Agustín de Zarate. Historia del descubrimiento y conquista de las provincias del Perú.

Agustín de Zarate. Historia del descubrimiento y conquista de las provincias del Perú.

HISTORIA

DEL DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DE LA PROVINCIA DEL PERÚ
Y DE LAS GUERRAS Y COSAS SEÑALADAS EN ELLA, ACAECIDAS
HASTA EL VENCIMIENTO DE GONZALO PIZARRO Y DE SUS SECUACES,

QUE EN ELLA SE REBELARON CONTRA SU MAJESTAD

por
AUGUSTIN DE ÇARATE.
Contador de mercedes de la majestad cesárea.

En Sevilla

MDLXXVII

DEDICATORIA

DEDICATORIA

A LA MAJESTAD DEL REY DE INGLATERRA, PRÍNCIPE NUESTRO SEÑOR, AUGUSTIN DE ÇARATE CONTADOR DE MERCEDES DE LA MAGESTAD CÆSAREA

SACRA CATÓLICA REAL MAJESTAD: Sirviendo yo el cargo de secretario en el real consejo de Castilla, donde habia quince años que residia, en fin del año pasado de 1543 me fué mandado por la majestad del Emperador Rey nuestro señor, y por los del su consejo de las Indias, que fuese á las provincias del Perú y Tierra-Firme á tomar cuenta á los oficiales de la Hacienda real del cargo de sus oficinas y á traer los alcances que della resultasen. Y así, me embarqué en la flota donde fué proveido por visorey del Perú Blasco Nuñez Vela. Llegados allá, vi tantas revueltas y novedades en aquella tierra, que me pareció cosa digna de ponerse por memoria, aunque, después de escrito lo de mi tiempo, conoscí que no se podia bien entender si no se declaraban algunos presupuestos, de donde aquello toma su origen; y así, de grado en grado fui subiendo hasta hallarme en el descubremiento de la tierra; porque van los negocios tan dependientes unos de otros, que por cualquiera que falte no tienen los que se siguen la claridad necesaria; lo cual me compelió á comenzar (como dicen) del huevo trojano. No pude en el Perú escribir ordenadamente esta relacion (que no importara poco para su perfecion), porque solo haberla allá comenzado me hubiera de poner en peligro de la vida con un maestre de campo de Gonzalo Pizarro, que amenazaba de matar á cualquiera que escribiese sus hechos, porque entendió que eran mas dignos de la ley de olvido (que los atenienses llamaban amnistía) que no de memoria ni perpetuidad. Necesitóme á cesar allá en la escriptura, y á traer acá para acabarla los memoriales y diarios que pude haber, por medio de los cuales escribí una relacion que no lleva la prolijidad y cumplimiento que requiere el nombre de historia, aunque no va tan breve ni sumaria, que se pueda llamar comentarios, mayormente yendo dividida por libros y capítulos, que es muy diferente de aquella manera de escribir. No me atreviera á emprender el un estilo ni el otro si no confiara en lo que dice Tulio, y después de él Cayo Plinio, que, aunque la poesía y la oratoria no tienen gracia sin mucha elocuencia, la historia, de cualquier manera que se escriba, deleita y agrada, porque por medio della se alcanzan á saber nuevos acontecimientos, á que los hombres tienen natural inclinacion, y aun muchas veces se huelgan en oirlos contar á un rústico por palabras groseras y mal ordenadas. Y así no siendo el estilo de esta escriptura tan elocuente como se requería, servirá de saberse por él la verdad del hecho, quedando licencia y aun facilidad á quien quisiere tomar este trabajo para escrebir la historia de nuevo con mejores palabras y orden, como vemos que acontesció muchas veces en las historias griegas y latinas, y aun en las de nuestros tiempos. Lo que toca á la verdad, que es donde consiste el ánima de la historia, he procurado que no se pueda enmendar, escribiendo las cosas naturales y accidentales que yo vi sin ninguna falta ni disimulacion, y tomando relacion de lo que pasó en mi ausencia, de personas fidedignas y no apasionadas; lo cual se halla con gran dificultad en aquella provincia, donde hay pocos que no estén mas aficionados á una de las dos parcialidades de Pizarro ó de Almagro que en Roma estuvieron por César ó Pompeyo, ó poco antes por Sila ó Mario. Pues entre los vivos ó los muertos que en el Perú vivieron, no se hallará quien no haya reci­bido buenas ó malas obras de una de las dos cabezas ó de los que dellas dependen. Si hubiere alguno que cuente diferentemente este negocio, será cuanto á la primera de las tres partes en que las historias se dividen, que es de los intentos ó consejos, en lo cual no es cosa nueva diferir los historiadores; pero cuanto á las otras dos partes, que contienen hechos y sucesos, he trabajado lo que pude por no errar. Cuando acabé esta relacion salí de la opinion, en que hasta entonces estuve, de culpar á los historiadores porque en acabando sus obras no las sacan á luz, creyendo yo que su pretension era que el tiempo encubriese sus defectos, consumiendo los testigos del hecho; pero agora entiendo la razon que tienen para lo que hacen en esperar que se mueran las personas de quien tratan, y aun algunas veces les venia bien que peresciesen sus descendientes y linaje; porque en recontar cosas modernas hay peligro de hacer graves ofensas, y no hay esperanza de ganar algunas gracias, pues el que hizo cosa indebida, por livianamente que se toque, siempre quedará quejoso de haber sido el autor demasiado en la culpa de que le infama, y corto en la desculpa que él alega. Y por el contrario, el que merece ser alabado sobre alguna hazaña, por perfectamente que el historiador la cuente, nunca dejará de culparle de corto, porque no refirió mas copiosamente su hecho hasta hinchir un gran volúmen de solas sus alabanzas. De lo cual procede necesitarse el que escribe a traer pleito, ó con el que reprende, por lo mucho que se alargó, ó con el que alaba, por la brevedad de que usó. Y así, seria muy sano consejo á los historiadores entretener sus historias, no solamente los nueve años que Horacio manda en otras cualesquier obras, pero aun noventa, para que los que proceden de los culpados tengan color de negar su descendencia, y los nietos de los virtuosos queden satisfechos con cualquier loor que vieren escrito dellos. El temor deste peligro me habia quitado el atrevimiento de publicar por agora este libro, hasta que vuestra majestad me hizo á mí tanta merced, y á él tan gran favor, de leerle en el viaje y navegacion que prósperamente hizo de la Coruña á Inglaterra, y recebirle por suyo y mandarme que le publicase y hiciese imprimir. Lo cual cumplí en llegando á esta villa de Ambers, los ratos que tuve desocupados de la labor de la moneda de vuestra majestad, que es mi principal negocio. A vuestra majestad suplico resciba en servicio mi trabajo, y tenga por suyo este libro, como lo es el autor dél, porque desta manera estará seguro de las mormuraciones, que pocas veces faltan en semejantes obras. En lo cual rescebiré señalada merced de vuestra majestad, cuya real persona nuestro Señor guarde, con acrescentamiento de mas reinos y señoríos, como por sus triados es deseado. De Ambers, 30 de marzo año 1555.

DECLARACION DE LA DIFICULTAD QUE ALGUNOS TIENEN EN AVERIGUAR POR DONDE PUDIERON PASAR AL PERU LAS GENTES QUE PRIMERAMENTE LE POBLARON.

La duda que suelen tener sobre averiguar por dónde podrían pasar á las provincias del Perú las gentes que desde los tiempos antiguos en ella habitan, parece que está satisfecha por una historia que recuenta el divino Platon algo sumariamente en el libro que intitula Timeo ó De Natura, y después muy á la larga y copiosamente en otro libro ó diálogo que se sigue inmediatamente después del Timeo, llamado Atlántico, donde trata una historia que los egipcios recontaban en loor de los atenienses, los cuales dicen que fueron partes para vencer y desbaratar ciertos reyes y gran número de gentes de guerra, que vino por la mar desde una grande isla llamada Atlántica, que comenzaba desde las columnas de Hércules; la cual isla dicen que era mayor que toda Asia y Africa. Contenia diez reinos, los cuales dividió Neptuno entre diez hijos suyos, y al mayor, que se llamaba Atlas, dió el mayor y mejor. Cuenta otras muchas y muy memorables cosas de, las costumbres y riquezas desta isla, especialmente de un templo que estaba en la ciudad principal, las paredes, techumbres, cubiertas con planchas de oro y plata y laton, y otras muchos par­ticularidades que serian largas para referir, y se pueden ver en el original, donde se tratan copiosamente; muchas de las cuales costumbres y ceremonias vemos que se guardan el dia de hoy en la provincia del Perú. Desde esta isla se navegaba á otras islas grandes que estaban de la otra parte della, vecinas á la tierra continente, allende la cual se seguía el verdadero mar. Las palabras formales de Platon en el principio del Timeo son estas, hablando Sócrates con los atenienses: «Tiénese por cierto que vuestra ciudad resistió en los tiempos pasados á innumerables número de enemigos que, saliendo del mar Atlántico, habian tomado y ocupado casi toda Europa y Asia, porque entonces aquel estrecho era navegable, teniendo á la boca dél y casi á su puerta una ínsula que, comenzaba desde cerca de las columnas de Hércules, que dicen haber sido mayor que Asia y Africa juntamente, desde la cual habia contratacion y comercio á otras islas, y de aquellas islas se comunicaba con la tierra firme y continente que estaba frontero deltas, vecina del verdadero mar, y aquel mar se puede con razon llamar verdadero mar, y aquella tierra se puede justamente llamar tierra firme y continente». Hasta aquí Platon, aunque poco mas abajo dice que nueve mil años antes que aquello se escribiese sucedió tan gran pujanza de aguas en la mar de aquel paraje, que en un dia y una noche anegó toda esta isla, hundiendo las tierras y gentes, y que después aquel mar quedó con tantas ciénagas y bajíos, que nunca mas por ella habian podido navegar, ni pasar á las otras islas ni á la tierra firme de que allí se hace mencion. Esta historia dicen todos los que escriben sobre Platon que fué, cierta y verdadera, en tal manera que los mas dellos; especialmente Marsilio Ficino y Platino, no quieren admitir que tenga sentido alegórico, aunque algunos se lo dan, como lo refiere el mismo Marsilio en las Anotaciones sobre el Timeo, y no es argumento para ser fabuloso lo que allí dice de los nueve mil anos; porque, segun Eudoxo, aquellos años se en­tendian, segun la cuenta de los egipcios, lunares, y no solares; por manera que eran nueve mil meses, que son setecientos y cincuenta años. Tambien es casi demostracion para creer lo desta isla, saber que todos los historiadores y cosmógrafos antiguos y modernos llaman al mar que anegó esta isla Atlantico, reteniendo el nombre de cuando era tierra. Pues sobre presupuesto de ser historia verdadera, ¿quién podrá negar que esta isla Atlantica comenzaba desde el estrecho de Gibraltar, ó poco después de pasado Cádiz, y llegaba y se extendia por ese gran golfo, donde, así norte sur como leste hueste, tiene espacio para poder ser mayor que Asia y Africa? Las islas que dice el texto que se contrataban desde allí, paresce claro que serian la Española, Cuba y San Juan y Jamáica, y las demás que, están en aquella comarca. La tierra firme que se dice estar frontero destas islas, consta por razon que era la misma Tierra-Firme que agora se llama así, y todas las provincias con quien es continente, que, comenzando desde el estrecho de Magallanes, contiene corriendo hácia el norte la tierra del Perú y la provincia de Popayan y Castilla del Oro, y Veragua, Nicaragua, Guatemala, Nueva-España, las Siete Ciudades, la Florida, los Bacallaos, y corre desde allí para el septentrion hasta juntar con las Noruegas; en lo cual sin ninguna duda hay mucha mas tierra que en todo lo poblado del mundo que conosciamos antes que aquello se descubriese, y no causa mucha dificultad en este negoció el no haberse descubierto antes de agora por los romanos ni por las otras naciones que en diversos tiempos ocuparon á España; porque es de creer que duraba la maleza de la mar para impedir la navegacion, y yo lo he oído, y lo creo, que comprendió el descubrimiento de aquellas partes debajo de esta autoridad de Platon; y así, aquella tierra se puede claramente llamar la tierra continente de que trata Platon, pues quedaron en ella todas las señas que él da de la otra, mayormente aquella en que dice que es vecina al verdadero mar, que es el que verdaderamente llamamos del Sur, pues por lo que dél se ha navegado hasta nuestros tiempos consta claro que, respecto de su anchura y grandeza, todo el mar Mediterráneo y lo sabido del Océano, que llaman vulgarmente del Norte, son ríos. Pues si todo esto es verdad, y concuerdan tambien las señas dello con las palabras de Platon, no sé por qué se tenga dificultad entender que por esta via hayan podido pasar al Perú muchas gentes, así desde esta gran isla Atlántica como desde las otras islas para donde desde aquella isla se navegaba, y aun desde la misma tierra firme podían pasar por tierra al Perú, y si en aquello habla dificultad, por la misma mar del Sur, pues es de creer que tenian noticia y uso i de la navegacion, aprendida del comercio que tenian con esta gran isla, donde dice el texto que tenia grande abundancia de navíos, y aun puertos hechos á mano para conservacion dellos, donde faltaban naturales. Esto es lo que se puede sacar por rastro cerca desta materia, que no es poco para cosa tan antigua y sin luz, mayormente teniendo respecto á que en el Perú no hay letras con qué conservar memoria de los hechos pasados, ni aun las pinturas, que sirven por letras en la Nueva-España, sino unas ciertas cuerdas de diversas colores, añudadas. De forma que por aquellos nudos, y por las distancias dellos se entienden, pero muy confusamente, como se declara mas largo en la historia que yo tengo hecha en las cosas del Perú. Puedo decir lo que Horacio en una carta:
Si quid novisti rectus istis,
Candidus impirti, si non vis, utere mecum.

Cerca del descubrimiento desta nueva tierra, parece que le cuadra un dicho á manera de profecía, que hace Séneca en la tragedia Medea, por estas palabras:
Venient annis secula seris,
Quibus Occeanus vincularerum

Laxet, novosq; typhis detegatorbes,

Atq; ingens pateat tellus.
Neofit terris ultima Thyle.

La principal relacion deste libro, cuanto al descubrimiento de la tierra, se tomó de Rodrigo Lozano, vecino de Trujillo, que es en el Perú, y de otros que lo vieron.

LIBRO PRIMERO

HISTORIA DEL DESCUBRIMIENTO Y CONQUISTA DE LA PROVINCIA DEL PERÚ Y DE LAS GUERRAS Y COSAS SEÑALADAS EN ELLA, ACAECIDAS HASTA EL VENCIMIENTO DE GONZALO PIZARRO Y DE SUS SECUACES, QUE EN ELLA SE REBELARON CONTRA SU MAJESTAD

CAPITULO PRIMERO.

De la noticia que se tuvo de Perú, cómo se comenzó
á descubrir.

En el año del nacimiento de nuestro Señor Jesucristo de 1525 años, tres vecinos de la ciudad de Panamá (que es puerto de la mar del Sur), en la provincia de Tierra-Firme, llamada Castilla del Oro, se juntaron en compañía universal de todas sus haciendas, que fueron don Francisco Pizarra, natural de la ciudad de Trujillo, y don Diego de Almagro, natural de la villa Malagon, cuyo linaje nunca se pudo bien averiguar, porque algunos dicen que fué echado á la puerta de la iglesia, y que un clérigo llamado Hernando de Luque le crió. Y como estos fuesen los mas caudalosos de aquella tierra, pen­sando ser acrecentados y servir á su Majestad del Emperador don Carlos, nuestro señor, propusieron descubrir por la mar del Sur la costa de levante de la Tierra-Firme, hácia aquella parte que después se llamó Perú; y tomando licencia don Francisco Pizarro de Pedro Arias de Avila, que á la sazon gobernaba aquella tierra por su majestad, aderezó un navío con harta dificultad, y se metió en él con ciento y catorce hombres; y descubrió una pequeña y pobre provincia, cincuenta leguas de Panamá, que se llama Perú, de donde después impropriamente toda la tierra que por aquella costa se descubrió, por espacio de mas de mil y docientas leguas, por luengo de costa se llamó Perú; y pasando adelante, halló otra tierra que los españoles llamaron el Pueblo-Quemado, donde los indios le daban tan continua guerra y le mataron tanta gente, que le fué forzado volverse mal herido á la tierra de Chinchama, que era cerca de Panamá; y en este medio tiempo don Diego de Almagro, que allí habia quedado, hizo otro navío, y en él se embarcó con setenta españoles, y fué en busca de don Francisco Pizarro por la costa hasta el rio que llamó de San Juan, que era cien leguas de Panamá; y como no le halló, se tornó buscando, basta que por el rastro conoció haber estado en el Pueblo-Quemado, donde desembarcó; y como los indios quedaron victoriosos por haber echado de la tierra á don Francisco Pizarro, se le defendían animosamente, y aun le hacian harto daño, hasta que un dia los indios le entraron un fuerte donde se defendían, por descuido de aquellos á quien tocaba la defensa por aquella parte, y desbarataron los españoles, y á don Diego le quebraron un ojo, y le trajeron á términos, que le fué forzado acogerse á la mar, y se volvió costeando hácia Tierra-Firme, y llegando á Chinchama, halló allí á don Francisco Pizarro, y se vió con él, y juntando los ejércitos y enviando por mas gente, se rehicieron de hasta docientos españoles, y tornaron á navegar la costa arriba en los dos navíos y en tres canoas que habian hecho; en la cual navegacion pasaron muchos y muy grandes trabajos, porque toda la costa es anegada de los esteros de muchos ríos que en ella entran en la mar, con abundancia de lagartos, que los naturales llaman caimanes, que son unas bestias que se crían en las bocas de aquellos ríos, tan grandes, que comunmente tienen á veinte y á veinte y cinco piés de largo, y en sintiendo en el agua cualquiera personó ó bestia, le muerden y llevan debajo de agua, donde le comen, y especialmente huelen mucho, los perros. Salen á desovar en la arena, donde entierran gran cantidad de huevos, y los crian en seco, y ellos andan por la arena no muy ligeros, y después se acogen al agua; en lo cual, y en otras particularidades que en ellos se hallan, parescen muy semejantes á los cocodrillos del Nilo. Y asimesmo padecian mucha hambre, porque no hallaban comida sino la fruta de unos árboles llamados mangles, de que hay abundancia en aquella ribera, que son muy recios y altos y derechos, y por criarse, en el agua salada, la fruta es tambien salada y amarga; pero la necesidad les hacia que se sustentasen con ella y con algun pescado que tomaban, y con marisco y cangrejos, porque en toda aquella costa no se cría maíz; y así, andaban remando en las canoas contra la gran corriente del mar, que siempre corre hácia el norte, y ellos iban al sur. Por toda la costa salían á ellos indios de guerra, dándoles gritos y llamándolos desterrados, y que tenian cabellos en las caras, y que eran criados del espuma de la mar, sin tener otro linaje, pues por ella habian venido, y que para qué andaban vagando el mundo; que debían ser grandes holgazanes, pues en ninguna parte paraban á labrar ni sembrar la tierra. Y por habérseles muerto á estos capitanes mucha gente, así de hambre como en las refriegas de los indios, se acordó que don Diego volviese á Panamá por gente, donde trajo ochenta hombres, y con ellos y con los que habian quedado vivos pudieron llegar hasta la tierra que se llamaba Catamez, que era ya fuera de aquellos manglares; tierra de mucha comida y medianamente poblada, donde todos los indios que salian de guerra traian sembradas las caras con clavos de oro en agujeros que para ello tenian hechos; y por ser la tierra tan poblada, no pasaron adelante hasta que don Diego de Almagro tornó á Panamá por mas gente; y entre tanto sé volvió don Francisco Pizarro á le esperar á una pequeña isla que estaba junto á la tierra, que llamaron la isla del Gallo, donde quedó padesciendo harta necesidad de todo lo necesario.

CAPITULO II.

Cómo quedó don Francisco Pizarro aislado en la Gorgona, y cómo
con la poca gente navegó, pasando la línea Equinocial.

Cuando don Diego de Almagro volvió á Panamá por socorro, halló que su majestad habia proveído por gobernador della un caballero de Córdoba, llamado Pedro de los Rios, el cual le impidió la vuelta, porque los que quedaron con don Francisco Pizarro en la isla del Gallo le enviaron secretamente á pedir que no permitiese que fuese mas gente á morir en aquella peligrosa jornada, sin ningun provecho, como habian muerto los pasados; y á ellos les mandase volver. Por lo cual Pedro de los Rios envió un teniente con su mandamiento para que todos los que quisiesen se pudiesen volver á Panamá libremente, sin que forzasen á ninguno á quedarse. Pues como la gente supo este mandato, se embarcaron luego con gran alegría, como si escaparan de tierra de moros de forma que solos doce hombres se quisieron quedar con don Francisco Pizarro, con los cuales, por ser tan pocos, no osó quedar allí, y se fué á una isla despoblada, seis leguas dentro en la mar, que, por ser toda llena de fuentes y arroyos, la llamaron la Gorgona, donde se sostuvieron comiendo cangrejos, exaivas y grandes culebras, de que allí hay abundancia, hasta que el navío volvió de Panamá, y en llegando, sin traer mas gente, salvo comida, se metió en él con solos sus doce compañeros, cuya constancia y virtud fué causa del descubrimiento de la tierra del Perú; uno de los cuales se llamaba Nicolás de Ribera, natural de Olvera; y Pedro de Candía, natural de la isla de Candía, en Grecia; y Juan de Torre, y Alonso Birceño, natural de Benavente; y Cristóbal de Peralta, natural de Baeza; y Alonso de Trujillo, natural de Trujillo y Francisco de Cuellar, natural de Cuellar; y Alonso de Molina, natural de Ubeda. Y guiándolos un piloto, llamado Bartolomé Ruiz, natural de Moguer, navegaron con harto trabajo y peligro contra la fuerza de los vientos y corrientes, hasta que llegaron á una provincia llamada Motupe, que está en medio de dos pueblos que los cristianos poblaron, y nombraron al uno Trujillo y al otro San Miguel; y no osando pasar adelante por la poca gente que tenia, á la vuelta, en el rio que llaman de Puechos ó de la Chira, tomó cierto ganado de las ovejas de la tierra y algunos indios que sirvieron de lenguas, y volviendo á la mar, hizo saltar en el puerto de Túmbez, de donde se trajo noticia de una casa muy principal que el señor del Perú allí tenia, con una poblacion de indios ricos, que era una de las cosas señaladas del Perú hasta que los indios de la isla de la Puna lo destruyeron, como adelante se dirá; y allí se quedaron tres españoles huidos, que después se supo haber sido muertos por los indios, y con esta noticia se tornó á Panamá, habiendo andado tres años en el descubrimiento, padesciendo grandes trabajos y peligros, así con la falta de comida como con las guerras y resistencia de los indios, y con los motines que entre su mesma gente habia, desconfiando los mas dellos de poder hallar cosa de provecho. Lo cual todo apaciguaba y proveía don Francisco con mucha prudencia y buen ánimo, confiado en la gran diligencia con que don Diego de Almagre le iria siempre proveyendo de mantenimientos y gente y caballos y armas. De manera que, con ser los mas ricos de la tierra, no solamente quedaron pobres, pero adeudados en mucha suma.

CAPITULO III.

De cómo don Francisco Pizarro vino á España á dar noticia á su majestad del descubrimiento del Perú, y de algunas costumbres de los naturales dél.

Hecho el descubrimiento, como arriba está dicho, don Francisco Pizarro se vino á España y dió noticia á su majestad de todo lo acaescido, y le suplicó que en remuneracion de sus trabajos le hiciese merced de la gobernacion de aquella tierra, que él quería tornar á descubrir y poblar; lo cual su majestad hizo, capitulando con él lo que se acostumbraba con los otros capitanes á quien se había encomendado el descubrimiento de otras provincias; y con tanto, se volvió á Panamá, llevando consigo á Hernando Pizarra y á Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro y á Francisco Martin de Alcántara, sus hermanos; entre los cuales solos Hernando Pizarro y Juan Pizarro eran legítimos y hermanos de padre y madre, hijos de Gonzalo Pizarro el Largo, vecino de Trujillo, que fué capitan de infantería en el reino de Navarra; don Francisco era su hijo natural y Gonzalo Pizarro lo mesmo, aunque de diferentes madres, y Francisco Martin era hermano de don Francisco, de madre solamente; y demás destos, llevó consigo otra mucha gente para el descubrimiento, que los mas dellos eran naturales de Trujillo y Cáceres y de otros lugares de Extremadura. Y así, llegado á Panamá, comenzaron á aderezar las cosas necesarias para el descubrimiento debajo de la mesma compañía, caso que hubo algunas disensiones entre don Francisco y don Diego; porque habia sentido mucho don Diego que don Francisco hubiese negociado en España con su majestad todo lo que á él tocaba, trayendo título de gobernador y adelantado mayor del Perú, sin hacer mencion de cosa que á él tocase, como quien que en todos los trabajos y costas del descubrimiento había puesto la mayor parte. De todo esto le consoló don Francisco, diciendo que su majestad no habia sido servido por entonces de darle para él cosa ninguna, caso que se lo había pedido; pero que él le prometia y daba su palabra de renunciar en él el adelantamiento, y le enviaría á suplicar que le pasase en él. Y con esto quedó algo satisfecho don Diego y así, los dejarémos poniendo en órden la armada y las otras cosas necesarias al descubrimiento, por contar el sitio de la provincia del Perú y las cosas señaladas y costumbres de las gentes.

CAPITULO IV.

De la geste que habita debajo de la linea Equinocial, y otras cosas
señaladas que allí hay.

