Модесто Басадре-и-Чокано. Перуанские богатства. Modesto Basadre y Chocano. Riquezas peruanas

Модесто Басадре-и-Чокано. "Перуанские богатства"
Modesto Basadre y Chocano. Riquezas peruanas

Модесто Басадре-и-Чокано. "Перуанские богатства"

Riquezas peruanas: colección de artículos descriptivos escritos para «La
Tribuna»
Modesto Basadre y Chocano

Prólogo
Las montañas del Perú, que tras de los Andes se dilatan en extensión
inmensa, son, por su abundante y variada riqueza, objeto de importantísimo
estudio, y a las que ha debido consagrarse una constante y particular
atención.
Las pampas de Tarapacá, emporios de cuantiosa riqueza, han debido,
también, atraer las miradas y el interés de nuestros compatriotas y de los
hombres de empresa.
Aquellas montañas y esas pampas serán, un día, fuentes copiosas en
donde irán a formarse ingentes fortunas: sólo se necesita, para que de una
vez comiencen a serlo, que el trabajo inteligente y perseverante se
acerque a ellas; sólo es preciso dar los primeros pasos, hacer los
primeros esfuerzos, para que los resultados sean tales que sucesivamente
vayan disminuyendo la fatiga, y haciendo más poderosa y fecunda la acción.
Dominados por estas ideas, y sabedores de que el señor don Modesto
Basadre había hecho estudios especiales en esas regiones, le pedimos su
importante cooperación, suministrándonos los datos que hubiese podido
reunir en sus penosas exploraciones por aquellas comarcas. Este caballero,
lejos de excusarse, ha correspondido espléndidamente a nuestro pedido,
redactando para La Tribuna los artículos que, después de publicados los
días sábados, reunimos hoy en un volumen, que damos en obsequio a aquellos
de los suscritores que la han favorecido desde que volvió a ver la luz
pública hasta el mes de octubre último.
En esos artículos traza el señor Basadre el camino que han de seguir
los que, con buena voluntad y constancia, se propongan [IV] explotar esos
grandes veneros de riqueza, los mismos que pueden aprovechar de la lección
que, adquirida por el autor de sus viajes, la ofrece en sus artículos, y
sacar la inmensa utilidad que de ella puede reportarse.
Desgraciados acontecimientos han cegado el manantial donde tomaban
entre nosotros origen la fortuna pública y la privada; pero publicaciones
como la que hemos coleccionado, demuestran que mucho tenemos en qué apoyar
gratas esperanzas; y, porque encontramos en esos datos los elementos del
porvenir del Perú, de un porvenir próximo y brillante, nos apresuramos a
presentarlos reunidos en un volumen, a nuestros compatriotas, y como
estímulo, también, al capital extranjero, para el que tiene el Perú, en
ese espléndido banquete de las grandes fortunas, un lugar de preferencia.
La colección que presentamos, no es un libro de aventuras, ni un
romance que halague la imaginación de un lector que busca sólo distraerse;
son relaciones de lugares en que la Naturaleza ostenta toda su belleza y
sus hermosas joyas, y que redactadas con una mira práctica, tienden a lo
real y positivo, a la adquisición de lo útil para todos. El autor no ha
tenido más propósito que narrar con exactitud y verdad, todo lo que ha
visto, tocado, examinado y estudiado; y al dar cuenta de sus
observaciones, las relata en el mismo orden y con la misma naturalidad con
que fueron hechas. No se ha cuidado de figuras retóricas, sino sólo de
exponer con claridad y sencillez los hechos y las cosas; circunstancias
que dan a su narración el mérito peculiar de esa clase de trabajos, a
saber: una expresión al alcance de todas las inteligencias, y un sello de
verdad, buena fe y patriotismo, que no puedo menos que producir en el
ánimo del lector, un profundo convencimiento de que lo que se relata es lo
que en efecto existe.
Si como es de esperar de la benevolencia y de la laboriosidad del
señor Basadre, La Tribuna sigue siendo favorecida por sus estudios, ella,
a su vez, hará, como ahora, cuanto esté a su alcance, para que duren más
que las pasajeras hojas de un diario. [1]

El hombre primitivo
El puerto de Ilo se hallaba situado en la embocadura del río, que
riega el fértil valle de Moquegua, con sus renombrados viñedos. La
hacienda de los Cornejos de Ite, se hallaba situada en la embocadura, al
lado Sur del río, que riega el valle de Locumba. Tanto el pueblo de Ilo,
cuanto la hacienda de Ite, fueron inundados por las impetuosas olas del
mar, el día 13 de Agosto de 1868, día memorable por el gran terremoto, que
arruinó todas las poblaciones del Sur de la República. Ambos territorios
no son hoy día, sino vastos y desolados campos cubiertos de arena y
cascajo. De Ilo a Ite, es decir, entre las embocaduras de ambos ríos,
habrá una distancia de catorce a quince leguas; camino carretero y llano,
antes frecuentado por millares de burros, que conducían los productos de
Arequipa y valle de Tambo a los convenientes mercados de Tacna y Arica.
Hoy ese camino se halla desierto y completamente abandonado. Los
comerciantes de Arequipa, los hacendados de Tambo, ya no llevan por esa
ruta sus harinas, alfeñiques, mieles, etc. Las harinas de Chile, los
azúcares del [2] norte del Perú, han destruido ese tráfico: los vapores
han reemplazado a los burros en el carguío de esas mercancías.
El camino del valle de Tambo desemboca a la costa sobre la Caleta de
Cocotea; y, desde esa caleta se extiende la vasta pampa que conduce a la
pampa de Silicate, lindante con el río de Locumba, llamado Ite en ese
punto. Esas pampas, viniendo del Norte al Sur, se hallan limitadas a la
derecha por las orillas del mar, a la izquierda por lomas, más o menos
elevadas. En un punto llamado Icuy, se eleva el majestuoso cerro conocido
en el país con el nombre de Puyte; desde el mar y a gran distancia se
puede distinguir ese cerro, tiene de alto más de tres mil pies. En su
mole, hacia la cumbre, se hallan gran número de vetas de cobre, antes
elaboradas, hoy abandonadas y casi desconocidas. La cumbre del cerro se
halla cubierta de escaso pasto, pero sí de muchísimas plantas del cactus
giganteus, algunos de la altura de diez y doce varas. Sobre sus abundantes
ramales, por siglos han anidado las águilas y halcones, muy abundantes en
ese punto. El arisco y veloz huanaco también abunda en esas alturas, y
muchas veces es perseguido por galgos, cuya velocidad de carrera es
conocida. En días más felices, cuando el valle de Locumba era habitado por
muchas familias de fortuna; cuando los Cornejos, Chocanos, Yañez, Vargas,
Zeballos, etc. eran propietarios pudientes y acomodados, salían de las
haciendas de Sitana, Locumba, Camiara, etc. partidas alegres y con
numeroso séquito, a la caza del huanaco o del venado: esos campos, esas
haciendas son hoy un desierto, una desolación. La guerra ha llevado allí
el incendio, la degollación de sus pacíficos moradores, su ruina, su
exterminio. Donde antes reinaba la alegría, donde se oía el canto y el
sonido de la guitarra y flauta, hoy no se oye sino el graznido del cuervo,
el lamento de la lechuza: [3] apartemos la vista de tan tristes cuadros.
Marchando de Ilo hacia el Sur, he dicho que a la izquierda se hallan las
pampas limitadas por las Lomas. Estas alturas, en los meses de Junio a
Diciembre, se hallan cubiertas de verde y abundante pasto, regadas por las
leves lluvias, llamadas garúas. Como en los campos de Piura, dos o tres
aguaceros abundantes, hacen brotar allí excelentes pastos e innumerables
flores de colores vivísimos, de especial fragancia. El año 1824 los pastos
eran más altos que un hombre a caballo: lo mismo sucedió en 1831; y el año
1846 sucedió lo mismo en los cerros de Talamolle. Los cerros de esas lomas
en varios puntos, se hallan cubiertos de plantas, allí casi de árboles, de
hielotropo, cuyas fragantes flores embalsaman gratamente la atmósfera. En
muchas de esas quebraditas corren límpidos arroyuelos, que más abajo
riegan los olivares, de que haré mención después. El temperamento, en esas
comarcas es de lo más delicioso y templado: allí no se conocen ni los
extremos del calor, ni los del frío. En las lomas nadie se enferma: todo
es vida y placer.
Siendo joven conocí en Tacna a don Mariano Dávila: este anciano
entonces me aseguró varias veces que mi tío abuelo don José Manuel
Cornejo, cuando Dávila era joven, es decir por el año de 1780, tenía la
costumbre de introducir sus ganados a las lomas de Talamolle, en el mes de
Mayo; hoy las circunstancias climatéricas, de las costas del Perú, han
cambiado muchísimo, y en varios años no se hallan pastos en las lomas,
sino a fines de Agosto; la consecuencia ha sido la casi completa
destrucción de la cría de ganado en nuestras costas. Cualquiera que haya
viajado por las costas del Perú, habrá podido notar el gran número de
quebradas, que patentizan haber tenido, en épocas mas o menos remotas,
corrientes de agua en sus hoy secos cauces: unos cortos aguaceros [4] son
pues bastantes para hacer fructíferos esos al parecer áridos desiertos.
Esos campos, esas lomas, se hallaban cubiertas en los meses indicados
de innumerables tropas de ganada vacuno, lanar y cabrío; todos los
hacendados de los valles inmediatos mandaban a esos campos sus animales,
pagando dos reales por cada cabeza de ganado vacuno. El señor don Bruno
Vargas, propietario de las lomas de Talamolle, y vecino pudiente de
Locumba, tenía una gran cría de ganado vacuno. En los meses de pastos, los
campos de Alfarillo y Talamolle se veían cubiertos con sus ganados; en los
meses de escasez los abundantes alfalfares de Camiarita y Locuraba
sustentaban parte de sus tropas; otras eran enviadas a los pastales de
Aigache, inmediatos al pueblo de Candarave, en el corazón de la
cordillera. Ya que traigo a la memoria el nombre querido de esa familia de
Vargas, diré que el referido don Bruno tuvo dos hijos: uno llamado Rafael
y otra Susanna. Esta era una niña de lo más bello en su físico, de lo más
digno y amable en su carácter. Rafael, asaltada y quemada su finca, hace
pocos meses, en la hacienda de Camiarita, huyó al monte: los restos de su
cadáver, devorado por los animales silvestres, fueron encontrados días
después. ¡Todas sus propiedades fueron destruidas, sus peones degollados,
su heredad desolada!
Marchando de Ilo hacia el Sur, y a la distancia como de dos leguas,
se hallan, a la izquierda, situadas las lomas llamadas el Mostasal,
risueños y verdes campos, frecuentados antes por las familias pudientes de
Moquegua, en los meses de octubre, noviembre y diciembre, con el objeto de
veranear y tomar baños. En esos meses esos campos se hallaban cubiertos de
tropas de ganado vacuno y lanar, conducidas de todos los pueblos de la
Provincia de Moquegua para el engorde. En todo el año existen allí [5] tropas de burros cimarrones, cuya propiedad reclaman los señores Arguedas
y Flor de Moquegua. Al lado Sur del cerro de Puyte, y al mismo pie de él,
se halla situado el olivar de Icuy, antes propiedad de la familia Tamayo,
hoy de don Lorenzo Cornejo. Este olivar se halla cerrado de paredes de
piedra bruta, tiene buena casa, convenientes oficinas y costoso estanque.
Media legua más al Sur se halla el olivar Tacabuey, propiedad de la
familia Vargas. A las dos leguas, más o menos al Sur se hallan unos pocos
olivos, restos del antiguo olivar del Totoral, propiedad de la familia
Vertiz de Mirave, valle de Locumba arriba.
A las dos leguas, poco más o menos, se halla situado, en honda
quebrada, el olivar de Alfarillo, antes posesión de la familia Campoblanco
de Lima, heredera de los condes de Velayos, hoy propiedad de la familia
del ya mencionado don Bruno Vargas: este olivar es regado por unas
vertientes, que salen de la cueva de Uchupuru; sitio lo más bello que
desear ver se puede. A las pocas cuadras, y situado sobre una loma grande,
se halla el olivar de Talamolle, propiedad de la familia de los Condorpusa
y Ciesas, nietos de un señor Noriega, comerciante antiguo de Lima, y a
quien las vicisitudes de la vida desterraron, hacen cien años, a esas
lejanas tierras. Como una milla al Sur se halla el gran corralón de la
Cueva, en el cual se hacen los rodeos de ganado y otros animales en los
meses de diciembre de cada año. Como dos leguas y media al Sur se hallan
unos pocos olivos, restos del olivar de Mollegallo de los Cornejos. Poco
más de dos leguas más al Sur, se hallan los cerros que forman el cauce,
digamos del valle de Locumba, en la parte llamada la Sopladera. En ese
punto, el río de Locumba, en miles de años ha abierto su ancho cauce,
destruyendo lentamente la roca de granito, que impedía su tránsito, por
una distancia de más de tres leguas. [6] Desde el Mostasal a Mollegallo todos los corres se hallan cubiertos
de pasto abundante, en los meses ya indicados. El terreno y cerros desde
Mollegallo a la Sopladera, es decir la distancia como de dos leguas, se
hallan cubiertos de escasísima verdura, es un terreno muy quebrado. El
granito y gneis cubren su extensión, y raro es el hombre que ha penetrado
en sus áridas quebradas y cuestas.
En la parte de la costa esa se hallan situadas las pampas de Silicate
y de Ite. Hace como cincuenta años que un señor Montes, chileno, formó el
proyecto de regar esas Pampas, sacando una acequia regadora, arriba de la
Sopladera. Su no corta fortuna, y los dineros de varios amigos suyos, se
emplearon en esa tan importante obra: fue superior a sus fuerzas, y redujo
a él y a su bellísima esposa, la señorita Vascones de Tacna, a la mayor
indigencia. Montes tuvo que regresar a Chile, dejando los campos de Ite
cubiertos con los sepulcros de su numerosa peonada chilena. En esos
tiempos era yo ganadero; y muchas veces merecí la hospitalidad de esa
familia, en esos inhabitados campos. El señor don Rudecindo Barrionuevo,
esposo de la señora doña Martina Hurtado, que había franqueado muchos
fondos a Montes, se encargó después de la obra infructuosamente. Después
compraron esos derechos los señores Carlos Zapata y Andrés Novillo, y
lograron dar gran impulso a la obra, consiguiendo sacar las aguas a la
pampa de Silicate, que se halla a más altura que la de Ite; logrando
plantar grandes potreros de alfalfal, etc., etc. El día que una empresa,
con suficientes capitales, tome por su cuenta esta obra, se formará en
esos campos la primera y más grande hacienda de caña que posea el Perú,
teniendo además la inmensa ventaja de hallarse con una excelente caleta,
en la misma hacienda, para exportar sus grandes y ricos productos. No
conozco ningún terreno en el Perú, [7] que se preste tan ventajosamente
para una colosal empresa, por sus abundantes terrenos. Las pampas de
Silicate e Ite tienen tres leguas de extensión, y más de una de ancho, con
tan gran caudal de agua, pues hay todo cuanto se necesita para el cultivo
de tres tantos de terrenos, y con un Puerto en la misma, finca. Solamente
la falta de capitales, y nuestro estado de constante inquietud política,
pueden haber demorado la formación de una sociedad, que tantos beneficios
atraería para sí, y que tantos podría producir a los valles inmediatos,
consumiendo sus producciones agrícolas. Esperamos que días más felices
quizá nos aguardan.
Desde el mes de octubre, puede decirse que todas las poblaciones de
los valles de Locumba e Ilabaya se bajaban a veranear a las Lomas de
Talamolle, etc., donde igualmente acudían con igual objeto gran número de
familias de Moquegna y Tacna. Las familias acampaban en grandes carpas,
colocadas bajo las sombras de los abundantes y frondosos olivos de que he
hablado. La vida en esos días y en esos lugares, era una constante
diversión y entretenimiento. Por la mañana a caballo, a tomar baños a
orillas del mar, de vuelta el almuerzo; seguía el baile de los jóvenes, el
juego o siesta de los viejos y viejas; a la tarde el paseo a caballo a
Sombrerito, un punto bellísimo cubierto de flores, hacia arriba de
Talamolle, o a orillas del mar, para apostar carreras en su arenosa y
sólida playa. A las seis abundantísima comida, el baile hasta la media
noche o los juegos de prenda; en fin el descanso para seguir al día
siguiente la misma rutina. Los jóvenes muchas veces, después de recogidas
las familias, se juntaban en alegres comparsas, y acompañados de conocidos
cantores en esos valles, iban de campamento en campamento, entonando
yaravís nacionales. Era de rigurosa etiqueta obsequiar dulces, vinos y
licores a los cantantes [8] de los Gallos. En algunos campamentos se
improvisaban bailes, que duraban hasta el amanecer. Todas las familias
tenían a honor recibir y obsequiar huéspedes en sus mesas: y los
forasteros o poco conocidos, eran tratados y recibidos con sin igual
franqueza y cordialidad. La política era desterrada, todos eran amigos,
todos miembros al parecer de una sola familia afectuosa. Tiempos eran esos
de verdadera dicha y felicidad, tiempos de paz y abundancia, de amistad y
franqueza, tiempos siempre recordados con amor.
Entre el olivar Mollegallo, de que ya he hablado, y la quebrada de la
Sopladera, llamada así parte del valle de Locumba, como tres leguas más
arriba de la desembocadura del río, los cerros y terrenos son muy
quebrados y pedregosos; escaso pasto sale en esos puntos, aun en los años
abundantes de garúas, por ser casi desprovistos de tierra. Las aguas del
río de Locumba, en miles y miles de años, con su corriente, han labrado un
profundo cauce, rompiendo su camino por enmedio de las rocas primitivas
(granito y gneiss) que forman ese terreno. En esos cerros y quebradas no
se veían ganados ni seres vivientes, era y es una región desierta y sin
agua. Sólo en la inmediata quebrada de Mollegallo se hallaban escasos
manantiales; reducidos restos de aguas abundantes, que en el remoto tiempo
servían para irrigar ese olivar de Mollegallo, y sus terrenos inmediatos.
Las aguas de esos manantiales, como la de varios otros puntos, han
desaparecido a consecuencia de los grandes terremotos, que se han
experimentado y se experimentan en la costa, y también como consecuencia
de los cambios climatéricos de que he hablado.
Era el mes de Noviembre de 1831. En el olivar de Talamolle se
hallaban reunidas algunas familias de Moquegua y Tacna, y gran número de
familias de Locumba, Mirave e Ilabaya, Entre todas reinaba la [9] mayor
cordialidad, la más estrecha unión. Gran número de las personas que las
componían acababan de regresar a caballo del baño, a orillas del mar se
preparaban para disfrutar de los más opíparos almuerzos, cuando el zambo
Ventura, vaquero del señor don Bruno Vargas, se presentó en el campamento
de su patrón a comunicarle que habiendo tenido necesidad de buscar unos
animales, que se hallaban extraviados había penetrado en ese territorio,
llamada el Desierto, existente entre Mollegallo y la Sopladera, y que de
repente se había encontrado, cara a cara con ¡el Diablo! Los concurrentes,
al oír la relación de Ventura, y ver lo conmovido y asustado que se
hallaba, prorrumpieron en estrepitosas carcajadas.
Ventura sostenía su relación con mil juramentos, asegurando que el
Diablo, al momento que tropezó con él, se había subido a los cerros con
asombrosa velocidad, desapareciendo de su vista. El zambo Ventura era un
hombre como de 50 años de edad, muy honrado y verídico, y tanto insistió
sobre la verdad de su relación, que los oyentes al fin suspendieron su
mofa. Don Tomás Chocano Moreno, abuelo materno mío, y uno de los hombres
más chistosos que se han conocido era muy empeñoso en averiguar de Ventura
si el tal Diablo tenía los cuernos retorcidos, como algunos carneros
viejos, o los tenía puntiagudos, como los toros bravos, indagación que
Ventura no pudo resolver. Durante el almuerzo se discutió largamente sobre
la relación de Ventura; y al fin se resolvió a instancias de don Carlos
Maule Stevenson, mi tío, el mandar a los puntos designados por Ventura,
varios hombres bien montados a buscar a ese Ser, o a ese animal, a quien
Ventura juzgaba representar a su Majestad Infernal. Marcharon los ocho o
diez comisionados al Desierto, así llamado: al anochecer regresaron, no
habían visto al Diablo, ni habían hallado huellas o señales de él. Ventura
fue por muchos [10] días objeto de la burla de varios; y en especial de mi
abuelo, quien afirmaba que lo que Ventura había considerado como
representante de Satanás, no podía ser sino algún toro viejo, que se había
retirado a esas soledades, después de ser maltratado por competidores más
jóvenes de su raza. Ventura sin embargo sostenía la verdad de su relación,
¡flaqueando sí su testimonio respecto a los cuernos! No habían pasado
muchos días, cuando unos arrieros arequipeños que regresaban de Tacna
aseguraron, que al pasar el río, por el vado enfrente de la Pampa de
Silicate, habían visto un mono tan grande como un hombre, el que al
verlos, huyó rápidamente internándose al monte, a orilla del río. Ya la
relación de Ventura tenía un comprobante: entre el Diablo y un gran mono
podría existir alguna analogía. Se resolvió mandar algunos agentes, que
apostados en determinados puntos, y en especial en los manantiales de
Mollegallo, y vado del río de Ite, pudiesen espiar los movimientos de ese
ser, fuese Diablo o mono. Al día siguiente volvieron algunos espías;
habían en realidad visto un ser, al parecer, hombre que huyó despavorido
al verlos, con asombrosa rapidez hacia los corros del Desierto. Con estas
relaciones no cabía la duda, existía un ser extraordinario en esos lugares
y se resolvió indagar por él y descubrirlo, averiguando su modo de
existir. Se formó un verdadero plan de campaña. El señor don Bruno Vargas,
con dos hombres debía salir al alto del Airampal, y marchar por esas
alturas hacia la Sopladera. El señor don José Tamayo y señor Yañes debían
marchar por las quebradas de Mollegallo, y coronar las alturas del cerro
del Pajarito; don Carlos Maule Stevenson debía vigilar las Pampas de
Silicate; don Pedro Portocarrero debía recorrer las pampas de Ite y vado
del río; don Jacinto y don Celestino Vargas debían penetrar con don
Ignacio Cossio por las alturas, frente [11] a los puntos, donde hoy se
hallan las casas de don Carlos Zapata; don José María Malo, don Saturnino
Cañas, y otros debían pasar por detrás del Cerro Verde, rebuscar esas
hondanadas, en fin otras partidas debían cubrir y rebuscar otras salidas
de ese territorio. Todas las patrullas debían marchar hacia un centro,
hasta encontrarse, y poder comunicar el resultado de sus indagaciones,
combinándose señales etc. para el caso de hallar el objeto de sus
pesquisas. Serían las dos de la tarde, cuando el señor Tamayo, que había
entrado por el lado de Mollegallo, hizo señales de haber descubierto al
Diablo, y notició que se dirigía al Sur, es decir hacia los crestones de
roca, que forman el lado Norte de la quebrada de la Sopladera. Con las
noticias recibidas, todos los exploradores se dirigieron hacia el punto
indicado, reconcentrándose del mejor modo posible. Como a tres de la tarde
quedaba poco terreno que reconocer, se hallaba este casi cercado por las
patrullas; sin embargo el Diablo no aparecía. Se desmontaron algunos
mozos, y exploraron las rocas y cuevas que allí se encuentran. En una poco
profunda, jadeante pero tranquilo, y al parecer apacible, se halló el
objeto de sus indagaciones. No era el Diablo; no era un mono, era un
hombre joven, al parecer de veinte años, de estatura mediana, su cuerpo
cubierto de espeso bello, con abundante barba, y larga y enredada
cabellera.
A las voces de los descubridores, todos acudieron a la cueva, morada
de tan extraordinario ser. Sobre montón de pasto seco se hallaba el objeto
de tantas indagaciones, mirando a sus perseguidores con ojos vagos, y con
signos de muy limitada inteligencia. Dos mozos robustos se le acercaron,
lo tomaron por los brazos y condujeron afuera, era un objeto de ansiosa
curiosidad para todos. En la cueva no existían armas o instrumentos de
ninguna clase, a no ser que [12] se considerasen como tales, un trozo de
granito amarrado a otro trozo de palo con fibras de algún animal; dos
costillas de buey algo afiladas en la punta, y que sin duda servían al
joven para escarbar las papas silvestres, y raíces que eran su alimento.
La cincelada copa de ese monarca del desierto, era un gran cuerno de buey,
llena de agua, arrimado a un rincón. El joven no tenía vestido: el único
que lo abrigaba era el largo y espeso vello que cubría su cuerpo. Sin duda
era de raza blanca: lo demostraba su color, que aunque muy tostado por el
sol, era blanco; su barba y la configuración general de sus facciones. No
hizo la más pequeña resistencia cuando lo separaron de su cueva, no dio
voces: parecía un niño, o un completo imbécil. Su mirada era vaga. Era el
Hombre Primitivo sin ninguno de los adelantos de la civilización, y sin
inteligencia. Más que voces eran aullidos los que de su pecho exhalaba. Se
despachó un propio a Talamolle, a traer alguna ropa para cubrir la
desnudez del expósito, poniéndose en marcha al campamento toda la
comitiva. Como a las seis de la tarde, ya vestido el joven, llegaron a
Talamolle, y la curiosidad de las hijas de Eva, fue insuperable para
examinar y reconocer al Diablo. Este fue conducido al campamento de don
José Tamayo. Al ver la llamarada del fogón de la cocina corrió a agarrar
con sus manos la llama viva de la leña, y se quemó las manos: el infeliz
creía poder agarrar sin duda con las manos, un trozo de ese astro, que
había iluminado sus ojos, que había calentado sus miembros desnudos.
Rechazó los alimentos preparados, sólo apetecía la carne cruda, y de
preferencia los vegetales crudos, como las papas, etc. Fue imposible
calzarlo: sus pies eran largos y anchos, con los dedos muy largos y
apartados. Satisfecho su reducido apetito, su gusto era dormir: en todos
sus actos demostraba la sencillez de un infante, y la más [13] completa
inocencia e ignorancia de todo. Al día siguiente de ser hallado, se le dio
una cajita de música, ya con cuerda. Al momento dio varios gritos, se puso
la cajita al oído, la trató de morder, con sus largas uñas quiso rasgarla;
parecía que consideraba la caja de música como un pajarito, que había
venido a sus manos. Se le cortó la barba y su enmarañada cabellera, sin
hacer la más pequeña resistencia. Se trató, sin el más pequeño resultado
favorable, el enseñarle a hablar: con grande dificultad se pudo hacer
comprender el sentido de algunas pocas palabras, su inteligencia al
parecer era muy limitada.
¿Quién era este joven? ¿Cuál era su procedencia y origen? ¿Quiénes
eran sus padres? ¿Era este joven hijo de alguna moderna Magdalena, que
había venido a la Tebaida de la Sopladera, a ocultar su vergüenza, al
fruto de su fragilidad, a llorar su desventura y abandono?
Y esa madre si existía. ¿Dónde se hallaba?, ¿y el padre de ese niño
fue por ventura, quien lo condujo a esas soledades, huyendo quizás de
doméstico infortunio? ¿Cómo se había mantenido en esas desiertas soledades
ese desdichado joven, tan apacible, tan inofensivo, tan infantil en sus
actos, tan niño en sus deseos? ¿Algún padre celoso había arrojado de su
paternal morada, a quien consideraba como fruto de un crimen, como muestra
constante de la degradación de su casa y blasones? Preguntas son estas que
jamás se podrán resolver; se hallan los pormenores sepultados en el más
profundo abismo y jamás, jamás se podrán publicar.
Entre el cura de Locumba, y el Reverendo Segura, Fraile Dominicano de
Moquegua, se resolvió bautizar al joven, se le puso el nombre de Andrés,
día en que se le halló en el desierto de la Sopladera: su nombre fue pues
Andrés Desierto.
En diciembre las familias abandonaron Talamolle, el señor Tamayo se
hizo cargo de la mantención y [14] educación de Andrés. En abril fue
Andrés atacado en Locumba de muy fuertes tercianas; un día, en ese mes
desapareció de la casa para él paterna: jamás se supo su suerte o
paradero. Meses después, en los montes de Camiarita, se hallaron los
esparcidos huesos de un joven, por la dentadura algo gastada se creyó
fuesen los restos del tan desgraciado Andrés. Peruano Gaspar Hauser (1) su
origen fue un misterio: su muerte fue lamentada por aquellos a quienes
había interesado por la dulzura de su carácter, por sus actos infantiles e
inofensivos.
Lima, julio 14 de 1883. [15]

Indios calaguayas
Hacen días me preguntaban ustedes ¿quiénes eran esos indios de
vistoso vestido, que delante de nosotros cruzaban la Plaza de Lima? -Voy a
decirles.
Uno de los departamentos de la República de Bolivia se llama La Paz,
una de las provincias de ese departamento se llama Muñecas, en honor de un
clérigo argentino de ese nombre, cura de una de las parroquias de la
ciudad del Cuzco en 1814, y valiente guerrillero, sostenedor de la
revolución del Indio Brigadier Pumacagua en esa época. Este Muñecas murió
por un tiro casual, que estando prisionero, le dio un sargento español de
orden del general Ramírez. Pueblo importante de la provincia de Muñecas,
al este de la Gran Cadena de los Andes, es el llamado Charasani; y siete
leguas más abajo de Charasani, pero en la misma quebrada, se halla situado
el pueblo de Curva -todos los indios Calaguayas, médicos y boticarios
ambulantes de la América del Sur, son oriundos de Curba y de sus
contornos.
Para llegar a Charasani hay precisa necesidad de pasar por la
vastísima Pampa, conocida con el nombre [16] de Umabamba (Llano de agua),
la que, como su nombre demuestra, ha sido, en épocas muy remotas, parte
integrante de la laguna Titicaca. La pampa de Umabamba linda, por el
norte, con las elevadísimas montañas, siempre cubiertas de eternas nieves
y conocidas con el nombre de Coololo; esas montañas forman en Coololo, el
nudo llamado de Apolobamba, y son el origen de la Gran Cadena, que se
dirige al Sur, ostentando en su curso los elevadísimos cerros llamados
Illampu e Illimani, de más de veinticinco mil pies de elevación. La mole o
cuerpo del Illimani no es inferior a la de ningún cerro del orbe; y en
cuanto a su altura es sólo inferior a algunos picos de los Himalayas. Por
el Sur linda la pampa de Umabamba con los llanos de Escoma y Carabuco por
el este con la cadena de cerros de la cordillera, que se dirige hacia el
Sur, y por el oeste con las alturas de las provincias de Azángaro y
Huancané. La pampa de Umabamba tiene una altura de más de doce mil
quinientos pies, sobre el nivel del mar: en otros países, a esa altura no
pueden vivir ni hombres ni animales.
Por el medio, puede decirse de esa pampa, corre el río Suches, que
tiene su origen en los inmensos y riquísimos lavaderos de oro de Poto
(provincia de Saudia) y en las serranías de Coololo. Poto es propiedad del
señor don José María Peña, vecino de Arequipa; antes fue propiedad de la
señora Rivero de Velasco. En Poto el frío es intenso, y los peones sufren
muchísimo al trabajar en los lavaderos, causa de su escaso actual laboreo.
En las cabeceras del río Suches, también se halla el oro en sus
conglomerados o placeres, como los llaman en California.
El río Suches desde su origen hasta un punto, frente a la Hacienda de
Ninantaya (candela fría), forma la línea divisoria de los territorios del
Perú y Bolivia; de Ninantaya corre la línea recta hacia un [17] punto, a
orillas de la laguna Titicaca, al esté del pueblo peruano llamado Conima.
El frío es tan fuerte en Ninantaya, que ni el fuego caliente -de allí el
nombre del lugar.
La pampa de Umabamba se halla cubierta de tropas inmensas de alpacas,
y es muy poblado por indígenas peruanos y bolivianos, estos en muy mayor
número. En esos vastos campos, no existen ni árboles ni raquíticos (2)
arbustos; y por ese motivo los habitantes han construido sus casas del
modo siguiente: aplanado el terreno señalado para la habitación, se van
poniendo en figura circular, y con el diámetro de tres varas, adobes
cortados de la turba o champa, que cubre el terreno, y resecados al sol. A
proporción que se van poniendo las hileras de adobes, se va angostando el
ancho del círculo, hasta que a la altura de cuatro o cinco varas, sólo
queda en la punta una abertura, como de un pie de diámetro, que sirve para
que salga el humo del fogón, que se alumbra en el interior. Las casas
tienen la figura de los moldes, que se usan en las haciendas de caña para
labrar panes de azúcar. Como el frío en esos campos es tan fuerte, las
puertas son bajas y angostas, y para entrar en las casas es necesario,
casi el arrastrarse por el suelo. Los Ostiakes del Norte de la Siberia en
algunos puntos tienen casuchas de parecida semejanza.
El alpaca, una de las tres familias, en que se halla dividida la raza
del carnero o camello americanos, es un bellísimo animal; su altura de la
cabeza a los pies será como de seis pies, de los cuales cerca de la mitad
lo forma el largo pescuezo. El alpaca es de diversos colores, pero
predominan en mucho los colores negro y café oscuro; tiene ojos muy
grandes y negros, y es mansísimo. La lana o vellón de los recién nacidos
es tan suave y fina como la seda; y alguna tiene después de un año, de
crecida, el largo [18] aun de doce pulgadas. Esta lana era casi
desconocida en Europa antes de la Independencia, a pesar de su abundancia
y calidad. En el año de 1835 los señores Hegan y Ca., comerciantes
ingleses de Tacna, mandaron a Liverpool unos pocos fardos, por vía de
ensayo. En ese puerto examinó la lana Titus Salt, escocés, fabricante de
tejidos de lana; tomó muestras, y produjo en sus talleres las primeras y
bellísimas alpacas, que han servido y sirven para vestidos lujosos. Salt
hizo con su descubrimiento una enormísima fortuna; recibió de la reina
Victoria el título de Baronet, el quinto en la jerarquía de la nobleza
hereditaria de Inglaterra. Los indios de Umabamba jamás soñarían, al
trasquilar sus alpacas, que estaban trabajando para construir los
suntuosos palacios y parque de Soltaire, residencia hoy de tan opulenta
familia.
La llama y la vicuña también se hallan en esos campos: la primera en
notable número. La llama se halla repartida desde el Ecuador hasta las
Pampas argentinas -la vicuña sólo se halla, según informes recibidos, en
las Cordilleras del Perú, y más abundancia en las de Bolivia. Tropas
grandes de vicuñas existen desde las faldas del Tutupaca y Tacora hasta
Ysluga y Atacania -en esas soledades son compañeras de la Rhea o avestruz
americana.
Hacen pocos años que un clérigo Cabrera, cura de Macusani, provincia
de Carabaya, logró formar una tropa del entrocamiento de la alpaca con la
vicuña: el producto era un bellísimo animal de lana blanca muy fina. El
Congreso del Perú decretó señaladas recompensas a Cabrera, y su retrato
fue depositado en el Museo nacional de Lima.
Con la muerte del citado cura, y con la necesaria incuria de sus
herederos, se perdió la cría de tan útil animal. Guariso se llama la cría
de la llama y alpaca es tan alto como la llama, con mucha más lana, [19] pero no tan fina, como la de la alpaca. A veces el huanaco, que no es más
que la llama en estado salvaje o natural, forma cría con la llama, pero
jamás con la alpaca: el producto también se llama guariso, y es muy
difícil amansarlo y utilizarlo para la carga. El huanaco es abundante
desde el Ecuador hasta el Estrecho de Magallanes, y se encuentra en todas
las lomas de las costas del Perú. He visto huanacos en los cerros
inmediatos a Iquique y Choquemata.
El alpaca es un animal especial de Bolivia y el Perú: en ningún otro
punto del orbe se encuentra; y las pocas tropas, que contra leyes
terminantes se han conducido de contrabando a otros países han
desaparecido en limitados años. Un señor Carlos Ledger inglés, comerciante
en Tacna, venciendo mil dificultades, y después de más de dos años de
constantes esfuerzos, logró sacar una tropa de alpacas de Bolivia, y
conducirlas a Copiapó. En el puerto de Caldera las embarcó para Australia,
cuyo Gobierno le adjudicó grandes y señaladas recompensas. En Australia
lentamente desapareció la tropa de alpacas, a pesar de ser cuidadas por
indios pastores bolivianos, llevados a esas distantes regiones con ese
especial objeto. Millones sobre millones de pesos fuertes ha importado el
comercio de la lana de alpaca; en las chozas de los indios del Umabamba
deben existir enterradas inmensas sumas de numerario, pues es imposible
que esos indios, a pesar de su derroche y gastos, en especial en
aguardiente, pueden gastar las inmensas sumas que anualmente se emplean en
compra de las lanas. El punto principal hoy de ese comercio es el pueblo
de Cojata, fundado por mí en 1853, y centro hoy de grandes negociaciones
de lanas y cascarillas, extraídas de Bolivia. En 1853 Cojata era una
pequeña capilla, sin casas y sin habitantes. Centro de la Pampa de
Umabamba, y fronterizo a los valles de Pelechucos y Charasani, productores
de la cascarilla [20] de Bolivia, reunía ventajas notables para el
desarrollo de un activo comercio. Repartí los terrenos para casas entre
los vecinos de Moho, Vilquechico y Huancané, pueblos de la provincia de
este último nombre; llamé con igual objeto a algunos comerciantes de Puno
y Putina; y de una aldea abandonada, se ha formado un opulento pueblo con
grandes bodegas, almacenes y tiendas. Un clérigo Montiel dueño de una
corta hacienda inmediata, me permitió conducir de ella a Cojata, el agua
tan necesaria para su creciente número de habitantes: sírvale este
recuerdo de mi expresión de gratitud.
En esos vastos campos se hallan dos clases de zorros; uno tan grande
como el tan conocido en la costa, y uno muy chico, cuando más del tamaño
de un gato, y de un color oscuro. El zorrino (mephitis) se halla también
de dos clases: uno grande con muy poblada cola, y rayado de fajas negras y
blancas; otro poco más grande que una rata, y de color pardo oscuro. Con
frecuencia se encuentra el León o Puma, (feliz con color.) animal tan
común en todas nuestras cordilleras, y que se encuentra desde California
al Estrecho de Magallanes: creo que es el animal más vastamente
distribuido sobre la superficie del Globo. Al lado Este de la cordillera
grande, y jamás al Oeste, o en la cordillera paralela de la costa, se
halla el Yaguar, comúnmente llamado Tigre (feliz onca); es un animal muy
alevoso y sangriento, y se halla en todos los bosques de la hoya
Amazónica, y en los campos del Chaco y la Argentina. Los cascarilleros han
sido muchas veces víctimas de su voracidad; en las noches es preciso
rodearse de fogatas para libertarse de sus ataques, y en la oscuridad se
puede descubrir su paradero por el brillo de sus ojos, que parece dos
candelitas entre las ramas de los arbustos. El llamado Tigre no es más que
la Pantera; con su piel a manchas negras pues, como se sabe, el Tigre [21] verdadero es rayado. En los bosques inmediatos a Charasani, como en
nuestras costas del Norte, se halla un pequeño oso, con su piel negra y
hocico café claro, es del tamaño, cuando más de un carnero, se mantiene de
raíces.
Muy común en esos campos es el animalito conocido con el nombre de
sartinejo; es igual en todo, excepto en el color, al cuy o conejo: el
sartinejo es pardo y se cría en gran número. El Taruc, o venado, es igual
en todo al que se encuentra en las lomas y valles de la costa.
No he visto al Cóndor en esos campos; sólo abunda el Alcamara,
conocido en el Sur y aun en Chile, con el nombre de Carcar. En las
quebradas más abajo de Charasani, se halla una águila, muy grande y de
plumaje del todo blanco, no es abundante. En las mas frígidas alturas se
halla una especie de Tetra o (perdiz) anda en bandadas hasta de veinte, y
es excelente comida, como lo son también las bellísimas cornejas de dos
clases, llamados allí Putu-putu, nombre derivado de su grito lastimero.
Las familias Grus y Herodias, se hallan representadas por garzas blancas y
pardas -por el rojo flamenco- por tropas de negros Ibis, idénticos a los
que, en remotas épocas, eran objeto de adoración en Egipto. La familia
Anser se halla representada por la Guallata, que siempre se halla en
pares, y que jamas se junta en tropas como los demás gansos salvajes. La
familia Graculus se halla representada por el Suchesua, (ladrón de
Suches): es el pájaro zambullidor, que constantemente persigue el pescado
en los riachuelos y orillas de la laguna Titicaca.
Para ir de la Pampa de Umabamba a Charasani se toma una dirección al
Este. Dejando la Pampa hay que marchar como seis a siete leguas antes de
llegar a Charasani, población como de mil habitantes en 1816, época de mi
visita, con una buena iglesia. El Pueblo [22] de Curba, siete leguas,
quebrada abajo, tendrá más o menos igual población y se halla rodeada de
gran número de sembríos o chacras. Desde que se comienza a bajar la
cuesta, hacia a Charasani, se cambia por completo la vegetación del
terreno; mientras que en Umabamba y sus contornos, el terreno sólo se
halla cubierto de ichu (paja), o la húmeda yerba, especial pasto del
Alpaca, al comenzar el descenso se va gradualmente hallando nueva y mucha
más vigorosa vegetación, la que cubre los cerros de verdes y floridas
plantas. A poca distancia bajando se hallan arbustos, y muy luego
frondosos árboles. Desde la punta de la cuesta comienza a correr a la
izquierda un riachuelo, el que unido a otros luego forma ya un río al
llegar a Charasani. Y más bajo ese río se une al Camata; este al Mapiri,
este al Beni, este al Mamoré, este al Madera, y este al fin, al absorbente
Amazonas. A ambos lados del camino, y creciendo con vigorosa abundancia,
se halla una planta llamada Muña; se parece al orégano, pero tiene un olor
muy fuerte, parecido al alcanfor, lo visan para destruir la polilla de la
ropa en esos húmedos valles. En Charasani crece abundantemente la papa de
la mejor calidad, y gran tamaño, el maíz, la alfalfa; son abundantes las
manzanas, guindas y frutillas. En Curba crecen la palta, chirimoya,
plátano y todas las frutas tropicales.
Todos los indios de Curba son conocidos, por todo el territorio que
frecuentan, desde Buenos Aires, Brasil y Chile, hasta Bogotá, con el
nombre de calaguayas. De los árboles de sus serranías y quebradas, de las
yerbas de sus campos y praderas, recogen plantas, semillas, gomas y
resinas, que preparadas a su modo son conducidas a todas las poblaciones
de la América del Sur, y vendidas en esos crédulos mercados, como panaceas
para toda clase de dolencia y enfermedades. El incienso, que tanto se usa
[23] en nuestros templos, es la resina del Huaturu, árbol del tamaño de un
manzano, con carnosa hoja, y semilla del tamaño de una nuez, y figura de
una granada. La hoja es dos pulgadas más o menos de largo y ancho;
indentada alrededor, y con un filete rosado. Esta hoja tiene la
particularidad, que con el alfiler se raya y escribe lo que se quiera, y
al momento lo rayado o escrito queda estampado con color rosado; en esos
puntos muchas veces, a falta de papel, se ha usado la hoja del Huaturu
para comunicar noticias, o hacer pedidos.
Hacen pocos días, que algunos calaguayas transitaban por las calles
de Lima, vestidos con camisolas rojas y verdes, sus colores favoritos, con
sus mantas argentinas, amarradas a las cinturas; sus pantalones largos, y
calzoncillos de tocuyo. Todos son cristianos y por lo general ostentan
sobre su pecho grandes cruces de plata, y sendos rosarios; son muy
religiosos, pero no permiten que el cura de Charasani, que lo es de su
parroquia, duerma en su pueblo. Así a lo menos me lo aseguró el cura
Medina en Noviembre de 1846, durante mi permanencia en esa retirada
población.
Los calaguayas son sobrios, raro es el indio de esos que se entrega a
la embriaguez, casi todos los de esa raza son gente robusta, esbelta y
bien formada; y distintos de otros indios, hay muchos que tienen escasa
barba. Viajan a pie por todas partes de la América del Sur, con unos
cuantos burros o millas, sobre los que cargan sus boticas y escaso
equipaje. Caminan por las desoladas cordilleras del Perú, Bolivia y Chile
sin guía y sin brújula. Jamás andan solos, sino en comparsas de ocho o
diez personas. Todos los caminos de las cordilleras les son conocidos; y
ellos sólo poseen los secretos de aquellos caminos, por donde transitó
Almagro a la conquista de Chile, ellos sólo conocen las aguadas de las
cordilleras [24] los puntos de descanso convenientes. El maíz tostado, el
chuño, (papa helada) la chalona (carnero helado), la coca forman su
alimento, en esas rígidas y desiertas regiones. ¡¡La coca!! maravillosa
yerba, que da fuerza, vigor, resistencia al peón de la mina, al chasque,
al hambriento. Cuando llegó a Puno la noticia de la muerte de don Juan
Sans de Santo Domingo, mandé un propio a Tacna al señor don José María
Valle -ese propio se llamaba Alejo Vilca, e hizo la distancia de 84 leguas
en 62 horas con un poco de maíz y coca- ni a caballo casi se podría hacer
marcha igual, en atención a ser casi toda la distancia de brava y desierta
cordillera.
¿Son de la misma raza y familia los robustos, activos, sobrios e
inteligentes indios calaguayos, con los desidiosos, descuidados, sucios y
borrachos indios de la Pampa de Umabamba? ¿Los indios calaguayas, algunos
barbudos, tan laboriosos son de la misma descendencia, que los indios
recelosos, flojos y desconfiados de las altiplanicies del Perú y Bolivia?
A mí no me es dado afirmar o negar la relación. Para resolver esta
cuestión, se necesitaba más descanso y estudio, que el que podría conceder
un pasajero cascarillero, que en esas marchas entonces sólo buscaba
ventajas y resultados comerciales.
Al bajar de Umabamba a Charasani, se encuentran a ambos lados del
camino, Cromlechs, sepulcros antiguos de una notable construcción: cada
sepulcro es formado por cuatro hojas o láminas grandes de pizarra, cada
hoja es del alto de cuatro a cinco pies, sin contar la parte que se halla
enterrada, del ancho de cuatro a cinco pies, y del grueso de más de una
pulgada. Las cuatro hojas están perfectamente labradas y unidas en las
esquinas del cuadrado, que forman en figura de un grande y parado cajón.
Sobre las cuatro hojas se halla extendida como techo, otra hoja de
pizarra; y sobre esta última han cargado varias [25] hileras de arcilla y
piedra bruta, hasta la altura de tres o cuatro pies. Sabido es que cuando
los españoles verificaron la conquista del Perú, los naturales sólo usaban
como herramientas las que fabricaban del Chumpi, metal compuesto de cobre
y estaño y muy semejante al bronce. ¿Con esa clase de herramientas
pudieron cortar y labrar esas grandes hojas de pizarra, para construir los
sepulcros de sus notables caciques o príncipes?
¿Son acaso esos sepulcros hechos por las mismas superiores
inteligencias, que fabricaron los notables templos y edificios de
Tiaguanaco? Las actuales generaciones o habitantes de Umabamba o
Charasani, no podrían absolutamente cortar láminas de pizarra iguales a
las usadas en esos sepulcros, a pesar de poseer ya herramientas, muy
superiores a las de sus antepasados, al tiempo de la conquista.
Lima, Junio 28 de 1883. [26]

