagos y los ríos del Petén o Chiapas, e incluso desde las frías cumbres de las altiplanicies mexicanas.
El linaje Cocom fue probablemente el más poderoso de Yucatán en las últimas décadas de independencia. Los documentos aseguran que gobernaba Chichén Itzá y la isla de Cozumel, y que sólo posteriormente trasladó su residencia a la provincia (cuchcabal, en maya) de Sotuta. Los señores de Mayapán, la populosa y dominadora ciudad de los siglos XIII y XIV, pertenecían también -en parte y, quizá, en determinados períodos de tiempo- a la familia de los Cocom. Algunos autores suponen que eran itzaes procedentes de la Chontalpa, en el sur, y que hablaban la lengua mayachontal, emparentados, por tanto, con las gentes que visitó Hernán Cortés en Itzamkanac durante su épica marcha a las Hibueras. Ellos se decían descendientes del caudillo-dios Kukulcán, la serpiente con plumas.
Los Tutul-Xiu (o simplemente Xiu) fueron los enemigos permanentes del linaje Cocom. Llegaron igualmente desde el sur, tal vez de tierra mexicana, pero se establecieron en Uxmal durante algunos años. Las Relaciones de Yucatán afirman que el primero de los Tutul-Xiu que reinó en Uxmal se llamaba Hun Uitzil Chac: (cinco generaciones antes de la conquista española, según el árbol genealógico de la familia Xiu que se encuentra en el museo Peabody de la Universidad de Harvard), aunque otras fuentes sugieren que el fundador de Uxmal fue Ah Zuytok Tutul-Xiu en un katún 10 Ahau (posiblemente entre 1421 y 1441). Después de habitar Mayapán junto a los Cocom, los Xiu pasaron a residir en la provincia de Maní.
El linaje Chel se estableció en la provincia de Ah Kin Chel luego del abandono de Mayapán hacia la mitad del siglo XV. Ah Kin Chel significa el sacerdote Chel, pues este grupo de aventureros y soldados era mandado por un individuo que portaba el título religioso. La ciudad más importante de su jurisdicción territorial era Izamal, centro sagrado durante el período Clásico, conquistada por los toltecas de Kak-u-Pacal y Uilo, y más tarde ocupada por los seguidores del gran rey Kinich Kakmo, que fue deificado y venerado en los templos del lugar. Avanzado ya el siglo XV, un discípulo del profeta Ah Xupan (o Ah Xupan Nauat) que vivía en Mayapán, de nombre Mo Chel, se hizo nombrar sacerdote y emigró con un nutrido séquito de gentes a la costa norte, para asentarse después definitivamente en Ah Kin Chel y fijar la capital en Tecoh.
El linaje Cupul daba nombre también a su provincia, aunque en ella el poder no estaba centralizado, sino dividido en muchas localidades autónomas. Los documentos del siglo XVII informan que Kukum Cupul fue uno de los jefes guerreros que llegaron de México, y, si bien el grueso del grupo se hallaba en los alrededores de Valladolid (la Saci indígena) cuando la invasión española, parece que esta unidad étnica estuvo relacionada con Chichén Itzá y con Mayapán.
El linaje Canul o Ah Canul había salido de Mayapán en el momento de la dispersión, guiado por nueve jefes a cuya cabeza figuraban Ah Paal Canul y Ah Dzun Canul. Poblaron una de las mayores provincias prehispánicas al noroeste de la península, y se organizaron en una confederación de ciudades regidas por señores que eran mayoritariamente del grupo de parentesco. Los documentos históricos indican que eran un pueblo del oriente, venido de Suyua, hombres mayas o del Petén Itzá. La crónica fundamental para el conocimiento de los Canul es la encontrada en Calkiní.
El linaje Couoh gobernaba la provincia de Chanputún, la más sureña de la costa occidental yucateca. El lugar fue probablemente el Chakanputún de los manuscritos mayas, por tanto el punto de origen y de retiro de los enigmáticos itzaes. Era un pueblo de valientes guerreros, que se enfrentó con éxito a los españoles dirigido por Moch Couoh y que vivía sobre todo de la pesca y del comercio. Por esa tierra, frente a la actual ciudad de Champotón, dice la leyenda que entró en el mar Quetzalcoatl-Kukulcán luego de haber conquistado Chichen Itzá, y que hizo erigir un edificio sobre un islote para eterna memoria de su partida.
El linaje Cochuah gobernaba la provincia del mismo nombre, en el centro-este de la península. Se trata de un grupo que podría estar emparentado con los señores de Chichén Itzá, controlar la región de la bahía de la Ascensión y poseer factorías comerciales en el río Ulúa, en Honduras. Es decir, algo semejante a lo que hacían los Cocom y los chontales de la provincia de Acalan.
Al linaje Pech, finalmente, pertenecía el halach uinic o gobernador de la provincia de Cehpech, en el impenetrable litoral noroccidental. La capital estaba situada en Motul, donde el fundador Nohcabal Pech se había instalado con sus parciales después de la caída de Mayapán. La sal constituía una de las principales riquezas del territorio29.
La religión maya de todos los tiempos ha descansado en el extendido y polifacético culto a los antepasados. Desde el momento remoto, allá por los siglos V o IV antes de nuestra era, de la construcción de la primera pirámide que debía perpetuar el recuerdo del linaje gobernante descendiente directo del dios fundador de la sociedad, hasta los modestos ritos contemporáneos en lugares como Chichicastenango, siempre ha estado presente en el núcleo de sus creencias la idea de que el orden social es un reflejo del orden universal. Como resultan básicas las relaciones de parentesco para la integración solidaria de las comunidades que habitan regiones selváticas, la organización parental llega a erigirse en el modelo y la medida de la armonía total del mundo percibido. Entonces se explican y respaldan las normas de comportamiento colectivo por referencia a las características de la realidad exterior que está fuera del control humano. Es decir, los grandes fenómenos de la naturaleza, el movimiento o la existencia misma del sol, la desaparición periódica de Venus, la lluvia y las tempestades, el viento huracanado y la inagotable fertilidad de la tierra, se convierten en visibles ejemplos de la ley divina a la que tiene que someterse e imitar la norma que regula la vida grupal.
