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conocimiento de su existencia sino a orillas del Loa y en el punto llamado
el Toco, grado 22º, donde existe en gran cantidad. El Salitre, o sea
nitrato [38] de soda, existe en el territorio de Antafagasta, pero no en
caliche, tal cual se ve en Tarapacá, sino mezclado en grandes masas de
barro, más o menos humedecido, y en los puntos conocidos allí con el
nombre de Salinas.
Muy diversas opiniones, como usted sabe, han emitido los sabios
respecto al modo como se ha formado el Caliche sea el trato de Soda en
Tarapacá. Algunos han creído y sostenido, que el Caliche proviene de
inmensos depósitos de algas marinas, creadas allí cuando esos terrenos se
han hallado sumergidos bajo el nivel del Mar. Otros han sostenido que el
Caliche es originado por filtraciones de los depósitos de huano, que
contiene ácido nítrico, como si de Pabellón de Pica, que es donde existen
las grandes huaneras, a orillas del Mar, pudieran filtrarse ácidos
nítricos en bastante cantidad para formar, a la distancia de ocho o diez
leguas al interior, los grandes bancos de Caliche existentes en las
Salitreras. Otros han creído ser el Caliche, de origen volcánico. He
notado que en las oficinas del Norte, los depósitos de Caliche se hallan
verificados en hoyadas, es decir, en puntos denominados por alturas de
alguna magnitud: en otras como las que se hallan a orillas de la Pampa del
Tamarugal, como Peña Grande, Palma, Calacala, etc., se hallan, puede
decirse, en campos llanos; otras, como las de la Noria, Santa Laura, San
Juan de Gildemeister, la Soledad, en hoyadas más profundas que las del
Norte; y otras, como los Ángeles y Esperanza en pampa rasa, sin ninguna
proximidad de altura. Las circunstancias de hallarse completamente
comprobado por las interpeladas capas de huano y conchas y arena en
Pavellón de Pica, etc., el hecho de haber sido ese terreno sumergido
varias veces debajo de las orillas del mar, de que en todas esas costas el
sargaso (alga) crece en tan gran cantidad y es la planta que contiene
yodo, me ha hecho creer que [39] el Caliche es la descomposición del
sargaso, con mezcla de sales marítimas, sustancias volcánicas depositadas
en las alturas, y filtradas a las hoyadas, en el curso de miles de años,
por las aguas, producidas por abundantes camanchacas, como allí se llaman
las grandes garúas que constantemente cubren esos campos.
Recuerdo que hacen muchos años vi a inmediaciones de la ciudad de
Glasgow, Escocia, una fábrica para elaborar el Yodo, sustancia que en esa
época era considerada como oro en polvo. Todo el material casi que allí se
beneficiaba para conseguir el Yodo, eran grandes bultos de algas secas,
conducidas del Norte de Irlanda. Este hecho, y el de existir en tan
notables cantidades el Yodo, en el Caliche, me han hecho creer, que el
Caliche en gran parte ha sido producido por depósitos de sargaso, sin que
pueda pretender que mi opinión pueda servir de base para un convencimiento
final sobre el particular.
El caliche, que yo he visto en Tarapacá es enteramente blanco, como
el de Ángeles y Esperanza -es blanco con grandes manchas amarillentas y
aun anaranjadas, como los de Soledad, San Juan, etc.; tiene puntas negras
moradas, como los de Santa Laura, Limeña, etc. Estas descripciones no
excluyen la existencia, en el caliche de todas las oficinas, de colores
más o menos pronunciados como los que he indicado.
Desde el tiempo del coloniaje se beneficiaba el caliche con el objeto
de emplear su producto en la fabricación de pólvora. En esos tiempos el
caliche se molía a la mano en un batán de piedra: se hervía en una paila
de cobre, de las fabricadas a martillazos en Oruro, y los productos eran
conducidos, a lomo de mula, a los diferentes mercados o asientos
minerales, donde casi exclusivamente se empleaba dicha pólvora, pues
nuestros antepasados aún no habían [40] llegado a esa altura de progreso,
que hace emplear la pólvora para matarse mutuamente.