Una momia muy antigua
Varias veces me ha indicado usted sus deseos de tener una relación
del hombre cuyo cadáver se encontró en la provincia de Tarapacá, y en la
Calichera y Salitrera de la Victoria, propiedad entonces de los señores
Soruccos; voy a dar a usted los detalles, según me han sido comunicados.
El último puerto, que existe al Norte de la provincia de Tarapacá, es
Pisagua. Más al Norte sólo existen las dos caletas de Huaina Pisagua y
Camarones; pero son tan insignificantes, y de tan mal fondeadero que jamás
han desembarcado por ellas, ni carga ni pasajeros. Huaina Pisagua era una
población de los antiguos indios chongos, que han existido en toda esa
parte de la costa, desde antes de la conquista; hoy no existe en esa
caleta un solo habitante, y sólo quedan los restos de sus miserables
casuchas, y un pozo de agua potable, obra de la antigüedad. Huaina Pisagua
se halla en la embocadura de la quebrada de Camiña, también llamada
Carhuiza, que desciende desde los altos del Volcán de Isluga, que se halla
en constante y actual actividad. Unas veinte y [27] tantas leguas, arriba
de Huaina Pisagua, se le une, a la quebrada de Camiña, la de Tiliviche, al
lado izquierdo: esta quebrada también baja de las alturas inmediatas al
Volcán de Isluga, y es conocida por el nombre de Berenguela, en su parte
superior, por ser el de un plueblecito llamado así, existente en esas
alturas.
Pisagua es población, como usted sabe, moderna: la elaboración del
Salitre le ha dado en pocos años existencia; el ferrocarril emprendido por
los señores Montero le ha dado prosperidad.
Pisagua es una población que existe en dos trozos; una parte
fabricada al pie del cerro, y a orillas del mar; otra en la altura de ese
cerro. Saliendo de Pisagua, por el ferrocarril, se van encontrando las
oficinas salitreras siguientes: San Roberto, Gaspampa, Malpaso, Zavala,
Zambrano, Aranibar, Bermudes, San Antonio, Asturrizaga, Zapiga, Rosario,
Sacramento, San Lorenzo, (distinto de otro en el Sur de la provincia), San
Juan, Dolores, Aguada. Del frente de este último punto se separa un ramal
del ferrocarril hacia la derecha. Este ramal va a la oficina llamada Santa
Rita, y adelante de esta se abra ese ramal en tres ramales: uno va a la
oficina La Victoria, otro a la oficina Palacio, y otro a las oficinas
Carolina y California. Entre las oficinas enumeradas, encontrará usted la
oficina conocida con el nombre de la Victoria, que es donde se halló la
Momia objeto de este artículo.
Gran novedad causó en ciertos círculos el hallazgo, en 1874, del
hombre sepultado bajo la costra, allí llamada de la oficina Victoria, en
esa parte de la provincia de Tarapacá, conocida con el nombre de Sal de
Obispo. Para mí, era un descubrimiento de la más grande importancia,
aficionado a estudios de esa clase. Inmediatamente me puse en contacto con
el señor don Santiago Ugarte, administrador [28] de la oficina Victoria, y
le dirigí una carta interrogatoria, cuya contestación va enseguida.
Datos respecto al esqueleto encontrado en el establecimiento Victoria.
1.º Sitio donde fue encontrado. -En una ladera, que forma la serranía
de los terrenos salitreros, hacia el lado poniente, en una pequeña hoyada,
que forma el terreno; a la profundidad de una vara más que menos.
2.º Motivo del hallazgo. -Habiendo practicado un pequeño tiro
(desboque) hecho con motivo del trabajo de calicheras el año 74, fue que
se verificó el hallazgo.
3.º Naturaleza o calidad del terreno. -De la superficie hacia abajo,
tres cuartas (más o menos) son de la tierra que se denomina en estos
lugares chuca (3); en el sitio donde se encontró precisamente el esqueleto
o momia, existe una cuarta de arena más o menos fina; y este se encontró
medianamente cubierto de piedras informes de tamaño regular, restos de su
casucha.
4.º Descripción del mismo. -El esqueleto, es innegable que es hombre;
su tamaño se conoce que fue de un individuo más que mediano, pues, sus
principales huesos son del siguiente tamaño: el fémur tiene 43
centímetros, la tibia 38 centímetros, y el húmero 33 centímetros [29] -La cabeza o cráneo, es la parte más singular y digno de estudiarse;
es de forma conoidea: de las tres regiones en que se considera dividida,
sólo la región moral o superior, es la que está desarrollada
extraordinariamente; las regiones intelectual y animal, deprimidas, el
ángulo facial, obtuso.
En la actitud de la boca, se le observa una circunstancia o expresión
bastante curiosa; parece que este infeliz hubiese espirado víctima de
alguna muy grande desgracia, como ahogado; tiene la lengua entre los
dientes, y estos muy apretados.
La posición que conserva, es la de una persona que duerme o descansa
sobre su mano derecha.
Al tiempo de encontrarlo, tenía cubierta la cabeza de un gorro
pequeño de paja y un sombrero amarillo del mismo material, de tejido
tosco, y con un mechón de plumas de ave en el medio.
Es evidente que este individuo no usaba más abrigo que el antiguo y
proverbial ropaje de plumas ceñido a la cintura, cuyo principal objeto es
de todos conocido.
También es innegable que este fue pescador; se le ha encontrado junto
a sus restos, lo siguiente: dos anzuelos curiosísimos; son hechos de
espinas tan curiosamente dispuestas, que admira, verdaderamente el medio
ingenioso de que se valió el constructor para haberlas doblado en el modo
y forma de los conocidos en el día. Un cordel finamente torcido, de
algodón y un poco de algodón natural; lo que indica que el mismo individuo
sabía hilar esta sustancia con verdadero primor: todo guardado en una
bolsa pequeña bastante bien tejida.
Todos los útiles de que se hace referencia en esta ligera narración,
existen en este establecimiento.
Victoria, abril 22 de 1876.
Santiago Ugarte [30] Por el anterior informe se impondrá usted, que el hombre fue hallado
debajo de la chuca, materia al parecer volcánica, que en más o menos
grosor se halla cubriendo la superficie de nuestra costa, desde el valle
de Camaná hasta el Loa. En el territorio de Camaná a Islay se halla al
parecer sobrepuesta, y su color blanquizco es muy notable. Mas al sur, la
costra o chuca se halla cubierta de tierra o arena en más o menos
profundidad. En Tacna se emplea como piedra de cantería, con poco buen
resultado por su blandura. De Arica a Camarones cubre todo el territorio,
en más o menos espesor. De Camarones al Sur cubre todo el territorio de la
provincia, excepto en partes del Sur, en todas las partes allanadas, con
la singularidad que algunos puntos como la pampa de la Noria al Soronal,
se encuentran dos capas de chuca: una, casi petrificada, debajo de la cual
se encuentra, el caliche, o base de la materia salitrera, y del grueso
desde una vara hasta tres y cuarto; la otra, más delgada, en muchos puntos
de cuatro a cinco pulgadas, sobrepuesta a una gran cantidad de arena, que
cubre siempre la primera costra o chuca.
Aquí vienen las preguntas importantes siguientes:
1.ª ¿Qué clase de territorio es el de la provincia de Turapacá, que
produce tanto salitre, yodo, borax, etc.?
2.ª ¿Qué clase de sustancias son el caliche, que se elabora para
producir el salitre, yodo, etc.?
3.ª ¿Qué clase de sustancia es la costra o chuca, de qué materiales
se compone -cómo ha venido a derramarse sobre tan vastos territorios- de
dónde ha provenido?
4.ª ¿Hay, en el Perú, algún territorio que tenga alguna analogía o
semejanza al territorio de Tarapacá?
Sin pretender tener conocimientos medianamente profundos en las
ciencias, voy a dar a usted el fruto [31] de mis propias investigaciones e
impresiones, tal cual las he verificado, tal cual las he experimentado.
Del grado 19 al grado 23 Sur, se extiende un vasto territorio,
limitado al Este por la cordillera de los de los Andes; al Oeste por el
Océano Pacífico. En esta larga extensión de territorio no se encuentran
sino dos ríos que llevan al Océano su pequeñísimo caudal de agua: el río
de Camarones y el Loa. El primero tiene sus vertientes en la cordillera,
de Chulluncani, y en las faldas del volcán Mama-Huta. El segundo tiene sus
vertientes principales al otro lado de los Andes, en las faldas del volcán
Miño, corre del Norte al Sur por más de un grado de latitud, rompe la gran
cadena de los Andes entre Chiuchiu y Calama, y desemboca al mar en casi la
medianía de los grados 21 y 22: el Loa es el único río que yo conozco que
ha roto la gran cadena de los Andes. Del Loa al Norte, pues, se extiende
la provincia de Tarapacá, formando su límite Norte ese río de Camarones,
que corre por una honda quebrada, y entra al mar un poco al Sur del grado
19.
En toda la costa de Tarapacá no se hallan campos o pampas inmediatas
al mar: en toda ella casi el territorio forma cerros hasta la misma playa;
por esta razón los tres ferrocarriles de Pisagua, Iquique y Patillos han
tenido que hacer grandes zigzag o vueltas, para llegar a las alturas de
Pisagua, Molle y las Higueras.
A la distancia, más o menos, de tres a cuatro leguas de las orillas
del mar se hallan algunos cerros elevados, como los de Huantajaya, Santa
Rosa, Oyarvide, etc.; más adentro se hallan algunos llanos; luego se
hallan cerros de cierta altura, como los de la Novia; y luego los grandes
o inmensos llanos conocidos con el nombre de la Pampa del Tamarugal. Un
examen y estudio detenido de estos llanos del Tamarugal, hacen concebir la
idea, que un tiempo muy [32] remoto, esos llanos eran un brazo de mar, que
separaba todos los terrenos al Oeste de la línea de la cordillera de los
Andes -que ese brazo del mar, sea por las grandes cantidades de tierra y
piedras que las torrentosas lluvias arrastraron de las alturas de los
Andes a su seno, o sea por levantamientos de todo ese territorio, lo que
es más probable, se secó y se cubrió, en épocas muy posteriores, de aguas
y lagunas creadas por los ríos que bajaban de los Andes, y cuyos cauces
existen a la vista, como imperecederos monumentos de edades y hechos muy
lejanos. En épocas posteriores esos llanos formaban grandes bosques, cuyos
restos se encuentran en La Tirana -en San Juan de la Soledad, etc.- cuyos
petrificados o carbonizados troncos se hallan debajo de espesas capas de
arena, en esos dilatados campos. ¡Qué cambio tan espantoso! Donde antes se
veían verdes campos, cubiertos de grandes y abundantes arboledas -animados
de seres dotados de vida, hoy no se contemplan sino inmensos y áridos
desiertos, cubiertos de oscuras y ardientes arenas.
El territorio que se extiende de la Pampa del Tamarugal a orillas del
mar, ha sido en diferentes épocas objeto de inmensas y trascendentales
conmociones volcánicas.
En las inmediaciones de Pabellón de Pica, se notan señales que
demuestran que en cinco ocasiones por lo menos, ha sido sumergido todo ese
vasto territorio debajo de las aguas del mar. En poder del señor Croharé,
francés, vecino de Iquique, he visto conchas de verdaderas ostras,
arrancadas a las rocas de los altos de Huantajaya, y a una altura de tres
mil pies sobre el actual nivel del mar. Yo mismo tengo en mi poder conchas
marítimas, creo que son de la familia cardium, sacadas de esas alturas. En
las inmediaciones de la estación de San Juan, ferrocarril de Iquique a la
Novia, al romper la piedra arenisca, [33] para formar el terraplén, se
encontró embebida en la roca una corbina petrificada, que fue llevada a
Berlín según informes. En poder de usted mismo existe un pajarito que se
encontró en la oficina San Pablo, debajo de la costra, que tenía allí más
de unan vara de grueso, echado sobre su nido con dos huevecitos
petrificados: ese pajarito de la familia penguinus, no ha podido existir
allí si no hubiese sido la hoyada de San Pablo, en donde se encontró una
antigua laguna. En las oficinas Yungay, Santa Laura, etc., al Norte de la
Noria, se han encontrado grandes cantidades de pájaros muertos, debajo de
esa costra, que parece que repentinamente hubiera derramádose sobre esos
campos y sobre esos animales, sin darles tiempo de salvarse.
En la Oficina Soledad, dos leguas al sur de la Noria, y que corría a
mi cargo, al abrir un camino carretero, por la falda de una loma, que
domina la Oficina, encontré cantidad de huesos de pajaritos palmípedos,
que demostraban la existencia de lagunas de agua en esas hoyadas. En la
parte sur de esa provincia, en las Oficinas Ángeles y Esperanza, etc., no
se halla la chuca o costra cubriendo el terreno; allí está el caliche a la
superficie, o cubierto de cantidad de arena y tierra. En esta parte del
territorio las lagunas han existido en gran número: hoy no, existe una
sola con agua; y, sus fondos resecados se hallan cubiertos de capas de
sal, más o menos gruesas.
Es innegable que en un tiempo muy remoto ha llovido, con más o menos
intensidad, en esa parte del Continente. Lo demuestran claramente la gran
cantidad de cauces de ríos, que se encuentran sobre su superficie: lo
comprueban el gran número de lagunas de agua, cuyos linderos y profundidad
se hallan plenamente demarcados, y que se encuentran a cada paso. Saliendo
por el ferrocarril de Iquique a [34] la estación de Molle, se encuentra a
la derecha un inmenso Médano de arena; ese Médano cubre el cauce de un
río, que ha bajado de los altos de Huantajaya y ha desembocado al mar una
milla antes de la caleta de Molle. Todo el cerro, desde la caleta al alto,
se halla cubierto con el barro arrastrado por las aguas de esa laguna. La
población de la Noria se halla situada al fondo de una laguna antigua: un
resto muy pequeño de esa laguna se halla al voltear el cerro de la Oficina
Sebastopol, y a inmediaciones de la Oficina La Católica, del señor
Bacigalupi. La misma caleta de Molle tiene ese nombre por los molles
(Schinus) que allí crecían a inmediaciones de las vertientes de agua
dulce, que brotaban en ese punto: vertientes que abastecían de agua a la
población de pescadores gentílicos, que vivían en las casas, que se hallan
en el mismo alto y cuyos sepulcros, muchos llenos de curiosísimas obras de
alfarería, se hallan a cada paso.
Ya he dicho que las pampas del Tamarugal han sido inmensos campos,
cubiertos de árboles y vegetación. Repito que esta aserción está fundada
sobre los grandes bosques de Tamarrugo, que aún existen, y sobre la gran
cantidad de árboles que se encuentran sepultados debajo de capas, más o
menos espesas de arena.
En un canchón existente en la Pampa del Tamarugal, perteneciente al
señor Lecaros, vecino de Pica, se encontraron los huesos de un animal de
grandes dimensiones. Canchón, en lenguaje local significa un terreno de
más o menos extensión, que en la Pampa ha sido limpiado de la costra
salina o gredosa que lo cubría, y sometido a ciertos trabajos agrícolas;
el canchón a que me refiero del señor don Domingo Lecaros, se halla en el
Cantón llamado Cuminalla, y sobre el camino recto de la Noria a Pica. Esos
huesos en parte, fueron extraídos de la costra o chuca, [35] en que se
hallaban embutidos, y me los traje a esta ciudad. De aquí han sido
remitidos al Museo de Berlín por el conducto del señor Sokoloski, sin que
hasta la fecha sepa el resultado de su clasificación. Los demás restos del
animal han quedado en el mismo sitio en que se hallaron, por no haberme
permitido los sucesos políticos dar paso alguno, para su debida
extracción. Este gran animal no era el único, cuyos restos nos dan a
conocer la existencia en esos vastos campos, de otros animales de familias
no descritas y desconocidas. En un punto llamado la Rinconada, en el mismo
camino de la Noria a Pica, ha existido una población y oficinas de
beneficiar metales de plata de Huantajaya y Santa Rosa: hoy su Iglesia y
casas se hallan derrumbadas, sus pozos de agua cegados y sus calles
desiertas, no existe un solo habitante. Como a las dos leguas adelante, y
hacia la derecha existe un lugarcito llamado Cabrería, y allí existe unos
cuantos pastores de cabras, que mantienen éstas con alguna grama, que allí
se produce, y las vainillas del Tamarrugo. En este punto de la Cabrería se
han encontrado muchos huesos de grandes animales; algunos pasaron a poder
del doctor Zapater Juez de 1ª Instancia de Tarapacá, hace algún tiempo;
otros huesos aún han quedado sepultados en esas inmediaciones. ¿No será
posible encontrar un verdadero amante de las ciencias, que proceda a hacer
escarbar, en los puntos que indico, esas osamentas, y dé al público el
resultado de sus investigaciones? El señor don Domingo Lecaros se halla
actualmente en Pica, y varias veces me ha dicho que tendría la mayor
satisfacción en coadyuvar a esas excavaciones y esclarecimientos.
Como ocho leguas al Sur de la Noria, existe el Soronal, que son
restos de una antigua laguna, donde se halla alguna grama, y una diminuta
chilca (Baccarts Fevillei). El agua es algo salobre, pero la toman [36] especialmente los ganados, que arriados de la República Argentina, cruzan
desde Calama a la Noria, esos desolados campos.
En los mismos altos de Iquique, en las faldas del cerro Oyarvide, en
las alturas de Choquemata, crecen algunas yerbas en los meses de Mayo a
Octubre, producidas por las constantes neblinas, allí llamadas
camanchacas, que humedecen de noche de un modo muy notable esos terrenos.
En esos campos no escasea el Huanaco perseguido muchas veces por vecinos
extranjeros de Iquique. En las cumbres de Choquemata han sido labradas las
superficies de algunas rocas areniscas, en figuras de estanques, donde se
depositan las aguas de esos copiosos rocíos de que he hablado. ¿Por quién,
y cuándo se hicieron esas obras? Este misterio es hoy impenetrable.
Marchando con el ingeniero Arancibia de la Oficina de San Pablo a la
de Santa Ana, nos fue preciso subir la altura, que separa las dos hoyadas,
en las que se hallan situadas esas oficinas. Al llegar a la cumbre, hice
notar al señor Arancibia, que toda esa altura se hallaba cubierta de
grandes trozos de conglomerado, arrastrado por corrientes de agua, y
algunos con pedazos de madera embutidos. ¿Cuándo han sido arrastrados esos
conglomerados? ¿De dónde han podido provenir esas corrientes grandes de
agua?
¿Cómo han podido llegar a esas alturas, esas enormes masas de
conglomerados, mezclados con trozos de leña? Trataremos de dilucidar esto.
He dejado correr demasiado la pluma: el asunto a mi juicio, es de
alguna importancia, y suplico a usted me preste su atención, para los
artículos siguientes, en que trataré de seguir dando a usted, como he
dicho, el resultado de mis investigaciones y de mis impresiones.
En mi primer artículo, aunque a la ligera he querido dar a usted una
descripción de lo que he examinado [37] en la provincia de Tarapacá,
respecto a su territorio, comprendido dentro de los límites de la Pampa
del Tamarugal, y las orillas del mar; que es el terreno en el cual, como
usted sabe se hallan los depósitos de nitrato, etc. El resto del
territorio de esa provincia, es formado por valles, más o menos anchos, de
mayor o menor extensión, que penetran en la masa de cerros de la
Cordillera, y que producen papas, alfalfa etc., en limitadas cantidades.
Sólo los valles de Pica y Matilla merecen especial descripción por sus
valiosos viñedos. De ellos he hecho una especial publicación hace ocho
años, y quizás la repita, por ser de alguna utilidad.
En mi artículo anterior, la 2.ª pregunta que me hacía era: ¿Qué clase
de sustancia es el Caliche, que se elabora para producir el salitre, yodo
etc?
En la provincia de Tarapacá, el Caliche, o sea la materia prima del
Salitre, se encuentra desde la distancia de la orilla del Mar, en Sal de
Obispo, cerca de Pisagua, a las cinco leguas más o menos; y sus depósitos
oblicuan hacia el Este, hasta Zambrano; de este último punto se dirigen
casi directamente al Sur, hasta San Lorenzo y San Juan de la Soledad, como
7 leguas al Sur de la Noria. Desde San Juan al Sur, deja de existir el
Caliche, pero no se ha explotado; y solamente en la latitud de Patillos se
hallan los inmensos depósitos de Los Ángeles y de la Esperanza, en que se
halla el Caliche casi a la superficie, y sin estar cubiertos de la costra
endurecida, que existe en todos los depósitos del Norte. ¡En la Esperanza,
el Caliche es una masa compacta, y he visto parte de él del grueso o
profundidad de tres varas! Creación natural la más maravillosa. Más al Sur
debe igualmente existir depósitos de Caliche, pero yo no tengo
conocimiento de su existencia sino a orillas del Loa y en el punto llamado
el Toco, grado 22º, donde existe en gran cantidad. El Salitre, o sea
nitrato [38] de soda, existe en el territorio de Antafagasta, pero no en
caliche, tal cual se ve en Tarapacá, sino mezclado en grandes masas de
barro, más o menos humedecido, y en los puntos conocidos allí con el
nombre de Salinas.
Muy diversas opiniones, como usted sabe, han emitido los sabios
respecto al modo como se ha formado el Caliche sea el trato de Soda en
Tarapacá. Algunos han creído y sostenido, que el Caliche proviene de
inmensos depósitos de algas marinas, creadas allí cuando esos terrenos se
han hallado sumergidos bajo el nivel del Mar. Otros han sostenido que el
Caliche es originado por filtraciones de los depósitos de huano, que
contiene ácido nítrico, como si de Pabellón de Pica, que es donde existen
las grandes huaneras, a orillas del Mar, pudieran filtrarse ácidos
nítricos en bastante cantidad para formar, a la distancia de ocho o diez
leguas al interior, los grandes bancos de Caliche existentes en las
Salitreras. Otros han creído ser el Caliche, de origen volcánico. He
notado que en las oficinas del Norte, los depósitos de Caliche se hallan
verificados en hoyadas, es decir, en puntos denominados por alturas de
alguna magnitud: en otras como las que se hallan a orillas de la Pampa del
Tamarugal, como Peña Grande, Palma, Calacala, etc., se hallan, puede
decirse, en campos llanos; otras, como las de la Noria, Santa Laura, San
Juan de Gildemeister, la Soledad, en hoyadas más profundas que las del
Norte; y otras, como los Ángeles y Esperanza en pampa rasa, sin ninguna
proximidad de altura. Las circunstancias de hallarse completamente
comprobado por las interpeladas capas de huano y conchas y arena en
Pavellón de Pica, etc., el hecho de haber sido ese terreno sumergido
varias veces debajo de las orillas del mar, de que en todas esas costas el
sargaso (alga) crece en tan gran cantidad y es la planta que contiene
yodo, me ha hecho creer que [39] el Caliche es la descomposición del
sargaso, con mezcla de sales marítimas, sustancias volcánicas depositadas
en las alturas, y filtradas a las hoyadas, en el curso de miles de años,
por las aguas, producidas por abundantes camanchacas, como allí se llaman
las grandes garúas que constantemente cubren esos campos.
Recuerdo que hacen muchos años vi a inmediaciones de la ciudad de
Glasgow, Escocia, una fábrica para elaborar el Yodo, sustancia que en esa
época era considerada como oro en polvo. Todo el material casi que allí se
beneficiaba para conseguir el Yodo, eran grandes bultos de algas secas,
conducidas del Norte de Irlanda. Este hecho, y el de existir en tan
notables cantidades el Yodo, en el Caliche, me han hecho creer, que el
Caliche en gran parte ha sido producido por depósitos de sargaso, sin que
pueda pretender que mi opinión pueda servir de base para un convencimiento
final sobre el particular.
El caliche, que yo he visto en Tarapacá es enteramente blanco, como
el de Ángeles y Esperanza -es blanco con grandes manchas amarillentas y
aun anaranjadas, como los de Soledad, San Juan, etc.; tiene puntas negras
moradas, como los de Santa Laura, Limeña, etc. Estas descripciones no
excluyen la existencia, en el caliche de todas las oficinas, de colores
más o menos pronunciados como los que he indicado.
Desde el tiempo del coloniaje se beneficiaba el caliche con el objeto
de emplear su producto en la fabricación de pólvora. En esos tiempos el
caliche se molía a la mano en un batán de piedra: se hervía en una paila
de cobre, de las fabricadas a martillazos en Oruro, y los productos eran
conducidos, a lomo de mula, a los diferentes mercados o asientos
minerales, donde casi exclusivamente se empleaba dicha pólvora, pues
nuestros antepasados aún no habían [40] llegado a esa altura de progreso,
que hace emplear la pólvora para matarse mutuamente.
En esos tiempos de absoluto ignorantismo, nuestros padres no tenían
ni Constitución ni Congresos; y sin embargo eran tan atrasados que vivían
contentos y dichosos, sin garantías escritas entonces, pero jamás ahora
observadas; en esos tiempos en que con dos alguaciles, se hacía mejor el
servicio de seguridad pública, que lo que lo hacen hoy tantísimos
gendarmes, sanguijuelas de las entradas nacionales; en esos tiempos, en
fin, en que sin duda alguna el grito de Independencia nacional hubiera
hecho cesar todas las disensiones internas de nuestros pueblos; hubiera
acallado las desordenadas ambiciones de nuestros pretendidos grandes
hombres, y hubiera impulsado a todos para reunir todos sus esfuerzos,
todo, todo su conato para sacudir la cadena del oprobio; en esos tiempos
todos eran felices, todos hoy... Las opulentas minas del Potosí, las no
menos ricas, pero no tan afamadas de Lipes, eran las que consumían en casi
su totalidad, los productos salitreros de Tarapacá. Por los años de 1825 y
1826 vivía en Tacna un joven comerciante francés don Héctor Bacque: en sus
viajes a Tarapacá reconoció las salitreras. La guerra dilatada de la
Independencia había suspendido, o arruinado los trabajos de los asientos
minerales -igual suerte corrían las labores de las salitreras de la Noria.
En medio de esas ruinas, Bacque descubrió grandes riquezas para el
porvenir, y estableció trabajos en la Noria, que hoy serían considerados
ridículos. El nombre de Bacque es hoy olvidado en la provincia ¿quién sabe
allí que Bacque fue el restaurador de la industria salitrera, el que llevó
muestras e hizo conocer en Europa esos portentosos depósitos? Como tantos
otros descubridores, como tantos bienhechores de la humanidad, su nombre
se ha olvidado; sus huesos se hallan sepultados en Arica, ¡sin [41] una
lápida humilde que lo recuerde! Tras de Bacque vinieron los Zavalas, los
Smith, los Gildemeister, etc. La industria salitrera tomó tal incremento
que se han exportado de Tarapacá hasta ocho millones de quintales, en un
solo año. Esa gran industria ha servido de pasto a la hambruna de nuestros
gobiernos: ¡ella ha traído sobre la Patria, la desolación, la ruina, el
exterminio!
La Noria, donde había agua en abundancia, sirvió de centro para
nuevos descubrimientos salitreros. En todas direcciones se irradiaron las
exploraciones, y luego fueron reconocidos los ricos depósitos de Sal de
Obispo, etc. al Norte; los del centro, como Argentina etc.; los del Sur,
como Ángeles y Esperanza. La casi totalidad de los cateadores eran peones
chilenos, fuertes y vigorosos, acostumbrados a pasar los desiertos de
Chañarcillo, etc. Estos cateadores arrastraban los peligros y penalidades,
la muerte misma, con estoica indiferencia.
Yo los he encontrado en esos desiertos, con dos barrilitos de agua,
el charqui y tortas al rescoldo por todo alimento, siempre alegres,
siempre contentos. Descubierto un rico depósito, han vendido generalmente
los cateadores, por ínfimas sumas, lo que han producido a los compradores
inmensas riquezas. Antes no escaseaban en esos vastos desiertos, los
esqueletos de cateadores, víctimas quizás de un crimen, de una reyerta,
quizás del hambre y de la sed.
Puede asegurarse, que ni uno solo de esos cateadores ha vivido con
comodidades; todos han muerto en la miseria; entre tanto, con su trabajo y
audacia han formado las inmensas fortunas de muchísimos pudientes, que han
olvidado por completo los nombres de los descubridores de los veneros de
esas riquezas, de que tanto gozan. La ciega fortuna a unos llena de
riquezas y esplendores a otros los tiene siempre sumidos en la desgracia y
miseria. [42] Descubierto un terreno con caliche, en cantidad considerada como
suficiente, el primer trabajo era conseguir agua para los usos de la
oficina. En todos los alrededores de la Noria, y en las oficinas
inmediatas a las Pampas del Tamarugal, el agua se ha hallado muy inmediata
a la superficie de la tierra. En la Noria se ha hallado el agua a tres
varas de profundidad; en Calacala y San Pablo, inmediatas a la Pampa del
Tamarugal, el agua se ha hallado a doce y quince varas de profundidad. En
San Agustín, el pozo tiene 136 varas de profundidad; en San Juan, tiene
como 80 varas.
He visto a los señores Osvaldo y Gustavo Pflucker labrar el pozo de
Santa Ana, y también al señor Vetter el de San Juan, y anotaré los puntos
siguientes.
Rota la costra que cubre, como he dicho, casi todos los terrenos del
Norte y centro, y que en Santa Ana y San Juan tiene un espesor de cinco a
siete pies, se encontraron capas de tierra vegetal color de ladrillo
subido; enseguida, arenas con restos marinos, piedras redondeadas, es
decir, arrastradas por corrientes de agua, y aun rocas con depósitos de
sal común. Desde las sesenta varas se ha comenzado a hallar humedad, y
luego las aguas filtradas han sido ya en tanta abundancia, que ha sido
preciso armar un torno para extraerlas. En un pozo inmediato al de San
Juan, de la pertenencia de don Juan Diles (apodo), de Hidalgo, al romper
una roca arenisca, que entorpecía el trabajo, sobrevino un torrente de
agua tan fuerte, que con dificultad pudieron los peones escaparse de ser
ahogados. Formado el pozo, se procedía a establecer la oficina, y a
fabricar la casa y almacenes, con trozos de chuca cuadrados, unidos con
barro, como si fuesen trozos de piedra de cantería.
Todos los establecimientos para elaborar salitres en alguna notable
cantidad, tienen poderosas máquinas [43] de vapor, con las cuales sacan el
agua de los pozos, más o menos profundos, según he indicado, trituran el
caliche en pedazos de tamaño corriente, para entrar a los cachuchos, y ser
allí beneficiados con el mismo vapor, para elevar las aguas viejas, que
serán objeto de posterior explicación, a las alturas convenientes, para
que sirvan a los nuevos beneficios, etc., etc.
En algunas oficinas pequeñas no existen máquinas de vapor, porque su
plantificación demandaría grandes desembolsos. En esas pequeñas oficinas
se emplea el sistema llamado de paradas; y se dice que tal oficina tiene
tantas paradas, cuantos fondos tiene de fierro para hacer hervir el
caliche, y elaborar el salitre en la forma que después explicaré.
Existe en la gran mayoría de los habitantes de Tarapaca, la idea de
que las aguas que en más o menos cantidad, y a diversas profundidades, que
se hallan en el territorio de la Provincia, provienen de las aguas del Río
Desaguadero, y como usted sabe, este río tiene su origen en la Laguna
Titicaca; y al lado Sur o extremo de la más pequeña de las tres lagunas,
que forman un total llamado Titicaca. De allí corre con dirección Sur
Este, hasta vaciar sus aguas en la Laguna llamada Poopo y también el
Choro, en cuyo centro existe la Isla, conocida con el nombre de Pansa. En
las inmediaciones de la población llamada Pampa Aullagas, situada a
orillas de la Laguna Poopo, pasan las aguas, debajo de un puente natural
de gran extensión de largo, y vuelven a salir a la superficie en las
inmediaciones del pueblecito llamado Lusí; de allí corren las aguas rumbo
Oeste, hasta perderse en la lagunita llamada Copaiza; y allí se ve que
todas las aguas se sumergen en la tierra, para no salir más a la
superficie. La circunstancia, pues, de ser todo el territorio alrededor de
Poopo y Copaiza, esencialmente salino y salitroso, y de perderse [44] una
cantidad considerable de aguas en esos puntos, ha hecho concebir esa idea,
a mi juicio, completamente errónea o infundada. Yo creo que las aguas de
la Pampa del Tamarugal, y que en tanta abundancia se hallan en las
oficinas, tienen su origen en las lluvias de las cordilleras, que
comienzan, por lo general, en Noviembre, y siguen su estación, a veces,
hasta Abril.
En Enero de 1877 fueron tan copiosas las lluvias en la cordillera,
que por la Quebrada de Tarapacá y otras inmediatas, bajaron verdaderos
ríos a la Pampa del Tamarugal, cortaron las comunicaciones, y pusieron en
inminente peligro la existencia de algunas oficinas inmediatas a la Pampa,
como la Carolina del señor don Fernando López, y la Dolores del señor
Cobos.
En la Laguna de Copaiza no sólo entran las aguas del Desaguadero,
sino también las abundantes del Río Lauca, que corre de los altos del
Valle de Azapa (Valle de Arica); las del Río Cosapa y las del Río
Choquecota, en cuyas orillas han existido trabajos de minas de oro. Varias
veces se ha proyectado el conducir las aguas del Río Lauca al Valle de
Azapa, cuyos maravillosos terrenos son tan feraces. Algún día, gozando
esos pueblos de la bienhechora paz, podrán llevar adelante tan benéfica
empresa. ¿Quién sabe si la Sociedad Minera Lipez, que pretende llevar la
línea férrea de Arica a Oruro, acometa tan magna obra, llenando a esos
pueblos de inmensos bienes y llenando sus cajas de positivas y perdurables
riquezas?
Al recordar el Río Lauca, se me viene a la memoria un precioso
animalito que abunda en esos páramos; me refiero a la chinchilla, tan
buscada por su piel. En el Perú, desde las cabeceras del río Tambo,
Departamento de Arequipa, hasta los campos de Calama, la chinchilla es
abundante, y su piel es de la clase más fina. [45] Más al Sur no escasea la chinchilla, pero es mucho menos fina. La
chinchilla es un animalito del tamaño de un conejo de Castilla, pero he
visto una que era mucho más grande que un gato.
El cuero de esta enorme chinchilla, la presenté a la señora Elvira
Derteano de Krüger. Es muy buscada por su piel y su carne, que es igual a
la de la gallina: blanca, tierna y sabrosa. Abunda en esas cordilleras, y
es perseguida en sus agujeros por el hurón, animal que se introduce por
las más pequeñas aberturas. El hurón, de la familia Mustela, se encuentra
en todas nuestras cordilleras: los indios han logrado domesticarlo; y les
sirve para la caza de la chinchilla, y también de la viscacha. Mi señor
padre tenía muchas relaciones con la indiada de las Provincias de Carangas
y Lipez; y era el gran exportador de cueros de chinchilla por el puerto de
Arica; hubo año en que exportó más de tres mil docenas de cueros. Hoy han
escaseado muchísimo las chinchillas, por la gran caza que de ellas han
hecho los naturales.
La chinchilla es de la familia muy rara conocida con el nombre de
Yerboidae, y división laniger. Por lo general tiene diez a doce pulgadas
de largo desde la punta de la nariz a la raíz de la cola: ésta se halla
cubierta de cerdas, y es de largo como de seis pulgadas. El color de la
chinchilla es plomo, con mucha lana blanca hacia la barriga. Son
consideradas como de mejor calidad las que tienen el lomo de color plomo
subido y aun negro. El pelo es tan fino como la seda. La chinchilla tiene
las orejas redondas como la O; se mantiene con yerbas de la cordillera, y
es muy viva y recelosa. Vive siempre en parajes muy fríos de los Andes.
Los terrenos calicheros, por lo general en estos campos, se hallan
cubiertos de chuca, que ya he dicho, los cubre con una capa, desde una
vara hasta [46] tres de espesor. Algunos creen que esa chuca o costra, ha
sobrevenido como mazamorra, arrojada por los volcanes, como en otros
puntos lo han sido las lavas y traquitas; otros creen, que en épocas en
que esos campos se han hallado sumergidos bajo el nivel de los mares, esa
sustancia (la chuca), ha sido lentamente depositada, en lo que era
entonces fondo del mar. La chuca contiene notables cantidades de cal,
yeso, arena, etc.; es de color ceniciento en la superficie, color blanco
en el interior, con muestras de formación cristalina como el mármol. Mi
opinión es que esas sustancias, en estado líquido, han corrido de las
altísimas Cordilleras en épocas muy lejanas, y en forma de mazamorra o
lloclla, y cuando en esos puntos llovía con gran violencia. Esta opinión,
derivada del examen prolijo que he hecho del terreno, se halla, en mi
humilde juicio, comprobada por la abundancia, de rocas redondeadas, de
conglomerado, de arena, etc., que se encuentran mezclados en la chuca o
costra. Esta opinión se halla corroborada por los restos de pájaros,
huano, sustancias marinas, conchas, y el hombre mismo, cuya momia existe
en mi poder, que han sido cubiertos por esas mazamorras líquidas, en esas
tan remotas épocas.
Descubierto el terreno con caliche, por los cateadores, establecida
la maquinaria, y puesto corriente el pozo de agua: establecidas las
oficinas convenientes, se da principio al trabajo rompiendo la costra, y
poniendo en estado de explotación el caliche. Sobre la costra se hacen,
con barretas bien acerados, agujeros redondos, como de veinticinco
pulgadas de diámetro, hasta perforar el total grosor de la costra, y
encontrar la tierra vegetal, que cubre el caliche en pequeñas cantidades.
Alcanzada la tierra, se hace bajar un muchacho, por el agujero, al fondo;
éste, por medio de capachos de cuero, hace sacar alguna cantidad [47] de
tierra, y en el hueco o taza, deposita tanta pólvora cuanta sea precisa,
según el grosor de la costra, para romperla y volarla. La cantidad de
pólvora la indica el capataz de la punta de barreteros, que han roto la
costra; y es operación delicada, pues mucha pólvora haría volar a
demasiada distancia los trozos de costra, y poca, rompería la costra sin
removerla lo suficiente. Según el número de barreteros, y según el grosor
de la costra, se preparan tantos tiros, y como cada tiro tiene su guía
especial, a las cinco de la tarde se prenden las guías, y en rápida
sucesión revientan las cargas de pólvora, rompiendo las costras y
removiendo sus destrozados pedazos. Al día siguiente, los mismos
barreteros, con gran cantidad de palancas de fierro, mueven los trozos de
costra y descubren el caliche, que muchas veces rompen con sus barretas,
pero que en otras tienen que emplear la pólvora, por hallarse muy
cristalizado el caliche, circunstancia que lo endurece mucho. El
Administrador de la Oficina, en atención a la dureza y grosor de la
costra, abona a los barreteros a tanto la carretada de caliche que
extrajeran; sistema racional, pues se abona al peón según su empeño y
contracción al trabajo. Cada cuadrilla de barreteros recibe de la Oficina
las herramientas y la pólvora necesarias para su diario trabajo, y con sus
esfuerzos y buena suerte, gana competente jornal. La pólvora cuesta en las
oficinas donde se elabora, como S. 2.80 centavos plata el quintal. El
caliche, en muchos casos, se halla en mantos, es decir, en grandes capas
tendidas sobre las rocas; en otros, se halla el caliche en trozos más o
menos grandes, pero aislados. En algunos puntos los depósitos de caliche
se parecen a anchas vetas perpendiculares de metal, pero lo general es que
sean mantos. Los barreteros, al caliche con color amarillo o anaranjado,
lo llaman «azufrado», otro con pintas [48] más o menos pronunciadas, color
chocolate, lo llaman achancacado y otro color blanco y liviano, muy
quebradizo, lo llaman fofo. Estos nombres o clasificaciones son muy
generales en las oficinas todas.
El caliche sacado de su depósito, es roto con combas en pedazos del
tamaño de una cabeza. En todas las oficinas hay un mayordomo, que a
caballo recorre las labores de los barreteros, y que con el mayor esmero
inspecciona los trabajos, e impide que los peones se lancen a extraer el
caliche, antes de haber removido o afianzado bien los trozos de costra,
que algunas veces quedan pendientes, pues los barreteros se dedican a
extraer el caliche, debajo de esos trozos de costra, sin las debidas
precauciones, y quedan aplastados debajo de los escombros. En la Soledad
tenía un chileno mayordomo de esas labores, hombre inteligente y muy
digno, y no faltaron desgracias por la excesiva incuria, y falta de
obedecer órdenes por parte de la peonada chilena, que es la que casi
exclusivamente hace el trabajo de la Pampa, por su mayor fuerza y denuedo.
Algunas oficinas contratan el caliche con cuadrillas particulares de
tres o cuatro barreteros y otros tantos peones. En algunos casos la
oficina da las herramientas, pólvora, etc., a la cuadrilla, a señalados
precios: en otros pocos, las cuadrillas se proporcionan todo, a mi ver, es
más ventajoso a las oficinas el trabajo por cuadrillas particulares, aún
cuando la explotación del terreno no se hace de un modo sistemático, sino
que trabajan sólo el territorio muy abundante de caliche, según los
ensayos que hacen, dejando lo demás abandonado.
El caliche se beneficia por paradas, o por oficinas de máquinas de
vapor. En las oficinas de paradas, el caliche es roto con combas de
fierro, en pedazos pequeños, del tamaño, poco más o menos, de un huevo de
gallina: es hervido en fondos de fierro de [49] diversos tamaños, según la
fortuna del industrial, de 4 a 5 pies de diámetro, por otros tantos de
profundidad, y se hace hervir con carbón de piedra, hasta que tenga el
cocimiento conveniente, es decir, hasta que el agua caliente haya disuelto
el salitre contenido en el caliche. El agua así saturada con salitre, se
hace correr a unas bateas donde se enfría, cristalizándose el salitre al
fondo de dichas bateas. Se dice que una oficina tiene tantas paradas,
cuantos fondos de fierro emplee en elaborar salitre, por el sistema que le
indico. La producción de cada fondo, siendo el caliche de una riqueza
salitrera media, es de cincuenta quintales de salitre al día.
Parece que como tres cuartas partes del salitre que se exporta de
Tarapacá, es elaborado por máquinas de vapor. Los ferrocarriles de Pisagua
a Negreiros, hasta donde se ha trabajado antes, y el de Iquique a la Palma
y Alto de la Soledad, han dado inmenso ensanche a la explotación del
salitre, proporcionando medios convenientes de trasporte, para las grandes
máquinas que se han plantificado. Hay máquinas que pueden elaborar hasta
2500 quintales al día como La Limeña: otras hasta 1500 quintales o 2000
quintales como San Jaan, Soledad, Solferino, etc. Sólo con máquinas tan
poderosas ha podido elevarse la explotación hasta 8000000 de quintales, en
un solo año. Esas máquinas son todas movidas por vapor; este poderoso
vapor elabora el salitre, mueve grandes bombas, que extraen de profundos
pozos el agua tan esencial, distribuyéndola en todas partes de la Oficina,
según sus necesidades; y produce la fuerza necesaria para los trabajos de
carpintería, herrería, fundiciones, etc., que existen y son tan necesarias
en cada Oficina.
El caliche extraído de las minas, es conducido en trozos a la
Oficina, y el punto de ella donde se halla situada la acendradera
(crusher). Algunas oficinas [50] no emplean la acendradera: hacen
desmenuzar los trozos de caliche con combas de fierro. La acendradera es
la mismo máquina que hemos visto, movida por vapor, rompiendo piedras en
esta plaza de Lima, y también en el camino del Callao. Los peones lanzan
en el hueco de la acendradera los trozos grandes de caliche: la
acendradera los tritura, y por medio de una especie de buzón cae el
caliche destrozado, en pequeños pedazos, a los carros que se hallan
colocados abajo. Llenados los carros convenientes, según la capacidad del
cachucho, el caliche destrozado es conducido por línea férrea, al costado
del citado cachucho, donde se deposita el caliche obtenido, por medio de
unas llaves, en el fondo de cada carro. Los cachuchos son fondos de
fierro, más o menos largos y profundos, según las ideas del propietario.
Los cachuchos de la Soledad tenían las dimensiones siguientes, y eran
formados de planchas de fierro de la mejor calidad:
30 pies de largo.
6 ídem de ancho.
6 ídem de profundidad.

En cada cachucho se depositan de 500 a 600 quintales de caliche
triturado, según su calidad, pues el caliche macizo tiene mucho más peso,
en menos volumen, que el llamado fofo. El cachucho tiene un piso falso,
formado de planchas de fierro, y cubierto dicho piso de agujeritos de
menos de dos líneas de diámetro. Por debajo de este piso falso, pasan
cañerías de fierro, que conducen el vapor caliente de los calderos a los
cachuchos: estas cañerías también están llenas de agujeritos más pequeños
que los del piso falso; estando del todo vacío el cachucho, se llena su
fondo de agua vieja hasta llegar al nivel del piso falso, el cual se halla
dividido por la mitad, en [51] toda su longitud. Sobre la sustancia
llamada agua vieja, después escribiré.
Encima del piso falso, se pone el caliche triturado en la forma que
ha indicado; se abren las llaves que conducen el vapor de los calderos, y
se da principio a la elaboración química, digamos, del caliche. Según los
grados de calor que tenga el vapor, hierve el agua vieja al fondo del
cachucho, con más o menos rapidez, deshaciendo el caliche, cuya masa
penetra violentamente: este hervor extrae el salitre contenido en el
caliche. Este hervor dura de una a dos horas, según el grado de calor del
vapor. El sobrestante de los cachuchos tiene un salímetro que es una
especie de tubo de fierro, que llenan del líquido; si en el salímetro se
nota grados 108 ó 110, paran la elaboración o el cocimiento, abren las
llaves convenientes, que tienen los cachuchos, y hacen correr el líquido
por medio de cañerías de fierro, a los chuyadores. Sobre el residuo de
caliche que queda en los cachuchos, se echa otra cantidad de agua vieja, y
se hace hervir nuevamente, removiendo el residuo del caliche con grandes
palancas de fierro, para que el agua vieja penetre al total de dicho
residuo. Esta nueva mezcla se hace hervir hasta que el salímetro señale 90
ó 92 grados; conseguido esto, se hace correr este líquido, como el
anterior, a los chuyadores. El residuo que queda, se llama ripio, y es
sacado de los cachuchos por los peones, con lampas, y arrojado al campo en
carretas. Este ripio, según ensayo, que he ordenado se haga, tiene todavía
una ley de mas o menos un 20% de salitre. Más tarde esos ripios serán
explotados, como lo son los desmontes de las mismas. El ripio es sacado de
los cachuchos, por peones que se cubren los pies de muy gruesas telas,
para precaverse los pies del excesivo calor del ripio, desnudándose por
completo en la parte superior del cuerpo. La limpia de los cachuchos, es
decir, la extracción [52] del ripio, es una operación muy laboriosa: el
sudor corre a torrentes del cuerpo de los peones, y es preciso tomar
enseguida, con ellos, las precauciones convenientes para evitarles graves
resfríos; estos peones eran generalmente bolivianos.
En las relaciones anteriores, he hablado varias veces del agua
conocida en las oficinas con el nombre de agua vieja. Esta es uno de los
elementos más esenciales para la elaboración del salitre. El agua vieja se
elabora haciendo hervir una cantidad de agua de los pozos con caliche, o
con salitre, de baja ley. Un químico ha hecho por encargo mío, varios
ensayos sobre las sustancias que tienen en solución las aguas viejas, y
también las aguas naturales de algunos pozos de la Provincia, y se han
dado los resultados siguientes:
Aguas naturales de Soledad, Santa Clara, San Juan, San Agustín, Santa
Ana, mezcladas.
Reacción poco ácida: 1,0contienen:

Sulfato de
soda................................................................2070
» »
magnesia.........................................................
490
» »
cal...................................................................2590
Cloruro de
sodio..............................................................3200
Alumina y
fierro.................................................................
4708733

Mas o menos todas las aguas de los pozos tienen igual composición. El
agua del Pozo de Almonte, Pampa de Tamarugal, es mucho más pura,
conteniendo menos sal y sodio.
El agua vieja ensayada ha dado los resultados siguientes:

Reacción neutra
1000 c. c. contiene 571.38 sales, como
sigue:
Nitrato de
soda.......................................................42130
Sulfato de
ídem...................................................... 1830
» »
magnesia................................................ 2.70
[53] Cloro de sodio con señas de yodo.......................... 98,48
Cal........................................................................
45