La tierra del Perú, de que se ha de tratar en esta historia, comienza desde la linea Equinocial adelante hacia el mediodía. La gente que habita debajo de la linea y en las faldas della tienen los gestos ajudiados, hablan de papo, andaban tresquilados y sin vestidos, mas que unos pequeños refajos, con que cubrian sus vergüenzas. Y las indias siembran y amasan y muelen el pan que en toda aquella provincia se come, que en la lengua de las Islas se llama maíz, aunque en la del perú se llama zara. Los hombres traen unas camisas cortas hasta el ombligo y sus vergüenzas defuera. Hacense las coronas casi á manera de frailes, aunque adelante ni atrás no traen ningun cabello, sino á los lados. Précianse de traer muchas joyas de oro en las orejas y en las narices, mayormente esmeraldas, que se hallan solamente en aquel paraje, aunque los indios no han querido mostrar los veneros dellas; créese que nascen allí, porque se han hallada algunas mezcladas y pegadas con guijarros, que es señal de cuajarse dellos. Atanse los brazos y piernas con muchas vueltas de cuentas de oro y de plata, y de turquesas menudas, y de contezuelas blancas y coloradas, caracoles, sin consentir traer á las mujeres ninguna cosa destas. Es tierra muy caliente y enferma, especialmente de unas bérrugas muy enconadas que nacen en el rostro y otros miembros, que tienen muy hondas las raíces, de peor calidad que las bubas. Tienen en esta provincia las puertas de los templos hacia el oriente, tapadas con unos paramentos de algodon, y en cada templo hay dos figuras de bulto de cabrones negros, ante las cuales siempre queman leña de árboles que huelen muy bien, que allí se crian, y en rompiéndoles la corteza, distila dellos un licor, cuyo olor trasciende tanto, que da fastidio, y si con él untan algun cuerpo muerto y se lo echan por la garganta, jamás se corrompe. Tambien hay en los templos figuras de grandes sierpes, en que adoran; y demás de los generales, tenia cada uno otros particulares, segun su trato y oficio, en que adoraban: los pescadores bien figuras de tiburones, y los cazadores segun la caza que ejercitan y así todos los demás; y en algunos templos, especialmente en los pueblos que llaman de Pasao en todos los pilares dellos tenian hombres y niños, crucificados los cuerpos, ó los cueros tan bien curados, que no olian mal, y clavadas muchas cabezas de indios, que con cierto cocimiento las consumen, hasta quedar como un puño. La tierra es muy seca, aunque llueve á menudo; es de pocas aguas dulces, que corren, y todos beben de pozos ó de aguas rebalsadas, que llaman jagueyes; hacen las casas de unas gruesas cañas que allí se crian; el oro que allí nasce es de baja ley; hay pocas frutas; navegan la mar con canoas falcadas, que son cavadas en troncos de arboles, y con balsas. Es costa de gran pesquería y muchas ballenas. En unos pueblos desta provincia, que llamaban Caraque, tenian sobre las puertas de los templos unas figuras de hombres con una vestidura de la mesma hechura de almática de diácono.

CAPITULO V.

De los veneros de pez que hay en la punta de Santa Elena,
y de los gigantes que allí hubo.

Cerca desta provincia, en una punta que los españoles llamaron de Santa Elena, que se mete en la mar, hay ciertos veneros donde mana un betun que paresce pez ó alquitrán, y suple por ellos. Junto á esta punta, dicen los indios de la tierra que habitaron unos gigantes, cuya estatura era tan grande corno cuatro estados de un hombre mediano. No declaran de qué parte vinieron; manteníase de las mesmas viandas de los indos, especialmente pescado, porque eran grandes pescadores; á lo cual iban en balsas, cada uno en la suya, porque no podian llevar mas, con navegar tres caballos en una balsa; apeaban la mar en dos brazas y media; holgaban mucho de topar tiburones ó bulbos, ó otros peces muy grandes, porque tenían mas que comer; comía cada uno mas que treinta indios; andaban desnudos por la dificultad de hacer los vestidos; eran tan crueles, que sin causa ninguna mataban muchos indios, de quien eran muy temidos. Vieron los españoles en Puerto-Viejo dos figuras de bulto destos gigantes, una de hombre y otra de mujer. Hay memoria entre los indios, descen­diendo de padres en hijos, de muchas particularidades destos gigantes, especialmente del fin dellos; porque dicen que bajó del cielo un mancebo resplandesciente como el sol, y peleó con ellos, tirándoles llamas de fuego, que se metian por las peñas donde daban, y hasta hoy están allí los agujeros señalados; y así , se fueron retrayendo á un valle, donde los acabó de matar todos. Y con todo esto, nunca se dió entero crédito á lo que los indios decian cerca destos gigantes, hasta que siendo teniente de gobernador en Puerto Viejo el capitan Juan de Olmos, natural de Trujillo, en el año de quinientos y cuarenta y tres, y oyendo todas estas cosas, hizo cavar en aquel valle, donde hallaron tan grandes costillas y otros huesos, que si no parescieran juntas las cabezas, no era creible ser de personas humanas; y así, hecha la averiguacion y vistas las señales de los rayos en las peñas, se tuvo por cierto lo que los indios decian; y se enviaron á diversas partes del Perú algunos dientes de los que allí se hallaron, que tenia cada uno tres dedos de ancho y cuatro de largo. Tiénese por cosa cierta entre los españoles, vistas estas señales, que por ser, como dicen que era, esta gente muy dados al vicio contra natura, la Justicia divina los quitó de la tierra, enviando algun ángel para ello, como se hizo en Sodoma y en otras partes; y así para esto como para todas las otras antigüedades que en el Perú se saben, se ha de presuponer la dificultad que hay en la averiguacion; porque los naturales ningun genero de letras ni escritura saben ni usan, ni aun las pinturas, que sirven en lugar de libros en la Nueva-España, sino solamente la memoria que se conserva de unos en otros; y las cosas de cuenta se perpetúan por medio de unas cuerdas de algodon, que llaman los indios quippos, denotando los números por nudos de diversas hechuras, subiendo por el espacio de la cuerda desde las unidades á decenas, y así dende arriba, y poniendo la cuerda del color que es la cosa que quieren mostrar; y en cada provincia hay personas que tienen cargo de poner en memoria por estas cuerdas las cosas generales, que llaman quippo camaios; y así, se hallan casas públicas llenas destas cuerdas, las cuales con gran facilidad da á entender el que las tiene á cargo, aunque sean de muchas edades antes dél.

CAPITULO VI.

De las gentes y cosas que hay pasada la linea Equinocial hácia
el mediodía, por la costa de la mar.

Pasada la linea Equinocial, hácia el mediodía hay una isla de doce leguas de bojo, muy cerca de la Tierra-Firme, la cual isla llaman la Puna, abundante de mucha caza de venados y pesquería y de muchas aguas dulces. Solia estar poblada de mucha gente, y tenían guerras con todos los pueblos comarcanos, especialmente con los de Túmbez, que están doce leguas de él. Vestian camisas y pañicos; eran señores de muchas balsas, con que navegaban. Estas balsas son hechas de unos palos largos y livianos; atados sobre otros dos palos, y siempre los de encima son nones, comunmente cinco, y algunas veces siete ó nueve, y el de en medio es mas largo que los otros, como piértego de carreta, donde va sentado el que rema; de manera que la balsa es hechura de la mano tendida, que van menguándose los dedos, y encima hacen unos tablados por no mojar-se. Hay balsas en que caben cincuenta hombres y tres caballos; navegan con la vela y con remos, porque los indios son grandes marineros dellas, aunque algunas veces ha acaescido, yendo españoles en las balsas, desatar los indios muy sotilmente los palos, y apartarse cada uno por su cabo, y así perecer los cristianos y salvarse los indios sobre los palos, y aun sin ningun arrimo, por ser grandes nadadores. Peleaban los desta isla con tiraderas y hondas, y con porras y hachas de plata y cobre. Tenian muchas lanzas con hierros de oro bajo, y hombres y mujeres traian muchas joyas y anillos de oro. Servíanse con vasijas de oro y plata, y el señor de aquella isla era muy temido de sus vasallos, y tan celoso, que todos los servidores dé su casa y guardas de sus mujeres traian cortadas las narices y miembros ge­nitales. Y en otra pequeña isla, junto á ella, se halló en una casa el retrato de una huerta con los arbolicos y plantas de plata y oro. Frontero desta isla, y en la Tierra-Firme, habia unos pueblos que, por cierto enojo que hicieron al señor del Perú, les dió por pena que se sacasen los dientes de la mejilla alta; y así, hasta el dia de hoy hombres y mujeres andan desdentados.

En pasando de Túmbez hácia el mediodía, en espacio de quinientas leguas por luengo de costa, ni en diez leguas la tierra adentro, no llueve ni truena jamás, ni cae rayo, caso que pasadas las diez leguas ó algo mas ó menos, como la sierra dista de la mar, llueve y truena, y hay invierno y verano á los tiempos y de la manera que en Castilla, y al tiempo que en la sierra es invierno en la costa es verano, y así por el contrario; y por todo el espacio descubierto de la tierra del Perú, que es desde la ciudad de Pasto, donde comienza, hasta la provincia de Chili, que agora está descubierta, hay mas de mil y ochocientas leguas, mas largas que las de Castilla; y en todas ellas va á la larga una cordillera de sierras muy ásperas, que unas veces distan de la mar quince y veinte leguas, y otras se meten los ramos de la sierra por la tierra y hacen menor la distancia por manera que todo lo descubierto del Perú se entiende por dos nombres, que toda la distancia que hay desde las montañas á la mar, agora diste poco ó mucho, se llaman los llanos, y todo lo demás se llama la Sierra. Estos llanos son muy secos y de muy grandes arenales, porque no llueve jamás en ellos, ni se halla fuente ni pozo ni otro ningun manantial, sino cuatro ó cinco jagueyes que, por estar junto á la mar, el agua es muy salobre. Mantiénense del agua de los ríos que descienden de la sierra, y se juntan de las nieves y lluvias que allí caen porque tampoco en la sierra se hallan sino muy pocas fuentes. Estos ríos están apartados unos de otros al­gunas veces doce y quince y veinte leguas, pero lo mas ordinario es á siete y á ocho leguas; y así, los caminantes hacen comunmente jornada en ellos, porque no tie­nen otra agua que beber. Por las orillas destos ríos, una legua en ancho, y á veces mas ó menos, como lo sufre la disposicion de la tierra, hay muy grandes fres­curas de arboledas y frutales y maizales, que los indios siembran; y después que los españoles fueron á aquella tierra, tambien siembran trigo, lo cual todo riegan con las acequias que sacan destos ríos, en que tienen muy grande experiencia é industria; porque algunas veces, para desmentir los valles que se ofrescen en medio, acontesce rodear con la acequia siete y ocho leguas, con no tener el tal valle media legua de distancia de punta á punta. La frescura destos valles tura de largo, como viene el rio desde la mar á la sierra; corren los ríos con tanto ímpetu por venir de tan alto, que muchos dellos, como son el de Santa y el de la Barranca, y otros semejantes, no los podrian pasar los españoles á caballo sin ayuda de los indios, que les defienden la cor­riente, poniéndose hácia la parte baja asidos con varales y otros palos; aun con todo esto, pasando los ríos, no es seguro detenerse á dar agua ni otra cosa, porque la furia del agua desbarata al caballo y al que va enci­ma, y le hace perder los sentidos, y el principal peligro, consiste en que si cae el caballo ó el hombre, la gran corriente los lleva abajo sin dejarlos levantar, porque es tan furiosa, que ordinariamente lleva tras sí piedras bien grandes. Los que caminan por los llanos van siempre por la orilla de la mar, que casi no se apartan del agua, ó á lo menos pocas veces la pierden de vista, y en los inviernos es peligroso camino, porque vienen los ríos tan crescidos, que no se pueden pasar sino en las balsas que arriba están dichas, ó en otras que hacen hinchiendo unas redes de calabazas, y sobre ellas va tendido de pechos el que ha de pasar, y un indio va delan­te, asida la balsa, á nado con una cuerda, y otro detrás echándola hácia adelante. Y asimismo en las riberas destos ríos hay frutales de diversas maneras y algodonales y salces y cañas y carrizos y juncos, y juncia y espadañas y otros géneros de yerbas. Es tierra muy fértil, y en todo el año se siembra, y se coge el trigo y el maíz sin esperar tiempo cierto para ello.

Los indios no viven en casas, sino debajo de árboles, ó de ramadas. Las mujeres visten unos hábitos de algodon hasta los piés, á manera de lobas; los hombres traen pañetes y unas camisetas hasta la rodilla, y encima unas mantas; y aunque la manera del vestir es comun á todos, difieren en lo que traen en las cabezas, segun el uso de cada tierra porque unos traen trenzas de la­na, y otros un solo cordon de lana y otros muchos cor­dones de diversas colores; y no hay ninguno que no traiga algo en la cabeza, y en cada provincia es diferentemente. Divídense en tres géneros todos los indios destos llanos, porque á unos llaman yungas y á otros tallanes y á otros mochicas; en cada provincia hay di­ferente lenguaje, caso que los caciques y principales y gente noble, demás de la lengua propria de su tierra, saben y hablan entre si todos una misma lengua, que es la del Cuzco, por causa que el rey del Perú, llamado Guaynacaba, padre de Atabaliba, paresciéndole que era poco acatamiento de sus vasallos, especialmente de los caciques y gente principal, que mas de ordinario con él trataban, haber de negociar por intérprete, man­dó que todos los caciques de la tierra y sus hermanos y parientes enviasen sus hijos á servirle en su corte, so color que aprendiesen la lengua, aunque principalmente su intento era asegurar la tierra de todos los principales con tenerles sus hijos en rehenes. Como quier que sea, por esta forma consiguió que toda la gente noble de su reino supiese y hablase la lengua de su corte, de la manera que en Frándes se introdujo que los caballeros y nobles hablasen la lengua francesa de manera que el español que supiere la lengua del Cuzco puede pasar por todo el Perú, en los llanos y en la sierra, entendiendo y siendo entendido de los principales.

CAPITULO VII.

Del viento que corre en los llanos del Perú, y la razon
de la sequedad dellos.

Con razon podrían dudar los que leyeren esta histo­ria de la causa por que no llueve en todos los llanos del Perú, como arriba está dicho, habiendo razones de que en ellos hubiese de haber grandes lluvias, pues tienen tan cerca de la una parte la mar, que comunmente engendra humedades y vapores, y de la otra las altas sierras, de que hemos hecho relacion, donde nunca faltan nieves y aguas; y la razon natural que hallan los que con diligencia lo han inquirido es, que en todos estos llanos y costa de la mar corre todo el año un solo viento, que los marineros llaman sudueste, que viene prolongando la costa, tan impetuoso, que no deja parar ni levantar las nubes ó vapores de la tierra ni de la mar á que lleguen á congelarse á la region del aire; y de las altas sierras que exceden estos vapores ó nubes se ven abajo, que paresce que son otro cielo, y sobre ellos está muy claro, sin ningun nublado; y este viento causa tambien correr las aguas de aquella mar hácia la parte del norte, como corren, aunque algu­nos dan para ello otra causa, que como la mar del Sur va á embocar por el estrecho de Magallánes, y por ser tan angosto, que no tiene mas de dos leguas, no puede caber por él tan gran pujanza de agua, especialmente encontrándose allí con las aguas del mar del Norte, que le estorban la entrada; y así, no pudiendo caber toda el agua por allí, necesariamente tiene de hacer refluxion y retraerse hácia atrás; y asi, es causa de que las corrientes vuelvan atrás contra el norte; de donde nace otro inconveniente, que es ser por esta razon tan dificultosa la navegacion de Panamá para el Perú, porque siempre tienen el viento contrario, y mucha parte del año tambien las corrientes, que si no van á la bolina y forcejando contra el viento, no es posible navegar.

En toda esta costa del Perú hay grandes pesquerías de todos géneros de peces y muchos lobos marinos. Desde el rio de Túmbez arriba no se hallan lagartos; algunos dicen que lo causa ser la tierra mas templada, porque ellos son amigos de calor; pero por mas cierto se tiene causarlo la furia con que corren los ríos, que no los dejan criar, porque ellos ordinariamente crian en las rebalsas de los ríos. En toda la largura de los lla­nos hay pobladas de cristianos cinco ciudades. La primera se llama Puerto-Viejo, que está muy cerca de la línea Equinocial. Esta tiene pocos vecinos, porque es tierra pobre y enferma, aunque hay algunas esmeraldas, como arriba está dicho. Cincuenta leguas mas arriba, quince leguas la tierra adentro, está otra ciudad que se llama San Miguel, y en lengua de los indios se llamaba Piura; lugar fresco y bien proveido, aunque sin minas de oro ni de plata. Allí hay una enfermedad natural de la tierra, que da en los ojos á los mas que por allí pasan. Sesenta leguas adelante, la costa arriba, está una ciudad en un valle que llaman Chimo, y la ciudad se llama Trujillo; está dos leguas de la mar, aunque el puerto es peligroso; está asentada en un llano á la orilla de un rio; es muy abundante de aguas, y fértil de trigo, maíz y ganado. Está la poblacion hecha por mucha órden y razon, y en ella hasta trecientas casas de españoles. Ochenta leguas mas arriba hay otra ciudad, dos leguas de un puerto de mar muy bueno y seguro, asentada en un valle que se dice Lima, y la ciudad se dice los Reyes, porque se pobló día de la Epifanía. Está en un llano junto á un rio caudaloso; la tierra es muy abundante de pan y de todo género de frutas y ganados. Está la ciudad poblada de suerte que todas las calles van á dar á la plaza á cordel, y por cualquiera se paresce el campo por dos partes. Es de muy apacible vivienda por causa de su templanza, que en todo el año no hay frio ni calor que dé pesadumbre; los cuatro meses del estío de España hace en ella alguna mas diferencia de frio que en el otro tiempo. Estos cuatro meses cae en ella hasta el mediodía un rocío menudo como las nieblas de Valladolid, salvo que no es dañoso para la salud; antes los que tienen enfermedad de cabeza la lavan con este rocío. Dase muy bien toda fruta de Castilla, especialmente naranjas, cidras, limones, toronjas, dulce y agro, y higos y granadas, y aun de uvas hubiera abundancia si las alteraciones de la tierra hubieran dado lugar, porque algunas hay nascidas que se pusie­ron de granos de pasas. Tambien hay grande abundancia de verdura y legumbres de Castilla y gran aparejo para criallas, porque en cada casa hay una acequia de agua sacada del rio, que podria hacer moler un molino. Hay en el rio muchas paradas de molinos de Castilla, donde los españoles muelen su trigo; por manera que esta ciudad se tiene por la mas sana y apacible vivienda de la tierra, por ser el puerto de gran comercio y contratacion, y que para proveerse de lo necesario acuden á él de todas las ciudades que están la tierra arriba, en cuyas minas se halla tanta abundancia de oro y plata como de aquella provincia se trae; y tambien por estar en medio de la tierra, y haber su majestad mandado por esta razon que resida allí la audiencia real, cuya causa acuden todos los vecinos de la tierra á pedir allí justicia; y es de creer que cada dia se irá aumentando mas la vecindad. Terná agora quinientas casas, aunque toma muy mayor sitio que una ciudad de España que tenga mil y quinientas, así por ser las calles muy anchas y la plaza, como porque cada casa ocupa un solar de ochenta piés de delantera, y doblado el largo. Los edilicios no se pueden hacer de mas de un sue­lo, porque no hay madera en la tierra que sufra hollarse, y á tres años se come decarcoma; y con todo esto, las casas son muy suntuosas y de grande autoridad y muchos aposentos; los cuales edifican haciendo las paredes de los cuartos de adobes, con cinco piés de ancho, y en medio lo hinchen de tierra todo lo necesario para subir el aposento, hasta que las ventanas que salen á la calle queden bien altas del suelo. Las escaleras están descubiertas en los patios, y van á dar en unos terrados que sirven de corredor ó antecuarto para entrar desde allí á los aposentos. Las techumbres se hacen y cubren con unos tirantes toscos, y encima dellos se pone un cielo de unas esteras pintadas como las de Almería, que cubren tambien las mesmas tirantes, ó de unos lienzos pintados; y encima de todos se hacen ramadas, y así quedan los aposentos muy altos y frescos y defendídos del sol, porque del agua no hay necesidad defenderlos, pues, como está dicho, nunca llueve. Ciento y treinta leguas desta ciudad, la costa arriba, está otra villa que se intitula la villa hermosa de Arequipa, que será pueblo de hasta trecientas casas, muy sano, y abundante de todo género de comida. Está doce leguas de la mar, de cuya causa se espera que se poblará mucho, porque suben á él los navíos con ropa y vino y otros mantenimientos, de donde se provee la ciudad del Cuzco y la provincia de los Charcas, adonde acude la mayor parte de la gente de la tierra por causa de la contratacion de las minas de Potosí y Parco; y tambien se trae dellas á esta villa gran abundancia de plata para embarrar en los mismos navios, y llevarlo por mar á la ciudad de los Reyes ó á Panamá, con que se excusa llevallo por tierra, con gran peligro y riesgo y trabajo, después que, en ejecucion de la ordenanza real, no se cargan los indios. Desde esta ciudad pueden ir por tierra junto á la costa de la mar, por espacio de cuatrorientas leguas, á la próvincia que descubrió y pobló el gobernador Pedro de Valdivia, que se llama Chili, que en lengua dé indios quiere decir frío, por causa de los grandes frios que para llegar á ellos se pasan, como la historia lo declarará adelante, cuando tratare de la jornada que hizo el adelantado don Diego de Almagro. Este es el sitio y poblacion de la parte del Perú en los llanos dél; con que se debe presuponer que la mar es tan bonanra y limpia en toda aquella costa, por tanto espacio de tierra como hemos dicho, que jamás hay tormenta ni maleza ni bajío, ni otro impedimento para que las naos no puedan surgir seguramente con sola una áncora en toda la costa.

CAPITULO VIII.

De la calidad de la sierra del Perú, y de la poblacion della
de indios y cristianos.

Los indios que habitan en la sierra son muy diferentes de los de los llanos en fuerzas esfuerzo y razon, y viven mas políticamente, en casas cubiertas de tierra, y visten camisas y mangas de lana de las ovejas que allí se crian; andan en cabello con unas vendas atadas á las cabezas; las mujeres visten unos há­bitos sin mangas, muy sajadas con unas cintas de lana por todo el cuerpo, con que se hacen los talles largos; traen cobijadas unas mantellinas de lana prendidas al cuello con unos grandes alfileres de oro ó plata, como cada una alcanza, los cuales, en su lengua se llaman topos, que tienen las cabezas grandes y llanas, y tan agudas, que les sirven de cuchillas. Ayudan mucho á sus maridos en las labores y trabajos del campo y en los caseros, y aun casi lo trabajan ellas todo. Son comunmente blancas y de muy buenos gestos y faciones, mucho mas que las de los llanos. Y asimesmo la tierra es muy diferente de los llanos, porque todo está cubierta de yerba, y con gran abundancia de arroyos y aguas muy frias; de las cuales, juntándose, se hacen los ríos que van por los llanos. Hay muchas flores por los campos, y verduras como las de Castilla. Hay por todas partes berros y mastuerzo y almirones y verbe­na y zarzamoras y hacederas, y hay otras yerbas que echan unas flores amarillas, y las hojas como apio, que en poniéndola en cualquier llaga, aunque esté corrom­pida, luego la limpia, y si la ponen sobre la carne sana, la come asta el hueso. Hay muchos géneros de árboles de la tierra, con gran diversidad de frutas, tan sabrosas como las de Castilla. Hay alisos y nogales silves­tres. Tienen los indios muchas ovejas silvestres y otras domésticas. Hay venados y corzos, y otros géneros de animales menores, y abundancia de raposas. De todos estos animales hacen los indios una caza de gran regocijo, que ellos llaman chaco, desta manera: que se juntan cuatro ó cinco mil indios, mas ó menos, como lo sufre la poblacion de la tierra, y pónense apartados uno de otro en corro; tanto, que ocupan dos ó tres leguas de tierna; y después se van juntando paso á paso al son de ciertos cantares, que ellos saben para aquel propósito, y vienense á juntar hasta trabarse de las manos, y aun hasta cruzar los brazos unos con otros, y así vienen á juntar gran número de caza, como en corral, de todos géneros de animales, y allí toman y matan lo que les parece; y son tan grandes las voces que dan, que, no solamente espantan los animales, mas baten caer entre ellos aturdidas muchas perdices y neblís y otras aves, que, embarazadas con la mucha gente y grandes gritos, se dejan tomar á manos, y algunas dellas con redes. Hay por los montes leones y osos negros y gatos, y monos de diversas maneras, y otros muchos géneros de salvajismos, y las aves que hay en los llanos y en la sierra son águilas y palomas, tórtolas, pitos, codornices, papagayos, alcaudones, mochuelos, patos y gallaretas, garzas blancas y pardas, ruiseñores, y otras diversidades de hermosas aves; y entre ellas hay unas tan pequeñi­tas, que un cigarron es mayor, y tienen unas plumas largas romo un tornasol verde. Hay por las costas tan grandes buitres, que, tendidas las alas, tienen quince ó diez y seis palmos de punta á punta; estos se mantie­nen de lobos marinos, y cuando los ven en tierra, uno dellos hace presa en los pies ó cola, y otro le saca los ojos, y así otros le pican hasta matarle y cebarse en él. Hay otras aves, que llaman alcatraces, que son de hechura de gallinas, aunque muy mayores, porque les puede caber en el papo tres celemines de trigo, y son tan generales en toda la costa de la mar del Sur, que por espacio de mas de dos mil leguas nunca faltan; mantiénese de marisco, y cuando sienten hombre muerto entran á buscarle la tierra adentro treinta y cuarenta leguas. Es la carne dellas tan hedionda y mala, que algunos que con necesidad la han comido mueren como con ponzoña. Ya está dicho que en toda esta sierra llueve y graniza y nieva y hace gran frío, aunque hay en ella valles tan hondos, que no se sienten por la mucha calor; y allí se puede criar una yerba, que los indios tienen en mas que oro ni plata, llamada coca, cuya hoja es casi de hechura de la del zumaque; y tiénese experiencia que el que trae esta hoja en la boca no ha sed ni hambre. En algunas partes desta sierra no hay ningunos árboles, y los que caminan por ellas hacen lumbres de unos céspedes que por allí se crian. Hay veneros de tierra de diversas colores, y venas de oro y plata, las cuales los indios conoscian y fundian muy mejor y con menos trabajo y costa que los cristianos; porque en las sierras mas altas hacían unos hornillos con las puertas hácia el mediodía, de donde hemos dicho que siempre sopla el viento, y allí echan el metal con estiércol de ovejas; y encendiendo el viento el carbon, se derrite y cen­dra la plata y oro; y aun agora se ha visto en la gran abundancia de plata que se saca en las minas de Potosi que no se puede fundir con fuelles, sino que los indios lo funden en estos hornillos, que ellos llaman guairas, que quiere decir viento, porque se enciende con él. Es tan abundante y fertil esta tierra de cualquier cosa que en ella se siembra, que de una hanega de trigo salen ciento y cinquenta, y á veces decientas, y lo ordinario es ciento, con no haber arados con que labrar la tierra, sino unas palas agudas con que los indios la revuelven; y siembran los granos de trigo haciendo un agujero con un palo y metiendolos allí, como hacen en España cuando siembran habas. Danse las verduras y legumbres en tanta abundancia, que se vió en la ciudad de Trujillo nascer rábanos tan gruesos como un hombre, muy tiernos y macizos y que las hojas ocupaban dos pasos al derredor, y lo mesmo las lechugas y coles y otras hortali­zas que se sembraron de la simiente que se llevó de Castilla pero la que nació después en la tierra no cresció tanto. Las viandas que en aquella tierra comen los indios son maíz cocido y tostado en lugar de pan, y carne de venados cecinada, á manera de moxama, y pescado seco, y unas raíces de diversos géneros, que ellos llaman yuca, y ajís y zamotes y papas, y otras de otras maneras, y altramuces, y otras legumbres. Beben un brebaje en lugar de vino, que hacen echando, maíz con agua en unas tinajas que guardan debajo de tierra, y allí hierve; y demás del maíz crudo, le echan en cada tinaja cierta cantidad de maíz mascado, para la cual hay hombres y mujeres que se alquilan, y sirven como levadura. Tiénese por mejor y mas recio lo que se hace con agua embalsada que con la que corre. Este brebaje se llama comunmente chicha en lenguaje de las islas, porque en lengua del Perú se llama azúa es blanco ó tinto, como la color del maíz le echan, y emborracha mas fácilmente que vino de Castilla, aunque si los indios lo pudiesen haber, segun son aficionados á ello, dejarian lo de su tierra. Tambien hacen otra bebida de una frutilla que nasce en unos árboles, que llaman mulles, aunque no es tan presciada como la chicha.