Así, los ancestros deificados suelen ser confundidos con elementos siderales y partes activas de la naturaleza. Los mitos cuentan sus orígenes y el lugar que ocupan en el cosmos, y, a veces, también los lazos que mantienen con los seres humanos. Las manifestaciones cósmicas del tiempo y el espacio son estudiadas y adoptadas por medio de una complicada maquinaria ideológica y práctica llamada calendario. Cualquier cosa encuentra su lugar, su legitimación y su significado, en esa tupida red de conexiones. Los dioses, por último, son los padres-maestros-legisladores, importantes héroes culturales, próximos y distantes simultáneamente, poseedores de una historia ejemplar que es fundamento de la moral para todas y cada una de las situaciones sociales.
A partir del siglo X de nuestra era, quizá algunas centurias antes, la religión rígidamente centralista, uniforme y estatalizada, de las tierras bajas mayas, focalizada en la veneración de los reyes-dioses y sus antepasados celestiales, dio paso a otra mucho más variada y familiar. Las gentes que invaden el territorio en sucesivas oleadas introducen multitud de dioses étnicos, númenes tutelares de los grupos de parentesco, receptáculo de viejas y distintas tradiciones. Los grandes dioses del pasado, del período Clásico, son adorados ahora por los linajes en el poder, pero comparten su prestigio con otros muy numerosos y se diversifican en decenas de advocaciones especializadas. Son, principalmente, el dios del cielo Itzamná, el dios solar Kinich Ahau, el dios de la lluvia y las tormentas Chac, el dios de la muerte Yum Cimil, el dios de los mercaderes Ek Chuah, el dios del maíz y de la prosperidad agrícola Ah Mun, la diosa de la luna y de la tierra Ix Chel, y los dioses de los días finales del ciclo anual Bacabes. Pero la personalidad de alguno de ellos penetra en los demás: el sol, por ejemplo, pertenece al firmamento, y Kinich Ahau puede ser manifestación de Itzamná. Desde otro punto de vista, Itzamná es Chac porque en el cielo se originan las lluvias, es Ah Mun bajo el aspecto de Itzamná Kauil que da los alimentos gracias al agua que desciende de las alturas, es el mayor de los ancestros fundadores Bolon Dzacab porque en él reside la clave del ordenamiento del universo -allí se produce el movimiento de los astros, la sucesión de los días y las noches, el tiempo, en una palabra, como también el espacio, que es definido por los puntos solsticiales-; es igualmente Hunab Ku porque integra la totalidad de los fenómenos posibles, y es el esposo y la versión masculina de Ix Chel, pues el cielo cabalga sobre la tierra y se une a ella de forma permanente, y el sol y la luna se reparten la luz diurna y la luz nocturna. En fin, se trata de una estructura de significados que se imbrican entre sí, ordenada en torno al principio cosmológico de los tres pisos o regiones (el firmamento, la superficie de la tierra y el inframundo) y segmentada por agrupaciones funcionales que sugieren las necesidades de la vida social.

Muchas divinidades estaban conectadas con los puntos cardinales, por ejemplo, los cuatro Chaces de la lluvia, los cuatro Pauahtunes del viento, los cuatro Ah Musencabes o dioses abejas, y los cuatro Bacabes que soportaban la bóveda celeste. Esas direcciones eran colores, el rojo para el este, el negro para el oeste, el blanco para el norte y el amarillo para el sur. Seguramente, el verde-azul indicaba el lugar central del universo. También en los distintos rumbos se hallaban las ceibas sagradas imix che, árboles de la abundancia, que enlazaban los niveles o pisos del cosmos hundiendo sus raíces (que adoptaban a veces aspecto de cocodrilo) en el suelo y elevando su copa (imagen de la proliferación del grupo de parientes) hasta las alturas superiores.
Gobernaba el abismo infernal el dios Hunhau o Cumhau, llamado en ocasiones Xibalbá y Uacmitún Ahau, o equiparado con el de la muerte Cizin. Los pueblos procedentes de México habían introducido en Yucatán el culto a Quetzalcoatl, la serpiente con plumas, cuyo nombre maya fue Kukulcán; era dios de la guerra, del viento y del planeta Venus, y un importante héroe civilizador que tomó parte en la creación de los primeros hombres y obtuvo para ellos el principal alimento vegetal, el maíz. Los grandes linajes de gobernantes del comienzo del siglo XVI se decían descendientes de Kukulcán, como los Cocom de la provincia de Sotuta, o celebraban festivales en su capital con asistencia de peregrinos y sacerdotes de toda la región, como los Xiu de la provincia de Maní. En esta época tardía otras divinidades mexicanas se habían incorporado al panteón yucateco, la más significativa de las cuales era Tláloc, antiguo señor de las aguas celestiales o terrenales, que llegó ya antaño a la jungla del Petén guatemalteco con los mercaderes y ejércitos de Teotihuacán.
