arriba de la desembocadura del río, los cerros y terrenos son muy
quebrados y pedregosos; escaso pasto sale en esos puntos, aun en los años
abundantes de garúas, por ser casi desprovistos de tierra. Las aguas del
río de Locumba, en miles y miles de años, con su corriente, han labrado un
profundo cauce, rompiendo su camino por enmedio de las rocas primitivas
(granito y gneiss) que forman ese terreno. En esos cerros y quebradas no
se veían ganados ni seres vivientes, era y es una región desierta y sin
agua. Sólo en la inmediata quebrada de Mollegallo se hallaban escasos
manantiales; reducidos restos de aguas abundantes, que en el remoto tiempo
servían para irrigar ese olivar de Mollegallo, y sus terrenos inmediatos.
Las aguas de esos manantiales, como la de varios otros puntos, han
desaparecido a consecuencia de los grandes terremotos, que se han
experimentado y se experimentan en la costa, y también como consecuencia
de los cambios climatéricos de que he hablado.
Era el mes de Noviembre de 1831. En el olivar de Talamolle se
hallaban reunidas algunas familias de Moquegua y Tacna, y gran número de
familias de Locumba, Mirave e Ilabaya, Entre todas reinaba la [9] mayor
cordialidad, la más estrecha unión. Gran número de las personas que las
componían acababan de regresar a caballo del baño, a orillas del mar se
preparaban para disfrutar de los más opíparos almuerzos, cuando el zambo
Ventura, vaquero del señor don Bruno Vargas, se presentó en el campamento
de su patrón a comunicarle que habiendo tenido necesidad de buscar unos
animales, que se hallaban extraviados había penetrado en ese territorio,
llamada el Desierto, existente entre Mollegallo y la Sopladera, y que de
repente se había encontrado, cara a cara con ¡el Diablo! Los concurrentes,
al oír la relación de Ventura, y ver lo conmovido y asustado que se
hallaba, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas.
Ventura sostenía su relación con mil juramentos, asegurando que el
Diablo, al momento que tropezó con él, se había subido a los cerros con
asombrosa velocidad, desapareciendo de su vista. El zambo Ventura era un
hombre como de 50 años de edad, muy honrado y verídico, y tanto insistió
sobre la verdad de su relación, que los oyentes al fin suspendieron su
mofa. Don Tomás Chocano Moreno, abuelo materno mío, y uno de los hombres
más chistosos que se han conocido era muy empeñoso en averiguar de Ventura
si el tal Diablo tenía los cuernos retorcidos, como algunos carneros
viejos, o los tenía puntiagudos, como los toros bravos, indagación que
Ventura no pudo resolver. Durante el almuerzo se discutió largamente sobre
la relación de Ventura; y al fin se resolvió a instancias de don Carlos
Maule Stevenson, mi tío, el mandar a los puntos designados por Ventura,
varios hombres bien montados a buscar a ese Ser, o a ese animal, a quien
Ventura juzgaba representar a su Majestad Infernal. Marcharon los ocho o
diez comisionados al Desierto, así llamado: al anochecer regresaron, no
habían visto al Diablo, ni habían hallado huellas o señales de él. Ventura
fue por muchos [10] días objeto de la burla de varios; y en especial de mi
abuelo, quien afirmaba que lo que Ventura había considerado como
representante de Satanás, no podía ser sino algún toro viejo, que se había
retirado a esas soledades, después de ser maltratado por competidores más
jóvenes de su raza. Ventura sin embargo sostenía la verdad de su relación,
¡flaqueando sí su testimonio respecto a los cuernos! No habían pasado
muchos días, cuando unos arrieros arequipeños que regresaban de Tacna
aseguraron, que al pasar el río, por el vado enfrente de la Pampa de
Silicate, habían visto un mono tan grande como un hombre, el que al
verlos, huyó rápidamente internándose al monte, a orilla del río. Ya la
relación de Ventura tenía un comprobante: entre el Diablo y un gran mono
podría existir alguna analogía. Se resolvió mandar algunos agentes, que
apostados en determinados puntos, y en especial en los manantiales de
Mollegallo, y vado del río de Ite, pudiesen espiar los movimientos de ese
ser, fuese Diablo o mono. Al día siguiente volvieron algunos espías;
habían en realidad visto un ser, al parecer, hombre que huyó despavorido