En esos tiempos de absoluto ignorantismo, nuestros padres no tenían
ni Constitución ni Congresos; y sin embargo eran tan atrasados que vivían
contentos y dichosos, sin garantías escritas entonces, pero jamás ahora
observadas; en esos tiempos en que con dos alguaciles, se hacía mejor el
servicio de seguridad pública, que lo que lo hacen hoy tantísimos
gendarmes, sanguijuelas de las entradas nacionales; en esos tiempos, en
fin, en que sin duda alguna el grito de Independencia nacional hubiera
hecho cesar todas las disensiones internas de nuestros pueblos; hubiera
acallado las desordenadas ambiciones de nuestros pretendidos grandes
hombres, y hubiera impulsado a todos para reunir todos sus esfuerzos,
todo, todo su conato para sacudir la cadena del oprobio; en esos tiempos
todos eran felices, todos hoy… Las opulentas minas del Potosí, las no
menos ricas, pero no tan afamadas de Lipes, eran las que consumían en casi
su totalidad, los productos salitreros de Tarapacá. Por los años de 1825 y
1826 vivía en Tacna un joven comerciante francés don Héctor Bacque: en sus
viajes a Tarapacá reconoció las salitreras. La guerra dilatada de la
Independencia había suspendido, o arruinado los trabajos de los asientos
minerales -igual suerte corrían las labores de las salitreras de la Noria.
En medio de esas ruinas, Bacque descubrió grandes riquezas para el
porvenir, y estableció trabajos en la Noria, que hoy serían considerados
ridículos. El nombre de Bacque es hoy olvidado en la provincia ¿quién sabe
allí que Bacque fue el restaurador de la industria salitrera, el que llevó
muestras e hizo conocer en Europa esos portentosos depósitos? Como tantos
otros descubridores, como tantos bienhechores de la humanidad, su nombre
se ha olvidado; sus huesos se hallan sepultados en Arica, ¡sin [41] una
lápida humilde que lo recuerde! Tras de Bacque vinieron los Zavalas, los
Smith, los Gildemeister, etc. La industria salitrera tomó tal incremento
que se han exportado de Tarapacá hasta ocho millones de quintales, en un
solo año. Esa gran industria ha servido de pasto a la hambruna de nuestros
gobiernos: ¡ella ha traído sobre la Patria, la desolación, la ruina, el
exterminio!
La Noria, donde había agua en abundancia, sirvió de centro para
nuevos descubrimientos salitreros. En todas direcciones se irradiaron las
exploraciones, y luego fueron reconocidos los ricos depósitos de Sal de
Obispo, etc. al Norte; los del centro, como etc.; los del Sur,
como Ángeles y Esperanza. La casi totalidad de los cateadores eran peones
chilenos, fuertes y vigorosos, acostumbrados a pasar los desiertos de
Chañarcillo, etc. Estos cateadores arrastraban los peligros y penalidades,
la muerte misma, con estoica indiferencia.
Yo los he encontrado en esos desiertos, con dos barrilitos de agua,
el charqui y tortas al rescoldo por todo alimento, siempre alegres,
siempre contentos. Descubierto un rico depósito, han vendido generalmente
los cateadores, por ínfimas sumas, lo que han producido a los compradores
inmensas riquezas. Antes no escaseaban en esos vastos desiertos, los
esqueletos de cateadores, víctimas quizás de un crimen, de una reyerta,
quizás del hambre y de la sed.
Puede asegurarse, que ni uno solo de esos cateadores ha vivido con
comodidades; todos han muerto en la miseria; entre tanto, con su trabajo y
audacia han formado las inmensas fortunas de muchísimos pudientes, que han
olvidado por completo los nombres de los descubridores de los veneros de
esas riquezas, de que tanto gozan. La ciega fortuna a unos llena de
riquezas y esplendores a otros los tiene siempre sumidos en la desgracia y
miseria. [42]
Descubierto un terreno con caliche, en cantidad considerada como
suficiente, el primer trabajo era conseguir agua para los usos de la
oficina. En todos los alrededores de la Noria, y en las oficinas
inmediatas a las Pampas del Tamarugal, el agua se ha hallado muy inmediata
a la superficie de la tierra. En la Noria se ha hallado el agua a tres
varas de profundidad; en Calacala y San Pablo, inmediatas a la Pampa del
Tamarugal, el agua se ha hallado a doce y quince varas de profundidad. En
San Agustín, el pozo tiene 136 varas de profundidad; en San Juan, tiene
como 80 varas.
He visto a los señores Osvaldo y Gustavo Pflucker labrar el pozo de
Santa Ana, y también al señor Vetter el de San Juan, y anotaré los puntos
siguientes.
Rota la costra que cubre, como he dicho, casi todos los terrenos del
Norte y centro, y que en Santa Ana y San Juan tiene un espesor de cinco a

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