Las sustancias más nocivas que contienen las aguas de los pozos, son
la sal y la cal. En la oficina Esperanza (Sur), la sal destruye
rápidamente los calderos que allí se emplean: en las oficinas del Norte no
es tan nociva la sal, por ser menos abundante. En las oficinas del Norte
la cal, en los calderos, se pega a los costados de ellos, como residuo o
sedimento, y en determinado tiempo, rellena el interior y los quema,
palabra esta especial, que significa que el caldero, al aplicársele el
fuego, se funde en la parte donde no existe, el líquido (agua), y sí
sustancia sólida como es la cal. El ferrocarril de Iquique ha visto
malograrse muchas de sus máquinas, por la quema de sus calderos, desgracia
producida por la cal que contienen en cantidad notable, las aguas del Pozo
de Almonte, del cual se surte.
Hasta ahora el único medio que parcialmente ha producido provecho, es
el uso del Salitron, sustancia que se forma de la manera siguiente:
En un punto conveniente de la oficina, se forma un círculo de piedra
y cal, como horno de quemar, del diámetro de 10 a 12 pies y de 3 de
profundidad; este círculo tiene a un lado y al fondo, una abertura que da
a un depósito más bajo, del diámetro de 6 y 7 pies y de 2 de profundidad.
Mezclada bien una cantidad de salitre de baja ley, con una cantidad de
cisco de carbón de piedra, se deposita en el círculo grande y se le prende
fuego. La mezcla arde con extraordinaria violencia y se liquida, arrojando
humo y vapores de tinte rosado en gran abundancia. Los peones remueven el
líquido bien con palancas de fierro, y una vez bien fundido, abren la
apertura, el salitron corre al depósito más bajo, absorbiendo [54] el aire
atmosférico en gran abundancia. Enfriada en el depósito más chico, la masa
formada es rota en pedazos de un pie, poco más o menos, y se halla en
estado de ser empleada en la purificación de las aguas. El salitron bien
beneficiado tiene un tinte verde muy pronunciado, y tiene gran cantidad de
porosidades, como las lavas de muchos volcanes, y en especial, (entre las
que conozco) de las que cubren el Alto de Puno, desde esa ciudad al pueblo
de Paucarcollo. En las oficinas, el agua, por medio de las grandes bombas,
es conducida de la profundidad de los pozos, a unos grandes tanques. Sobre
la superficie de los tanques, se hallan puestos unos atravesaños que
sostienen unas bateas de fierro cuadradas, y del tamaño de 30 pulgadas de
largo por 15 de ancho y 8 de profundidad. En el centro de la batea se
deposita un trozo de salitron, y la boca de desagüe de la bomba, cae sobre
esa batea y ese salitron.
Esta boca de la bomba se puede alargar o acortar, según sea preciso
llenar los tanques, uno después de otro. Al salir el agua de los pozos es
cristalina, parece no contener sustancia alguna extraña, pero tan pronto
como cae el chorro sobre el salitron, se descompone y toma un color
blanquisco, arrojando rápidamente sedimentos de cal, que se depositan al
fondo de la batea: llena la batea de cal, es reemplazada por otra, y el
agua algo purificada cae al tanque de donde es conducida, según las
necesidades, a otras partes de la oficina. El salitron es un carbonato de
soda; y como todas las aguas de esos campos tienen en más o menos
cantidad, como he indicado a U., sulfato de magnesia y de cal en solución,
al tocar las aguas al salitron, se disuelve el carbonato de soda; el ácido
carbónico del salitron se combina con la magnesia y con la cal; y se
forman carbonatos indisolubles, que se precipitan, dándole [55] el agua el
color lechoso ya indicado; y el ácido sulfúrico del sulfato de la magnesia
y de la cal, se combina con la soda del salitron, formándose en el acto
sulfato de soda, que queda en solución en el agua, y es a la vez incoloro
en ella. En toda mezcla de disolución calina, si el cambio de los
elementos resultara un compuesto soluble y en otro indisoluble, habrá, sin
duda, doble descomposición.
Ya que he hablado del beneficio solo del salitron, no será demás
indique ahora cómo se elabora, en esas Pampas, la pólvora que se emplea en
tanta cantidad en el beneficio del caliche. A cien libras de salitre de
ley 94, por ejemplo, se echan siete u ocho libras de azufre refinado,
importado de Italia; después de ser bien pulverizado, se agregan 25 libras
de carbón de madera, siendo preferido el confeccionado del sauce. Todos
estos elementos, digamos, se mezclan y muelen bien, y después de cernido
todo en tamices idóneos, se mezcla con un poco de agua, y se pone a secar
al sol. El precio antes era S. 2.80 centavos plata el quintal de pólvora.
Tan pronto como el líquido salitroso ha sido depositado en los
chuyadores, por medio de las cañerías que unen los cachuchos a dichos
chuyadores, se echa al líquido unos cuantos puñados de estiércol cernido,
de mula, para precipitar las materias terrosas, que en disolución
contienen los líquidos salitrosos citados. Los chuyadores son más grandes
tanques de fierro, de veinte a veinticinco pies cuadrados, y de tres pies
de profundidad. Depositadas al fondo del chuyador dichas materias
terrosas, se hace correr el líquido por cañerías correspondientes, de los
chuyadores a las bateas de fierro de enfriar. Rellenas éstas se echa a
cada batea un puñado de harina.
El líquido salitroso, cuando pasa de los cachuchos a los chuyadores,
tiene un color ladrillo claro, debido a las materias terrosas que tiene en
solución; en [56] los chuyadores, precipitadas las materias terrosas, toma
un color amarillerito, así como el color de la paja del trigo; en las
bateas, con la harina, toma un tinte verdoso muy bello, tan subido a veces
como el verde de una esmeralda. ¿Qué motivo tiene el líquido salitroso
para tomar ese tinte bello verde con la mezcla de la harina? No he
encontrado una explicación satisfactoria.
Las bateas de fierro para enfriar por completo el líquido salitroso,
son de diversos tamaños; por lo general, son de 16 ó 18 pies de largo, por
8 ó 10 de ancho, y 2 de profundidad: son de fierro de mejor calidad.
El líquido salitroso depositado en las bateas, se enfría rápidamente,
por la gran extensión de ellas. Primeramente se forman sobre la
superficie, globulillos que, examinados, parecen formados de aceite; estos
se aumentan y forman una tenue costra de salitre ya cristalizado; un
muchacho con una pala de madera, rompe esa cristalización, la que en
trozos cae al fondo de la batea, e inmediatamente comienza, a la vista, la
cristalización general de todo el líquido salitroso, depositándose el
salitre en su estado de pureza, en el fondo. Si el tiempo es muy frío,
esta cristalización se puede verificar en poco más de veinticuatro horas.
Concluida totalmente la cristalización, según el conocimiento del
administrador de las bateas, se abren las llaves de las bateas, para
conducir el agua vieja, que es el líquido sobrante, a determinados
tanques, de donde dicha agua vieja es conducida, por medio de bombas, a
señalados depósitos, en una parte superior de la máquina, para extraer de
estos depósitos el agua vieja necesaria a las nuevas elaboraciones que se
practiquen. El salitre depositado en cada batea, se amontona en el centro
de ella, para que escurra toda el agua vieja que contiene, y después de
seco, se arroja, por medio de palas, [57] al cuadro centro de las bateas,
que se llama cancha, en la cual se extiende para que el sol lo seque bien,
y encostalado sea conducido a los puertos, para su embarque y exportación.
Al hacer correr de los chuyadores el líquido salitroso, ha quedado en
el fondo de cada uno, una cantidad de una materia rojiza y terrosa que se
llama Borra. Esta es extraída de allí y arrojada al campo en muchas
oficinas; en otras, las mejor elaboradas o manejadas, esa materia es
sometida a una nueva elaboración, en una parte separada de la maquinaria,
y se consigue produzca, en no pequeña cantidad, salitre de baja ley, que
se emplea en la fábrica de pólvora, en la confección de salitron, etc.
En la oficina Soledad, que tenía a mi cargo, encontré que se botaba
la Borra. A costa de dos mil soles en bateas y cañerías, establecí el
sistema de beneficiarla, y en menos de seis meses, saqué en salitre el
total costo de las bateas y cañerías empleadas en su elaboración.
El piso de las canchas se forma del ripio sobrante de los cachuchos,
cubierto de una gruesa capa de borra, sobrante de los chuyadores.
La capa de borra queda tan endurecida, que parece formada de cimiento
romano.
El salitre secado bien en la cancha, se encostala en sacos de tres
quintales, que son los que conducen los trenes del ferrocarril de cada
oficina al puerto, o en sacos de seis arrobas, que son los que conducen
las mulas, llevándolos por carga de la oficina al puerto.
El ferrocarril antes no llenaba sus compromisos con el público: ha
habido casos en que el salitre de una oficina ha existido depositado sobre
la línea, para ser conducido al puerto, por doce meses, sufriendo los
propietarios enormes daños, con la destrucción de los sacos, requemados
por el sol, y las consiguientes [58] enormes mermas; reclamos se hacían:
la Empresa hacía lo que tenía por conveniente.
En algunas oficinas se elabora la potasa y yodo. En la Limeña, cantón
de la Noria, la potasa era elaborada en gran cantidad. El yodo era
elaborado en las siguientes oficinas:
Cantón Pisagua -San Antonio (al mes, más o menos), 30 quintales.
Ídem Noria -Limeña (ídem) 80 quintales.
Ídem ídem -Paposo (ídem ídem) 30 qqs.
Ídem ídem -San Carlos (ídem ídem) 50 qqs.
Ídem ídem -Argentina (ídem ídem) 30 qqs.
Ídem Soledad -Esmeralda (ídem) 15 qqs.
Ídem ídem -Soledad (ídem ídem) 40 qqs.
El yodo fue descubierto en 1811, por el químico Courtois; y Gay
Lussac, en 1813, publicó un tratado muy científico y completo sobre él.
El salitre varía de ley desde 88 y 97, variación debida a la gran
cantidad de sal marítima, que contienen los caliches de algunos terrenos,
especialmente los inmediatos a la pampa del Tamarugal.
El yodo se elaboraba en la Soledad, en la forma siguiente: En una
oficina especial, se hallaba una especie de mesa, más grande que la de un
billar, cubierta toda de planchas gruesas de plomo, metal que no sufre
deterioro por la acción del azufre. En un extremo de la mesa se hallaba
situado un pequeño horno, en cuyo porte superior estaba incrustado un
depósito forrado con ladrillos, y del cual salía un embudo de plomo, que
era conducido a un depósito de agua.
El azufre, fuese purificado y traído de Europa, o fuese del que se
explota en la misma provincia, y de que me ocuparé después, era depositado
en la cantidad necesaria, y mezcladas ambas clases de azufre, en conocidas
proporciones en el depósito incrustado de ladrillos, se aplicaba el fuego
al horno y los grandes [59] vapores del azufre, eran conducidos al agua
depositada, formándose ácido sulfúrico de ley tal. El que elaboraba el
yodo, guardaba el mayor secreto sobre los métodos empleados para producir
este ácido y también el yodo; pero pude cerciorarme de las labores, hasta
cierto punto. Inmediato a la mesa citada, se hallaba fuertemente
establecido, un gran depósito redondo de madera, formado de gruesos
tablones muy bien unidos y ligados con sendos sunchos de fierro. En el
centro de este gran depósito, existía perpendicular, un batidor, al que
podía hacerse mover con alguna rapidez, por medio de un mango. Por medio
de una cañería se depositaba, en el gran tanque, que tenía como 3 varas de
diámetro, una cantidad de agua vieja conducida de un tanque superior; a
esa agua vieja se le echaba una cantidad conveniente del acido sulfúrico,
ya allí elaborado, y ambas sustancias eran removidas y bien mezcladas por
el batidor perpendicular, movido por dos hombres, dando vueltas al mango.
A proporción que se iban mezclando el agua vieja y el ácido sulfúrico, se
desprendían ligeros vapores violetas, de la superficie de los líquidos,
formando bellísimas colores y vistas, parecidas a los colores de los
buches de las palomas, resplandecientes de violeta con oro; mezcladas bien
las materias expresadas, se dejan asentar por un tiempo determinado;
después se removían bien, y el líquido se hacía correr por medio de una
canaleja de plomo, a bolsas fabricadas de telas gruesas; estas bolsas
tienen la figura de moldes de pan de azúcar; el líquido echado a cada una
destila por el fondo a un recipiente, quedando en la bolsa depositado el
yodo, en forma de una sustancia negra y polvorosa. El líquido destilado es
agua vieja, muy saturada de azufre, toma un color café subido, y es
conducida al depósito general de toda el agua vieja, para todos los usos
posteriores de las oficinas. Concluida la destilación [60] de las bolsas,
se saca la materia yodura, y se hace secar, formando de ella panes, en
forma de ladrillo, para su oportuna destilación en los jarrones
correspondientes.
En otra parte de la oficina de yodo, existe una cantidad de jarros
muy grandes de losa ordinaria, parecidos a una serio de teteras, que
tienen un pico en un lado y por el otro un agujero, unidas por medio de
los picos de la una con la anterior.
En un horno especial, se depositan los ladrillos de yodo
convenientes, y se aplica un fuerte fuego; y los ladrillos de yodo
despiden un vapor abundante, color violeta subido, cuyo vapor va pasando
de un jarrón, en figura, como he dicho, de tetera, al otro, por medio de
los picos que los unen, depositando los vapores una sustancia al parecer
de acero, y en figuras de cabezas diminutas de lanza, que es el yodo
purificado y mercantil. Este yodo se reúne, se encajona o se embarrila,
con el peso de cien libras, y se exporta. La materia que queda en el
depósito es una sustancia de color naranja subido, con un olor muy
pronunciado de azufre: esta sustancia última no tiene valor mercantil.
En esta elaboración de yodo, he dicho que en la misma provincia de
Tarapacá existe el azufre. En efecto, en toda la cordillera, desde el
pueblo de Huatacondo, a los altos del volcán Isluga, existen grandes
depósitos de azufre natural. Este mineral es traído de los depósitos, y
visto a la distancia, parece un trozo de pizarra color plomo: examinado
con detención, se halla lleno de cristales diminutos y como venas de
azufre puro. He quemado un trozo de ese mineral, con peso de diez onzas,
prendiéndole fuego al aire libre: ha quemado sin llama, expidiendo muchos
vapores blanquiscos; el residuo de ceniza han sido cuatro onzas, lo que da
un sesenta por cielito de azufre puro, y otras materias volatizadas por
[61] el fuego. Según informes de algunos vecinos de Pica, el azufre en
esas cordilleras se halla en inmensas cantidades. Su valor en las oficinas
variaba de 2 a 3 soles quintal.
Antes de concluir este asunto del yodo, no será demás indicar que,
como ya he dicho, esta sustancia de tantísima aplicación en la medicina y
en las artes, tenía un valor como el oro en polvo. En efecto, antes de las
grandes producciones de yodo en las salitreras de Tarapacá, la onza de
yodo tenía el valor mercantil de cuatro libras esterlinas; hoy, debido a
la enorme producción que he indicado, vale como un chelín la misma onza.
La provincia de Tarapacá, bendecida por la Providencia con abundantes
producciones naturales, sería poderosísima sin existir el salitre. En el
vasto territorio de la pampa del Tamarugal, existe el Borax, en ilimitadas
cantidades. En el terreno entre el antiguo pueblo de la Rinconada; y el
nuevo de la Cabrería, he hallado el Borax en grandes cantidades, y en
trozos del tamaño de un garbanzo al de un huevo de paloma. Mi primo don
Gaspar Cornejo, en Iquique, me ha demostrado trozos de Borax, extraídos al
Este de la laguna Huasco, del tamaño de un huevo de gallina, asegurándome
existir ilimitados depósitos de esa antes tan valiosa sustancia mineral,
en todos esos terrenos entre la laguna Huasco y la Cordillera. Minerales
de cobre abundan en toda la provincia.
En la misma pampa de Iquique, el finado don Juan Williamson, dio
principio a varias labores de cobre: en Cavancha existe una vena recién
abierta.
Al extremo Sur de la provincia existe una gran bahía llamada Chipana:
unas diez o doce leguas al Este, existe la laguna de Chipana, de agua
salobre. Desde el Sur de esa al río Loa existen los cerros conocidos con
el nombre de Paquica. En todos [62] esos cerros se han trabajado
antiguamente vetas de oro, con más o menos provecho.
Un señor Tejada, Cónsul Argentino en Iquique, me ha demostrado trozos
de cuarzo aurífero de los cerros esos, con oro nativo a la vista; el
cuarzo, contrario al cuarzo aurífero de Huayllura, era completamente
saturado de fierro oxidado. En los altos de Iquique existen, hacia el
Norte, vetas de oro en cuarzo de poco producto, a la superficie, pero que
podrían dar grandes resultados, quizás, a la profundidad.
El ya citado señor Tejada, me ha dicho, que en esos trabajos
auríferos de Paquica, se encuentran aún casas techadas, y también una
Iglesia, con su campana de bronce; que en las casas encontró libros y
papeles, por los cuales constaba que esas labores fueron sostenidas hasta
el año de 1816, en que los cruceros de los chilenos, recién formada su
Escuadra, frecuentaban esos mares; y obligaron a los mineros a suspender
sus trabajos.
Deseo dar a usted algunos informes, respecto al Cóndor, y terciar,
como dicen, en la controversia que se suscitó entre el célebre Audubon, el
sabio francés Ornitologista de los Estados Unidos, y Waterton, el
renombrado viajero inglés de las Guayanas. Sostiene Andubon, que el Cóndor
descubre la carroña, que constituye su alimento, exclusivamente por el
ejercicio de la vista; Waterton sostiene, que la efluvia de la carroña,
esparcida por la atmósfera, es la que conduce al Cóndor al punto donde se
halla depositada.
El Cóndor (Sarcorhamphos), nombre que le han designado los
naturalistas (4), es el mayor de los pájaros conocidos, y sobre él se han
escrito las más [63] increíbles relaciones. Algunos han asegurado que los
han visto de más de veinte pies de extensión, de la punta de una ala a la
punta de la otra, y de una fuerza tal, que con sus garras podrán levantar
al aire una vaca. Yo no he visto estas maravillas. El Cóndor más grande
que he visto, ha medido diez a once pies de largo, de la punta de una ala
a la punta de la otra, y jamás los he visto levantar en sus garras, ni un
carnero siquiera. Parado el Cóndor, tendrá una altura, cuando más, de
cuatro pies, de la punta de la cabeza erguida al suelo. El macho es de
plumaje negro, con plumas de color plomo en las alas; tiene una gran
golilla de plumón blanco, alrededor del pescuezo, y toda la parte del pico
se halla cubierta de carúnculas carnosas, que le dan cierto aspecto feroz.
La hembra es de menor tamaño y de color plomo las alas y espalda, con
mezcla de plomo y negro en el pecho; no tiene golilla blanca y las
carúnculas son poco pronunciadas; pone dos huevos más grandes que los del
pavo, color blanquisco, con pintas cafés y amarillas, sobre unos pocos
palitos o yerbas secas, en lugar muy apartado. Los pichones se hallan
cubiertos de un abundante plumón color café con leche.
El naturalista José Monlan, en su obra sobre Zoología, publicada en
Barcelona, en 1874, y en la librería de Juan Bastinos e Hijos, asegura,
página 370, que el Cóndor sólo habita en las cordilleras más elevadas, y
que jamás baja a los llanos. El señor Monlan se ha equivocado
completamente: el Cóndor cabalmente es escaso en las cordilleras, y muy
abundante en las costas, como en las pampas de Tarapacá, Lomas de la
Costa, y, en especial, en nuestras playas, y en los puntos donde se hallan
situadas las Loberías marítimas. En las Cordilleras de los Andes, y que
corren a lo largo de nuestras costas, se hallan a veces, en los Andes del
Illampu e Illimani, [64] jamás los he visto. Contrayéndome ahora a la
controversia entre Anduvon y Waterton, diré lo siguiente, y creo que mis
palabras serán ratificadas por el testimonio de todos los que han manejado
oficinas salitreras en Tarapacá. En todas esas oficinas mueren muchas
mulas, ya sean de las oficinas mismas, o ya de los arrieros que conducen
el salitre elaborado en ellas, a los puertos de la costa. Esas oficinas,
como he tenido ocasión de exponer, son fabricadas en hoyadas; en ellas son
arrojadas, a alguna distancia, las mulas muertas, para que el olor de la
carroña no cause daño a la peonada. El excesivo calor en esos campos, muy
pronto produce rápida putrefacción en el animal muerto; y antes de
veinticuatro horas acuden al festín muchos Cóndores. El animal muerto no
ha podido ser distinguido ni desde el borde de la hoyada; en el espacio no
se distingue ni un solo Cóndor, cuando se ha arrojado el animal muerto al
campo, y, sin embargo, en pocas horas, acuden los Cóndores al festejo.
Para cerciorarme más, he hecho el ensayo siguiente: he hecho arrojar
a una angosta hoyada, de donde se había sacado caliche, una mula muerta,
cuya carola quedaba casi cubierta con los trozos de costra que la
rodeaban, y, sin embargo, han acudido los Cóndores a saciar su voracidad.
Era imposible distinguir la mula muerta a pequeña distancia; sólo la
excesiva efluvia de la carroña, diseminada por la atmósfera, ha podido
guiar al Cóndor al punto conveniente. El Cóndor se atraganta de carroña
hasta casi no poder volar; los peones argentinos, en la Soledad, los
atropellaban a caballo, y como para emprender el vuelo tenían que correr a
volapié a alguna distancia, los laceaban con facilidad. A mi juicio, pues,
Waterton ha tenido razón en sus asertos. [65] Harán algo más de mil años, históricamente hablando, como si
dijésemos ayer, que los valerosos hijos de Suecia, Noruega y Dinamarca,
con sus bajeles infectaban y saqueaban las costas de las hoy pudientes
naciones de Europa. La Inglaterra fue conquistada por el rey Danés Canuto;
los Normandos (hombres del norte) se posesionaron del Norte de Francia o
Normandía; y más tarde la batalla de Hastings (1066) les dio la posesión
de esa Inglaterra, hoy tan poderosa nación. A mediados del siglo IX, ya
habían establecido colonias en Islandia, y en 986 Erie Rauda (el Rojo)
colonizó la tierra Sur de la Groenlandia, llamando su nueva posesión
Battalid. Siguieron nuevas colonias: se establecieron poblaciones en
Ericsford, Heriuslfiord, Rafusfiord, etc.; esos campos hoy cubiertos de
nieve y de eternos hielos, eran llanos verdes con abundante vegetación de
allí el nombre Groenland -tierra verde. Las colonias de Groenlandia
adquirieron notable prosperidad, según los continuos datos que en Europa
se recibían de ellas. Hacen como quinientos años que se ignoran por
completo los sucesos que dieron fin y muerte, digamos, a esos
establecimientos. Aún la situación verdadera y topográfica de todos ellos,
es ignorada. Varias expediciones se han hecho con el objeto de explorar
esos territorios, y adquirir datos sobre su completa destrucción.
Gaarhe, danés; Scoresby, el ilustrado ballenero inglés, y otros, en
repetidas ocasiones, han en vano intentado penetrar al interior de las
murallas de hielo que cubren la costa Este de esas inhospitalarias
regiones. Últimamente el notable sabio Norden Koild, ha dirigido sobre
esas costas, y en persona, una expedición, con el exclusivo objeto de
averiguar los motivos de la ruina y desaparición de esos establecimientos;
dicha expedición aún no ha regresado a Copenhague. Este Nordenkoild es el
mismo que [66] últimamente, en el buque Vega, se dio a la vela de
Dinamarca, por primera vez logró pasar por el norte de los continentes de
Europa y Asia, y arribó a Yokohama, Japón, de donde pasó al Mediterráneo,
por el estrecho de Suez, y de allí volvió a Copenhague. Esta memorable
investigación de Nordenkoid, me trae a la memoria una expedición aún
ignorada de la gran mayoría del público, pero que creo es digna de
referirse aquí, y es la siguiente: Hacen algunos meses que el buque de la
Escuadra Imperial de Alemania, Moltke, buque muy conocido en el Callao,
donde ha estado algunas veces, condujo a la desierta isla de Georgia, a
ocho sabios y cuatro sirvientes, con el objeto de estudiar sendas
cuestiones climatológicas y astronómicas importantes. A esta expedición se
le han proporcionado, por su Gobierno, casas de madera, víveres
conservados, cabras y bueyes, etc., como para una residencia de poco más
de doce meses. Georgia es una isla muy grande, desierta, cubierta de
eternos hielos y nieve, que se halla al Este del Estrecho de Magallanes.
No tiene un solo animal terrestre, y sus campos cubiertos de nieve, son
nada más que rocas y tierra: sólo en algunos muy pequeños y abrigados
recodos, crece un poco de musgo y líquenes. Abundan las focas y aves
marítimas. Sus brumosas y desoladas costas, son de difícil acceso. El
señor Vernhagen, después conde de Porto Seguro, Ministro residente en
Lima, del Imperio del Brasil, escribió aquí una notable y documentada
obra, comprobando haber sido esa isla descubierta, a principios del siglo
XVI, por Américo Vespucio, el navegante que robó a Colón el honor de dar
su nombre a estos continentes. Después, en 1777, creo, que la descubrió el
capitán Cook, memorable navegante inglés, quien le dio su nombre actual.
Aseguran las crónicas antiguas, que Biarne, hijo de Heriuslfd,
navegando de Dinamarca hacia estas [67] nuevas colonias, fue alcanzado por
fuertes tempestades, y arrojado al Sur, donde descubrió tierras planas con
alturas cubiertas de bosques -era el Continente de la América del Norte.
Leif, hijo de Eric, en 1000, descubrió una tierra a la que llamó Helluland
(tierra llana), y una isla cubierta de bosque, a la que llamó Markland
(tierra con árboles). Leif estableció una colonia; y como más al Sur
descubriese viñedos, llamó a las comarcas esas Vinland (tierras de viñas).
Las relaciones de Leif y del alemán Tyrker, hacen creer que los
territorios descubiertos forman hoy los estados de Massachusetts y Rhode
Island; los descubrimientos anteriores a Leif, se cree son Labrador, Nova
Scotia y Nova Hamphire.
En 1002, Thowald, hermano de Leif, descubrió el Cabo Cod (Bacalao), y
murió en un encuentro con los numerosos naturales. En 1006, Thorfinn y
Snorre Thorbrandson, llegaron a las entonces prósperas colonias de
Groenlandia, y en 1007 se dieron a la vela en sus buques, hacia el Sur, y
solo en 1011 regresaron de Vinland, abandonando esas colonias a
consecuencia de la constante hostilidad de los naturales, muy numerosos
allí existentes. En 1025 Godlief se dio a la vela de Dublín (actual
capital de Irlanda, y a donde había llegado con una expedición pirática)
hacia Vinland, de donde fue rechazado, sin poder formar una colonia.
Después de esta época, se perdió el recuerdo de estos viajes; pero es de
creerse, según aseguran algunos autores, que alguna noticia de ellos pudo
haber llegado a oídos de Colón, sirviéndole de base para sus proyectos de
descubrir la América, hecho tan memorable en Octubre 12 de 1492.
Todas las relaciones de los antiguos navegantes que he citado, todos
los documentos referentes al descubrimiento de las Américas, demuestran
que este [68] Continente se hallaba poblado de innumerables tribus de
gente aguerrida, al parecer, todos de la raza de pieles rojas, y que una
abundante población cubría el territorio desde sus límites más lejanos al
Norte, hasta el Estrecho de Magallanes y la Tierra del Fuego. ¿Todos esos
habitantes, de tan distintas y distantes colonias y territorios, han
tenido un solo origen? ¿El vasto territorio de las Américas, ha sido
poblado por una sola raza, o por distintas razas? ¿Por dónde han sido
poblados esos territorios? ¿El Estrecho helado y desprovisto de víveres,
de Behring, ha sido el paso de tránsito de pobladores de origen Tártaro?
¿Las costas de las Américas no han podido ser pobladas por habitantes de
lejanas comarcas, arrojados a estas playas por violentas tempestades? ¿Los
pobladores de la América son de una sola raza, o son de diferentes razas
distintas en hábitos, en lenguaje, en costumbres, etc., etc.?
Estas y otras innumerables preguntas análogas, surgen a la mente del
hombre pensador, al contemplar el vasto territorio de las Américas;
comparar los guerreros habitantes de la América del Norte, a los bravos
hijos del Amazonas y sus confinantes; ¡¡al cotejar a los indios araucanos
y Pampas Argentinas, con los pigmeos de la Tierra del Fuego!!
Alcides D'Orbigny, nació en Coueron (Loire Inuferieure en 1802, y en
1826 vino a la América del Sur con el objeto de explorar las vastas
comarcas del Perú, Bolivia, Uruguay, Brasil, Chile, República Argentina y
Patagonia. Sus viajes y sus estudios se hallan publicados en las
importantes obras siguientes: «Viaje en la América Meridional, desde 1826
a 1833», y «El Hombre Americano considerado en sus relaciones físicas y
morales», publicado en 1840. Pero antes de ocuparnos de estas especiales
obras, no será demás diga algo sobre las opiniones de los sabios,
referentes a la especie humana en general. [69] Moisés nos refiere con toda claridad, cómo se formó el hombre Adán y
la mujer Eva; nos describe el Paraíso y nos hace conocer las tentaciones
presentadas por la serpiente a nuestra madre -de ese Adán y de esa Eva
proviene, según la Biblia, todo el género humano.
Huxley asegura, y, a su juicio, convence, que todo el género humano
ha tenido dos Adanes y dos Evas: un par procrearon y produjeron a la raza
Ulatichi, y son los primogenitores de todos esos seres humanos, que sobre
la cabeza ostentan lana en lugar de pelo o cerdas; y otro Adán y otra Eva,
son los primogenitores de todos los seres humanos cuyas cabezas son
cubiertas de pelo (raza caucasa) o cerda (raza indígena).
Knox asegura, con gran acopio de argumentos, a su juicio
irrefutables, que los hombres y las mujeres se han producido sobre la
superficie de la tierra, como se producen los hongos y malas yerbas: por
sí y ante sí. Agassiz afirma, con abundantes y convincentes razones, que
las actuales especies humanas han tenido ocho padres Adanes y otras tantas
madres Evas; ¿por qué de una vez no decir autochtones como Knox?
Quatrefages, en sus dos importantes obras, Rapport sur le progres de
l'Antropologie, 1868, y L'Unité Humaine cree, que Moisés ha hablado la
verdad, y que los otros son unos ilusos.
Lamarcke no permite se dude que toda la especie humana ha brotado de
la tierra: opinión de Knox, y llama a su teoría monogenismo. Carlos Darwin
(5) [70] comprueba, con irrefragables argumentos, que todos descendemos de
los monos, cuyos rabos hemos dejado en casa, para mayor comodidad al
sentarnos; a la vez que los monos en línea recta descienden de cierto ruin
animalito casi desconocido en el mundo; demostrando así la negra
ingratitud de los hombres grandes para con sus antepasados los monos, y
sus antiguos progenitores, los citados desconocidos animalitos. Estas
bellas teorías o ideas no son nuevas: Paracelso hace muchos años, según
asegura Charlevoix, proclamaba que cada Nación había tenido su Adán
especial y su Eva precisa. ¿A quién creemos? Como mis padres creyeron en
el Adán y en la Eva de Moisés, opino que lo más seguro es seguir creyendo
lo mismo, hasta que sepamos algo mas fundado o racional.
¿Quién pobló las Américas? Este asunto también ha conmovido las
plumas de los sabios, desde el descubrimiento de estos vastos territorios.
Morton asegura que las poblaciones de la América del Norte, provienen de
treinta y dos familias: Gilddon asegura [71] fueron doscientas cincuenta,
las que vinieron a poblar estos vastos territorios. De Guignes, como si
hubiera sido testigo presencial, opina que esas familias sin indicar el
número exacto, como Morton o Gliddon, pasaron del cabo de Tchonhost hoy
(Kamskatcka) al cabo del Príncipe de Gales, [antes Rusia Americana] hoy
territorio de Alaska, de Estados Unidos, atravesando una distancia de
cuarenta millas; y que esas familias errantes eran oriundas de la China.
En comprobante de estos asertos, indica que los Botocudos, indios del
Brasil, tienen los hábitos y hablan una lengua muy parecida a la de los
chinos y sin cuidarse mucho de la inmensa distancia que existe entre
Alaska y el Brasil, ni las dificultades de tal emigración.
Humboldt cree que las Américas han sido pobladas por gente oriunda de
la Mongolia, la China y del Japón, y funda sus creencias en las
facilidades que a tales emigraciones prestan, no sólo el estrecho de
cuarenta millas, ya citado, sino también la cadena de Islas llamadas
Kouriles, etc.
Siebold afirma, que las poblaciones hasta el río Gila, son oriundas
todas de la China. Otros autores, con muy largos relatos y muy
convincentes razones, opinan de otro modo, asegurando que en la América
del Norte existen once diferentes familias, a las que llaman Esquimales,
Athabasca, etc., y que ellas son las primogenitoras de las populosas
tribus que cubrían con sus toldos esos inmensos campos. Los Esquimales, en
la actualidad, se extienden desde todo el Norte de Siberia (Asia) a la
Groenlandia, y son tribus del todo errantes: las demás familias, aseguran
esos sabios, poblaban la gran mayoría del territorio del Canadá, y el
inmenso territorio que hoy forma la República de Estados Unidos.
Volney dice, que a principios de este siglo, la raza indígena en
Estados Unidos, formaba un conjunto [72] de un millón de habitantes: en
1873, según memoria del Ministro del Interior, los indios apenas llegaban
a 320000 personas; dentro de muy pocos años no existirá uno solo. Las
tribus, que en tiempos muy antiguos poblaban el territorio de Estados
Unidos, no vivían en pueblos; sus mounds, vastos túmulos, cubren las
grandes regiones que riegan el Misisipí y sus tributarios.
En los periódicos de Estados Unidos, vemos que últimamente se han
hecho notables descubrimientos de restos de esos olvidados pobladores; sus
estancias son iguales a las Kjegken mendigs de los Daneses, y a las de los
pobladores de los Lagos de la Suiza, de los cuales últimamente se han
extraído tantísimos objetos de curiosidad.
Volviendo a la obra de d'Orbigny diré que este sabio asegura que los
Guaraníes han sido los pobladores de las Antillas, Venezuela y gran parte
de la Hoya del Amazonas, las Guayanas, parte del Brasil, Paraguay y parte
de la República Argentina; asegura que la familia Mojeña ha poblado
Bolivia y parte del Brasil; la Chiquiteña ha poblado parte de Bolivia; la
Charrua, el Uruguay; la Pampeña, la mayor parte de la República Argentina
hasta la Patagonia. La Araucania ha poblado Chile y la Tierra del Fuego;
la Quichua ha poblado el Perú, con mezcla de la más antigua llamada
Aimará. Pitofetta, Byron y Bouganville, aseguran que los Patagones tenían
más de dos metros de alto, como siete pies: d'Orbigny asegura que los
Patagones no tienen sino seis pies de alto, los más esbeltos: ¿a quién
creemos?
Todo lo que dicen este gran número de sabios, puede ser muy cierto;
pero yo creo que antes de todos, esos Guaraníes, Quichuas y Aymaras, han
existido en esta parte de la América del Sur, razas de hombres muy
superiores en inteligencia, etc., a los indios de la época de la
conquista. Las ruinas de Tiaguanaco -las de Chavin- las de Quecap en
chachapoyas, son, a mi juicio, comprobantes innegables de estas opiniones.
Sobre Tiahuanaco he escrito una memoria, que mandé a Tacna, sintiendo no
haberme quedado con copia. Las de Chavin las conoce usted bien. Sobre las
de Quecap diré, que en El Peruano número 28, se halla la descripción de
esas minas, hecha por el doctor Nieto en Enero 31 de 1843. Según el
informe de dicho Nieto, las ruinas consisten de un vasto edificio de 3600
pies de largo, 150 pies de ancho y 150 pies de alto. Sobre este edificio
se halla fabricado un segundo cuerpo de 600 pies de largo; 500 pies de
ancho y 150 pies de alto: ¿sería un templo o una fortaleza, o las dos
cosas a la vez?
Enmedio de tan diversos y contrariados pareceres, no es posible
formar una idea próximamente exacta. La momia antigua, que existe en mi
poder, extraída de las calicheras de la Victoria, ha sido hallada debajo
de una costra sólida de chuca; este hombre ha sido hallado completamente
desnudo, sin siquiera aquella histórica hoja de higuera, que usó nuestro
padre Adán: la raza a que pertenecía ese hombre, no conocía el uso de los
metales, pues los anzuelos que usaba no eran ni de fierro ni de cobre, ni
de hueso de animal terrestre, ni de pedernal, son de espinas de los mismos
pescados, y, sin embargo, ese hombre tan antiguo sabía beneficiar y tejer
el algodón, supuesto que la bolsa que contiene los anzuelos es tejida de
hebras gruosas de algodón; ese hombre usaba como alimento el maíz,
supuesto que a sus pies, según informes posteriores, se hallaron chala y
mazorcas desgranadas; ese hombre tenía consigo algún animal domesticado,
porque, según datos posteriores, al pie se encontró un animal pequeño, que
al tocarlo se hizo polvo. Todas esas comarcas son desiertos completos; en
ellas no existe hoy la más pequeña señal de vegetación; y, sin embargo
[73] en esa remota época, ese hombre usaba algodón, paja y maíz. Su casa,
de la más primitiva construcción, era un círculo de trozos de roca unidos
con barro, formando un recinto como de ocho pies de diámetro; esa casa no
tenía más techo que un grueso cordel de paja trenzada, que pasaba de una
parte de la cumbre a la otra, y después había sido cruzado, formando
cuadros encima y hallándose depositado, sobre ese cuadro de cordeles de
paja cruzados, un gran montón de paja suelta, que daba sombra siquiera a
su desvalido propietario. Ese hombre no tenía muebles de ninguna clase; su
asiento era un trozo de roca algo cuadrado; ese hombre no tenía compañero;
en las inmediaciones no se han hallado ni otras cabañas, ni otros
cadáveres. Ese hombre, ha sido, al parecer, repentinamente privado de la
vida: ha sido hallado sentado, con su mano apoyando su cabeza, con su
lengua alargada de la boca, como el hombre que se ahoga, que busca el
ambiente y no lo halla, como si fuera una victima de Pompeya o Herculano,
como la víctima, quizás, de materias mefíticas esparcidas por la
atmósfera, y que han podido sofocar, privar de la vida, a seres vivientes
en esos campos. Plinio y los historiadores contemporáneos, nos han
referido los cataclismos que arruinaron Pompeya y Herculano. Las Américas
no han tenido esos Plinios. Las razas de la momia antigua, y los
fabricantes de Tiahuanaco, etc., han desaparecido de la tierra sin dejar
historiadores de sus hazañas, de su pasajera existencia. Los hombres que
vivían en esos territorios, quizás idearon dejar recuerdos de su
existencia en los jeroglíficos de los cerros Pintados al Sur de la Noria,
gravados en las rocas en esa localidad: ¿quién los descifra? ¿Dónde está
ese Champollión moderno, que lea esos relatos, esas palabras, que dé
alguna luz sobre la oscuridad de esos tiempos? ¿Quién sabe de dónde
vinieron [75] esos pobladores de nuestra patria? Bellas teorías,
plausibles conjeturas, no son más que palabras vacías que nada prueban en
realidad.
Voy a tratar en esta última parte, de los volcanes existentes en
estos dilatados territorios.
Las Américas de Norte y Sur han sido y son centros de grandes
convulsiones volcánicas. Desde el Estrecho de Behring, al último extremo
de la América del Norte, en su lado Oeste, hasta la Tierra del Fuego,
último extremo del Sur del continente Sur de América, existe un continuado
eslabonamiento de volcanes de más o menos altura, de más o menos actual
actividad, de más o menos antigüedad.
Por noticias que tenemos de los diferentes viajes verificados por
Behring, Cook, etc., en esas remotas comarcas de la antes Rusia Americana,
hoy territorio Alaska de los Estados Unidos, sabemos que en esas costas y
las islas inmediatas, se demuestran aquellos signos que plenamente
comprueban la acción volcánica ejercida sobre ellas en remotas épocas. El
gran volcán San Elías, en actual y violenta actividad en las costas de
Alaska, comprueba la verdad de las relaciones de esos antiguos y
renombrados navegantes. En la Colonia Británica, el monte Baker y el
volcán que se distingue de la cabecera del canal Jervis, demuestran la
continuación o eslabonamiento de los fuegos subterráneos. Varios picos en
el territorio de Washington (Estados Unidos); y los llamados Jefferson,
Diamorid y Scott, en el Oregón (Estados, Unidos), señalan la continuación
ya indicada. En el Estado de California, el gran cerro Shasta, con su
altura de 14440 pies, y el pico Pilot, son volcanes hoy apagados; en
épocas remotas han ellos sido centros de violentas conmociones, como lo
demuestra los torrentes de lava visible a sus inmediaciones. Todo el
territorio del Sur de California es volcánico. Cronise, en su notable obra
sobre la California, publica [76] los pormenores de los estragos
volcánicos, causados en épocas remotas, en los Vastos territorios al Sur
de ese Estado.
En Méjico es patente el eslabonamiento, y los volcanes de Orizaba
(5400 m.) y Popocatepelt (5300 m.), son monumentos. imperecederos que
atestiguan la existencia de la continuación de fuegos subterráneos. Las
Repúblicas de Centro América y las Antillas, han sufrido y sufren
constantemente los más terribles terremotos. Hacen pocos años que la Isla
de San Thomas (Antilla Dinamarquesa), fue casi totalmente destruida por un
terremoto. La ciudad de Guatemala (Centro América), ha sido dos veces
destruida por grandes terremotos. El origen del volcán de Jorullo (Centro
América), y el modo cómo una risueña heredad, en sólo una noche, se
convirtió en un terrible volcán, se hallan descritos, con elocuentes
palabras, en los viajes del afamado Humboldt. El territorio de Panamá es
víctima constante de la acción volcánica; y aun cuando en su territorio no
se encuentran volcanes, se ha notado que las reventazones del volcán San
Vicente (Antilla Francesa), inmediatamente producen temblores en Panamá y
sus contornos.
No se notan volcanes en la costa de la Nueva Granada. Últimamente se
han sentido en Mompox grandes ruidos, y como descargas de gruesa
artillería; quedando la tierra en estado constante de temblor por varios
días.
El territorio del Ecuador es esencialmente volcánico: los renombrados
Pichincha (5200 m.), Cotopaxi (5300 m.), Chimborazo (7000 m.), etc., son
otros tantos eslabones de la inmensa cadena de fuegos subterráneos, que,
como he dicho, viene recorriendo las inmediaciones de las costas de las
Américas, desde Behring a Magallanes.
Las islas Galápagos, todas de origen volcánico; [77] las islas
Sandwich (o Hawaii), parecen ser ramificaciones de esos fuegos
subterráneos. En Hawaii, el volcán Mouna Koa, tiene 4840 metros de altura,
y su cráter es considerado como el más vasto de los conocidos en el orbe.
Toda la costa del Perú da patentes señales de la más violenta acción
volcánica; desde las cordilleras de Cajamarca a los altos de Atacama,
(Bolivia), el Perú se halla cubierto de una serie de picos volcánicos, de
que luego me ocuparé.
El Atacama y otros de Bolivia son monumentos visibles de la
continuación del eslabonamiento y de la acción volcánica en el territorio
de esa República.
Las Cordilleras de Chile son cubiertas de picos volcánicos: con
inmensa grandeza se ostentan los volcanes de Aconcagua (7600 metros), y
Osorno, etc. El fuego volcánico no se apaga por las aguas del Estrecho de
Magallanes; y los volcanes que en él se ven, demuestran la continuación de
su existencia en la Tierra del Fuego.
Ramificaciones de esos fuegos parecen ser el volcán Erebus (7700 m.)
del Continente Austral, extremo Sur; y el volcán Kluches, 4900 metros.
(Kamskatska) extremo Norte.
Hace algunos meses que casualmente me encontré con una obrita que
trataba sobre volcanes y terremotos; y cuyos autores, copiando sin duda
las noticias de poco cuidadosos viajeros, aseguran que toda la América del
Sur sólo ostenta treinta y ocho cráteres volcánicos, de los cuales sólo
doce se hallan en actual actividad. Si a estos señores escritores se les
ocurriese la peregrina idea de venir a esta parte de la América, me sería
grato llevarlos a Tacna, hacerles subir la quebrada de Palca, y pudiera
ser que de la cumbre de Huaylias (4496 metros), cuatro leguas distante del
Tacora, antiguo volcán, pudiésemos contar los treinta y ocho cráteres sin
gran dificultad. [78] En el Departamento de Cajamarca sólo tengo noticia de dos volcanes,
hoy apagados, el Ichaocan y el de la Encalada; ignoro sus alturas, pero,
por lo general, los volcanes del Perú pueden considerarse como de una
altura de 4000 metros, término medio.
Los Departamentos de Libertad y Ancachs, demuestran varios picos, sin
duda alguna, volcanes apagados: sus vertientes de aguas termales
demuestran la existencia de fuegos subterráneos, sobre gran parte de su
extensión territorial.
En el Departamento de Lima se ostentan, en la Cordillera, gran
cantidad de picos volcánicos, muchos de ellos sin nombres conocidos.
Los picos de Morococha (3392 metros), Tactuchu (4224 metros),
Pomacocha (4490 metros), Yautac (4637 metros), Sugtunchaca (4900 metros),
indican claramente la acción volcánica que, desde inmemoriales tiempos, ha
trabajado el territorio de estas comarcas. Sobre la Isla San Lorenzo y
Salto del Frayle, me ocuparé después.
En los territorios de Junin, Huancavelica, Ayacucho e Ica, no faltan
picos volcánicos cuyos fuegos parecen adormecidos. Los vertientes termales
en esas comprensiones -las aguas de Huacachina, por ejemplo, indican la
existencia de esos fuegos, que en épocas, más o menos antiguas, han
destruido Lima, Pisco o Ica, causando ruina por todas partes: la
desolación- la invasión de las olas del mar. En la provincia de
Parinacochas (Ayacucho), el gran volcán Achataihua, en actual actividad;
el Sarasara, hoy apagado, son notables por su gran altura: el 1.º tiene
4220 metros, el 2.º 5705. El Achataihua, al reventar, sembró la desolación
y muerte en aún recordados tiempos.
El Departamento de Arequipa es esencialmente Volcánico. En la
provincia de la Unión, el volcán apagado Sulomani, de inmensa pero aún no
medida [79] altura, en la provincia de Cailloma, el volcán apagado de este
nombre; en la provincia de Arequipa, el Misti (6198 metros según Haenke),
(5600 metros según Pentland), (3754 metros según Dolley); el volcán
Pichupichuni, al Sur del Misti, (5670 metros), dan a conocer patentemente
las causales de los grandes terremotos de que con tanta frecuencia ha sido
víctima la ciudad de Arequipa. En la línea, casi divisoria de las
provincias de Chuquibamba y Castilla, se halla el volcán, hoy apagado, de
Coropuma; y el Morro Siguas en la provincia de Camaná, parece un embrión
de volcán aún no bien desarrollado.
En el apartado Departamento del Cuzco, las vertientes termales de
Vilcanota: en el Departamento de Puno, las aguas termales de Fray Lima y
Putina, son comprobantes de la existencia de fuegos subterráneos: mientras
que las capas de lava del Alto de Puno, y los campos cubiertos de
traquita, de Sacuyo, Vilque y Tiquillaca, comprueban mis asertos sobre la
existencia de una gran Cordillera volcánica que ha existido en esos
territorios, cuyos derrumbes han llenado la concha de la Paz de abundantes
conglomerados, y que al hundirse esa vasta serranía, ha formado la Gran
Laguna del Titicaca.
El Departamento de Moquegua siempre ha sufrido mucho de la acción
volcánica. Los volcanes de Quinistaquillas y de Ubinas (4876 metros) en el
extremo Norte de su territorio; Huaina Putina, otro terrible volcán, han
constantemente causado los mayores estragos en todos esos territorios.
Quinistaquillas reventó en Febrero 15 de 1600, quedando desde esa fecha
reducido a menos de la mitad de su antigua altura, según tradiciones
locales.
En el Departamento de Tacna, los picos volcánicos son sobremanera
abundantes. En los altos de Candarave existen tres picos volcánicos muy
notables: el Tacalaya apagado; el Tutupaca en actual y [80] violenta
actividad; el Yucamani, volcán apagado que en un costado tiene una inmensa
abertura por la cual ha corrido un grandioso torrente de agua. Al pie del
Tutupaca corre el río Callasas, cuyas aguas salobres y sulfurosas rellenan
la laguna de Candarave, que surte de agua el río de Locumba. Al pie del
Yucamani se ven en gran cantidad hervideros de agua caliente, saturada de
cal, y que forman en gran cantidad como panes de azúcar sobre el terreno.
El volcán apagado Agua de Milagro, altos de Tarata; Chipicani (6915
metros); Quiñuta, (5708 metros), que es el mismo llamado Tacora; el
Caplina, el Caracara, ambos al Este de Tacora, y un gran número más que ni
nombres tienen, ostentan sus destrozados picos en esos vastos territorios.
El volcán Putre, a inmediaciones de las cabeceras del río Lluta, y el
Chipicani (6915 metros), indican la acción Volcánica de esos campos. El
Tutupaca reventó en 1600, en la época en que reventó el Quinistaquillas;
volvió a reventar en 1802; y recuerdo haber oído decir a mi señor padre,
que hasta en Tacna, cuarenta leguas distantes, se oían los rugidos del
volcán ese, quedando todas esas comarcas cubiertas de sus arrojadas
cenizas. Fueron estas tan abundantes, que al medio día oscurecieron los
rayos del Sol, aun en el mismo Tacna.
La provincia de Tarapacá os en la que más se ostenta la acción
volcánica en el Perú. Aún, al extremo Norte de esta provincia, se hallan
los volcanes apagados Chullucani, Pumiri, Cancoso (6096 metros); Carabaya
(5416 metros); Copaisa (6096 metros); Huaca (4158 metros); Yabricocha
(4108 metros), parece ser volcán, pero aún no está suficientemente
comprobado; Mama Uta (5180 metros); Isluga en gran actividad actual (4267
metros); Tatajuchura (5181 metros); Surima (4321 metros); Guaripata (4429
metros); Sillillaca (5496 metros). [81] Sobre la línea divisoria con la República de Bolivia, y en puntos no
bien determinados de jurisdicción territorial, se hallan algunos volcanes
importantes. El volcán Sejama, escrito a veces Sehama y Sajama, brota,
digamos así, de la Gran Pampa de Carangas, República de Bolivia: este es
el volcán más alto que se conoce en el Globo, pues tiene 6934 metros de
altura, según medidas tomadas por Forbes últimamente. Su nombre Saj-hama,
significa en Aimará Más altura. Hacia el Oeste algo Sur, se halla el
volcán de Puramape (6614 metros), algunos lo escriben Pumarape, y en el
Mapa de Ondarza y Mejía está escrito Comarape; el verdadero nombre es
Pumarape (León que ruge); y, a la verdad, ha rugido este león con tanta
fuerza, que se ha reventado en mil trozos; aún ruge, pues se halla en
actividad. Poco al Norte de Sajama, se hallan dos volcanes hoy apagados,
llamados Paya-chata, palabras Aimaras, que significan dos pechos. Al Sur
de Sajama se halla el volcán de Parinacota (6593 metros), en actividad, al
Sur Oeste se halla el volcán Guallatiri (6694 metros) apagado. Al Sur de
la ciudad de Tarapacá, se hallan los volcanes apagados de Mulluri,
Alpajiri, Tursuma, el Puchuliza (que arroja agua actualmente), el Oscañe
en actividad; los volcanes apagados de Zirima, Tambogrande, Miño, Colorado
y Choja, con varios otros picos más de volcanes apagados y cuyos nombres
ignoro, demuestran la gran acción volcánica, que se ha ejercitado sobre
esos vastísimos campos, en épocas no recordadas. Los volcanes del Perú son
como las letras del palacio de Belshazzar:
Manet, Tezel, Phares,
y demuestran que hay necesidad de tomar constantes providencias, para
enervar sus estragos, para precaver la destrucción, desolación y muertes
del 15 de Agosto de 1868, y 9 de Mayo de 1877. [82] El 26 de Agosto de 1883, hacen dos meses, el volcán Krakatoa de 2700
pies de elevación, ostentaba su cono en el Estrecho de Sunda, que separa
la gran Isla de Borneo, de la de Java. Ese día el volcán Gunnung Guntur y
el Moha Meru (Isla de Java), repentinamente, de sus ardientes conos,
expelieron grandes columnas de fuego y humo; el volcán Gunnung Theeggar
(Java), (3000 pies elevación) enseguida comenzó también a arrojar llamas.
En pocas horas, en un radio de más de 30 leguas, quedaron destruidos todos
los campos, sepultados más de cien mil habitantes, y el volcán Krokatoa se
hundió en el estrecho, a la vez que el fondo del mar se alzó al extremo de
hacer muy peligrosa la navegación de buques por el citado estrecho de
Sunda, pasaje forzoso de los buques que navegaban del Indostán a la China,
Japón, etc.
La Isla Ischia, frente a Nápoles, acaba de sufrir uno de esos
cataclismos que aterran al mundo civilizado. El Etna (3500 metros); el
Vesubio, el Stromboli, cono volcánico, que brota del mar, son los
talleres, digamos, donde se ha labrado la destrucción de Pompeii y
Herculaneo; donde se acaba de labrar la ruina de Ischia.
En los artículos que llevo publicados, he anotado que los Normandos,
o sean los habitantes de Dinamarca, Suecia y Noruega, establecieron
numerosas colonias en el territorio de Groenlandia; que este territorio en
esa época se hallaba cubierto, según las relaciones contemporáneas, de
campos verdes, llenos de vegetación, y que esas poblaciones adquirieron
notable aumento, bienestar y prosperidad; que hacen como quinientos años
que esas poblaciones y colonias desaparecieron por completo, sin que se
sepa, cómo ni cuándo sobrevinieron esos sucesos; y que en repetidas veces,
y aún en la actualidad, se han emprendido viajes con el objeto de resolver
el problema de su desaparición. [83] La idea general que existe es que un violento y repentino cataclismo,
un cambio inesperado y súbito de las condiciones atmosféricas, causaron la
inmediata muerte de todos estos habitantes, convirtiendo sus poblaciones
en cementerios, sus verdes campos en desolados desiertos, cubiertos de
eternos, al parecer, hielos, y sumergidos bajo enormes capas de nieve.
Análogo cataclismo ha podido sobrevenir en esta parte de las
Américas: ¿quién puede negar la acción todopoderosa de la Naturaleza?
¿quién puede asegurar que combinaciones atmosféricas, derrames deletéreos,
arrojados del seno de la tierra, no hayan podido privar de vida a los
seres humanos existentes en estos continentes? Que estos territorios han
sido habitados, que sobre sus vastos campos han existido naciones muy
avanzadas en civilización y artes, lo demuestran con sobrados
comprobantes, las ruinas de Tiaguanaco, Chavin, etc, en el continente, del
Sur; lo comprueban los edificios y templos de Palenque y Copán, etc., en
el Centro; los Pueblos Viejos, etc., de Sonora y Sur de California. ¿Cómo
han desaparecido esas poblaciones? Este es un problema, a mi juicio,
imposible de resolver en la actualidad. ¿Qué pueblos fueron esos, en qué
estado de civilización se hallaron cuando fabricaron esas ciudades, cuándo
llenaron de sus hieroglíficos las rocas de Paipay (6), las de Pintados
(7), etc?
Actualmente es imposible contestar estas preguntas, quizás jamás se
podrá hacerlo; pero es indudable que han existido poderosas naciones en
estas comarcas, que han dejado como comprobantes de su [84] existencia,
esos monumentos, y que han desaparecido, sin que este último suceso se
pueda vislumbrar, cómo y cuándo sucedió.
La gran cantidad de volcanes que existen en toda la extensión de las
bostas de las Américas; el ser los puntos donde se hallan situados
Palenque, etc., por una parte, Tiaguanaco, etc., por otra, tan fuertemente
trabajados por la acción volcánica, me han hecho formar la idea de que
quizás emanaciones abundantes y muy deletéreas de esos volcanes,
produjeron la repentina desaparición de sus habitantes.
Tiaguanaco se halla situado en el mismo punto donde, a mi juicio, se
ha ejercido la más grande acción volcánica que se puede reconocer, en el
Globo; pues como ya he dicho, el Gran Lago del Titicaca es un inmenso
hundimiento de volcanes muy activos y muy vastos.
En otros puntos de nuestra costa se hallan señalados, con notables y
convenientes pruebas, los trascendentales efectos de grandes movimientos
volcánicos: voy a anotar algunos.
La Isla de Macabi, antes cubierta de huano, ha sido levantada en toda
su extensión en el mar; al caer, se ha partido en dos trozos, separados
por una rajadura de doce a catorce varas de ancho, por donde pasan las
aguas del mar hoy día.
La Isla de Guañape ha sido dividida en dos trozos: el trozo al Norte
se ha sumergido muy profundamente en el mar, dejando una altura como de
cuatrocientos pies, completamente perpendicular, y que demuestra la
realidad del hundimiento indicado por ese lado.
Las Islas inmediatas a la Punta de Ancón, se hallan divididas,
algunas por mitad, otras rajadas en diferentes trozos por la violencia de
la acción volcánica en épocas remotas.
La Isla de San Lorenzo ha sido levantada en su [85] parte Norte, a
una altura de 391 metros; y las capas que la forman, se inclinan en toda
su extensión al mar hacia el Sur, de un modo muy notable y visible.
La bahía de Chorrillos es un hundimiento, producido por la acción
volcánica del cráter del Salto del Fraile. Sobre éste he escrito un
artículo especial publicado en la «Patria». En dicho artículo hago memoria
de un temblor muy fuerte, que se sintió en estos territorios hacen como
quince años; y en el cual hubieron reventazones submarinas, enfrente del
Morro Solar; reventazones que tiñeron de un color amarillo las aguas de
esos puntos, y causaron la instantánea muerte de millares de peces, que
fueron arrojados a las playas de Chorrillos y Miraflores. Muchos
habitantes de Chorrillos de esa época, deben recordar estos incidentes,
El Callao, Pisco y todas esas costas, han sido varias veces
sumergidas debajo de las violentadas olas del mar: cataclismos producidos
por la acción volcánica, que ha levantado esas embravecidas olas, y las ha
arrojado sobre las costas, ocasionando la desaparición de esas grandes
poblaciones, y la desolación y ruina de sus campos.
Cuando el comandante Portal fue encargado por nuestro Gobierno, con
la corbeta «Unión», para practicar el sondeaje del fondo del mar, del
Callao a Iquique, con el objeto de establecer el cable telegráfico,
encontró, si mal no recuerdo, enfrente de las costas de San Gallán,
sumergida una isla cubierta de huano. Este hecho no ha podido verificarse
sino por la acción muy violenta de volcanes submarinos. En las
inmediaciones de Islay, existen los llamados Hornillos: son cráteres por
donde materias volcánicas han sido expelidas; cráteres, sin duda, que
tienen ramificaciones con el Misti.
La caleta de Pocoma desapareció en Agosto de [86] 1868, el fondo del
mar se levantó más de veinte pies. A las cinco leguas al Sur, los
alfalfares del puerto de Ilo, en ese mismo día, fueron sumergidos debajo
de las olas, y así permanecen aún.
El Morro de Arica (142 metros), es una corriente de lava; ¿de dónde
ha provenido esa lava? Esto no es posible contestar, porque en esas
inmediaciones no se halla volcán alguno; y es preciso creer que en alguna
muy antigua y violenta erupción, se ha abierto la tierra en alguno, no muy
lejano punto, ha expelido esa lava, y se ha cerrado enseguida, sin dejar
bien demarcado el punto de esa erupción.
Arica ha sido varias veces sumergida debajo de las olas del mar. Las
alturas de Camaracas y Vítor, al Sur de Arica, son dignas de un serio
estudio. Corren en línea recta, en una distancia de quizás ochenta millas
marítimas, llevando una pendiente completamente perpendicular, sobre las
orillas del mar.
¿Son acaso esas alturas parte de un Continente destrozado por una
violenta conmoción volcánica, y que se ha sumergido en el profundo mar que
las baña? Esas alturas tienen como tres mil pies de elevación sobre el
nivel del mar; el volcán de Krakatoa en el estrecho de Sunda, de que he
hablado, se ha sumergido en el mar, a pesar de su altura de 2700 pies.
¿Igual cosa, en época remota, no ha podido suceder con respecto a las
alturas de Camaracas y Vítor? La misma energía volcánica, en antigua y
remota época, no ha podido emplearse, cuando según lo demuestra la
Geología, ella era mucho más general sobre la tierra, que lo que es lo
ahora, ¿cómo se ha empleado en el Sunda? Mis creencias y convicciones, son
que ha existido en esta costa un territorio que ha desaparecido por
completo -quizás un vastísimo continente cuyos elevados picos son muchas
de las islas, que hoy se hallan en el Pacífico del Sur. [87] Las cordilleras que corren, pude decirse, paralelas a las orillas del
mar, y que, como he indicado, se hallan cubiertas de picos volcánicos, han
sido ellas mismas levantadas lentamente y en el curso de millares de años,
del fondo del mar. Autores hay que aseguran que las pampas de Miraflores
(3682 metros) de Arequipa, y las de Cachendo, en épocas muy remotas, han
sido lechos del mar; como lo ha sido, indudablemente, la del Tamarugal
(1066 metros), de Tarapacá, según lo demuestran multitud de objetos
marinos que se han hallado y o se hallan en su recinto.
El volcán de Isluga se halla en actual y violenta actividad. En las
oficinas salitreras de la Pampa del Tamarugal, se siente temblar la tierra
a todas horas del día, y, lo que es peor, a todas horas de la noche. Con
frecuencia se sienten ruidos subterráneos, como si se arrastrasen
violentamente grandes cadenas de fierro sobre una superficie de roca;
algunas veces también se sienten lejanas explosiones, como descargas de
gruesa artillería, a alguna distancia. ¿Quién puede asegurar que algún día
la bóveda, que aún resguarda esos campos, no se hunda, y sobrevenga en ese
territorio otro Krakatoa? Lo cierto es que la acción volcánica en muchas
partes del Mundo, marcha en notable disminución; lo comprueban los
volcanes del Sur de Francia; lo comprueban el gran número de picos
volcánicos apagados, existentes en nuestro mismo territorio; lo comprueba,
especialmente, el muy notable número de volcanes sin actividad, en el
mismo territorio de Tarapacá.
La momia que existe en mi poder parece haber sido víctima de un
cataclismo volcánico.
Si hubiera dejado de existir de un modo natural, su cadáver hubiera
sido hallado, como todas las momias que se han encontrado con las rodillas
levantadas, [88] hacia la cara, y con las manos dobladas; ésta, como he
dicho, se ha hallado sentada con la cabeza apoyada sobre su mano, y una
particularidad muy notable, con la lengua alargada como la de un hombre
que se ahoga, a quien le falta la respiración.
La misma circunstancia de hallarse sentado en su choza, tan primitiva
en su construcción, comprueba lo repentino, lo violento de su muerte. Una
combinación repentina y violenta de la atmósfera, ha producido, según
creencias de los sabios, la muerte y desaparición de los habitantes y de
los verdes campos de Groenlandia; ¿no podía haber sobrevenido otra
combinación repentina y violenta de la atmósfera, sobre ese territorio de
Tarapacá, que privase de la vida a los seres que habitaban esa parte del
territorio?
¿No han podido las emanaciones volcánicas, expelidas por tan gran
cantidad de picos, en actual y violenta combustión, producir un estado
deletéreo de la atmósfera, y causar la muerte de ese hombre?
¿La misma chuca que cubría su cadáver y modesta morada, no es,
quizás, producción volcánica?
A estas preguntas es difícil dar contestación plenamente
satisfactoria, por carecer casi por completo de datos suficientes; quizás
más tarde se podrá adquirir mayores y más fehacientes pruebas.
Muy larga ha sido mi correspondencia sobre la momia hallada en las
calicheras de la Victoria: aquí cesarán mis publicaciones sobre Tarapacá.
¡¡TARAPACÁ!!...
Aquí caben las palabras siguientes de un ilustrado escritor: «¡¡El
derecho!! ¡¡la razón!!...» he aquí dos grandes palabras del siglo, dos
grandes innovaciones de la Edad presente. El Derecho, ante el que parece
que todo el mundo se descubre. La Razón, ante la que parece que todo el
mundo se arrodilla. En nombre del Derecho se intenta todo: en nombre de
[89] la Razón todo se acomete. Pero, ¿qué es el Derecho? Una cosa muy
sencilla: es todo lo que se quiere, principalmente todo lo que se puede;
en una palabra, el Derecho es la Fuerza... El Derecho es un puñado de oro,
la punta de una espada, el resultado feliz de una intriga hábil, de una
infamia triunfante, de una iniquidad victoriosa; es, en fin, una
combinación irresistible de la Fuerza y de la Fortuna. El Derecho es una
palabra cuyo sentido es..., ÉXITO...
¿Qué cosa es Razón?
La Razón no puede ser, en sustancia, más que la mitad más uno: la
Razón es la cantidad; el número, la masa.
¿De quién es la Razón?
De los más: esto es, de quien no ha sido nunca... de quien no será
jamás. Una votación es el último paso de la Razón humana. Es Derecho lo
que se puede, es Razón lo que se quiere. ¿Quién me tose con una mayoría
cualquiera? ¿quién se atreve a mi Derecho, teniendo yo un ejército
formidable?... El Derecho será del que venza; la Razón del que triunfe.
Convencer es un verbo que se ríe de sí mismo; vencer es la gran palabra,
la guerra es la gran demostración; no se ha hallado otra... Por eso,
¿quién piensa en la fuerza del Derecho? ¿Quién no piensa en la fuerza de
los cañones rayados, o de los fusiles de aguja? Todo lo que se acerca a la
guerra, se puede decir, se le ocurrió hace ya mucho tiempo a las bien
templadas hojas de las espadas de Toledo. Como en aquellos tiempos éramos
tan bárbaros, debió considerarse como cosa indispensable, que el Derecho y
el Deber fueran escritos sobre la fuerza misma. Aquellas hojas brillantes
de aquellas nobles espadas, decían por una parte, en letras talladas sobre
el acero: «No me saques la Razón»... «No me envaines [90] sin honor» Lo
cual, traducido, quiere decir: Ante todo: «No seas bruto».
Después: «No seas cobarde».
Se han borrado los artículos; y, sin duda alguna, por eso tenemos
esas espadas de esa noble ley que la deshonra vende, el éxito compra, y la
infamia alquila. [91]