El Chilam Balam de Chumayel recoge los nombres de algunos antepasados fundadores de grupos de parentesco, y es muy probable que cada patrilinaje rindiera culto al suyo, aunque sólo los más destacados fueron mencionados por cronistas y escritores indígenas. Por ejemplo, Sacalpuc, Ah Mex Cuc, Ix Kan Tacay, Holtún Balam, y Hochtún Pot. Podemos afirmar que la mayoría de los centenares de ídolos destruidos por los conquistadores representaban a los ancestros de los habitantes de cada poblado. En lo que toca a la organización sacerdotal, el texto cita a menudo los grandes dignatarios de las jurisdicciones territoriales, empezando por los ahaucanes y ahkines (nombre genérico también para cualquier clase de sacerdote), y siguiendo por chilanes, es decir, profetas o intérpretes de los mensajes divinos, y ah bobates, profetas y adivinos. Los nacomes se encargaban de los sacrificios cruentos, y los chaces prestaban ayuda en las ceremonias y en determinados actos litúrgicos. Igualmente, el supremo jefe político, el halach uinic, figuraba a la cabeza de la iglesia indígena, y los batabes que regían los asentamientos tenían simultáneamente funciones religiosas.
Las celebraciones colectivas tenían lugar en los centros monumentales, donde se erguían las pirámides con templos y otros muchos edificios dedicados a las distintas facetas del culto. Los ritos que produjeron perdurable impresión a los españoles, y de los que fueron desgraciados sujetos a veces, eran los sacrificios humanos, en los cuales, por lo general, se extraía el corazón de la víctima en lo alto de los basamentos de los santuarios, entre cánticos y músicas de lúgubre resonancia. Diego de Landa recoge, sin embargo, los festivales periódicos relacionados con el calendario, y también ritos de paso del ciclo Vital, como el llamado caputzihil, cuyo contenido suele ser menos dramático y rico por igual en símbolos de renovación y fertilidad30.
No vamos a extendernos más en la descripción de un sistema religioso de gran complejidad que requeriría espacio del que no disponemos. Pero conviene insistir en las repercusiones que el estudio de los libros de Chilam Balam tiene para su cabal comprensión, y, aunque sean tantos los enigmas que permanecen indescifrados como los que una correcta interpretación de los diferentes pasajes ayuda a resolver, estas obras constituyen la aportación indígena esencial al conocimiento de su propio mundo ideológico. El esfuerzo de los escritores mayas de la colonia por hacer duradera la sabiduría tradicional, bien que no pudieran evitar el sincretismo de los conceptos y la imitación del formato de los populares almanaques europeos, es sin duda el mayor acontecimiento desde que los antiguos sabios redactaron las inscripciones jeroglíficas. Nadie que pretenda entender la cosmovisión, la mentalidad de los hombres que integraron la sociedad precolombina, puede prescindir de los libros de Chilam Balam, y sobre todo del manuscrito de Chumayel. Y para cualquier lector diremos, parafraseando a Rainer María Rilke, que en ese libro

hay vidas de las que nunca se hubiera sabido,
que surgen y se mezclan con lo que realmente fue,
y desplazan pasados que se creía conocer:
pues se descubre en ellas una nueva fuerza calmada,
mientras lo que siempre estuvo cerca de nosotros aparece
cansado del recuerdo excesivamente frecuente.

Miguel Rivera Dorado
Madrid, invierno de 1986

Capítulo I
Crónica de los antepasados
el primer hombre de la familia Canul. La calabaza blanca, la hierba y el palo mulato son su enramada… El palo de Campeche es la choza de Yaxum, el primer hombre del linaje Cauich.
El Señor del Sur es el tronco del linaje del gran Uc. Xkantacay es su nombre. Y es el tronco del linaje de Ah Puch.
Nueve ríos los guardaban. Nueve montañas los guardaban.
El pedernal rojo es la sagrada piedra de Ah Chac Mucen Cab. La Madre Ceiba Roja, su Centro Escondido, está en el Oriente. El chacalpucté es el árbol de ellos. Suyos son el zapote rojo y los bejucos rojos. Los pavos rojos de cresta amarilla son sus pavos. El maíz rojo y tostado es su maíz.
El pedernal blanco es la sagrada piedra del Norte. La Madre Ceiba Blanca es el Centro Invisible de Sac Mucen Cab. Los pavos blancos son sus pavos. Los frijoles lima blancos son sus frijoles. El maíz blanco es su maíz.
El pedernal negro es la piedra del Poniente. La Madre Ceiba Negra es su Centro Escondido. El maíz pinto es su maíz. El camote de pezón negro es su camote. Las palomas negras silvestres son sus pavos. El akab chan (variedad de maíz) es su maíz. El frijol negro es su frijol. El frijol lima negro es su frijol.
El pedernal amarillo es la piedra del Sur. La Madre Ceiba Amarilla es su Centro Escondido. El pucté amarillo es su árbol. El pucté amarillo es su camote. Las palomas silvestres amarillas son sus pavos. El maíz amarillo es su mazorca.
El Once Ahau es el katún en que aconteció que tomaron posesión de los lugares.
Y empezó a venir Ah Ppisté. Este Ah Ppisté era el medidor de la tierra.
Y entonces vino Chacté Abán, a buscar sus lugares de descanso y fin de sus jornadas.
Y vino Uac Habnal a marcar las medidas con señales de hierba, entretanto venía Miscit Ahau a limpiar las tierras medidas, y entretanto venía Ah Ppisul, el medidor, el cual medía amplios lugares de descanso.
Fue cuando se establecieron los jefes de los rumbos Ix Noh Uc, Jefe del Oriente. Ox Tocoy Moo, Jefe del Oriente. Ox Pauah, jefe del Oriente. Ah Mis, jefe del Oriente.
Batún, Jefe del Norte. Ah Puch, Jefe del Norte. Balamná, Jefe del Norte. Aké, Jefe del Norte.
Kan, Jefe del Poniente. Ah Chab, Jefe del Poniente. Ah Uucuch, Jefe del Poniente.
Ah Yamás, jefe del Sur. Ah Puch, Jefe del Sur. Cauich, Jefe del Sur. Ah Couoh, Jefe del Sur. Ah Puc, Jefe del Sur.
