roto el hilo que sostenía la argolla, y mientras más esfuerzos hacía para
salir, más se ajustaba su garganta con la gazada, quedando al fin
ahorcado.
El señor Aragón mandó el cuero y cráneo de este tigre, como regalo,
al Prefecto de Puno, General don José Allende en cuyo poder los he visto.
El tigre debió haber sido un animal muy viejo; todo el cuerpo se hallaba
cubierto de grandes cicatrices, efecto de batallas con otros de su
especie, o resultado quizás de las espinas agudas, que se hallan en el
monte. Este tigre, hacía tiempo que había perdido la cola, y tenía rotos
los dos colmillos del lado izquierdo. Por ese mismo tiempo, un indio había
ido a vigilar los cocales de Chicolí, cerca de la quebrada de Cajatiri, y
pertenecientes a los vecinos del pueblo de más arriba. Como se hallaba
solo, había formado una especie de cuartito, sobre cuatro palos elevados;
y desde que comenzaba la tarde se subía a su elevado aposento, cuidando de
recoger la escalera, que le servía para subir.
Al contrario del león y del tigre de Asia y África, tanto la Puma
como el Jaguar, trepan a los árboles con extraordinaria facilidad. Una
noche, sintió el indio ruido al pie de su habitación, y a la escasa luz de
la fogata, que había dejado encendida, pudo reconocer a un inmenso tigre,
que buscaba los huesos de la chalona, que había botado el indio. Al día
siguiente, el indio recogió algunas grandes piedras; las subió a su
habitación, y cuidó con mayor esmero, de recoger la escalerita. Al
anochecer (9) volvió el tigre a hacer su visita, y el indio le tiró sobre
la cabeza y cuerpo, varias de las piedras que con ese objeto había [124]
conducido. Así pasaron varios días, hasta que al fin los dueños de los
cocales, con sus llamas bajaron a Chicolí, a recoger y encestar su coca, y
sacarla para sus respectivos domicilios. El vigilante refirió a los recién
llegados, las visitas continuas del tigre, y entre ellos se resolvió
formar grandes fogatas alrededor del campamento, poniendo sus ánimales al
centro, y mantenerle en vigilancia. Así lo verificaron, cuando de repente,
uno de los recién llegados aseguró que hacia el lado de las plantas de
coca, había notado dos lucecitas; unos dijeron que serían lucernas, muy
abundantes en la montaña, otros dijeron serían los ojos del tigre. Se
avivaron las fogatas alrededor del campamento, y en el centro y al lado de
otra gran fogata, se reunieron todos a conversar. Casi se habían olvidado
de la presencia en esas inmediaciones del temido animal, cuando de repente
con dos tremendos saltos, el Jaguar se precipitó enmedio de ellos, apresó
al vigía, (al que le había tirado las piedras) por el cuello, y
desapareció con su presa en la espesura del monte.
No es sólo el tigre el que amaga la existencia del hombre en estas
regiones, hay otro enemigo y cien veces más formidables aún; me refiero a
las tempestades del cielo.
Casi constantemente en los Valles de Carabaya, se halla el cielo
cubierto de nubes, y el aguacero es muy frecuente. Un día bello,
despejado, con ardiente sol, es raro, y cuando sobreviene, es precursor,
por lo general, de una tempestad. Mientras más claro y ardiente ha sido el
día, más rápidamente sobreviene la tarde; y sobreviene un viento frío y
helado, tanto más sensible, cuando los cuerpos se hallan con poco abrigo.
Tras el viento helado, viene la lluvia a torrentes; y en pocos minutos, el
agua comienza a derrumbar los árboles, y los terrenos que cubren los
cerros. Saturadas las tierras con torrentes de agua, [125] se precipitan
hacia el fondo de las quebradas inmensas masas de tierra y árboles, con un
horrísono estampido, parecido al de descargas lejanas de gran artillería;
y como las quebradas son angostas, esos aterradores sonidos, se repercuten
de cerro a cerro, con espantosos truenos. En un cerro fronterizo al
llamado Capac Orco, he visto una tarde de tempestad, correrse al fondo de
la quebrada, todo la tierra y arboleda que lo cubría, por una distancia de
más de cinco cuadras, quedando la roca completamente limpia a la vista. El
agua toma un tinte rojizo color de la tierra; forma inmensas mazamorras,
que todo lo cubren, y los trozos de roca son lanzados de las alturas con
incontenible violencia. Los riachuelos se convierten en ríos, los ríos se
hacen mares, y toda la Naturaleza parece un caos. Las anchas playas de los
ríos, se convierten en un momento en Lagunas de gran profundidad. Los
desgraciados Mineros o Cascarilleros huyen a las rocas, a las alturas,
perdiendo en pocos momentos, el producto de muchos días de fatigas, de
desvelos y de trabajo. Los relámpagos, los truenos, el grito de los
animales y de las aves; todo, todo aturde, todo llena de espanto y terror.