CAPITULO IX.

De las ciudades de cristianos que hay en la sierra del Perú.

En la sierra del Perú hay algunas poblaciones de cristianos, que comienzan desde la ciudad de Quito, la cual está en cuatro grados, poco mas ó menos, allende de la linea Equinocial. Solia ser lugar muy apacible y abundante de pan y ganados, y mucho mas por los años de 44 y 45, que se descubrieron muy ricas minas de oro, y iba poblándose y acrescentándose el lugar de mucha gente, hasta que la furia de la guerra acudió allí, que fué causa que muriesen casi todos los vecinos de aquella ciudad á manos de Gonzalo Pizarro y de sus capitanes, porque habian servido y favorecido al visorey Blasco Nuñez Vela el tiempo que allí residió, como adelante mas particularmente se dirá. Desde esta ciudad no hay poblacion de cristianos por la sierra hasta un descubrimiento de la provincia de les Bracamoros, que el capitán Juan Porcel por una parte y el capitan Vergara por la otra descubrieron, y hicieron en ellas unas pequeñas poblaciones para desde allí entrar á descubrir mas adelante, conquistando y descubriendo la tierra, y aun estas poblaciones se deshicieron, porque Gonzalo Pizarro trajo consigo estos capitanes con su gente, para ayudarse dellos en sus guerras; y este descubrimiento se hizo por órden del licenciado Vaca de Castro, siendo gobernador de aquella provincia; que por la parte de San Miguel envió al capitan Porcel, y mucho mas arriba, por la provincia de los Chachapoyas, envió á Vergara, creyendo que iban por diversas entradas, caso que ellos después se toparon, y aun tuvieron diferencia sobre á quién pertenescia; y viniendo llamados por Vaca de Castro para dar entre ellos asiento, se hallaron al principio de la guerra en la ciudad de los Reyes, en servicio del Visorey; y des­pués de él preso, se quedaron con Gonzalo Pizarro, y cesó el negocio de la entrada. Está este descubrimiento á ciento y sesenta leguas de la ciudad de Quito, por la sierra. Mas adelante otras ochenta leguas hay una provincia que se dice de los Chachapoyas, donde hay una poblacion de cristianos que se intitula Levanto, tierra fértil de comida y de razonables minas; es la provincia muy fuerte y segura, porque está cercada casi por todas partes de un muy hondo valle, por el cual va un rio que le cerca por la mayor parte, que cortando las puentes dél habria mucha dificultad de conquistarla; esta provincia pobló de cristianos el mariscal Alonso de Albarado, á quien estaba encomendada. Mas adelante por espacio de sesenta leguas hay otra poblacion de cristianos que se llama Guanuco, hecha por mandado del licenciado Vaca de Castro, que la llamó Leon por ser natural de la ciudad de Leon, en España. Es tierra de mucha comida, y créese que hay en ella abundancia de minas, especialmente hácia la parte que tiene ocupada el Inga, que está alzado y de guerra en la provincia de los Andes, como adelante se declarará; y desde esta ciudad no hay en la sierra lugar de cristianos hasta la villa de Guamanga, que por los cristianos se nombra San Juan de la Vitoria, que hay distancia de sesenta leguas; esta villa es de poca poblacion de cristianos, aunque se cree que se acrescentaria mucho si el inga viniese de paz, porque está muy cerca della, y les tiene ocupada á los vecinos la mejor tierra, donde hay muchas minas y abundancia de coca, que es una yerba de mucho provecho, como arriba está dicho, Desta villa de Guamanga al Cuzco hay distancia de ochenta leguas, en las cuales hay grande aspereza de caminos, por las muchas sierras y quebradas, que son causa de grandes peligros. La ciudad del Cuzco antes de los cristianos era el asiento y corte de los reyes de aquella provincia, y desde ella se gobernaba tanta distancia de tierra como está declarado y se declarará. Y allí acudian los caciques de todas partes, así á traer los tributos del señor como á tratar sus negocios y á pedir su justicia unos contra otros; y en toda la provincia no habia otro lugar poblado de indios ni que tuviese forma de ciudad, sino esta, donde hay una muy buena fortaleza, labrada de piedras cuadradas tan grandes, que causa admiracion haberse podido traer allí á fuerza de indios, sin ayuda de bueyes ni mulas ni otros animales; porque hay muchas piedras que no las moverán diez pares de bueyes cada una dellas. Las casas y edificios en que hoy viven los cristianos son las mesmas que los indios tenian, aunque algunas reparadas y otras acrescentadas; la ciudad se divide en cuatro estancias, en cada una de las cuales tenia mandado el Rey, que en lengua de los indios se llama inga, que viviesen y se aposentasen los indios de hácia la parte que correspondia á aquel cuartel desta manera que él que tira hácia el mediodia: se llama Collasuyo, por una provincia que está hácia aquella parte, llamada Collao; y el que está hácia la parte del norte, contrario de este, se llama Chinchasuyo, por causa de una provincia muy nombrada que cae en aquel derecho, llamada Chincha, que agora es de su majestad, harto pobre y despoblada segun lo que solia; y así, desta manera se nombran los otros dos cuarteles de oriente y poniente, Andesuyo y Condesuyo; y ningun indio podia vivir en el aposento diferente del que estaba señalado á su tierra, sin gran pena. La tierra comarcana á esta ciudad es muy abundante de toda comida, y es tan sana, que en entrando en ella un hombre sin enfermedad, pocas ó ninguna vez adolesce. Está cer­cada de muchas y ricas minas de oro, en las cuales se ha sacado tanto como á España ha venido aunque agora, después que se descubrieron las minas de Potosí, se han despoblado las del oro, así porque se halla muy mayor ganancia en la plata, como porque es con muy menor peligro de los indios y aun de los cristia­nos que tratan en ello. Desde esta ciudad del Cuzco á la villa de Plata, que es en la provincia de las Charcas, hay ciento y cinquenta leguas, y mas, y en medio hay una provincia muy grande y llana, que se llama el Collao, que dura mas de cincuenta leguas, y la principal parte, que se llama Chiquito, es de su majestad; y por haber tan gran distancia despoblada de cristianos, el licenciado de la Gasca el año de 49 mandó poblar un lugar en esta provincia del Callao, que se nombra Nuestra Señora de la Paz. La villa de Plata es lugar de mucho frio, mas que ninguna otra de la sierra; hay en ella pocos vecinos, pero muy ricos; y aun estos que hay, la mayor parte del año residen en el asiento de las minas que hay en el cerro de Parco, y después en el de Potosí, cuando se descubrió, como adelante se dirá. Desde esta villa de Plata, entrando la tierra aden­tro, la mano izquierda, hácia la parte del oriente, se descubrió por mandado del licenciado Vaca de Cas­tro, que envió á ello al capitan Diego de Rójas y á Filipe Gutierrez, una provincia que se llama de Diegó de Rójas, que dicen ser muy buena y sana tierra, y abundante de comida, aunque no se ha hallado en ella tanta riqueza como se tenia creído que hubiera; y por ella han venido al Perú el capitan Domingo de Icala y sus compañeros en el año de 49, por manera que han andado toda la tierra que hay entre la mar del Sur y la del Norte, cuando subieron por el rio de la Plata, descubriendo la tierra por el mar del Norte. Este es el sitio de todo lo que está descubierto y poblado en toda la provincia del Perú, hácia la mar del Sur, ima­ginando la tierra por luengo de costa, sin haber entrado á descubrir la tierra adentro, porque hallan en ello gran dificultad, á causa de la aspereza de las sierras, que son tan dobladas, que no se pueden pasar sin gran dificultad y frios y falta de comida; y á todo esto ven­ciera la industria y buen ánimo de los españoles, si no desconfiasen ser delante la tierra rica.

CAPITULO X.

Del origen de los reyes del Perú, que llaman ingas.

En todas las provincias del Perú habia señores prin­cipales, que llamaban en su lengua curacas, que es lo mismo que en las islas solian llamar caciques; porque los españoles que fueron á conquistar el Perú, como en todas las palabras y cosas generales y mas comunes iban amostrados de los nombres en que las llamaban de las islas de Santo Domingo y San Juan y Cuba y Tierra-Firme, donde habian vivido, y ellos no sabian los nombres en la lengua del Perú, nombrábanlas con los vocablos que de las táles cosas traian aprendidos, y esto se ha conservado de tal manera, que los mismos indios del Perú cuando hablan con los cristianos nombran estas cosas generales por los vo­cablos que han oido dellos, como al Cacique, que ellos llaman curaca, nunca le nombran sino cacicua, y aquel su pan de que está dicho, le llaman maíz, con nombrarse en su lengua zara, y al brebaje llaman chicha, y en su lengua azúa, y así de otras muchas cosas. Estos señores mantenían en paz sus indios, y eran sus capitanes en las guerras que tenian con sus comarcanos, sin tener señor general de toda la tierra, hasta que de la parte del Collao, por una gran laguna que allí hay, llamada Titicaca, que tiene ochenta leguas de bojo, vino una gente muy belicosa, que llamaron ingas; los cuales andan trasquilados y las orejas hora­dadas, y metidos en los agujeros unos pedazos de oro redondo con que los van ensanchando. Estos tales se llaman ringrim, que quiere decir oreja. Y al principal dellos llamaron Zapalla inga, que es solo señor, aunque algunos quieren decir que le llamaron inga Viracocha, que es tanto como espuma ó grasa de la mar; porque, como no sabian el origen de la tierra donde vino, creian que se había criado de aquella laguna, que desagua por un gran rio que corre hácia la parte del occidente, que tiene en parte media legua de ancho, el cual entra en otra pequeña laguna que está cuarenta leguas de la grande; así se consume sin que haya otro desaguadero, con gran admiracion de los que consideran cómo en tan pequeño sumidero desaparesce tan gran cantidad de agua; aunque en esta pequeña nunca se halló suelo, créese que va por debajo é la mar, como lo hace el rio Alfeo en Grecia. Estos ingas co­menzaron á poblar la ciudad del Cuzco, y desde allí fueron sojuzgando toda la tierra y la hicieron tributaria; y de ahí adelante iba sucediendo en este señorío el que mas poder y fuerzas tenia, sin guardar órden legítima de succesion, sino por via de tiranía y violencia; de manera que su derecho estaba en las armas. La insignia ó corona que estos ingas traian para mostrar su señorío era una borla de lana colorada que les tornaba desde una sien hasta la otra, y casi les cu­bria los ojos, y con un hilo de esta borla entregado á uno de aquellos orejones gobernaban la tierra y proveían lo que querian, con mayor obediencia que en ninguna provincia del mundo sé ha visto tener á las provisiones de su rey; tanto, que acontescia enviar á asolar una provincia entera y matar cuantos hombres y mujeres en ella habia, por mano de uno solo destos orejones, sin que llevase otro poder de gente ni de comision mas de uno de aquellos hilos de la borla, y enviéndole, ofrescerse todos de muy buena gana á la muerte. Por la succesion destos ingas vino el señorío á uno dellos que se llamó Guaynacaba (que quiere decir mancebo rico), que fué el qué mas tierras ganó y acrescentó á su señorío, y el que mas justicia y razon tuvo en la tierra, y la redujo á policía y cultura; tanto, que parescia cosa imposible una gente bárbara y sin letras regirse con tanto concierto y órden, y tenerle tanta obediencia y amor sus vasallos, que en servicio suyo hicieron dos caminos en el Perú tan señalados, que no es justo que se queden en olvido; porque ninguna de aquellas que los autores antiguos con­taron por las siete obras mas señaladas del mundo se hizo con tanta dificultad y trabajo y costa como estas. Cuando este Guaynacaba fué desde la ciudad del Cuzco con su ejército á conquistar la provincia de Quito, que hay cerca de quinientas leguas de distancia, como iba por la sierra, tuvo grande dificultad en el pasaje por causa de los malos caminos y grandes quebradas y despeñaderos que habia en la sierra por do iba. Y así, paresciéndoles á los indios que era justo hacerle camino nuevo por donde volviese vitorioso de la conquista, porque había sujetado la provincia, hicieron un camino por toda la cordillera de la sierra, muy ancho y llano, rompiendo é igualando las peñas donde era menester, y igualando y subiendo las quebradas de mampostería; tanto, que algunas veces subian la labor desde quince y veinte estados de hondo; y así dura este camino por espacio de las quinientas leguas. Y dicen que era tan llano cuando se acabó, que podia ir una carreta por él, aunque después acá, con las guerras de los indios y de los cristianos, en muchas partes se han quebrado las mamposterías destos pasos por detener á los que vienen por ellos, que no puedan pasar. Y verá la dificultad desta obra quien considerare el trabajo y costa que se ha empleado en España en allanar dos leguas de sierra que hay entre el espinar de Segovia y Guadarrama, y como nunca se ha acabado perfectamente, con ser paso ordinario, por donde tan conti­nuamente los reyes de Castilla pasan con sus casas y corte todas las veces que van ó vienen del Andalucía ó dél reino de Toledo á esta parte de los puertos. Y no contentos con haber hecho tan insigne obra, cuando otra vez el mismo Guaynacaba quiso volver á visitar la provincia de Quito, á que era muy aficionado por haberla él conquistado, tornó por los llanos, y los indios le hicieron en ellos otro camino de casi tanta dificultad como el de la sierra, porque en todos los va­lles donde alcanza la frescura de los ríos y arboledas, que, como arriba está dicho, comunmente ocupan una legua, hicieron un camino que casi tiene cuarenta piés de ancho, con muy gruesas tapias del un cabo y del otro, y cuatro ó cinco tapias en alto, y en saliendo de los valles, continuaban el mismo camino por los arenales, hincando palos y estacas por cordel, para que no se pudiese perder el camino ni torcer á un cabo ni á otro; el cual dura las mismas quinientas leguas que el de la sierra; y aunque los palos de los arenales es­tán rompidos en muchas partes, porque los españoles en tiempo de guerra y de paz hacian con ellos lumbre, pero las paredes de los valles se están el dia de hoy en las mas partes enteras, por donde se puede juzgar la grandeza del edificio, y así, fué por el uno y vino por el otro Guaynacaba, teniéndosele siempre por donde habia de pasar, cubierto y sembrado con ramos y flores de muy suave olor.

CAPITULO XI.

De las cosas señaladas que Guaynacaba hizo en el Perú.

Demás de la obra y gasto destos caminos, mandé Guaynacaba que en el de la sierra, de jornada á jornada, se hiciesen unos palacios de muy grandes anchuras y aposentos, donde pudiese caber su persona y casa, con todo su ejército, y en el de los llanos otros semejantes, aunque no se podían hacer tan menudos y espesos como los de la sierra, sino á la orilla de los ríos, que, como tenemos dicho, están apartados ocho ó diez leguas, y en partes quince y veinte. Estos aposentos se llaman tambos, donde los indios en cuya jurisdicion caian, tenían hecha provision y depósito de todas las cosas que en él habia menester para proveimiento de su ejército, no solamente de mantenimiento, mas aun de armas, vestidos y todas las otras cosas necesarias; tanto, que si en cada uno de estos tambos queria renovar de armas ó vestidos á veinte ó treinta mil hombres en su campo, lo podia hacer sin salir de casa. Traia consigo gran número de gente de guerra con picas y alabardas y porras y hachas de armas, de plata y cobre, y algunas de oro, y con hondas, tiraderas de palma, tostadas las puntas. En los rios tenian hechas puentes de madera donde alcanzaban, y donde no, echando maromas gruesas de una yerba que llaman maguey, que es mas recio que cáñamo, de un cabo á otro del rio, entretejiéndolas con unos tamujos, que es cosa de admiracion ver la orden con que hacen tan altos edificios, que en parte hay mas de quince estados de alto y mas de docientos pasos de largo; y donde no se podian hacer puentes pasaban poniendo una maroma larga de un cabo al otro, y tirando por ella una gran canasta con las asas de madera, porque no se rozase, tirando la tal canasta desde la otra parte con una soga. Y estas puentes sustentaban á su costa los indios en cuyos términos caian. El Rey andaba siempre en una litera de planchas de oro. Traia mas de mil señores principales para solo llevarlo en los hombros, y estos eran de su consejo y los mas pri­vados. Tambien los caciques andaban en literas, que traían en los hombros sus vasallos. Tenian gran subjecion al señor; tanto, que ninguno, por principal que fuese, le entraba á hablar sino descalzo y llevando á cuestas una manta, envuelta en ella alguna cosa, que presentaba al señor en reconocimiento; lo cual se guardaba tan estrechamente, que si cien veces al dia le iban á hablar, tantas habia de ser con nuevo servicio. Tenian por muy gran desacato mirar al rostro del señor, y si cuando llevaban la litera alguno tropezaba de forma que cayese, le cortaban luego la cabeza. Tenia puestas postas por toda la tierra, de media á media legua, las cuales corrian los indios muy mas lige­ramente que los caballos de las postas. En conquis­tando alguna provincia, la primera cosa que hacia era pasar todos los vasallos, ó los mas principales, á otra poblacion antigua, á poblar aquella tierra de los indios ya sujetos, y desta manera lo aseguraba todo. Y esta tal gente que remudaba de unas tierras en otras lla­maban mitimaes. De todas las provincias de su señorío le traían cada año tributo de lo que en la tierra nascia; tanto, que en algunas tierras tan estériles, que no se criaba ningun fruto, le enviaban cada año ciertas cargas de lagartijas; con estar mas de trecientas leguas del Cuzco. Este Guaynacaba reedificó el templo del sol que en el Cuzco habia, y aforró las paredes y techum­bre de tablones de oro y plata que hizo. Y porque un señor que habia en los llanos, que se llamó Chimo­cappa, que tenia mas de cien leguas de tierra, se le rebeló, fué sobre él y le venció y mató y mandó, que, en pena del delito, ningun indio de los llanos trajese armas; lo cual guardan hasta el dia de hoy; caso que al sucesor deste rebelado le dejó en que viviese la provincia de Chimo, donde agora es Trujillo. Guaynacaba y su padre dieron órden para tener abundancia de ganados en su tierra, cómo de aquellas ovejas de la tierra se echasen en los campos cada año cierta cantidad dedicadas al sol por via de diezmo; y de es­tas multiplicaban en gran número; porque, sino era el mismo Guaynacaba para su ejército, tenian por sa­crilegio llegar ninguno á ellas, y cuando él las habia menester, con mandar hacer una caza de las que arriba tenemos dicho que llaman chacos, en un dia po­dia tomar veinte y treinta mil dellas. Tenian en gran estima el oro, porque dello hacia el Rey y los principales vasijas para su servicio y joyas para su atavío, y lo ofrecian en los templos. Y traia el Rey un tablon en que se sentaba, de oro de diez y seis quilates, que valió de buen oro mas de veinte y cinco mil ducados, que es el que don Francisco Pizarro escogió por su joya al tiempo de la conquista; porque, conforme á su capitulacion, le habían de dar una joya que él escogiese, fuera de la cuenta comun. Al tiempo que le nació el primer hijo mandó hacer Guaynacaba una maroma de oro tan gruesa (segun hay muchos indios vivos que lo dicen), que asidos á ella mas de seiscientos indios orejones, no la levantaban muy fácilmente. Y en memoria desta tan señalada joya llamaron al hijo Guascar (que en su lengua quiere decir soga), con el sobrenombre de inga, que era de todos los reyes, como los emperadores romanos se llamaban augustos. Esto se ha trauido aquí por desarraigar una opinion que comunmente se ha tenido en Castilla entre la gente que no tiene plática en las cosas de las Indias, de que los indios no tenian en nada el oro ni conoscian su valor. Tambien tenia muchos graneros y trojes hechos de oro y plata, y grandes figuras de hombres y mujeres y de ovejas y de todos los otros animales, y de todos los géneros de yerbas que nacían en aquella tierra, con sus espigas y bastigas y nudos hechos al natural, y gran suma de mantas y hondas entretejidas con oro tirado, y aun cierto número de leños, como los que habia de quemar, hechos de oro y plata.

CAPITULO XII.

Del estado en que estaban las guerras del Perú al tiempo
que los españoles llegaron á ella.

Aunque el intento principal desta historia sea contar las cosas en ella sucedidas á los españoles que la conquistaron, entonces y después acá del descubrimiento pero, porque esto no se podria bien entender sin tocar algo del estado en que los negocios de los indios que la gobernaban estaban en aquella sazon, y tambien para que se vea claramente cómo fué perrnision divina que los españoles llegasen á esta conquista al tiempo que la tierra estaba dividida en dos parcialidades, y que era imposible, ó á lo menos muy dificultoso, poderla ganar de otra manera, diré en suma los términos en que hallaron la tierra en aquella coyuntura, para que haya mas claridad en la historia.

Guaynacaba, después de haber sujetado á su impe­rio gran número de provincias por espacio de quinientas leguas, contando desde el Cuzco hacia el occidente, determinó ir en persona á conquistar la provincia de Quito, en cuyas entradas se acababa su señorío; y así, sacó su ejército y fué, y hizo la con quista, y por ser la calidad de la tierra muy apacible á su condicion, residió allí mucho tiempo, dejando en el Cuzco algunos hijos y hijas suyos, especialmente á su hijo mayor, llamado Guascar inga, y á Mango inga y Paulo inga, y otros muchos; y en Quito tomó nueva mujer, hija del señor de la tierra, y della bubo un hijo, que se llamó Atabaliba, á quien él quiso mucho; y dejándole debajo de tutores en Quito, tornó á visitar la tierra del Cuzco, y en esta vuelta le hicieron el camino tan trabajoso de la sierra, de que está hecha relacion; después de haber estado en el Cuzco algunos años, determinó volverse á Quito, así porque le era mas agradable aquella tierra como por el deseo de ver á Atabaliba, su hijo, á quien él quería mas que á los otros; y así, volvió á Quito por el camino que hemos dicho de los llanos donde vivió y tuvo su asiento lo res­tante de la vida hasta que murió; y mandó que aquella provincia de Quito, que él habia conquistado, quedase para Atabaliba, pues habia sido de sus abuelos. Muerto Guaynacaba, Atabaliba se apoderó de su ejército y de las riquezas que consigo traía, aunque las principales, como mas pesadas, las habia dejado en su recámara en el Cuzco, en poder de su hijo mayor, al cual Atabaliba envió embajadores haciéndole saber la muerte de su padre, y dándole la obediencia, suplicándole que le dejase aquella provincia de Quito, pues su padre la habia ganado y era fuera de su estado y mayorazgo; y sobre todo, que habia sido de su madre y abuelo. Guascar le respondió que él se viniese al Cuzco y le entregase el ejército, y que él le daría tierra donde se mantuviese muy honradamente; pero que á Quito no se le podia dar por ser el fin de su reino, y que de allí habia de hacer sus entradas contra los enemigos y tener gente como en frontera; y que si no venia, que iría sobre él y ternia por enemigo. Atabaliba hubo su consejo con dos capitanes de su padre muy esforzados y cursados en la guerra, el uno llamado Quizquiz y el otro Cilicuchima; los cuales le aconsejaron que no esperase á que su hermano viniese sobre él, sino que él fuese primero, pues con el ejército que tenia era parte para enseñorearse de todas las provincias por do pasase, y ir cada dia acrecentándole; de manera que su hermano tuviese por bien de confederarse con él. Tomando su consejo, salióse de Quito, y fuése apoderando de la tierra poco á poco, y tambien Guascar envió un gobernador ó capitan suyo con cierta gente á la ligera; y llegando á gran priesa á una provincia que se dice Tumibamba, que es mas de cien leguas de Quito, y sabido como Atabaliba habia ya salido con su ejército, despachó una posta al Cuzco haciendo saber lo que pasaba á Guascar, para que le enviase dos mil hombres de los capitanes y gente práctica en la guerra, porque con ellos juntaría treinta mil hombres de una provincia que se llama los Cañares, gente muy belicosa, que estaba por él; y él lo hizo así; y despachados los dos mil hombres á gran priesa, se juntaron con ellos los caciques de Tumibamba, y los chaparras y paltas y cañares que estaban en aquella comarca. Y sabido por Atabaliba, salió contra ellos y pelearon tres dias, muriendo mucha gente de ambas partes; hasta, que, desbaratados los de Quito, Atabaliba fué preso sobre la puente del rio de Tumibamba. Y estando haciendo la gente de Guasear grandes fiestas y borracheras por la victoria, Atabaliba, con una barra de cobre que una mujer le dió, rompió una gruesa pared del tambo de Tumibamba y se fié huyendo á Quito, que es veinte y cinco leguas de allí, y tornó á juntar su gente, y haciéndoles entender que su padre le habia convertido en culebra y héchole salir por un pequeño agujero, y le habia prometido la victoria si tornase á pelear, los animó tanto, que volvió sobre sus enemigos y peleó con ellos, y los venció y desbarató, habiendo muerto mucha gente de ambas partes en estas dos batallas; tanto, que hasta hoy duran los corrales y montones que allí están llenos de huesos de hombres. Continuando y siguiendo Atabaliba la victoria, determinó ir sobre su hermano, y llegando á la provincia de los Cañares, mató sesenta mil hombres dellos porque le habian sido contrarios, y metió á fuego y á sangre y asoló la poblacion de Tumibamba, situada en un llano ribera de, tres grandes ríos; la cual era muy grande; y de allí fué conquistando la tierra, y de los que se le defendian no dejaba hombre vivo, y á los que salian de paz los juntaba consigo, y desta manera iba multiplicando su ejército; y ido á Túmbez, quiso conquistar por mar la isla de la Puna, que arriba está dicha; mas el Cacique salió con muchas balsas y se le defendió; y porque á Atabaliba pareció que aquella conquista requería mas espacio, y supo que su hermano Guascar venia sobre él con su ejército, continuó su camino hácia el Cuzco; y quedándose él en Caxamalca, envió delante sus dos ca­pitanes, con hasta tres ó cuatro mil hombres, que fuesen ti descubrir el campo á la ligera; y llegando cerca del ejército de Guascar, por no ser sentidos se desviaron del camino por un atajo, por el cual acaso se habia tambien apartado el mismo Guascar con sietecientos hombres de sus principales, por salir del ruido del ejército; y topándole, pelearon con él y le desbarataron la gente y le prendieron; y teniéndole preso, venia ya todo el ejército sobre ellos y los cercaron por todas partes, donde no dejaran ninguno vivo, porque habia unas de treinta para uno, si los capitanes de Atabaliba no dijeran á Guascar, viendo venir su gente, que los mandase volver; si no, que luego le cortarian la cabeza. Y Guascar, con temor de la muerte; y con lo que le dijeron, que su hermano no quería dél otra cosa sino que le dejase en la tierra de Quito, reconosciéndole por señor, mandó á su gente que no pasase de allí, sino que luego se volviese al Cuzco, y ellos lo hicieron. Y salida tan buena ventura como acaso sucedió por Atabaliba, envió á mandar á sus capitanes que le trajesen á su hermano preso allí á Caxamalca, donde les esperaba. Y en esta coyuntura llegó el gobernador don Francisco Pizarra con los españoles que llevaba á la tierra del Perú, y tuvo lugar de hacer la conquista que en el libro siguiente se dirá; porque el ejército de Guascar era desbaratado y huido, y el de Atabaliba estaba la mayor parte despedido por la nueva victoria.