Botijlaca
Hace treinta y tres años que yo desempeñaba el puesto de Subprefecto
de la provincia de Azángaro, departamento de Puno. En esa época, dicha
provincia la constituían los distritos de Azángaro, Acillo, San José, San
Antonio, Potoní, Poto, Muñani, Putina, Santiago de Pupuja, Caminaca,
Achayá, Saman, Taraco, Arapa y Chupa. Posteriormente, le ha sido según
creo, segregados los de Taraco, agregado como era muy conveniente a la
provincia de Huancané; y le han sido agregados los pueblos de Nicasio y
Calapuja, que formaban parte del territorio de la provincia de Lampa, del
mismo departamento.
Sobre esa alta planicie, cuyas pampas varían de 12500 pies de
elevación sobre el nivel del mar, no son muy elevados los cerros; y
solamente en las alturas de Ayuni y Picotani, es de alguna permanencia la
nieve en los meses de mayo a agosto, época de los fríos.
Tres ríos de alguna importancia cruzan esas comarcas. El primero es
formado por las corrientes que bajan de las serranías de Ucuviri,
Huarochirí y Ayaviri; pasa al este del pueblo de Pucará, y se une [92] al
gran río, llamado Ramis, un poco al norte de Achaya. El pueblo de Pucará,
de la provincia de Lampa es muy notable por el gran Peñón, parecido al de
Gibraltar, que se halla a sus inmediaciones por la muy notable abundancia
de una cría especial de Halcones, allí llamados Huaman, que domicilian
sobre dicho peñón, y por sus establecimientos de alfarería.
El río Ramis tiene su origen en las lagunillas inmediatas a los
grandes lavaderos de oro, llamados Poto, de las cuales corre al este a los
inmensos ventisqueros de hielo, llamados Aricoma, por una distancia como
de quince leguas. Esos ventisqueros en algunas superficies tienen un tinte
rosado, proveniente de la microscopia planta, llamada prolocucus nivalis,
tan notable sobre los nevados Alpes. De Aricoma corre el río Ramis por
frente del pueblo del Crucero, capital de la antigua provincia de
Carabaya, y de allí corre del norte al sur, pasando por frente de los
pueblos de Potoní, San Antón, Azángaro y Achaya. De este punto se dirige
al Este ya unido, al de Húmachiri, por frente de los pueblos de Caminaca y
Achaya; pasa al Este de Saman y Taraco, y entra en la Gran Laguna del
Titicaca en la rinconada de Sonuco. Este río Ramis, es vadeable en casi
toda su extensión, en los meses desde abril a diciembre. Desde diciembre a
abril hay necesidad de emplear balsas para pasarlo desde Ayaviri y Pucara,
en un ramal; y desde San Antonio en otro, hasta su embocadura. En todo el
año es impasable a vado, desde frente de Saman a su embocadura. En esta
última distancia tiene un ancho de 30 a 100 varas, y una profundidad de 20
a 25 pies. Las balsas que se emplean son de la totora (typhia) que crece
en tanta abundancia a las orillas de la laguna. La totora es unida por
medio de cordeles, tejidos de una paja especial, larga y tenaz, que crece
en abundancia [93] en esos campos. Las balsas, en las partes altas del
curso del río, son pequeñas, cuando más de 10 a 12 pies de largo, y 4 a 5
de ancho. Cada una de estas balsas es manejada por un solo remero, que
emplea para moverlas un palo largo y muy fuerte, madera de la familia
Kageneckia. Desde frente a Samán para abajo, las balsas del río son
grandes; tienen de largo como 20 pies, y de ancho como 12, y las manejan
tres o cuatro balseros. He visto pasar el río, en esos puntos, con cuatro
mulas cargadas sobre una sola balsa.
Los balseros son muy diestros: gozan ciertos privilegios, y forman un
gremio especial.
El tercer río notable de la provincia de Azángaro, es formado por las
aguas que bajan de las alturas, que dividen la hoyada de Potoní y San
Antón, a las llanuras de Guasacona, Muñani y Putina: y de los torrentes
que bajan de las serranías de Ayuni y Nequeneque. Este río pasa por frente
de Muñani hacia el Sur a Putina, a cuyas inmediaciones corre como tres
leguas más abajo de Putina, y no muy distante de la hacienda de
Quilloquillo, de la familia Torres, entra al territorio de la provincia de
Huancané, pasa no muy lejos de la población de este nombre, y se une al
gran río Ramis, como dos leguas más arriba de su embocadura. En la
provincia existen tres lagunas de alguna importancia. La primera es
llamada Arapa: casi a sus orillas se hallan las poblaciones, cabeza de
distrito, llamadas Arapa y Chupa; es una bellísima laguna como de cinco
leguas en contorno; en los meses de aguas, tiene mucha más extensión y sus
aguas corren por un canal muy recto, de quince varas, más o menos de
ancho, a la Laguna del Titicaca: en esos meses ese canal sólo se puede
pasar por balsas. Otra laguna, inmediata a Azángaro se llama Quequerana:
tendrá como dos leguas en contorno; en los meses de aguas, [94] rebalsan
sus aguas al río Ramis, por frente de Pucará. La otra laguna es llamada de
Salinas; debió dar el título de marqués de las Salinas a la familia
Choqueguanca, indios nobles, muy partidarios del gobierno español. En los
meses de aguas esta laguna se extiende mucho sobre sus orillas.
Evaporizando sus aguas en gran parte en los meses de abril a octubre,
queda sobre sus orillas un gran depósito de sal de buena calidad; de allí
el nombre de Salinas. Todos los pueblos de esos contornos se abastecen de
sal de esos depósitos.
En la provincia de Azángaro, no escasea la Puma y el Zorro: son los
únicos animales destructores del ganado. En los cerros que rodean la
Laguna de Arapa, se halla una especie de feliz [gato] más grande que el
gato doméstico, es de color pardo, con fajas café subido, distribuidas
como las del tigre real; y es destructor de las aves, y en especial de las
que frecuentan en gran número las orillas de la laguna. El Taruc (venado)
abunda, y es cazado por medio de la cacería llamada chaco, de quien
después me ocuparé. Es muy abundante la cría de ganado vacuno y lanar; no
sólo en las muchas haciendas que existen en la provincia, sino también en
las Comunidades, donde existen muchos indígenas, que tienen notables
tropas de ovejas y no pocas vacas. En algunas haciendas, aunque en
limitado número, existe la cría de pequeñas, pero vigorosas mulas; en
otras no falta la cría de yeguas. En la hacienda de Picotaní, y en sus
crudas Serranías, se hallan caballos silvestres, que trepan esas alturas y
rocas escarpadas con la velocidad de las gamuzas; los bellos, altivos y
briosos bridones de Andulucía, en Picotaní se hallan trasformados en
caballos enanos de menos de cuatro pies de alto, y cubiertos de larga lana
como perros chocos: el relinche de los caballos de Picotaní se asemeja al
relinche del caballo andaluz como [95] se asemeja el pito de un paco al
sonido de una corneta. En la provincia se produce, en especial en los
distritos del Sur, grandes cosechas de papas, quina y cebada; ésta, tanto
en grano, cuanto en rama para forrajes. Puede formarse juicio de la
abundancia de víveres en esta época, teniendo presente que las vacas
grandes valían 5 pesos; las ovejas cuatro reales; las gallinas medio real;
la docena de huevos un real; el saco de papas de seis arrobas seis reales;
el saco de cebada de seis arrobas seis reales; lo demás en proporción. Me
aseguran que ahora todo eso ha cambiado notablemente.
El temperamento en la parte Sur de la provincia es templado; el
invierno no es riguroso; rara vez se ve nieve, excepto en ciertas alturas,
como Ayuní.
Volcanes no han existido en estos territorios. Su acción sólo se
reconoce por las vertientes termales de Fray Lima, y Putina. En Fray Lima
existen buenos baños, y una casa que sirve de hospedaje a los enfermos.
Son aguas sulfurosas, y producen benéficas curaciones. Fray Lima, se halla
a tres leguas distante de Azángaro; los otros baños se hallan a las
goteras del pueblo de Putina.
La provincia de Azángaro, tendrá como cincuenta mil habitantes en
toda su extensión. De estos, las tres cuartas partes pertenecen a la raza
indígena.
Azángaro, la capital de la provincia ha sido: La capital del Imperio
de los Incas, ¿cómo y cuándo? dirán mis lectores asombrados, esto es lo
que les voy a explicar, si tienen paciencia para leer los renglones que
siguen.
Pero antes de satisfacer la curiosidad, permítaseme ahora una
descripción de la población.
Muy decaído se halla Azángaro de su antigua grandeza. La población
tendrá cuando más, mil quinientos habitantes, casi todos de raza blanca o
mestiza. Existe una grande y suntuosa Iglesia, [96] adornada de ricos
retablos, y algunas buenas pinturas; entre estas un retrato del señor
Morcillo, obispo de la Paz (Bolivia), después Arzobispo de Lima, y dos
veces encargado del mando del Virreinato del Perú.
Existe una general creencia, que el grito de independencia del Perú,
proclamado por Gabriel Tupac Amaru, quedó sofocado, con su prisión y
muerte, acaecida esta en mayo de 1781, en la plaza grande del Cuzco; este
es un error histórico, que es preciso desvanecer, y son muy pocos los que
se han cuidado de rebuscar los archivos, reunir los datos precisos, y
restablecer los hechos reales y verdaderos. Vamos a hacer conocer a
nuestros lectores la heroica y tenaz resistencia, que durante tres años
sostuvo en Azángaro, Andrés Tupac Amaru, sobrino de Gabriel, heredero de
sus títulos y derechos, ayudado por su ínclito general Vilcapasa, natural
de Azángaro; y como desde ese centro del Gobierno se dirigieron
expediciones, con más o menos felices resultados, a puntos desde Potosí al
Sur, a la provincia de Huarochirí, departamento de Lima, al Norte. He aquí
a Azángare, residencia de Andrés Tupac Amaru, convertida en capital del
Imperio Inca desde 1780 a 1783; es decir, por el largo espacio de tres
años.
En noviembre 4 de 1780, era Corregidor de Tinta un español, don
Antonio Arriaga; y Cura de Tungasuca, un clérigo cuzqueño, don Carlos
Díaz. Arriaga, como corregidor había hecho grandes repartimientos a la
indiada; y al verificar los cobros había cometido criminales tropelías y
exacciones sobre esas víctimas de su insaciable avaricia. Estos
repartimientos, eran gracias concedidas por el Rey de España a ciertos
favoritos de su Corte; y los agraciados distribuían mercancías de corto
valor a los indígenas de su corregimiento, recargándoles en los precios
del modo más exorbitantes sin que las víctimas pudiesen reclamar [97] ni
contra la distribución de especies, que no necesitaban, ni contra la
exorbitancia de los precios, que se les exigían.
En 1846, siendo Subprefecto de la provincia de Chucuito, el señor don
Manuel Costas, me hizo conocer un Rey de Bastos, que en años muy
anteriores, un Corregidor de Acora había repartido a un indio rico de ese
distrito, por la suma de cien pesos, y que el indio al morir había legado
a la Iglesia de su pueblo.
El cura Díaz había exhortado varias veces a Arriaga con motivo de los
abusos que cometía, pero sin resultado; y el domingo anterior aún había,
en un sermón, de un modo indirecto, predicado contra la avaricia de los
mandones; había además puesto sobre la puerta de la Iglesia, una protesta.
El día citado era cumpleaños del cura del Díaz y se hallaban muchos
en alegre reunión en la Casa Parroquial, cuando se presentó en medio de
los convidados el iracundo Arriaga, y en términos nada comedidos,
reconvino al cura por los conceptos de su sermón y protesta. A la defensa
del cura salió Gabriel Tupac Amaru, indio rico, descendiente de los Incas,
y que con toda su familia se hallaba en la Casa Cural; se entabló una
agria discusión entre Arriaga y Tupac Amaru; pero por la intervención de
otras personas presentes se sosegaron los ánimos; y Arriaga fue
obsequiado, y al parecer amistado con Díaz y Tupac Amaru. Tarde de la
noche se retiraron los convidados y asistentes, y al marcharse Arriaga a
Tinta, le salió al encuentro en el camino Tupac Amaru, diciéndole «Vengo a
acompañar a Vuesa Merced a Tinta» Al poco rato, la gente de Tupac Amaru
apresó a Arraiga; el que fue conducido a Tungasuca, y encerrado en un
oscuro calabozo de la casa de Tupac Amaru. El 10 de noviembre, Tupac Amaru
hizo reunir en la plaza de Tungasaca, a todos los vecinos [98] de raza
española, los rodeó de numerosa y armada indiada, y enseguida hizo ahorcar
en medio de la plaza al citado Arriaga, a quien enseguida, acto continuo,
le dio ceremoniosa sepultura.
El 14 de noviembre, Tupac Amaru hizo publicar un solemne bando,
aboliendo los repartimientos, mitas y demás impuestos y gabelas ordenados,
por la Corona Española.
En este bando, Tupac Amaru se titulaba como sigue: «Don José 1.º, por
la gracia de Dios, Inca, Rey del de Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y
Continente, de los mares del Sur, Duque de la Superlativa; Señor de los
Césares y Amazonas, de los Dominios del Gran Paititi, Comisario
Distribuidor de la Piedad Divina por el Erario sin Par». El bando se
hallaba autorizado en la forma siguiente: «Por mandato del Rey Inca, mi
Señor, Francisco Cisneros, Secretario.» ¿Qué cosa era la Superlativa? En
el citado bando también mandaba Tupac Amaru, que se reiterase e hiciese la
jura de su Real Corona etc.
Veloces y entusiastas emisarios volaron en todas direcciones. Desde
Potosí a Huarochirí, se conmovieron las indiadas, y en muchísimos puntos
estallaron sangrientas revoluciones. «Muerte a los Chapetones», fue un
grito y hecho general; y los españoles y sus descendientes eran degollados
sin piedad por todas partes. Tres cuartas partes de la opulenta ciudad de
Oruro, fue saqueada e incendiada, pereciendo igualmente en las minas e
ingenios sus opulentos propietarios. Desde esa época Oruro quedó
destruida; recién va volviendo a su antiguo ser, merced a las riquísimas
minas que se han vuelto a elaborar. La Paz, ciudad de tan grande y notable
vecindario, fue atacada y sitiada por más de cincuenta mil indios, a
órdenes del indio general Tupac Catari: sus casas quintas quemadas, sus
propiedades externas destruidas. Los vecinos de la Paz todos se armaron,
[99] y a órdenes del Brigadier Segurola, abuelo materno del general
Ballivian, lograron contener la revolución y matanza. Desesperados, pero
infructuosos y continuos ataques dio Catari, hasta que con la llegada de
las fuerzas españolas, a órdenes del general Valle, que desde Buenos Aires
marcharon al Alto Perú, se logró someter tan general revolución. Puno,
Chucuito y varias otras poblaciones fueron destruidas, En varias otras
poblaciones sucedió lo mismo, desde el Desaguadero a Huarochirí.
El 12 de noviembre se tuvo en el Cuzco noticia de la muerte de
Arriaga, y levantamiento de Tupac Amaru. Los vecinos más notables se
reunieron en el Convento de los Jesuitas, para tratar de la defensa de la
ciudad, y de la esperada invasión de las fuerzas de Tupac Amaru.
Las tropas, en corto número realistas, que se hallaban en el Cuzco,
unidas al vecindario armado, y a gente de los Caciques Ambrosio Chillitupe
y Pedro Sahuaraura, salieron a combatir a Tupac Amaru; éste les permitió
entrar a Tungasuca, donde los sorprendió el 17, pasando a cuchillo a
todos. Los realistas supieron este fracaso el 19; y el 20 salieron del
Cuzco las compañías de Nobles Voluntarios, a órdenes de los jefes don José
Andrade y don Pedro Tadeo Bravo. Si Tupac Amaru, conseguido el triunfo del
17, hubiera marchado directamente sobre el Cuzco, quizás se posesiona de
la antigua capital de los Incas y afianza su gobierno; a lo menos, su
autoridad hubiera tenido más duración.
El Virrey de Lima destacó todas las fuerzas que pudo sobre el Cuzco;
estas fueron engrosadas en su marcha, por las tropas del Valle de Jauja,
Huancavelica y Huamanga. En enero, al fin se resolvió Tupac Amaru a atacar
el Cuzco; y el 3 de ese mes, llegó con más de 20000 indios, armados con
mazas, palos y lanzas, y casi ningunos fusiles, a Piccho, una legua [100] distante del Cuzco. Entretanto los vecinos del Cuzco, habían logrado
organizar una fuerza, armada con fusiles etc.; y viendo Tupac Amaru que
sus partidarios de la ciudad le habían ofrecido mucho, y como buenos
partidarios nada hacían, se resolvió a contramarchar a Tungasuca, donde
sus fuerzas por la deserción, quedaron disminuyéndose cada día: la
dispersión, la consumó la noticia de la aproximación de las fuerzas
realistas de Lima. El 6 de abril fue apresado Tupac Amaru en el mismo
Tungasuca; el 14 fue sometido al Juicio en el Cuzco; el 15 de mayo el
Visitador General de Tribunales, doctor don Antonio Areche, pronunció
sentencia de muerte contra Tupac Amaru y toda su familia, por haber hecho
armas contra aquel, que está puesto por Dios mismo para mandar estos
países en calidad de Soberano. El 17 de mayo Tupac Amaru fue descuartizado
del modo más bárbaro en la Plaza del Cuzco; a la vez fueron ejecutados su
esposa Micaela Bastidas, sus hijos Dámaso e Hipólito, sus cuñados Antonio
y Miguel Bastidas y diez otros jefes o Consejeros suyos. Diego Cristóbal
Tupac Amaru y Mariano Tupac Amaru, hermano el primero e hijo el segundo de
Gabriel, fueron embarcados para España y ejecutados en alta mar.
De toda esa familia, sólo se salvó Andrés, hijo legítimo del vizcaíno
Nicolás Mendigurri y de Felipa, hermana de Gabriel Tupac Amaru. Este
Andrés en noviembre de mil setecientos ochenta fue mandado por su tío a
Azángaro, con el indio Vilcapasa, estudiante que había sido en el Cuzco, y
natural de Azángaro, para formar allí tropas, y sostener la causa de la
Independencia.
Andrés, en 1780 tenía poco más de diez y ocho años de edad, era
gallardo mozo, muy aprovechado en sus estudios y especial favorito de su
tío Gabriel. Los bienes de fortuna de que gozaba su familia, y su clase de
noble indio, le habían permitido entrar [101] a los colegios del Cuzco,
donde se educaba la juventud noble y acomodada de esa ciudad.
Vilcapasa, como he dicho, era natural de Azángaro, donde aún existen
descendientes de sus relacionados. Según tradición local, Vilcapasa en esa
época tenía como cuarenta y cinco años de edad; era alto, corpulento y
había recibido una buena educación en el Cuzco. Se dice que era hábil,
astuto; y en sus repetidos viajes a Azúngaro, Huancané y Larecaja, había
logrado inspirar cierto afecto en esas poblaciones. De creerse, es, que la
revolución intentada por Tupac Amaru, no fue un acto impremeditado y
consecuencia violenta de la ejecución de Arriaga. Los movimientos casi
simultáneos sobre tan vasta extensión de territorio, y otras poderosas
razones, hacen creer, que desde algún tiempo anterior, ya Tupac Amaru y
otros, que obraban de acuerdo o connivencia con él, habían meditado ya y
dado pasos, para producir un levantamiento general, que trajese a tierra
el poder de la Corona española en estas tan dilatadas comarcas.
A fines de noviembre de 1870 Andrés Tupac Amaru, se puso en marcha de
Tungasuca, hacia las provincias del Sur, cuyo mando le encomendaba su tío
Gabriel. Andrés, según es tradición llevó consigo un ejército de 20000
indios, a las órdenes inmediatas del general Vilcapasa, (algunos lo llaman
Huilaca Apasa.) Esta fuerza fue engrosándose en el tránsito hasta el
número de 30000 al llegar antes de Navidad a Azángaro. Andrés en esta
ciudad ocupó como casa de Gobierno, la casa grande propiedad de los
Caciques Choqueguancas, situada casi al centro de la población. En el
patio exterior de dicha casa existía y aún existe un singular edificio, de
que haré descripción antes de pasar adelante. Este edificio lleva el
nombre de Sondor Huasi, y es tradición haber sido en época muy remota
domicilio de un jefe poderoso [102] llamado Sondor (Huasi, Casa). He
cuidado de examinar detenidamente esa casa -ella tiene una figura
completamente circular; su base tiene de diámetro como 18 pies y quince de
altura, de la línea de los cimientos hasta la base del techo- los
cimientos los forman dos hileras de piedras de mármol color plomo,
admirablemente cortadas y pulidas. El techo es en figura de media naranja,
y formado de mimbres tejidos, sobre los cuales han sido sobrepuestas
varias capas de ichu, paja especial muy tenaz, los que a pesar de tantos
años trascurridos aún se mantiene fuerte. Las paredes del edificio son
también de mimbres tejidos sobre pies derechos de una especie de lloque
muy grueso. Medida la vuelta de los cimientos, tienen una circunferencia
de treinta pies. El edificio tiene una sola puerta angosta, y dos muy
pequeñas aberturas, que sirven de ventanas. ¡En 1850 la habitación del
príncipe Sondor, servía de cocina! ¡sic transit gloria!
El Cacique Choqueguanca de Azángaro, además de su ardiente amor al
Rey de España, tenía motivos especiales de odio contra los Tupac Amaru.
Los Choqueguancas eran los Capuletos, y los Tupac Amaru les Montescos de
esas apartadas regiones. En 1850 era vecino de Azángaro el respetable
anciano don Juan Ignacio Evia, nacido en Arequipa, pero vecino de Azángaro
desde 1795, donde vivió al lado de su tío el cura Escovedo; del señor Evia
he recibido muchos de los datos, que he publicado y publicaré en estos
apuntes. Choqueguanca no podía conformarse con la preponderancia, que
sobre sus blasones pretendía obtener la familia Tupac Amaru; y al saber la
jura a favor de Gabriel Tupac Amaru, o sea el Emperador José I, armó su
gente: se puso en relación con los chapetones de Acillo, Putina, Huancané,
y Moho, y trató de resistir a las fuerzas sublevadas. Vanos fueron los
esfuerzos de Choqueguanca; Vilcapasa arrolló [103] toda oposición; los
derrotados huyeron a Arequipa; y las haciendas de Puscalloni y Picotani,
de Choqueguanca fueron saqueadas y confiscadas. Las huestes amotinadas de
Vilcapasa, quemaron los obrajes de Muñani, saquearon los minerales de
Arapa y Betanzos, talaron Huancané, Vilquuechico y Moho, degollaron a los
propietarios de los lavaderos de oro de Poto; y como un torrente
devastador, se arrojaron sobre los pueblos de Apolobamba, Larecaja y
Omasuyos. Los inmensos lavaderos de oro de Tipuani, provincia de Larecaja
(Bolivia); los riquísimos veneros y placeres de oro de Aporoma, Caballo
muerto, etc. de Carabaya fueron invadidos; degollados los propietarios
españoles e hijos de estos, saqueadas todas las propiedades: quemados
todos los edificios, y derrumbados los caminos.
En un artículo aparte me ocuparé de esos lavaderos: del terreno en
que se hallan, y del sistema empleado en el día para explotarlos.
Sorata, capital de la provincia de Larecaja, era una población
grande, habitada por muchas y pudientes familias españolas; todas ellas
fueron destruidas por la Indiada; cometiéndose inauditos crímenes contra
las desvalidas mujeres: las casas todas fueron saqueadas y quemadas: sólo
se salvaron en algunos puntos los templos. Andrés Tupac Amaru, en vano
intentó contener estos atentados de Vilcapasa: ¿qué podría hacer un joven
de 18 a 19 años contra la autoridad del jefe de una muchedumbre sedienta
de sangre y de botín? ¿Qué podría influir en masas que habían sufrido los
horrores de la conquista -los repartimientos- las mitas, las órdenes, los
empeños de un joven casi desconocido en esos pueblos? En las órdenes
compasivas de Andrés, no sólo influían los nobles sentimientos de su alma;
también con irresistible impulso, influían las súplicas, los ruegos, las
lágrimas de un ser muy querido, que [104] diariamente imploraba la
misericordia, en favor de los desgraciados de su raza y nación. Azángaro
tiene dos plazas públicas: una cuadrada, que es muy grande, al costado de
la Iglesia; otra oblonga más pequeña al frente de la puerta principal de
la Iglesia. En cada una de las esquinas de la Plaza grande se halla
levantado un arco, formado de adobes; uno de estos se halla caída a
consecuencia del gran número de amotinados indios, que en 1814 colgó de
él, el coronel González, natural de Huamanga, pero al servicio del Rey
Fernando VII.
En una esquina de dicha plaza, y en la casa donde hace poco ha vivido
la señora Ceferina de Macedo, existía en 1780 una señora hermana de
Vilcapasa y madrina de Angélica Sevilla. Esta niña hija de una
Choqueguanca, y de un español Sevilla, no tenía madre viva, y al emigrar
su padre de Azángaro para Arequipa, había tenido que quedar en aquella
población a consecuencia de una grave enfermedad; su padre, había creído
asegurar su salvación, su bienestar, confiándola a la vigilancia y
protección de la hermana del jefe verdadero de las fuerzas expedicionarias
sobre Azángaro. Asegura la tradición, que Angélica Sevilla, niña de diez y
ocho años, era bellísima, reuniendo en su persona todos esos encantos
conque los novelistas se complacen en adornar a sus heroínas.
Durante las expediciones de Vilcapasa, Andrés, como era natural,
frecuentaba la casa de la hermana de su general, y como había visto a
Angélica, como era también muy natural, comenzó a duplicar y triplicar las
visitas; y como era mucho más natural, Andrés se apasionó de Angélica, y
ésta como buena hija de Eva no se hizo tentar en vano. Pero para estos
castos amores habían inmensos obstáculos -los Choqueguancas eran Capuletos
y aborrecían de muerte a los Tupac Amaru, modernos Montescos- la unión
[105] de estos nuevos Julieta y Romero era imposible. ¿Cómo permitiría el
Emperador José 1.º el enlace de su sobrino con la hija de un odiado
español? ¿Cómo unirse dos familias que tanto se aborrecían? ¿Cómo detener
el carro triunfante de la Independencia con la cadena de la esclavitud? La
Vilcapasa reconoció muy tarde lo imprudente de su conducta, en permitir
las Visitas del joven Inca. Este muy tarde desgraciadamente era y es muy
frecuente en la sociedad, y por lo general, las Vilcapasas llegan a tener
conocimiento de los sucesos cuando estos ya son irremediables. Esta
Sevilla era, pues, en Azángaro el Ángel de Misericordia, que quería
proteger, en cuanto estaba a su alcance, a las desgraciadas víctimas de
tan cruel e impía guerra.
Considerables remesas de oro y plata remitía Vilcapasa a Azángaro,
provenientes de sus exposiciones, a los lavaderos de oro que he indicado,
y acopiadas de todos los puntos donde llegaban sus huestes. De sólo Sorata
y Tipuaní es tradición que se sacaron dos mil llamas cargadas de metales
preciosos, conducidos todos a Azángaro. Los consejeros de Andrés
conocieron que era preciso poner a salvo tan ingentes valores; colocarlos
en tales puntos y de tal manera, que aun en el caso que sucumbiese la
causa de Gabriel Tupac Amaru, no sacasen provecho de esos codiciados
tesoros sus aborrecidos enemigos, sus antiguos y crueles opresores.
Vilcapasa volvió a Azángaro; y con sus compañeros idearon una obra
monumental. Formaron debajo de Azángaro un verdadero laberinto, Galerías
de piedra arenisca, bien labrada y cimentada, se cruzan en todas
direcciones por debajo de la población; sin que hasta hoy se sepa adónde
recalan, ni la verdadera extensión que tienen. Estas galerías o caminos
subterráneos, tienen como ocho o nueve pies de alto y como cuatro pies de
ancho; el techo es formado de [106] grandes lozas de piedra arenisca bien
labraba, y unidas de un modo tan compacto, que no entra la humedad por las
uniones. En varios puntos han levantado las lozas, pero no conozco persona
alguna que haya penetrado y recorrido todo esos inmensos caminos.
Un señor Enríquez me aseguró que, siendo joven, con otros amigos,
penetró en esos subterráneos, y que lograron llegar a una especie de
cancha de gallos, que en los bancos alrededor encontraron gran cantidad de
momias, y dentro de la cancha montones de medallas de cobre, que sacaron
muchas de éstas, pero que después no habían podido encontrar la citada
cancha. ¿Los caudales de Andrés se hallan enterrados en alguno de esos
subterráneos? ¿Acaso se hicieron esos trabajos con el objeto de engañar a
los españoles, y, cómo pretenden algunos, esos tesoros se hallan ocultos
en otros puntos? Los datos que tenemos sobre el particular los daremos
después.
Como he referido ya, en noviembre de 1780 verificó su revolución
Gabriel Tupac Amaru; en abril de 1781 fue apresado en Tungasuca; y
atrozmente descuartizado en la plaza del Cuzco en mayo de 1781; su
Gobierno, en esos puntos, tan solo existió por el corto término de cinco
meses.
Andrés Tupac Amaru sostuvo su autoridad en las provincias de
Azángaro, Carabaya, Huancané, Caupolican (Apolobamba), Larecaja, Muñecas y
Omasuyos, hasta fines de 1783. En este tiempo los Españoles se ocuparon
más en hacer levantar el sitio que Tupac Cantari había establecido contra
La Paz, en someter las indiadas de Oruro y Puno, en poner expeditos las
caminos de La Paz a Arequipa y Tacna, y en contener las invasiones, que en
varias veces pretendió renovar Vilcapasa, sobre las comarcas fronterizas,
que en someter a las huestes de Vilcapasa, que como ellas esperaban, y en
realidad sucedió, [107] cada día se iban disminuyendo en número, y cuyo
entusiasmo decaía, igualmente, como el de todas las masas.
A fines de 1788 dos frailes dominicos de Arequipa vinieron a Santiago
de Pupuja, pueblo de Azángaro, situado casi al frente de Pucara, y después
de varias entrevistas con Andrés y Vilcapasa, lograron persuadir a estos
que aceptasen las ofertas de perdón de la Audiencia del Cuzco, y que
dispersasen su gente. He tenido en mis manos, y leído con vivo interés, el
diario de uno de esos Reverendos Padres: en él están consignados los
argumentos de los Padres para comprometer a sus víctimas; los temores de
Andrés; la varonil y recelosa resistencia de Vilcapasa. Andrés creía y
aceptaba todo: Vilcapasa, recordando siempre en términos poco medidos los
hechos de la conquista desde Pizarro a esa fecha, no se prestaba a nada.
El Reverendo escritor asegura varias veces, que el tal Vilcapasa era
Satanás en persona; y lo anatemiza como tal. Tan pronto como Andrés y
Vilcapasa llegaron al Cuzco, a pesar de las solemnes promesas de perdón y
amnistía que se les hicieron, fueron apresados y ejecutados. La cabeza de
Vilcapasa fue colocada sobre un poste en la Plaza del Cuzco; unos
partidarios suyos la robaron y condujeron a Azángaro, donde fue enterrada
en la Iglesia. Años después, buscando en ese templo los tesoros que se
sabía existían ocultos, se encontró la cabeza de Vilcapasa, metida en un
cajón, y enterrada debajo del confesionario. A pesar que Vilcapasa fue
sometido a tormento jamás divulgó su secreto a los Agentes de la
Audiencia. Ese tesoro se halla pues oculto hasta el día de hoy.
Angélica Sevilla al saber la cruel suerte de su amado, murió de
pesar: ella había contribuido con sus ruegos a la capitulación de Andrés
Tupac Amaru. De ella puede decirle lo que algún poeta inglés escribió:
[108] Ful many a flower is born to blush
unseen.
Anel waste it's sweetness in the desert air!!!

Para la verdadera traducción de estas líneas, consulten mis lectores
con mi amigo el Médico doctor Palma.
Siendo Subprefecto de Azángaro, reuní el día de Corpus de 1852, en mi
casa, a todos los indios Segundas e Ilacatas del distrito, y les di un
abundante almuerzo. Dichos Segundas e Ilacatas se presentaron vestidos de
gran parada; con sus grandes ponchos balandranes, sus buenos paños de
pescuezo de lana de Vicuña, sus grandes y alones sombreros negros, hechos
por ellos mismo como lo demás de sus vestidos, y sus varas largas y
negras, con puños de plata, símbolos de su autoridad.
Alegres y contentos estuvieron todos; algunos disimuladamente se
guardaron algunas presas, para llevar sin duda a sus esposas, muestras de
la amistad del Subprefecto. Uno de los segundos era un indio pudiente y
muy formal; tenía entre la indiada, y entre todos los vecinos altísima
reputación, su nombre era Gregorio León, y vivía cerca de un punto llamado
Moroorco (cerro negro.) Ese indio me profesaba gran cariño; raro era el
día de fiesta, que después de la misa, no me hiciera su visita, y como
hablaba bastante bien el castellano tenía conmigo grandes conversaciones.
Sus conocimientos geográficos consistían en saber que había un país muy
grande llamado España, y otro llamado Portugal; hablarle a él de
Inglaterra, Francia etc., era peor que hablarle en hebreo. Este Segunda me
ha dicho que las grandes riquezas de Andrés Tupac Amaru y de Vilcapasa, no
están ocultas en los subterráneos del mismo Azángaro, sino en la lagunita
de Botijlaca (boca de botija.)
De Azángaro a Muñani hay 9 leguas de distancia: de Azángaro a
Puscallani hay seis leguas de distancia, Puscallani es una hacienda, antes
de los Choqueguancas; [109] hoy de la familia de aquel comandante Rosello,
que murió en 1879 en la batalla de San Francisco. De Puscallani a Muñani
hay cinco leguas de distancia, y para ir del primer punto a esta
población, se pasa por la quebrada de Ticani. En esta quebrada de Ticani
se halla situado, casi al medio, un cerrito que al transeúnte no llama en
manera alguna la atención, pero que es digno de un serio estudio. Ese
cerrito se llama Botijlaca: es una obra artificial; tiene como treinta
varas de alto, es de figura cónica, y su cúspide es una lagunita o pozo,
perfectamente redondo, con un borde sobre la superficie del agua de cinco
a seis pies de diámetro; y el agua, que jamás sube ni baja de su nivel, es
de un color blanquizco muy notable. He visto en persona el cerrito y
lagunita; los apuntes que hice en el trascurso de los años se me han
extraviado, y escribo hoy de memoria. La circunstancia de haber de ado a
Azángaro poco después, para encargarme del mando de las provincias de
Huancané y Puno, y mis consiguientes peregrinaciones no me han permitido
volver a esos lugares. A una compañía, organizada con poco capital, le
será fácil llevar adelante, en Azángaro, las dos grandes exploraciones: 1ª
recorrer los caminos subterráneos de Azángaro, comprobando si son obra de
la antigüedad, como algunos aseguran, aumentadas por Andrés Tupac Amaru y
Vilcapasa, para ocultar sus tesoros; o son obras de estos últimos, como
decía Evia, y 2.º correr a un costado de la lagunita de Botijlaca un
canal, que permita la extracción del agua que ella contiene, y por
consecuencia el prolijo examen de su fondo, y medios empleados en su
construcción. Esta última obra la considero de mucha importancia;
fundándome para ello en lo que paso a publicar.
Harán como ciento veinte años vivía en Lampa, provincia de Puno, una
mestiza que ganaba su vida [110] con los rendimientos de una no muy bien
provista pulpería. Uno de sus parroquianos era un indio, quien ella
compraba carbón, y el que siempre lo compraba algunas arrobas de
aguardiente. Un día el indio no le trajo carbón; había estado enfermo, y
no lo había podido beneficiar; pero al carbonero le era urgente llevar el
aguardiente, que acostumbraba conducir en cada viaje, y a falta de carbón
y de dinero, ofreció dar a la mestiza en prenda varias piezas de oro,
obras a la vista de los tiempos anteriores a la conquista. La mestiza
aceptó el contrato, y el carbonero se marchó, llevando el aguardiente, que
necesitaba, ofreciendo a la vez volver dentro de los ocho días,
acostumbrados anteriormente. El carbonero no volvió al plazo señalado, y
necesitando la mestiza del dinero para sus compras, llevó las prendas de
oro al Padre Catalán, ayudante de la Iglesia de Lampa, suplicándole le
proporcionase una suma sobre ellas, y relatándole a la vez el modo como
dichas prendas habían llegado a su poder. El Padre Catalán, fraile
dominico de Arequipa, accedió al podido de la mestiza; dio el dinero y
recibió las prendas, comunicando los hechos al doctor Gamboa, Cura de la
Parroquia de Lampa, Gamboa era cuzqueño, hombre de cierta ilustración, y
la calidad y cantidad de las prendas, le hicieron comprender, que tal
carbonero era algún indio, que conocía un notable depósito de tan valiosos
objetos. El Cura Gamboa comunicó el secreto a la Subdelegación; y a la
mestiza se le dieron las instrucciones convenientes. La codicia de las
autoridades, sin embargo, no fue tan prontamente satisfecha; mucho tiempo
se pasó sin que apareciese el carbonero; al fin se presentó a pagar su
deuda y a reclamar sus prendas. La mestiza con el pretexto de tenerlas
depositadas en otro lugar, dejó al carbonero en su casa, y se marchó a dar
el parte correspondiente a las autoridades, según las [111] órdenes dadas.
El carbonero fue apresado, amonestado, cruelmente flagelado y maltratado:
nada confesó. Seguían los tormentos del carbonero, cuando un indio viejo
se presentó a las autoridades: declaró ser suyas las prendas, y ofreció
aun señalar el sitio donde se hallaban depositadas abundantes cantidades
de ese metal hoy llamado Rey del mundo. El anciano fue apresado; se formó
una Sociedad bajo la dirección de don Pedro Araníbar, vecino notable de
Arequipa, quien se marchó a Lima a pedir al Virrey la licencia
correspondiente para emprender las labores necesarias. El Virrey otorgó
las licencias solicitadas, nombrando al señor don Simón de la Llosa, para
que vigilase los trabajos, y recibiese los derechos reales. Constituidos
Araníbar y Llosa en Lampa, fue por ellos conducido el anciano (cuyo nombre
no aparece en las relaciones) a la Hacienda de Urcunimuni, antes propiedad
de los señores Basagoitia, hoy de la familia de Moya, en esa Hacienda, y
en la parte llamada Chilimihani, señaló el anciano el local, donde, según
tradiciones suyas, 20000 indios habían enterrado en varias profundidades,
los caudales conducidos por 10000 llamas; esos caudales eran las herencias
y tributos del Inca Huascar. Se emprendieron las labores, y se sacaron,
según aparecen de los libros antiguos de las Cajas Reales de Chuquito, hoy
de Puno, más de dos y medio millones de pesos, en tejos de oro. Sacadas
esas ingentes sumas, se siguieron con notable empeño las labores, para
encontrar los demás caudales ofrecidos por el anciano, cuando, al remover
unas losas, resultaron grandes corrientes de agua, que anegaron todas las
labores. En vano, y en muchas y diferentes épocas, se han intentado serios
trabajos para sacar esas labores; a proporción que se sacan las aguas, se
reponen estas por medio de ocultos acueductos; y como Chilimihani se halla
situado en una pampa, no es posible correr un socavón, [112] a las
labores. En Botijlaca no puede suceder lo mismo, por la altura del perro y
declive de la quebrada en la cual se halla levantado. Quizás algún día, no
muy lejano, se emprenda la obra que indico.

