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estraza. Algunos mestizos que también se ocupan de esa clase de trabajos,
emplean el azogue para recoger el oro de esas tierras.
En los trabajos como Poto, Aporoma y Chuquiaguillo, para elaborar los
veneros, se emplea la cocha. Está en un estanque de agua, formado a cierta
distancia de la labor, y en un punto muy superior al nivel de ella.
Esta cocha es una especie de estanque con sus correspondientes
compuertas, y cuando está llena de agua se abren las compuertas, y el agua
es conducida por una conveniente acequia sobre el terreno que se va a
elaborar. La fuerza de la corriente de agua destruye y envuelve el
terreno, llevándose la tierra movible, y dejando las grandes piedras, y el
oro queda también allí, por su peso específico. Concluida la cocha, es
decir, la corriente de agua, los peones con grandes barretas y palancas
conducen las piedras grandes al un punto conveniente, formando con ellas
murallas en cuyo centro depositan las piedras más chicas y tierra gredosa:
la tierra fina, en la cual se halla envuelto el oro, es separada a un lado
para lavarse enseguida. En Chuquiaguillo la tierra sacada en un día, se
lava en cada tarde por ser abundante la que se explota diariamente; en
Carabaya, la tierra se reúne por dos o más días, hasta reunir una cantidad
proporcionada a un lavado.
En California, donde los trabajos son muy en grande, [142] y donde no
se encuentra el agua suficiente en algunos trabajos, ha sido preciso
conducir el agua por medio de canales de gran distancia; hay canal allí
que tiene 17 millas o sean 6 leguas de corrida: esta clase de trabajos son
desconocidos entre nosotros.
En la mayor parte de los trabajos de Challuma, y puede decirse, de
toda Carabaya, los tajamares son muy cortos; tendrá el más largo veinte o
treinta varas. Las acequias de agua de las Mercedes (río Pucumayo) y Alta
Gracia (río Challuma), no tendrían ni 100 varas de largo. Un trabajo en
forma en la quebrada de Challuma, que comenzase por la parte donde el río
Challuma se vine al Huari-huari, y siguiese (como se hace en California)
río arriba, lavando el terreno hasta encontrar la roca, base de la
quebrada, produciría asombrosos resultados. Los trabajos nuestros en
Carabaya, han sido superficiales; hemos raspado con nuestros almocafres
(especie de hoz hecha de fierro) los álveos de los ríos; no hemos hecho un
solo trabajo científico o algo costoso; hemos querido trabajar como
holgazanes, contentándonos con lo que hemos encontrado a la mano, y nada
más.
En Tipuani, separada la carga de tierra, piedras y cascajo, al fin se
halla el venero: éste es cuidadosamente escogido y separado, y la tierra,
es lavada con escrupulosidad en bateas, y a la vista de los dueños de la
labor. En Chuquia o Yuillo, la tierra venero es lavada en la forma
siguiente: se hace un cajón con tres costados, como de cuatro varas de
largo, de ancho como una tercia de varal y de alto, como un pie. Este
cajón en su cabecera está más alto que su pie, por una diferencia de
cuatro pulgadas, dando lugar a que el agua, que entra por la cabecera,
corra con alguna rapidez hacia el pie; el fondo del cajón tiene
atravesaños de madera, a cortas distancias. En la cabecera del cajón se
forma un enrejado que se halla [143] cubierto con lana (en Chuquiaguillo)
y raíces de helecho (en Carabaya y Cajones). Este enrejado forma el fondo
de un cajón, como de media vara cuadrada, con un costado abierto al canal
de madera ya indicado. Este aparato se arma en un punto inmediato a una
corriente de agua, y ésta, por un conveniente canal es conducida al cajón
con el enrejado. Los peones traen la tierra venero en bateas (cuya
descripción ya he hecho) al cajón enrejado, y la sueltan encima del
enrejado; un peón experimentado, con ambas manos mueve la tierra
rápidamente, la que es conducida por el agua al cajón largo, quedando
atrapado en la lana (o raíces de helecho) el oro que contiene la tierra.