La gran Abeja Roja es la que está en el Oriente. Las flores de corola roja son sus jícaras. La flor encarnada es su flor.
La gran Abeja Blanca es la que está en el Norte. Las flores de corola blanca son sus jícaras. La flor blanca es su flor.
La gran Abeja Negra es la que está en el Poniente. El lirio negro es su jícara. La flor negra es su flor.
La gran Abeja Amarilla es la que está en el Sur. La flor amarilla es su jícara. La flor amarilla es su flor.
Entonces se multiplicó la muchedumbre de los hijos de las abejas, en la pequeña Cuzamil. Y allí fue la flor de la miel, la jícara de la miel y el primer colmenar y el corazón de la tierra.
Kin Pauah era el gran sacerdote, el que gobernaba el ejército de los guerreros y era el guardián de Ah Hulneb, en el altar de Cuzamil. Y de Ah Yax Ac-chinab y de Kinich Kakmó.
A Ah-Itz-tzim-thul chac reverenciaban en Ich-caan-sihó, los de Uayom Chchichch. Eran sacerdotes en Ich-caan-sihó, Canul, IxPop-ti-Balam, los dos Ah Kin Chablé. Su Rey era Cabal-Xiú.
Los sacerdotes de Uxmal reverenciaban a Chac, los sacerdotes del tiempo antiguo. Y fue traído Hapai-Can en el barco de los Chan. Cuando éste llegó, se marcaron con sangre las paredes de Uxmal.
Entonces fue robada la Serpiente de Vida de Chac-xib-chac, la Serpiente de Vida de Sac-xib-chac fue robada. Y la Serpiente de Vida de Ek-yuuan-chac fue arrebatada también.
IxSac-belis era el nombre de la abuela de ellos. Chac-ek-yuuan-chac era su padre. Hun-yuuan-chac era el hermano menor.
Uoh-Puc era su nombre. Esto se escribió: “Uoh”, en la palma de su mano. Y se escribió: “Uoh”, debajo de su garganta. Y se escribió en la planta de su pie. Y se escribió en el brazo de Ah Uoh-Pucil.
No eran dioses. Eran gigantes.
Solamente al verdadero dios Gran Padre adoraban en la lengua de la sabiduría en Mayapán. Ah Kin Cobá era sacerdote dentro de las murallas. Tzulim Chan en el Poniente. Nauat era el guardían en la puerta de la fortaleza del Sur. Couoh era el guardián en la puerta de la fortaleza del oriente. Ah-Ek era otro de sus señores. He aquí su Señor: Ah Tapai Nok Cauich era el nombre de su Halach-Uinic, Hunacceel, el servidor de Ah Mex-cuc.
Y éste pidió entonces una flor entera. Y pidió una estera blanca. Y pidió dos vestidos. Y pidió pavos azules. Y pidió su lazo de caza. Y pidió vasijas.
Y de allí salieron y llegaron a Ppole. Allí crecieron los Itzaes. Allí entonces tuvieron por madre a Ix Ppol.
He aquí que llegaron a Aké. Allí les nacieron hijos, allí se nutrieron. Aké es el nombre de este lugar, decían.
Entonces llegaron a Alaa. Alaa es el nombre de este lugar, decían. Y vinieron a Kanholá. Y vinieron a Tixchel. Allí se elevó su lenguaje, allí subió su conocimiento. Y entonces llegaron a Ninum. Allí aumentó su lengua, allí aumentó el saber de los Itzaes. Y llegaron a Chikin-dzonot. Allí se volvieron sus rostros al Poniente. Chikin-dzonot es el nombre de este lugar, decían. Y llegaron a Tzuc-op. Allí se dividieron en grupos, bajo un árbol de anona. Tzuc-op es el nombre de este lugar, dijeron.
Y llegaron a Tah-cab, donde castraban miel los Itzaes, para que fuera bebida por la Imagen del Sol. Y se castró miel y fue bebida. Cabilnebá es su nombre.
Y llegaron a Kikil. Allí se enfermaron de disentería. Kikil es el nombre de este lugar, dijeron.
Y llegaron a Panab-haá. Allí cavaron buscando agua. Y cuando vinieron de allí, recargaron sus cargas con agua, con agua de lo profundo. Y llegaron a Yalsihón. Yalsihón es el nombre de este lugar, que se pobló. Y llegaron a Xppitah, pueblo también. Y entonces llegaron a Kancab-dzonot. De allí salieron y llegaron a Dzulá. Y vinieron a Pib-hal-dzonot. Y llegaron a Tah-aac, que así se nombra.
Y vinieron al lugar que es nombrado T-Cooh. Allí compraron palabras a precio caro, allí compraron conocimientos. Ti-Cooh es el nombre de este lugar.
Y llegaron a Tikal. Allí se encerraron. Tikal es el nombre de este lugar.
Y vinieron a Ti-maax Allí se magullaron a golpes unos a otros los guerreros. Y llegaron a Buc-tzotz. Allí vistieron los cabellos de sus cabezas. Buctzotz se llama este lugar, decían. Y llegaron a Dzidzontun. Allí empezaron a conquistar tierras. Dzidholtun es el nombre de este lugar.
Y llegaron a Yobain. Allí fueron transformados en caimanes por su abuelo Ah Yamás, Señor de la orilla del mar.
Y llegaron a Sinanché. Allí fueron encantados por el mal espíritu nombrado Sinanché.
Y llegaron al pueblo de Chac. Y llegaron a Dzeuc y Pisilbá, pueblos de parientes. Y a otro, a donde habían llegado sus abuelos. Allí se aliviaron sus ánimos. Dzemul es el nombre de este lugar.
Y llegaron a Kini, lugar de Xkil, Itzam-Pech y Xdzeuc, sus allegados. Cuando llegaron a Chibicnal, donde estaban Xkil e ItzamPech, era tiempo de dolor para ellos.