Lavaderos de oro
La muy extensa Provincia de Carabaya ha sido dividida, después de los
años de mis viajes a ella, en dos: la una ha quedado con el nombre antiguo
de Carabaya, y con su nueva capital el pueblo del Macusani; la otra ha
sido denominada Provincia de Sandia, y su capital es el pueblo de este
nombre. La Provincia de Carabaya consta de los distritos del Crucero,
Ituata-Usicayos, Ajoyani, Coasa, Ollachea, Corani, Ayapata y Macusani. La
de Sandia consta de los distritos de Sandia, Cuyocuyo, Patambuco, Phara,
Quiaca y Sina. El Crucero se halla situado sobre la alta planicie de la
cordillera -de él radian los caminos a cada uno de los pueblos indicados,
como las varillas de un abanico radian de un centro a las puntas. El clima
del Crucero es sobremanera frío; todas las mañanas los sirvientes de las
casas recogen el hielo de las acequias, que surte de agua a la población,
y lo conducen en canastas a las cocinas, para derretirlo, y emplear
después el agua en usos domésticos; de allí ha provenido el dicho, de que
en el Crucero se carga el agua en canasta. Macusani y Ajoyani también se
hallan sobre la altiplanicie, pero su [114] clima es mucho más templado:
la primera población era la residencia de aquel cura Cabrera de quien me
he ocupado ya, como el que formó la cría de los, Paco-vicuñas, raza de
animales perdida por la incuria de sus herederos. Los demás pueblos de
ambas provincias se hallan situados al comenzar las quebradas, que forman
ambas provincias, como Phara; o en las hoyadas de sus quebradas. Con
excepción del Crucero, Ajoyani y Macusani, todas las poblaciones se hallan
al otro lado de los altísimos nevados, que allí aparecen como dividiendo
los fríos campos de las serranías, de la abundante y vigorosa vegetación,
que cubre esos cerros, laderas y planos de robustos árboles y de yerba
abundante, y siempre verde. Al pasar el viajero esos nevados, encuentra un
mundo completamente distinto en todo: del frío más intenso se pasa al
calor más ardiente; de campos donde el aguacero es desconocido, pues sólo
cae nieve, a la lluvia casi perenne y siempre abundante; de los campos
helados de una Siberia, a los trópicos húmedos y ardientes del centro de
África. Cada quebrada de las provincias de Carabaya y Sandia, encierra un
río, aumentado en su curso por innumerables riachuelos y vertientes: todos
esos ríos desaguan al Inambari, éste al río Madre de Dios, éste, tras
largo curso al Madera y éste al Amazonas. Todos los cerros que están al
Este de esos nevados, en más o menos abundancia, tienen vetas de cuarzo
con oro, otras de plata; en todas las quebradas, en sus playas, se
encuentran placeres y lavaderos de oro, de más o menos riqueza. Casi
imperceptible es la subida que hace el viajero desde Azángaro al Crucero,
y a la cumbre del camino que separa ambas regiones. Pero desde la cumbre
el descenso es muy rápido y violento, y en muchos puntos las graderías,
formadas en todas partes, de rocas pizarrosas, tienen saltos de más de dos
pies de altura, dificultando, o casi imposibilitando el tránsito de [115] animales por esas rutas. Como las distancias entre esos pueblos jamás se
han publicado, no creo será demás anote aquí las distancias de lugar a
lugar, o recorridas por mí, o anotadas por personas conocedoras de ellas.
De Azángaro, lugar de mi residencia en 1850, al Crucero, hay las
distancias siguientes:
Azángaro a San
José.....................................6 leg.

San José a San Antón.....................................5 »
San Antón a Potoni.....................................5 »
Potoni al Crucero.....................................2 »

Hay otro camino menos frecuentado, pero también muy bueno; es el
siguiente:
Azángaro a
Guasacona.....................................9 leg.

Guasacona al Crucero.....................................8 «

Guasacona es una buena hacienda de los señores Esteves de Puno; y en
esa época la tenía en arrendamiento el dignísimo y excelente caballero don
José Manuel Torres, ya finado.
Siguiendo la ruta a los lavaderos de oro de Challuma, encontramos las
distancias siguientes:
Del Crucero a
Tambo.....................................6 leg.

De Tambo a Huancarani.....................................1 »
» Huancarani.....................................2 »
» Limbani a Phara.....................................1 »
» Phara a Sacarara.....................................1 »
» Sacarara a Palca.....................................1 »
» Palca a Ucos.....................................3 »
» Ucos a Huaturo.....................................3 »
» Huaturo a Patalayuni.....................................2 »
» Patalayuni a Mamata.....................................3 »
» Mamata a La Mina.....................................2 »
» La Mina a Versalles.....................................1 »
-------
27 leg. [116]

De Versalles, al fin de la quebrada de Challuma, llamado el Carrisal,
hay seis leguas de camino.
El río de Challuma desemboca en el gran río Huarihuari, un poco al
norte de Versalles; y para llegar a este punto, es preciso pasar dicho río
Huari-Huari.
De todas las pascanas citadas, Phara es la única población. Los demás
son tambos de más o menos extensión, sin ninguna comodidad y sin víveres
de ninguna clase. La Mina, residencia de un alcalde indígena, es una
reunión de 3 ó 4 casas, con alguna comodidad. El viajero, en esos caminos,
tiene que llevar todos los comestibles que necesitare, y llevar, como yo,
su mochila y cama al hombro. Pormenores de esa clase de viaje, cuidaré de
anotar para instrucción de los que quieran recorrer esas apartadas
regiones.
Saliendo del Crucero se sigue la ruta a las lagunas de Aricoma; estas
son formadas por las aguas, que salen de los enormísimos ventisqueros, y
que tienen una altura de más de 20000 pies. Los cerros nevados y
ventisqueros parecen formar una insuperable barrera, pero existe una
abertura como de 30 varas de ancho entre ellos, y por esa abertura pasa el
camino. Esa abertura, en remotas épocas ha sido cerrada por una muralla de
piedra pizarrosa y granítica. La muralla tiene de altura como cuatro
varas, como dos de ancho, y cerraba al parecer todo tránsito; hoy se halla
derrumbada en algunos puntos, y al lado sur se halla el camino por el cual
transitan los viajeros. Desde el tambo de Huancarani ya se hallan algunos
pajonales, y en Phara existen ya algunos árboles. Phara tiene una pequeña
iglesia y era residencia en 1814, de muchos y ricos explotadores de los
veneros de oro de esa provincia: todos fueron degollados o muertos a
golpes de macana (mazas) por la indiada. En una publicación mía, El Niño
Perdido, he dado una fiel relación de esos sucesos. [117] Desde Phara, la vegetación es más abundante, se van encontrando,
algunos arbustos, y abundante yerba desde Palca. Estos vastísimos campos,
cubiertos de lozanos pajonales, se hallan sin habitantes y sin ganados. De
una altura inmediata al Tambo de Ucos, en una tarde clara y sin nubes he
visto hacia el Oriente un campo como un mar vastísimo de árboles, y he
podido distinguir a gran distancia, un cerro muy alto, cónico y cubierto
de nieve; es al parecer un volcán de gran altura. Su figura es igual al
volcán de Sajama, provincia de Carangas, Bolivia, cuya altura es de 23940
pies. El volcán que yo he visto, quizás el primero que lo ha distinguido
en esa dirección, no creo que sea tan elevado. Huaturo, donde abunda el
árbol productor del incienso, es un Tambo al cual se llega después de
penosa marcha por senderos y graderías muy empinadas. Pero aún es peor el
camino a Patalayuni; en muchos puntos no tiene el camino sino una vara de
ancho. Cerca de Mamata, el camino pasa por una loma con barrancos
profundos a cada lado; un mal paso lo precipitaría al viajero a una
inmensa profundidad, y al cauce de un río, más o menos torrentoso como son
casi todos los de esos lugares. La Mina se halla situada en la reunión de
los ríos Machicamani y Capac-mayo (río rico) y es sitio, donde en la
antigüedad se trabajaban algunos veneros y lavaderos de oro; como también
vetas.
De la Mina, como he dicho, hay tres leguas a la orilla del río
Huari-huari, que al principio se pasaba en balsas de palos, cortados a sus
orillas, después en Oroya, y después por medio de un puente colgante,
construido a inmenso costo por la Sociedad de Capac Oro (cerro poderoso).
Desde Versalles el camino a los lavaderos de oro, existentes en tanta
abundancia en las quebraditas del río de Challuma, sus afluentes, y a las
vetas de oro del cerro de Capac-Oreo, [118] se hace por el fondo de la
quebrada de Challuma y, por el del riachuelo (allí casi río) de Pyscomayo.
Este camino no es, por cierto carretero; en algunos puntos hay que trepar
por las raíces de los Árboles, en otros que subir por medio, de cuerdas
con un gancho de fierro, en la punta, que se ensarta a la elevada rama de
algún árbol corpulento, y se trepa apoyando el pie en muchos casos sobre
deleznable o resbaladizo terreno a la altura conveniente. De Versalles al
Carrizal, la cabecera de la quebrada de Challuma, en la distancia de 6 a 7
leguas, se pasa a pie varios ríos y riachuelos, como 50 veces. La ropa con
estos continuos y forzados baños, se halla completamente mojada, pero el
ejercicio y el calor de esos sitios, neutralizan los males que podrían
sobrevenir.
Antes de pasar adelante, será conveniente ocuparse de los vestidos,
que se usan o usaban, y de la muy importante parte, del modo como se
mantienen en esos puntos, los peones y patrones.
La ropa que se usaba, consistía de un pantalón y llamada allí cotona,
construidas de esa una camisa, bayeta burda y de color blanco que elaboran
en el país. Botines, zapatos y aun ojotas no se pueden emplear: la
constante humedad destruye todo lo que es suela o cuero. Los pies van
cubiertos de una especie de botín hecho de jerga doble, con un colchado
del mismo material bien grueso, que sirve de suela; estos botines, algo
parecidos a las alpargatas, que usan en España, y a las zapatillas para
baños que se venden en las tiendas de comercio, se ligan a los pies y
piernas con cordeles fuertes. Un poncho de lana grueso, cubre el tronco
del cuerpo, la cabeza va resguardada con un sombrero fuerte de paja de
Guayaquil, o con una gorra charolada. Sobre la espalda descansa la mochila
de caucho, o algún género encharolado. Dicha mochila contiene una buena
frazada; un terno de pantalón y camisa de bayeta, para [119] mudarse
cuando se pueda; algo que, comer, y un yesquero, piedra, eslabón de acero,
mecha de azufre bien resguardada de la humedad, una olla de fierro, de
tamaño según las necesidades; una tetera id; unos tarros de lata con una
cantidad de chuño, (papa helada y bien molida) mezclado con charqui o
chalona bien molida, y hecha masa, alguna manteca, ají y sal, forman una
apetitosa comida para el hambriento viajero. Fósforos no se pueden usar,
la humedad los inutiliza en el acto. Azúcar y chocolate sólo se conservan
tomando las mayores precauciones, pues la humedad los deshace y convierte
el uno en almíbar, y el otro en mazamorra. Tan pronto como los viajeros
llegan a una pascana, lo primero es reunir leña, la más seca posible;
encender la lumbre por medio del yesquero y mecha de azufre, y sobre todo
grandes piedras, equilibrar la gran olla de fierro. Mientras se calienta
el agua para hacer el caldo, se echan alrededor de la fogata los cansados
viajeros que entran a la montaña, o los que salen de ella, y en alegre
comparsa refieren los unos sus esperanzas de lucro, los otros, los buenos
o malos resultados de sus elaboraciones. Calentada el agua, se echa en la
olla cantidad proporcionada de la masa de chuflo etc. que he indicado; y
en muy pocos minutos se ha formado un caldo bien nutrido, y que vigoriza
inmediatamente los estómagos que han sufrido treinta o cuarenta mojazones
en el día. Sendos tragos de aguardiente; una lata de galletas destapada y
repartida con parsimonioso cuidado, forman el postre de la comida; todos
se tienden enseguida sobre el suelo, grato lecho de nuestro padre Adán.
Algunas veces en esas pascanas se encuentra a algún descendiente del barón
de Munchausen (8); y se relatan sucesos [120] tan extraordinarios, que
asustan a los no iniciados. El cansancio produce el más agradable sueño; a
no ser que haya tenido uno la desgracia, por cierto muy frecuente, de
extender su cansado cuerpo cerca de algún nido de esos insectos, sobre las
cuales impusieron los Incas tributo a sus desidiosos y desaseados
súbditos. En tal caso el desgraciado viajero sufre las más tremendas
penalidades; y tiene que emplear ratos no cortos de descanso, en espulgar
su ropa, y librarla de tan molestos huéspedes. Como la indiada duerme en
los Tambos, los llenan de esa plaga. Los ríos abundan en pescado: algunas
veces un feliz viajero atrapa un sábalo, pez algo parecido a la corvina;
el sábalo va a la olla con el chuño, charqui etc., de todo se hace un
puchero del que todos con gusto participan. A veces se caza un venado o
una copaybara (especie de conejo muy grande y abundante en el monte),
también van a la olla general. En esos campos no he visto sino una especie
de la familia Monos; el que allí existe es del alto de tres a cuatro pies,
con pelo largo color café subido, algo blanquizco hacia la barriga, lo
conocen con el nombre del ahullador, porque da constantes y fuertes
aullidos o gritos, especialmente cuando llueve.
Los viajeros y cascarilleros cazan estos monos, y aseguran ser
excelente comida; uno de estos monos, desollado y puesto parado sobre una
estaca, delante de la fogata, es una vista, para mí a lo menos, muy
repugnante, tal es su semejanza a una criatura; se puede figurar uno que
los cascarilleros son unos antropófagos, al comer tales animales. La
culebra cascabel no escasea en esas regiones; perturbada en su sueño, hace
sonar con violencias las conchas, que tiene en la punta de la cola, y huye
velozmente; su [121] mordedura es fatal. Hay otra clase de culebra, color
verdoso, y del largo hasta de dos varas, esta es buena comida; la carne es
muy blanca y tan gorda, que le echan en las ollas de fierro en trozos, y
se fríe en el acto. Usada esta carne con alguna frecuencia, se cubre el
cuerpo de grandes, pero no dolorosos granos, es fama que produce los
mejores resultados; purificando la sangre y fortificando los intestinos.
Algunas veces se suele encontrar un peccary; es una especie de chancho
silvestre, como de una vara de largo, y poco más de media de alto, de lomo
arqueado y cubierto e cerdas largas, de color negro, café y blanco. Este
chancho anda en tropas, y es muy fecundo. En la hacienda de Chicalulo de
Yungas, antes de la señora Leonor Segovia de Pinto, y hoy de la familia
Sáenz, he visto una hembra con catorce crías muerta por los indios, cuyas
chacras devastaba. Este animal tiene en la región de los riñones, sobre el
espinazo, una glándula con un licor acre, que los indios aseguran ser un
segundo ombligo. Uno que otro bellísimo Faisán, con su plumaje verde
oscuro con oro, algunos Tunques (Rupicola), tan grandes como las palomas,
con su color rojo anaranjado, su grande y bello penacho, y sus alas plomo
con negro, aumentan las viandas del viajero en esas comarcas. Picaflores
de bellísimos colores, mariposas tan grandes como la palma de la mano, y
tan chicas como una mosca, vuelan en todas direcciones; allí la Naturaleza
se ostenta en toda su inmensa grandeza. Pero esa grandeza y esa belleza
encubre al alevoso y sanguinario Jaguar o Tigre, y produce también una
hormiga, más destructiva y más poderosa que el Tigre y que la culebra
cascabel. Esta hormiga es de la familia Eciton; se reúne por millones, y
en masas compactas invaden las casas, y atacan a los hombres y animales.
Desgraciado del ser viviente, hombre o animal, que no logra huir; en pocos
momentos comen y destruyen [122] cuanto tocan, culebras, ratones,
cucarachas; víveres, todo es consumido por esos voraces animales en un
instante; y cuando ya no encuentran qué comer o qué destruir, en marcial
parada se dirigen a otro punto, a repetir sus devastaciones; podría
escribirse una historia especial sobre las tales hormigas; sólo de su
voracidad se escapan los víveres protegidos por tarros bien cerrados de
lata. En una especie de caña algo alta, que no sé por qué razón se llama
palo-santo, anidan también unas hormigas más grandes que las anteriores;
desgraciado del hombre que es mordido por estos ponzoñosos animales, que
causan gravísimas inflamaciones.
En la quebrada de Ayapata y en 1851, tenía el señor don Agustín
Aragón una hacienda de café etc. Un día al anochecer ordenó el
administrador, un argentino, a dos peones indios fuesen con dos cántaros a
traer agua, a una vertiente inmediata. Marcharon los indios, a pocos
instantes regresó el uno dando gritos, y asegurando que un Jaguar había
muerto a su compañero. El administrador y algunos peones salieron con
trozos de leña encendidos, al punto indicado, y encontraron en efecto al
Tigre, que destrozaba el cráneo de su víctima. A la vista de la peonada el
Tigre se internó al monte. El día siguiente el argentino armó una trampa
en la forma siguiente: clavó dos hileras de palos gruesos y en la
distancia de cuatro a cinco varas, cubriendo la parte de arriba con
estacas fuertes y bien amarradas; a la cabecera de esta especie de
callejón colocó el cadáver del indio, cerrando ese punto con palos y
piedras, y dejando abierta la otra entrada. Colgando del techo, y media
vara antes de los pies del cadáver, amarró fuertemente un grueso lazo,
pasado por una grande argolla de fierro, sostenida la argolla por un hilo
delgado formando todo una gazada. Al anochecer vieron al Tigre, que
cautelosamente examinaba la trampa; [123] y que enseguida se internó por
la apertura. A pocos instantes sintieron estremecerse la empalizada; el
Tigre al querer tomar el cadáver de los pies, había pasado la cabeza por
la gazada, y al estirar más el cuerpo para apresar a su víctima, había
roto el hilo que sostenía la argolla, y mientras más esfuerzos hacía para
salir, más se ajustaba su garganta con la gazada, quedando al fin
ahorcado.
El señor Aragón mandó el cuero y cráneo de este tigre, como regalo,
al Prefecto de Puno, General don José Allende en cuyo poder los he visto.
El tigre debió haber sido un animal muy viejo; todo el cuerpo se hallaba
cubierto de grandes cicatrices, efecto de batallas con otros de su
especie, o resultado quizás de las espinas agudas, que se hallan en el
monte. Este tigre, hacía tiempo que había perdido la cola, y tenía rotos
los dos colmillos del lado izquierdo. Por ese mismo tiempo, un indio había
ido a vigilar los cocales de Chicolí, cerca de la quebrada de Cajatiri, y
pertenecientes a los vecinos del pueblo de más arriba. Como se hallaba
solo, había formado una especie de cuartito, sobre cuatro palos elevados;
y desde que comenzaba la tarde se subía a su elevado aposento, cuidando de
recoger la escalera, que le servía para subir.
Al contrario del león y del tigre de Asia y África, tanto la Puma
como el Jaguar, trepan a los árboles con extraordinaria facilidad. Una
noche, sintió el indio ruido al pie de su habitación, y a la escasa luz de
la fogata, que había dejado encendida, pudo reconocer a un inmenso tigre,
que buscaba los huesos de la chalona, que había botado el indio. Al día
siguiente, el indio recogió algunas grandes piedras; las subió a su
habitación, y cuidó con mayor esmero, de recoger la escalerita. Al
anochecer (9) volvió el tigre a hacer su visita, y el indio le tiró sobre
la cabeza y cuerpo, varias de las piedras que con ese objeto había [124] conducido. Así pasaron varios días, hasta que al fin los dueños de los
cocales, con sus llamas bajaron a Chicolí, a recoger y encestar su coca, y
sacarla para sus respectivos domicilios. El vigilante refirió a los recién
llegados, las visitas continuas del tigre, y entre ellos se resolvió
formar grandes fogatas alrededor del campamento, poniendo sus ánimales al
centro, y mantenerle en vigilancia. Así lo verificaron, cuando de repente,
uno de los recién llegados aseguró que hacia el lado de las plantas de
coca, había notado dos lucecitas; unos dijeron que serían lucernas, muy
abundantes en la montaña, otros dijeron serían los ojos del tigre. Se
avivaron las fogatas alrededor del campamento, y en el centro y al lado de
otra gran fogata, se reunieron todos a conversar. Casi se habían olvidado
de la presencia en esas inmediaciones del temido animal, cuando de repente
con dos tremendos saltos, el Jaguar se precipitó enmedio de ellos, apresó
al vigía, (al que le había tirado las piedras) por el cuello, y
desapareció con su presa en la espesura del monte.
No es sólo el tigre el que amaga la existencia del hombre en estas
regiones, hay otro enemigo y cien veces más formidables aún; me refiero a
las tempestades del cielo.
Casi constantemente en los Valles de Carabaya, se halla el cielo
cubierto de nubes, y el aguacero es muy frecuente. Un día bello,
despejado, con ardiente sol, es raro, y cuando sobreviene, es precursor,
por lo general, de una tempestad. Mientras más claro y ardiente ha sido el
día, más rápidamente sobreviene la tarde; y sobreviene un viento frío y
helado, tanto más sensible, cuando los cuerpos se hallan con poco abrigo.
Tras el viento helado, viene la lluvia a torrentes; y en pocos minutos, el
agua comienza a derrumbar los árboles, y los terrenos que cubren los
cerros. Saturadas las tierras con torrentes de agua, [125] se precipitan
hacia el fondo de las quebradas inmensas masas de tierra y árboles, con un
horrísono estampido, parecido al de descargas lejanas de gran artillería;
y como las quebradas son angostas, esos aterradores sonidos, se repercuten
de cerro a cerro, con espantosos truenos. En un cerro fronterizo al
llamado Capac Orco, he visto una tarde de tempestad, correrse al fondo de
la quebrada, todo la tierra y arboleda que lo cubría, por una distancia de
más de cinco cuadras, quedando la roca completamente limpia a la vista. El
agua toma un tinte rojizo color de la tierra; forma inmensas mazamorras,
que todo lo cubren, y los trozos de roca son lanzados de las alturas con
incontenible violencia. Los riachuelos se convierten en ríos, los ríos se
hacen mares, y toda la Naturaleza parece un caos. Las anchas playas de los
ríos, se convierten en un momento en Lagunas de gran profundidad. Los
desgraciados Mineros o Cascarilleros huyen a las rocas, a las alturas,
perdiendo en pocos momentos, el producto de muchos días de fatigas, de
desvelos y de trabajo. Los relámpagos, los truenos, el grito de los
animales y de las aves; todo, todo aturde, todo llena de espanto y terror.
Algunas de esas tempestades duran cuatro o cinco horas; y al concluirse,
el terreno todo parece haber cambiado de aspecto. En una labor de oro, que
yo tenía en Pucamayo, una tempestad de dos o tres horas, destruyó trabajos
costosos de más de un mes, sepultando bajo masas enormes de piedra y
tierra el terreno separado para lavar, ansiado producto de tantos días de
gastos y penalidades.
Los chunchos o indios salvajes, algunas veces han atacado los
establecimientos y trabajos de Carabaya. Varias veces dichos indios han
salido a la Hacienda de San José de Bellavista, situada en la Quebrada de
Ayapata, y han causado notables daños; son los descendientes de los que,
en anteriores épocas, destruyeron [126] las valiosas posesiones y muy
habitadas labores de oro de San Gabán. En 1835, otra partida de chunchos
atacó a los trabajadores de Tambopata (San Juan del Oro), matando a
cuantos pudieron encontrar.
En Mayo de 1853, los chunchos mataron a todos los que encontraron en
el Tambo de Esquilaya, llevándose gran número de herramientas que allí
existían. Esquilaya es una quebrada inmediata a la de Ayapata.
Paso a anotar las grandes ventajas que ofrecen al comercio e
industrias esas comarcas; de los lavaderos de oro, de los puntos donde se
encuentran, y de los sistemas que se emplean para su explotación.
El río Huari-huari, que es origen del gran río Inambari, tiene sus
vertientes a las inmediaciones del pueblo de Sina, y en una quebrada cuyas
alturas orientales forman la línea divisoria, en esa parte del territorio
del Perú con el de Bolivia. En su rápido y torrentoso curso, se le unen
varios ríos, siendo los principales en esa parte, el que baja por la
quebrada Quiaca, y se une poco más abajo de Saqui. De Sina a Saqui, hay
cinco leguas de distancia; de Sina a Quiaca, situado en otra quebrada, hay
también cinco leguas, siendo preciso vencer una escarpada loma para pasar
de un pueblo a otro. A la distancia de Saqui, y como a veinte leguas río
abajo, se le reúne a la izquierda el río grande de Sandia. De Quiaca a
Sandia hay como doce leguas, hallándose en la medianía situado el pueblo
de Cuyo-cuyo; y como seis leguas más abajo de Sandia, el río de este
nombre se une al de Huari-huari. La Gran Quebrada por ha cual corre el río
Huari-huari hasta unirse al Sandia, y todos los riachuelos que bajan a esa
quebrada, tienen grandes y muy ricos veneros y placeres de oro en toda su
extensión. La quebrada inmediata llamada San Juan del Oro, fue el sitio de
grandes y populosos [127] establecimientos de lavaderos, desde el
principio de la conquista, y es fama que de esos lavaderos se sacó una
pepita de oro de 104 libras, y se mandó al Emperador Carlos V, así como
otra de 68 libras en 1470 al Rey Felipe II. Todos esos establecimientos
fueron, según se dice, destruidos por los chunchos sublevados, en la época
en que se asegura fue destruido San Gabán, y los demás establecimientos de
Carabaya. De esos antiguos trabajos sólo se ven restos arruinados; y todos
esos placeres esperan nuevas compañías, y nuevos explotadores, para
asombrar al mundo con sus inmensos rendimientos. Cuando trate de la
explotación de la cascarilla, tendré nuevamente que ocuparme de esta parte
del territorio de Carabaya, y de la interesante quebrada de Tambopata.
No será demás, antes de pasar adelante, y en beneficio de futuros
viajeros, que anote que de Poto hay cuatro leguas al pueblo de Trapiche, 9
leguas a Sina, 7 a la Quiaca y 14 al Crucero; de Sandia hay 7 leguas a
Patambuco y 14 a Phara.
En una quebrada que corre, puede decirse, paralela a la de San Juan
del Oro, se hallan situados los lavaderos de oro de Aporoma, propiedad
antigua de la familia de Astete del Cuzco. Estos lavaderos son
inmensamente ricos, y si en ellos se emplease el sistema de Mnngueras, que
se usa en California, sus rendimientos serían asombrosos; la gran carga de
tierra, y cascajo que cubre los veneros, hace hoy costosa su explotación.
El señor don Félix Rodríguez, vecino de Puno en 1849, trabajaba esos
lavaderos de Aporoma, pagando un arrendamiento acordado a los señores
Astetes, cuando sus peones descubrieron casualmente los lavaderos de oro
del río de Challuma, habiendo pasado en balsas el río de Huari-huari,
Aporoma dista como 25 leguas del Crucero.
En la pampa de Umabamba, cerca de Phara, a [128] 11 leguas del
Crucero, se hallan muchas vetas de cuarzo (llamado allí cachi) con oro. En
tiempos anteriores esas vetas han sido trabajadas. La región en que se
hallan, se llama la Apacheta de Buenavista, y es temperamento frío, por
hallarse fuera de las quebradas.
Más adelante he anotado las distancias entre el Crucero y Versalles,
en el punto por donde se pasaba el Gran Río Huari-huari, que toma desde
allí para abajo el nombre de Inambari, y que desde la confluencia con la
multitud de ríos que se le unen, antes del supuesto punto de los lavaderos
de oro de San Gabán, es conocido con el nombre de Río de la Madre de Dios.
Al principio de los descubrimientos del río de Challuma, se pasaba el río
Huari-huari, en balsas de palos, construidas en el mismo local. Después se
puso una Oroya de cables hechos de la corteza de una palmera, que creo se
llama Chilina, y aumentado grandemente el tráfico, ¡¡¡se construyó un
puente colgante!!! La Empresa entusiasta de Capac Orco, contrató con el
ingeniero saboyano Gontheret, la verdaderamente asombrosa construcción de
dicho puente; y digo asombrosa, porque es preciso tener en cuenta el local
en que se construía, y los materiales de construcción de tal puente. Vamos
a dar una descripción de él.
En Versalles, el río Huari-huari, en épocas normales, tiene de ancho
como setenta varas, y de profundidad, en ese punto, como veinte pies.
Gontheret escogió ese punto para la construcción, por ser lenta la
corriente. A ambos lados del río se cortaron grandes árboles, los que con
indecible trabajo, y a brazos de peones, fueron conducidos a orillas del
río. Con esos grandes árboles se construyeron dos altos castillos, uno a
cada lado del río, bien reforzados con atravesaños de madera, y ligados
con sendas barras de fierro. Por encima de los castillos se pasaron cuatro
[129] cables bien retorcidos, dos a cada lado, los cuales se hallaban
amarrados a grandes troncos, enterrados a cada orilla convenientemente. De
estos cuatro cables, bajaban otros más delgados, que sostenían como en
todos los puentes colgantes, un piso que tenía allí más de dos varas de
ancho. Ese piso de tablas era de la Palmera, allí llamada chonta, que es
muy dura: aquí hay muchos bastones de esa Palmera. Los cables eran
formados de la corteza de la especie de Palmera, allí llamada Chilina;
esta palmera después de cortada era puesta a remojar en un riachuelo, por
cierto, número de días. La corteza se ablanda y despega; en este estado se
le separa del árbol, y se martaja con masas de madera hasta separar la
parte dura, quedando una especie de estopa color canela, tan flexible y
dura como el mejor cáñamo. El puente llenó por completo los deseos de sus
promotores, sirviendo de fácil y constante tránsito a los apiris,
cargadores de víveres, etc., para los lavaderos de oro de los nuevos
descubrimientos de Challuma. Desgraciadamente, un jefe del ejército, de
cuyo nombre, como Cervantes, no me quiero acordar, se empeñó, en mala
hora, en hacer pasar, arrastradas sobre el puente, unas vacas. El peso de
éstas y de los soldados, y la constante resistencia de los animales,
estiraron los cables, haciendo bajar muchísimo el piso del puente. En esos
días sobrevino una creciente; un gran árbol arrastrado por la corriente
del río, enredó sus ramas con el piso del puente; a ese árbol se agregaron
otros, hasta que se formó un montón de ramazones, contra la cual combatía
la fuerte corriente del agua. En menos de media hora, el río arrastró a su
seno todo el armazón: el trabajo de más de seis meses, y las ingentes
sumas empleadas en la construcción del puente, quedaron sepultados, en el
cauce del Huari-huari.
Enfrente de Versalles se abrió por la tropa del [130] batallón
«Yungay», en 1851, un camino que debía conducir a los transeúntes de ese
punto a las minas de Capac Orco. El camino fue mal delineado y peor
construido, siendo la consecuencia que los transeúntes preferían andar por
el cauce del río, pasar los Mollocas (malos pasos) de que ya he hablado, y
mojarse cuarenta y tantas veces, a seguir la senda abierta con tan mala
voluntad por los soldados del citado batallón.
A poca distancia de Versalles, hacia el Norte, se une al Huari-huari
el río de Challuma; desde la unión de este a su origen, se hallan
lavaderos de oro de más o menos riqueza. En esa época, los principalmente
trabajados eran los nombrados San Simón, Cangali, Cementerio, Alta Gracia,
Quinsamayo, etc., etc. En el río de Pucamayo, que se une al Challuma al
lado izquierdo, y en la labor Mercedes, del ya citado señor Rodríguez,
éste sacó una pepita de oro muy grande, cuya historia merece anotarse. Esa
pepita fue vendida al canónigo Macedo, de Puno, quien la obsequió al señor
Mendoza, Obispo del Cuzco; de este la heredó su sobrino el señor General
La Puerta, de cuyo poder pasó por un movimiento de flanco, a manos del
General Castilla; éste la obsequió a un Almirante inglés, cuando la
fragata Perla apresó al Tumbes y Loa en Casma, en 1857, debe, pues,
existir aún en algún museo de la Gran Bretaña.
Subiendo la quebrada de Challuma, se llega al Puerto Libre donde se
hallaban situados los quimbaletes o grandes morteros, que molían los
metales cuarzosos del cerro de Capac-Orco; los pulverizaban, y enseguida
ese polvo era beneficiado con azogue para reunir el oro. Las vetas
cuarzosas de Capac-Orco contienen oro en gran cantidad y a la simple
vista; sin embargo, esa empresa sucumbió por las razones que al final
anotaré. En ninguna parte del mundo hay vetas como esas de oro. Todos los
riachuelos, [131] que desembocan en el Challuma y Pucamayo, tienen oro en
sus playas; en algunos puntos se hallan grandes Rebozaderos, que son
lugares donde el terreno aurífero se halla cubierto con superviniente,
tierra y piedras, que es preciso remover para hallar el codiciado metal.
Igualmente en los ríos Huaynatacoma y Machitacoma, que corren
paralelos al Challuma, se hallan lavaderos de oro, en todos sus
respectivos cursos; estos aún no han sido explotados.
Del Crucero a Sisicaya hay siete leguas, y cinco más a Coasa. En las
inmediaciones de esta población hay lavaderos de oro en gran abundancia;
sobre uno de ellos, conocido con el nombre de Matacaballo, existen las más
extraordinarias tradiciones, respecto a su riqueza. Ese terreno de
Matacaballo es muy movedizo, y la empresa que intente su laboreo, tendrá
que comenzar con asegurarse contra los constantes derrumbes. En Coasa
vivía un cura muy rico, el señor Garaycochea; su fortuna la debía en parte
notable, al constante rescate de oro a doce pesos onza, tal era su
abundancia. De Coasa a Esequiñia, hay cuatro leguas, a Sachapata seis, a
Sajuana seis, a Patarán cinco. Desde Patarán para abajo, el río
Huari-huari es conocido con el nombre del Inambari, hasta que con su unión
con otros, toma el nombre del Río Madre de Dios.
De Coasa a Upino hay 5 leguas, a Itisata 7, y a Ayapata como 5 más.
Las quebradas de Ayapata tienen oro en todos sus ríos y riachuelos. De
Ayapata a Esquilaya, hay 7 leguas, y como 10 a la unión del río Ayapata al
Inambari.
El río conocido con el nombre de San Gabán, y cuya fama ha sido tan
grande, es formado de varios ríos. Su principal ramal parece tener su
origen en la gran cordillera de Vilcanota, que tiene una altura de más de
17500 pies. Otro ramal es formado por las [132] aguas que bajan de los
altos de Corani, pueblo 9 leguas distantes de Macusani, distando éste 7 de
Ajoyani y éste 7 del Crucero. Cerca de Ollachea, pueblo 7 leguas distante
de Corani, se reúnen esos ríos; el caudal de agua más abajo se agranda
inmensamente con los riachuelos y ríos que bajan de las alturas que
separan la quebrada de San Gabán, de los territorios de Marcapata, que ya
pertenecen al departamento del Cuzco.
En Chia, pueblecito más abajo de Ollachea, y como 5 leguas distante,
se hallan grandes ruinas de un pueblo, al parecer muy anterior a la
conquista. Más abajo se halla el vallecito de Quitón-quitón, lugar
famosísimo por una especie de ají que produce, sobremanera fragante y
gustoso; sirve de especial objeto de obsequio en todo el departamento de
Puno. Este ají es pequeño y delgado, de un color blanquizco, con tintes
verde y amarillo, y parece hecho de cristal por su transparencia. He
plantado semillas en Tacna, y no han tenido buen resultado.
No muy lejos de la embocadura del río de San Gabán, se halla situada
la hacienda de San José de Bellavista, propia del señor don Agustín
Aragón. Esta hacienda la ha formado el señor Aragón, a costa de inmensos
gastos y no pequeños peligros, por su inmediación a los terrenos
recorridos por los indios chunchos, que varias veces han salido de sus
montañas pasando el río Inambari. Bellavista produce un café muy superior,
por su gusto y especialmente por su gran fragancia, a todos los conocidos.
Muestras han sido enviadas a París, donde los aficionados lo han declarado
superior al Moka. La falta de brazos, pues los peones rehúsan trabajar en
la hacienda por temor a los chunchos, no permiten al señor Aragón aumentar
tan valioso producto.
Ya he dicho que la quebrada de Marcapata, departamento del Cuzco,
colinda con la de San Gabán, [133] departamento de Puno; y ya que se ha
traído a la memoria esa quebrada de Marcapata, anotaré que, como todas las
quebradas al Este de la gran Cordillera, esa tiene lavaderos de oro, en
toda la extensión de los innumerables riachuelos que forman su río; y que
en el mismo territorio se halla situado el cerro de Camanti, famosísimo
desde la conquista por la gran cantidad de oro que producía, hasta que los
chunchos atacaron y destruyeron las labores. Creo que fue por el año de
1848, que un joven inglés de apellido Backhouse, vecino algún tiempo en
Tacna, se dirigió a Marcapata con el doble objeto de explorar las minas y
lavaderos de oro, y establecer una explotación de cascarilla. Llevó gran
cantidad de bagatelas, propias, según informes, para el tráfico con los
indios salvajes; y creo que por medio de un fraile Franciscano italiano,
Bobo de Ravello, logró cierta introducción con el Curaca del lugar. Los
regalos de Backhouse produjeron, al parecer, la buena amistad del Curaca;
y Backhouse escribió a sus amigos detallando sus entusiastas esperanzas.
Un día, y sin motivo alguno para ello, al salir Backhouse de su
habitación, le lanzaron los chunchos repentinamente, tal cantidad de
flechas, que el cuerpo ya cadáver quedó como parado, sostenido por las
cañas de las flechas; tal fue el desgraciado fin de tan estimable amigo.
El finado don Juan Sanz de Santo Domingo, trató de formar una compañía
para explotar los veneros, vetas y lavaderos de oro del Camanti; y se
suspendió esa organización, por consecuencia de su imprevista muerte. Lo
primero que hay que organizar, es una fuerza competente, que ahuyente de
ese riquísimo territorio a los indómitos chunchos; ellos no solo han
destruido esos opulentos trabajos, sino han llevado la ruina y la
devastación a más de cien haciendas, en un tiempo ricas y productivas de
los valles de Paucartambo, etc. [134] El señor don Agustín Aragón, ha hecho muchas e infructuosas
diligencias para descubrir la antigua y afamada población de San Gabán, y
el sitio de sus renombrados lavaderos de oro; según tradición, esos
lavaderos eran de gran producción, y los trabajaban gran número de
notables vecinos, cuando sobrevino la rebelión de Juan Santos, que se
tituló Inca Atahualpa en 1742; y fueron los establecimientos tan
completamente destruidos, y se ha perdido de tal manera todo documento de
su referencia, que hoy es muy difícil, si no imposible, con próxima
certeza, señalar la parte del territorio de Carabaya, donde se hallaban
fundados. Vivo interés he tenido en reunir los documentos y noticias
referentes a la rebelión de dicho Juan Santos: mis empeños han sido hasta
ahora infructuosos. Sólo se sabe que en dicho año de 1742, el referido
Juan Santos, indio educado por los Misioneros, en las misiones del Cerro
de la Sal, cerca de Chanchamayo, y provincia de Tarma, se hizo proclamar
Inca en el pueblo de Quisopongo, tomando el nombre de Inca Atahualpa; que
su rebelión se extendió sobre casi todo el territorio que cuidaban los
Misioneros, que aun fuera de ese territorio, como en Camanti y Carabaya,
la indiada sublevada atacó y destruyó los establecimientos de los
Españoles; y que después de algún tiempo desapareció el tal Inca, sin que
se sepa cosa alguna sobre la fecha y punto en que murió. Últimamente el
coronel don Francisco La-Rosa, con un fuerte destacamento de tropa de
línea, logró penetrar a la montaña, y descubrir el cerro afamado de la
Sal. En esas inmediaciones sorprendió una fragua de herrero, donde los
chunchos elaboraban herramientas de fierro, restos de la civilización, que
destruyó Juan Santos. En poder del señor Raimondi, he visto algunas
herramientas fabricadas por los chunchos, y recogidas en esas montañas. De
desear sería que algún compilador [135] pudiese recoger los documentos
históricos referentes a tan desconocida revolución, y los publicase.
He hablado antes de los lavaderos de oro de Poto; en sus
inmediaciones existe, hacia el interior de la Cordillera, las vetas
auríferas de Ananea, rodeadas de constantes capas de hielo y nieve. Según
aparece, Ananea es el punto más elevado donde han vivido seres humanos; su
altura, se asegura, es de diez y ocho mil pies. El señor don Juan Santos
Villamil, vecino de La Paz, me ha asegurado, que en ningún punto del
globo, y en varios viajes por Rusia, Siberia, etc., ha experimentado un
frío tan intenso como el de Ananea, cuando marchó allí a reconocer esas
labores.
Cuatro leguas al Sur de Poto, y en las cabeceras de la gran pampa de
Umabamba, de la cual me he ocupado al hablar de los indios Calaguayas,
también hay lavaderos de oro, de más o menos riqueza, según su proximidad
a la Serranía. Se llaman Suches.
En Chuquiaguillo, como dos leguas al Este de La Paz, Bolivia, hay un
antiguo y renombrado lavadero perteneciente a la familia Sáenz. De este
lavadero se ha sacado, poco después de la conquista, una pepita de oro de
62 libras de peso, y de figura de una quijada grande de caballo: fue
remitida a España. Este lavadero, muy estudiado y reconocido por mí, por
circunstancias especiales, es muy notable por los hechos siguientes: En
este lavadero, el oro, como en todos los lavaderos casi que he conocido,
se halla en tierra de aluvión, y en la parte donde el oro existe, ese
aluvión se halla impregnado de un tinte color de orín de fierro; este
terreno es el que allí se llama el venero. Los indios, desde antes de la
conquista, han trabajado ese venero, y sus galerías o corridas se hallan
actualmente con frecuencia en los frontones de las presentes labores; en
algunas de esas galerías se han hallado cadáveres de indios, que al seguir
[186] el venero para extraer el oro, han quedado aplastados en las
labores. Una acequia de agua se halla constantemente corriendo en esas
labores subterráneas; agua que no se sabe aun de dónde viene, ni cómo ha
sido conducida subterráneamente, a esos sitios. A pocas cuadras arriba de
las actuales labores, se halla una hoyada llamada la Lancha: sitio muy
saturado de agua, y en cuyo fondo, a mi juicio, debe existir un gran
depósito de oro, por ser el punto a donde han caído los rodados de la
Serranía; muy alta, que domina ese local, y de donde ha rodado el oro.
Formando casi bordo de la Lancha, se hallan varias vetas de cuarzo
aurífero, que corren cerro arriba, y que, a mi juicio, son ramales de la
Gran Veta Aurífera, que se halla embebida en ese cerro alto que domina las
labores, y cuyas crestas se hallan destrozadas, o por los rayos
eléctricos, o por la acción del clima, y cuyos enormes escombros han
cubierto las faldas de esos cerros. Eu Chuquiaguillo, pues, a mi juicio,
los empresarios debían implantar las labores siguientes:
1.ª Buscar la base del terreno de La Lancha, secando las aguas que
hoy lo empapan. 2.ª Correr un socavón a las vetas auríferas que se dirigen
de La Lancha cerro arriba. 3.ª Hacer un reconocimiento científico de los
cerros que dominan las labores, y buscar en dichos cerros, las vetas de
las cuales se han desprendido los rodados, que han producido la tan
inmensa cantidad de pepitas de oro, que por más de 300 años se han sacado
de esas labores.
Al pie del Illimani, nevado el más estupendo por su mole, pero no por
su altura, existente en el mundo, se hallan situadas las fincas de Cotaña,
pertenecientes al finado señor Doctor don Pedro José Guerra; y Cevollullo,
propiedad del señor Vicente Ballivian, mi apreciabilísimo amigo. En ambas
fincas se han encontrado, en diversas ocasiones, rodados de oro [137] caídos del cerro Illimani, de 26200 pies de altura, después de alguna de
esas violentas tempestades, que se desatan en esas altísimas cumbres. Esos
rodados claramente demuestran la existencia de ricas vetas de oro en esas
alturas.
En la provincia de Larecaja, Bolivia, se halla situado el Cerro
Nevado, llamado Illampu, de 26900 pies de altura. De su inmensa mole se
desprenden gran número de riachuelos, los que a cierta distancia forman el
afamado río Tipuani; éste, unido al río Mapirí que desciende de los altos
de Charasani y Curba (pueblo de los Calaguayas) forma el río Cacas, éste
se une enseguida al Beni, éste unido al Madidi, que tiene su origen al
Este de Carabaya, y en la Quebrada de San Juan del Oro o Tambopata, sigue
con el nombre de Beni, hasta que unido al Gran Río Mamoré, forma el río
Madera, ramal inmenso del Amazonas. Los lavaderos de oro de Tipuani, son
los más afamados de la América del Sur; de sus labores daré una
descripción. El oro de Tipuani es todo de pepitas del tamaño de las
semillas de melón; y es tan puro y de tan alta ley, que por él se da
siempre el más grande precio en el comercio. De los cerros que corren del
Illampu hacia el Illimani, y forman las alturas por las cuales se viaja de
La Paz a los valles de Yungas, bajan varios ríos que forman el Tamampaya.
Este río, en un punto llamado el Encuentro, se une al río Chuquiapo, que
corre por la ciudad de La Paz, teniendo su origen en los altos de
Achascala. Poco más abajo del Encuentro, se halla un río que viene del
Norte, y se llama Cajones; en este río abundan los veneros de oro, y de él
se han sacado no pequeñas cantidades de tan buscado metal.
He dado una descripción de los lavaderos de oro conocidos y visitados
por mí. Ahora me contraeré a exponer los sistemas muy poco científicos por
cierto, [138] que se emplean entre nosotros, para la elaboración de esos
lavaderos.
El beneficio del oro se diferencia en varios sistemas, según se halle
en vetas o lavaderos y veneros.
Para beneficiar el oro, cuando se halla en vetas cuarzosas, como en
Umabamba o Capac Orco, es preciso, eu primer lugar, extraer el metal,
empleando para ello mineros experimentados, buenos barreteros, que rompen
el cuarzo o con pólvora o con barretas, si como en Capac Orco, el cuarzo
se halla en gran parte rajado y roto. Extraído el cuarzo aurífero, es
conducido a un sitio allanado llamado la Cancha, donde los chanqueadores
separan con combas, de tamaño aparente, la parte que tiene oro de la que
es pura roca o cuarzo.
El cuarzo con oro, enseguida es conducido al punto donde se hallan
los Quimbaletes, o sean grandes martillos de fierro, que son movidos por
medio de una rueda de agua o turbina, que reduce a polvo el cuarzo
aurífero. Cernido el polvo éste, la parte que no ha pasado el tamiz, es
sometida a una nueva molienda; la parte fina del polvo se amalgama con
agua y una parte proporcionada de azogue, produciéndose la pella de oro,
de más o menos tamaño, según la ley, es decir, la riqueza del cuarzo
aurífero. La pella enseguida es sometida a la acción del fuego, para
evaporizar el azogue que contiene. Parte de este azogue se pierde en la
elaboración, pero alguna parte se recoge, y se emplea en nuevas
amalgamaciones. En California se han introducido maquinarias y sistemas
para beneficiar metales cuarzosos, tan ventajosamente, que con esas
máquinas y sistemas, el cuarzo, botado por pobre en nuestros trabajos,
produciría por sí solo notables fortunas. Nuestros desperdicios y
desmontes serían metales preciosos, y de gran valor en California.
El sistema empleado para beneficiar los lavaderos [139] de oro en
Carabaya, es igual, con cortas excepciones, al empleado en Tipuani y
Cajones. Voy, pues, a dar una sola descripción, que podrá aplicarse a
ambos puntos. Tanto en Carabaya como en Tipuani, los lavaderos de oro se
hallan situados en quebradas profundas, que tienen ríos o riachuelos que
corren por sus cauces, existiendo a los costados de esos ríos o
riachuelos, playas más o menos anchas, según son anchas o angostas las
quebradas. Los cerros que forman esas quebradas, se hallan cubiertos de
abundante arboleda, la que se emplea con bastante provecho en las labores
emprendidas. Examinada la localidad, y escogido el punto que se cree
conveniente para establecer las labores, uno de los principales objetos es
formar una muralla de palos y piedras para contener cualesquiera
creciente, más o menos fuerte, del río, que pudiera amenazar las labores
emprendidas; formado el tajamar, se dedican los peones a sacar y conducir
a un punto apartado, y siempre más abajo de las labores, la tierra,
cascajo y piedras que cubren el terreno; y este trabajo se sigue hasta
encontrar la roca que forma el fondo de la quebrada. Como el río o
riachuelo que corre por la quebrada, al fin llega a quedar a un nivel
superior a las labores, las aguas filtran sobre éstas, y entonces cierto
número de peones son destacados para sacar esas aguas con baldes, y
arrojarlas al cauce, río abajo.
En Tipuani, con ventajosos resultados se han empleado con este objeto
bombas. Fortuna positiva es para el especulador, el tener un número tan
notable de peones, que pueda dar gran impulso a sus trabajos, y encontrar
cuanto antes el venero, fácilmente conocido por el terreno color de orín
de fierro, que es con el que siempre se halla envuelto el oro. Los mineros
aseguran que es siempre conveniente entablar sus trabajos en algún punto
donde el terreno forme codo, porque aseguran que el oro, al ser arrastrado
[140] por la corriente de agua, se va a fondo, y queda depositado, cuando
la fuerza de la corriente es detenida o algo neutralizada por ese codo del
terreno. También gran fortuna es el que durante los trabajos no haya
creciente en el río, o que ellas no sean tan violentas que destruyan el
tajamar, invadan las labores y llenen de tierra y cascajo nuevamente las
excavaciones ya verificadas con tanto costo, y tantos días de constantes
trabajos.
He conocido al señor don Ildefonso Villamil, vecino muy respetable de
La Paz, que en un año y en un trabajo de Tipuani, logró sacar hasta
ochocientas libras de oro en pepitas, todas, como he dicho, del tamaño y
color de las de melón. En otros años, cuando ya tocaba el fin de sus
labores, violentas crecientes del río, en pocas horas destruyeron su
tajamar, rellenaron sus excavaciones y arruinaron sus esperanzas. Otros
mineros como él, han tenido inmensos provechos, y también han sufrido
grandes quebrantamientos.
Repito que en Carabaya se empleaba el mismo sistema; pero allí los
peligros de violentas inundaciones eran mucho menores, por ser los ríos y
riachuelos menos abundantes en aguas; y ser las labores en mucha menor
escala y mucha menos profundidad.
Los indios, en las playas de varios ríos de Carabaya, y, en especial,
en las del Huari-huari, que son más anchas, forman Tocellas. Estos
empedrados los extienden desde la orilla del río para arriba, poniendo las
piedras paradas, y buscando para ello las más largas y puntiagudas. En las
crecientes de los ríos, la corriente arrastra algunas pepitas de oro en su
cauce, y lleva también gran cantidad de oro muy pulverizado en sus aguas.
Al pasar las aguas sobre los empedrados, el oro por su peso específico se
queda depositado entre las piedras y la tierra, y lo lavan, empleando para
ello unas bateas, hechas de madera [141] o arcilla requemada, de la figura
de un plato, y del diámetro de diez a quince pulgadas. La tierra es echada
en cierta cantidad en la batea, ésta se hunde en la corriente de un
riachuelo, y con un movimiento rápido de los brazos, el agua va separando
y llevándose la tierra, quedando al fin en el centro de la batea, el oro y
una arenilla negra, aquella que nuestros abuelos usaban para echar sobre
la tinta cuando escribían, y antes de la introducción del útil papel de
estraza. Algunos mestizos que también se ocupan de esa clase de trabajos,
emplean el azogue para recoger el oro de esas tierras.
En los trabajos como Poto, Aporoma y Chuquiaguillo, para elaborar los
veneros, se emplea la cocha. Está en un estanque de agua, formado a cierta
distancia de la labor, y en un punto muy superior al nivel de ella.
Esta cocha es una especie de estanque con sus correspondientes
compuertas, y cuando está llena de agua se abren las compuertas, y el agua
es conducida por una conveniente acequia sobre el terreno que se va a
elaborar. La fuerza de la corriente de agua destruye y envuelve el
terreno, llevándose la tierra movible, y dejando las grandes piedras, y el
oro queda también allí, por su peso específico. Concluida la cocha, es
decir, la corriente de agua, los peones con grandes barretas y palancas
conducen las piedras grandes al un punto conveniente, formando con ellas
murallas en cuyo centro depositan las piedras más chicas y tierra gredosa:
la tierra fina, en la cual se halla envuelto el oro, es separada a un lado
para lavarse enseguida. En Chuquiaguillo la tierra sacada en un día, se
lava en cada tarde por ser abundante la que se explota diariamente; en
Carabaya, la tierra se reúne por dos o más días, hasta reunir una cantidad
proporcionada a un lavado.
En California, donde los trabajos son muy en grande, [142] y donde no
se encuentra el agua suficiente en algunos trabajos, ha sido preciso
conducir el agua por medio de canales de gran distancia; hay canal allí
que tiene 17 millas o sean 6 leguas de corrida: esta clase de trabajos son
desconocidos entre nosotros.
En la mayor parte de los trabajos de Challuma, y puede decirse, de
toda Carabaya, los tajamares son muy cortos; tendrá el más largo veinte o
treinta varas. Las acequias de agua de las Mercedes (río Pucumayo) y Alta
Gracia (río Challuma), no tendrían ni 100 varas de largo. Un trabajo en
forma en la quebrada de Challuma, que comenzase por la parte donde el río
Challuma se vine al Huari-huari, y siguiese (como se hace en California)
río arriba, lavando el terreno hasta encontrar la roca, base de la
quebrada, produciría asombrosos resultados. Los trabajos nuestros en
Carabaya, han sido superficiales; hemos raspado con nuestros almocafres
(especie de hoz hecha de fierro) los álveos de los ríos; no hemos hecho un
solo trabajo científico o algo costoso; hemos querido trabajar como
holgazanes, contentándonos con lo que hemos encontrado a la mano, y nada
más.
En Tipuani, separada la carga de tierra, piedras y cascajo, al fin se
halla el venero: éste es cuidadosamente escogido y separado, y la tierra,
es lavada con escrupulosidad en bateas, y a la vista de los dueños de la
labor. En Chuquia o Yuillo, la tierra venero es lavada en la forma
siguiente: se hace un cajón con tres costados, como de cuatro varas de
largo, de ancho como una tercia de varal y de alto, como un pie. Este
cajón en su cabecera está más alto que su pie, por una diferencia de
cuatro pulgadas, dando lugar a que el agua, que entra por la cabecera,
corra con alguna rapidez hacia el pie; el fondo del cajón tiene
atravesaños de madera, a cortas distancias. En la cabecera del cajón se
forma un enrejado que se halla [143] cubierto con lana (en Chuquiaguillo)
y raíces de helecho (en Carabaya y Cajones). Este enrejado forma el fondo
de un cajón, como de media vara cuadrada, con un costado abierto al canal
de madera ya indicado. Este aparato se arma en un punto inmediato a una
corriente de agua, y ésta, por un conveniente canal es conducida al cajón
con el enrejado. Los peones traen la tierra venero en bateas (cuya
descripción ya he hecho) al cajón enrejado, y la sueltan encima del
enrejado; un peón experimentado, con ambas manos mueve la tierra
rápidamente, la que es conducida por el agua al cajón largo, quedando
atrapado en la lana (o raíces de helecho) el oro que contiene la tierra.
Si algún oro pasa al cajón es detenido por los atravesaños que he
indicado. Como el oro de Carabaya, Chuquiaguillo y Cajones, es de pepitaje
algo grande, con frecuencia se suspende el lavado, se separan las pepitas
grandes, y se sigue el trabajo. Concluida de lavar toda la tierra
preparada, se desarma el cajón y se recoge el oro detenido en la lana (o
raíces de helecho), y en los atravesaños del cajón. Y ya que he traído a
la memoria las plantas llamadas helechos, no será demás indicar, que el
helecho en Carabaya es una planta muy distinta a la que se conoce en los
jardines de Lima, y sirve de adorno en macetas y canastas colgantes. En
Carabaya y en las quebradas de Pucamayo y Challuma, he visto helechos, que
son verdaderamente arbustos, de cuatro varas de altura, dos pulgadas de
diámetro en sus troncos, y con hojas (allí ramas) de vara y media de
largo. Los indios hacen en un punto inmediato a la raíz, una incisión, o
inmediatamente sale una sustancia gomosa, parecida al almidón bien
hervido, y esta sustancia sirve muy eficazmente para cicatrizar heridas,
etc. Este helecho es conocido allí con el nombre de Sanosano.
Con mucha razón me preguntarán mis lectores, [144] por qué existiendo
tanta riqueza, tanto oro en los territorios que he indicado, esas labores
han sido casi abandonadas. Voy a explicar las razones por las cuales, a mi
juicio, han sido paralizadas esas labores.
La primera, y creo la más importante, es el estado de los caminos. En
1851, una chalona (carnero salado y helado) costaba en las haciendas de
Azángaro cuatro reales, en Capacorco valía tres pesos, y así los demás
víveres. El precio tan alto en la montaña, de los víveres, causaba
necesariamente alza exorbitante en el jornal. Agrégase a esa alta escala
de precios, la destrucción de víveres por el constante estado de humedad
del clima, y se comprenderán los grandes quebrantos, y aun ruinas, que
experimentaban los proveedores de víveres.
La dificultad y aun imposibilidad de introducir maquinarias, o
herramientas aparentes para labores en gran escala, a causa de que casi
todo el trasporte es preciso verificarlo a hombros de peones, cuyos
jornales necesariamente aumentan exorbitantemente el valor de los
productos de la explotación. La falta constante de brazos, causada por la
desidia de los indios, su ningún apego al trabajo, su ningún deseo de
mejorar de situación, su carencia de estímulos para ganar. A pesar de que,
en tiempo de mi permanencia en Azángaro, esa provincia, según la Revista y
censo formado por mí, tenía como 60000 habitantes, la señora Rivero de
Velazco, dueño de los lavaderos de oro de Poto, situados en la provincia,
se veía cada año obligada a mandar comisionados a los pueblos de Larecaja
y Omasuyos (Bolivia) a contratar peones, porque la indiada de Azángaro,
con sus cortas chacras y ganados, tenían lo suficiente para cubrir sus
escasas necesidades y comprar el suficiente aguardiente para sus fiestas;
y se negaban por completo el ir a los trabajos de esos lavaderos, donde
[145] es fuerte el frío, sin duda, pero donde podían ganar pingües
jornales.
Los indios, peones de Carabaya, también se negaban a esos trabajos,
porque ellos mismos, con corta aplicación, podían trabajar los ríos de sus
propias quebradas, y conseguir valores superiores a los jornales ofrecidos
por los mineros. Y si, en 1851, en que aun existía el tributo, carga
fuerte, a su juicio, eran tan decidiosos y abandonados, ¿cómo se hallarán
ahora que no tienen la vara de la autoridad de sus ilacatas (cobradores de
tributos) sobre ellos? consecuencia forzosa, que ninguno quiere ser peón
de un trabajo de esa especie. Si la supresión del tributo fue, según
algunos, una medida de alta justicia, ella, sin duda, no ha producido aún
ningún beneficio a la raza indígena; pues ni los ha civilizado, ni los ha
hecho buscar los medios de adelantar en su bienestar; ni de indios
tributarios los ha convertido en ciudadanos laboriosos e industriosos. En
una serie de artículos, que un Subprefecto publicó en el Correo del Perú
en 1850 y 1851, se hacían patentes los graves inconvenientes, que para el
bienestar, civilización y progreso de la indiada, producían su carácter
especial, su apego a sus añejas costumbres, su ningún deseo de cambiar su
modo de ser y su fatal embrutecimiento.
En las orillas del Titicaca viven los indios urus; son una raza tan
especial, que he escrito una memoria sobre ellos, memoria que algún día
publicaré.
En las montañas esas, no he conocido otra enfermedad que la llamada
chiquimachi, la que exclusivamente ataca a los indígenas. El que se halla
atacado de esta enfermedad sólo desea estar echado; pierde el color y
mortal palidez cubre su rostro; se le hincha primeramente el vientre,
después las piernas y brazos; siente constantes calofríos y pierde por
completo el apetito. Un enfermo no tiene larga agonía: ocho o [146] diez
días son suficientes para acabar una constitución sana. En Palca, en una
salida de la montaña, encontré a un indígena joven, como de veinticinco
años, tendido delante de una gran fogata, y gravemente enfermo del
chiquimachi. Al día siguiente me empeñé en sacarlo conmigo a la
cordillera, único remedio para su gravísimo mal; se negó obstinadamente, y
conociendo yo que si lo dejaba en ese punto se moriría muy pronto, me
resolví a emplear con él los remedios recetados por don Primitivo
Callejas, y le hice aplicar ese medicamento con tanta eficacia y en tan
repetidas ocasiones, cuantas se arrojaba a tierra en la marcha, negándose
a andar; al fin logré llegase conmigo sano al Crucero; teniendo yo la
satisfacción de comunicar la receta a mis lectores para la cura
eficacísima del chiquimachi, y de muchísimos otros males, que experimenta
la humanidad en nuestra tierra.
Los mineros de oro para conseguir peones, tenían que dar grandes
gratificaciones a los gobernadores de los distritos de Carabaya y de
Azángaro, quienes contrataban a la gente.
Quiero poner un ejemplo. El minero necesitaba cien peones contando
con las acostumbradas pérdidas en tales casos, contrataba con los
gobernadores por ciento cincuenta; feliz era el minero si llegaban a sus
labores ochenta. Desde el primer día de la llegada de los peones, algunos
se fingían enfermos, otros estropeados, inventando varios pretextos para
no trabajar; resultado: entraban al trabajo cincuenta, o sea la tercera
parte de la gente que el minero contrató, o sea la mitad de la que
realmente le era precisa y necesaria. Aquí no quedaban sus angustias y
trabajos. Formaba su trazo, arreglaba su tajamar y labor, daba al fin con
la tierra venero de oro: amontonaba el producto de sus labores, iba a
lavar la tierra, a percibir el fruto de sus afanes y trabajos, al día
siguiente iba quizás a ser rico, etc. Amanecía el día -ni [147] un peón en
la labor- todos, aprovechando la noche, se habían fugado, algunos
llevándose las herramientas: he aquí un hecho que ha tenido lugar varias
veces en esas labores, dejando arruinado al empresario.
Las guerras civiles que han repercutido aún en esas lejanas comarcas,
ahuyentando a los peones, causan la imposibilidad de conducir herramientas
y víveres a esas comarcas.
No sólo hay en Carabaya minas y lavaderos de oro; también hay
poderosas vetas de metales de plata. Entre Ayapata y Corani, se hallan las
renombradas minas de Uccuntaya. Esta mina, según tradición, era
asombrosamente rica en metales; y un fuerte temblor derrumbó sus labores,
consecuencia de no dejar en pie los puentes que las ordenanzas
forzosamente prescriben. Como los metales eran tan ricos, las labores se
hacían sin dejar esos convenientes apoyos para la cumbre de ella.
Fenómeno muy curioso es la existencia en esas comarcas de los
temblores. En Setiembre 5 del año de 1864, se experimentó en Carabaya una
especie de terremoto, que causó graves daños y vastos derrumbes de las
alturas, casi siempre empapadas en agua. En todas esas cordilleras no
existe volcán alguno en actividad, ni hay tradición que haya existido. Yo
soy quizás el único que, como ya he expuesto, he podido distinguir a gran
distancia, al Este del alto de Ucos, en 18515 un elevado cerro cónico, con
nieve en la cúspide y con todos los caracteres de un volcán. Quizás de la
existencia de éste hayan provenido los temblores que han derrumbado
Uccuntaya, y causado tantos estragos en Setiembre de 1864. Un futuro
viajero quizás podrá dar más apuntes sobre la existencia de tales
volcanes.
Estas son, a mi juicio, algunas de las poderosas razones que han, por
ahora, causado el atraso o suspensión de esas tan productivas labores.
[148]

