Модесто Басадре-и-Чокано. Перуанские богатства. Modesto Basadre y Chocano. Riquezas peruanas
Uncategorized November 23rd, 2005
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después [216] de los meses de crecientes, que son desde diciembre a abril.
Esas crecientes arrastran gran cantidad de tierra y árboles, que forman
bancos de arena e islas, cerrando los canales de tránsito, a la vez que la
violencia de las aguas abre nuevas vías, quizás por los mismos puntos
donde antes existían bancos. Es, pues, preciso, llevar a bordo de cada
vapor un práctico, circunstancia exigida, por otra parte, por todas las
compañías de seguros.
A poca distancia de haber pasado la isla del Muerto, se encuentra al
lado Norte, la isla de la Puná, enseguida la llamada Verde, y luego
después la conocida con el nombre de Mondragón, pasándose entre esta y la
península en que se halla situado la gran ciudad de Guayaquil.
Todas estas islas se hallan cubiertas de pasto y arboleda, y no
escasean el ganado vacuno y algún cabrío. Al lado derecho, subiendo el
río, se encuentran gran número de ríos, riachuelos y esteros; uno, el
Jubones, es grande y dividido en dos ramas, forma una especie de isla.
Todos esos ríos pasan por campos que contienen grandes haciendas de pasto,
donde se cultiva, en notables cantidades, el cacao y café; muy
especialmente el primero en los terrenos ricos de Machala y Santa Rosa.
Antes de llegar a Guayaquil, se pasa el lugar llamado Punta de
Piedras, notable por la gran cría de ostras que allí se sostienen, y que
de tan abundante y sustanciosa comida proveen a los extranjeros, que
frecuentan Guayaquil; un saltado de ostras frescas, con rajas de yuca, es
un plato que no desdeñaría un Luculus.
Guayaquil se halla situado, como he dicho, en una especie de
península; al Noreste la rodea el Estero Salado, llamado así por ser
salobres las aguas; al Sur y Este, la rodean las aguas dulces
(potables)del río de Guayaquil; al Norte la circunda en casi su totalidad,
[217] las aguas del río Daule. El río de Guayaquil es formado por los
grandes ríos Daule, Palenque, Babohoyo y Yaguachi, y por innumerables
riachuelos o esteros; esos ríos tienen su origen en las serranías o
cordilleras de que forman parte el Pichincha, Chimborazo y Cotopaxi, y en
los meses de crecientes que ya he indicado, cubren con sus abundantísimas
aguas todos los terrenos bajos, que forman las riberas de dichos ríos,
formando lagos y pantanos por todas partes.
Guayaquil es una bella ciudad que tendrá como treinta mil habitantes,
posee buenas y grandes iglesias; la Matriz es un hermoso edificio; tiene
teatro, plaza de mercado (que podría mejorarse) y varios otros
establecimientos públicos de importancia. Sus calles son anchas y rectas;
pero sería de desear el establecimiento de una policía que obligase mayor
atención a la limpieza y a la higiene.
Guayaquil posee un excelente malecón; los vapores, en la marea llena,
atracan a él, facilitando así las ocupaciones del comercio. Tiene grandes
y bien surtidos almacenes, tiendas y despachos; y el comercio en cacao,
jebe beneficiado de sus inmediatos montes, cueros, etc., hacen a Guayaquil
una ciudad de gran importancia comercial. La marea, que varía de doce a
diez y seis pies de nivel, la hace punto sobremanera importante para el
oportuno establecimiento de un gran Arsenal y Astillero; no conozco en la
costa del Sur del Pacifico, un puerto que posea iguales ni aun parecidas
ventajas, hallándose además perfectamente resguardado de toda tempestad o
peligro marítimo. Los víveres son abundantes y a precios muy cómodos.
En el río de Guayaquil, surcan vapores pequeños, que sostienen el
comercio de esa ciudad con los pueblos del interior; son iguales en sus
condiciones, excepto el tamaño, con los tan ventajosamente empleados [218]
en la navegación de los ríos de Estados Unidos.
En Mayo de 1868, llegué a Guayaquil, y en alegre comparsa con otros
tres amigos, nos embarcamos en uno de esos vaporcitos, con el objeto de ir
a cazar caimanes al río Yaguachi. A remolque llevamos una gran lancha
tripulada por ocho diestros marineros, y con abundantes provisiones, etc.
Salimos de Guayaquil como a las cinco de la tarde, y a bordo nos
encontramos con gran número de pasajeros que se dirigían a Babahoyo,
Samborondon, etc., muchos pasaban a Quito y pueblos del tránsito.