Y llegaron a Baca. Allí les cayó el agua. Baca es aquí, decían.
Y llegaron a Sabacnail, lugar de sus antepasados, troncos de la casta de Ah-Na(h). Los Chel-Na(h) eran sus antepasados.
Cuando llegaron a Benaa recordaron su origen materno.
Y vinieron a Ixil. Y fueron a Chulul. Y llegaron a Chichicaan. Y entonces fueron a Holtún-Chablé. Y vinieron a Itzamná. Y vinieron a Chubulná. Y llegaron a Caucel. Allí el frío se apoderó de ellos. “Cá-ú-ceel” (cuando se produjo el frío o la turbación) es aquí, decían. Y entonces llegaron a Ucú. Allí dijeron: Yá-ú-cú (le duele el codo).
Y fueron a Hunucmá. Y llegaron a kinchil. Y fueron a Kaná. Y llegaron a Xpetón, pueblo. Y llegaron a Sahab-balam. Y llegaron a Tah-cum-chakán. Y llegaron a Balché. Y llegaron a Uxmal.
De allí salieron y llegaron a Yubak. Y llegaron a Munaa. Allí se hizo tierno su lenguaje y se hizo suave su saber.
Y fueron a Ox-loch-hok. Y fueron a Chac-Akal. Y fueron a Xocné-ceh. El venado era su genio tutelar cuando llegaron. Y fueron a Ppustunich. Y fueron a Pucnal-Chac. Y fueron a Ppencuyut. Y fueron a Paxueuet. Y llegaron a Xayá. Y llegaron al lugar nombrado Tistis. Y llegaron a Chican. Y llegaron a Tix-meuac. Y llegaron a Hunacthi. Y llegaron a Tzalis. Y llegaron a Musbulna(h). Y llegaron a Tixcan. Y llegaron a Lop. Y llegaron a Cheemi-uán. Y llegaron a Ox-cah-uanká. Y fueron a Sacbacel-caan.
Cuando llegaron a Cetelac ya estaban completos los nombres de los pueblos que no lo tenían, y los de los pozos, para que se pudiera saber por dónde habían pasado caminando para ver si era buena la tierra y si se establecían en estos lugares. El “ordenamiento de la tierra” decían que se llamaba esto.
Nuestro Padre Dios fue el que ordenó esta tierra.
El creó todas las cosas del mundo y las ordenó.
Y aquellos pusieron nombre al país y a los pueblos, y pusieron nombre a los pozos en donde se establecían y pusieron nombres a las tierras altas que poblaban y pusieron nombre a los campos en que hacían sus moradas. Porque nunca nadie había llegado aquí, a la “garganta de la tierra”, cuando nosotros llegamos.
Subinché. Kaua. Cum-canul. Ti-em-tun. Allí bajaron piedras preciosas. Sizal. Sacií. Ti-dzoc. Allí acabó el curso del Katún. Timozón. Popolá. Allí se tendió la estera del Katún. Pixoy. Uayum-háa. Sacbacam. Tinum. Allí se dieron nuevas los unos a los otros. Timacal. Popolá. Allí ordenaron la estera del Katún. Tximaculum. Allí hicieron oculto su lenguaje. Dzitháás. Honkauil. Tixmex. Kochilá. Tixxocen. Chumpak. Pibahul. Tunkáás. Haaltunhá. Kuxhilá. Dzidzilché. Ti-cool. Sitilpech. Chalanté. Allí descansó su ánimo.
Itzam-thulil. Tipakab. Allí hicieron siembras. Tiyá, Consahcab. Dzidzomtun. Lo mismo que sus antepasados, allí asentaron pie de vencedores y conquistaron las Puertas de Piedra. Popolá, al Sur de Sinanché, para venir a Muci y al pozo de Sac-nicté y a Sodzil. Aquí, en donde marcaron el límite del Katún, es el lugar nombrado Mutumut, que es aquí en Mutul. Muxupip. Aké. Hoctun. Allí se detuvieron al pie de la piedra. Xoc-chchel Bohé. Sac-cab-há. Tzanlahcat. Human. Allí retumbó la palabra sobre ellos, allí sonó su fama. Chalamté. Pacaxuá. Este es el nombre aquí, decían. Tekit. Allí se dispersaron los restos de los Itzaes.
Yokol-Cheen. Ppupulní-huh. Las iguanas eran sus genios cuando salieron allí. Dzodzil. Tiab. Bitun-chchen. Sucedió que entraron a Tipikal, nombre de este pozo. Y sucedió que allí se hicieron más numerosos. Y fueron a Poc-huh. Éste es el nombre del pozo en que sucedió que asaron iguanas. Y fueron a Maní. Allí olvidaron su lengua.
Y llegaron a Dzam. Allí estuvieron tres días sumergidos en el agua. Y fueron a Ti-cul. Sac-lum-chchén. Tixtohilch-cheén. Allí fueron saludables. Y fueron a Balam-kin, la tierra de los sacerdotes. A Cchcheen-chchomac, a Sacniteel-dzonot, a Yaxcab, Umán, Oxcum, Sanhil, y a Ich-caan-sihó. Y a Noh-pat, el lugar de la Gran Madre; a Poychéná, a Chulul. Y llegaron entonces a Titz-luum-Cumkal. Allí cesaron de filtrarse sus ollas. Yaxkukul. Tixkokob. Cucá… Ekol. Ekol es el nombre del pozo. Tix-ueué. Tíxueué es el nombre del pozo aquí. Su rumor llegó a ellos de pronto. A Kanimacal. A Xaan. Allí, en antiguos tiempos, el Señor de Xul meció su hamaca. Holtun Aké. Acanceh. Ti-cooh. Ti-chhahil. Y a la grande Mayapán, la que está dentro de murallas y sobre el agua.
