pastos en las lomas,
sino a fines de Agosto; la consecuencia ha sido la casi completa
destrucción de la cría de ganado en nuestras costas. Cualquiera que haya
viajado por las costas del Perú, habrá podido notar el gran número de
quebradas, que patentizan haber tenido, en épocas mas o menos remotas,
corrientes de agua en sus hoy secos cauces: unos cortos aguaceros [4] son
pues bastantes para hacer fructíferos esos al parecer áridos desiertos.
Esos campos, esas lomas, se hallaban cubiertas en los meses indicados
de innumerables tropas de ganada vacuno, lanar y cabrío; todos los
hacendados de los valles inmediatos mandaban a esos campos sus animales,
pagando dos reales por cada cabeza de ganado vacuno. El señor don Bruno
Vargas, propietario de las lomas de Talamolle, y vecino pudiente de
Locumba, tenía una gran cría de ganado vacuno. En los meses de pastos, los
campos de Alfarillo y Talamolle se veían cubiertos con sus ganados; en los
meses de escasez los abundantes alfalfares de Camiarita y Locuraba
sustentaban parte de sus tropas; otras eran enviadas a los pastales de
Aigache, inmediatos al pueblo de Candarave, en el corazón de la
cordillera. Ya que traigo a la memoria el nombre querido de esa familia de
Vargas, diré que el referido don Bruno tuvo dos hijos: uno llamado Rafael
y otra Susanna. Esta era una niña de lo más bello en su físico, de lo más
digno y amable en su carácter. Rafael, asaltada y quemada su finca, hace
pocos meses, en la hacienda de Camiarita, huyó al monte: los restos de su
cadáver, devorado por los animales silvestres, fueron encontrados días
después. ¡Todas sus propiedades fueron destruidas, sus peones degollados,
su heredad desolada!
Marchando de Ilo hacia el Sur, y a la distancia como de dos leguas,
se hallan, a la izquierda, situadas las lomas llamadas el Mostasal,
risueños y verdes campos, frecuentados antes por las familias pudientes de
Moquegua, en los meses de octubre, noviembre y diciembre, con el objeto de
veranear y tomar baños. En esos meses esos campos se hallaban cubiertos de
tropas de ganado vacuno y lanar, conducidas de todos los pueblos de la
Provincia de Moquegua para el engorde. En todo el año existen allí [5]
tropas de burros cimarrones, cuya propiedad reclaman los señores Arguedas
y Flor de Moquegua. Al lado Sur del cerro de Puyte, y al mismo pie de él,
se halla situado el olivar de Icuy, antes propiedad de la familia Tamayo,
hoy de don Lorenzo Cornejo. Este olivar se halla cerrado de paredes de
piedra bruta, tiene buena casa, convenientes oficinas y costoso estanque.
Media legua más al Sur se halla el olivar Tacabuey, propiedad de la
familia Vargas. A las dos leguas, más o menos al Sur se hallan unos pocos
olivos, restos del antiguo olivar del Totoral, propiedad de la familia
Vertiz de Mirave, valle de Locumba arriba.
A las dos leguas, poco más o menos, se halla situado, en honda
quebrada, el olivar de Alfarillo, antes posesión de la familia Campoblanco
de Lima, heredera de los condes de Velayos, hoy propiedad de la familia
del ya mencionado don Bruno Vargas: este olivar es regado por unas
vertientes, que salen de la cueva de Uchupuru; sitio lo más bello que
desear ver se puede. A las pocas cuadras, y situado sobre una loma grande,
se halla el olivar de Talamolle, propiedad de la familia de los Condorpusa
y Ciesas, nietos de un señor Noriega, comerciante antiguo de Lima, y a
quien las vicisitudes de la vida desterraron, hacen cien años, a esas
lejanas tierras. Como una milla al Sur se halla el gran corralón de la
Cueva, en el cual se hacen los rodeos de ganado y otros animales en los
meses de diciembre de cada año. Como dos leguas y media al Sur se hallan
unos pocos olivos, restos del olivar de Mollegallo de los Cornejos. Poco
más de dos leguas más al Sur, se hallan los cerros que forman el cauce,
digamos del valle de Locumba, en la parte llamada la Sopladera. En ese
punto, el río de Locumba, en miles de años ha abierto su ancho cauce,
destruyendo lentamente la roca de granito, que impedía su tránsito, por
una distancia de más de tres leguas. [6]
Desde el Mostasal a Mollegallo todos los corres se hallan cubiertos
de pasto abundante, en los meses ya indicados. El terreno y cerros desde
Mollegallo a la Sopladera, es decir la distancia como de dos leguas, se
hallan cubiertos de escasísima verdura, es un terreno muy quebrado. El
granito y gneis cubren su extensión, y raro es el hombre que ha penetrado
en sus áridas quebradas y cuestas.
