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, los peones y patrones.
La ropa que se usaba, consistía de un pantalón y llamada allí cotona,
construidas de esa una camisa, bayeta burda y de color blanco que elaboran
en el país. Botines, zapatos y aun ojotas no se pueden emplear: la
constante humedad destruye todo lo que es suela o cuero. Los pies van
cubiertos de una especie de botín hecho de jerga doble, con un colchado
del mismo material bien grueso, que sirve de suela; estos botines, algo
parecidos a las alpargatas, que usan en España, y a las zapatillas para
baños que se venden en las tiendas de comercio, se ligan a los pies y
piernas con cordeles fuertes. Un poncho de lana grueso, cubre el tronco
del cuerpo, la cabeza va resguardada con un sombrero fuerte de paja de
Guayaquil, o con una gorra charolada. Sobre la espalda descansa la mochila
de caucho, o algún género encharolado. Dicha mochila contiene una buena
frazada; un terno de pantalón y camisa de bayeta, para [119] mudarse
cuando se pueda; algo que, comer, y un yesquero, piedra, eslabón de acero,
mecha de azufre bien resguardada de la humedad, una olla de fierro, de
tamaño según las necesidades; una tetera id; unos tarros de lata con una
cantidad de chuño, (papa helada y bien molida) mezclado con charqui o
chalona bien molida, y hecha masa, alguna manteca, ají y sal, forman una
apetitosa comida para el hambriento viajero. Fósforos no se pueden usar,
la humedad los inutiliza en el acto. Azúcar y chocolate sólo se conservan
tomando las mayores precauciones, pues la humedad los deshace y convierte
el uno en almíbar, y el otro en mazamorra. Tan pronto como los viajeros
llegan a una pascana, lo primero es reunir leña, la más seca posible;
encender la lumbre por medio del yesquero y mecha de azufre, y sobre todo
grandes piedras, equilibrar la gran olla de fierro. Mientras se calienta
el agua para hacer el caldo, se echan alrededor de la fogata los cansados
viajeros que entran a la montaña, o los que salen de ella, y en alegre
comparsa refieren los unos sus esperanzas de lucro, los otros, los buenos
o malos resultados de sus elaboraciones. Calentada el agua, se echa en la
olla cantidad proporcionada de la masa de chuflo etc. que he indicado; y
en muy pocos minutos se ha formado un caldo bien nutrido, y que vigoriza
inmediatamente los estómagos que han sufrido treinta o cuarenta mojazones
en el día. Sendos tragos de aguardiente; una lata de galletas destapada y
repartida con parsimonioso cuidado, forman el postre de la comida; todos
se tienden enseguida sobre el suelo, grato lecho de nuestro padre Adán.
Algunas veces en esas pascanas se encuentra a algún descendiente del barón
de Munchausen (8); y se relatan sucesos [120] tan extraordinarios, que
asustan a los no iniciados. El cansancio produce el más agradable sueño; a
no ser que haya tenido uno la desgracia, por cierto muy frecuente, de
extender su cansado cuerpo cerca de algún nido de esos insectos, sobre las
cuales impusieron los Incas tributo a sus desidiosos y desaseados
súbditos. En tal caso el desgraciado viajero sufre las más tremendas
penalidades; y tiene que emplear ratos no cortos de descanso, en espulgar
su ropa, y librarla de tan molestos huéspedes. Como la indiada duerme en
los Tambos, los llenan de esa plaga. Los ríos abundan en pescado: algunas
veces un feliz viajero atrapa un sábalo, pez algo parecido a la corvina;
el sábalo va a la olla con el chuño, charqui etc., de todo se hace un
puchero del que todos con gusto participan. A veces se caza un venado o
una copaybara (especie de conejo muy grande y abundante en el monte),
también van a la olla general. En esos campos no he visto sino una especie
de la familia Monos; el que allí existe es del alto de tres a cuatro pies,
con pelo largo color café subido, algo blanquizco hacia la barriga, lo
conocen con el nombre del ahullador, porque da constantes y fuertes
aullidos o gritos, especialmente cuando llueve.