Cascarilla y cascarilleros
Don Luis Jerónimo Fernández Cabrera, Bobadilla, Cerda y Mendoza,
cuarto conde de Chinchón, salió de Cádiz en Agosto 14 de 1628, y vino a
Panamá, nombrado Vicerrey del Perú, etc. Dicho caballero de los tantos
apellidos, pasó de Panamá a Payta, y se embarcó en este último puerto para
el Callao, mandando por tierra a su esposa la señora doña Francisca
Enríquez de Rivera, hija del duque de Alcalá. Este Virrey será siempre más
recordado, por haberse dado su nombre a la Cascarilla, que por sus demás
servicios y hechos, buenos o malos. Se encargó del mando en Enero 14 de
1629, y gobernó hasta Diciembre 18 de 1638, o sean cerca de diez años.
Refiere la tradición, que habiéndose enfermado gravemente la virreina
con tercianas malignas, una india sirviente suya, secretamente le
suministró los polvos de la cascarilla -que sorprendida la india, se trató
de quemarla, por haber, según se creía, envenenado a la virreina; pero que
hallándose ya en el cadalso, se le salvó la vida, verificándose la
maravillosa curación de la enferma, y resultando el descubrimiento, el
único quizás efectivo, cuando es legítimo, [149] del específico contra las
fiebres malignas (10). De esta historia, verdadera o novelesca, resultó el
que el célebre botánico Linneo, nombrase a la cascarilla Chinchona, y
formase de sus clases una familia especial. Otros aseguran, que un indio
de Loja, muy afecto al corregidor de ese partido, don Juan López
Cañizares, participó a éste los benéficos resultados de la aplicación de
cierta corteza de árbol, para curar las fiebres perniciosas; que López
Cañizares comunicó el secreto a los Jesuitas, entusiastas y sabios
Misioneros de esas comarcas; que estos lo comunicaron a Europa, donde ha
sido muy conocida la corteza con el nombre Jesuits Bark, por muchos años.
Sea como fuere la verdad, parece indudable que desde 1630 se conocían en
Lima, como eficaz antídoto para las tercianas y demás fiebres, los polvos
de la cascarilla traídos entonces de Loja. Del Perú se remitieron a Europa
pequeñas cantidades de cascarilla; y en Roma, el Cardenal Lugo, (quien los
recibió de los Jesuitas), por medio de su médico Sebastián Baldo, hizo
usar y extender la fama del específico. A pesar de la fuerte oposición que
varios médicos y otros hicieron al uso de la cascarilla, los maravillosos
y benéficos resultados que su aplicación producía, fueron venciendo, poco
a poco, las resistencias que se levantaban, muchas veces por interesados
Sangredos. En 1671, Luis XIV, Rey de Francia, compró al médico inglés
Talbot, el secreto de las frecuentes y maravillosas curaciones de fiebres
que verificaba en París; ese secreto no era otra cosa que la conveniente
aplicación de los polvos de Jesuits Bark, o sea la cascarilla peruana.
Luis XIV cuidó de hacer conocer al público el específico. [150] Solamente en 1738, o sean cien años después de la curación de la
virreina de Chinchón en Lima, se vino a publicar por La Condamine, la
descripción exacta del árbol de la cascarilla. La Condamine (11) había
sido mandado en 1735 con Godin, Bouguer y Jussien, a Quito, por el
gobierno francés, para medir el arco del Meridiano y determinar la
configuración exacta de la tierra.
El Rey de España Carlos III, en 1778, mandó a los naturalistas
Hipólito Luiz y José Pavón; y el Rey de Francia, a Dombey, a examinar,
recoger y especificar los árboles y plantas de sus vastos dominios en la
América. Estos naturalistas publicaron en 1794, la famosísima obra que
lleva su nombre. En dicha obra no se hace mención de la Chinchona
Calisaya, porque, según entiendo, aun no era conocida. En 1788 regresaron
a España estos comisionados, quienes en 1794, como he dicho, publicaron el
Prodomus, y en 1798 comenzaron a publicar la Flora Peruviana et Chilensis,
que se concluyó en 3 volúmenes, y que ha existido en nuestra Biblioteca,
como un monumento de una labor, que tanto honra a sus autores; los
grabados de ella son magníficos.
En 1790 Carlos III mandó otra expedición científica a las costas de
Chile y del Perú, a bordo de la [151] corbeta Descubierta, y a órdenes de
Malaspina. A bordo vino como naturalista don Teodoro Haenke, natural de
Bohemia; era un hombre completamente consagrado a las ciencias. En 1792,
Haenke regresó a España, de donde hizo nuevo viaje a Chile y al Perú en
1794, y desde esta fecha hasta el año de 1817, en que falleció en
Cochabamba, se dedicó con asombroso entusiasmo a reconocer y recorrer
todas las montañas, ríos, etc., de esta parte del Continente, y, en
especial, del Alto Perú, hoy Bolivia. Pérdida muy grande han sufrido las
ciencias al perderse, en Cochabamba, todos sus manuscritos, como
consecuencia de la guerra de la Independencia. Haenke fue, según creo, el
primero que dio a conocer con todos sus especiales caracteres y ventajosas
aplicaciones, la cascarilla calisaya, originaria, según se creía,
solamente en el territorio de Bolivia, y que hoy se sabe se encuentra
también en el Perú, y en la parte de las montañas de Carabaya.
En 1846 vino al Perú el naturalista Weddel, inglés de nacimiento,
pero desde joven educado en París. Weddel era comisionado por el Museo de
Historia Natural de París, para hacer un estudio especial de la chinchona.
Tuve el honor, para mí muy grande, de conocer al señor Weddel, y de darle
cabalmente las muestras de la verdadera chinchona officinalis, que han
sido grabadas en su obra sobre cascarillas. Weddel penetró a las montañas
de Tambopata (San Juan del Oro) en ese mismo año, y también pasó a
Bolivia.
A su regreso casó en Arequipa con la señorita Bolognesi, hermana de
aquel honrado e ínclito Jefe, que quemó su último cartucho, en Arica, en
Junio 5 de 1880. ¡¡Ardientes lágrimas se agolpan a mis ojos, al recordar
la prematura muerte de mi amigo el coronel don Francisco Bolognesi, y la
actual degradación de mi Patria!! [152] En 1852, Weddel volvió al Perú y Bolivia, a seguir sus científicos
estudios, y ha publicado sobre cascarillas la obra más completa que yo
conozco sobre el particular, adornada con grabados de primera clase. En
nuestra Biblioteca existía un ejemplar, obsequio grato de su autor; tan
importante obra se ha perdido ya.
En 1860 el señor don Clemente Markham, inglés, vino a Lima, y de aquí
pasó a Carabaya y Bolivia, comisionado por el sabio y previsor Gobierno de
la Gran Bretaña, para conseguir semilla de la cascarilla calisaya, y
conducirla a la Isla de Ceylán, y a las montañas Himalayas, y propagar
allí sembríos de tan utilísima planta. El señor Markham, con la constancia
de un inglés, y con los abundantes fondos que se le proporcionaron, logró
por completo el objeto de su comisión; estudió la clase de terrenos que
eran más convenientes para la plantificación y cultivo de esos árboles; en
persona se dirigió al Ceylán e Himalaya, y ayudado de hábiles botánicos e
inteligentes horticultores, formó grandes sembríos de cascarilla calisa,
ya, que producen en notables cantidades, cada año más abundantes, las
quinas y quininas, tan necesitadas en el Hindostan, y demás colonias
inglesas, como igualmente en la Gran Bretraña, para la curación de
fiebres.
Con motivo de las publicaciones hechas en Inglaterra sobre los
resultados tan favorables del sembrío de cascarilla, y de su conveniente
cultivo, varios inteligentes especuladores, han establecido en Bolivia
chacras de cascarilla, formando sementeras en gran escala; buscando las
mejores semillas de la calisaya legítima, y estableciendo el sistema
adoptado para su cultivo en la India. Un señor alemán, don Oton Richter,
ha formado una gran Hacienda de cascarilla en Yaní, quebrada por la cual
baja uno de los muchos ríos que se desprenden de las grandes alturas del
[153] Illampu en el departamento de La Paz, y provincia de Larecaja,
(Bolivia). Y no se ha contentado con formar esa hacienda, sino que a su
costa, ha abierto un ancho camino de herradura, que le permite el libre
tráfico a los valles de Yaní, y facilita en algo también la entrada a los
lavaderos de oro de Tipuani, etc.
En la misma provincia de Larecaja existe un valle llamado Zongo, en
el cual la familia del finado señor don Manuel Ballivian, tenía grandes
posesiones. En ese valle existían no pequeñas cantidades de árboles de la
cascarilla, que han sido cortados y explotados: los propietarios señores
Ballivianes, y otros, han tratado de formar, en esos puntos, nuevos
sembríos, y hoy día hay bien fundadas esperanzas de que no se agotará,
como era de temerse, la producción en Bolivia de tan importante articulo
de exportación.
Haenke, según informes, fue el primero que hizo conocer las
especiales cualidades febrífugas de la calisaya, existente en ese entonces
(principios de este siglo) en las montañas de Apolobamba, departamento de
Caupolicán, en Bolivia, en abundantes cantidades. A consecuencia de la
guerra de la Independencia, y los trastornos sobrevinientes hasta la
exaltación al mando supremo de Bolivia, del General don Andrés Santa Cruz,
la exportación de cascarilla de Bolivia fue limitada; sólo en 1831 se
estableció la gran compañía exportadora de cascarillas, bajo la inmediata
dirección del señor don Francisco Heros (12). En años posteriores, y
cuando subió al mando [154] el General don José Ballivian, se formó una
nueva Compañía que dirigían en La Paz, los señores don Pedro Portal y don
Jorge Tezanos Pinto; compañía que fue favorecida por muy notables
utilidades.
La mayor parte de los numerosos valles que existen al lado Este de la
gran cadena de los Andes, que se extienden desde los altos de Vilcanota y
Coololo al Illampu o Illimani, y que corre al Sur hasta perderse en los
llanos al Sur de Cochabamba y Potosí, se hallan favorecidos con abundantes
manchas de cascarilla calisaya. En lenguaje local, una mancha, de
cascarilla, significa la agrupación de veinte o más árboles de cascarilla;
y el hallazgo de una mancha es una verdadera riqueza para los
cascarilleros.
Saliendo de nuestro pueblo de Cojata, hacia el Este, a las 12 leguas
se halla el pueblo de Pelechucos, antes departamento de La Paz y provincia
de Caupolicán. Para llegar a Pelechucos hay necesidad de pasar por el pie
del gran nevado llamado Coololo, el que se deja a la derecha, y tiene una
altura de 17900 pies. Este pueblo de Pelechucos tiene la particularidad de
que por sus calles y chacras corren abundantes y cristalinas acequias de
agua, algunas de gran anchura, y sobre las calles sirven de puentes,
grandes trozos o lozas de pizarra. Pelechucos se halla situado [155] sobre
un ramal del río Tuiche-ramal, a la vez, del Cacas-ramal, a la vez, del
Bení. Otro ramal del Cacas es el río Mapiri, a cuyas orillas se produce un
cacao tan afamado como el de Paucartambo (Cuzco). Un ramal del Mapirí es
el río Apolobamba, que corre por la población de ese nombre. El vasto
territorio que se extiende entre los ríos Mapirí y Tuiche, ha sido el
campo feraz y productivo de miles de quintales de cascarilla calisaya,
exportada de Bolivia, durante cincuenta años; siendo Apolobamba y Eten,
población no muy lejana, los centros de la exportación indicada. Al Norte
se ha extendido el corte a los ríos Tequexe y Madidi; pero las
dificultades de la extracción, han retardado algo el beneficio. El Madidi
es el mismo río que en Carabaya es conocido con el nombre de San Juan del
Oro, y, a veces, con el de Tambopata. Este río tiene su origen en el
territorio del Perú, y en la cordillera que separa la quebrada de Saqui
(Perú) de la de Puina (Bolivia); corre como cincuenta a sesenta leguas
hacia el Norte, y luego hace una vuelta hacia la derecha, y aumentando con
varios riachuelos, se forma el Madidi ya indicado.
En las quebradas de dicho río de Tambopata, se hallan establecidos
los cortes de cascarilla calisaya del Perú, y se han extraído no pequeñas
cantidades de esa corteza. En 1846 llegó Weddel hasta el Yanamayo (Río
Negro), que es un ramal de Tambopata, y en su gran obra existe un grabado,
que da una idea cabal de la arbolada, etc., de esa localidad. A ese mismo
punto llegó en 1860, Markham, cuando, como he indicado, marchó a recoger
la semilla de la cascarilla para conducirla a la India. De diferentes
partes del Perú, he visto cortezas consideradas como cascarilla: de ellas
me ocuparé después, pero la única cascarilla calisaya verdadera, que yo he
visto, es la extraída de Carabaya, y de las quebradas de San Juan [156] del Oro, o sea, Tambopata. Del Cuzco y de un punto de ese departamento,
llamado Cajamarquilla, he visto cortezas muy parecidas a la legítima
cascarilla, pero le faltaba lo esencial, cual era la sal quina, que hace
el verdadero valor de la calisaya.
Las cascarillas de Loja (Ecuador), y de Cartagena (Nueva Granada),
que yo he examinado, son inferiores a la calisaya, como lo demuestra la
gran diferencia de precio en los mercados de Europa y Estados Unidos. De
Cartagena he visto muestras parecídisimas a la calisaya, pero, según
entiendo, tienen menor cantidad de quina, y se diferencian de la calisaya,
además, en no tener espinas -de estas espinas me ocuparé después, por ser
una cualidad especial de la cascarilla calisaya, y que facilita su
reconocimiento.
Últimamente se ha extendido en Bolivia el corte de la cascarilla, a
los valles al Norte de Apolobamba, a los de Yungas y a los de Cochabamba.
He conocido a un señor Rada, que estableció esa industria en Cavinas, y
aún mas al Norte; las cascarillas que logró reunir, las embarcó en el
Beni, y después en el Madera, y las condujo así al Amazonas y ciudad del
Pará. Según me dijo el señor Rada en ésta, de vuelta de su viaje del Pará
a Europa, la expedición le fue muy favorable. Cavinas es una Misión de los
Padres Franciscanos, situada a inmediaciones de la embocadura del Madidi
en el Beni. Los indios de la comarca son altos y muy bien formados; he
visto a varios de ellos en 1859, en el convento de San Francisco, de La
Paz, donde me los presentaron los Padres Sáenz y Comas. Cavinas tiene gran
nombradía en La Paz, por el excelente cacao que produce. Todas las
cascarillas, falsas o verdaderas, pertenecen, como el café, a la familia
que, los botánicos llaman Rubiáceas, y a la tribu o división Chinconeas.
Estas cascarillas son consideradas falsas o verdaderas, porque [157] las
llamadas falsas no tienen ninguno de los alcaloides que deben tener las
cortezas, que producen las curas de las fiebres paludinas y periódicas.
Entre las cascarillas que se consideran falsas, las más notables son la
cascarilla blanca y la ovalifolia, clasificadas por el naturalista Mutis:
la cascarilla llamada noval por Mutis; varias de las especies clasificadas
por Guibourt, procedentes de Loja; las cascarillas exportadas del Cuzco, y
antes de Carabaya, que producen una sustancia especial, a la que los
químicos han puesto el nombre de Aricina, por haber sido esas cascarillas
exportadas por el puerto de Arica: las cascarillas varias exportadas de
las montañas de Huamalies, Chanchamayo y Huánaco, etc. Las cascarillas
verdaderas, que a la vez contienen las sales conocidas con los nombres de
Quinina y Chincoñina, tienen, en más o menos cantidad, esas sales, y, por
consiguiente, el antídoto verdadero y eficaz para todas las fiebres
paludinas. Estas cascarillas se consiguen en Bolivia y en la provincia de
Carabaya, del Perú, de árboles hasta de veinticinco pies de altura, y de
dos a tres pies de diámetro en el tronco. No sé que clase de árboles son
los que producen en Cartagena y Loja, cascarillas, que también contienen
Quinina y Chinconina; pero creo que serán, poco más o menos, iguales a los
que he indicado, en cuanto a su altura y grosor. Como mi objeto es hacer
un estudio, solamente, de la cascarilla calisaya nuestra, y del sistema
que se emplea para conseguirla y beneficiarla, me contraeré, a solo la
explotación de la verdadera cascarilla calisaya, tal como la he visto en
las montañas donde se produce; y de los sistemas empleados para
conseguirla, y prepararla para su exportación.
Nuestro hábil y entusiasta naturalista Raimondi, describe así la
cascarilla calisaya: «La familia de las Rubiáceas, comprende vegetales
herbáceos, arbustos [158] y árboles elevados; sus hojas son opuestas, o
verticaladas, y provistas de extípulos interpeciolares, sus flores
auxiliares o casi terminales, tienen el cáliz soldado con el ovario, y la
corola monopétala, regular, isostenión, de cuatro a cinco divisiones. El
ovario es inferior, presenta dos, cuatro, cinco o más celdillas, y
sostiene un estilo simple, rematado por un estigma de tantos lóbulos,
cuantas son las celdillas del ovario. El fruto es muy variado, puede ser
una baya, una cápsula, o una drupa de semillas solitarias o numerosas,
provistas de un albumen cárneo o carnoso. Trousseau y Pidoux describen así
a la cascarilla calisaya: «Cáliz adherente, limbo de cinco dientes, corola
monopétala, infundibuliforme, de cinco divisiones, tubo cilíndrico y
anguloso, cinco estambres insulsos en lo interior del tubo, ceja oval,
prolongada, coronada por los dientes del cáliz, bilocular y bivalva;
celdas que contienen muchas simientes membranosas en sus orillas. Árboles
grandes con tallo leñoso, de hojas y ramas opuestas, y flores dispuestas
en panojas tirsiformes». Las flores que yo he visto de la calisaya, son
blancas, de poca y especial fragancia, y son dispuestas en figura de
corimbo.
La cascarilla calisaya se presenta en el comercio bajo dos clases:
calisaya tabla y canuto. La tabla se presenta en tablas de corteza, cuya
longitud varía desde quince a veinte pulgadas, ancho dos o tres, del
grueso de dos a cinco líneas: estas últimas, es decir, las más gruesas,
son, por lo general, producto de árboles añejos. El canuto es el producto
de las ramas delgadas; y a esta cascarilla no se quita la corteza
exterior, como a la tabla. La cascarilla calisaya tiene un gusto muy
amargo y astringente; su color interior es amarillo anaranjado, con tinte
rojo, la tabla quebrada se parte por igual, sin que la fractura deje
puntas. Puesta la tabla en la parte interior, contra los rayos del sol,
indica puntos relumbrantes: [159] pasada la mano por esa superficie,
penetran en el epidermis cantidad de espinitas, que se desprenden
fácilmente de la corteza; especialidad que no tiene ninguna otra
cascarilla conocida por mí. La cascarilla tabla calisaya, en la parte
exterior de la primera corteza, es decir, la adherida al tronco, que es la
que se exporta, tiene hendiduras en figura de pequeñas conchas; el centro
de estas conchas es de color rojo subido, con tinte café, los bordes de
las hendiduras o conchas son de un color morado con tinte de sangre de
toro -de allí su nombre calisaya o culisalla, que significa morado. La
cascarilla calisaya tiene dos cortezas: una interior, la pegada al tronco,
que es la que se aprovecha y forma la cascarilla tabla de exportación, y
otra, la corteza, exterior o epidermis, que es de un color gris, se halla
cubierta con más o menos cantidad de líquenes parásitos, y que se bota
cuando se beneficia el árbol, según lo explicaré después, cuando trate de
ese punto.
La cascarilla calisaya es la que da mayor cantidad de quinina, que es
el verdadero remedio contra las fiebres; y debe producir de 3 y 4 por
ciento de quinina, es decir, que cien libras de cascarilla calisaya
legítima deben producir de tres a cuatro libras de quinina pura y
comercial. Sólo se beneficia la cascarilla tabla para la producción de
quinina, la cascarilla calisaya canuto, generalmente se emplea como
cortante, dándose bien pulverizada, como bebida o en infusión.
El individuo o sociedad que pretenda establecer la industria del
corte de cascarilla, si no conoce el sistema, tiene forzosamente que
buscar un capataz o administrador que haya ya entrado a la montaña; sea
baqueano, es decir, esté acostumbrado a esa clase de labores, y pueda
manejar la gente o peonada, que se va a poner a sus órdenes. En Charasani
o Pelechucos, se hallan, a mi juicio, los mejores baqueanos [160] para
esta industria. En Sandia, Sina o Quiaca, también los hay, pero recomiendo
con preferencia los primeros. Ese baqueano administrador tiene sus
subordinados de dos o tres sotas, según él número de peones cortadores o
apiris, que son los peones cargadores. Los apiris o peones cargadores, se
dividen en dos partidos: unos, que son los que cargan la cascarilla
cortada, desde el punto que se ha hecho el corte, al depósito central; y
los apiris que introducen los víveres, según sean las necesidades. El
depósito central es algún punto a distancia del corte, hasta el cual
pueden entrar llamas o burros (¡allí llamados vizcaínos! sin duda, por lo
condescendiente de su carácter) a sacar la cascarilla a la población,
donde se halle establecido el almacén grande, que recibe toda la
cascarilla cortada, la empaca y la exporta a la costa; y que, a la vez,
sirve para remitir de él, todos los víveres y especies que necesiten los
cortadores en la montaña. Un administrador, tres o cuatro baqueanos
subalternos, que sean diestros en el corte y diestros también en los
rumbos de la montaña; seis u ocho cortadores más, y cuarenta apiris, creo
que formarían una partida competente. El administrador y peones irán
vestidos como más les convenga: llevan muy poca ropa, pero tienen sus dos
ollas grandes de fierro, sus bien templadas hachas y cuchillos
puntiagudos, de hoja ancha en común. Su yesquero y mecha de azufre, pues
el fósforo allí es perdido en el acto, por la humedad.
Vamos a exponer el sistema que yo establecí, y que creo que podrá
servir de base para futuros especuladores, variándolo según sean las
circunstancias.
El almacén central se pone en el Crucero (Carabaya), en Pelechucos o
Apolobamba (Bolivia.) De ese almacén central, del Crucero, por ejemplo, se
manda la gente a Poto, 14 leguas, a Coasa 9, a Saqui 5, llevando hasta
este último punto, en llamas [161] o burros, las herramientas, víveres,
etc. Como últimamente, el movimiento de los cascarilleros ha hecho que se
compongan los caminos, las llamas o burros pueden, según me dicen, entrar
hasta Yanamayo (Carabaya), que son como veinte leguas más adelante de
Saqui. En Bolivia, mi peonada ha logrado entrar con burros y diestras
mulitas, criadas en las haciendas de Azángaro y Huancané, hasta Apolobamba
y Eten, con la mayor facilidad. De Yanamayo, donde se hace un almacén de
depósito, parten los peones, río abajo, en busca de cascarilla. Los
baqueanos se suben a los árboles más altos, a las lomas o alturas, donde
no exista espesa arboleda, y dirigen la vista en todas direcciones si
logran distinguir, a más o menos distancia, algunos árboles cuyas hojas
relumbran al moverse, bajan al momento y se dirigen hacia el punto donde
hayan sido vistas esas hojas relumbrantes, que precisamente son de árboles
de cascarilla calisaya.
A veces las direcciones dadas por el baqueano no son del todo
exactas, y hay que hacer nuevos rumbeos hasta hallar la mancha, es decir,
la agrupación de varios árboles de cascarilla, de diferentes edades y
tamaños. Hallada la mancha, se busca un lugar, el más inmediato, que no
esté cubierto de arboleda, se prefiere la playa más o menos ancha de un
riachuelo; y sobre ese terreno o playa se asienta el campamento: así se
evita el que el yaguar (tigre), se arrastre por los matorrales y encubra
sus alevosos ataques. El administrador, hallada la mancha, destaca la
gente inmediatamente, unos al corte de la cascarilla, otros al
establecimiento del campamento, y a recoger leña. Si el árbol es grande,
se le señalan dos hacheros; si es delgado, uno es bastante. Los cortadores
hachan el árbol lo más inmediato a tierra; tumbado el árbol, pican la
corteza hasta penetrar a la parte leñosa o tronco, y a la distancia de
[162] ocho a quince pulgadas, según lo permita la ramazón. Picada la
corteza, la rayan en líneas paralelas de dos a tres pulgadas de ancho;
introducen las puntas de sus cuchillos de hoja ancha, en las rayas, y
levantan la cabeza de un trozo de corteza; levantada la corteza, la toman
con la mano, la desprenden del tronco del árbol, y sobre él mismo le dan
un fuerte golpe, con el cual, en el acto, se desprende la corteza
interior, que es de un color blanquizco, y expide una especie de leche de
la corteza exterior, que es por afuera gris y se halla cubierta, en los
árboles viejos, de líquenes en abundancia.
Sacado así un trozo de la corteza, se sigue la misma operación con
todo el resto de la corteza del tronco del árbol, y de las ramas gruesas:
las ramas delgadas también se pelan, y la corteza se suelta al lado de los
árboles, donde al secarse se encanuta, como los trozos de canela. La
corteza interior es la cascarilla tabla; la corteza encanutada es la
cascarilla canuto; la corteza exterior se usa para quemar. En el
campamento se aplana bien un trecho del terreno; sobre ese terreno
aplanado se extienden los trozos de la cascarilla tabla en hileras, unas
al través de las otras, hasta la altura de una vara, la cual permite la
circulación del aire por enmedio de los trozos de corteza, y la seca; y
esos montones se cubren con paja u hojas de palma, para evitar el agua de
la lluvia, en cuanto sea posible. Beneficiados todos los árboles de esa
manera, se busca otra mancha, y así sucesivamente, se van mudando
campamentos, según los puntos donde se hallen los árboles; y la buena o
mala suerte de los cortadores, que son interesados en el mayor producto,
por la mayor gratificación que reciben.
De la cascarilla, en cierto estado de seca, se forman tercios de más
o menos setenta libras; esos tercios son conducidos al punto donde se ha
establecido [163] el segundo depósito, por los apirís o cargadores a
hombros. Cada tercio es forrado en bayeta del país al sacarlo, tanto para
favorecerlo del aguacero, cuanto para evitar en lo posible la quebrazón y
merma. De ese segundo depósito, la cascarilla es conducida en burros o
llamas, al depósito número 1, donde se enchurla, en la forma que después
explicaré. Ínter los cortadores benefician la cascarilla, otros, como he
dicho, preparan el campamento y recogen leña, que en todos esos puntos se
halla en abundancia, ya sea de las ramas secas de los árboles, ya de los
árboles o arbustos, arrastrados por los torrentes de los ríos. En el
centro del terreno señalado como campamento, se depositan los víveres y la
cascarilla, según se va explotando; ese campamento de noche es rodeado de
grandes fogatas, para alejar al tigre, que constantemente ronda esos
campamentos. En el campamento se hace el servicio, constante, de noche, de
montar guardia, tanto para despertar a los peones, si se vislumbra en la
oscuridad las dos candelitas, que son los relumbrantes ojos del tigre,
cuanto para sostener las fogatas, agregando leña a ellas. El olor de la
chalona asada (carnero helado) es muy atractivo al tigre. Los víveres, que
por lo común se hacen conducir los cascarilleros, son los siguientes:
chalona, chuño, papa helada, maíz tostado; sin tostar brota en el acto
-quina tostada y molida, que es un excelente alimento en la montaña; coca
del Cuzco o del mismo Carabaya, etc., etc. Es preciso tener muy bien
distribuido el servicio de los apiris de víveres-. La demora en la
introducción de víveres, sea por desertarse los apiris, como acontece a
veces, sea por violentas crecientes de los ríos, que impiden el paso, o
cualquiera otra causa, produce fatales resultados. Existía en Tacna un
argentino, señor Castellanos, que estableció en Carabaya una labor de oro,
arreglando con sus corresponsales [164] en el Crucero y Coasa, las
convenientes remesas de víveres.
Los apiris se desertaron del Crucero a Coasa, y de esta última
población no le remitieron tampoco los víveres acordados. En la labor se
comenzó a experimentar escasez, y Castellanos mandó la mitad de su gente a
Coasa, a buscar víveres. Los ríos crecieron; esta parte de la gente no
pudo llegar a la labor. A Castellanos se le huyeron los peones restantes,
tomando las alturas, y abandonándolo por completo. Castellanos, con un
hijito suyo de seis años de edad, al fin abandonaron la labor y se
dirigieron hacia Coasa, llegan a un río con extraordinaria corriente, no
le pueden pasar; a un lado se halla Castellanos con su niño, al otro, los
peones con víveres, de vuelta de Coasa; es imposible pasar por las
terribles corrientes, algunos peones, al fin, se resuelven a rodear las
alturas y buscar algún vado a gran distancia, y llegan a la choza que con
ramas de árboles había construido Castellanos, y lo encuentran cadáver con
su hijo casi muerto a su lado -ese niño milagrosamente salvado vivía en
Tacna hace poco; su madre es una señora Vildoso de esa ciudad. En casos
parecidos los cascarilleros han tenido mucho que sufrir. A veces se han
alimentado con el cogollo de la palma que es una comida muy exquisita. En
la montaña hay una palma que en su punta produce una especie de vaina, de
largo de casi dos varas; para recoger esa vaina acostumbran hachar el
árbol, y dentro de esa vaina se halla una sustancia parecida a hojas
largas de palma, de un color blanquizco, y que son excelente comida; el
gusto es lechoso, como de leche cuajada.
A veces los cascarilleros tienen la buena suerte de encontrar una
chacra de achira silvestre; la raíz es abundante y harinosa, parecida al
camote. He visto plantas de achira silvestre, en la montaña, de la altura
[165] de ocho pies. Esta raíz creo crece en la campiña de Lima; tiene una
semilla muy dura, negra retinta, y es del tamaño de una alberja; las hojas
son como las del plátano.
Repito, la carencia de los suficientes víveres en las montañas de
Carabaya, puede destruir las mejores establecidas labores, sean de oro o
cascarilla, y es preciso asegurar debidamente la constante introducción de
ellos.
Las crecientes en Carabaya arrastran consigo tan gran abundancia de
tierra gredosa, que es imposible a la gente tomar a veces el agua de los
ríos o riachuelos. En estos casos se buscan algunas vertientes, las que no
escasean; pero no faltan casos en que hasta las vertientes se hallan
cenagosas; y en tales circunstancias es preciso buscar alguna mancha o
aglomeración de Tocoro, para apagar la sed. El Tocoro es una caña de color
verde muy oscuro, del alto de cuatro o cinco varas y con canutos de tres o
cuatro pulgadas de largo y menos de dos de diámetro; cada canuto contiene
una buena cantidad de agua limpia y muy fresca, que es muy grato beber. El
Tocoro tiene espinas, y al cortarlo es preciso precaverse de ser herido
por ellas.
Conducida la cascarilla al gran depósito, se procede a enchurlarla.
Para esta operación es preciso tener un cajón de buena madera, de cinco
pies de largo, tres de ancho y tres de profundidad. De bayeta blanca del
país o de crudo, se forma la camisa, o sea una manta que cubra todo el
interior del cajón, y que dé una cantidad bastante para cubrir por encima
la cascarilla depositada dentro del cajón. Sobre la camisa y en el fondo
del cajón, se ponen dos hileras de cascarilla tabla, de las tablas que se
hallen más grandes y gruesas; se ponen encima y alrededor del cajón, otras
tablas, llenándose el centro con las tablas más delgadas, las rotas y el
polvo, que no [166] es en pequeña cantidad de la cascarilla. Esta
operación se sigue hasta que de la cascarilla depositada dentro del cajón,
se hayan puesto ciento cincuenta libras netas. Puesta esta cantidad, se
cose la camisa por encima y se saca el bulto a un lado para formar otro.
Con un cuero grande de vaca o novillo, se pueden enchurlar dos bultos
de cascarilla, dividiendo el cuero por la mitad. El medio cuero se tiende
sobre el suelo con el pelo para arriba; se pone al medio el bulto de la
cascarilla, y se doblan las puntas del cuero sobre el centro del bulto.
Con una aguja de cuatro pulgadas de largo, fabricada del mejor acero, y
con tiras del mismo cuero, se cose éste por el centro y una de las cabezas
de la churla; la otra cabeza se pone después, pero con el pelo para
afuera, para marcar la churla en esa parte, con un fierro candente, y
sobre ese pelo la marca comercial y especial del comerciante que remite la
cascarilla. La marca de la Compañía de Cascarillas de La Paz (Bolivia) era
tan conocida, que los que elaboraban la quinina en Europa, sin mas examen
que la marca, la preferían a todas las otras, teniendo seguridad de
obtener lo mejor, en calidad y peso, en esa mercancía.
El bulto de cascarilla, así forrado en cuero, es ya llamado churla, y
se pone a secar al sol. El enero, al paso que se secaba, iba apretando y
minorando el bulto, hasta que quedaba reducido a la mitad casi de su
antigua mole. En este estado se remitían las churlas a Arica o Islay, para
ser exportadas al extranjero.
Se me olvidaba indicar, que agotados los árboles de la cascarilla en
los territorios de Apolobamba, etc., en Bolivia, los cascarilleros, se
dedicaron a desenterrar y pelar las raíces de los árboles cortados
anteriormente. Esas cortezas de raíces fueron remitidas, en no pequeñas
cantidades, a los mercados de [167] Europa, donde no se pudieron colocar a
buenos precios, por carecer de la quinina esencial.
Antes de concluir no estará de más explique el sistema que se emplea
hoy para explotar los árboles de la Calisaya, sistema que no dudamos
deberá aceptarse en Bolivia, etc. De cada árbol, cada año, se separa una
parte de la corteza, y el tronco en la parte de la cual se ha quitado la
corteza, se cubre con una cantidad de musgo bien húmedo: al poco tiempo,
la corteza lentamente comienza a cubrir la parte del tronco privada de
ella, y así se va haciendo lentamente hasta explotar toda la corteza
antigua. [168]