La noche era fresca y entoldada; y habiendo a bordo una banda de
música, algunos pasajeros en el acto formaron un baile, acompañado en los
intervalos con algunas canciones. Pasamos una noche deliciosa; el vapor
navegaba en algunos puntos tocando a los árboles, que orlaban las riberas
del río, y esos árboles, en mil figuras fantásticas, cubiertos de
abundantísimas lucernas (noctiluza) producían sobre mi alma sensaciones
las más gratas. Parecía trasportado a esos campos encantados de que nos
hablan los autores de cuentos de hadas; y lentamente sentía como si el
alma abandonara mi cuerpo, y se trasportara a lejanas y desconocidas
regiones; vivía como encantado sobre apartada parte de la cubierta,
envuelto en ilusiones; pero la triste realidad me sacó de mis ensueños;
dos borrachos armaron sangrienta gresca por una de esas morenas hijas de
Eva, que iban a bordo. Felizmente, en esos momentos llegábamos a la
desembocadura del río Yaguachi, y desembarcábamos en una especie de casa
flotante, que servía de hospedaje a los pasajeros. Esta se hallaba
construida sobre una gran cantidad de grandes palos flotantes, en figura
de una gran balsa, y poseía bastantes comodidades para pasar allí la
noche. Mis compañeros siguieron bailando sobre la [219] balsa con algunos
pasajeros y niñas de la casa, mientras yo tomaba un grato descanso y
agradable sueño, a bordo de nuestra lancha, amarrada a la balsa, y
abrigado por un gran poncho, compañero constante de mis multiplicadas
excursiones. A las cinco de la mañana, nos separamos de la balsa, y nos
dirigimos a ciertos Esteros, que eran, al decir del baqueano o práctico
que nos acompañaba, muy frecuentados por los caimanes. Al entrar al
Yaguachi, sufrimos un naufragio; nuestra embarcación se embancó, y la
corriente de agua, veloz y fuerte en ese punto, volteó la lancha,
arrojando a tres de nosotros al agua; yo fui uno de ellos. Felizmente, los
diestros marineros nos salvaron, quedando, sin embargo, bien empapados en
agua. Pudimos distinguir una choza en tierra, y luego vinieron en nuestro
auxilio tres mocetones, zambos altos y fuertes, que en un momento
enderezaron la lancha, y en su canoa nos condujeron a la inmediata tierra.
Tuvimos que desnudarnos, quedándonos sin aquella hoja de higuera tan
afamada, de nuestro Padre Adán. Los zambos esos nos encendieron una gran
fogata, y nuestra ropa se secó en menos de una hora. La canoa era formada
del gran tronco de un corpulento árbol; tenía como ocho varas de largo y
una y media de ancho y más de una de profundidad. Esos hombres vivían en
una casa construida de varios grandes postes, con atravesaños en la parte
superior, y sobre esos atravesaños construida la habitación, consistente
de dos grandes cuartos. Todas las paredes eran de caña y totora, y los
utensilios todos domésticos, eran dos o tres ollas de barro, y un cántaro
del mismo material; eran los cuidadores de los grandes sembríos de arroz,
que se hallaban alrededor. Su alimento eran yucas y huevos de las
innumerables aves silvestres que existían en los lagos y pantanos a esas
inmediaciones. Sus buenos servicios fueron en el acto recompensados [220]
con una gran botella de ron de Jamaica, que ofrecieron guardar para sus
enfermedades, pero con cuyo líquido se emborracharon en el acto. Secada
nuestra ropa, nos dirigimos a los Esteros inmediatos, en busca de los
caimanes.
Llevábamos seis rifles carabinas de Henry, de la mejor construcción.
En la mañana no cazamos un sólo caimán, pero desde medio día cazamos
varios en los Esteros que se hallan al lado izquierdo, bajando el río.
El caimán (familia Emysaurus), pertenece a la familia de los
lagartos, y es hermano o primo, según dicen, del cocodrilo. El caimán más
grande que matamos, poco después del medio día, en el estero llamado Tola,
tenía trece pies ocho pulgadas inglesas, desde la punta de la nariz a la
punta de la cola; era un macho muy grueso, y su cuerpo cubierto, en la
parte superior, de grandes conchas simétricamente distribuidas sobre sus
espaldas y lomo hasta la punta de la cola, le daban un aspecto terrible y
repugnante. La cabeza tenía como cuatro pies de largo, la boca era de
cerca de tres pies de largo, guarnecida de grandes y formidables dientes.
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