Los viajeros y cascarilleros cazan estos monos, y aseguran ser
excelente comida; uno de estos monos, desollado y puesto parado sobre una
estaca, delante de la fogata, es una vista, para mí a lo menos, muy
repugnante, tal es su semejanza a una criatura; se puede figurar uno que
los cascarilleros son unos antropófagos, al comer tales animales. La
culebra cascabel no escasea en esas regiones; perturbada en su sueño, hace
sonar con violencias las conchas, que tiene en la punta de la cola, y huye
velozmente; su [121] mordedura es fatal. Hay otra clase de culebra, color
verdoso, y del largo hasta de dos varas, esta es buena comida; la carne es
muy blanca y tan gorda, que le echan en las ollas de fierro en trozos, y
se fríe en el acto. Usada esta carne con alguna frecuencia, se cubre el
cuerpo de grandes, pero no dolorosos granos, es fama que produce los
mejores resultados; purificando la sangre y fortificando los intestinos.
Algunas veces se suele encontrar un peccary; es una especie de chancho
silvestre, como de una vara de largo, y poco más de media de alto, de lomo
arqueado y cubierto e cerdas largas, de color negro, café y blanco. Este
chancho anda en tropas, y es muy fecundo. En la hacienda de Chicalulo de
Yungas, antes de la señora Leonor Segovia de Pinto, y hoy de la familia
Sáenz, he visto una hembra con catorce crías muerta por los indios, cuyas
chacras devastaba. Este animal tiene en la región de los riñones, sobre el
espinazo, una glándula con un licor acre, que los indios aseguran ser un
segundo ombligo. Uno que otro bellísimo Faisán, con su plumaje verde
oscuro con oro, algunos Tunques (Rupicola), tan grandes como las palomas,
con su color rojo anaranjado, su grande y bello penacho, y sus alas plomo
con negro, aumentan las viandas del viajero en esas comarcas. Picaflores
de bellísimos colores, mariposas tan grandes como la palma de la mano, y
tan chicas como una mosca, vuelan en todas direcciones; allí la Naturaleza
se ostenta en toda su inmensa grandeza. Pero esa grandeza y esa belleza
encubre al alevoso y sanguinario Jaguar o Tigre, y produce también una
hormiga, más destructiva y más poderosa que el Tigre y que la culebra
cascabel. Esta hormiga es de la familia Eciton; se reúne por millones, y
en masas compactas invaden las casas, y atacan a los hombres y animales.
Desgraciado del ser viviente, hombre o animal, que no logra huir; en pocos
momentos comen y destruyen [122] cuanto tocan, culebras, ratones,
cucarachas; víveres, todo es consumido por esos voraces animales en un
instante; y cuando ya no encuentran qué comer o qué destruir, en marcial
parada se dirigen a otro punto, a repetir sus devastaciones; podría
escribirse una especial sobre las tales hormigas; sólo de su
voracidad se escapan los víveres protegidos por tarros bien cerrados de
lata. En una especie de caña algo alta, que no sé por qué razón se llama
palo-santo, anidan también unas hormigas más grandes que las anteriores;
desgraciado del hombre que es mordido por estos ponzoñosos animales, que
causan gravísimas inflamaciones.
En la quebrada de Ayapata y en 1851, tenía el señor don Agustín
Aragón una hacienda de café etc. Un día al anochecer ordenó el
administrador, un argentino, a dos peones indios fuesen con dos cántaros a
traer agua, a una vertiente inmediata. Marcharon los indios, a pocos
instantes regresó el uno dando gritos, y asegurando que un Jaguar había
muerto a su compañero. El administrador y algunos peones salieron con
trozos de leña encendidos, al punto indicado, y encontraron en efecto al
Tigre, que destrozaba el cráneo de su víctima. A la vista de la peonada el
Tigre se internó al monte. El día siguiente el argentino armó una trampa
en la forma siguiente: clavó dos hileras de palos gruesos y en la
distancia de cuatro a cinco varas, cubriendo la parte de arriba con
estacas fuertes y bien amarradas; a la cabecera de esta especie de
callejón colocó el cadáver del indio, cerrando ese punto con palos y
piedras, y dejando abierta la otra entrada. Colgando del techo, y media
vara antes de los pies del cadáver, amarró fuertemente un grueso lazo,
pasado por una grande argolla de fierro, sostenida la argolla por un hilo
delgado formando todo una gazada. Al anochecer vieron al Tigre, que
cautelosamente examinaba la trampa; [123] y que enseguida se internó por
la apertura. A pocos instantes sintieron estremecerse la empalizada; el
Tigre al querer tomar el cadáver de los pies, había pasado la cabeza por
la gazada, y al estirar más el cuerpo para apresar a su víctima, había

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