Copacabana
Ya he dicho que del río Desaguadero al pueblo de Zepita, hay dos
leguas de distancia. También he dicho que hacia la derecha de Zepita, y a
distancia de seis leguas, se halla el pueblo de Yunguyo, en el cual se
celebra una regular feria el día 15 de Agosto de cada año. Yunguyo tiene
dos regulares iglesias; y en el cementerio de ellas se hallan plantados,
por los Jesuitas antiguos, algunos Queñuas, (Polilepis racimosa), llamada
así porque la corteza es formada de unas delgadísimas hojas, como de
papel, puestas unas sobre otras. Algunos de estos árboles se hallan en
casi todos los cementerios de esas iglesias, y son los únicos árboles
conocidos en los llanos de esas poblaciones. A la derecha de Yunguyo, y a
la distancia como de una legua, se halla Caccsani, que es una pequeña
población sobre una altura o loma, y que allí forma la línea divisoria
entre los territorios del Perú y Bolivia. Como ya he dicho, las casas de
los peruanos y bolivianos, se hallan entremezcladas, distinguiéndose sólo
por el color rojo con que se hallan pintadas las de los primeros. Los
terrenos propiedades [169] de esos indígenas, también se hallan
entremezclados del modo más singular. El territorio de Copacabana es una
península, que al Norte se halla limitada por el estrecho de Tiquina, al
Sur por la altura de Caccsani, al Oeste por las aguas de la gran laguna de
Títicaca, y al Este por las aguas de la tercera y más pequeña laguna. En
ese territorio o península, se hallan los siguientes aillos (divisiones
territoriales) pertenecientes al Perú. Aychuya, Ullaraya, Unicachi,
Silabaya, comenzando al Oeste hacia el Este. Luego viene un pequeño
territorio boliviano, y siguen los aillos peruanos Turuna, Calata y Oje,
el ultimo al Este, y lindante ya con el tercer lago.
Al Norte de esos aillos peruanos, se halla el distrito y pueblo de
San Pablo, bolivianos; al Oeste de San Pablo, está el aillo peruano
Chiquipata, y hacia el Sur de éste, el aillo Chichilaya. Si es
absolutamente absurda esta delineación de terrenos peruanos y bolivianos,
ese absurdo aún es más notable en los terrenos de Toocollo y Yooseque, que
son dos aglomeraciones de cinco casas el primero, y de seis el segundo, y
que pertenecen a peruanos, rodeadas por completo, al Norte de Caccsani,
por territorios bolivianos.
Esos dos grupos de casas se hallan a la izquierda del camino real de
Yunguyo a Copacabana, poblaciones que distan como dos leguas la una de la
otra. En sesenta años de Independencia, no se ha podido arreglar esa
frontera, dando lugar a constantes luchas entre los habitantes, por
cuestiones de pastos y linderos.
Copacabana es un antiguo y muy afamado Santuario, dependiente del
Obispado de La Paz. Copacabana es una población boliviana, que tendrá en
su recinto como un millar de habitantes. Se halla situada sobre la meseta
de una altura, y se halla a 13160 pies sobre el nivel del mar. [170] Los alrededores de Copacabana se hallan muy cultivados, y sus campos
producen papas, cebada, ocas (oxelis tuberosa) en grandes cantidades. El
clima es excelente, aunque algo frío; y tiene excelente puerto a sus
inmediaciones hacia el Oeste, en las orillas del Lago Grande.
Lo que hace notable a Copacabana es la Virgen Milagrosa, que no se
halla expuesta a la adoración de los fieles, en la iglesia, sino en el
Camarín, detrás del gran altar mayor. El templo de Copacabana, obra de los
Jesuitas, es muy grande y suntuoso, formándole cuadro los cerros que se
hallan a su retaguardia, y que se hallan cubiertos de paja verde, en
muchos meses del año. El templo tiene en el cementerio, y al frente de la
portada, tres grandes cruces de piedra Berenguela, o sea alabastro: la del
centro es mucho más grande que las otras dos. El templo se halla dividido
en tres naves, y en su interior se halla adornado con bellas esculturas y
pinturas. Antes del año 1825 tenía una araña de plata maciza, que
ostentaba trescientos sesenta y cinco candelabros, por otros tantos días
que tiene el año; y sobre el brazo de cada candelabro se hallaban grabados
el día del mes, y los nombres de los santos correspondientes a ese día.
Esta gran araña se le adjudicó al general Sucre, a cuenta de los sueldos
devengados en Colombia; la honrada y digna conducta de Sucre, cuando
después se encargó del mando supremo de la República de Bolivia, borró por
completo la indignación de los vecinos por tal despojo de la araña.
Otro jefe, al servicio entonces de Colombia, también se hizo
adjudicar el riquísimo collar de bellas perlas, que adornaba el cuello de
la Virgen de Copacabana, también a cuenta de sueldos devengados en
Colombia.
La señora de ese jefe asistió a un baile en La Paz, ostentando sobre
su garganta, ese collar de perlas; [171] al día siguiente amaneció con una
fuerte angina, y quedó con la garganta tan cerrada, que jamás pudo pasar
después alimento, que no fuesen liquido: aquí tenemos un milagro que hará
callar la boca a los incrédulos mofadores.
La Iglesia ocupa un lado de la plaza; inmediato a ella se halla el
Hospicio, vasto tambo hospedería, donde se alojaban gratis los
innumerables devotos que, desde Buenos Aires y otras partes de la América
del Sur, acudían a las renombradas fiestas de Copacabana. Se asegura que
en algunos años, los devotos han ascendido hasta 30000.
El camarín se halla detrás del altar mayor, y hay necesidad de subir
como veinte y tantas aradas para llegar a él, y otras tantas para bajar.
Los devotos suben andando, puede decirse, sobre sus rodillas, dichas
gradas, y del mismo modo las bajan al otro lado. Un amigo mío de Puno,
después de muchos años de casado, tuvo una niñita; ésta se le enfermó
gravemente, e hizo un voto de ir a pie de Puno a Copacabana, en romería;
subir las citadas gradas sobre sus rodillas, hacer decir tantas misas,
etc.; verificó el viaje, gastó mucho dinero, y a la vuelta encontró a la
niñita muerta; sin duda, le faltó la fe bastante, y por eso tuvo mal
resultado su viaje.
El camarín tendrá como doce varas de largo, y como ocho o nueve de
ancho: no lo pude medir. Escasa luz penetra en él, y su oscuro empapelado,
más oscuro aún, por el constante humo del incienso, hacen que sea difícil
distinguir bien los objetos allí contenidos. Las paredes se hallan
cubiertas, puede decirse, de cuadros de poco valor artístico, y de
innumerables piernas, brazos, ojos, etc. de oro y plata, votos de enfermos
o estropeados. En la testera del Camarín, se halla la renombrada imagen de
la Virgen de Copacabana; tendrá, cuando más, como cuatro pies de altura,
lujosísimamente vestida, y con una [172] corona de oro sobre la cabeza;
esta corona, al parecer, se halla cubierta de preciosas joyas; y digo el
parecer porque allí mismo se me dijo que no habían faltado sacerdotes, que
faltando a su sagrado deber, habían cambiado diamantes por cristales; esto
podrá haber sucedido en épocas lejanas, pero no es de creerse suceda,
cuando después, según se me ha dicho, se han encargado los Padres
Recoletos de La Paz, de la custodia y conservación del Santuario.
A la derecha del Camarín, se halla un organito, remitido desde París
por el general Santa Cruz, muy devoto de esa imagen de Copacabana. Yo
mismo lo remití de Arica a Copacabana, por orden de Santa Cruz.
La Virgen está guardada en una especie de alcoba, y por delante se
halla puesta una hilera de balaustres, que se dice ser de plata maciza.
Los Melgarejos y Dazas, a pesar de sus patrióticos instintos, no se han
atrevido a inventariar esos valiosos depósitos de la ardiente fe de los
millares de devotos que frecuentan Copacabana. El inventario les hubiera
costado muy caro.
El Santuario de Copacabana, según tradición, tuvo su origen en una
imagen de la Virgen, que se dice encontró en ese punto el indio
Titu-Yupanqui, descendiente de los Incas, en el año de 1582. Los Jesuitas
aceptaron el hallazgo como un milagro del Cielo; y ayudados por la
constante y ardiente fe de esos pobladores, en pocos años levantaron ese
suntuoso Templo, el Hospicio y las capillas, que se hallan en las cuatro
esquinas de la plaza mayor. Con la expulsión de los Jesuitas, decayó en
gran parte el lujoso culto de la imagen milagrosa; y llegaron a arruinarse
el Hospicio y demás edificios. Durante la administración del general Santa
Cruz en Bolivia, volvió a tomar incremento la romería; gran número de
devotos con valiosas ofrendas, acudían a las fiestas. [173] Posteriormente
volvió a decaer el Santuario, hasta que se hicieron cargo de él los Padres
Recoletos, según me dicen. Bajo su económica y digna administración, ha
vuelto a recuperar casi toda su grandeza antigua.
Hacen algunos años que era Prefecto de Puno, un general muy conocido,
y que en un lugar llamado Ayayacas, se apareció de repente una imagen que
el cura de ese territorio, provincia del Cercado, aseguraba ser muy
milagrosa. Hiciera milagros o no, el resultado es que en muy corto tiempo
se levantó en ese sitio, con dinero recolectado allí, una iglesia, a la
cual acudían con asombroso empeño, toda la indiada de los pueblos de
Achaya, Caminaca, Pupujá, etc., haciendo muchas fiestas, y dando no
pequeñas sumas de dinero, como ofrendas al citado cura. Los curas de todas
las parroquias alrededor comenzaron a sentir grandes atrasos; los dineros
que los indios o vecinos de sus parroquias gastaban en Ayavacas, eran
emolumentos que dejaban ellos de recibir. El referido señor Prefecto
comisionó al Subprefecto de Azángaro, para que se constituyese en
Ayavacas, tomase todos los datos convenientes a la milagrosa imagen, que
tantos perjuicios acarreaba a los párrocos, que en forma legal y con papel
sellado, reclamaban contra las romerías de Ayavacas, y expidiese el
informe correspondiente. Constituido el tal Subprefecto, mozo entonces de
poca fe, alegrón y vivaracho, en el Santuario de Ayavacas, no le fue muy
difícil averiguar la verdad, y encontrar al ignorante y chabacano pintor
de la imagen milagrosa, valiéndose para ello de ofertas, y nada más que
ofertas, de ciertos recetarios que Diego Portales, con asombroso buen
resultado, supo aplicar positivamente en Chile. Sin duda, que el informe
del tal Subprefecto, no sería muy favorable al cura mencionado, cuando el
Prefecto, que no entendía de encubrir milagros de [174] esa clase, y que
sabía cortar todo nudo gordiano, luego, luego, con su valiente y
retemplada espada, ordenó la inmediata demolición del Santuario, previa
traslación a una Iglesia conveniente de la imagen consabida. Este fin
trágico tuvo la romería de Ayavacas; y los arruinados restos de su Iglesia
aún atestiguan la enérgica y desinteresada protesta de los curas
inmediatos. Por lo dicho, se ve que no era milagrosa la aparición de la
imagen de Ayavacas, o que por el curso del tiempo, se había amortiguado
por completo la fe en los mandatarios modernos de esos pueblos.
Es tradición, que a las inmediaciones de Copacabana, o, según otros,
en el mismo punto donde se halla el actual Camarín de la Virgen, existía
en épocas remotas un templo, que contenía un ídolo adorado por los
antiguos gentiles. Sobre esto existen algunas historias extravagantes,
pero no he podido conseguir datos positivos y dignos de publicarse: parece
que era una especie de oráculo de Delfos. En las inmediaciones existen
edificios muy antiguos, anteriores, al parecer, a la época de la
conquista; pero en tal estado de ruina, que casi no se puede formar idea
de su forma, y de los objetos a que eran dedicados. La tradición asegura
eran habitaciones de los sacerdotes del ídolo citado.
En la punta Oeste de la península de Copacabana, existen los grandes
depósitos de carbón de piedra, que se explotan en la actualidad, y cuyo
producto sirve para el consumo de los dos vaporcitos, propiedad del
Gobierno del Perú que surcan las aguas de las lagunas. Ese punto se llama
Llampaputa, y será, a no dudarlo, andando los tiempos, centro de fábricas
y talleres, por la abundancia de ese combustible. Al frente de Llampaputa,
se hallan las islas Sagradas de Coati y Titicaca, cuna y residencia de
Manco Capac y de Mama Ocllo, los fundadores del [175] Gran Imperio de los
Incas. En esas islas se hallan las ruinas de sus templos y palacios.
Antiguos y modernos historiadores y viajeros, se han ocupado de ellas,
dando minuciosas relaciones y exactos planos. Inútil sería de mi parte
escribir cosa alguna sobre ellas, en vista de lo mucho que se ha publicado
ya sobre el particular. [176]

Pica y Canchones
Saliendo de la Noria (Tarapacá), rumbo Sureste, se pasa por la
oficina Sacramento; luego se pasa una pampa, y se baja al abandonado
pueblecito de la Rinconada, que, como he dicho, tuvo su importancia en la
época de la boya de las minas de plata de Huantajaya y Santa Rosa. Pasando
la Rinconada, a la izquierda, se halla el villorrio llamado la Cabrería;
de la Noria a la Cabrería habrá sus cinco o seis leguas de distancia.
Siguiendo la marcha por la Pampa del Tamarugal, hacia el Este, se
halla el camino a la Tirana, que se separa a la izquierda.
Siguiendo la marcha rumbo a Pica, se llega al punto llamado Callas,
donde han formado sus canchones don Mariano Barreda y el francés Digoy;
estas propiedades encontré en ruinas. De Callas a Cuminalla, habrá como
tres o cuatro leguas de distancia; el camino pasa por una pampa
blanquizca, con terrenos saturados de materias salinas, y donde sólo se
hallan algunos algarrobos, algunas diminutas chilcas (beccaris), y corta y
escasa grama. Cuminalla [177] es un punto donde tienen sus canchones de
labranza varios vecinos, siendo uno de los principales don Juan Bautista
Gallegos.
Los terrenos se hallan, en muchas partes, cubiertos de costras
salinas y gruesas, que por la ardiente acción del sol, se han quebrado en
pedazos de menos de una vara en cuadro. Escogido un terreno con el objeto
de elaborar un canchón de sembrío, la primera operación es levantar esos
trozos de costra, y con ellos formar cercos; estos cercos, por lo general,
tienen una altura desde tres y medio pies a cinco, y tienen de ancho como
una vara. Algunos han formado verdaderas paredes, uniendo las costras con
barro, pero esto es una excepción. Limpiado así el terreno de esos trozos
de costra, se divide su superficie en una serie de canchones, paralelos
los unos con los otros. Cada canchón tiene de largo una cordelada, que son
cien varas; son pocos los de más extensión. El ancho de los canchones
varía desde 3 varas a 25; los canchones del ancho de 5 varas son los más
comunes. Entre canchón y canchón se deja sin remover un espacio que varía
también de 3 a 5 varas, pocos tienen hasta 8 ó 10. Sobre este espacio
intermediario, se arroja la tierra aún salobre, que se saca de los dos
canchones a los dos lados, formando con esa tierra arrojada una especie de
loma. La tierra se arroja de los canchones a esa loma, hasta encontrar las
primeras humedades. Halladas éstas a la profundidad de una a una y media
varas, se remueve bien el terreno, se guanea con el estiércol de los
animales domésticos; los más acomodados emplean el guano de Pabellón de
Pica o Huanillos, y se siembran los terrenos. Las plantas que más
progresan son el algarrobo, la alfalfa, los melones y sandías; los árboles
frutales no progresan; esto se atribuye al agua que corre subterránea y
que es algo salobre. A mi juicio, proviene esto, en gran [178] parte, por
el excesivo frío de las noches y del intolerable calor del medio día;
diferencia que destruye la vitalidad de las plantas.
Como he dicho, las humedades se hallan de 3 a 5 pies; pero por lo
general, se hallan a 3 pies de profundidad. El alfalfa da hasta cuatro
cortes por año y es de la mejor calidad; se asegura que cada cordelada
(100 por 5) de quinientas varas cuadradas, da cuatro quintales de alfalfa
seca en cada corte, o sean diez y seis quintales al año, que allí mismo se
vende de 12 a 14 reales plata el quintal. Del mes de Abril al de Agosto,
sólo se da un corte, por ser estación de frío; en los otros siete meses,
los de agua en la cordillera y de calor, se dan tres cortes. Algunos
preguntarán: ¿qué influjo tienen las aguas de la Cordillera, sobre los
terrenos de los canchones? La contestación es muy sencilla, pues se reduce
a asegurar, sin temor de equivocarse, que todas las aguas que circulan por
la pampa del Tamarugal, provienen de filtraciones de esa cordillera, y que
en dicha pampa son más o menos abundantes las aguas según hayan sido más o
menos abundantes los aguaceros o nevadas en la cordillera, en los meses de
aguas, que son desde Noviembre a Abril.
Recogida el alfalfa, cuidan los propietarios de limpiar bien el
terreno de toda mala yerba, y algunos lo barren para evitar que las yerbas
secas no ahoguen los nuevos brotes. Se ha notado últimamente que las
humedades de la pampa se van profundizando notablemente; esto se atribuye
a varias causas; la verdadera, a mi juicio, es la menor cantidad de agua
que en muchos años atrás a la época presente, cae sobre las cordilleras,
ya sea como lluvia o nevada.
Desde Cuminalla, mirando hacia la cordillera, se pueden distinguir
los cortos sembríos de la Calera, en la loma hacia la izquierda; y en la
loma hacia la derecha, el pueblo y sembríos de la Matilla. [179] Cuminalla es el cantón en que existen los canchones del señor
Lecaros, en los que se ha encontrado la osamenta de ese gran animal, del
que ya he hablado. Hoy existe en Berlín.
Matilla daba el título de Marqués a la familia Loaiza, en un tiempo
opulentos mineros de Huantajaya y Santa Rosa.
La Calera se halla situada sobre el camino real de Bolivia a la
Tirana, pueblo del cual me ocuparé después.
Se asegura que los señores Hart, Hermanos, tratan de conducir las
aguas de la Calera, por medio de cañerías de fierro, al puerto de Iquique,
en virtud de un contrato celebrado antes entre el Gobierno del Perú y el
señor don Federico Torrico, y hoy traspasado a dichos señores Hart. A la
derecha de Cuminalla se hallan muchos canchones abandonados por falta de
humedad; los llaman Challac-poso.
De Cuminalla a Matilla, hay cinco leguas de distancia; el camino pasa
por una pampa llana, en la antigüedad cubierta, de espesos bosques de
algarrobales. Existen muchos medanos en la pampa, formados por las finas
arenas, que los vientos del Sur han arrojado de esas grandes pampas, que
se extienden hasta las orillas del río Loa. Los médanos y arenas cubren
grandes cantidades de leña seca y destrozada.
Matilla es una población pequeña, con una iglesia; es viceparroquia
de Pica, se halla situada sobre la loma derecha de la quebrada o valle de
Quisma. Matilla tiene chacras de alfalfa y maíz; pero lo principal de su
agricultura consiste en sus bien cuidados viñedos.
La uva se produce en parrales, y bien atendidas cepas. Las bodegas se
hallan en gran parte maltratadas por el terremoto del 13 de Agosto de
1868.
Matilla es regada por agua de socavones, y por [180] la de unas
pequeñas vertientes del valle de Quisme.
Al tratar de Pica, describiré los socavones llamados por los
naturales Puquios, palabra en Aimará, que significa vertiente de agua.
De Matilla a Pica hay una legua de distancia, por un camino llano
aunque algo arenoso. Pica tiene una iglesia con dos naves, y una torre
separada del cuerpo del templo: cosa igual sucede en Lampa, pueblo del
departamento de Puno.
Desde Agosto de 1868, Pica se halla con muchas casas derrumbadas. En
esta población existen muchos parrales y viñedos, muchos árboles frutales
y buena alfalfa; los vinos de Pica tienen gran nombradía.
Las chacras y viñedos han ascendido allí a la categoría de haciendas,
y se hallan cercados de ese árbol espinoso, especial al territorio Sur de
la República, y que se conoce con el nombre de chañal.
En tiempo de la conquista, Pica era pueblo más habitado, y existían y
aún existen campos o terrenos llamados de comunidad, pertenecientes a los
indios puros originarios. Los conquistadores tomaron en cuenta el sistema
empleado por los indígenas para regar sus campos, y empleando sistemas y
elementos más aventajados, corrieron al cuerpo de los cerros areniscos,
que circundan a Pica, sendos socavones con los cuales lograron cortar las
filtraciones de agua que subterráneamente por ellos corrían, consiguiendo
así sacar parciales cantidades de agua, para sus proyectadas haciendas.
Los socavones son obra de mucho mérito, y a la vez, de notable costo.
Han corrido a tajo abierto una distancia de cincuenta a cien varas, sobre
la superficie del terreno, enseguida una corrida subterránea de dos a tres
varas de elevación, dos a tres de ancho, y de largo hasta de mil
quinientas varas, hasta encontrar el agua; a la vez, sobre la [181] línea
de rumbo del socavón subterráneo, han tenido que correr lumbreras, que
comunicasen con la labor abajo, para dar aire a los trabajadores. Así han
recorrido con socavones subterráneos, y piques o pozos perpendiculares, a
la línea del socavón, muy grandes distancias, que, como he dicho, me
aseguran han alcanzado hasta 1500 varas de largo. He examinado en Pica
cuatro socavones; el uno llamado el Resbaladero, es una gran obra; su
última rectificación la hizo el finado don Juan Quiroz y Correa, y costó
más de 10000 soles plata a sus propietarios, dando con sus nuevos trabajos
una mitad más de su antiguo caudal de agua. Otro llamado Ánimas, se
hallaba muy mal tenido, con gran cantidad de fango en el estanque, que
servía de receptáculo al agua; parece que hacían más de veinticinco años
que no se hacía la limpia del socavón o estanque.
Los productos de vinos de Pica, Matilla y Quisme, según los datos que
ahí pude recoger, son los siguientes, como término medio de cinco años:
PICA
Botijas.
Finca de José Manuel
Loayza...................................................400
« «
Cumiña.......................................................................220
« « Ignacio
Almonte........................................................220
« « Jesús
Marín................................................................210
« « Domingo
Lecaros.......................................................300
« « Vicente
Bustos...........................................................160
« « Los señores
Luzas......................................................200
« « Santa
Cruz..................................................................80
« «
Miraflores...................................................................210
« « S.
Bermúdez...............................................................500
« « Varios pequeños
propietarios.....................................400
-------
2900 [182] MATILLA
Botijas
Señores
Zavala.......................................................................200
«
Quisucala...................................................................70
« Mariano
Loayza.........................................................80
« Manuel
Loayza..........................................................80
« E.
Roldán...................................................................100
«
Botijería.....................................................................150
«
Dávalos......................................................................70
«
Loayzas......................................................................200

Varios........................................................................150
-------
1100
QUISME
Quisme100
Señor
Quisucala......................................................................50
«
Vicentelo.......................................................................40
«
Mendoza........................................................................40
«
Morales..........................................................................40
«
Mollo..............................................................................30
«
Pino................................................................................40
«
Riveros...........................................................................70
«
Modestios.......................................................................130
«
Choque...........................................................................40
«
Miranda..........................................................................80
«
Guagama........................................................................10
«
Cayo...............................................................................40
«
Olcay..............................................................................30
« Segalan
(13).....................................................................80

Varios.............................................................................150
-------
1000 [183] RESUMEN

Pica................................................................................2900

Matilla............................................................................1100

Quisme...........................................................................1000
-------
5000

Cada botija de vino más o menos, se vende desde siete a treinta soles
plata, y se calcula que el producto, más o menos importa al año como 50000
soles; estos lugares no tienen más producción mercantil que dichos vinos.
Pica, Matilla y Quisme tendrán una población, a mi juicio, cuando más
de dos mil quinientas personas, incluso transeúntes.
Saliendo de Pica, con rumbo al Oeste y con dirección a la Tirana, se
pasa por las fincas de Cumiña y Santa Cruz; se baja una lomada algo
arenosa, y se dirige hacia los altos, que separan los espolones de la
cordillera de las alturas de la Rinconada y la Noria. De Pica a los
canchones, que se elaboraban por cuenta del Gobierno, una de las locuras
de la Administración Pardo, hay como siete leguas. Bajando de Pica a la
Pampa, se lleva el rumbo Oeste Norte-Este, y con dirección a unos cuatro
muy grandes algarrobos, que de muy gran distancia se distinguen; junto a
los algarrobos existe un cementerio, de este punto el rumbo es al Norte.
Los Canchones del Gobierno fueron tres, y tal fue su inutilidad, que el
Gobierno tuvo que cederlos a las Municipalidades, creo, de Iquique y Pica,
las que según recuerdo no quisieron hacerse cargo de ellos; se aseguraban
habían costado al Gobierno como 150000 soles plata. [184] De los Canchones estos, se toma rumbo hacia el Norte, al pueblo de la
Tirana, pasando el camino por muchos canchones y casitas de vecinos. Estos
campos antiguamente han sido cubiertos de grandes bosques de algarrobo y
matorrales, que hoy se hallan secos y enterrados en gran parte bajo capas
de arena.
Los pueblos inmediatos tienen una verdadera mina, en esos árboles
enterrados, y sacan de ellos leña en gran cantidad, convirtiendo alguna
parte en carbón, de gran precio en las oficinas salitreras para el
beneficio de pólvora etc.
La retama abunda en esos campos, y como desde medio día sopla un
fuerte viento del Sur, esas plantas han ido formando cerritos o médanos de
arena, que constituyen las únicas alturas que se pueden distinguir en esos
llanos.
Al aproximarse a la Tirana, se encuentra un bosque de verdes y
grandes algarrobos, único resto de aquel inmenso bosque, que en remotas
épocas ha cubierto estas pampas. Media legua antes de llegar a la Tirana
se halla una antigua y arruinada Iglesia; hoy sirve de cementerio. Más
allá se encuentran muchos y arruinados hornos de quemar metales, restos de
la época de riqueza de Guantajaya y Santa Rosa.
La Tirana, antigua población, centro de residencia de los ricos y
numerosos mineros de Guantajaya y de Santa Rosa, es un montón de ruinas, y
todo demuestra la más completa desolación. De los cientos de oficinas de
beneficiar metales de plata, sólo existe una en tísica existencia; le
faltan los metales que le daban vida.
Aun cuando, como es probable, las minas de Guantajaya y Santa Rosa,
volviesen a un estado grande de producción, por haberse profundizado las
labores, que es la obra que debe realizarse, la [185] Tirana no volvería a
su antigua grandeza, pues los metales de esas minas irán a Iquique para su
beneficio, por su mucha mayor proximidad al mar, por las ventajas, del
inmediato ferrocarril.
Los descendientes de los antiguos mineros, sin embargo aún no se
olvidan de la Tirana; a sus expensas se ha levantado una muy bonita
Iglesia, aún no concluida. En la Tirana sólo encontré a un señor
Contreras, único beneficiador existente de metales; los jóvenes actuales
de esa población tienen a menos el aprender tal oficio; prefieren ocuparse
de tocar la guitarra o bailar la chilena.
Por un olvido no me he ocupado del vallecito de Quisma, de que sólo
he hecho pasajera mención.
El valle de Quisma es muy angosto; en algunos puntos no tendrá sino
200 varas de ancho; es regado por varias reducidas vertientes, que se
reúnen en pequeños estanques, y a pesar de su reducida agricultura
mantiene una numerosa población. Produce vino, de que ya he hablado; y
unos higos muy pequeños, pero sobremanera dulces y agradables.
Saliendo de la Tiraca hacia la Noria, se lleva rumbo al oeste,
dejándose a la izquierda el cerro Alto de la Rinconada. El camino es
llano, pero arenoso, cubierto de muchos algarrobos. De la Tirana hay tres
leguas a la Boca de la Quebrada de Pasos. De la base de los cerros, que
forman esa quebrada, se ha sacado algún caliche; esto dio lugar a que esa
Quebrada fuese objeto de un gran negocio. Todo el plano de la Quebrada se
halla cubierto de una lloclla o avenida de agua barrosa, sobre toda su
extensión, que será como de una milla de ancho. De Pasos a la Noria hay
como tres leguas de distancia, y el camino sube por una cuesta algo
pendiente. Al llegar a la cumbre de esa cuesta, se hallan varias bocas de
minas de plata, hoy abandonadas; [186] de la cumbre hacia la Noria se
hallan varias bocas minas, también demostrando algunos grandes trabajos
por sus abundantes demontes.
La Noria no tiene iglesia, pero sí una gran población; ha nacido de
los antiguos trabajos locales de salitre, y después de la plantificación
de la gran oficina La Limeña tiene como mil quinientos habitantes, y
muchas y buenas tiendas de comercio. La mayor parte del ganado, que en no
corta cantidad se consume aquí, es arreado desde la República Argentina.
La Noria está rodeada de muchas oficinas salitreras, de máquinas y
paradas, y es centro de las líneas de ferrocarril, que se dirigen al Sur
para reunir los salitres, que las oficinas producen en esa dirección.
La Noria tiene abundante agua potable para sí y para sus oficinas
salitreras. Tiene dos fondas que no sobresalen por la limpieza y aseo; y
que aún dejan mucho que desear en sus provisiones y cocina; pero que en
fin sirven para transitorio descanso del fatigado caminante.
Poco antes de la Noria, yendo de Iquique, se abre a la izquierda la
línea férrea que debía unir Iquique a Pisagua, dando la vuelta por Pozo
Almonte, y todas las oficinas salitreras hasta ese Puerto. En la época en
que estuve allí, por los de años de 1875, 1876 y 1877 faltaba alguna
distancia, creo que eran como catorce leguas, para unir ambas líneas. Esa
unión no presentaba dificultades u obstáculos, pues el terreno es
completamente llano y aún blando, fácilísimo para formar terraplenes, en
caso de ser necesarios. [187]

Tiaguanaco
En el departamento de la Paz, Bolivia, existe el territorio de una
provincia llamada Ingavi, y en esta un Distrito con el nombre de
Tiaguanaco, cuya capital es el pueblecito del mismo nombre, distante como
9 leguas del río Desaguadeio; que como ya he tenido motivo de expresar, en
uno de mis artículos anteriores, (Una momia muy antigua), conduce las
aguas del gran lago de Titicaca al de Aullagas, rumbo sur, formando en
alguna parte de su curso la línea divisoria entre las Repúblicas del Perú
y Bolivia.
La meseta en la cual se halla situada la citada gran laguna del
Titicaca, y en los terrenos acarreados que forman esos campos, tendrá una
longitud como de doscientas leguas de largo, desde la parte norte de la
Pampa de Umabamba (véase mi artículo Calaguayas) al territorio alto de
Leñas, Departamento de Potosí; y como unas setenta u ochenta leguas de
ancho, desde la línea de la cordillera del Illampú a la cordillera del
Tacora y Guallatiri, (véase mi artículo, (Una momia muy antigua). Esta
meseta sólo es comparable, en su gran extensión, con la del [188] Thibet
(Asia); o la del lago Salado, Utah (Estados Unidos de la América del
Norte). La laguna Titicaca, considerada la más alta del globo, sobre el
nivel del mar, existe a 12164 pies de elevación, y jamás se congela, a
pesar de su extraordinaria altura. Monte Blanco y otros picos, con
sempiternas nieves en los Alpes, etc., no tienen tan grande altura.
El Pueblo de Tiaguanaco se halla establecido a una altura de 12200
pies, o sean 36 pies sobre el nivel de la laguna; y los vastos campos, que
lo rodean, como ya he dicho, han sido antes lechos de la misma laguna, en
épocas muy remotas. Esos vastos campos son formados por terrenos de
acarreo; y la vasta concha subterránea existente, ha sido rellenada en
millares de años con piedras redondeadas, arenas y tierra arcillosa,
arrastradas y conducidas de altas serranías, y por fuentes corrientes de
agua, en épocas muy antiguas. Esas serranías han desaparecido; pero sus
escombros, sus piedras, los conglomerados, que han rellenado esa concha,
son imperecederos, constantes monumentos que demuestran su antigua
existencia. Las lavas del alto de Puno a Paucarcolla, la traquita, en
grande existencia en Vilque, Tiquillaca y Sacuyo; la traquita inmediata a
la misma ciudad de la Paz, la inmediata al Desaguadero, dan signos y
pruebas visibles de la existencia de antiguos y grandes volcanes, cuyos
cráteres se hallan hoy sumergidos en las profundidades de esa gran Laguna.
Inmediatos a ese pueblo de Tiaguanaco se hallan las memorables ruinas
de ese nombre, que justamente han llamado la atención de los cronistas y
viajeros, desde la época de la conquista, que han sido examinadas y
estudiadas por gran número de sabios viajeros; y sobre cuyo verdadero
orden no se puede afirmar, sino sólo exponer opiniones, más o menos
aventuradas. [189] Las ruinas de Tiaguanaco pueden considerarse como formando cinco
cuerpos; nos ocuparemos detalladamente de ellos, con arreglo a los apuntes
formados sobre los sitios mismos.
1.ª La Fortaleza ha sido un vasto edificio cuadrado, con dos o tres
cuerpos sobrepuestos, uno encima del otro; cada cuerpo ha sido
circunvalado por una sólida muralla de piedra bien labrada, muy semejante
en su construcción a la Fortaleza templo de Méjico, y a las ruinas de
Quecap, (véase Momia muy antigua). Estas ruinas han sido excavadas en
muchos lugares, en busca de ocultos tesoros, y de las murallas, que las
forman se han extraído grandes cantidades de piedras labradas, para
construir los actuales edificios de Tiaguanaco, como son la iglesia, etc.
En casi el centro de las construcciones se halla un depósito de agua,
parecido al que existía y aún existe en Chillimihani. ¿De dónde viene esa
agua? ¿De dónde brota ese manantial constante? Todos los terreños
alrededor son llanos; y la laguna de Titicaca se halla, como he indicado,
treinta y seis pies de nivel más bajo; muy digno de examen es pues ese
manantial de agua.
Al Oeste de este gran edificio, se halla un otro trabajo, construido
en figura rectangular, y que sirve como de apéndice a la llamada
Fortaleza: se halla en ruinas.
Rumbo Noreste de la Fortaleza, se halla el edificio llamado Templo;
que tiene trescientos ochenta pies de ancho por cuatrocientos cincuenta y
cinco de largo, todas las medidas son de pies ingleses. Esta construcción
se halla circunvalada por líneas de piedras paradas, en gran parte son
labradas; estas piedras de diferentes tamaños, pues varían de ocho a diez
pies de alto, de dos a cuatro pies de ancho; y de dos a dos y medio de
grueso; todas ellas son de roca arenisca colorada que abunda en el camino
del Desaguadero [190] a Puno, y forma casi la totalidad de las orillas de
la Laguna al Sur; cubriendo las capas de carbón de piedra, allí
abundantes. Examinando con detención esas murallas, parece que el objeto
de esas piedras paradas hubiera sido servir como de estribos de las
murallas, pues los derrumbes y desmontes hacen creer, que de piedra a
piedra puestas a las distancias como de quince pies una de otra,
antiguamente ha existido una muralla construida de trozos de roca informe;
estos trozos en gran parte han sido removidos por los modernos Vándalos,
para construir sus actuales sucias chozas. Este terreno del Templo se
halla levantado como ocho pies sobre el nivel del terreno alrededor y su
lado. Este tiene un apéndice más bajo y del ancho, en todo su largo, de
diez y ocho pies. Casi al centro de este apéndice, y formando hacia el
Este un ángulo recto se halla una hilera recta de diez columnas monolitas,
puestas como quince pies una de otra, y todas las cuales existen paradas,
excepto una, creo que es la segunda, que se halla caída hacia al Sur; ésta
es de catorce pies de largo, cinco y cuarto pies de ancho, y como tres
pies de grueso. Entre las piedras paradas la más alta es también de
catorce pies de alto, cuatro y cuarto pies de ancho, y cerca de tres pies
de grueso; la más chica es de nueve pies de alto, tres pies de ancho y dos
y medio pies de grueso. Las piedras todas son labradas y aún pulido su
frente exterior; algunas tienen la punta endentada, como si se hubiera
pensado sobreponerles umbrales u otras piedras encima; y sus costados se
hallan acanalados, como si se hubiera pensado agregarles lozas paradas,
formando una muralla sólida. Al lado Oeste y al nivel del terreno de la
Pampa, que rodea el edificio, se halla, digamos, una hoyada rectangular de
doscientos ochenta pies de largo por ciento noventa de ancho; y cuyos
contornos se habían rodeados de paredes de piedras, y en [191] sus
esquinas parece haber existido graderías que conducían al terraplén
superior como he indicado, de ocho pies de altura. Casi al centro de la
apertura de esta construcción, se halla un cuadrito de piedras paradas de
tres a cuatro pies de altura.
Más al Este del edificio, considerado como el Templo, se halla una
construcción cuadrada, que es llamada el Palacio, y que ha sido formada
por pilastras de traquita. ¿De qué volcán ha podido provenir esta
traquita, si no aceptamos la antigua existencia de los volcanes cuyos
cráteres deben existir sepultados en las aguas del Titicaca?
Lo que sobremanera llama la atención del viajero, que examina las
ruinas de Tiahuanaco, es la precisión y pulidez de la labranza de las
piedras, que cubren esas ruinas, y forman aun gran parte de las murallas,
especialmente en la construcción llamada Fortaleza. Ésta en su origen
parece haber consistido de tres cuerpos sobrepuestos uno al otro, y en su
costado aún se hallan depositadas grandes piedras, a más o menos altura,
que dan pruebas evidentes de la existencia de esos tres cuerpos de
construcción.
La muralla que rodeaba la base existe en gran parte; y es formada por
pilastras distantes una de otra, como he dicho, de quince pies, y los
intervalos son formados de paredes de piedras muy bien labradas, cuyas
cabezas tienen sus picos sobresalientes para sujetarse en los soquetes de
las otras; parecidas a la madera de pino usada en los pisos y que se
conoce en el comercio con el nombre de machimbrada. Además, las piedras
sobrepuestas tienen unos agujeritos correspondientes a los de las piedras
que forman la muralla inferior, como si hubiera habido la idea de unirlas,
echando cobre o estaño derretido por dichos agujeritos, para de ese modo
formar una sólida muralla.
La portada del cementerio de Tiaguanaco es todo [192] de una sola
piedra o monolita; tiene siete y medio pies de alto, cerca de seis pies de
ancho y pie y medio de grueso; la apertura tiene seis pies de alto y tres
pies de ancho. Al lado interior, esta portada no tiene más adornos que
unas rayas labradas en doble hilera como cenefa; al lado exterior tiene
varios cuadros, tallados en la piedra, con figuras como de cabezas
humanas, en regular estado de conservación. Sobre el ángulo norte del
edificio llamado el Templo, se halla situada la gran portada monolita,
objeto de los especiales estudios y comentarios de los visitantes de
Tiaguanaco.
Esta estupenda mole de roca ha sido rota en dos trozos, según
tradición, por un rayo, causando el que ya no formen un solo cuerpo, sino
dos, inclinados uno hacia el otro. Este monolito es el más grande y más
notable, que se conoce en el mundo; tiene trece pies y medio de largo,
cerca de siete y medio pies de alto, y la piedra tiene en toda su
extensión, como diez y ocho pulgadas de grueso.
En la parte superior tiene cuatro hileras de esculturas en relieve;
en el centro se halla, también en relieve, una figura de un hombre, con
dos cetros en la mano y con la cabeza en figura de un cóndor. La apertura
de tránsito del monolito tiene cuatro pies y medio de alto, y cerca de
tres pies de ancho.
Al otro lado el monolito no tiene más adornos que unas rayas labradas
o excavadas sobre la misma roca, y como cenefas del cuadro: en este lado
además tiene el monolito en la parte superior cuatro pequeños nichos, y en
la parte inferior y a cada lado de la abertura, un nicho grande.
Ya he dicho, que un lado tiene el monolito cuatro hileras de
cuadritos, estos tienen como ocho pulgadas en cuadro; también he dicho que
al centro y en relieve, existe una figura. Esta se halla en un cuadro de
treinta y dos pulgadas de largo por veinte [193] y uno de ancho. En cada
cuadrito las figuras representan cabezas humanas informes, y cabezas de
tigre o cóndor. La figura central grande tiene cinco apéndices en la
cabeza, que parecen representar rayos, o quizás cintas de adorno; uno de
los cetros que sostiene con las manos tiene cabeza de cóndor y el otro de
tigre. La hilera de cuadritos más bajo representan copias pequeñas de la
cabeza de la figura grande.
Recuerdo haber visto hacen algunos años en la Exposición una piedra
con labores, traída del departamento de Ancachs, cuyas labores en algo se
asemejan a las anotadas en Tiaguanaco; copia de esta piedra posee el señor
Raymondi.
Hacia el noroeste del Templo existe una piedra de veintiséis pies de
largo, por diez y siete de ancho y tres y medio pies de grueso, y entre el
Templo y la Fortaleza existe otra de cuarenta pies de largo, por quince de
ancho y tres de grueso. Todas las piedras son de roca roja arenisca, igual
a la piedra empleada en la construcción de los bellísimos y casi
desconocidos templos católicos de Pomata; los monolitos son de traquita
color aplomado. Los templos de Pomata son una maravilla.
Desde las Ruinas a las Canteras, se hallan diseminadas en el camino
gran cantidad de piedras sin labrar, abandonadas en circunstancias, sin
duda alguna, de ser conducidas a las Ruinas: los indios las llaman Piedras
Cansadas.
La llamada Fortaleza se asemeja muchísimo en su construcción a los
edificios antiguos de Méjico, y muy especial al Gran Templo-Fortaleza de
Boerdor, de la Isla de Java, que acaba de ser destruido por el gran
terremoto de Agosto 26 del corriente año. Este Templo-Fortaleza tenía
cinco cuerpos, sobrepuestos el uno al otro; como el de Tiaguanaco tenía
terraplenes alrededor, con gradas en las esquinas [194] para subir a los
más altos, y con celdas en sus murallas para los sacerdotes Budistas.
Las ruinas de Timuanaco, al parecer son obra de pueblos muy
adelantados en civilización, pues han levantado edificios tan grandes y
notables para su arquitectura; demostrando a la vez, que conocían el uso
de herramientas convenientes para cortar en las canteras, y para labrar,
con exquisita precisión, las piedras necesarias para sus obras.
El uso del fierro era desconocido en las Américas; cuando abordaron a
las costas del norte los Normandos; o cuando Colón descubrió estos
continentes. Solo el chumpi, mezcla de cobre con estaño, o sea el bronce,
era usado, y quizás ese metal ha sido empleado en las herramientas usadas
en estas construcciones.
Por otra parle, para conducir esos inmensos y pesados trozos de
piedra de las canteras, han debido emplearse fuerzas de movilización,
desconocidas para nosotros.
Quizás una abundante y opulenta población ha existido en esos
contornos, hoy áridos y casi desiertos; quizás esos hoy casi improductivos
campos, han sido extensos vergeles con producciones tropicales, o a lo
menos suficientes para mantener esos innumerables trabajadores.
Hoy los campos de Tiaguanaco, con su altura de trece mil pies sobre
el nivel del mar, no producen sino escasa cebada, cortas cosechas de
papas, y quinua en reducidas cantidades; hoy, esos campos son pampas donde
predomina el hielo y el frío en muchos meses del año.
En todos esos alrededores no se notan otros restos de antiguas
poblaciones; no se hallan vestigios de su antigua existencia.
El viajero Falb, con notable ligereza nos aseguró aquí, en una de sus
extrañas conferencias, que las [195] ruinas de Tiaguanaco eran un
monumento conmemoratorio del Diluvio, que todas las figuras derramaban
lágrimas, como en señal de dolor por ese hecho o cataclismo.
Sin duda que el señor Falb, al examinar las ruinas, usó especiales
antiparras, y ha visto lo que no existe. Ni en las cabezas de los
cuadritos indicados; ni en la cabeza de la grande figura central, ni en
las cabezas de otras figuras, como las de la entrada a la Iglesia de
Tiaguanaco se ven señaladas o indicadas las referidas lágrimas.
Los viajeros tienen equivocaciones muy notables; por ejemplo
D'Orbiguy asegura que el gran monolito de Tiaguanaco se hallaba caído y
derrumbado; lo asegura como cosa que él había visto; y sin embargo el
monolito se halla en pie, y jamás ha sido derrumbado.
Todos los viajeros, los cronistas o historiadores en la época de la
conquista y las tradiciones locales, concuerdan en que las notables ruinas
de Tiaguanaco, son obra de una época anterior a la de los Incas.
Cómo y cuándo se construyeron esos inmensos edificios; y que nación
los construyó, son misterios que jamás quizás se podrán aclarar.
La semejanza de esas fábricas a las de Méjico y Palenque etc., su
analogía con los antiguos Templos Fortalezas de Java etc., hacen creer,
que quizá en épocas muy remotas, tribus de esos países han tenido
correspondencia con los habitantes de la Alta Planicie de la América del
Sur; pero los comprobantes son escasos y tan oscuros, que sería muy
aventurado el expresar una idea aceptable sobre el particular. [196]