Si algún oro pasa al cajón es detenido por los atravesaños que he
indicado. Como el oro de Carabaya, Chuquiaguillo y Cajones, es de pepitaje
algo grande, con frecuencia se suspende el lavado, se separan las pepitas
grandes, y se sigue el trabajo. Concluida de lavar toda la tierra
preparada, se desarma el cajón y se recoge el oro detenido en la lana (o
raíces de helecho), y en los atravesaños del cajón. Y ya que he traído a
la memoria las plantas llamadas helechos, no será demás indicar, que el
helecho en Carabaya es una planta muy distinta a la que se conoce en los
jardines de Lima, y sirve de adorno en macetas y canastas colgantes. En
Carabaya y en las quebradas de Pucamayo y Challuma, he visto helechos, que
son verdaderamente arbustos, de cuatro varas de altura, dos pulgadas de
diámetro en sus troncos, y con hojas (allí ramas) de vara y media de
largo. Los indios hacen en un punto inmediato a la raíz, una incisión, o
inmediatamente sale una sustancia gomosa, parecida al almidón bien
hervido, y esta sustancia sirve muy eficazmente para cicatrizar heridas,
etc. Este helecho es conocido allí con el nombre de Sanosano.
Con mucha razón me preguntarán mis lectores, [144] por qué existiendo
tanta riqueza, tanto oro en los territorios que he indicado, esas labores
han sido casi abandonadas. Voy a explicar las razones por las cuales, a mi
juicio, han sido paralizadas esas labores.
La primera, y creo la más importante, es el estado de los caminos. En
1851, una chalona (carnero salado y helado) costaba en las haciendas de
Azángaro cuatro reales, en Capacorco valía tres pesos, y así los demás
víveres. El precio tan alto en la montaña, de los víveres, causaba
necesariamente alza exorbitante en el jornal. Agrégase a esa alta escala
de precios, la destrucción de víveres por el constante estado de humedad
del clima, y se comprenderán los grandes quebrantos, y aun ruinas, que
experimentaban los proveedores de víveres.
La dificultad y aun imposibilidad de introducir maquinarias, o
herramientas aparentes para labores en gran escala, a causa de que casi
todo el trasporte es preciso verificarlo a hombros de peones, cuyos
jornales necesariamente aumentan exorbitantemente el valor de los
productos de la explotación. La falta constante de brazos, causada por la
desidia de los indios, su ningún apego al trabajo, su ningún deseo de
mejorar de situación, su carencia de estímulos para ganar. A pesar de que,
en tiempo de mi permanencia en Azángaro, esa provincia, según la Revista y
censo formado por mí, tenía como 60000 habitantes, la señora Rivero de
Velazco, dueño de los lavaderos de oro de Poto, situados en la provincia,
se veía cada año obligada a mandar comisionados a los pueblos de Larecaja
y Omasuyos () a contratar peones, porque la indiada de Azángaro,
con sus cortas chacras y ganados, tenían lo suficiente para cubrir sus
escasas necesidades y comprar el suficiente aguardiente para sus fiestas;
y se negaban por completo el ir a los trabajos de esos lavaderos, donde
[145] es fuerte el frío, sin duda, pero donde podían ganar pingües
jornales.
Los indios, peones de Carabaya, también se negaban a esos trabajos,
porque ellos mismos, con corta aplicación, podían trabajar los ríos de sus
propias quebradas, y conseguir valores superiores a los jornales ofrecidos
por los mineros. Y si, en 1851, en que aun existía el tributo, carga
fuerte, a su juicio, eran tan decidiosos y abandonados, ¿cómo se hallarán
ahora que no tienen la vara de la autoridad de sus ilacatas (cobradores de
tributos) sobre ellos? consecuencia forzosa, que ninguno quiere ser peón
de un trabajo de esa especie. Si la supresión del tributo fue, según
algunos, una medida de alta justicia, ella, sin duda, no ha producido aún
ningún beneficio a la raza indígena; pues ni los ha civilizado, ni los ha
hecho buscar los medios de adelantar en su bienestar; ni de indios
tributarios los ha convertido en ciudadanos laboriosos e industriosos. En
una serie de artículos, que un Subprefecto publicó en el Correo del Perú
en 1850 y 1851, se hacían patentes los graves inconvenientes, que para el
bienestar, civilización y progreso de la indiada, producían su carácter
especial, su apego a sus añejas costumbres, su ningún deseo de cambiar su
modo de ser y su fatal embrutecimiento.
En las orillas del Titicaca viven los indios urus; son una raza tan
especial, que he escrito una memoria sobre ellos, memoria que algún día
publicaré.

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