Y fueron a Nabulá. Tixmucuy. Tixkanhub. Dzoyilá. Y llegaron a Sipp. Allí sazonó su lenguaje, allí sazonó su conocimiento.
Y comenzaron a fundar tierras los Señores. Allí estaba Ah-kin-Palon-cab y estaba el Sacerdote nombrado Mutec-pul. Este sacerdote Palon Cab era Ah May. Este sacerdote Mutec-pul, era Guardián de Uayom Chchichch y también de Nunil. Y los dos Ah-kin-chablé, de Ich-caan-sihó. Y Holtun Balam, el hijo del que soltó el Yaxum en la llanura.
Allí entonces llegaron otros Señores. Estos Señores eran “iguales en voz” a los dioses. En el Once Ahau sucedió esto. Y entonces fundaron sus pueblos y fundaron sus tierras y se establecieron en Ich-caan-sihó.
Y entonces bajaron allí los de Holtun-Aké. Y entonces bajaron allí los de Sabacnail. Y así fueron llegando y juntándose los Señores. Estos de Sabacnail tenían por tronco de su linaje a Ah Na(h).
Y entonces se reunieron todos en Ichcaansihó. Allí estaba Ix-Pop-ti-Balam, allí su rey Holtun-Balam,… Dzoy… tronco del linaje de Couoh… y los Xíues, Tloual, también. Y el Señor Chacté, de la tierra de los Chacté, los gobernaba, Teppan-quis era sacerdote de Ichtab y de Ah-Ppisté, el que midió las tierras. Y he aquí que midió de las tierras que medía, siete medidas (leguas) de tierra de los mayas. Entonces fueron colocados los mojones de las tierras por Ah Ac Cunté. Los mojones de Ah Mis estaban en las tierras barridas por Miscit Ahau. Y así fueron fundadas las tierras de ellos, las tierras regadas. Entonces fue que amaneció para ellos. Nuevo Señor, nuevo despertar de la tierra para ellos.
Y empezó a entrarles tributo en Chichén. En hilo de algodón llegaba antiguamente el tributo de los Cuatro Hombres. El Once Ahau es el nombre del Katún en que sucedió.
Allí se midió el tributo y se vio que era suficiente el conjunto del que había desde el tiempo antiguo. Y entonces sucedió que bajó el tributo de Holtun-Suhuy-uá. Y se vio que era bastante. Fue entonces cuando “se igualó su hablar”. Esto sucedió en el Trece Ahau Katún.
Allí recibían el tributo los Grandes Señores. Y entonces comenzaron a reverenciar su majestad. Y comenzaron a tenerlos como dioses. Y comenzaron a servirlos. Y sucedió que llegaron a llevarlos en andas. Y comenzaron a arrojarlos al pozo para que los señores oyeran su voz. Su voz no era igual a las otras voces.
Aquel Cauich, un Hunacceel que era Cauich del nombre de su familia, he aquí que estiraba la garganta, a la orilla del pozo, por el lado del Sur. Entonces fueron a recogerlo. Y entonces salió lo último de su voz. Y comenzó a recibirse su voz. Y empezó su mandato. Y se empezó a decir que era Ahau. Y se asentó en el lugar de los Ahau, por obra de ellos. Y se empezó a decir que antes era Halach-uinic, y no Ahau; que era sólo el precursor de Ah Mex Cuc. Y se dijo que era un Ahau porque era el hijo adoptivo de Ah Mex Cuc. Que un águila había sido su madre y que había sido encontrado en una montaña, y que desde entonces se comenzó a obedecerle como Ahau. Tal era lo que entonces se decía.
Entonces se comenzó a levantar la Casa Alta para los Señores y se comenzó a construir la escalera de piedra. Y entonces él se sentó en la Casa de Arriba, entre los Trece Ahau, llenos de majestad.
Y comenzó a llegar la Ley, la gloria y el tiempo de Ah Mex Cuc, del que así era el nombre cuando lo trajo.
Cercano, pues, el día de Ah Mex Cuc se comenzó a tenerlo como Padre y se comenzó a reverenciar su nombre. Y entonces fue adorado y fue servido en Chichén. Chi-Chén Itzam es su nombre, porque allí fue a dar Itzam, cuando se tragó la Piedra Sagrada de la tierra, la Piedra de la Fuerza del antiguo Itzá. La tragó y fue adentro del agua. Y entonces empezó a entrar la amargura en Chichén Itzá. Y entonces él fue al Oriente, y llegó a la casa de Ah Kin Cobá. Venía ya el Ocho Ahau Katún.
Ocho Ahau es el nombre del Katún que regía cuando salió el cambio del Katún y de los Ahaues.
“¡Ha crecido nuestro dios!” decían sus sacerdotes (los del Sol). Y entonces introdujeron días al año.
“He aquí que vienen abundantes soles”, decían. Y ardieron las pezuñas de los animales, y ardió la orilla del mar. “¡Este es el mar de la amargura!”, decían arriba, decían ellos.
Y fue mordido el rostro del Sol. Y se obscureció y se apagó su rostro. Y entonces se espantaron arriba. “¡Se ha quemado! ¡ha muerto nuestro dios!” decían sus sacerdotes.
Y empezaban a pensar en hacer una pintura de la figura del Sol, cuando tembló la tierra y vieron la Luna.
Y entonces vinieron los dioses Escarabajos, los deshonestos, los que metieron el pecado entre nosotros, los que eran el lodo de la tierra.
Cuando vinieron, iba acabando el Katún. “El Katún Maldito”, aquel en que fue ordenado: “¡Cuidado con lo que habláis, así seáis los señores de esta tierra!”