al verlos, con asombrosa rapidez hacia los corros del Desierto. Con estas
relaciones no cabía la duda, existía un ser extraordinario en esos lugares
y se resolvió indagar por él y descubrirlo, averiguando su modo de
existir. Se formó un verdadero plan de campaña. El señor don Bruno Vargas,
con dos hombres debía salir al alto del Airampal, y marchar por esas
alturas hacia la Sopladera. El señor don José Tamayo y señor Yañes debían
marchar por las quebradas de Mollegallo, y coronar las alturas del cerro
del Pajarito; don Carlos Maule Stevenson debía vigilar las Pampas de
Silicate; don Pedro Portocarrero debía recorrer las pampas de Ite y vado
del río; don Jacinto y don Celestino Vargas debían penetrar con don
Ignacio Cossio por las alturas, frente [11] a los puntos, donde hoy se
hallan las casas de don Carlos Zapata; don José María Malo, don Saturnino
Cañas, y otros debían pasar por detrás del Cerro Verde, rebuscar esas
hondanadas, en fin otras partidas debían cubrir y rebuscar otras salidas
de ese territorio. Todas las patrullas debían marchar hacia un centro,
hasta encontrarse, y poder comunicar el resultado de sus indagaciones,
combinándose señales etc. para el caso de hallar el objeto de sus
pesquisas. Serían las dos de la tarde, cuando el señor Tamayo, que había
entrado por el lado de Mollegallo, hizo señales de haber descubierto al
Diablo, y notició que se dirigía al Sur, es decir hacia los crestones de
roca, que forman el lado Norte de la quebrada de la Sopladera. Con las
noticias recibidas, todos los exploradores se dirigieron hacia el punto
indicado, reconcentrándose del mejor modo posible. Como a tres de la tarde
quedaba poco terreno que reconocer, se hallaba este casi cercado por las
patrullas; sin embargo el Diablo no aparecía. Se desmontaron algunos
mozos, y exploraron las rocas y cuevas que allí se encuentran. En una poco
profunda, jadeante pero tranquilo, y al parecer apacible, se halló el
objeto de sus indagaciones. No era el Diablo; no era un mono, era un
hombre joven, al parecer de veinte años, de estatura mediana, su cuerpo
cubierto de espeso bello, con abundante barba, y larga y enredada
cabellera.
A las voces de los descubridores, todos acudieron a la cueva, morada
de tan extraordinario ser. Sobre montón de pasto seco se hallaba el objeto
de tantas indagaciones, mirando a sus perseguidores con ojos vagos, y con
signos de muy limitada inteligencia. Dos mozos robustos se le acercaron,
lo tomaron por los brazos y condujeron afuera, era un objeto de ansiosa
curiosidad para todos. En la cueva no existían armas o instrumentos de
ninguna clase, a no ser que [12] se considerasen como tales, un trozo de
granito amarrado a otro trozo de palo con fibras de algún animal; dos
costillas de buey algo afiladas en la punta, y que sin duda servían al
joven para escarbar las papas silvestres, y raíces que eran su alimento.
La cincelada copa de ese monarca del desierto, era un gran cuerno de buey,
llena de agua, arrimado a un rincón. El joven no tenía vestido: el único
que lo abrigaba era el largo y espeso vello que cubría su cuerpo. Sin duda
era de raza blanca: lo demostraba su color, que aunque muy tostado por el
sol, era blanco; su barba y la configuración general de sus facciones. No
hizo la más pequeña resistencia cuando lo separaron de su cueva, no dio
voces: parecía un niño, o un completo imbécil. Su mirada era vaga. Era el
Hombre Primitivo sin ninguno de los adelantos de la civilización, y sin
inteligencia. Más que voces eran aullidos los que de su pecho exhalaba. Se
despachó un propio a Talamolle, a traer alguna ropa para cubrir la
desnudez del expósito, poniéndose en marcha al campamento toda la
comitiva. Como a las seis de la tarde, ya vestido el joven, llegaron a
Talamolle, y la curiosidad de las hijas de Eva, fue insuperable para
examinar y reconocer al Diablo. Este fue conducido al campamento de don
José Tamayo. Al ver la llamarada del fogón de la cocina corrió a agarrar
con sus manos la llama viva de la leña, y se quemó las manos: el infeliz
creía poder agarrar sin duda con las manos, un trozo de ese astro, que
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