LIBRO SEGUNDO

DE LA CONQUISTA QUE HICIERON EN LA PROVINCIA DEL PERU DON FRANCISCO PIZARRO Y SU GENTE.

CAPITULO I

Ya tenemos dicho en el libro precedente cómo don Francisco Pizarro estaba en Panamá, habiendo vuelto de España, aderezando las cosas necesarias para la con­quista del Perú, aunque don Diego de Almagro no pro­veia con tanto calor como solia de lo que era necesario, porque la hacienda principal y el crédito estaba en él; y la causa de su tibieza fué el descontento que tenia de que don Francisco Pizarro no le habia traido ninguna merced de su majestad; pero en fin, dándole sus dis­culpas, se redujeron en amistad, aunque nunca los hermanos de don Francisco quedaron en gracia de don Diego, especialmente Fernando Pizarro, de quien él tenia la principal queja. En fin, Hernando Ponce de Leon fletó un navío que allí tenia á don Francisco Pizarro, en el cual se metió él con sus cuatro hermanos y la mas gente de pié y de caballo que pudo allegar, con harta dificultad, por le mucha desconfianza que tenian las gentes desta conquista, á causa de los grandes reveses que en ella habia habido los años pasados; y él se hizo á la vela en principio del año de 31, y por ser los vien­tos contrarios tomó la costa de la tierra del Perú, mas de cien leguas mas atrás de donde la habia de tomar; y así, le fué forzado desembarcar la gente y caballos, yendo su camino por la costa arriba, pasando grandes tra­bajos y falta de comida, por causa de los esteros que habia en las entradas de los ríos, tan grandes, que les era forzado pasarlos á nado los hombres y los caballos; en lo cual valia mucho la industria y ánimo con que don Francisco los regia, y los peligros en que ponia su per­sona, pasando muchas veces él mismo á cuestas los que no sabian nadar, hasta que llegaron á un pueblo que estaba junto á la mar, que se llama Coaque, asaz rico de mercaderías, bien poblado y bastecido de comida, donde pudo reformar su gente, que muy flaca la traia, y de allí envió á Panamá y á Nicaragua dos navíos, y en ellos mas de treinta mil castellanos de oro, que habia tomado en Coaque, para acreditar la tierra y poner co­dicia á la gente que pasase á ella. En este pueblo de Coaque se hallaron algunas esmeraldas, y muy buenas, porque están debajo de la línea, y muchas se perdieron y quebraron, porque los que allí iban eran tan poco prácticos en este género de piedras, que les paresció que para ser finas las esmeraldas no se habian de quebrar con martillo, como los diamantes; y así, creyendo que los indios los engañaban con algunas piedras falsas, las daban con una piedra; y así destruyeron grandísimo va­lor destas esmeraldas; y Luego les sobrevino una enfer­medad de berrugas, de que arriba tenemos hecha mencion, tan general en todo el ejército, que pocos se li­braron della; no embargante lo cual, el Gobernador, per­suadiendo la gente que lo causaba la mala constelacion de la tierra, pasó adelante con ellos hasta la provincia que llamaron Puerto-Viejo, conquistando y pacificando toda aquella comarca; y allí le alcanzó el capitan Be­nalcázar y Juan Flores, que vinieron de Nicaragua con un navío y alguna gente de pié y de caballo.

CAPITULO II.

De lo que al gobernador le acontesció en la isla de Puna
y su conquista.

Pacificada la provincia de Puerto-Viejo, el Goberna­dor con su gente caminó al puerto de Túmbez, y de allí determinó pasar en balsas que para ello hizo á la isla de Puna, que, como arriba hemos dicho, está fron­tero de aquel puerto, y pasó los caballos y la gente aquel brazo de mar con gran peligro, porque los indios tenían concertado entre sí de cortar las cuerdas de las balsas y anegar los cristianos que en ella llevaban. Y sabido por el Gobernador, mandó que todos fuesen muy sobre aviso y las espadas desenvainadas, sin que perdiesen de ojo á ningun indio; y llegados á la isla, los indios les salie­ron de paz y los rescibieron muy bien, aunque los tenian armada celada para los matar todos aquella noche. Y sabido por el Gobernador, dió sobre ellos y los desbara­tó y prendió al cacique principal, y otro dia el real ama­neció cercado de gente de guerra. Muy animosamente el Gobernador y sus hermanos apriesa cabalgaron, repartiendo los españoles todas partes, y envió á socorrer los navíos que cerca de tierra estaban, porque los indios daban sobre ellos por la parte del mar con balsas, y tanto los españoles pelearon, que los desbara­taron, matando y hiriendo muchos dellos; y solos dos ó tres españoles allí murieron, aunque otros quedaron mal heridos, especialmente Gonzalo Pizarro, de una pe­ligrosa herida que le dieron en una rodilla. Y después desto, llegó el capitan Hernando de Soto con mas gente de pié y de caballo que de Nicaragua traia, y á causa que todos los indios de aquella isla andaban en muchas balsas por entre los anegados manglares, no se les po­dia hacer la guerra, el Gobernador acordó pasar en Túm­bez, después que hizo repartimiento del oro que allí le dieron, á causa que adolescia la gente en aquella isla, que es muy enferma, porque está cerca de la linea Equi­nocial.

CAPITULO III.

De como el Gobernador pasó á Túmbez, y de la conquista
que hizo hasta que pobló á San Miguel.

En esta isla de la Puna, que hemos dicho, habia mas de seiscientos indios y mujeres de Túmbez captivos, con un principal de Túmbez que tambien estaba captivo, y todos los libertó el gobernador Pizarro, y les dió bal­sas para que se fuesen á sus tierras. Y al tiempo que él se embarcó en los navíos para pasar á Túmbez, envió con unos indios de aquellos de Túmbez tres cristianos en una balsa, que primero llegó á Túmbez que los navíos, y en llegando sacrificaron aquellos tres españoles á sus ídolos en pago del beneficio que del gobernador Pizarro habian rescibido en los sacar de captivos, y lo mismo hicieran al capitan Hernando de Soto, que en otra balsa iba con indios de aquella tierra, con un solo criado suyo, entrando ya por el rio de Túmbez arriba, si no fuera por Diego de Aguero y por Rodrigo Lozano, que ya habian desembarcado, y corriendo la ribera del rio arriba, le avisaron, y dió la vuelta luego; y por estar toda la tierra alzada no hubo balsas para ayudar á desembarcar la gente y caballos; y á esta causa no salieron aquella tarde con el Gobernador en tierra sino Hernando Pizarro y su hermano Juan Pizarro, y el obispo don fray Vicente de Valverde y el capitan Soto, y otros dos espa­ñoles que en toda la noche no se apearon de los caba­llos, y bien mojados, que, como la mar andaba brava, se trastornó la balsa con ellos al salir, á causa que no la supieron meter los españoles sin indios, como no los habia; y quedó haciendo desembarcar la gente Hernan­do Pizarro, y mas de dos leguas el Gobernador anduvo sin poder haber habla con indio ninguno, que todos andaban por los cerros con las armas en las manos; y ya que á la mar se volvía, toparon con el capitan Mena y con el capitan Juan de Salcedo, que á buscar al Gober­nador venian con alguna gente de caballo que ya habia desembarcado; y recogida toda la gente, el Gobernador asentó el real en Túmbez, y en tanto llegó el capitan Benalcázar, que en la isla habia quedado con la gente, que en los navíos no pudo venir en la primera barcada, y hasta que los navíos tornaron por él, siempre los indios le dieron guerra, y mas de veinte dias el Goberna­dor estuvo en Túmbez haciendo mensajeros al señor de aquella tierra, y jamás á las paces quiso venir, y contino hacia mucho daño en la gente servil del real cuando por comida iban, sin que los españoles le pudiesen ofender, porque estaban de la otra parte del rio, hasta que el Gobernador hizo traer balsas de la costa allí sin que los indios lo supiesen. Y una tarde, con sus herma­nos Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro, y con el capitan Soto y Benalcázar, pasaron mas de cincuenta de caballo el rio en las balsas, y dando una trasnochada muy tra­bajosa, por ser el camino muy angosto y de espesos montes y de espinos, dieron cuando amanesció sobre el real de los indios, y haciendo cuanto daño pudieron en él, hicieron todos aquellos quince dias cruda guerra á fuego y á sangre por los tres españoles que sacrificaron, hasta que el principal señor de Túmbez vino á las paces con algun presente de oro y plata; y luego se partió el Gobernador con la mayor parte de la gente, y con la otra dejó al contador Antonio Navarro y al tesorero Alonso Requelme; y cuando llegó treinta leguas de Túmbez, al rio de Poechos, hizo de paz á todos los pueblos y caciques que en la ribera de aquel rio vivian, y hizo buscar y descubrir el puerto de Paita, que era el mejor de aquella costa, y envió al capitan Hernando de Soto á los pueblos y caciques que en la ribera de aquel rio vivian, donde, después que algun reencuentro con él hubieron, le vinieron de paz; y por allí llegaron al Gobernador mensajeros del Cuzco, que Guascar le enviaba, haciéndole saber la rebelion de su hermano Atabaliba, que en aquel tiempo no lo habian aun preso, como después lo prendieron, como ya hemos dicho, y le enviaba a decir lo socorriese y le diese favor para se defender dél. El Gobernador envió á Hernando Pizarro á Túmbez para que trajese toda la gente que allí ha­bia quedado, y después que volvió por ella pobló la ciu­dad de San Miguel en un pueblo de indios, llamado Tangarara, en la ribera del rio de la Chira, cerca de la mar; porque los navíos que viniesen de Panamá halla­sen puerto seguro, porque ya algunos habian venido. Y repartido el oro y plata que allí hubieron, dejando en la ciudad solos los vecinos, el Gobernador se partió con toda la otra gente á la provincia de Caxamalca, porque supo que estaba allí Atabaliba.

CAPITULO IV.

De cómo el Gobernador fué á Caxamalca, y de lo que acaesció allí.

Partido el Gobernador para Caxamalca, pasó con todo su ejército gran necesidad de sed en un despoblado de veinte leguas, en que no hay agua ni árboles, sino toda arena seca y muy calurosa, que es desde donde agora está poblada la ciudad de San Miguel hasta la provin­cia de Motupe, en la cual halló unos frescos valles y bien poblados, donde pudo bien reformar la gente con la abundancia de comida que allí habia; y subiendo por allí á la sierra, topó con un mensajero de Atabaliba, que le traía unos zapatos pintados y unos puñetes de oro, y le dijo que cuando ante él llegase fuese calzado con aquellos zapatos y puestos los puños, para que en ellos le conosciese. El Gobernador lo recibió alegremente y respondió que así lo baria, y que él no venia a hacerle mal, ni se le haria si él no le daba muy notoria ocasion para ello; porque el emperador y rey de Castilla, por cuyo mandado él iba, no permitia que á nadie se hicie­se daño contra razon. Y como el mensajero se partió, el Gobernador fué tras él, caminando con mucho aviso, porque los indios no viniesen al camino á dar sobre su gente, y cuando llegó á Caxamalca topó otro mensajero, que le vino á decir que no se aposentase sin mandado de Atabaliba. Y á esto ninguna cosa respondió el Go­bernador mas que hacer su aposento, y después de hecho, envió al capitan Soto con hasta veinte de á caballo al real de Atabaliba, que estaba una legua de allí, á le hacer saber su venida; y cuando Soto llegó al real, en presencia de Atabaliba arremetió el caballo, y algunos indios, con miedo, se desviaron de la carrera, por lo cual Atabaliba los hizo luego matar; y Atabaliba no le habia querido dar respuesta ninguna hasta que llegó Hernando Pizarro, á quien el Gobernador habia envia­do tras Hernando de Soto, con otra cierta gente de ca­ballo, sino que hablaba con otro cacique, y aquel caci­que con la lengua, y la lengua con Soto, y en Llegando Hernando Pizarro luego habló con él derechamente por medio de solo el intérprete, y Hernando Pizarro le dijo cómo el Gobernador, su hermano, venia a él de parte de su majestad, que para le dar á entender su real voluntad deseaba verse con él y ser su amigo. A lo cual respondió Atabaliba que él seria contento de su amis­tad con que volviese á los indios todo el oro y plata que en su tierra habia tomado, y se fuese luego della, y que para dar órden en esto otro dia se iria á ver con el Gobernador al tambo de Caxamalca. Y después de haber visto Hernando Pizarro el real poblado de tantas tiendas y gente de guerra, que parescia una ciudad, se volvio con aquella respuesta al Cobernador; y dandosela, y contándole particularmente lo que habia visto, le puso algun temor, porque para cada cristiano habia cien indios; pero, como el Gobernador y todas los demás de su real eran de grande ánimo, aquella noche se esforzaron unos á otros, considerando que no tenian otro socorro sino el de Dios, en cuya ayuda esperaban, ha­ciendo lo que en sí era, como hombres animosos; y en toda aquella noche estuvieron guardando el real y ade­rezando sus armas, sin dormir en toda ella.

CAPITULO V.

Cómo se dió la batalla contra Atabaliba, y cómo fué preso.

Luego, otro dia de mañana, el Gobernador ordenó su gente, partiendo los sesenta de á caballo que habia en tres partes, para que estuviesen escondidos con los capitanes Soto y Benalcázar; y de todos dió cargo á Hernando Pizarro y á Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro, y él se puso en otra parte con la infantería, prohibiendo que nadie se moviese sin su licencia ó hasta que dispa­rase la artillería. Atabaliba tardó gran parte del dia en ordenar su gente, y señalando lugar por donde cada capitan habia de entrar, y mandó que por cierta parte secreta, hacia la parte por donde habian entrado los cris­tianos, se pusiese un capitan suyo, llamado Ruminagui, con cinco mil indios, para que guardase las espaldas á los españoles y matase á todos los que volviesen hu­yendo. Y luego Atabaliba movió su campo tan despacio, que mas de cuatro horas tardó en andar una pequeña legua. El venia en una litera, sobre hombres de señores, y delante dél trecientos indios vestidos de una li­brea, quitando todas las piedras y embarazos del cami­no, hasta las pajas, y todos los otros caciques y señores venían tras él en andas y hamacas, teniendo en tan poco los cristianos, que los pensaban tomar á manos; porque un gobernador indio habia enviado á decir á Atabaliba cómo eran los españoles muy pocos, y tan torpes y para poco, que no sabían andar á pié sin cansarse; y por eso andaban en unas ovejas grandes, que ellos llamaban ca­ballos; y así, entró en un cercado que está delante del tambo de Caxamalca; y como vió tan pocos españoles, y esos á pié (porque los de á caballo estaban escondi­dos), pensó que no osarian parecer delante dél ni le esperarian; y levantándose sobre las andas, dijo A su gente : «Estos rendidos están»; y todos respondieron que si. Y luego llegó el obispo don fray Vicente de Valverde con un Breviario en la mano, y le dijo cómo un Dios en Trinidad habia criado el cielo y la tierra y todo cuanto habia en ello, y hecho á Adan, que fué el primero hom­bre de la tierra, sacando á su mujer Eva de su costilla, de donde todos fuimos engendrados, y como por desobediencia destos nuestros primeros padres caimos todos en pecado, y no alcanzábamos gracia para ver á Dios ni ir al cielo, hasta que Cristo, nuestro redentor, vino á nascer de una virgen por salvarnos, y para esté efecto rescibió muerte, pasion; y después de muerto, resuscitó glorificado, y estuvo en el mundo un poco de tiempo, hasta que se subió al cielo, dejando en el mun­do en su lugar á san Pedro y á sus sucesores, que resi­dían en Roma, á los cuales los cristianos llamaban papas; y estos habian repartido las tierras de todo el mundo entre los príncipes y reyes cristianos, dando á cada uno cargo de la conquista, y que aquella provin­cia suya habia repartido á su majestad del emperador y rey don Carlos, nuestro señor, y su majestad habia enviado en su lugar al gobernador don Francisco Pi­zarro para que le hiciese saber de parte de Dios y suya todo aquello que le habia dicho; que si él quería creerlo y rescibir agua de baptismo y obedecerle, corno lo hacia la mayor parte de la cristiandad, él le defenderia y ampararia, teniendo en paz y justicia la tierra, y guardándoles sus libertades, como lo solía hacer á otros reyes y señores que sin riesgo de guerra se le sujetaban; y que si lo contrario hacia, el Gobernador le daría cruda guerra á fuego y sangre, con la lanza en la ruano; y que en lo que tocaba á la ley y creencia de Jesucristo y su ley evangélica, que si, después de bien informado delta, él de su voluntad la quisiese creer, que haria lo que convenia á la saIvacion de su Anima; donde no, que ellos no le harian fuerza sobre ello. Y después que Ata­baliba todo esto entendió, dijo que aquellas tierras y todo lo que en ellas habia las habia ganado su padre y sus abuelos, los cuales las habian dejado á su hermano Guasear inga , y que por haberle vencido y tenerle preso á la sazon eran suyas y las poseía, y que no sabia él cómo san Pedro las podia dar á nadie; y que si las ha­bia dado, que él no consentia en ello ni se le daba nada; y á lo que decía de Jesucristo, que habia criado el cie­lo y los hombres y todo, que él no sabia nada de aque­llo ni que nadie criase nada sino el sol, á quien ellos tenian por dios, y á la tierra por madre, y á sus guacas; y que Pachacamá lo habia criado todo lo que allí habia, que de lo de Castilla él no sabia nada ni lo habia visto; y preguntó al Obispo que cómo sabria él ser verdad todo lo que habia dicho, ó por dónde se lo daria á entender. El Obispo dijo que en aquel libro estaba escrito que era escriptura de Dios. Y Atabaliba le pidió el Breviario ó Biblia que tenia en la mano; y como se lo dió, lo abrió, volviendo las hojas á un cabo y á otro, y dijo que aquel libro no le decia á él nada ni le hablaba palabra, y le arrojó en el campo. Y el Obispo volvió adonde los españoles estaban, diciendo: «A ellos, á ellos;» y como el Gobernador entendió que si esperaba que los indios le acometiesen primero, los desbaratarian muy fácilmente, se adelantó, y envió á decir á Hernando Pizarro que hiciese lo que habia de hacer. Y luego mandó dis­parar el artillería, y los de caballo acometieron por tres partes en los indios, y el Gobernador acometió con la infantería hacia la parte donde venia Atabaliba; y lle­gando á las andas, comenzaron á matar los que las lle­vaban y apenas era muerto uno, cuando en lugar dél se ponian otros muchos á mucha porfía. Y viendo el Go­bernador que si se dilataba mucho la defensa los desbaratarian, porque aunque ellos matasen muchos indios, importaba mas un cristiano, arremetió con gran furia á la litera, y echando mano por los cabellos á Ata­baliba (que los traia muy largos), tiró recio para sí y le derribó, y en este tiempo los cristianos daban tantas cuchilladas en las andas, porque eran de oro, que hirieron en la mano al Gobernador; pero en fin él le echó en el suelo, y por muchos indios que cargaron, le pren­dió. Y como los indios vieron á su señor en tierra y preso, y ellos acometidos por tantas partes y con la furia de los caballos, que ellos tanto temian, volvieron las es­paldas y comenzaron á huir á toda furia, sin aprovecharse de las armas, y era la la presa, que con huir los unos derribaban los otros; y Tanta gente se arrimó hacia una esquina del cercado donde fue la batalla, que derribaron un pedazo de la pared, por donde pudieron salirse; y la gente de caballo continuo fue en el alcance hasta que la noche les hizo volver. Y como Ruminagui oyó el sonido de la artilleria y vió que un cristiano despeño de una atalaya abajo al indio que le habia de ha­cer la seña pare que acudiese, entendió que los espa­ñoles habian vencido, y se fué con toda su gente huyen­do, y no paró hasta la provincia de Quito, que es mas de docientas y cincuenta leguas de alli, como adelante se dirá.

CAPITULO VI.

De como Atabaliba mandó matar á Guascar, y como Hernando
Pizarro fue descubriendo la tierra.

