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cerros que dominan las labores, y buscar en dichos cerros, las vetas de
las cuales se han desprendido los rodados, que han producido la tan
inmensa cantidad de pepitas de oro, que por más de 300 años se han sacado
de esas labores.
Al pie del Illimani, nevado el más estupendo por su mole, pero no por
su altura, existente en el mundo, se hallan situadas las fincas de Cotaña,
pertenecientes al finado señor Doctor don Pedro José Guerra; y Cevollullo,
propiedad del señor Vicente Ballivian, mi apreciabilísimo amigo. En ambas
fincas se han encontrado, en diversas ocasiones, rodados de oro [137]
caídos del cerro Illimani, de 26200 pies de altura, después de alguna de
esas violentas tempestades, que se desatan en esas altísimas cumbres. Esos
rodados claramente demuestran la existencia de ricas vetas de oro en esas
alturas.
En la provincia de Larecaja, , se halla situado el Cerro
Nevado, llamado Illampu, de 26900 pies de altura. De su inmensa mole se
desprenden gran número de riachuelos, los que a cierta distancia forman el
afamado río Tipuani; éste, unido al río Mapirí que desciende de los altos
de Charasani y Curba (pueblo de los Calaguayas) forma el río Cacas, éste
se une enseguida al Beni, éste unido al Madidi, que tiene su origen al
Este de Carabaya, y en la Quebrada de San Juan del Oro o Tambopata, sigue
con el nombre de Beni, hasta que unido al Gran Río Mamoré, forma el río
Madera, ramal inmenso del Amazonas. Los lavaderos de oro de Tipuani, son
los más afamados de la América del Sur; de sus labores daré una
descripción. El oro de Tipuani es todo de pepitas del tamaño de las
semillas de melón; y es tan puro y de tan alta ley, que por él se da
siempre el más grande precio en el comercio. De los cerros que corren del
Illampu hacia el Illimani, y forman las alturas por las cuales se viaja de
La Paz a los valles de Yungas, bajan varios ríos que forman el Tamampaya.
Este río, en un punto llamado el Encuentro, se une al río Chuquiapo, que
corre por la ciudad de La Paz, teniendo su origen en los altos de
Achascala. Poco más abajo del Encuentro, se halla un río que viene del
Norte, y se llama Cajones; en este río abundan los veneros de oro, y de él
se han sacado no pequeñas cantidades de tan buscado metal.
He dado una descripción de los lavaderos de oro conocidos y visitados
por mí. Ahora me contraeré a exponer los sistemas muy poco científicos por
cierto, [138] que se emplean entre nosotros, para la elaboración de esos
lavaderos.
El beneficio del oro se diferencia en varios sistemas, según se halle
en vetas o lavaderos y veneros.
Para beneficiar el oro, cuando se halla en vetas cuarzosas, como en
Umabamba o Capac Orco, es preciso, eu primer lugar, extraer el metal,
empleando para ello mineros experimentados, buenos barreteros, que rompen
el cuarzo o con pólvora o con barretas, si como en Capac Orco, el cuarzo
se halla en gran parte rajado y roto. Extraído el cuarzo aurífero, es
conducido a un sitio allanado llamado la Cancha, donde los chanqueadores
separan con combas, de tamaño aparente, la parte que tiene oro de la que
es pura roca o cuarzo.
El cuarzo con oro, enseguida es conducido al punto donde se hallan
los Quimbaletes, o sean grandes martillos de fierro, que son movidos por
medio de una rueda de agua o turbina, que reduce a polvo el cuarzo
aurífero. Cernido el polvo éste, la parte que no ha pasado el tamiz, es
sometida a una nueva molienda; la parte fina del polvo se amalgama con
agua y una parte proporcionada de azogue, produciéndose la pella de oro,
de más o menos tamaño, según la ley, es decir, la riqueza del cuarzo
aurífero. La pella enseguida es sometida a la acción del fuego, para
evaporizar el azogue que contiene. Parte de este azogue se pierde en la
elaboración, pero alguna parte se recoge, y se emplea en nuevas
amalgamaciones. En California se han introducido maquinarias y sistemas
para beneficiar metales cuarzosos, tan ventajosamente, que con esas
máquinas y sistemas, el cuarzo, botado por pobre en nuestros trabajos,
produciría por sí solo notables fortunas. Nuestros desperdicios y
desmontes serían metales preciosos, y de gran valor en California.