Cuando entró el tiempo del Katún siguiente, acabado el Katún en que vinieron los deshonestos, se vio la muchedumbre de sus guerreros. Y se comenzó a matarlos. Y se levantaron horcas para que murieran. Y Ox-halal-chan empezó a flecharlos. Y se comenzó a invocar a los dioses del país. Y se derramó su sangre, y fueron cogidos por los Señores de los Venados… Y entonces se asustaron… y se acabó la contienda.

Capítulo II
Lamentaciones en un katún 11 Ahau
El Once Ahau Katún se asienta en su estera, se asienta en su trono. Allí se levanta su voz, allí se yergue su señorío. El rostro de su dios despide rayos.
Bajan hojas del cielo, bajan del cielo arcos floridos. Celestial es su perfume. Suenan las músicas, suenan las sonajas del Once Ahau. Entra al atardecer y cubre muy alegre con su palio al sol, al sol que hay en Sulim cham, al sol que hay en Chikinputún. Se comerán árboles, se comerán piedras, se perderá todo sustento dentro del Once Ahau Katún.
En el Once Ahau se comienza la cuenta, porque en este Katún se estaba cuando llegaron los Dzules, los que venían del Oriente. Entonces empezó el cristianismo también. Por el Oriente acaba su curso. Ichcaansihó es el asiento del Katún.
Esta es la memoria de las cosas que sucedieron y que hicieron. Ya todo pasó. Ellos hablan con sus propias palabras y así acaso no todo se entienda en su significado; pero, rectamente, tal como pasó todo, así está escrito. Ya será otra vez explicado todo muy bien. Y tal vez no será malo. No es malo todo cuanto está escrito. No hay escrito mucho sobre sus traiciones y sus alianzas. Así el pueblo de los divinos Itzaes, así los de la gran Itzmal, los de la gran Aké, los de la gran Uxmal, así los de la gran Ichcaansihó. Así los nombrados Couoh también.
Ciertamente muchos eran sus “Verdaderos Hombres”. No para vender traiciones gustaban de unirse unos con otros: pero no está a la vista todo lo que hay dentro de esto, ni cuánto ha de ser explicado. Los que lo saben vienen del gran linaje de nosotros, los hombres mayas. Esos sabrán el significado de lo que hay aquí cuando lo lean. Y entonces lo verán y entonces lo explicarán y entonces serán claros los oscuros signos del Katún. Porque ellos son los sacerdotes. Los sacerdotes se acabaron, pero no se acabó su nombre, antiguo como ellos.
Solamente por el tiempo loco, por los locos sacerdotes, fue que entró a nosotros la tristeza, que entró a nosotros el “Cristianismo”. Porque los “muy cristianos” llegaron aquí con el verdadero Dios; pero ese fue el principio de la miseria nuestra, el principio del tributo, el principio de la “limosna”, la causa de que saliera la discordia oculta, el principio de las peleas con armas de fuego, el principio de los atropellos, el principio de los despojos de todo, el principio de la esclavitud por las deudas, el principio de las deudas pegadas a las espaldas, el principio de la continua reyerta, el principio del padecimiento. Fue el principio de la obra de los españoles y de los “padres”, el principio de los caciques, los maestros de escuela y los fiscales.
¡Que eran niños pequeños los muchachos de los pueblos, y mientras, se les martirizaba! ¡Infelices los pobrecitos! Los pobrecitos no protestaban contra el que a su sabor los esclavizaba, el Anticristo sobre la tierra, puma de los pueblos, gato montés de los pueblos, chupador del pobre indio. Pero llegará el día en que lleguen hasta Dios las lágrimas de sus ojos y baje la justicia de Dios de un golpe sobre el mundo.
¡Verdaderamente es la voluntad de Dios que regresen Ah-Kantenal e Ix-Pucyolá, para arrojarlos de la superficie de la tierra!

Capítulo III
El final del tiempo antiguo
En el año de mil quinientos cuarenta y uno de los Dzules.
1541——el día 5 Ik 2 Chen.
He aquí la memoria que escribí. Hace veinte Katunes y quince Katunes más que las pirámides fueron construidas por los herejes. Grandes hombres fueron los que las hicieron. Y los restos de su linaje se marcharon. Cartabona es el nombre de la tierra en donde ahora están. Allí estaban cuando llegó San Bernabé y enseñó que debían matarlos, porque eran hombres herejes. Este es el nombre de su casta.

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1556.–La diferencia hoy son 15 años. He aquí lo que escribí: Los grandes templos fueron levantados por los nobles antepasados, y sus reyes hicieron cosas de gran fama. Durante trece Katunes y seis años más estuvieron levantando las pirámides, los que las hacían en el tiempo antiguo. Desde el principio de las pirámides, hicieron quince veces cuatrocientas veintenas de ellas y cincuenta más, en su cuenta en conjunto. Las pirámides hechas llenaron toda la tierra del país, desde el mar hasta el tronco de esta tierra. Y dejaron sus nombres y los de los pozos. Entonces fue que su religión fue compuesta por Dios.
¡Y ardió por el fuego el pueblo de Israel y los profetas! ¡La memoria de los Katunes y los años fue tragada en la luna roja! ¡Roja luna roe de la tierra el linaje de los Tutulxiú!

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Memoria de los Katunes y de los años en que fue por primera vez conquistada la tierra de Yucatán por los Dzules, hombres blancos. Que dentro del Once Ahau Katún sucedió que se apoderaron de “la puerta del agua”, Ecab. Del Oriente vinieron. Cuando llegaron, dicen que su primer almuerzo fue de anonas. Esa fue la causa de que se les llamara “extranjeros comedores de anonas”. “Señores extranjeros chupadores de anonas” fue su nombre. Así los nombraron los habitantes del pueblo que conquistaron: los de Ecab. Nacom Balam es el nombre del primer conquistado, en Ecab, por el primer capitán Don Juan de Montejo, primer conquistador, aquí en el país de Yucatán. En este mismo Katún sucedió que llegaron a Ichcaansihó.