Algunas de esas tempestades duran cuatro o cinco horas; y al concluirse,
el terreno todo parece haber cambiado de aspecto. En una labor de oro, que
yo tenía en Pucamayo, una tempestad de dos o tres horas, destruyó trabajos
costosos de más de un mes, sepultando bajo masas enormes de piedra y
tierra el terreno separado para lavar, ansiado producto de tantos días de
gastos y penalidades.
Los chunchos o indios salvajes, algunas veces han atacado los
establecimientos y trabajos de Carabaya. Varias veces dichos indios han
salido a la Hacienda de San José de Bellavista, situada en la Quebrada de
Ayapata, y han causado notables daños; son los descendientes de los que,
en anteriores épocas, destruyeron [126] las valiosas posesiones y muy
habitadas labores de oro de San Gabán. En 1835, otra partida de chunchos
atacó a los trabajadores de Tambopata (San Juan del Oro), matando a
cuantos pudieron encontrar.
En Mayo de 1853, los chunchos mataron a todos los que encontraron en
el Tambo de Esquilaya, llevándose gran número de herramientas que allí
existían. Esquilaya es una quebrada inmediata a la de Ayapata.
Paso a anotar las grandes ventajas que ofrecen al comercio e
industrias esas comarcas; de los lavaderos de oro, de los puntos donde se
encuentran, y de los sistemas que se emplean para su explotación.
El río Huari-huari, que es origen del gran río Inambari, tiene sus
vertientes a las inmediaciones del pueblo de Sina, y en una quebrada cuyas
alturas orientales forman la línea divisoria, en esa parte del territorio
del Perú con el de Bolivia. En su rápido y torrentoso curso, se le unen
varios ríos, siendo los principales en esa parte, el que baja por la
quebrada Quiaca, y se une poco más abajo de Saqui. De Sina a Saqui, hay
cinco leguas de distancia; de Sina a Quiaca, situado en otra quebrada, hay
también cinco leguas, siendo preciso vencer una escarpada loma para pasar
de un pueblo a otro. A la distancia de Saqui, y como a veinte leguas río
abajo, se le reúne a la izquierda el río grande de Sandia. De Quiaca a
Sandia hay como doce leguas, hallándose en la medianía situado el pueblo
de Cuyo-cuyo; y como seis leguas más abajo de Sandia, el río de este
nombre se une al de Huari-huari. La Gran Quebrada por ha cual corre el río
Huari-huari hasta unirse al Sandia, y todos los riachuelos que bajan a esa
quebrada, tienen grandes y muy ricos veneros y placeres de oro en toda su
extensión. La quebrada inmediata llamada San Juan del Oro, fue el sitio de
grandes y populosos [127] establecimientos de lavaderos, desde el
principio de la conquista, y es fama que de esos lavaderos se sacó una
pepita de oro de 104 libras, y se mandó al Emperador Carlos V, así como
otra de 68 libras en 1470 al Rey Felipe II. Todos esos establecimientos
fueron, según se dice, destruidos por los chunchos sublevados, en la época
en que se asegura fue destruido San Gabán, y los demás establecimientos de
Carabaya. De esos antiguos trabajos sólo se ven restos arruinados; y todos
esos placeres esperan nuevas compañías, y nuevos explotadores, para
asombrar al mundo con sus inmensos rendimientos. Cuando trate de la
explotación de la cascarilla, tendré nuevamente que ocuparme de esta parte
del territorio de Carabaya, y de la interesante quebrada de Tambopata.
No será demás, antes de pasar adelante, y en beneficio de futuros
viajeros, que anote que de Poto hay cuatro leguas al pueblo de Trapiche, 9
leguas a Sina, 7 a la Quiaca y 14 al Crucero; de Sandia hay 7 leguas a
Patambuco y 14 a Phara.
En una quebrada que corre, puede decirse, paralela a la de San Juan
del Oro, se hallan situados los lavaderos de oro de Aporoma, propiedad
antigua de la familia de Astete del Cuzco. Estos lavaderos son
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