Preso Atabaliba, otro día de mañana fueron á coger el campo, que era maravilla de ver tantas vasijas de plata y de oro como en aquel real habia, y muy buenas, y muchas tiendas y otras ropas y cosas de valor, que mas de sesenta mil pesos de oro valia solo la vajilla de oro que Atabaliba traia, y mas de cinco mil mujeres á los españoles se vinieron de su buena gana de las que en el real andaban. Y después de todo recogido, Atabaliba dijo al Gobernador que, pues preso lo tenia, lo tratase bien, y que por su liberacion él le daria una cuadra que allí habia, llena de vasijas y de piezas de oro y tanta plata, que llevar no la pudiese. Y como entendió que de aquello que decía el Gobernador se admiraba, como que no lo creia, le tornó á decir que mas que aquello le daria; y el Gobernador se le ofresció que él lo trataria muy bien, y Atabaliba se lo agradescio mucho, y luego por toda la tierra hizo mensajeros, especialmente al Cuzco, para que se recogiese el oro y plata que habia prometido para su rescate, que era lento, que parescia imposible cumplirlo, porque les habia de dar un portal muy largo que estaba en Caxamalca, hasta donde el mismo Atabaliba estando en pié pudo aIcanzar con la mano todo el derredor lleno de vasijas de oro, segun he dicho; y para este efecto hizo señalar esta altura con una línea colorada al derredor del portal; y aunque des­pués cada dia entraba en el real gran cantidad de oro y plata, no les paresció á los españoles tanto, que fuese parte para solamente comenzar á cumplir la promesa. Por lo cual mostraron andar descontentos y murmu­rando, diciendo que el término que habia señalado Ata­baliba para dar su rescate era pasado, y que no vian aparejo ellos de poderse traer; de donde inferian que esta dilacion era á efecto de juntarse gente para venir sobre ellos y destruirlos. Y como Atabaliba era hombre de tan buen Juicio, entendió el descontento de los cristianos, y preguntó al Marqués la causa dello, el cual se la dijo, y él le replicó que no tenia razon de quejarse de la dilacion, pues no habia sido tanta que pudiese cau­sar sospecha, y que debian tener eonsideracion á que la principal parte de donde se habia de traer aquel oro era la ciudad del Cuzco, y que desde Caxamalca á ella habia cerca de docientas leguas muy largas y de mal camino, y que habiendose de traer sobre hombros de indios, no debian tener aquella por tardanza largo, y que ante todas cosas, ellos se satisfaciesen si les podia dar lo que les habia prometido ó no, y que hallando que era verdadera la posibilidad, les hacia poco al caso que dasen mes mas ó menos; y que esto se podria hacer con darle una ó dos personas que fuesen al Cuzco á lo ver, y que les pudiesen traer muevas. Muchas opiniones hubo en el real sobre si se averiguaria esta determinacion que Atabaliba pedia, porque se tenia por cosa peligrosa fiarse nadie de los indios para meterse en su poder; de lo cual Atabaliba se rio mucho, diciendo que no sabia él por qué habia de rehusar ningun español de confiarse de su palabra y ir al Cuzco debajo della, quedando él allí atado con una cadena, con sus mujeres y hijos y hermanos en rehenes. Y así, con esto se determinaron á la jornada el capitan Hernando de Soto y Pe­dro del Barco, á los cuales envio Atabaliba en sendas hamacas, con mucha copia de indios que los llevaban en hombros casi por la posta, porque no es en mano de los indios ir despacio con las hamacas; y aunque no son mas de dos los que las llevan, todo el número de los hamaqueros (que por lo menos serian cincuenta ó sesenta para cada uno) van corriendo y en andando ciertos pasos se mudan otros dos, en lo cual tienen tanta destreza, que lo hacen sin pararse. Pues desta manera caminaron Hernando de Soto y Pedro del Barco la via del Cuzco, y á pocas jornadas de Caxamalca toparon los capitanes y gente de Atabaliba que traian preso á Guascar, su hermano; el cual, como supo de los cristianos, los quíso hablar y habló, y informado muy bien dellos de todas las particularidadcs que quiso sa­ber, como oyó que el intento de su majestad, y del Marqués en su nombre, era tener en justicia así á los cristianos como á los indios que conquistasen, y dar á cada uno lo suyo, les contó la diferencia que habia entre él y su hermano, y como, no solamente le queria quitar el reino (que por derecha sucesion le pertenescia, como al hijo mayor de Guaynacaba), pero que para este efec­to le traia preso y le queria matar, y que les rogaba que se volviesen al Marques y de su parte le contasen el agravio que le hacian, y le suplicasen que, pues ambos estaban en su poder, y por esta razon el era señor de la tierra, hiciese entre ellos justicia, adjudicado el reino á quien pertenesciese, pues decian que este era su principal intento; y que si el Marqués lo hacia, no solamente cumpliria lo que por su hermano se habia proferido de dar en el tambo ó portal de Caxamalca un estado de hombre lleno de vasijas de oro, pero que le hinchiria todo el tambo hasta la techumbre, que era tres tanto mas; y que se informasen y supiesen si él podia hacer mas fácilmente aquello que su hermano lo otro; porque para cumplir Atabaliba lo que habia prometido le era forzoso deshacer la casa del sol del Cuz­co, que estaba toda labrada de tablones de oro y plata igualmente, por no tener otra parte donde haberlo; y él tenia en su poder todos los tesoros y joyas de su pa­dre, conque fácilmente podia cumplir mucho mas que aquello; en lo cual decia verdad, aunque los tenia todos enterrados en parte donde persona del mundo no lo sabia, ni después acá se ha podido hallar, porque los llevó á enterrar y esconder con mucho número de indios que lo llevan á cuestas, y en acabando de enter­rarlos mató á todos para que no lo dijesen ni se pudiese saber, aunque los españoles, después de pacificada la tierra y agora, cada dia andan rastreando con gran di­ligencia y cavando hácia todas aquellas partes donde sospechan que lo metió; pero nunca han hallado cosa ninguna. Hernando de Soto y Pedro del Barco respon­dieron á Guascar que ellos no podian dejar el viaje que llevaban, y á la vuelta (pues habia de ser tan presto) entenderian en ello; y así, continuaron su camino, lo cual fué causa de la muerte de Guascar y de perderse todo aquel oro que les prometía; porque los capitanes que le llevaban preso hicieron luego saber por la posta á Atabaliba todo lo que habia pasado, y era tan sagaz Atabaliba que consideró que si á noticia del Goberna­dor venia esta demanda, que así por tener su hermano justicia como por la abundancia de oro que prometia (á lo cual tenia ya entendido la aficion y codicia que te­nían los cristianos), le quitarian á él el reino y le darian á su hermano, y aun podría ser que le matasen por qui­tar de medio embarazos, tomando para ello ocasion de que contra razon habia prendido á su hermano y alzá­dose con el reino. Por lo cual determinó de hacer matar á Guascar, aunque le ponia temor para no lo hacer haber oido muchas veces á los cristianos que una de las leyes que principalmente se guardaban entre ellos era que el que mataba á otro habia de morir por ello; y así, acordó tentar el ánimo del Gobernador para ver qué sentiría sobre el caso; lo cual hizo con mucha indus­tria, que un dia fingió estar muy triste y llorando y so­llozando, sin querer comer ni hablar con nadie; y aunque el Gobernador le importunó mucho sobre la causa de su tristeza, se hizo de rogar en decirla; y en fin le vino á decir que le habian traído nueva que un capitan suyo, viéndole á él preso, habia muerto á su hermano Guascar, lo cual él habia sentido mucho, porque le tenia por hermano mayor y aun por padre; y que si le habia hecho prender no habia sido con intencion de hacerle daño en su persona ni reino, salvo para que le dejase en paz la provincia de Quito, que su padre le habia mandado después de haberla ganado y conquistado, siendo cosa fuera de su señorío. El Gobernador le consoló que no tuviese pena; que la muerte era cosa natu­ral, y que poca ventaja se llevaran unos á otros, y que cuando la tierra estuviese pacífica él se informaria quié­nes habian sido en la muerte y los castigaria. Y como Atabaliba vió que el Marqués tomaba tan livianamente el negocio, deliberó ejecutar su propósito; y así, envió á mandar á los capitanes que traían preso á Guascar que luego le matasen. Lo cual se hizo con tan gran presteza, que apenas se pudo averiguar después si cuando hizo Atabaliba aquellas apariencias de tristeza habia sido antes ó después de la muerte. De todo este mal suceso co­munmente se echaba la culpa á Hernando de Soto y Pe­dro del Barco por la gente de guerra, que no están informados de la obligacion que tienen las personas á quien algo se manda (especialmente en la guerra) de cumplir precisamente su instruccion, sin que tengan libertad de mudar los intentos segun el tiempo y ne­gocios, si no llevan expresa comision para ello; dicen los indios que cuando Guascar se vide matar dijo: «Yo he sido poco tiempo señor de la tierra, y menos lo será el traidor de mi hermano, por cuyo mandado muero, siendo yo su natural señor.» Por lo cual los indios, cuando después vieron matará Atabaliba (como se dirá en el capítulo siguiente), creyeron que Guascar era hijo del sol, por haber profetizado verdaderamente la muerte de su hermano; y asimismo dijo que cuando su pa­dre se despidió dél le dejó mandado que cuando á aque­lla tierra viniese una gente blanca y barbada se hiciese su amigo, porque aquellos habian de ser señores del reino, lo cual pudo bien ser industria del demonio, pues antes que Guaynacaba muriese ya el Gobernador andaba por la costa del Perú conquistando la tierra. Pues en tanto que el Gobernador quedó en Caxamalca, envió á Hernando Pizarro, su hermano, con cierta gente de caballo á descubrir la tierra; el cual llegó hasta Pacha­camá, que era cien leguas de allí, y en tierra de Gua­macucho encontró á un hermano de Atabaliba, llamado Illéscas, que traía mas de trecientos mil pesos de oro para el rescate de su hermano, sin otra mucha canti­dad de plata; y después de haber pasado por muy pe­ligrosos pasos y puentes, llegó á Pachacamá, donde supo que en la provincia de Jauja, que era cuarenta leguas de allí, estaba el capitan de Atabaliba de quien arriba se ha hecho mencion, llamado Cilicuchima, con un gran ejército, y él le envió á llamar, rogándole que se viniese á ver con él. Y como no quiso venir el indio, Hernando Pizarro determinó de ir allá y le habló, aunque todos tuvieron por demasiada osadía la que Her­nando Pizarro tuvo en irse á meter en poder de su enemigo bárbaro y tan poderoso; en fin, le dijo y prome­tió tales cosas, que le hizo derramar la gente é irse con él á Caxamalca á ver á Atabaliba, y por volver mas presto vinieron por las cordilleras de unas sierras nevadas, donde hubieran de perecer de frío; y cuando Cilicuchi­ma hubo de entrar á ver á Atabaliba se descalzó y Ilevó su carga ante él, segun su costumbre, y le dijo llo­rando que si él con él se hallara no le prendieran los cristianos. Atabaliba le respondió que habia sido juicio de Dios que le prendiesen, por tenerlos él en tan poco, y que la principal causa de la prision y vencimiento ha­bia sido huir su capitan Ruminagui con los cinco mil hombres con que habia de acudir al tiempo de la nece­sidad.

CAPITULO VII.

De cómo mataron á Atabaliba porque le levantaron que queria matar á los cristianos, y de cómo fué don Diego de Almagro al Perú la segunda vez.

Estando el gobernador don Francisco Pizarro en la provincia de Poechos, antes que llegase á Caxamalca (como está dicho), rescibió una carta sin firma, que después se supo haberla escrito un secretario de don Diego de Almagro desde Panamá, dándole aviso como don Diego habia hecho un gran navío para con él y con otros embarcarse con la mas gente que pudiese, y irle á tomar la delantera, y á posesionarse en la mejor parte de la tierra, que era pasados los límites de la goberna­cion de don Francisco; la cual, conforme á las provi­siones que habia llevado de su majestad, duraba desde la línea Equinocial docientas y cincuenta leguas ade­lante norte sur; de la cual carta el Gobernador á nadie dió parte; y así, se dijo y creyó que don Diego se habia embarcado en Panamá con ciertos navíos y gente, y hecho á la vela para el Perú con este intento, aunque to­cando en la tierra de Puerto-Viejo. Y sabido el buen suceso del Gobernador, y cómo tenia tanta cantidad de oro y plata, de lo cual le pertenescia la metad, mudó el propósito (si es verdad que le traía). Y porque tuvo no­ticia del aviso que se habia dado al Gobernador, ahorcó su secretario, y con toda aquella gente se fué á juntar con el Gobernador á Caxamalca, donde halló ya junta gran parte del rescate de Atabaliba, con grande admiracion de los unos y de los otros, porque no se creía haberse visto en el mundo tanto oro y plata como allí habia; y así, el dia que se hizo el ensaye y fundicion del oro y plata que llamaban de la compañía, se halló montarse en el oro mas de seiscientos cuentos de maravedis; y esto con haberse ensayado el oro muy depriesa, y con solamente las puntas, porque no habia agua fuerte para afinar el ensaye; de cuya causa siempre se ensayaba el oro dos ó tres quilates menos de la ley, que después paresció tener por el verdadero ensaye, en que se acrecentó la hacienda mas de cien cuentos de maravedis. Y cuanto á la plata, hubo mucha cantidad; tanto, que á su majestad le per­teneció de su real quinto treinta mil marcos de plata, blanca, tan fina y cendrada , que mucha parte della se halló después ser oro de tres ó cuatro quilates; y del oro cupo á su majestad de quinto ciento y veinte cuen­tos de maravedis; de manera que á cada hombre de á caballo le cupieron mas de doce mil pesos en oro, sin la plata, porque estos llevaban una cuarta parte mas que los peones, y aun con toda esta suma no se habia con­cluido la centésima parte de lo que Atabaliba habia prometido dar por su rescate. Y porque á la gente que vino con don Diego de Almagro, que era mucha y muy prin­cipal, no le pertenescia cosa ninguna de aquella ha­cienda, pues se daba por el rescate de Atabaliba, en cuya prision ellos no se habian hallado, el Gobernador les mandó dar todavía á mil pesos para ayuda de la costa, y acordóse de enviar á Hernando Pizarro á dar noticia á su majestad del próspero suceso que en su buena ventura habia habido. Y porque entonces no se ha­bia hecho la fundicion y ensaye, ni se sabia cierto lo que podria pertenescer á su majestad de todo el mon­ton, trajo cien mil pesos de oro y veinte mil marcos de plata; para los cuales escogió las piezas mas abultadas y vistosas, para que fuesen tenidas en mas en España; y así, trajo muchas tinajas y braseros y atambores, y carneros y figuras de hombres y mujeres, con que hin­chió el peso y valor arriba dicho, y con ello se fué á embarcar, con gran pesar y sentimiento de Atabaliba, que le era muy aficionado y comunicaba con él todas sus cosas; y así, despidiéndose dél, le dijo: «Vaste, capitan, pésame dello; porque en yéndote tú, sé que me han de matar este gordo y este tuerto;» lo cual de­cia por don Diego de Almagro, que, como hemos dicho arriba, no tenia mas de un ojo, y por Alonso de Requel­me, tesorero de su majestad, á los cuales habia visto murmurar contra él por la razon que adelante se dirá. Y así fué, que, partido Hernando Pizarro, luego se tra­tó la muerte de Atabaliba por medio de un indio que era intérprete entre ellos, llamado Filipillo, que ha­bia venido con el Gobernador á Castilla; el cual dijo que Atabaliba quería matar á todos los españoles secretamente, y para ello tenia apercibida gran cantidad de gente en lugares secretos; y como las averiguaciones que sobre esto se hicieron era por lengua del mesmo Filipillo, interpretaba lo que quería, conforme á su in­tencion. La causa que le movió nunca se pudo bien averiguar, mas de que fué una de dos: ó que este indio tenia amores con una de las mujeres de Atabaliba, y quiso con su muerte gozar della seguramente, lo cual habia ya venido á noticia de Atabaliba; y él se quejó dello al Gobernador, diciendo que sentia mas aquel de­sacato que su prision ni cuantos desastres le habian venido, aunque se le siguiese la muerte con ellos; que un indio tan bajo le tuviese en tan poco y le hiciese tan gran afrenta, sabiendo él la ley que en aquella tierra habia en semejante delito; porque el que se hallaba culpado en él, y aun el que solamente lo intentaba, le quemaban vivo con la mesma mujer, si tenia culpa, y mataban á sus padres é hijos y hermanos y á todos los otros parientes cercanos, y aun hasta las ovejas del tal adúltero; y demás desto, despoblaban la tierra donde él era natural, sembrándola de sal y cortando los árboles, y derribando las casas de toda la poblacion, y haciendo otros muy grandes castigos en memoria del delito. Otros dicen que la principal causa de la muerte de Atabaliba fué la gran diligencia y maña que tuvieron para encaminarla esta gente que fué con don Diego de Almagro por su interés particular; porque les de­cian los que habian hecho la conquista que, no solamente no tenian ellos parte en todo el oro y plata que hasta entonces estaba dado, pero ni en todo lo que de allí adelante se diese, hasta que fuese cumplida toda la suma del rescate de Atabaliba, que parecia no poderse hinchir aunque se juntase para ello todo cuanto oro habia en el mundo, pues resultaba todo ello del rescate de aquel príncipe, cuya prision se habia hecho con su industria y trabajo, sin que los de don Diego intervi­niesen en ello; y así, les paresció á los de don Diego que les convenia encaminar la muerte de Atabaliba, porque mientras él fuese vivo, todo cuanto oro ellos alle­gasen dirian que era rescate, y que no habian de participar los otros en ello; y como quier que fuese, le con­denaron á muerte, de lo cual él se admiraba mucho, diciendo que él nunca tal cosa habia pensado como se le levantaba, y que le doblasen las prisiones y guardas ó le metiesen en uno de sus navíos en la mar. Y dijo al Gobernador y á los principales señores: «No sé porque me tenéis por hombre de tan poco juicio, que penséis que os quiero hacer traicion; pues si creeis que esta gente que decis que está junta viene por mi mandado y permision, no hay razon para ello, pues estoy en vues­tro poder atado con cadenas de hierro, y en asomando la tal gente, ó sabiendo que viene, me podeis cortar la cabeza. Y si pensais que viene contra mi voluntad, no estáis bien informado del poder que yo tengo en esta tier­ra, y con la obediencia con que soy temido de mis vasa­llos; pues si yo no quiero ni las aves volarán, ni las hojas de los árboles se menearán en mi lierra.» Todo esto no le aprovechó, ni ofrescer á dar muy grandes rehenes por el primero español que muriese en la tierra. Porque, demás desta sospecha, se le acumuló la muerte de Guascar, su hermano; y así, le sentenciaron á muerte y ejecutaron la sentencia, yendo él siempre llamando á Hernando Pizarro, y diciendo que si él allí estuuviera no le mataran. Y al tiempo de la muerte se baptizó, por persuasion del Gobernador y Obispo.

CAPITULO VIII.

De cómo Ruminagui, capitan de Atabaliba, se alzó en la tierra

de Quito, y cómo el Gobernador se fué al Cuzco.

Aquel capitan de Atabaliba llamado Ruminagui, que arriba dijimos que huyó de Caxamalca con cinco mil indios, en llegando á la provincia de Quito tomó en su poder los hijos de Atabaliba, y se apoderó en la tierra, haciéndose obedescer por señor della; y después Ata­baliba, poco antes que muriese, envió á su hermano Illéscas á la provincia de Quito para traer sus hijos, y el Ruminagui lo mató y no se los quiso dar; y después desto, algunos capitanes de Atubaliba, conforme á lo que él dejo mandado, llevaron su cuerpo á la provincia de Quito á enterrar con su padre Guaynacaba, los cuales Ruminagui rescibió muy honrada y amorosamente, é hizo enterrar el cuerpo con gran solemnidad, segun la costumbre de la tierra, y después mandó hacer una borrachera; en la cual, estando borrachos los capitales que habian traido el cuerpo, los mató á todos, y entre ellos aquel Illéscas hermano de Atabaliba, al cual hizo desollar vivo, y del cuero hizo un atambor, quedando la cabeza colgada en el mismo atambor.

Después desto, habiendo el Gobernador repartido todo el oro y plata que hubo en Caxamalca, porque supo que uno de los capitanes de Atabaliba, llamado Quizquiz, andaba con cierta gente alborotando la tierra, partió contra él, y no le osó aguardar en la provincia de Jauja; por lo cual envió delante al capitan Soto con cierta gente de caballo, yendo él en la retaguarda, y en la provincia de Viscacinga dieron de súbito tantos indios sobre el capitan Soto, que estuvo muy cerca de ser desbaratado, Matándole cinco ó seis españoles; y como vino la noche, los indios se retrajeron á la sierra, y el Gobernador envió á don Diego de Almagro con cierta gente de caballo al socorro, y cuando otro dia amanesció, que tornaron á pelear, los cristianos se fueron ma­ñosamente retrayendo para sacar los indios al llano, por excusarse de las piedras que les tiraban desde lo alto de las cuestas. Y los indios, entendiendo el engaño, no salieron y pelearon allí, sin reconocer el socorro que habia venido, porque con la mucha niebla que aquella mañana hizo no le pudieron ver; y así, pelearon aquel dia tan animosamente los cristianos que desbarataron los indios y mataron muchos dellos. Y de ahí á poco lle­gó el Gobernador con toda la retaguarda, y allí le sa­lió de paz un hermano de Guascar y de Atabaliba, que por su muerte habian hecho inga ó rey de la tierra, y dandole la borla, que era la inisignia ó corona real, llamado Paulo inga; y este le dijo como en el Cuzco le estaba aguardando mucha gente de guerra, y llegando por sus jornadas cerca de la ciudad, vieron salir della grandes humos; y creyendo el Gobernador que los indios la que­maban, envió ciertos capitanes á gran presa á lo defender con alguna gente de caballo, y en llegando á la ciudad salió sobre ellos gran número de indios, y co­menzaron á pelear con los cristianos, tiríndoles tantas piedras y tiraderas y otras armas, que, no pudiéndolos sufrir los españoles, se retrajeron á toda furia mas de una legua hasta un llano donde se jurtaron con el Go­bernador, y alli envió sus dos hermanos Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro, con la mas gente de caballo, y dieron en los indios por la parte de la sierra tan animosamente, que los hicieron huir, y ellos los siguieron, matando en el alcance muchos dellos. Y como la noche vino, el Go­bernador hizo recoger todos los españoles y los tuvo en arma; y cuando otro dia pensaron que en la entrada de la ciudad tuvieran alguna resistencia, no hallaron hom­bre que se la defendiese; y así, entraron pacificamente, y de ahi á veinte dias tuvieron nueva como Quizquiz andaba con mucha gente de guerra robando y destru­yendo una provincia llamada Condesuyo, y envió á lo estorbar el Gobernador al capitan Soto con cincuenta de caballo, y Quizquiz no le aguardó, antes se fué la via de Jauja á dar sobre algunos español es que alli supo haber quedado guardando su fardaje y haciendas, y con la hacienda real, que tenia á cargo el tesorero Alonso de Requelme. Los cristianos, sabiéndolo, aunque eran pocos, se defendieron animosamente en un lugar fuerte que para ello escogieron. Y asi, Quizquiz se pasó adelante la via de Quito, y tras él envió el Gobernador otra vez al capitan Soto con cierta gente de caballo, y después envio en su socorro á sus hermanos, y todos siguieron á Quizquiz mas de cien leguas; y no le pudiendo alcanzar, se volvieron al Cuzco, y allí hubieron tan gran presa como la de Caxamalca, de oro y de plata, la cual el Gobernador repartió entre la gente y pobló la ciudad, que era la cabeza de la tierra entre los indios, y así lo fué mucho tiempo entre los cristianos; y repartió los indios entre los vecinos que allí quisieron quedar, porque á muchos no les pareció poblar en la tierra sino venirse con lo que les habia cabido en Caxamalca y Cuzco a gozarlo en España.

CAPITULO IX.

De cómo el capitan Benalcázar fué á la conquista de Quito.

Ya dijimos arriba cómo al tiempo que el Gobernador entró en el Perú pobló la ciudad de San Miguel, en la provincia de Tangarara junto al puerto de Túmbez, por que los que viniesen de España tuviesen el puerto seguro para desembarcar; y porque le paresció que ha­bian quedado allí pocos caballos después de la prision de Atabaliba, envió por su teniente desde Caxamalca i San Miguel al capitan Benalcazar con diez de caballo; al cual por este tiempo se le vinieron á quejar los indios cañares que Ruminagui y los otros indios de Qui­to les daban muy continua guerra; lo cual fué á coyun­tura que de Panamá y de Nicaragua habia venido mucha gente, y dellos tomó Benalcázar docientos hombres, los ochenta de caballo, y con ellos se fué la via del Qui­to, así por defender á los cañares, que se le habian dado por amigos, porque tenia noticia que en Quito habia gran cantidad de oro, que Atabaliba habia dejado. Y cuando Ruminagui supo la venida de Benalcázar salió á defenderle la entrada, y peleó con él en muchos pa­sos peligrosos con mas de doce mil indios; y tenia hechos sus fosados, lo cual todo contraminaba Benal­cázar con grande astucia y prudencia; porque quedán­doles él haciendo cara, enviaba en las trasnochadas un capitan con cincuenta ó sesenta de caballo, que por arriba ó por abajo, de cada mal paso se lo tenia ganado cuando amanescia; y desta manera los hizo retraer hasta los llanos, donde no osaron esperar, por el mucho daño que les hacian los de caballo, y cuando aguardaban era porque tenian hechos hoyos anchos y hondos, sembrados dentro de palos y estacas agudas, y cubiertos con céspedes y yerba sobre muy delgadas cañas, casi de la forma que escribe César en el sétimo comentario que los de Alexia le pusieron para defensa de la ciudad, en otra cava secreta, que llaman Lirios. Pero con todo cuanto hicieron, nunca pudieron engañar á Benalcázar para que cayese ni rescibiese daño en alguna destas cavas, porque nunca los acometia por aquella parte donde los indios le hacian rostro; antes rodeaba una ó dos leguas para darlos por las espaldas ó por los lados, yendo siempre con gran aviso de no pasar sobre yerba ni tierra que no fuese natural y criada allí. Y demás desto, tuvieron otra astucia los indios, viendo que la pasada no les aprovechaba, que por todas las partes por donde se sospechaba que habian de pasar los caballos, hacian unos hoyos tan anchos como la mano de un caballo, muy espesos, sin que hubiese en medio casi ninguna distancia; pero con ninguno destos ardides pudieron engañar á Benalcázar, y les fué ganando toda la tierra hasta la principal ciudad de Qui­to, donde supo que un dia dijo Ruminagui á todas sus mujeres (de que tenia en gran número): «Agora habréis placer, que vienen los cristianos, con quien os podréis holgar;» y ellas, pensando que se lo decia por donaire, se rieron; y costóles tan caro la risa, que á casi todas las hizo descabezar, y determinó de huir de la ciudad, po­niendo primero fuego á una sala llena de muy rica ropa, que allí tenia desde el tiempo de Guaynacaba, y se huyó, aunque primero una noche dió sobre los españoles de sobresalto, sin hacer en ellos ningun daño; y así, Benalcázar se apoderó de la ciudad. Y en este tiempo envió el Gobernador á don Diego de Almagro con cierta gente hacia la costa de la mar y á la ciudad de San Miguel, para informarse verdaderamente de una nueva que le habia venido de cómo don Pedro de Albarado, gober­nador de Guatemala, se habia embarcado la via del Perú con una gruesa armada y gran número de caballos y gente para descubrir el Perú, como se dirá en el ca­pítulo siguiente. Y llegado don Diego á San Miguel sin hallar nueva cierta de lo que buscaba, sabido que Benalcázar estaba sobre Quito, y la resistencia que Ruminagui le hacia, determinó irle ayudar; y así, fué aquellas ciento y veinte leguas hasta Quito, donde se juntó con Benalcázar y se apoderó de la gente, conquistando algunos pueblos y palenques que hasta entonces se habian defendido; y visto que no habia en aquella tierra el oro ni riqueza de que habian tenido; noticia, se volvió al Cuzco, dejando por gobernador de la provincia de Quito á Benalcázar, como antes lo era.

CAPITULO X.

De cómo don Pedro de Albarado pasó al Perú, y de lo que
le acaesció.