En la parte de la costa esa se hallan situadas las pampas de Silicate
y de Ite. Hace como cincuenta años que un señor Montes, chileno, formó el
proyecto de regar esas Pampas, sacando una acequia regadora, arriba de la
Sopladera. Su no corta fortuna, y los dineros de varios amigos suyos, se
emplearon en esa tan importante obra: fue superior a sus fuerzas, y redujo
a él y a su bellísima esposa, la señorita Vascones de Tacna, a la mayor
indigencia. Montes tuvo que regresar a Chile, dejando los campos de Ite
cubiertos con los sepulcros de su numerosa peonada chilena. En esos
tiempos era yo ganadero; y muchas veces merecí la hospitalidad de esa
familia, en esos inhabitados campos. El señor don Rudecindo Barrionuevo,
esposo de la señora doña Martina Hurtado, que había franqueado muchos
fondos a Montes, se encargó después de la obra infructuosamente. Después
compraron esos derechos los señores Carlos Zapata y Andrés Novillo, y
lograron dar gran impulso a la obra, consiguiendo sacar las aguas a la
pampa de Silicate, que se halla a más altura que la de Ite; logrando
plantar grandes potreros de alfalfal, etc., etc. El día que una empresa,
con suficientes capitales, tome por su cuenta esta obra, se formará en
esos campos la primera y más grande hacienda de caña que posea el Perú,
teniendo además la inmensa ventaja de hallarse con una excelente caleta,
en la misma hacienda, para exportar sus grandes y ricos productos. No
conozco ningún terreno en el Perú, [7] que se preste tan ventajosamente
para una colosal empresa, por sus abundantes terrenos. Las pampas de
Silicate e Ite tienen tres leguas de extensión, y más de una de ancho, con
tan gran caudal de agua, pues hay todo cuanto se necesita para el cultivo
de tres tantos de terrenos, y con un Puerto en la misma, finca. Solamente
la falta de capitales, y nuestro estado de constante inquietud política,
pueden haber demorado la formación de una sociedad, que tantos beneficios
atraería para sí, y que tantos podría producir a los valles inmediatos,
consumiendo sus producciones agrícolas. Esperamos que días más felices
quizá nos aguardan.
Desde el mes de octubre, puede decirse que todas las poblaciones de
los valles de Locumba e Ilabaya se bajaban a veranear a las Lomas de
Talamolle, etc., donde igualmente acudían con igual objeto gran número de
familias de Moquegna y Tacna. Las familias acampaban en grandes carpas,
colocadas bajo las sombras de los abundantes y frondosos olivos de que he
hablado. La vida en esos días y en esos lugares, era una constante
diversión y entretenimiento. Por la mañana a caballo, a tomar baños a
orillas del mar, de vuelta el almuerzo; seguía el baile de los jóvenes, el
juego o siesta de los viejos y viejas; a la tarde el paseo a caballo a
Sombrerito, un punto bellísimo cubierto de flores, hacia arriba de
Talamolle, o a orillas del mar, para apostar carreras en su arenosa y
sólida playa. A las seis abundantísima comida, el baile hasta la media
noche o los juegos de prenda; en fin el descanso para seguir al día
siguiente la misma rutina. Los jóvenes muchas veces, después de recogidas
las familias, se juntaban en alegres comparsas, y acompañados de conocidos
cantores en esos valles, iban de campamento en campamento, entonando
yaravís nacionales. Era de rigurosa etiqueta obsequiar dulces, vinos y
licores a los cantantes [8] de los Gallos. En algunos campamentos se
improvisaban bailes, que duraban hasta el amanecer. Todas las familias
tenían a honor recibir y obsequiar huéspedes en sus mesas: y los
forasteros o poco conocidos, eran tratados y recibidos con sin igual
franqueza y cordialidad. La política era desterrada, todos eran amigos,
todos miembros al parecer de una sola familia afectuosa. Tiempos eran esos
de verdadera dicha y felicidad, tiempos de paz y abundancia, de amistad y
franqueza, tiempos siempre recordados con amor.
Entre el olivar Mollegallo, de que ya he hablado, y la quebrada de la
Sopladera, llamada así parte del valle de Locumba, como tres leguas más
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