En el año de 1513, en el Trece Ahau Katún sucedió que conquistaron Campeche. Un Katún estuvieron allí. El sacerdote Camal, de Campeche, metió a los extranjeros al país.

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Fue en 20 de agosto del año 1541. Marqué los nombres de los años en que empezó el Cristianismo.
Mil quinientos diez y nueve años. Cumplidos ciento cincuenta y un años después, hubo acuerdo con los extranjeros. Eso es lo que pagáis. Se levantó la guerra entre los blancos y los otros hombres de aquí de los pueblos, los que eran capitanes de los pueblos antiguamente. Eso es lo que pagáis hoy.

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He aquí lo que escribo. En el año de mil quinientos cuarenta y uno, fue la primera llegada de los Dzules, los extranjeros, por el Oriente, a Ecab, que así es su nombre. El año en que llegaron a la “puerta del agua”, Ecab, pueblo de Nacom Balam, era el primer principio de los días y de los años del Katún Once Ahau. Quince veintenas de años antes de que llegaran los Dzules fue la dispersión de los Itzaes. Fue abandonada la ciudad de Sac-lah-tun, y fue arruinada la ciudad de Kinchilcobá. Y fue arruinada Chichén Itzá. Y fue abandonada la ciudad de Uxmal, y la que está al sur de la ciudad de Uxmal nombrada Cib, y también Kabah. Y fue arruinada Seyé, y Pakam, y Homtún, y la ciudad de Tixcalom-kin, y Aké, la de las puertas de piedra. Y fue abandonada la ciudad a donde baja la lluvia del rocío, Etzemal.
Allí bajó el hijo del verdadero Dios, Señor del cielo, Rey, Virgen Milagrosa. Y dijo el Rey: “Bajen las rodelas de Kinich-Kakmó. Ya no puede reinar aquí. Pero queda el Milagroso y el Misericordioso. Bajaron cuerdas, bajaron cíngulos venidos del cielo. Bajó su voz, venida del cielo. Y entonces fue reverenciada su divinidad por los demás pueblos, que dijeron que eran vanos los dioses de Emmal. Y entonces se fueron los grandes Itzaes.
Trece veces cuatrocientas veces cuatrocientos millares y quince veces cuatrocientas veces, cuatrocientos centenares más, su éxodo, los ancianos jefes de los herejes Itzaes. He aquí que se fueron. También sus discípulos fueron tras ellos en gran número y les daban su sustento.
Trece medidas de maíz, y nueve medidas y tres puñados de grano, para cada uno, fue su ración. Y muchos pequeños pueblos, con sus dioses familiares delante, fueron tras ellos también.
No quisieron esperar a los Dzules, ni a su cristianismo. No quisieron pagar tributo. Los espíritus señores de los pájaros, los espíritus señores de las piedras preciosas, los espíritus señores de las piedras labradas, los espíritus señores de los tigres, los guiaban y los protegían. ¡Mil seiscientos años y trescientos años más y habría de llegar el fin de su vida! Porque sabían en ellos mismos la medida de su tiempo.
Toda luna, todo año, todo día, todo viento, camina y pasa también. También toda sangre llega al lugar de su quietud, como llega a su poder y a su trono. Medido estaba el tiempo en que pudieran elevar sus plegarias. Medido estaba el tiempo en que pudieran recordar los días venturosos. Medido estaba el tiempo en que mirara sobre ellos la celosía de las estrellas, de donde, velando por ellos, los contemplaban los dioses, los dioses que están aprisionados en las estrellas. Entonces todo era bueno.
Había en ellos sabiduría. No había entonces pecado. Había santa devoción en ellos. Saludables vivían. No había entonces enfermedad; no había dolor de huesos; no había fiebre para ellos, no había viruelas, no había ardor de pecho, no había dolor de vientre, no había consunción. Rectamente erguido iba su cuerpo, entonces.
Pero vinieron los Dzules y todo lo deshicieron. Ellos enseñaron el miedo; y vinieron a marchitar las flores. Para que su flor viviese, dañaron y sorbieron la flor de los otros. Mataron la flor de Nacxit Xuchitl.
No había ya buenos sacerdotes que nos enseñaran. Ese es el origen del asiento del segundo tiempo, del reinado del segundo tiempo. Y es también la causa de nuestra muerte. No teníamos buenos sacerdotes, no teníamos sabiduría, y al fin se perdió el valor y la vergüenza. Y todos fueron iguales.
No había Alto Conocimiento, no había Sagrado Lenguaje, no había Divina Enseñanza en los sustitutos de los dioses que llegaron aquí. ¡Castrar al Sol! Eso vinieron a hacer aquí los extranjeros. Y he aquí que quedaron los hijos de sus hijos en medio de las gentes, que sólo reciben su miseria.
Sucede que tienen rencor estos Dzules, porque los Itzaes tres veces fueron a atacarlos a causa de que hace sesenta años les quitaron nuestro tributo, porque desde hace tiempo están predispuestos contra estos hombres Itzaes. No, nosotros lo hicimos y nosotros lo pagamos hoy. Tal vez por el Concierto que hay ahora esto acabe en que haya concordia entre nosotros y los Dzules. Si no es así, vamos a tener una gran guerra.

Capítulo IV
Notas calendáricas y astronómicas
KATÚN
El Principio del Once Ahau………………………………….. 1513 años.

Ya acabó.
Empezó Hoil…………………………………………………… en 1519 años.
Se fundó San Francisco en Santiago de Mérida………… 1519 años.
Se fundó en medio de la ciudad la Iglesia Mayor,en el año de…………… 1541
Meses dentro del año ………………………………………12
Días seguidos dentro de un año……………………………… 365
Noches seguidas dentro de un año…………………………… 365
Fila de las semanas dentro de un