Después que don Hernando Cortés, marqués del Valle, conquistó y pacificó la Nueva-España, tuvo noticia de una tierra que con ella se contenia, llamada Guatimala, y para la descubrir envió un capitan suyo, llamado don Pedro de Albarado, el cual con la gente que llevaba la conquistó y ganó, pasando en ella muchos trabajos y peligros, cuya remuneracion su majestad le proveyó de la gobernacion della. Y desde allí tuvo noticia de la tierra del Perú, y pidió cierta parte de la conquista de­lla á su majestad, y le fué concedida y hecho sobre ello sus capitulaciones; por virtud de las cuales él envió un caballero de Cáceres, llamado García Holguin, que con dos navíos fué á descubrir y tomar lengua en la costa del Perú. Y como le trajo tan buena nueva de la gran cantidad de oro que el gobernador don Francisco Pizarro habia habido, determinó de pasar allá, paresciéndole que entre tanto que don Francisco Pizarro y su gente se desembarazaban de lo que ternian que hacer en Ca­xamalca, él podria llegar la costa arriba, á ganar la ciudad del Cuzco, que conforme á lo que arriba está dicho, tenia entendido que caia fuera de las docientos y cincuenta leguas de los límites de la gobernacion de don Francisco Pizarro. Y para poder mejor efectuar su propósito, temiendo que desde Nicaragua podria des­pués ir socorro á don Francisco Pizarro, fué una noche á la costa de Nicaragua; y tomó por fuerza dos ó tres grandes navíos que allí se estaban aderezando, para ir cargados de gente y caballos al Perú en socorro del Go­bernador; y en ellos y en los que traía de Guatimala embarcó quinientos hombres de pié y de caballo, y na­vegó hasta tomar la tierra en la provincia de Puerto-Viejo, y de allí caminó la via de Quito, en el paraje de la línea Equinocial, por las faldas de unos llanos y espesos montes que llaman Arcabucos, y en el camino pasó su gente gran trabajo de hambre y muy mayor de sed, porque fué tanta la falta del agua, que si no topa­ran con unos cañaverales de tal propriedad, que en cor­tando por cada nudo, se halla lo hueco lleno de agua dulce y muy buena; las cuáles cañas son tan gruesas or­dinariamente como la pierna de un hombre, de tal suer­te, que en cada cañuto hallaban mas de media azumbre de agua, que dicen recoger estas cañas por particular pro­priedad y naturaleza que para ello tienen, del rocío que de noche cae del cielo, como quier que la tierra sea seca y sin fuente ni agua ninguna. Con esta agua se separó el ejército de don Pedro de Albarado, así hombres como caballos, porque dura grande espacio, aunque todavía la hambre los llegó á tales términos, que comieron mu­chos caballos, con valer cada uno cuatro y cinco mil castellanos, y en la mayor parte del camino les iba cayendo encima tierra muy menuda y caliente, que se averiguó salir de un alto volcan que hay cerca de Qui­to, de tan gran fuego, que mas de ochenta leguas al­canza la tierra que dél sale, y da tan grandes truenos algunas veces, que suenan mas de cien leguas. Y en todos los pueblos por donde pasó don Pedro de Albara­do debajo de la linea Equinocial halló gran copia de esmeraldas; y después de haber pasado tan trabajoso camino, que lo mas dél fueron abriendo á mano con hachas y machetes, topó delante sí una cordillera de sierras nevadas, donde de contino nevaba y hacia muy gran frio; y la hora que le paresció mas conveniente determinó pasar por un portezuelo que allí habia, donde se le quedaron helados mas de sesenta hombres, aunque todos para pasar se vistieron cuantas ropas traían, iban corriendo sin esperar ni socorrerse los unos á los otros. Donde acontesció que, llevando un español consigo á su mujer y dos hijas pequeñas, viendo que la mujer y hijas se sentaron de cansadas, y que él no las podia socorrer ni llevar, se quedó con ellas, de manera que todos cuatro se helaron; y aunqué él le pudiera sal­var, quiso mas perecer allí con ellas. Y con este trabajo y peligro pasaron aquella sierra, teniendo á gran buena ventura haber podido verse de la otra parte; porque, aunque la provincia de Quito está cercada de muy al­tas sierras y muy nevadas, en medio hay unos valles muy templados y frescos, donde las gentes viven y hacen sus sementeras; y en aquel tiempo se derritió la nieve de una de aquellas sierras, y bajó tan gran cantidad de agua y con tanto ímpetu, que hundió y anegó un pue­blo que se llamaba la Contiega. Y vióse llevar el agua en la corriente piedras tan grandes como dos piedras de lugar, con tanta facilidad como si fueran de corcho.

CAPITULO XI.

Cómo se toparon don Diego de Almagro y don Pedro de Albarado,
y de lo que allí acaesció

Ya dijimos arriba cómo don Diego de Almagro, dejando en la provincia de Quito por gobernador al capi­tan Benalcázar, y no teniendo nueva de la venida de don Pedro de Albarado, se volvió al Cuzco, y á la vuel­ta conquistó algunos peñoles y fortalezas donde los indios se habian hecho fuertes, en lo cual se detuvo tanto, que hubo lugar de venir don Pedro de Albarado, y lle­gar á la provincia de Quito, sin que don Diego pudiese saber cosa ninguna, por haber mucha distancia de camino, y en él ningun comercio de indios ni de cristianos. Pues andando un dia conquistando una provincia lla­mada Liribamba, pasó un caudaloso rio della por un vado harto peligroso, porque los indios le habian que­mado las puentes, y á la otra parte del rio halló gran copia dellos que le esperaban de guerra, y él los venció con harta dificultad, porque tambien peleaban las mu­jeres tirando muy diestramente con hondas, y fué preso el señor principal dellos, el cual le dió nueva cómo don Pedro de Albarado andaba ya corriendo la tierra, y estaba quince leguas de allí sobre un peñol, donde se ha­bia hecho fuerte un capitan indio llamado Zopazopagui. Y sabiendo esto don Diego, envió siete de caballo á descubrir lo que habia, los cuales fueron presos por la gente de don Pedro, aunque después los tornó á soltar y se vino á aposentar cinco leguas del real de don Die­go. Y sabido por don Diego de Almagro, se determinó, viendo la gran ventaja que su enemigo le tenia, de se volver al Cuzco con solos veinte y cinco de caballo, y dejar los demás con el capitan Benalcázar en defensa de la tierra. Y en esta sazon aquel indio lengua, llamado Filipillo (de que arriba está hecha mencion que fué causa de la muerte de Atabaliba, temiendo el castigo que por esto sabia merecer), se huyó del real de don Diego al de don Pedro, y llevó consigo un cacique prin­cipal, dejando concertado con los demás que seguían á don Diego, que enviándolos él á llamar se le pasasen. Y como Filipe llegó adonde don Pedro de Albarado estaba, se le ofresció de traerle de paz toda aquella tierra, y le dijo cómo don Diego se queria ir al Cuzco, y que si le queria prender, yendo sobre él lo podrian hacer fá­cilmente, porque no tenia mas de docientos y cincuenta hombres, los noventa de caballo. Y como don Pedro de Albarado tuvo este aviso, luego fué sobre don Diego de Almagro, al cual halló en Liribamba con determinacion de morir defendiendo la tierra. Y así, don Pedro de Al­barado ordenó su gente, y con las banderas tendidas le acometió, y don Diego, por tener poca gente de á ca­ballo, le aguardó á pié entre unas paredes, é hizo su gente dos escuadrones, con el uno estaba él y con el otro el capitan Benalcázar. Y como estuvieron á vista unos de otros, hubieron su habla de paz, y por aquel dia y noche pusieron treguas, y en tanto los concertó un licenciado Caldera desta manera: que don Diego de Almagro diese á don Pedro de Albarado cien mil pesos de oro por los navíos y caballos y otros pertrechos del armada, y que viniesen juntos hasta donde el goberna­dor Pizarro estaba, para pagárselos allí. El cual concierto se hizo y guardó con mucho secreto, porque sa­biéndolo la gente de don Pedro de Albarado (entre la cual habia muchos caballeros y personas principales) no se alterasen, viendo que no se trataba de remune­racion ninguna para ellos; y así, publicaron que iban de compañía la tierra arriba, para que desde allá don Pedro de Albarado continuase por mar con su armada el descubrimiento, dando licencia á todos los que quisiesen quedar en Quito con el capitan Benalcázar, para lo po­der hacer, pues ya estaban todos unidos en paz y conformidad; y así, muchos de los que vinieron con don Pedro se quedaron en Quito, y don Diego y él y toda la otra gente se fueron á Pachacamá, donde supieron que les habia venido á rescebir el Gobernador desde Jauja, donde estaba, y antes que don Diego partiese de Quito quemó vivo al Cacique, que se le fué la noche que hemos dicho, y quiso hacer lo mismo á Filipillo si no rogara por él don Pedro de Albarado.

CAPITULO XII.

De cómo don Diego de Almagro y don Pedro de Albarado
se toparon con el Quizquiz, y lo que les acaesció.

Yendo don Diego de Almagro y don Pedro de Albarado desde Quito para Pachacamá, el cacique de los Cañares les dijo cómo el Quizquiz, capitan de Atabali­ba, venia con un ejército de mas de doce mil indios de guerra, y traia recogida toda cuanta gente de indios y ganado había hallado desde Jauja abajo, y que él se lo por­nia en las manos si lo querian aguardar. Y no dando don Diego crédito á esto, continuó su camino sin detenerse. Y ya que llegaban á una provincia llamada Chaparra, vieron á deshora sobre dos mil indios, que venian dos ó tres jornadas delante del Quizquiz, con un capitan que se llamaba Sotaurco, porque el Quizquiz tenia esta ór­den en su camino, que delante enviaba aquel capitan y gente, y á la parte izquierda iban otros tres mil indios, recogiendo comida por los pueblos comarcanos, y en la retaguardia, dos jornadas de sí, traia otros tres ó cua­tro mil indios, y él iba en medio con el cuerpo del ejér­cito y con el ganado y gente presa; de manera que ocu­paba su campo quince leguas de término y mas. Y yendo Sotaurco á tomar un paso por donde pensó que los españoles vinieran, don Pedro de Albarado llegó pri­mero y le prendió, y supo dél toda la órden del Quiz­quiz, y dió una trasnochada con la gente de caballo (que le pudo seguir) sobre él, aunque les convino dete­nerse parte de la noche, porque á la bajada de un rio se les desherraron los caballos en los grandes pedregales que en él habia, y se detuvieron á herrarlos con lumbre; y todavía continuaron su camino á gran priesa, porque alguna de la mucha gente que topaban no volviese á dar mandado al Quizquiz de su venida, y nun­ca pararon hasta que otro dia tarde llegaron á la vista del real de Quizquiz. Y como él los vido, se fué por una parte con todas las mujeres y gente servil, y por a otra, que mas áspera era, echó á su hermano de Atabaliba, que se llamaba Guaypalcon, con la gente de guerra; con los cuales fué á topar don Diego de Almagro en la .subida de una cuesta, y por una ladera tomaron las espaldas á Guaypalcon; y como él se vió cercado por todas partes, hizo fuerte con su gente en unas ásperas peñas, donde se defendió hasta la noche, que don Diego y don Pedro recogieron todos los españoles y los indios; con la escuridad se salieron y fueron á buscar al Quizquiz, y hallaron después que los tres mil indios que iban á la parte izquierda habian descabezado catorce españoles, que tomaron por un atajo. Y así, procediendo por su camino, toparon con la retaguardia de Quizquiz, y los indios se hicieron fuertes al paso de un rio, y en todo aquel dia no dejaron pasar á los españoles; antes ellos pasaran por la parte de arriba, adonde los españoles estaban, á tomar una alta sierra, y por ir á pelear con ellós hubieran de res­cibir mucho daño los españoles; porque, aunque se querian retraer, no podian por la maleza de la tierra; y así, fueron muchos heridos, especialmente el capitan Alon­so de Albarado, á quien pasaron un muslo, y á otro co­mendador de San Juan; y toda aquella noche los indios tuvieron mucha guardia mas cuando amanesció te­nian desembarazado todo el paso del rio, y ellos se habian hecho fuertes en una alta sierra, donde se quedaron en paz, porque don Diego de Almagro no se quiso mas allí detener; y toda la ropa que los indios no pudie­ron subir á la sierra la quemaron aquella noche, quedando en el campo mas de quince mil ovejas y mas de cuatro mil indias y indios que se vinieron á los españo­les, de los que llevaba presos el Quizquiz. Y llegados los cristianos á San Miguel, don Diego de Almagro envió al Puerto-Viejo al capitan Diego de Mora, á que por él se entregase de la armada de don Pedro de Albarado, el cual para ello envió de su parte á García de Holguin que se la hiciese dar. Y después que don Diego dió allí en San Miguel muchos socorros de armas y dineros y vestidos, así á su gente como á la de don Pedro de Albarado, continuaron su camino la via de Pachacamá, y á la pasada dejó poblando la ciudad de Trujillo al capi­tan Martin Astete, como el gobernador don Francisco Pizarro lo habia mandado. En este tiempo llegando el Quizquiz cerca de Quito, un capitan de Benalcázar le desbarató la gente que llevaba en el avanguardia, por lo cual estuvo en grande afliccion, sin saber qué se ha­cer, porque sus capitanes le decian que se diese de paz á Benalcázar, por lo cual él los amenazó de muerte y los mandó apercibir para volver atrás. Y como la gente no tenia comida para dar la vuelta, fueron á él ciertos capitanes, llevando por cabeza á Guaypalcon, y le dijeron que era mejor morir peleando con los cristianos que no volver á morir de hambre en el despoblado. A lo cual no le dió buena respuesta el Quizquiz, y por ello Guay­palcon le dió con una lanza por los pechos, y luego le acudieron otros capitanes, y con porras y hachas le hi­cieron pedazos, y derramaron la gente, dejando ir á cada uno donde quiso.

CAPITULO XIII.

De cómo el Gobernador pagó á don Pedro de Albarado los cien mil pesos del concierto, y cómo don Diego se quiso hacer rescebir por gobernador en el Cuzco.

Llegados don Diego y don Pedro á Pachacamá, el Go­bernador, que allí habia venido desde Jauja, los recibió alegremente, y pagó á don Pedro los cien mil pesos que se habia concertado con él de darle por el armada, aunque de muchos fué aconsejado que no sé los pagase, di­ciendo que la armada no valia cincuenta mil, y que aquel concierto habia hecho don Diego de temor, por no romper con don Pedro, que le tenia mucha ventaja, y que seria mejor enviarlo preso á su majestad; y aunque el Gobernador pudiera hacer aquello muy fácilmente sin peligro, quiso mas cumplir la palabra de don Diego de Almagro, su compañero, y le pagó liberalmente los cien mil pesos en buena moneda, y le dejó ir con ellos á su gobernacion de Guatirnala, y él se quedó poblando la ciudad de los Reyes pasando allí la poblacion que tenia hecha en Jauja, porque le pareció lugar mas apa­cible y aparejado para todo género de contratacion, por ser puerto de mar. Desde allí se fué don Diego con mu­cha gente al Cuzco, y el Gobernador bajó á Trujillo á reformar la poblacion y á repartir la tierra. Y allí le llegó nueva cómo don Diego de Almagro se habia que­rido alzar con la ciudad del Cuzco, porque habia sabido que su majestad, con la nueva que le llevó Hernando Pizarro, le habia proveido de la gobernacion de otras cien leguas, pasados los límites de la de don Francisco, que decian acabarse antes del Cuzco. Y á esto resistie­ron Juan Pizarro y Gonzalo Pizarro, hermanos del Go­bernador, con mucha gente que les acudió, y cada dia andaban á lanzadas con don Diego y con el capitan Soto, que era de su parte; pero á la fin no pudo salir con ello, porque la mayor parte del cabildo acostó á la parte del Gobernador y de sus hermanos. Y como el Gobernador esta nueva supo, se fué por la posta al Cuzco, y con su presencia lo apaciguó todo, y perdonó á don Diego, que muy confuso estaba por lo que había hecho sin tener titulo ni provision para ello, salvo que le dijeron solamente que le estaba concedido. Y allí de nuevo tornaron á firmar nueva concordia y compañía en esta manera: que don Diego de Almagro fuese á descubrir por la tierra hácia la parte del sur, y que si buena tierra hallase pediría la gobernacion á su majestad para él, y no la habiendo tal, partirian la gobernacion de don Fran­cisco entre ambos y después desto juraron en la Hostia consagrada, de no ser el uno contra el otro. Y algunos dicen que Almagro juró de no tocar en el Cuzco ni en ciento y treinta leguas adelante, aunque su majestad se lo diese en gobernacion, y que hablando con el Santo Sacramento, dijo así: «Plega á tí Señor, que cuando este juramento quebrantare tú me confundas cuerpo y alma.» Y hecho esto, don Diego se aderezó y se fué su jornada con mas de quinientos hombres que le siguie­ron, y el Gobernador se volvió á la ciudad de los Reyes, y envió á Alonso de Albarado á conquistar la tierra de los Chachapoyas, que es á sesenta leguas de la ciudad de Trujillo, la sierra adentro; en la cual conquista pasó mucho trabajo él y los que con él fueron, hasta que po­blaron y pacificaron aquella tierra, quedándole á él en­comendada la gubernacion y justicia della.

LIBRO TERCERO

DE LA JORNADA QUE DON DIEGO DE ALMAGRO HIZO Á CHILI, Y DE LAS COSAS QUE EN ESTE MEDIO SUCEDIERON
EN EL PERÚ, Y CÓMO LOS INDIOS SE ALZARON CON LA TIERRA.

CAPITULO PRIMERO.

De cómo don Diego de Almagro se partió para Chili.

Don Diego de Almagre se partió en descubrimiento de su conquista con quinientos y setenta hombres de pié y de caballo bien aderezarlos, y algunos vecinos de­jaron sus casas y repartimientos de indios, y se fueron con él, con la gran suma de oro que en aquellas partes habia, y envió adelante á Juan de Sayavedra, natural de Sevilla, con cien hombres, que en la provincia que después llamaron los Charcas topó con ciertos indios que venian de Chili á dar la obediencia al inga. Llevó consigo el Adelantado hasta docientos hombres de pié y de caballo, con que fué conquistando por espacio de decientas y cincuenta leguas, hasta la provincia de Chi­coana, donde tuvo noticia que le seguian otros cin­cuenta españoles, y les escribió que se viniesen á él, trayendo por capitan á Noguerol de Ulloa, y con todos fué conquistando hasta la provincia de Chili, que son otras trecientas y cincuenta leguas; y allí quedó con la mei­tad de la gente, y con la meitad envió á descubrir á Go­mez de Albarado, el cual descubrió hasta sesenta leguas, y por las aguas del invierno se volvió á don Diego.

Cuando el Adelantado partió del Cuzco, Mango inga dejó concertado con Villaoma, su hermano, que en un dia señalado matasen á los cristianos que estaban en el Perú, y que él mataria á don Diego y á los suyos; lo cual no pudo efectuar, y el hermano hizo el levantamiento que adelante se dirá. Del real de don Diego se huyó aquel indio llamado don Felipe, que era lengua, porque sabia el trato, y don Diego envió tras él, y preso, le hizo descuartizar, y él confesó al tiempo de la muer­te, que habia sido causa de la injusta muerte que se dió á Atabaliba, por gozar de su mujer. Habiendo dos meses que el Adelantado estaba en Chili, llegó allí un capitan suyo, llamado Ruy Díaz, con cien hombres de socorro, y certificó haberse rebelado todos los indios del Perú y haber muerto la mayor parte de los cristianos que allí habia; la cual nueva Almagro sintió mucho, y determinó volver sobre los indios y reducir la tierra al servicio de su majestad, para enviar (después de haberlo hecho) un capitan suyo con gente para poblar á Chili. Y así, se partió, y en el camino rescibió cartas de Rodrigo Orgoños, que venia en rastro suyo con veinte y cinco hombres. Y poco después le alcanzó Juan de Her­rada, que tambien venia en su socorro con cien hom­bres, y traía las provisiones reales por donde su majes­tad le hacia gobernador de decientas leguas mas ade­lante, acabados los límites del Marqués, llamando su gobernacion la Nueva-Toledo, porque la del Marqués se llamaba la Nueva-Castilla. Y aunque al principio deste capítulo se dice que don Diego llevó á este descubri­miento quinientos y setenta nombres, aquellos son los que se pensó que fueran; caso que en realidad de verdad no partieron mas de los decientes hombres y los otros socorros que después le vinieron, de que arriba so trata.

CAPITULO II.

De los trabajos que pasó don Diego de Almagro y su gente
en el descubrimiento de Chili.

Grandes trabajos pasó don Diego de Almagro y su gente en la jornada de Chili, así de hambre y sed, como de reencuentros que tuvieron con los indios de muy crescidos cuerpos, que en algunas partes habia muy grandes flecheros y que andaban vestidos con cue­ros de lobos marinos; y sobre todo, les hizo gran daño el demasiado frio que pasaron en el camino, así del aire tan helado como después al pasar de unas sierras neva­das, donde acaesció á un capitan que iba tras don Diego de Almagro, llamado Ruy Díaz, quedársele muchas personas y caballos helados, sin que bastasen ningunos vestidos ni armas á resistir la demasiada frialdad del aire, que los penetraba y helaba. Y era tan grande la frialdad de la tierra, que cuando dende á cinco meses don Diego volvió al Cuzco halló en muchas partes al­gunos de los que murieron á la ida en pié arrimados á algunas peñas, helados, con los caballos de rienda tambien helados, y tan frescos y sin corrupcion co­mo si entonces acabaran de morir; y así, fué gran parte de la sustentacion de la gente que venia los caba­llos que topaban helados en el camino y los comian. Y en todos estos despoblados donde no habia nieve era grande la falta del agua, la cual suplieron con llevar cueros de ovejas llenos de agua; de tal manera, que cada oveja viva llevaba á cuestas el cuero de otra muer­ta, con agua; porque, entre otras propriedades que tienen estas ovejas del Perú, es una de llevar dos y tres arrobas de carga, como camellos, con quien tienen mucha semejanza en el talle, si no les faltase la jiba de los camellos; y tambien las han impuesto los espa­ñoles en que lleven una persona cabalgando cuatro y cinco leguas en un dia, y cuando se sienten cansadas y se echan en el suelo ningun medio basta para levantarlas, aunque las hieran y ayuden, sino es quitándoles la carga; y cuando llevan alguno cabalgando, si se cansan y las apremian á andar, vuelven la cabeza al que va encima y le rucian con una cosa de muy mal olor, que paresce ser de lo que traen en el buche. Es animal de gran fruto y provecho, porque tiene finísima lana, especialmente las que llaman pacos, que tienen las vedi­jas largas; son de poco mantenimiento, especialmente las que trabajan, y comen maíz, que sé pasan cuatro y cinco días sin beber. La carne dellas es tan saborosa y sana como los carneros muy gordos de Castilla. Y des­tas hay ya, por toda la tierra carnicerías públicas, porque á los principios no eran menester, sino que, como cada español tenia ganado propio, en matando una oveja enviaban los vecinos por lo que habian, menester á su casa, y así se proveian á veces. En cierta parte de Chili, en unos campos rasos, hay avestruces que para las matar se ponian los de caballo en postas, corriendo tras ellas los unos hasta donde estaban los otros, porque de otra manera no las podía alcanzar un caballo, segun vuelan á pié, saltando á trancos, casi sin levantar del suelo. Tambien hay por aquella costa muchos ríos que corren de dia, y de noche no traen gota de agua; lo cual causa gran admiracion á los que no entienden que aque­llo procede de que se derrite de dia la nieve de las sier­ras con el calor del sol, y entonces corre el agua, lo cual de noche; con la frialdad, se reprime y no corre. Y pa­sadas quinientas leguas por luengo de costa, que son treinta grados de aquel cabo de la línea Equinocial há­cia la parte del sur, llueve y ventan todos los vientos que en España y otras partes de oriente. Es toda aque­lla tierra de Chili bien poblada y algo doblada, tanto rasa como montuosa; y aunque por los golfos y ancones que la mar hace la tierra se corre por diversos rumbos y viajes, pero la mar por luengo de costa se considera norte sur, que es de mediodía á septentrion, desde la ciudad de los Reyes hasta en cuarenta grados, y es tierra muy templada, y hay en ella invierno y verano, aunque en los tiempos contrarios de Castilla. El norte que allí parescia que debe corresponder á nuestro nor­te, no se paresce en aquella tierra ni se conosce mas de por una sola nube chica y blanca que entre noche y dia da una vuelta á aquel lugar, donde verisímilmente se cree que está aquel norte que los astrólogos llaman polo Antártico. Y asimismo se paresce un crucero con otras tres estrellas que tras él andan, que por todas son siete, á la manera de las siete estrellas que rodean nues­tro norte, que los astrólogos llaman Trion, y están pues­tás al compás de las nuestras, sin diferir mas de que las cuatro que hácia el mediodía hacen cruz están mas juntas allí que en nuestro polo. El nuestro norte se pierde de vista de todo púnto poco menos de decientas leguas de Panamá, llegando debajo la línea, y entonces se ven desde allí estos dos triones ó guardas del norte cuando están mas altas sobre las cabezas de los mismos nortes, aunque por grande espacio del polo Antártico no se parecen mas de las cuatro estrellas que hacen el crucero por el cual se gobiernan los mareantes; y después, metiéndose de treinta grados para arriba, vienen á descubrir todas siete. En esta tierra de Chili hace di­ferencia el dia de la noche y la noche del dia, segun el tiempo, que es por la órden que en Castilla, aunque trocados los tiémpos, como está dicho. En tierra del Perú y en la provincia de Tierra-Firme y en todas las tierras vecinas á la línea Equinocial la noche es igual con el dia todo el año, y si algun tiempo cresce ó men­gua en la ciudad de los Reyes, no es distancia que se eche de ver notablemente. Los indios de Chili visten como los del Perú, son hombres y mujeres de buenos gestos, y comen las viandas que en el Perú; y adelante de Chili, en treinta y ocho grados de la línea, hay dos grandes señores que traen guerra, el uno contra el otro, y cada uno saca en campo decientes mil hombres de guerra; el uno dellos se llama Leuchengorma, que tiene una isla dos leguas de la Tierra-Firme dedicada á sus ído­los, donde hay un gran templo que lo sirven dos mil sa­cerdotes. Y los indios deste Leuchengorma dijeron á los españoles que cincuenta leguas mas adelante hay entre dos ríos una gran provincia toda poblada de mu­jeres, que no consienten hombres consigo mas del tiem­po conveniente á la generacion; y si paren hijos los en­vian á sus padres, y si hijas, las crian. Están sujetas á este Leuchengorma; la reina dellas se llama Gaboimi­lla, que en su lengua quiere decir cielo de oro, porque en aquella tierra diz que se cría gran cantidad de oro; y hacen muy rica ropa, y de todo pagan tributo á Leuchengorma. Y aunque muchas veces se ha tenido muy cierta noticia de todo esto, nunca ha habido apa­rejo de poderlo ir á descubrir, por no haber querido po­blar don Diego de Almagro, y porque don Pedro de Valdivia, que después fué enviado á poblar esta tierra, nunca tuvo tanto número de gente con que pudiese ir á descubrir y dejar poblados los pueblos que tiene hechos. La poblacion deste capitan está treinta y tres grados de aquel cabo de la línea hácia el sur y de ser toda la costa bien poblada hasta mas de cuarenta grados de costa dió noticia un navío del armada que envió don Gutierre de Carvajal, obispo de Plasencia, que embocó por el estrecho de Magallánes, y desde allí vino costeando la tierra hácia el norte, hasta llegar al puerto de la ciudad de los Reyes. En este navío fueron los primeros ratones que en el Perú hubo, porque antes no los habia, y des­pués acá han acudido en gran número por todas las ciu­dades del Perú; créese que yendo las crías entre cajas ó fardeles de mercaderías que van de unas partes á otras; y así, los llaman los indios ococha, que quiere decir cosa salida de la mar.