El sistema empleado para beneficiar los lavaderos [139] de oro en
Carabaya, es igual, con cortas excepciones, al empleado en Tipuani y
Cajones. Voy, pues, a dar una sola descripción, que podrá aplicarse a
ambos puntos. Tanto en Carabaya como en Tipuani, los lavaderos de oro se
hallan situados en quebradas profundas, que tienen ríos o riachuelos que
corren por sus cauces, existiendo a los costados de esos ríos o
riachuelos, playas más o menos anchas, según son anchas o angostas las
quebradas. Los cerros que forman esas quebradas, se hallan cubiertos de
abundante arboleda, la que se emplea con bastante provecho en las labores
emprendidas. Examinada la localidad, y escogido el punto que se cree
conveniente para establecer las labores, uno de los principales objetos es
formar una muralla de palos y piedras para contener cualesquiera
creciente, más o menos fuerte, del río, que pudiera amenazar las labores
emprendidas; formado el tajamar, se dedican los peones a sacar y conducir
a un punto apartado, y siempre más abajo de las labores, la tierra,
cascajo y piedras que cubren el terreno; y este trabajo se sigue hasta
encontrar la roca que forma el fondo de la quebrada. Como el río o
riachuelo que corre por la quebrada, al fin llega a quedar a un nivel
superior a las labores, las aguas filtran sobre éstas, y entonces cierto
número de peones son destacados para sacar esas aguas con baldes, y
arrojarlas al cauce, río abajo.
En Tipuani, con ventajosos resultados se han empleado con este objeto
bombas. Fortuna positiva es para el especulador, el tener un número tan
notable de peones, que pueda dar gran impulso a sus trabajos, y encontrar
cuanto antes el venero, fácilmente conocido por el terreno color de orín
de fierro, que es con el que siempre se halla envuelto el oro. Los mineros
aseguran que es siempre conveniente entablar sus trabajos en algún punto
donde el terreno forme codo, porque aseguran que el oro, al ser arrastrado
[140] por la corriente de agua, se va a fondo, y queda depositado, cuando
la fuerza de la corriente es detenida o algo neutralizada por ese codo del
terreno. También gran fortuna es el que durante los trabajos no haya
creciente en el río, o que ellas no sean tan violentas que destruyan el
tajamar, invadan las labores y llenen de tierra y cascajo nuevamente las
excavaciones ya verificadas con tanto costo, y tantos días de constantes
trabajos.
He conocido al señor don Ildefonso Villamil, vecino muy respetable de
La Paz, que en un año y en un trabajo de Tipuani, logró sacar hasta
ochocientas libras de oro en pepitas, todas, como he dicho, del tamaño y
color de las de melón. En otros años, cuando ya tocaba el fin de sus
labores, violentas crecientes del río, en pocas horas destruyeron su
tajamar, rellenaron sus excavaciones y arruinaron sus esperanzas. Otros
mineros como él, han tenido inmensos provechos, y también han sufrido
grandes quebrantamientos.
Repito que en Carabaya se empleaba el mismo sistema; pero allí los
peligros de violentas inundaciones eran mucho menores, por ser los ríos y
riachuelos menos abundantes en aguas; y ser las labores en mucha menor
escala y mucha menos profundidad.
Los indios, en las playas de varios ríos de Carabaya, y, en especial,
en las del Huari-huari, que son más anchas, forman Tocellas. Estos
empedrados los extienden desde la orilla del río para arriba, poniendo las
piedras paradas, y buscando para ello las más largas y puntiagudas. En las
crecientes de los ríos, la corriente arrastra algunas pepitas de oro en su
cauce, y lleva también gran cantidad de oro muy pulverizado en sus aguas.
Al pasar las aguas sobre los empedrados, el oro por su peso específico se
queda depositado entre las piedras y la tierra, y lo lavan, empleando para
ello unas bateas, hechas de madera [141] o arcilla requemada, de la figura
de un plato, y del diámetro de diez a quince pulgadas. La tierra es echada
en cierta cantidad en la batea, ésta se hunde en la corriente de un
riachuelo, y con un movimiento rápido de los brazos, el agua va separando
y llevándose la tierra, quedando al fin en el centro de la batea, el oro y
una arenilla negra, aquella que nuestros abuelos usaban para echar sobre
la tinta cuando escribían, y antes de la introducción del útil papel de

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