CAPITULO III.

De la vuelta de Hernando Pizarro al Perú, y de los despachos
que llevó, y del alzamiento de los indios.

Después que don Diego de Almagro partió del Cuzco, vino de Castilla Hernando Pizarro, á quien su majestad habia dado el hábito de Santiago y hecho otras mercedes, y trajo prorogacion por ciertas leguas en la go­bernacion de don Francisco Pizarro, su hermano, y la provision que hemos dicho para la nueva gobernacion de don Diego de Almagro. Y en este tiempo. Mango inga, señor del Perú, estaba preso en la fortaleza del Cuzco por los conciertos que arriba tenemos dicho, que hizo con Paulo inga y con Villaoma, su hermano, de ma­tar los cristianos; escribió á Juan Pizarro rogándole lo mandase soltar, porque Hernando Pizarro no lo hallase preso; y Juan Pizarro, que en el collado andaba conquis­tando un peñol de indios, lo mandó soltar. Pues llegado Hernando Pizarro al Cuzco, tomó gran amistad con el Inca y le trataba muy bien, aunque siempre le hacia guardar. Creyóse que esta amistad era á fin de pedirle algun oro para su majestad ó para sí mismo. Y dende á dos meses que llegó al Cuzco, el Inga le pidió licencia para ir á la tierra de Yucaya á celebrar cierta fiesta, prometiéndole traer de allá una estatua de oro macizo, que era al natural de su padre Guaynacaba. Y ido allá, dió conclusion en el camino á lo que concertado tenia desde que don Diego partió para Chili; y desde allí hizo luego matar á algunos mineros y gente de servicio que andaban por el campo en las estancias y minas; y en­vió de sobresalto un capitan con mucha gente que se apoderó de la fortaleza del Cuzco, de manera que en seis dias los españoles no se la pudieron tornar á ga­nar; y en la toma della mataron á Juan Pizarro una noche, de una pedrada que le dieron en la cabeza; porque, á causa de otra herida que antes tenia, no se habia podido ponerla celada; la cual muerte fué gran pérdida en la tierra, porque era Juan Pizarro muy valiente y experimentado en las guerras de los indios, y bienquisto y amado de todos. Y así, vino el Inga con todo su poder sobre el Cuzco y la tuvo cercada mas de ocho meses, y cada lleno de luna la combatia por muchas partes, aunque Hernando Pizarro y sus hermanos la defendian va­lientemente con otros muchos caballeros y capitanes que dentro estaban, especialmente Gabriel de Rójas y Hernan Ponce de Leon, y don Alfonso Enriquez y el tesorero Riquelme, y otros muchos que allí habia, sin quitar las armas de noche ni de dia, como hombres que tenían por cierto que ya el Gobernador y todos los otros españoles eran muertos de los indios, que ténian noticia que en todas las partes de la tierra se habían alzado. Y así, peleaban y se defendían como hombres que no tenian mas esperanza de socorro sino en Dios y en el de sus propias fuerzas, aunque cada dia los dismi­nuian los indios, hiriendo y matando en ellos. Y du­rante esta guerra y cerco Gonzalo Pizarro salió con veinte de caballo á correr la tierra hasta la laguna de Chinchero, que es á cinco leguas del Cuzco, donde tanta gente vino sobre él, que, por mucho que peleó, ya los indios le traían casi rendido, si Hernando Pizarro y Alon­so de Toro no lo socorrieran con alguna gente de ca­ballo, porque él se habia metido mas adentro en los ene­migos de lo que convenía, segun la poca gente que lle­vaba, con mas ánimo que prudencia.

CAPITULO IV.

De cómo vino don Diego de Almagro sobre el Cuzco y prendió
á Hernando Pizarro.

Ya dijimos arriba cómo, después que Juan de Herra­da llevó á Chili la provision que su majestad dió para que don Diego de Almagro fuese gobernador pasada la gobernacion de don Francisco Pizarro, se determinó de volver al Perú y apoderarse de la ciudad del Cuzco; para lo cual le daban gran priesa los caballeros principales que con él andaban, especialmente Gomez de Albarado, hermano del adelantado don Pedro de Albarado, y su tio Diego de Albarado y Rodrigo Orgoños, los unos con codicia de poseer los repartimientos de la tierra del Cuzco, y los otros por ambicion de quedar solos en la gobernacion de Chili. Y así, para salir con su intento trataban con las lenguas que dijesen cómo el goberna­dor Pizarro y los demás españoles que en el Perú que­daron habian sido muertos por los indios que se habian rebelado; porque ya la noticia del alzamiento de los indios habia llegado á aquellas partes. Pues con la instancia que toda esta gente hizo á don Diego, se volvió; y cuando llegó á seis leguas del Cuzco, sin hacer saber nada á Hernando Pizarro, se carteó con el Inga, prometién­dole de perdonarle todo lo que habia hecho si fuese su amigo y le favoresciese, porque aquella tierra del Cuzco era de su gobernacion, y que volvía á apoderarse della. Y el Inga cautelosamente le envió á decir que se fuese á ver con él; lo cual don Diego hizo, no recelándose de engaño ninguno, dejando alguna parte de su gente con Juan de Sayavedra, y llevando él toda la demás. Mas cuando el Inga vió su tiempo, dió sobre don Diego con tanta furia, que le hizo mucho daño. Y entre tanto, habiendo sabido Hernando Pizarro la venida de don Diego de Almagro y cómo Juan de Sayavedra quedaba en el pueblo de Hurcos con la gente, salió del Cuzco con ciento y setenta hombres á punto de guerra; de lo cual siendo avisado Juan de Sayavedra, apercibió su campo, que era de trecientos españoles, y alojólos en un sitio fuerte. Y llegado Hernando Pizarro, envió á rogar á Juan de Sayavedra que se viesen solos, para tratar de medios en los negocios. Juan de Sayavedra aceptó las vistas, en las cuáles se dijo que Hernando Pizarro habia ofrescido á Juan de Sayavedra mucha cantidad de pesos de oro porque le entregase la gente; lo cual Juan de Sayavedra no aceptó, ni era de creer que aceptara, por ser caballero de muy buena casta, de quien no se podia esperar que haria cosa que no debie­se, aunque, por ser estas cosas que pasaron en secreto, no se puede afirmar la certidumbre dellas mas de lo que las partes dijeron y el vulgo sospechaba, y algunos indicios en que se fundaban. Don Diego de Almagro volvió del reencuentro que arriba está dicho que tuvo con el Inga, y juntando su gente con la de Juan de Sa­yavedra, se vino la vuelta del Cuzco, y en el camino hizo prender cuatro hombres de caballo con una emboscada que les echó, porque tuvo aviso que se los enviaban por espías, y dellos supo muy por extenso todo lo que habia pasado en la tierra con el levantamiento de los indios, los cuales habian muerto mas de seiscientos españoles y quemado gran parte de la ciudad del Cuzco, de lo cual mostró gran sentimiento; y luego envió á re­querir al cabildo del Cuzco con las provisiones reales, para que le rescibiesen por gobernador de aquella ciudad, por ser acabados mucho antes della los límites de la gobernacion del Marqués. Oida por los del cabildo esta embajada, le respondieron que hiciese medir el término de la gobernacion del Marqués, y que cons­tando que aquella ciudad caia fuera della, le rescibirian por su gobernador. La cual averiguacion, ni entonces ni después se hizo caso, que se juntaron á medir la tierra hombres diestros en ello; pero nunca se confor­maron en la forma de la medida, porque unos decían que se habían de medir las leguas que estaban señaladas para la gobernacion de don Francisco por la costa de la mar, segun iban haciendo ancones y caletas, ó por el camino real con todos sus rodeos, porque en cualquiera destas dos maneras la gobernacion del Marqués se acababa, no solamente antes del Cuzco, mas (segun algunos) aun antes de los Reyes. El Marqués pretendia que sus leguas se habian de medir por el aire, echando la cuerda derechamente sin ningun rodeo ni torcedu­ra, ó por la línea superior del cielo, midiendo la gradua­cion por la altura del sol y dando tantas leguas á cada grado.

Pues tornando á la historia, Hernando Pizarro envió á decir á don Diego que él le haria desembarazar cierta parte de la ciudad donde se aposentase él y su gente seguramente, entre tanto que enviaban relacion de lo que pasaba á don Francisco Pizarro, que estaba en la ciu­dad de los Reyes, para que se diese algun medio entre ellos, pues eran amigos y compañeros. Y algunos dicen que para tratar desto se pusieron treguas, debajo de las cuales teniéndose por seguro Hernando Pizarro, hizo á todos los vecinos y gente de guerra que se fuesen á reposar á sus casas, porque muy cansados estaban de andar armados dias y noches, sin dormir ni reposar un punto. Y como don Diego desto fué avisado, con la os­curidad de la noche, especialmente por un gran nublado que sobrevino, dió asalto en la ciudad. Mas cuando Hernando y Gonzalo Pizarro sintieron el ruido se ar­maron á gran priesa, y como fué su casa la primera so­bre que dieron, con sus criados se defendieron fuertemente, hasta que por todas partes les pusieron fuego y los prendieron. Y luego otro dia don Diego hizo que el cabildo le rescibiese por gobernador, y echó en prisio­nes á Hernando Pizarro y á su hermano, y aunque mu­chos le aconsejaron que los matase, no lo quiso hacer, por lo mucho que se lo defendió y le aseguró dellos Diego de Albarado. Y túvose por cierto que á don Diego de Almagro dieron ocasion de quebrantar las treguas cier­tos indios y aun españoles que le trajeron nuevas que Hernando Pizarro mandaba quebrar las puentes y se fortalescia en el Cuzco; lo cual paresció claro, porque cuando él entraba en la ciudad dijo á grandes voces: «¡Oh, cómo me habeis engañado; qué sanas hallo todas las puentes!» De todas estas cosas ninguna sabia el Go­bernador por entonces, ni lo supo de ahí á muchos dias, como adelante se dirá. Don Diego de Almagro hizo inga y dió la borla del imperio á Paulo, porque su hermano Mango inga, visto lo que habia hecho, se fué huyendo con mucha gente de guerra á unas muy ásperas montañas que llaman los Andes.

CAPITULO V.

De cómo mataron los indios muchos socorros que el Gobernador
envió á sus hermanos al Cuzco.

Entre otras cosas que el gobernador don Francisco Pizarro envió á suplicar á su majestad, en remuneracion de los servicios que habia hecho en la conquista del Perú, fué una que le diese veinte mil indios per­petuos para él y sus descendientes en una provincia que llaman los Atabillos, con sus rentas y tributos y ju­risdicion, y con título de marqués dellos. Su majestad le hizo merced de darle el título de marqués de aquella provincia, y en cuanto á los indios, le respondió que se informaria de la calidad de la tierra, y el daño ó perjui­cio que se podía seguir de dárselos, y le haria toda la merced que buenamente hubiese lugar; Y así, desde en­tonces en aquella carta le intituló marqués y mandó que se lo llamasen de ahí adelante, como se lo llamó, y por este dictado le intitularémos de aquí adelante en esta historia. Pues entendida por el Marqués la rebelion de los indios por lengua dellos mismos, no pensando que á tanto riesgo hubiese llegado, comenzó á enviar socorro de gente á Hernando Pizarro al Cuzco, poco á poco, como se iba juntando, un dia diez y otro quince, y así dende en adelante, segun la posibilidad se ofrescia. Y entendido los indios que habia de hacerse este socor­ro, proveyeron de mucha gente de guerra en los pasos angostos y peligrosos del camino, para estorbar la jor­nada á los que fuesen; y así, todos cuantos el Marqués envió en diversas veces los desbarataron y mataron los indios; lo cual no hicieran si aguardara á enviarlos to­dos juntos. Y habiendo ido á visitar las ciudades de Trujillo y San Miguel, envió á un Diego Pizarro con se­tenta de caballo para este socorro, los cuales todos mataron los indios en un muy áspero paso que se llama la cuesta de Parcos, que es cincuenta leguas del Cuzco, y lo mismo hicieron á un cuñado suyo, llamado Gonzalo de Tapia, que después envió con ochenta hombres de caballo. Y tambien desbarataron al capitan Morgovejo y al capitan Gaete, con la gente que llevaron en diver­sos dias, sin que de toda su gente se escapase casi nin­guno, y sin que los que lo seguian supiesen el desbarate los que iban adelante; teniendo tal forma, que los deja­ban entrar en un valle muy hondo y angosto, y tomándo­les la entrada y la salida con gran cantidad de indios, eran tantas las piedras y galgas que les echaban desde las cuestas, que casi sin venir á manos los mataban to­dos; y á toda esta gente, que fueron mas de trecientos hombres de caballo, les tomaron gran cantidad de jo­yas y armas y ropas de seda. Y viendo el Marqués que no respondía ninguno destos socorros, envió á Fran­cisco de Godoy, natural de Cáceres, con cuarenta y cinco de caballo, y topando á solos dos hombres de los de Gaete, que se habian escapado, y habiendo sabido de­llos lo que pasaba, se volvió á gran priesa, aunque ya le tenian tomados los pasos por donde habian entrado. Y le siguieron los indios mas de veinte leguas, dándole grande guerra por delante y por la retaguardia, que no le dejaban caminar sino de noche; y así llegó á la ciu­dad de los Reyes, donde tambien vino el capitan Diego de Aguero con cierta gente que se habian escapado á uña de caballo, porque en sus mismos pueblos los indios los habian querido matar. Y porque tuvo nueva el Marqués que tras Diego de Aguero venia gran copia de indios de guerra, envió á un Pedro dé Lerma con mas de setenta de caballo y con muchos indios amigos, que salieron al reencuentro á la gente del Inga, con los cua­les pelearon gran parte del dia, hasta que en un peñol los indios se hicieron fuertes y los españoles los cercaron por todas partes, y aquel dia quebraron los dientes al capitan Lerma y hirieron otros muchos españoles, aunque no mataron mas de uno de caballo. Y los cris­tianos los pusieron en tal aprieto, que si el Marqués no los mandara recoger, aquel dia se diera fin á la guerra, porque los indios estaban muy apretados en aquella pequeña sierra, y no tenian lugar de pelear. Y así, cuando los españoles se retrajeron, dieron muchas gracias al Señor porque los habia escapado, haciéndole oracion y sacrificio. Y levantando de allí el real, se fueron á poner sobre una alta sierra que está junto á la ciudad de los Reyes, el río en medio, peleando á la continua con los españoles. El caudillo destos indios era un señor lla­mado Tizoyopangui, y con aquel hermano del Inga que el Marqués envió con Gaete. En esta guerra que los indios en la ciudad de los Reyes acaesció que mu­chos indios, criados de los españoles, que llamaban yanaconas, iban de dia á ganar sueldo, de los indios, y de noche venian á cenar y dormir con sus señores.

CAPITULO VI.

De como el Marqués envió á pedir socorro á diversas partes, y
cómo el capitan Alonso de Albarado le fué á socorrer.

Viendo el Marqués tanta multitud de indios sobre la ciudad de los Reyes, tuvo por cierto que Hernando Pizarro y todos los del Cuzco eran muertos, y que ha­bia sido tan general este levantamiento, que habrían en Chili desbaratado á don Diego y á los que con él iban. Y porque los indios no pensasen que por temor detenian los navíos para huir en ellos, y tambien porque los españoles no tuviesen alguna confianza en poderse salir de la tierra por la mar, y por esto peleasen menos animosamente de lo que debían, envió á Panamá los navíos, y de camino envió al visorey de la Nueva-España y á todos los gobernadores de las Indias, pidiéndoles socorro y dándoles á entender el grande aprieto en que quedaba, significándolo con palabras de no tanto áni­mo como solia mostrar en otras cosas; las cuales él puso por persuasión de algunas personas de poco corazon, que se lo aconsejaron. Y asimismo envió á mandar á su teniente de Trujillo que despoblase la ciudad, y que en un navío que para ello les envió embarcasen sus mujeres é hijos y haciendas, y los enviasen á Tier­ra-Firme, y ellos se viniesen con sus armas y caballos solamente á le ayudar; porque él tenia por cierto que tambien habian de acudir los indios sobre ellos y no estaba en tiempo de los poder socorrer; y así, era mejor que todos se hiciesen un cuerpo, aunque mandó que la venida fuese secreta, creyendo que, no sabiéndola los indios, por ir sobre ellos se dividirían, y ellos así, lo hi­cieron, aunque, estando para se partir, les llegó el capitan Alonso de Albarado, con toda la gente que traia en el descubrimiento de los Chachapoyas, porque el Marqués les habia enviado á mandar que, dejada la con­quista, los viniese á socorrer. Y así, poniendo alguna gente de guerra de la que traia en defensa de la ciudad de Trujillo, él con lo restante se fué á la ciudad de los Reyes en socorro del Marqués. Y como llegó, le hizo su capitan general, en lugar de Pedro de Lerma, que hasta entonces lo habia sido; por el cual desabrimiento Pe­dro de Lerma hizo el motin que Adelante se dirá. Y así, viéndose él Marqués con pujanza de gente, le paresció socorrer á lo mas peligroso, y envió al capitan Alonso de Albarado con trecientos españoles de pié y de caba­llo, que fué talando y conquistando la tierra. Y á cuatro leguas de la ciudad de Pachacamá tuvo una recia ba­talla con los indios, los cuales desbarató,y mató muchos dellos, y prosiguió su camino la via del Cuzco. Y ade­lante, al pasar de un despoblado, padesció gran trabajo, porque se le murieron mas de quinientos indios de servicio, de sed; y si los de caballo no corrieran, y con va­sijas llenas de agua volvieran á socorrer los de á pié, créese que todos perecieran, segun estaban fatigados. Y yendo así conquistando, le alcanzó en la provincia de Jauja Gomez de Tordoya, natural de Villanueva de Barcarota, con otros decientes hombres de pié y de caballo que tras él envió. Y con todos quinientos hom­bres Alonso de Albarado caminó hasta la puente de Lumichaca, donde los cercaron los indios por todas partes, y hubo con ellos batalla, en que los venció, y mató muchos dellos, y de ahí adelante siempre fueron pe­leándo con él hasta la puente de Abancay, donde fué certificado de la prision de Hernando y Gonzalo Pizarro, y de todo lo mas que en el Cuzco habia pasado, y propuso no pasar adelante hasta tener mandado de lo que habia de hacer. Y como don Diego de Almagro supo la venida de Alonso de Albarado, envió á Diego de Albarado con otros siete ó ocho caballeros á notificarles sus provisiones; los cuales en llegando, Alonso de Alba­rado prendió, y respondió que enviase á notificar aque­llas provisiones al Marqués, porque él no era parte para tratar de aquel negocio. Y como don Diego vió que sus mensajeros no volvian, temiendo que Alonso de Alba­rado por otro camino se iria á entrar en el Cuzco, se volvió á gran priesa, porque ya habia salido tres leguas de la ciudad, y desde á quince días sacó su gente sobre Alonso de Albarado, porque supo que Pedro de Lerma tenia ordenado un motin para pasársele con mas de ochenta hombres. Y cuando don Diego llegó cerca de Alonso de Albarado, sus corredores prendieron á Pedro Alvarez Holguin, que adelante iba descubriendo el campo, con una celada que le echó. Y sabiendo Alonso de Albarado la prision, quiso él tambien prender á Pe­dro de Lerma por la sospecha que dél ya tenia; el cual se le huyó aquella noche, llevando las firmas de todos aquellos con quien dejaba hecho concierto. Y don Die­go una noche llegó á la puente, porque supo que Gomez de Tordoya y un hijo del coronel Villalba le estaban aguardando, y mucha parte de su gente envió por el vado, donde supo que los conjurados con Pedro de Ler­ma guardaban el paso; los cuales se le dieron, y aun los animaban para que pasasen sin miedo, y se supo cómo algunos destos conjurados habían hecho el trato de tau buena gana, que, haciendo la guardia aquella noche, hurtaron mas de cincuenta lanzas á los de Alonso de Albarado y las echaron por el rio abajo. Pues cuando Alonso de Albarado quiso acometer, faltáronle los del motin y otra mucha gente de su ejército que por buscar sus lanzas no acudieron; y así, muy fácilmente don Diego los desbarató, sin muerte de españoles y allí que­braron los dientes con una pedrada á Rodrigo Orgo­ños. Y después de saqueado el real y preso Alonso de Albarado, se volvió al Cuzco, haciendo algunos malos tratamientos á los vencidos y quedando tan soberbios, que decian que no habia de quedar en todo el Perú pi­zarro en que tropezar, y que el Marqués y sus herma­nos se habian de ir á gobernar á los manglares, bajo de la línea Equinocial.

CAPITULO VII.

De como el Marqués iba en socorro de sus hermanos al Cuzco, y sabido el vencimiento de Alonso de Albarado, se volvió á los Reyes.

Con las victorias que Alonso de Albarado hubo de los indios yendo camino del Cuzco, así en Pachacamá como en Lumichaca (segun arriba está dicho), el Inga y Tizoyopangui tuvieron por bien alzar el real de sobre la ciudad de los Reyes. Y viéndose el Marqués libre y con mucha gente, se partió para el Cuzco en socorro de sus hermanos, llevando consigo mas de sietecientos hombres de pié y de caballo; el cual socorro él pensa­ba que hacia contra los indios, porque ninguna cosa sabia de la vuelta de don Diego de Almagro ni de lo que dello habia resultado; y mucha parte desta gente le habia enviado don Alonso de Fuen-Mayor, arzobispo y presidente de la isla dé Santo Domingo, con Diego de Fuen-Mayor, su hermano, y el licenciado Gaspar de Espinosa habia traído alguna parte della desde Panamá; y asimismo un Diego de Ayala (á quien el Marqués en­vió á Nicaragua) habia acudido con cierto socorro. Y yendo el Marqués con este ejército por el camino de los llanos, en la provincia de la Nasca, á veinte y cinco le­guas de los Reyes, le vinieron nuevas de la vuelta de don Diego y de todas las otras particularidades que después della habian sucedido (segun arriba se ha con­tado), lo cual sintió con el pesar que era razon; y pa­resciéndole que su gente iba adereszada, como quien habia de pelear con indios, determinó volverse á la ciu­dad de los Reyes y proveerse como contra españoles; y así lo hizo, enviando al Cuzco al licenciado Espinosa para que diese algun corte entre él y don Diego, atra­yéndole á ello con que si su majestad sabia lo que ha­bia pasado, y que ellos no estaban conformes, enviarla otro en lugar de ambos, que gozase lo que ellos hablan ganado con tanto trabajo; y que cuando otra cosa no pudiese, acabase con don Diego que soltase sus her­manos y él se estuviese en el Cuzco sin bajar de allí abajo, hasta que consultado, su majestad proveyese y mandase lo que cada uno dellos habia de gobernar. Y con esta embajada fué el licenciado Espinosa; aunque ningun medio pudo tomar, y sin concluir el negocio fallesció. Y don Diego bajó con su gente á los llanos, de­jando en el Cuzco por su teniente al capitan Gabriel de Rójas, y presos en su poder á Gonzalo Pizarro y Alonso de Albarado, y llevando consigo preso á Hernando Pi­zarro; y así continuó su camino hasta la provincia de Chincha, qúe es veinte leguas de los Reyes, y allí hizo un pueblo en lugar de posesion de gobernador.

CAPITULO VIII.
De cómo el Marqués hizo gente y se soltaron de la prision Alonso
de Albarado y Gonzalo Pizarro, y de lo que pasó con ellos.

Como el Marqués llegó á la ciudad de los Reyes, lue­go hizo tocar atambores y dió paga á la gente y engroso su ejército, con título de defenderse de don Diego, que decía venirle ocupando su gobernacion; y en pocos dias juntó mas de sietecientos hombres de pié y de caballo, y entre ellos muchos arcabuceros; porque en la compa­ñía de Diego de Fuen-Mayor habia venido un capitan Pedro de Vergara (á quien arriba tenemos dicho que se encomendó el descubrimiento de los Bracamoros), el cual traia de Flándes, donde era casado, gran copia de arcabuces y de toda la municion dellos; porque hasta entonces no habia tantos en el Perú que se pudiese juntar compañía ni número cierto de arcabuceros. Y á este Vergara y á Nuño de Castro nombró el Marqués por capitanes de arcabuceros, y á Diego de Urbina, na­tural de Orduña, sobrino del maestre de campo Juan de Urbina, nombró por capitan de piqueros, y de gente de caballo á Diego de Rojas y á Peranzúres y Alonso de Mercadillo, y hizo maestre de campo á Pedro de Valdivia, y sargento mayor á Antonio de Villalva, hijo del coronel Villalva. En este tiempo Gonzalo Pizarro y Alon­so de Albarado (que, como dijimos, quedaron presos en el Cuzco) se soltaron, y se vinieron con mas de setenta hombres al Marqués, habiendo prendido á Gabriel de Rójas, teniente de don Diego. Con su venida holgó mu­cho el Marqués, así por verlos fuera de peligro como porque con ellos tomó grande ánimo toda la gente; y luego hizo á Gonzalo Pizarro capitan general y Alonso de Albarado capitan de gente de á caballo. Y como don Diego supo la soltura de los presos y la gran pujanza de gente que el Marqués tenia, determinó tomar algun partido con él, y aun de moverle él por su parte, en­viando á ello con su poder á don Alonso Enríquez y al factor Diego Nuñez de Mercado y al contador Juan de Guzman, para que se viese con don Diego. Y después de haber pasado entre ellos grandes tratos, el Marqués lo dejó todo por via de compromiso en manos de fray Francisco de Bobadilla, provincial en aquellas partes de la orden de la Merced, y lo mismo hizo don Diego. Y fray Francisco, usando de su poder, dió entre ellos sen­tencia, por la cual mandó que ante todas cosas fuese suelto Hernando Pizarro y restituida la posesion del Cuzco al Marqués, como primero la tenia, y que se deshiciesen los ejércitos, enviando las compañías, así como estaban hechas, á descubrir la tierra por diversas partes, y que diesen noticia de todo á su majestad para que proveyese lo que fuese servido. Y para que en presencia se viesen y hablasen el Marqués y don Diego, trató que con cada doce de caballo se viniesen á un pueblo que se llamaba Mala, que estaba entre los dos ejércitos; y así, se partieron á las vistas, aunque Gonzalo Pizarro, no se fiando de las treguas ni palabra de don Diego, se partió luego en pos dél con toda la gente, y se fué á poner secretamente junto al pueblo de Mala, y mandó al capitan Castro que con cuarenta arcabuceros se ern­boscase en un cañaveral que estaba en el camino por donde don Diego habia de pasar, para que si don Diego trajese mas gente de guerra de la concertada, disparase dos arcabuces, y él acudiese á, la seña dellos.

CAPITULO IX.

De cómo se vieron los gobernadores, y fué suelto
Hernando Pizarro.

Cuando don Diego partió de Chincha para ir á Mala con sus doce caballeros, dejó mandado á Rodrigo Or­goños, que era su general, que estuviese á mucho re­caudo y tuviese su gente á punto, para que si el Mar­qués trajese mas gente acudiese él luego, y hiciese de Hernando Pizarro lo mismo que él viese que se hacia dél en las vistas; y así, cuando llegaron á juntarse, se abrazaron ambos amorosamente, y después de haber pasado algunas pláticas sin tocar en el negocio princi­pal, un caballero de los del Marqués se llegó á don Diego al oído, y le dijo: «Váyase vuestra señoría de aquí, que le cumple; porque yo, como su servidor, le aviso dello;» lo cual decia teniendo noticia de la venida de Gonzalo Pizarro. Y como don Diego lo entendió, pidió á gran priesa su caballo. Y como algunos caballeros del Mar­qués sintieron que se quería ir, le persuadieron que le prendiese, pues lo podía hacer tan fácilmente con los arcabuceros que Nuño de Castro tenia en la emboscada; y el Marqués nunca lo permitió, por haber venido debajo de su palabra, ni creyó que se volviera sin con­cluir á lo que habia venido. Y como don Diego, al tiem­po que se fué, vió la emboscada, tuvo por cierto el avi­so que le habian dado; y vuelto á su real, se quejaba del Marqués, diciendo que lo habian querido prender sin querer rescibir las disculpas que para ello el Mar­qués le daba. Y después desto, por medio é intercesion de Diego de Albarado, don Diego de Almagro soltó á Hernando Pizarro debajo de cierta pleitesía que entre ellos hubo, para qué el Marqués le daria navío y puerto seguro para enviar y rescibir despachos de España, y que hasta tanto que nuevo mandado de su majestad vi­niese, no iria el uno contra el otro. Esta soltura de Her­nando Pizarro contradijo mucho Rodrigo Orgoños, porque había visto algunos malos tratamientos que en la prision se le hicieron, pensando que se querría vengar dellos teniendo poder, y su voto siempre fué que le cortasen la cabeza; pero valió mas el parecer de Diego de Albarado, confiado en el concierto que se habia hecho. Y suelto Hernando Pizarro, don Diego le envió al Marqués acompañado de su hijo y de otros caballeros. Y aun apenas era partido, cuando don Diego se arre­pintió de lo hecho, y se cree que lo volviera á la pri­sion; sino que se dió tanta priesa á salir de su poder, que en breve tiempo habia andado la mayor parte del camino, hasta que topó con la gente mas principal del Marqués, que le salia á rescebir.

CAPITULO X.

De cómo el Marqués fue sobre don Diego, y él se retiró hácia
el Cuzco.

Ya cuando se hicieron aquellos conciertos el Mar­qués tenia provision y mandado de su majestad, que ha­bia traido Pedro Anzúres, para que ambos gobernadores se estuviesen en la tierra que cada uno tuviese descubierta, poblada y conquistada al tiempo de la notificacion, aunque fuese en los limites de la gobernacion del otro, hasta tanto que su majestad proveyese en el negocio principal lo que de justicia se debiese hacer. Y con esta provision, después que el Marqués tuvo en su poder á Hernando Pizarro, envió á requerir á don Diego para que se saliese de la tierra y pueblos que él había descubierto y poblado, como su majestad lo man­daba. Don Diego respondió que él estaba presto de guardar y cumplir la provision y lo que en ella se contenia, que era que cada uno se estuviese en la tierra y pueblos de la forma y manera en que los tómase la noti­ficacion de la provision, y que antes, con la mesma pro­vision, él requería al Marqués que le dejase estar sin guerra ni contienda alguna, como se estaba á la sazon, con protestacion de obedescer y cumplir otra cualquiera cosa que sobre ello su majestad les enviase á mandar. El Marqués replicó que él tenia primero aquellos pue­blos y ciudad y tierra del Cuzco, y la habia descubierta y poblado, y que él le habia desposeido della por fuer­za; por tanto, que se saliese de la tierra conforme á lo que su majestad mandaba; donde no, que él le echaria della, pues ya era cumplido el plazo y pleitesía que ha­bian hecho, con el nuevo mandado de su majestad. Y como don Diego esto no quiso hacer, el Marqués fué so­bre él con toda su gente; y don Diego se fué retrayen­do hácia el Cuzco, y se hizo fuerte en una muy alto sierra que se llama de Guaytara, cortando todos los pa­sos de aquel áspero camino; y Hernando Pizarro le iba siguiendo con cierta gente, y subió una noche la sierra por un secreto camino, y con los arcabuceros le ganó el pasó, de tal manera, que á don Diego le convino huir; y porque él iba enfermo; se adelantó, dejando en la re­taguardia á Rodrigo Orgoños, que muy ordenadamente se fuese retirando. El cual, sabiendo de dos de caballo de los del Marqués, á quien prendió una noche, que le iban siguiendo, apresuró el camino, aunque los mas de su ejército decían que volviese sobre ellos, porque ya sabia que todos los que subian de los llanos á la sierra, los primeros dias se mareaban y estaban sin sentido, como los que comienzan á navegar; lo cual Rodrigo Orgoños no quiso hacer, por no ir contra la órden de su gobernador; aunque se cree que le sucediera bien si lo hiciera, porque la gente del Marqués iba mareada y maltratada de las muchas nieves que habia en la sierra, y recibiria mucho daño; y por ir tales, el Marqués se volvió con el ejército á los llanos, y don Diego se fué al Cuzco quebrando siempre las puentes, porque creia que le iban siguiendo. Don Diego estuvo en el Cuzco mas de dos meses haciendo gente y otras municiones y aparejos de guerra, y haciendo armas de plata y co­bre, y fundiendo artillería y todo lo demás que le era necesario.

CAPITULO XI.

De cómo Hernando Pizarro fué al Cuzco con su ejército y se dió la batalla de las Salinas y prendieron á don Diego de Almagro.

Estando el Marqués con todo su ejército en los lla­nos, de vuelta de la sierra, halló entre su gente diver­sos pareceres de lo que debla hacer; y al fin se resumió en que Hernando Pizarro fuese con el ejército que te­nia hecho por su teniente á la ciudad del Cuzco, llevando por capitan general á Gonzalo Pizarro, su hermano; y que la ida fuese con título y color de cumplir de jus­ticia á muchos vecinos del Cuzco que con él andaban, que se le habian quejado que don Diego de Almagre les tenia por fuerza entradas y ocupadas sus casas y re­partimientos de indios, y otras haciendas que tenian en la ciudad del Cuzco; y así, partió la gente para allá, y el Marqués se volvió á la ciudad de los Reyes; y llegado Hernando Pizarro por sus jornadas á la ciudad una tar­de, todos sus capitanes quisieron bajar á dormir al lla­no aquella noche; mas Hernando Pizarro no quiso sino asentar real en la sierra. Y cuando otro dia amanesció, ya Rodrigo Orgoños estaba en campo aguardando la batalla con toda la gente de don Diego, por capitanes de los de á caballo á Francisco de Chaves y á Juan Te­llo y Vasco de Guevara. Y por la parte de la sierra tenia con algunos españoles muchos indios de guerra para se ayudar dellos; y dejó presos en dos cabos de la for­taleza del Cuzco todos los amigos y servidores del Mar­qués y de sus hermanos, que en la ciudad estaban, que eran tantos y el lugar tan angosto, que algunos se aho­garon. Y otro dia de mañana, habiendo oido misa Gon­zalo Pizarro y su gente, bajaron al llano, donde orde­naron sus escuadrones, y caminaron hácia la ciudad con intento de se ir á poner en un alto que estaba sobre la fortaleza; porque creian que viendo don Diego la pu­janza de gente que tenian, no le osaria dar la batalla; la cual ellos deseaban excusar por todas vías, por el da­ño que della esperaban. Mas Rodrigo Orgoños estaba en el camino real con toda su gente y artillería, aguardando muy fuera deste pensamiento, creyendo que no le podrían entrar por otra parte, á causa de una ciénaga que allí habia. Mas como Hernando Pizarro lo descu­brió, mandó al capitan Mercadillo que con su gente de caballo estuviese por sobresaliente, así para pelear con los indios de guerra si acometiesen, como para socor­rer en la mayor priesa de la batalla; y antes que rom­piesen se mezcló una pelea entre los indios que iban con Hernando Pizarro y los de don Diego. Los de caba­llo de Pizarro tentaron la ciénaga, y entre tanto los ar­cabuceros sobresalientes entraron por ella adelante, y tiraron de tal manera á un escuadron de don Diego, de los de caballo, que le hicieron retraer. Y cuando Pedro de Valdivia, maestre de campo del Marqués, los vió retraer, certificó la victoria por su parte. Y los de don Diego tiraron un tiro, que llevó cinco hombros de los del Marqués. Y cuando Hernando Pizarro y su gente tuvieron pasada la ciénaga y un arroyo que allí había, fueron muy ordenadamente contra los enemigos, avi­sando á cada capitan de lo que había de hacer al tiempo del romper, y esforzando la gente cuanto podia. Y porque vió Hernando Pizarro que los piqueros de don Diego tenian arboladas las picas, mandó á los arcabuceros que tirasen por alto, de manera que dos ruciiadas le llevaron mas de cincuenta picas. Y Rodrigo Orgoños, viendo esto, mandó á sus capitanes que rompiesen; y como vió que se detenían, arremetió con su batalla hácia la parte siniestra, donde había visto que Hernando Pizarro iba muy señalado delante los escuadrones, y Orgoños iba diciendo á voces: «¡Oh Verbo divino! síganme los que quisieren; que yo á morir voy.» Como Gonzalo Pi­zarro y Alonso de Albarado vieron el través que Orgo­ños les mostró, rompieron por los enemigos de manera que derribaron mas de cincuenta hombres en el suelo. Y cuando Rodrigo Orgoños acometió le hirieron con un perdigon de arcabuz por la frente, habiéndole pasado la celada; y él con su lanza, después de herido, ma­tó dos hombres y metió un estoque por la boca á un criado de Hernando Pizarro, pensando que era su amo, porque iba muy bien ataviado. Y como ambos ejércitos se mezclaron, pelearon tan fuertemente, que los capi­tanes y gente del Marqués hicieron volver las espaldas á los de don Diego, matando é hiriendo muchos dellos. Y cuando don Diego los vió huir desde un alto donde los estaba mirando (Porque á causa de estar enfermo no entró en la batalla), dijo: «Por nuestro Señor, que pensé que á pelear habiamos venido.» Y teniendo dos caballeros rendido á Rodrigo Orgoños, llegó otro que dél habia recebido cierta injuria, y le cortó la cabeza; y de aquella manera mataron á algunos rendidos, sin que fuesen parte para lo estorbar Hernando Pizarro y los capitanes, aunque lo procuraban con harta diligen­cia; porque, como los de Alonso de Albarado estaban afrentados de la rota que habian rescibido en la puente de Abancay, procuraban de se vengar como podian; tanto, que llevando uno tendido en las ancas de su ca­ballo al capitan Ruy Díaz, llegó otro, y de un golpe de lanza le mató. Pues viendo don Diego vencida su gente, se fué huyendo á meter en la fortaleza del Cuzco, donde le prendieron Alonso de Albarado y Gonzalo Pizarro, que iban en su seguimiento. Los indios, viendo la ba­talla fenescida, ellos tambien se dejaron de la suya, yendo los unos y los otros á desnudar los españoles muertos y aun algunos vivos que por sus heridas no se po­dian defender; porque, como pasó el tropel de la gente siguiendo la victoria, no hubo quien se lo impidiese; de manera que dejaron en cueros á todos los caidos. Y los españoles, vencedores y vencidos, escaparon tales del reencuentro, que muy fácilmente los indios los pudieran vencer si tuvieran ánimo para dar sobre ellos, como lo tenian concertado. Este reencuentro se dió á 26 de abril de 1538 años.

CAPITULO XII.

De lo que sucedió después de la batalla de las Salinas, y cómo
se vino á España Hernando Pizarro.

Fenescida esta batalla, Hernando Pizarro trabajó mu­cho de venir en gracia con los capitanes de don Diego que habian quedado vivos, y como no pudo acabarlo, muchos desterró del Cuzco. Y porque vió que no tenia posibilidad de satisfacer los que le habian servido, porque cada uno pensaba que con darle toda la gobernacion no quedaba pagado, acordó de deshacer el ejérci­to, enviando la gente á nuevos descubrimientos, de que ya se tenia noticia con lo cual hacia dos cosas la una remunerar sus amigos, y la otra desterrar sus enemi­gos. Y así, envió al capitan Pedro de Candía con tre­cientos hombres suyos y de los de don Diego, para que entrase á cierta conquista de cuya riqueza sé tenia mu­cha fama. Y como por aquella parte Pedro de Candía no pudo entrar por la aspereza de la tierra, se volvió hácia el Collao con toda la gente casi amotinada; porque un Mesa, que habia sido capitan de la artillería del Marqués, habia dicho que, aunque pesase á Hernando Pizarro, pasaria por la tierra del Collao. A lo cual se atrevió por el favor que le daba la gente de don Diego que allí habia, porque nunca acababan de allanar los pensa­mientos. Y así, Candía envió preso á este Mesa, con el proceso y averiguaciones que contra él hicieron, á Her­nando Pizarro. Y como él entendió que mientras don Diego fuese vivo nunca acabaria de quietarse la tierra ni sosegarse la gente, porque en esta probanza y en otras que Hernando Pizarro hizo halló en diversas partes motines de gente conjurada para venir á sacar de la prision á don Diego y alzarse con la ciudad; por todo lo cual le pareció que convenía matar á don Diego, justiticando su muerte con las culpas que había tenido en todas las alteraciones pasadas, de que arriba se ha hecho mencion, diciendo que él habia sido causa y fundamento dellas, por haber al principio entrado con gente de guerra en la ciudad y ocupándola por su propria au­toridad, y muerto mucha gente de los que le resistie­ron, y llegado con ejército y banderas tendidas á la pro­vincia de Chincha (que no habia duda ser de la gober­nacion del Marqués); y así, le sentenció á muerte. Y como don Diego oyó la sentencia, hacia y decia muchas lástimas á Hernando Pizarro, trayéndole á la memoria que él habia sido la causa que él y su hermano hubie­sen subido en el estado en que estaban, y les habia dado hacienda para ello; y que se acordase cómo le habia él soltado graciosamente de la prision en que le tuvo, no queriendo tomar el consejo de sus capitanes, que le persuadían á que le matase; y que si algun mal tratamiento habia rescebido en la prision, ni él lo habia mandado ni sido, sabidor dello; y que considerase que era muy viejo, y que, aunque entonces no le matase, la misma edad y tiempo le condenaria á muerte en breve. Y á esto Hernando Pizarro le respondió que no eran aquellas palabras para que una persona de tanto ánimo como él las dijese ni se mostrase tan pusilánime; y que pues su muerte no se podia excusar, que se conformase con la voluntad de Dios, muriendo como cristiano y como caballero. Y á esto le satisfizo don Diego con que no se maravillase de que él temiese la muerte como hombre y pecador, pues la humanidad de Cristo la ha­bia temido. Y en fin, Hernando Pizarro, en ejecucion de su sentencia, le hizo degollar. Y luego fué al Collao sobre la gente del capitan Candía, é hizo justicia de Mesa, que habia sido el inventor del motin; y con los trecientes hombres tornó á enviar al capitan Pedro An­zúres á una entrada, donde pensaron perecer todos de hambre, por las muchas ciénagas y maleza de la tierra; y, en tanto quedó conquistando la tierra del Collao, que es una tierra llana y muy poblada de minas de oro, y por ser muy fria no se cria maíz en ella; y los indios comen unas raíces que llaman papas, que son de hechura y aun casi sabor de turmas de tierra; y hay en ella mucho ganado de las ovejas que hemos dicho. Y como Hernando Pizarro supo que el Marqués, su her­mano, era venido al Cuzco, se vino á ver con él, dejando en su lugar, para que continuase la conquista, á Gonzalo Pizarro, su hermano, que llegó á descubrir hasta la provincia de los Charcas, donde le cercaron muchos indios de guerra que sobre él vinieron, y le pu­sieron en tanto aprieto, que fué forzado Hernando Pi­zarro á volverlo á socorrer desde el Cuzco con mucha gente de caballo; y porque mas presto les llegase el socorro, fingió el Marqués qué él en persona iba á ello, y salió de la ciudad dos ó tres jornadas. Y como Hernan­do Pizarro llegó adonde Gonzalo Pizarro estaba, halló que los indios eran ya todos desbaratados. Y anduvie­ron algunos dias conquistando aquella tierra, donde hubieron muchos reencuentros con los indios, hasta que prendieron á Tizo, capitan dellos; y así, volvieron ambos al Cuzco, donde fueron graciosamente rescebidos del Marqués, el cual dió de comer en la tierra á todos los que hubo lugar, y á los otros envió á ciertas conquistas con los capitanes Vergara y Porcel (que arriba hemos contado), y por otra parte envió al capitan Alonso Mer­cadillo y al capitan Juan Perez de Guevara. Y al maes­tre de campo Pedro de Valdivia envió á la tierra de Chili, donde don Diego se habia vuelto. Y todo esto hecho, y asentada la tierra y derramada la gente, Hernan­do Pizarro se partió para España á dar cuenta á su ma­jestad de todo lo sucedido, aunque de muchos fué acon­sejado que no lo hiciese, porque no sabían cómo se habría tomado la muerte de don Diego. Y cuando vino, aconsejó al Marqués, su hermano, que no se liase de los de don Diego, que comunmente llamaban los de Chili, ni los dejase juntar, y que cuando viese que de seis arriba estaban juntos, supiese que le trataban la muerte.

CAPITULO XIII.

De lo que acaescio al capitan Valdivia en el viaje de la provincia
de Chili y después de llegado.

Pedro de Valdivia llegó con su gente á la provincia de Chili, donde los indios le rescibieron de paz caute­losamente, porque tenian sus sementeras por coger, que aun no estaban de sazon; y después que las cogiéron se alzó toda la tierra y dieron sobre algunos españoles que andaban fuera de la poblacion, y mataron catorce de­llos. Y Valdivia los fué á socorrer; y andando en esta guerra, se quisieron alzar contra él algunos españoles, que él ahorcó en sabiéndolo, especialmente al capitan Pedro Sancho de Hoz, que habia ido con él casi á títu­lo de compañero. Y en tanto que él andaba en el cam­po, por otra parte vinieron sobre la ciudad mas de siete mil indios de guerra, que pusieron en mucho estrecho á los pocos españoles que para la guarda della habian quedado con los capitanes Francisco de Villagran y Alonso de Monroy, que no tenian mas de treinta hom­bres de caballo, los cuales salieron al campo y pelearon valerosamente con los indios flecheros desde la mañana hasta que los despartió la noche, que todos quedaron muy cansados y heridos. Y los indios tuvieron por bien de se retirar por las muertes y gran daño que en aquel dia rescibieron. Y de ahí adelante toda la mas desta tierra estuvo de guerra por mas de ocho años, y en todos ellos Valdivia y su gente le resistieron sin desamparar la tierra; antes hacia á sus soldados que sembrasen y arasen, y cogian frutos para mantenerse, por no se poder servir de los indios en la labor, y así se sostuvo hasta que volvió al Perú, en tiempo que el licenciado de la Gasca estaba haciendo gente contra Gonzalo Pizarro, en todo lo cual él le sirvió y ayudó, como adelante se dirá.

LIBRO CUARTO

QUE TRATA DEL VIAJE QUE GONZALO PIZARRO HIZO AL DESCUBRIMIENTO DE LA PROVINCIA DE LA CANELA
Y DE LA MUERTE DEL MARQUÉS.

CAPITULO PRIMERO.

De como Gonzalo Pizarro se aderezó para la jornada de la Canela.

Después desto, se tuvo noticia en el Perú que en la tierra de Quito, hácia la parte del oriente, habia un descubrimiento de una tierra muy rica y donde se cria­ba abundancia de canela, por lo cual se llamó vulgarmente la tierra de la Canela. Y para la conquistar y po­blar determinó el Marqués enviar á Gonzalo Pizarro, su hermano; y porque la salida se habia de hacer desde la provincia de Quito, y allí habian de acudir y proveerse de las cosas necesarias, renunció la gobernacion de Quito en Gonzalo Pizarro, en confianza que su majestad le haria merced della; y así, se partió para allá Gonzalo Pi­zarro con mucha gente que para este descubrimiento llevaba, y en el camino le convino pelear con los indios de la provincia de Guanuco, que le salieron de guerra, y le pusieron en tanto aprieto, que fué necesario que el Marqués enviase en su socorro á Francisco de Chaves; y así llegó Gonzalo Pizarro á Quito. Y en este tiempo el Marqués envió á Gomez de Albarado á conquistar y poblar la provincia de Guanuco, porque della habian ido ciertos caciques llamados los conchucos, con mu­cha gente de guerra, sobre la ciudad de Trujillo, y mátaban cuantos españoles podían, y aun robaban y hacian mucho daño en los mismos indios sus comarcanos, y los que mátaban y lo que robaban lo ofrescian todo á un ídolo que consigo traían, que llamaban la Cataquilla. Y así anduvieron hasta que de la ciudad de Trujillo salió Mi­guel de la Serna, vecino della, con la gente que pudo sacar, y juntándose con Francisco de Chaves, pelearon con los indios hasta que los vencieron y desbarataron.

CAPITULO II.

De cómo Gonzalo Pizarro partió de Quito y llegó á la Canela,
y de lo que acaesció en el camino.

Habiendo aderezado Gonzalo Pizarro las cosas nece­sarias para su viaje, partió de Quito, llevando consigo quinientos españoles bien aderezados, los ciento de caballo con dobladura, y mas de cuatro mil indios amigos, y tres mil cabezas de ovejas y puercos. Y después que pasó una poblacion que se llamaba Inga, llegó á la tierra de los Quixos, que es la última que conquistó Guaynacaba hacia la parte del septentrion, donde los indios le salieron de guerra, y en una noche desaparecieron to­dos, que nunca mas ninguno pudieron haber. Y después de haber allí reposado algunos dias en las poblaciones de los indios, sobrevino un tan gran terremoto con tem­blor y tempestad de agua y relámpagos y rayos y grandes truenos, que, abriéndose la tierra por muchas partes, se hundieron mas de quinientas casas; y tanto cresció un rio que allí habia, que no podían pasar á buscar comida, á cuya causa padescieron gran necesi­dad de hambre. Y después de partidos destas poblacio­nes, pasó unas cordilleras de sierras altas y frias, donde muchos de los indios de su compañía se quedaron helados. Y á causa de ser aquella tierra falta de comida, no paró hasta una provincia llamada Zumaco, que está en las faldas de un alto volcan, donde, por haber mucha comida reposó la gente, en tanto que Gonzalo Pizarro, con algunos dellos, entró por aquellas montañas espe­sas á buscar camino y como, no le halló, se fué á un pueblo que llamaron de la Coca, y de allí envió por toda la gente que habia dejado en Zumaco, y en dos meses que por allí anduvieron, siempre les llovió de dia y de noche, sin que les diese el agua lugar de enjugar la ropa que traían vestida. Y en esta provincia de Zumaco, y en cincuenta leguas al derredor, hay la canela de que llevaban noticia, que son unos grandes árboles con ho­jas como de laurel, y la fruta son unos racimos de fruta menuda que se crian en unos capullos y aunque esta fruta y las hojas y corteza y raíces del árbol tienen sa­bor y olor y sustancia de canela, pero la mas perfecta es aquellos capullos que son de hechura (aunque ma­yores) de los capullos de bellotas de alcornoque; y aunque en toda la tierra hay muchos deste género de árboles silvestres que nascen y fructifican sin ninguna labor, los indios tienen muchos dellos en sus heredades y los labran, y así nasce dellos mas fina canela que de los otros; y tiénenla ellos en mucho, porque la rescatan en las tierras comarcanas por los mantenimientos y ropa y todas las otras cosas que han menester para su sustentacion.

CAPITULO III.

De los pueblos y tierras que pasó Gonzalo Pizarro hasta que
llegó á la tierra donde hizo un bergantín.

Pues dejando Gonzalo Pizarro en esta tierra de Zu­maco la mayor parte de la gente, se adelantó con los que mas sanos y recios estaban, descubriendo el cami­no segun los indios le guiaban, y algunas veces por los echar de sus tierras les daban noticias fingidas de lo de adelante, engañándolos, como lo hicieron los de Zu­maco, que le dijeron que mas adelante estaba una tier­ra de gran poblacion y comida, lo cual halló ser falso, porque era tierra mal poblada, y tan estéril, que en ninguna parte della se podia sustentar, hasta que lle­gó á aquellos pueblos de la Coca, que era junto á un gran rio, donde paró mes y medio, aguardando la gente que en Zumaco habia dejado, porque en esta tierra les vino de paz el señor della. Y de allí caminaron todos juntos el rio abajo, hasta hallar un saltadero que en el rio habia de mas de docientos estados, por donde el agua se derriba con tan gran ruido, que se oia mas de seis leguas, y dende á ciertas jornadas se recogia el agua del rio en una tan pequeña angotitura, que no habia de una orilla á otra mas de veinte piés, y era tanta la altura desde las peñas hasta llegar al agua, como la del saltadero que hemos dicho, y de una parte y de otra era peña tajada, y en cincuenta leguas de camino no hallaron por donde pasar sino por allí, que les defen­dian los indios el paso, hasta que, habiéndolo ganado los arcabuceros, hicieron una puente de madera, por donde seguramente pasaron todos. Y así, fueron cami­nando por una montaña hasta la tierra que llamaron de Guema, que era algo rasa y de muchas ciénagas y de algunos ríos, donde habia tanta falta de comida, que no comia la gente sino fruta