Los indios urus
De la ciudad de la Paz (Bolivia), a la ciudad de Puno (Perú) hay,
según los itinerarios, cincuenta y dos leguas de distancia, camino llano,
y sobre el cual se hallan situados conveniente número de pueblos, que
sirven para descanso del viajero. De la Paz al Desaguadero, río por el
cual se desagua la laguna de Titicaca a la de Aullagas, hay veinte y dos
leguas. Saliendo el viajero del pueblo de Tiaguanaco, cuyas ruinas hemos
ensayado de describir en el artículo anterior, se llega al pueblo de
Huaqui, distante cuatro leguas, y notable por la memorable derrota, que en
ese punto experimentó el ejército patriota Argentino, a órdenes del
general Castelli, por el realista a órdenes del general don Juan Manuel
Goyoneche, arequipeño, en junio 20 de 1811; por esa victoria le dio el rey
de España, Fernando VII a dicho Goyoneche el título de conde de Huaqui,
título de que disfruta su sobrino, el actual conde de Huaqui, también
nacido en Arequipa.
De Huaqui al río Desaguadero hay cinco leguas; ese río se pasa por un
puente, fabricado por los naturales [197] con balsas de totora (typha),
unida una a la otra por sus costados, y retenidas en línea por grandes
cables de una paja que crece a esas inmediaciones, que es muy tenaz y
fuerte; en uno de mis anteriores artículos he dado una descripción exacta
del método, empleado en la construcción de dichas balsas.
En cada lado del río existen poblaciones pequeñas, una peruana y otra
boliviana, y se paga por cada transeúnte una pequeña pensión, por derecho
de pasaje, en cada una de las garitas existentes en las dos cabezas del
puente. Del Desaguadero a Zepita, hay dos leguas; Zepita es memorable como
el campo de batalla entre el ejército patriota, a órdenes del general
Santa Cruz, y el realista a órdenes del general Valdés, en agosto 25 de
1823; aún viven en Lima el general don Manuel Mendiburu, y el coronel don
Manuel Odriozola, que asistieron a ese combate, a órdenes de dicho general
Santa Cruz.
A la izquierda del camino se hallan las canteras de traquita y
arenisca roja, de las cuales han sido sacadas las grandes piedras, con las
que se han fabricado las inmensas ruinas de Tiaguanaco. ¿Cómo han sido
conducidas esas grandes y pesadas moles de esas canteras a Tiaguanaco? ¿De
qué medios se han valido esos desconocidos y antiguos arquitectos, para
transportarlas de un lado al otro del río Desaguadero, esas inmensas y
pesadas moles de roca? cualesquiera de esas grandes piedras, puestas por
sí sobre el puente del Desaguadero, lo hundiría con su grandísimo peso. No
existía acaso en esa remota antigüedad el río Desaguadero? ¿El cataclismo
que hundió los cráteres del Titicaca abrió quizás, por su erupción
violenta, el estrecho de Tiquina, por el cual se dio paso a las aguas de
la gran laguna a la tercera, y más pequeña, de donde, por su desnivel,
comenzó a correr el río recién formado del Desaguadero? [198] Hombres
mucho más estudiosos y científicos que yo, quizás algún día podrán
resolver estas preguntas. Por ahora solo me limitaré a indicar esos
importantes puntos de una estudiosa y científica investigación.
De Zepita a Pomata hay siete leguas. ¡Pomata, pueblo de maravillosas
iglesias! ¡Pueblo donde los jesuitas, como en todos los de la provincia de
Chucuito, ostentaron su saber y sus talentos; pueblo que posee cuatro
templos de asombrosa construcción, uno de los cuales, Santa Cruz, si
existiese en Europa, sería punto de constantes romerías para examinar su
fábrica, y extasiarse ante su desconocida y asombrosa construcción!
Ni la celebrada capilla de Enrique VII en Londres; ni la catedral de
Milán, ni ningún templo de la afamada Roma, encierra en su interior la
maravillosa, la asombrosa labor de filigrana, de flores, pájaros, y
frutas, talladas en roca viva, de color rojo, con más belleza, con más
arte, con tanta prolijidad y pulidez que si esa roca hubiera sido blanda
madera.
El techo de la sala de sesiones del Senado en Lima, no es comparable
con los tallados filigranescos de la roca en este templo; y sin embargo
son desconocidas esas maravillas; son objeto del más temerario abandono,
por los llamados más directamente a conservarlas.
Varias veces mi débil voz, en enojoso arranque, se ha elevado contra
tanto abandono -¿qué bien ha producido? nada- mis esfuerzos me han
acarreado profundas enemistades.
¡¡Los gobiernos se han desatendido de esas maravillas no eran de su
partido!! no merecían su atención.
A la derecha de Zepita, y a la distancia como de 6 leguas, se halla
el Pueblo Peruano de Yunguyo, [199] donde se celebra una regular feria el
15 de agosto de cada año.
Poco más a la derecha, como a una legua de distancia, se halla la
línea divisoria entre el Perú y Bolivia; esa línea se llama Ccacsani; las
casas de Peruanos y Bolivianos se hallan unidas unas con otras, siendo
imposible distinguirlas, si no fuesen pintadas de color rojo, las
habitadas por Peruanos; más a la derecha se halla el afamado santuario de
Copacabana; de esto más tarde quizás me ocuparé prolijamente.
De Pomata a Juli hay 4 leguas de distancia; Juli es hoy la capital de
la provincia de Chucuito.
De Juli al pueblo de Ilave hay 5 leguas de distancia, y en la línea
del camino se encuentra un gran trozo de roca arenisca, color rojo, que se
halla artísticamente labrado, y según tradición, es el sillón sobre el
cual descansaba el Inca, cuando transitaba por esos campos.
Es de figura de un sillón largo, en la parte superior, y más abajo se
hallan tallados, sobre la misma roca varios asientos, con gradas para
subir a ellos.
Todo el terreno alrededor es carbonífero: las vetas o capas
carboníferas se extienden en todas direcciones, lo mismo que en Zepita,
Yunguyo, y el estrecho de Tiquina.
De Ilave a Acora hay 5 leguas, y en esa carrera se encuentran varias
chulpas, torreones sepulcrales de los antiguos habitantes. Casi al centro
de Acora, y sobre una pequeña altura, se halla una construcción idéntica a
los cromlechs, o sepulcros antiguos de la Bretaña e Isla de Malta.
Esta construcción tiene 17 pies por cada uno de sus cuatro costados,
una altura como de 6 pies, y techo de piedras, que cubren las grandes
piedras o pilastras alrededor, formando como una corniza. A un lado hay
una entrada con dirección al este. Es [200] un muy antiguo y curioso movimiento, probablemente el sepulcro de un jefe
notable.
De Acora a Chucuito hay 3 leguas de distancia. Chucuito fue, en época
inmediata a la conquista, población de notable vecindario, asiento de las
cajas reales, y lugar de lavaderos de oro, como lo indica su nombre.
La revolución de Tupac Amaru, y la remoción de las cajas reales a
Puno, han arruinado esa población: hoy no se conoce aún el punto donde se
lavaba el terreno para beneficiar el oro. De Chucuito a Puno hay cuatro
leguas. Puno es hoy una población que tomaría gran incremento y
prosperidad si hubiera paz y libre comercio con Bolivia; tiene el
ferrocarril que lo une a Arequipa, y vapores en el Lago.
La laguna Titicaca, en sus extensas orillas, tiene notables bahías,
de las cuales se puede hacer benéfico uso en épocas no muy remotas,
sosteniendo como es de esperarse, un provechoso comercio.
La bahía de Puno, donde hay un muelle, y la de Chililaya, (Bolivia)
ofrecen ventajas notables a la industria y al comercio. En casi toda la
extensión de sus orillas, ofrece la Laguna facilidades para embarcar
frutos del país, o desembarcar mercancías. Inmediata a Vilquechico, y
cerca de un antiguo Palacio de los Incas, existe un excelente puerto, del
que hacía uso el Inca cuando se embarcaba para las islas de la Laguna:
Conima, Achacache, Guarina, etc., son puertos que frecuentan los navíos
(balsas) mercantes de la Laguna.
Las islas de Soto, Amantini, Tiquili, Coati, Campanario, etc., son
muy productivas de papas, cebada, etc. En esas islas se hallan montones
inagotables de piedrecitas, blancas y negras, más o menos del tamaño de un
huevo de gallina, que sirven para empedrar los patios de las casas de
Puno, etc., formando muy vistosos dibujos. ¿Qué origen tienen [201] esas
piedrecitas? ¿Cómo se hallan exclusivamente en las islas? Estos son
misterios que nos es imposible aclarar.
Desde que se pasa el Desaguadero, y se toca con las orillas de la
tercera laguna, y en todas las riberas sur de esa tercera laguna, y de la
totalidad de las riberas de la segunda Laguna, que es la central y grande,
se encuentran, en sus orillas, a los indios urus. ¿Quiénes son estos
indios? El historiógrafo Herrera (14) dice en su obra que los urus eran
los más salvajes que conocía, y que preguntándoles que de donde eran,
contestaban que «no eran hombres sino urus»; y agrega, que en ese tiempo
se hallaban grandes poblaciones de ellos viviendo en balsas de totora,
amarradas a las rocas en tierra. Los urus de 1601, cuando Herrera publicó
su obra, son los mismos urus de 1883; no han adelantado un sólo paso en el
camino del progreso y civilización, a no ser que sea considerado progreso
el que se emborrachen constantemente, como lo creen algunos de nuestros
modernos dilettanti, devotos constantes de conocidas tabernas.
Los urus han vivido y siguen viviendo sobre balsas de totora muy
grandes, sobre las cuales habitan, abrigados por tolderas construidas de
arcos de chaclla, [202] cubiertos de esteras dobles de la misma totora. La
chaclla es un mimbre delgado, que crece en abundancia en los lugares
abrigados de la laguna, da una flor amarilla, y produce una vainilla de
semillas, parecida a la del Algarrobo. Un primitivo fogón hecho de
arcilla, les sirve de cocina; su alimento es el abundante pescado, que
contiene la Laguna; los innumerables pájaros que frecuentan esas aguas y
algunas papas y quinua, que cambian con los extranjeros para ellos de
tierra, que habitan esas comarcas. Los urus son indios en su configuración
y color, aún más oscuro, que el de los Quichuas y Aymaraes que los rodean,
y con quienes evitan enlaces y relaciones. Visten de tejidos fabricados
por sus manos, y con lanas ahora de oveja, antes de llama, que sus
cambalaches les proporcionan. Los urus hablan un idioma especial, con gran
acopio de palabras de la lengua Aymará; siendo hoy muy difícil conocer si
su lengua es primitiva, o un dialecto del Aymará, único idioma que se
habla en esos territorios. Frecuentan los templos de los pueblos de la
provincia de Chucuito, en los días notables de las festividades; no
olvidándose los hábitos de asistencia rigurosa, que los ilustrados
Jesuitas les impusieron, y a que entonces se sometieron, vista la
moralidad de esos sacerdotes; esos hábitos de asistencia religiosa se
hallan hoy muy relajados, en atención a la poca escrupulosa conducta de
los llamados sacerdotes, que el Obispado del Cuzco remite a esos lejanos
pueblos. Ignoran si los Reyes de España imperan sobre esos países; y la
República sólo la conocen por las excesivas gabelas, que la Libertad les
proporciona cada día. Ignoran también (¡¡qué temeridad!!) las ventajas de
la Libre Constitución, que nos rige; y los beneficios del afamado sistema
Representativo; son unos verdaderos brutos en cuanto a la moralidad e
ilustración de la Prensa, y nuestros hombres [203] grandes para ellos
son..., como si no existiesen ¿Cómo es posible tolerar sobre la faz del
territorio nacional hombres tan ignorantes de nuestra ilustración,
ciencias y patriotismo? ¿Cómo considerar como hermanos a hombres que jamás
han oído siquiera mencionar los nombres de nuestros grandes oradores, de
nuestros grandes hombres de Estado, de nuestros sabios patriotas, que nos
han traído la Alianza con Bolivia, por ejemplo? Estos urus son seres
inútiles; sólo piensan en su Balsa, en su modesta familia, en conseguir lo
suficiente para emborracharse, en los días de las festividades de sus
pueblos. Por sus poblaciones; porque las aglomeraciones de Balsas son
verdaderos pueblos, pasan los vapores, que velozmente surcan las aguas de
la Laguna, y ellos ni miran siquiera a la tan inmensa máquina de moderno
progreso. De alguna de sus Balsas, ven rápidamente pasar los trenes del
ferrocarril de Arequipa a Juliaca y Puno, y no se mueven siquiera para
contemplar tan grande adelanto de la edad presente.
En las orillas de los lagos de la Suiza, se han encontrado sumergidas
las habitaciones de muy antiguos pobladores. Esas poblaciones según se
deduce, han existido aún antes de la conquista de esos pueblos por los
Romanos; y en esa remota época se ignoraba por completo la existencia de
esas numerosas tribus lacustrinas.
Trabajos y estudios modernos han hecho patentes la existencia de
pueblos muy primitivos, que han habitado esos territorios; y de esos
descubrimientos se han extraído armas y utensilios domésticos, que
comprueban lo muy atrasado que en ciencias y artes se hallaban esos
pobladores, en épocas tan remotas. Últimamente se han hecho grandes
trabajos, a orillas de esos lagos de Suiza; y se han conseguido los más
pingües resultados; sus utensilios domésticos [204] etc., todo demuestra
un pueblo muy primitivo; una raza que desconocía aún el uso del fierro.
Muy digno de un serio estudio, sería el hacer las debidas
comparaciones entre esos pueblos, habitantes de los lagos de Suiza, las
poblaciones flotantes de los ríos de la China y nuestros urus; en vista de
los restos conseguidos en los últimos trabajos y el modo de vivir de los
Chinos y urus, pueblos tan difíciles para cambiar o modificar siquiera,
sus hábitos y costumbres.
Los campos de los pueblos de Chucuito, de que he hecho mención son
muy feraces, y en notable abundancia producen víveres y ganado vacuno y
lanar. Esos pueblos gozan de un clima aunque frío, sano y conveniente; el
Lago modifica sin duda los fríos, consiguientes a su gran altura. Esas
poblaciones tienen provechoso y constante comercio con los pueblos de
Bolivia, y con los colindantes del Perú, Moquegua, Arequipa y Tacna. La
Laguna rinde inmensas cantidades de bogas y suches, no escaseando el
sabroso umanto. Inmensas tropas de flamencos, patos, ibis (el pájaro
sagrado de Egipto) gallaretas, etc., se encuentran en todas las orillas de
la Laguna.
Los ganados vacunos y lanar abundan en las estancias y haciendas,
manteniéndose el primero en grandes tropas con el llacho, pasto, que crece
debajo de la agua a orillas de la Laguna, y con la misma totora tan
abundante.
El carbón de piedra brota por todas partes, en las orillas sur de la
Laguna.
Las minas de plata, de cobre, etc., son abundantes; allí está la
portentosa mina de Cacachara con sus grandes socavones, etc. Allí está el
gran socavón de la Gabia, desconocido casi y olvidado, por el cual pasa un
hombre a caballo; allí están los cerros de Guacullani y Pisacoma; allí
están las abandonadas [205] y opulentas minas de Santa Rosa, etc. Sólo se
esperan capitales para producir, como las minas actuales de Bolivia,
inmensas riquezas; brazos vigorosos abundan para impulsar las industrias y
el comercio. Allí está todo, todo lo que el hombre necesita para su
adelanto y bienestar, ¿qué falta pues? Falta la paz; falta que se
establezca sobre esos pueblos un Gobierno, que con mano honrada, vigorosa
y enérgica, contenga la anarquía y revolución; un Gobierno que proteja la
industria y castigue el ocio y el crimen; un Gobierno que se olvide de las
bellas teorías y que obligue por la fuerza si es necesario a que todos y
cada uno cumpla con su deber.
El día que en estos lejanos pueblos se inaugure tal orden de cosas,
ese día la provincia de Chucuito, será el centro de grandes industrias, de
un activo comercio; será el campo fértil, del cual a torrentes se
derramará la dicha y el bienestar sobre todos los pueblos que la rodean,
será la despensa de nuestras necesitadas poblaciones de la costa.
Con sus industrias, con sus valiosas producciones, con los abundantes
y vigorosos brazos de sus numerosos pobladores, contribuirá más a la
regeneración de la Patria, y a la salvación y estabilidad de sus
instituciones, que con todas las declamaciones y exigencias de sus
falsificados representantes, y de esos Gobiernos que han pretendido
ocuparse de su bienestar, para sólo explotarlos.
La provincia de Chucuito no debe a los Gobiernos de la República una
sola obra pública, un sólo bien, una sola medida, que demuestre el más
pequeño interés por su dicha y progreso. [206]

Tamarugal
Me perdonaran mis lectores, si en los renglones siguientes, hallan
repetidas algunas ideas más, publicadas en los artículos anteriores; pero
creo que la importancia del asunto me permite llamar nuevamente la
atención de los sabios sobre la Pampa del Tamarugal, y dedicarle un
artículo especial.
¿Qué ha sido en los siglos remotos y lejanos la Pampa del Tamarugal?
¿Ha sido en su origen un lago de agua dulce, como el Titicaca por ejemplo,
o ha sido un brazo de mar, en aquella remota época, en que las costas del
Perú, se hallaban en gran parte aún sumergidas bajo el nivel del Mar? El
sabio que estudie con empeño ese fenómeno geológico, podrá quizás aceptar
una u otra base de sus opiniones, o las dos a la vez, separando las épocas
en uno u otro caso. Sin pretensión a ser considerado sabio ni a que mis
opiniones puedan merecer siquiera mediana aceptación, quiero sin embargo
exponer mis impresiones locales, y dar a conocer mis ideas, tan sólo
fundadas en el examen de esas localidades.
En mi concepto, el territorio que hoy forma la [207] Pampa del
Tamarugal, llamado así los Algarrobos que allí han existido y aún existen
en limitadas cantidades; ha sido, en la más remota antigüedad, un brazo
del mar, formando un estrecho, que separaba el continente y su cordillera
de los Andes, de las alturas donde hoy existen la población de la Noria y
las Serranías de las Minas de Guantajaya y Santa Rosa etc. Los grandes
depósitos de sal marina que se hallan en esas cordilleras, y en las
altiplanicies de la Noria, Guantajaya etc., como puede cerciorarse
cualesquiera viajero que tome el ferrocarril de Iquique a la Noria.
Pruébalo igualmente la gran cantidad de pájaros marinos muertos, los nidos
de estos hasta con huevos y los mismos depósitos de huano, que se
encuentran en grandes cantidades, a más o menos profundidad, a los bordes
de la Pampa del Tamarugal; estos bordes pueden considerarse como las
playas de ese Estrecho marítimo. En esos Depósitos de Huano se encuentran
huesesitos de pescado, y otros despojos que demuestran su origen del todo
marino. En el curso de los siglos el terreno se ha ido levantando; lo
mismo ha sucedido en casi todos los territorios de los continentes; ese
brazo o estrecho de mar se ha convertido en un lago de agua salobre, pues
los vientos constantes del Sur, y la misma acción de las olas ha traído
grandes masas de arena, que han cerrado su embocadura, como se puede
colegir de la formación del terreno en las inmediaciones de la Bahía de
Chipana, donde aún existe con agua salobre una especie de Laguna, resto de
la grande que antes formaba también resto del estrecho marítimo citado:
ese brazo o estrecho ya convertido en Laguna se ha secado en el curso de
los años, dejando como todas de su igual aparecido origen, grandes y
palpables depósitos de sal marina, que hoy se pueden reconocer en todas
esas comarcas. [208] Entonces han sobrevenido las posteriores inundaciones de esos campos.
Las constantes filtraciones de las aguas de tan altas cordilleras; los
perennes riachuelos de agua que de esas cordilleras bajan convertidos en
ríos muchos de ellos en los meses de grandes aguaceros y nevadas en las
cordilleras Noviembre a Abril; han llenado esa laguna, esa hoyada, dejando
esa gran masa, y han formado una gran masa de agua, un lago interior, un
pequeño Titicaca, cuyas aguas salobres, por la mesida de las aguas dulces
que bajaban de las cordilleras con las saladas existentes como resto del
estrecho marítimo, han ido poco a poco perdiendo su carácter marino para
convertirse en aguas, saturadas si con sal, pero parecidas a las actuales
del Titicaca. En ese lago interior han existido pues; sólo restos del
hombre no se han hallado aún.
Ha sobrevenido enseguida otra transformación. Las aguas de ese lago,
se han sumergido, o se han evaporizado por los intensos fríos de las
noches, por los ardientes rayos del sol, dejando en sus abandonadas y ya
secas orillas o playas, residuos de las sustancias que han tenido en
solución. A esa transformación ha debido haber contribuido los grandes
cataclismos, los grandes terremotos que en edades anteriores, cuando esas
cordilleras se hallaban cubiertas de tantos y tan activos volcanes, hoy
apoyadas en gran parte, han trabajado tanto esos territorios. Las aguas
han casi desaparecido; sólo han quedado sus sedimentos; estos se han
resecado; se han rajado en gran cantidad de trozos y en todas direcciones.
Los terremotos han elevado unos terrenos, han sumergido otros; esos
terrenos, donde han alcanzado las humedades, han producido planteles y
grandes árboles; se han formado los grandes bosques de algarrobos, que son
los primitivos Prosopis o Acacias del territorio Peruano; y esos hoy
áridos [209] y arenosos campos han sido verdes vergeles cubiertos de pasto
y arboledas; las momias de esta aún se hallan cubiertas de capas de arena.
Más tarde ha sobrevenido otra transformación. El terreno ha carecido
de la humedad necesaria para alimentar esos pastos y esos árboles; la
vegetación en casi su totalidad ha cesado; los árboles y arbustos casi por
completo se han secado; el excesivo calor los ha quebrantado y destrozado
están convertidos en seca leña, sus verdes hojas, sus ramas con polvo.
Esta es la época actual, la presente faz de esos campos; en ellos no se
ven hoy lagos o lagunas; las aguas subterráneas son las destiladas de las
cordilleras, son las conducidas por las quebradas, en las avenidas de la
Estación de aguas; quienes más tarde, ni esas aguas tanto escasas, se
hallaron en esos campos; cada año las aguas de las cordilleras son más
escasas. Donde hacen veinte años se hallaban aguas corrientes, humedades
abundantes, ya no se ven sino sequedad y polvo: muchos canchones han
tenido que ser abandonados por la falta de aguas para sostener las
plantas. Si llueve pues en las cordilleras, esos canchones, esos campos,
tendrán vida; si no se cambian las condiciones climatológicas de esos
territorios, si no llueve como antes, todos esos campos se convertirán en
desiertos: sus días serán contados. En el territorio existente entre la
Pampa del Tamarugal y el mar exclusivamente se hallan los depósitos de
caliche, materia prima del Salitre, y madre del Yodo. En la Pampa misma se
hallan los depósitos de bórax, y en las cordilleras abunda también esta
sustancia. Las minas de plata, tan afamadas de Huantajaya y Santa Rosa, se
hallan al lado de los depósitos de caliche; pero los metales preciosos no
escasean en Yabricalca y Challascolla; no faltan en los demás cerros de
las cordilleras. [210] En esa Pampa del Tamarugal he dicho que han existido campos verdes, y
por consiguiente seres animados de vida. El señor don Evaristo Beas,
anciano y respetable vecino de Iquique me aseguró en Mayo de 1876, haber
visto encontrar, en un punto entre el antiguo pueblo de la Rinconada, y el
actual caserío de la Cabrería, restos de animales muy grandes, y osamentas
en gran cantidad. Indagada por mí la verdad de estos asertos, logré
averiguar que efectivamente esas osamentas habían sido halladas, y que las
había recogido un señor Zapater. Ese esqueleto tenía, según se dijo,
veinte y cuatro pies de largo, con cabeza larga, y angosta, con dientes
muy afilados, y muelas anchas y grandes, los huesos de los brazos y
piernas muy gruesos y fornidos, y la cola larga. El señor Beas me aseguró
además, que en las inmediaciones de la misma Cabrería se habían hallado
restos de un animal cuyas quijadas eran parecidas a la de un caballo.
¿Sería quizás un Nuennul? Sabido es que restos muy antiguos del caballo se
han hallado en varios puntos del Continente Americano.
Esas osamentas encontradas entre la Cabrería y la Rinconada, ¿no
serían despojos del pleriosaunes? Por no tenerlos a la vista no es posible
formarse un juicio cabal. En uno de mis anteriores artículos he hecho
mención de la osamenta hallada en el Canchón del señor don Domingo
Lecaros, en Cuminalla; y también he dicho que esa osamenta ha sido
remitida al Museo de Berlín por el señor Sokoloski, a quien se le regaló,
sin que se sepa aún a que animal han pertenecido esos restos. A mi juicio
son de un gran caimán, quizás un pleriosaurus peruano.
He dicho en la parte anterior de este artículo, que sólo del hombre
no se han aún hallado restos en los campos del Tamarugal. Sólo en un
punto, llamado Pintados, se hallan inscripciones muy antiguas, [211] que
no es posible descifrar en la actualidad. Pintados, son unas rocas,
existentes sobre unos cerros, al Sur de la Noria, y como a unas seis
leguas de distancia. Estas rocas se hallan casi al margen a orillas de la
Pampa del Tamarugal a su lado Oeste. Es imposible hoy poder descifrar esas
inscripciones, ni poder asegurar la remota época en que ellas han sido
estampadas en esos puntos. Ellas sin duda son muy antiguas, y han sido
allí estampadas con algún objeto muy notable, pues no es posible creer lo
contrario, atendiendo al mucho tiempo que ha debido emplearse en
elaborarlas. Andando los tiempos vendrá sin duda algún anticuario, inglés
ha de ser precisamente, que copie esas inscripciones y publique una
voluminosa descripción de ellas y de sus viajes; obras que tendrán más
protección que la que entre nosotros, han tenido siempre los estudios
científicos de nuestras antigüedades. [212]

Guayaquil
El viajero que se dirige a Guayaquil, tomando el vapor de la Compañía
Inglesa para verificar su excursión, toca en el puerto de Payta, como
primera escala de descanso. Payta posee una cómoda y excelente bahía,
protegida de los vientos del mar por las alturas del cerro de la Silla; y
no escasean buenas y abundantes provisiones. A pesar de esas ventajas,
Payta es un punto de corto vecindario; la completa aridez de los terrenos
que la rodean, la hacen presentar un aspecto triste y desagradable. Su
situación a la base de barrancos de conglomerados de conchas y arcilla
amarillenta, arrastrados y depositados allí por muy antiguas y violentas
inundaciones, no le permite gozar de la más escasa vegetación; carece,
ademas, de vertientes de agua potable, y la que se consume es traída por
aguadores especiales del río La Chira, distante como cinco leguas. Posee
dos regulares Iglesias, y una Aduana, construida de fierro, cómoda y
aparente para el comercio de esa localidad. De Payta sale una linea férrea
que debe unir el puerto a la ciudad de Piura, capital del departamento; y
[213] digo que debe unirla, porque al paso que vamos, esa unión es hoy,
quizás, una insuperable dificultad.
El río de La Chira, formado de los ríos Pilares, Alamor, Catamaya,
Quiroz y Macara, que tienen algunos, por sí o sus ramales, origen en el
territorio de Loja, departamento perteneciente a la República del Ecuador,
arrastra considerable cantidad de agua al mar, entrando a inmediaciones de
Colan, pequeño pueblo cuatro leguas al Norte de Payta. De ese río, según
contrata, debía conducirse a Payta, por cañerías de fierro, el agua
suficiente y más que suficiente, para su consumo y necesidades; como
muchas otras contratas del Gobierno, esa obra no se ha concluido, a pesar
de haber este bonachón y tonto sujeto (el Gobierno), entregado el total
importante de la obra contratada. Payta carece, pues, de agua; y hasta los
perros, al anochecer, se ven obligados en tropas a marcharse al Arenal,
pueblo a orillas del río La Chira, a amortiguar su sed.
Lo más notable de Payta hoy, según lo que yo he visto, es una enorme
concha marina que sirve para contener el agua bendita, en el bautisterio
de la Iglesia de la Merced.
Navegando hacia Guayaquil, se pasan los altos de la gran hacienda de
Mancora, propiedad de los hijos de un señor Lama. Esta hacienda era de la
Beneficencia de Piura; arrendatario era el señor Lama, en la época del
Portete; el valor del ganado que se dice dio para el Ejército que
comandaba el general La Mar, y después el general Gamarra, fue suficiente
y aún sobró, para quedarse con la hacienda, en virtud de un contrato, que
se aseguró en Piura, fue muy leonino para los intereses generales de la
República, y para los especiales de Piura, cuya Beneficencia jamás vio un
centavo, como valor de su riquísima propiedad. Mancora posee terrenos
feraces de más de cuarenta leguas de contorno; abundantes crías de [214] ganado vacuno, cabrío y mular; posee minas de brea, azufre y kerosene, en
gran abundancia; de sus cerros se recoge la orchila y madera. La desidia,
y la vía ejecutiva, han permitido que una familia se haga rica y poderosa,
a costa de toda la población de un departamento, cuyos hijos carecen de
aquel alivio de sus hospitales, y de aquella educación para sus numerosos
niños, a que tenían pleno y absoluto derecho, y de que no podía ni debía
privarlos una mala administración.
Desde Mancora, el aspecto desierto, árido y arenoso de la costa, se
va paulatinamente cambiando; y al llegar al frente del río Tumbes, se
hallan campos cubiertos de madera, y arboleda abundante en algunas partes.
El río Tumbes al Sur, y el río Zarumilla al Norte, forman los linderos de
la provincia de Tumbes, departamento de Piura. El río Zarumilla es el
lindero, en esa parte, de los territorios de la República del Perú y del
Ecuador. El río Tumbes es grande, pueden entrar en él embarcaciones de
gran tamaño, y navegar hasta 130 millas adentro; lo forman los ríos que
bajan de la serranía de Chilla, territorio del Ecuador. Esa provincia de
Tumbes es hoy de muy poca población, y sus campos, que en la época de la
conquista eran tan fructíferos y poblados, hoy se hallan casi desiertos y
cubiertos de monte. La gran acequia de los Incas, que derramaba sus aguas
por todo ese territorio, se halla destruida en algunas partes, derrumbada
en otras, abandonada en todas; y las grandes riquezas que esos campos
pueden producir en café, en cacao, etc., se hallan sepultadas y
despreciadas. Un tiempo fue en que pretendieron unos amigos formar
compañía para refaccionar esa acequia, para cubrir de verdes vergeles esos
hoy desiertos campos, para establecer familias y colonias, en esos hoy
abandonados territorios; los hombres que sólo querían vivir de la
explotación pública, pusieron [215] tal cúmulo de dificultades, se
suscitaron tantas pretensiones y exigencias, que tuvieron esos amigos que
abandonar esos proyectos y planes, que destruir bellas concepciones, que
sepultar esperanzas y olvidar no pequeños desembolsos. La gran acequia
sigue destruida y abandonada; los campos permanecen yermos y estériles,
¿qué les importa a los especuladores del Palacio?
En lejana tierra, pasan gozosos y llenos de prosperidad, los días y
los meses en que la Patria gime aherrojada al carro de sus infortunios; no
han visto ni ven la muerte de tantos seres queridos; ellos no han visto,
no ven la degradación, el exterminio, la ruina de la madre patria; ellos
no han visto, no ven, sino su propia riqueza, su propio bienestar. El
bofetón que el francés Pradier Foderé, que el inglés Markham, que el
italiano Caivano, les han dado en la cara, ¡¡no los ha hecho ruborizarse
siquiera!!
En casi línea recta al Norte de la embocadura del Tumbes, se
distingue la isla de Santa Clara, más generalmente conocida con el nombre
de isla del Muerto o del Amortajado. En efecto, a la distancia, la isla se
asemeja a un cadáver con mortaja blanquizca, tendido de espaldas y con las
manos cruzadas sobre el pecho. Se puede distinguir a gran distancia,
situándose al lado Norte de la entrada al río de Guayaquil.
Pasando el río Tumbes, se encuentran las islas y bajos de Jambeli,
memorables por uno de esos arranques de energía y valor que tanto
enaltecían a García Moreno, Jefe Supremo en un tiempo, de la República del
Ecuador. Desde que se pasa el río Tumbes, los vapores de la compañía
llevan a bordo un piloto o práctico, para navegar el río de Guayaquil;
estos prácticos son, por lo general, naturales de Payta; tienen pleno
conocimiento de las variaciones que experimenta la navegación de este río,
después [216] de los meses de crecientes, que son desde diciembre a abril.
Esas crecientes arrastran gran cantidad de tierra y árboles, que forman
bancos de arena e islas, cerrando los canales de tránsito, a la vez que la
violencia de las aguas abre nuevas vías, quizás por los mismos puntos
donde antes existían bancos. Es, pues, preciso, llevar a bordo de cada
vapor un práctico, circunstancia exigida, por otra parte, por todas las
compañías de seguros.
A poca distancia de haber pasado la isla del Muerto, se encuentra al
lado Norte, la isla de la Puná, enseguida la llamada Verde, y luego
después la conocida con el nombre de Mondragón, pasándose entre esta y la
península en que se halla situado la gran ciudad de Guayaquil.
Todas estas islas se hallan cubiertas de pasto y arboleda, y no
escasean el ganado vacuno y algún cabrío. Al lado derecho, subiendo el
río, se encuentran gran número de ríos, riachuelos y esteros; uno, el
Jubones, es grande y dividido en dos ramas, forma una especie de isla.
Todos esos ríos pasan por campos que contienen grandes haciendas de pasto,
donde se cultiva, en notables cantidades, el cacao y café; muy
especialmente el primero en los terrenos ricos de Machala y Santa Rosa.
Antes de llegar a Guayaquil, se pasa el lugar llamado Punta de
Piedras, notable por la gran cría de ostras que allí se sostienen, y que
de tan abundante y sustanciosa comida proveen a los extranjeros, que
frecuentan Guayaquil; un saltado de ostras frescas, con rajas de yuca, es
un plato que no desdeñaría un Luculus.
Guayaquil se halla situado, como he dicho, en una especie de
península; al Noreste la rodea el Estero Salado, llamado así por ser
salobres las aguas; al Sur y Este, la rodean las aguas dulces
(potables)del río de Guayaquil; al Norte la circunda en casi su totalidad,
[217] las aguas del río Daule. El río de Guayaquil es formado por los
grandes ríos Daule, Palenque, Babohoyo y Yaguachi, y por innumerables
riachuelos o esteros; esos ríos tienen su origen en las serranías o
cordilleras de que forman parte el Pichincha, Chimborazo y Cotopaxi, y en
los meses de crecientes que ya he indicado, cubren con sus abundantísimas
aguas todos los terrenos bajos, que forman las riberas de dichos ríos,
formando lagos y pantanos por todas partes.
Guayaquil es una bella ciudad que tendrá como treinta mil habitantes,
posee buenas y grandes iglesias; la Matriz es un hermoso edificio; tiene
teatro, plaza de mercado (que podría mejorarse) y varios otros
establecimientos públicos de importancia. Sus calles son anchas y rectas;
pero sería de desear el establecimiento de una policía que obligase mayor
atención a la limpieza y a la higiene.
Guayaquil posee un excelente malecón; los vapores, en la marea llena,
atracan a él, facilitando así las ocupaciones del comercio. Tiene grandes
y bien surtidos almacenes, tiendas y despachos; y el comercio en cacao,
jebe beneficiado de sus inmediatos montes, cueros, etc., hacen a Guayaquil
una ciudad de gran importancia comercial. La marea, que varía de doce a
diez y seis pies de nivel, la hace punto sobremanera importante para el
oportuno establecimiento de un gran Arsenal y Astillero; no conozco en la
costa del Sur del Pacifico, un puerto que posea iguales ni aun parecidas
ventajas, hallándose además perfectamente resguardado de toda tempestad o
peligro marítimo. Los víveres son abundantes y a precios muy cómodos.
En el río de Guayaquil, surcan vapores pequeños, que sostienen el
comercio de esa ciudad con los pueblos del interior; son iguales en sus
condiciones, excepto el tamaño, con los tan ventajosamente empleados [218] en la navegación de los ríos de Estados Unidos.
En Mayo de 1868, llegué a Guayaquil, y en alegre comparsa con otros
tres amigos, nos embarcamos en uno de esos vaporcitos, con el objeto de ir
a cazar caimanes al río Yaguachi. A remolque llevamos una gran lancha
tripulada por ocho diestros marineros, y con abundantes provisiones, etc.
Salimos de Guayaquil como a las cinco de la tarde, y a bordo nos
encontramos con gran número de pasajeros que se dirigían a Babahoyo,
Samborondon, etc., muchos pasaban a Quito y pueblos del tránsito.
La noche era fresca y entoldada; y habiendo a bordo una banda de
música, algunos pasajeros en el acto formaron un baile, acompañado en los
intervalos con algunas canciones. Pasamos una noche deliciosa; el vapor
navegaba en algunos puntos tocando a los árboles, que orlaban las riberas
del río, y esos árboles, en mil figuras fantásticas, cubiertos de
abundantísimas lucernas (noctiluza) producían sobre mi alma sensaciones
las más gratas. Parecía trasportado a esos campos encantados de que nos
hablan los autores de cuentos de hadas; y lentamente sentía como si el
alma abandonara mi cuerpo, y se trasportara a lejanas y desconocidas
regiones; vivía como encantado sobre apartada parte de la cubierta,
envuelto en ilusiones; pero la triste realidad me sacó de mis ensueños;
dos borrachos armaron sangrienta gresca por una de esas morenas hijas de
Eva, que iban a bordo. Felizmente, en esos momentos llegábamos a la
desembocadura del río Yaguachi, y desembarcábamos en una especie de casa
flotante, que servía de hospedaje a los pasajeros. Esta se hallaba
construida sobre una gran cantidad de grandes palos flotantes, en figura
de una gran balsa, y poseía bastantes comodidades para pasar allí la
noche. Mis compañeros siguieron bailando sobre la [219] balsa con algunos
pasajeros y niñas de la casa, mientras yo tomaba un grato descanso y
agradable sueño, a bordo de nuestra lancha, amarrada a la balsa, y
abrigado por un gran poncho, compañero constante de mis multiplicadas
excursiones. A las cinco de la mañana, nos separamos de la balsa, y nos
dirigimos a ciertos Esteros, que eran, al decir del baqueano o práctico
que nos acompañaba, muy frecuentados por los caimanes. Al entrar al
Yaguachi, sufrimos un naufragio; nuestra embarcación se embancó, y la
corriente de agua, veloz y fuerte en ese punto, volteó la lancha,
arrojando a tres de nosotros al agua; yo fui uno de ellos. Felizmente, los
diestros marineros nos salvaron, quedando, sin embargo, bien empapados en
agua. Pudimos distinguir una choza en tierra, y luego vinieron en nuestro
auxilio tres mocetones, zambos altos y fuertes, que en un momento
enderezaron la lancha, y en su canoa nos condujeron a la inmediata tierra.
Tuvimos que desnudarnos, quedándonos sin aquella hoja de higuera tan
afamada, de nuestro Padre Adán. Los zambos esos nos encendieron una gran
fogata, y nuestra ropa se secó en menos de una hora. La canoa era formada
del gran tronco de un corpulento árbol; tenía como ocho varas de largo y
una y media de ancho y más de una de profundidad. Esos hombres vivían en
una casa construida de varios grandes postes, con atravesaños en la parte
superior, y sobre esos atravesaños construida la habitación, consistente
de dos grandes cuartos. Todas las paredes eran de caña y totora, y los
utensilios todos domésticos, eran dos o tres ollas de barro, y un cántaro
del mismo material; eran los cuidadores de los grandes sembríos de arroz,
que se hallaban alrededor. Su alimento eran yucas y huevos de las
innumerables aves silvestres que existían en los lagos y pantanos a esas
inmediaciones. Sus buenos servicios fueron en el acto recompensados [220] con una gran botella de ron de Jamaica, que ofrecieron guardar para sus
enfermedades, pero con cuyo líquido se emborracharon en el acto. Secada
nuestra ropa, nos dirigimos a los Esteros inmediatos, en busca de los
caimanes.
Llevábamos seis rifles carabinas de Henry, de la mejor construcción.
En la mañana no cazamos un sólo caimán, pero desde medio día cazamos
varios en los Esteros que se hallan al lado izquierdo, bajando el río.
El caimán (familia Emysaurus), pertenece a la familia de los
lagartos, y es hermano o primo, según dicen, del cocodrilo. El caimán más
grande que matamos, poco después del medio día, en el estero llamado Tola,
tenía trece pies ocho pulgadas inglesas, desde la punta de la nariz a la
punta de la cola; era un macho muy grueso, y su cuerpo cubierto, en la
parte superior, de grandes conchas simétricamente distribuidas sobre sus
espaldas y lomo hasta la punta de la cola, le daban un aspecto terrible y
repugnante. La cabeza tenía como cuatro pies de largo, la boca era de
cerca de tres pies de largo, guarnecida de grandes y formidables dientes.
En la quijada inferior tenía dos grandes y bien afilados y rectos
colmillos, que pasaban el labio superior por dos agujeritos; cerrada la
boca, esos colmillos sobresalían al labio superior con más de una pulgada
de largo. La carne es parecida a la de la corbina cruda, y tiene un olor
muy desagradable, parecido en algo al del almizcle. La hembra, según me
dijeron los naturales, pone de treinta a cincuenta huevos, que cuida de
enterrar en las arenas a orillas de los ríos; esos huevos son de un color
blanquizco y cuando más del tamaño de los de ganso; el calor del sol hace
desarrollar el embrión, y tan luego como nace, se dirige al agua, donde la
madre cuida de alimentar a los recién nacidos. [221] El caimán se mantiene con pescado, y con los animales que se acercan
a los ríos a tomar agua; su alimento favorito es la carne humana, y
desgraciada la comarca donde se hallan los caimanes cebados, así llaman a
los que ya han hecho presa de alguna víctima humana.
En la hacienda de la Capilla, departamento de Piura, vi disecado un
caimán, que poco antes había arrebatado una criatura, cuya madre lavaba su
ropa a orillas del río. A los gritos de la madre, acudió el esposo, y
viendo éste que el caimán desembarcaba en un islote inmediato, con la
criatura aún viva en la boca, se arrojó al río, con puñal en mano, atacó y
mató al caimán a puñaladas; pero no pudo salvar a su hijo: ya había sido
cortado en dos trozos.
En el pueblo de la Huaca, hallándose allí acuartelado un batallón
nuestro, un soldado bajó al río a sacar agua; un caimán lo agarró para
hacerlo su presa; el soldado, con su bayoneta, logró herir al caimán y
hacerse soltar; quedó inválido para toda su vida.
Mil historietas se refieren en todos esos pueblos de los estragos
causados por este animal tan terrible.
El caimán abunda en el río de Guayaquil y todos sus afluentes: abunda
en los ríos nuestros de Zarumilla, Tumbes y La Chira. Este peligroso
animal se halla en el Amazonas y sus afluentes, en varios ríos del Brasil
y en la parte superior del río La Plata y sus afluentes. Los ríos que se
comunican con el mar en Centro América, Méjico y parte Sur de Estados
Unidos, abundan de ellos; y los pobladores de los ríos de Colombia y
Venezuela, han experimentado sus terribles estragos.
En el río Chagres, el viajero del ferrocarril de Panamá, los puede
distinguir, como grandes troncos de árbol, durmiendo en sus playas. [222] Contrayéndonos a los caimanes del río de Guayaquil y sus afluentes,
será curioso un estudio sobre el modo como ese dañoso reptil ha podido
llegar a esos territorios.
El caimán ha podido propagarse de los Estados Unidos a Méjico y
Centro América.
De esos ríos, por las orillas del mar, ha podido pasar a Colombia y
Venezuela, al río Amazonas y sus afluentes, etc. Siguiendo las orillas del
mar, ha podido llegar al Río de la Plata y subir a sus afluentes, por
hallarse estos ríos todos cercanos unos a los otros y en comunicación.
Pero ¿cómo ha podido venir al río de Guayaquil?
Tendremos, pues, que aceptar, una de estos tres extremos: 1.º Que los
caimanes han traído un viaje marítimo muy largo, desde Panamá. 2.º Que los
caimanes han hecho un viaje terrestre pasando la cordillera, del Amazonas
a los afluentes del Guayas. 3.º Que son Autoctones, es decir, producidos
en el mismo territorio.
Esos caimanes, viajeros de Panamá o del Amazonas al través de la
Cordillera, han debido ser caimanes ilustrados, con brújulas que los
guiasen en su rumbo a un punto conveniente, y han debido llevar acémilas o
bajeles, que les condujesen el fiambre al través de tan largas distancias;
curiosos caimanes serían esos.
El cocodrilo (Emysaurus), muy conocido de los antiguos, y objeto de
constantes estudios por ellos, abunda en el río Nilo, Egipto, y en los
afluentes del Níger, Congo y demás grandes ríos del Oeste del África.
En los ríos del extremo Sur de ese vasto Continente, como son el
Orange, el Limpopo, etc., en las lagunas que se hallan en esas comarcas,
se encuentra el cocodrilo en gran abundancia.
En los ríos de la costa de Zanzíbar y Mozambique abunda también.
[223] En Asia, el Hindostán, todo se halla plagado de ese inútil y
pernicioso animal: el Ganjes, el Sciude y todos sus numerosos afluentes,
se hallan infestados de cocodrilos.
Los ríos del Birman, Pegil y Cochinchina, se hallan llenos de
cocodrilos; sólo el territorio de la China propia se ve libre de sus
ataques; ¡¡los chinos se los han comido todos!! ¡¡y aseguran, que no era
manjar malo, la carne!!
Los campos que se hallan de Yaguachi a Guayaquil, son bellísimos,
cubiertos de abundantes pastos y grandes arboledas. A la derecha y a la
izquierda, al bajar el río, se encuentran grandes haciendas, con tropas de
ganado vacuno alto y lozano.
Aun a orillas del mismo río se hallan mangos, cubiertos de su vistosa
fruta, y otros árboles frutales. Las casas de campo, cubiertas de rojas
tejas, parecen grandes y cómodas; todo respira grandeza y bienestar.
La Providencia ha derramado sobre esos campos, la feracidad y mayor
dicha; sólo la ambición de temerarios y poco prestigiosos caudillos, ha
llevado a esas risueñas comarcas la desolación y la guerra.
Hombres como García Moreno, de su probidad y patriotismo, no son
desgraciadamente frecuentes; hombres como Diego Portales, no son fáciles
de hallar.
Estadistas notables como esos, hombres probos, verdaderos patriotas,
que se eleven grandes, valientes y airados, sobre las miserias, las
vocinglerías de descarados y sanguinarios demagogos, no han sido ni son
aún suficientemente apreciados por nosotros.
La noble sangre, a mi juicio, de esos grandes hombres, ha fecundizado
la tierra de su patria; ¡¡con qué anhelo debemos todos buscar, para la
humillada y destrozada patria nuestra, un Redentor, un estadista de
probidad y energía!! [224] Ardientes lágrimas cubren mis ojos; mi anciana y temblorosa mano
apenas puede sujetar la pluma, al formar estas líneas, a la vez, al
recordar tanta sangre vertida, tanta miseria, tanta ruina consumada.
¡Oh! ¡¡cuándo, cuándo, veremos, o nuestros hijos verán, la redención
del Perú!! La felicidad de la patria común.

Notas

1. En la misma época en que fue hallado Andrés en el Desierto de la
Sopladera, fue encontrado en uno de los caminos reales de Alemania un
joven bien vestido, al parecer mayor de veinte años, y que no contestaba a
las palabras que se le dirigían; a pesar de la diferencia de idiomas en
que se le hacían. Algunos caballeros filantrópicos se hicieron cargo del
joven, poniéndole el nombre de Gaspar Hauser; y cuidaron de su educación y
sostenimiento. Andando los tiempos aprendió el alemán, desarrollándose en
él notable inteligencia. Preguntado tiempo después, sobre su infancia, y
sus recuerdos, aseguró que desde muy niño había sido criado en estrecha
prisión, a donde diariamente, entraba un hombre llevándole agua y
provisiones, cuyo hombre hacia la limpieza y arreglo de su cuarto prisión,
sin jamás dirigirle la palabra; que el día en que fue hallado en el camino
real; ese hombre, muy de mañana, lo había vestido con la ropa nueva; con
la que se le encontró; y enseguida lo había sacado de la prisión, y
después de hacerlo andar larga distancia, lo había dejado en el punto
donde fue encontrado. Los sabios de Alemania hicieron profundo examen y
estudio del desarrollo de las facultades mentales de Hauser; y se hacían
frecuentes e interesantes publicaciones a ese respecto. Los amigos, y no
eran pocos, de Hauser, emplearon las más activas averiguaciones para
iluminar el misterio, que cubría el origen de este joven: todo era
infructuoso, pero el mismo mal resultado de sus investigaciones, sólo
sirvió para aumentar sus esfuerzos. Se hallaba Hauser, si mal no recuerdo
de estudiante ya en la Universidad de Leipzig, cuando recibió una carta
sin firma; el que le escribía le ofrecía dar todos los datos referentes a
su nacimiento y familia; lo citaba para un punto extramuros, y le
encargaba la más completa reserva, pues sería espiado si iba a la cita, y
esta no tendría lugar si era acompañado de alguien, aunque fuese a la
distancia. Hauser acudió al anochecer al punto indicado, se le aproximó un
encapado, y al alcanzarlo un pliego cerrado, el encapado dio a Hauser tres
mortales puñaladas en el pecho. Hauser fue hallado moribundo poco después,
dio las señales de su asesino; era su antiguo carcelero. El pliego cerrado
contenía viejos impresos; el crimen ha quedado sepultado en el misterio
hasta hoy.

2. [«Ratiquíticos» en el original (N. del E.)]

3. Chuca en lenguaje local se da a una sustancia terrosa y
blanquizca, formada al parecer de tierra, yeso, cal y arena, en la cual
predomina el yeso. Esta sustancia se halla esparcida con más o menos
dureza y extensión, sobre gran parte del terreno de la provincia. La
acción del Sol ha roto ese derrame, que parece haber corrido como llocella
o Mazamorra, sobre el terreno, en trozos más o menos grandes; algunos de
estos trozos, al secarse a los rayos de un sol muy ardiente, han quedado
redondeados y del tamaño de un pie de largo, y algo menos de ancho. En
Arequipa se llama choca a una especie de pan hecho de la harina más
ordinaria o semitilla; y como es de parecido tamaño a los trozos de la
sustancia de que nos ocupamos, los pobladores de Tarapacá han dado el
nombre de chuca a esos trozos de mazamorra endurecida y chucal a los
campos cubiertos con ella.

4. Una niñita, hacen pocos días, que leyendo un libro sobre Historia
Natural, encontró la palabra Sarcorhamphos, ¡y me preguntó si era nombre
alemán! P.: ¿por qué crees que es alemán ese nombre? R.: ¡porque es tan
difícil para hablar! (pronunciar).

5. Carlos R. Darwin hijo y nieto de notables sabios ingleses, nació
en Shrewsbury en 1809; vino en la Beagle, buque de exploración inglés, en
1831, a las costas de la América. Este buque se hallaba a órdenes del muy
sabio comandante Fitzroy. En 1836 Darwin y Fitzroy estuvieron en casa de
mi señor padre en Tacna, donde tuve el honor de tratarlos, Fitzroy formó
los mapas que hoy sirven a los navegantes en las costas Sur del Pacífico,
y en especial, en el Estrecho de Magallanes. Darwin publicó una relación
de sus estudios y descubrimientos, en 1810, con el nombre de Diarios de
los descubrimientos zoológicos, geológicos de la Beagle. En 1842, publicó
Zoología de la Beagle, durante su viaje alrededor del mundo, y otro,
Estructura y distribución de los arrecifes de Coral. En 1845 publicó,
Observaciones geológicas sobre las islas volcánicas. En 1846 publicó las
Observaciones sobre la América Meridional. En 1869 publicó su más notable
obra Origen de las especies y Origen del hombre. En estas obras, Darwin
asegura lo siguiente: «El hombre desciende de un cuadrúpedo cubierto de
vello, con rabo y con orejas puntiagudas, probablemente con hábitos de
vivir en los árboles, y que ha existido en el antiguo continente. Este
ser, si un naturalista hubiera examinado su estructura, hubiera sido el
clasificado como cuadrumano, como lo hubiera sido el antepasado común, y
aún mas antiguo de los monos del viejo y nuevo continente. Los cuadrumanos
y probablemente todos los mamíferos de estructura superior, descienden
probablemente de un marsupial antiguo, y éste, por un largo y antiguo
eslabonamiento de variadas formas, desciende, ya sea de una especie de
reptil, o ya sea de un animal anfibio, el cual a su vez ha tenido por
origen un pescado. En las oscuridades de la antigüedad podemos, sin
embargo, descubrir distintamente que el primogenitor de todos los
vertebrados, ha debido ser un animal acuático, que ha reunido en su propia
entidad los dos sexos, y en el cual los órganos principales, tales como el
cerebro y el corazón, no se hallaban desarrollados sino de un modo aun
imperfecto,» Aquí tiene usted comprobado matemáticamente, que nuestras
limeñas, tan orgullosas de su belleza y encantos, descienden, en primer
lugar, de un mono con rabo y orejas puntiagudas; y, en segundo lugar, ¡¡de
reptiles y pescado!!

6. El ferrocarril de Pacasmayo hacia Cajamarca, pasa el río de la
Magdalena por un puente colocado en un punto llamado Paipay. Tan pronto
como se pasa el río, sobre el corro de piedra arenisca rojiza, se halla
una gran roca cubierta de hieroglíficos, por supuesto, imposible de
descifrar, por ahora.

7. Pintados se llaman los cerros cuyas rocas se hallan cubiertas de
hieroglíficos, como seis leguas al Sur de la Noria (Tarapacá).

8. Los viajes estrambóticos, y por supuesto embusteros de Munchausen
son muy conocidos. Una relación servirá de muestra. Refiere Munchausen que
habiéndosele agotado las municiones, se vio obligado a cargar su rifle con
pepitas de cereza silvestre, y hacer fuego a un venado, que huyó. ¡¡Al año
volvió a la misma montaña y encontró al venado con su hermoso cerezo que
le crecía del lomo, lleno de fruta!!

9. [«Anocher» en el original (N. del E.)]

10. Sobre esta tradición, creo que escribió una novelita Sofía
Restaud de Cottin, la autora de Malvina y otra de Cruzados. Madama Cottin
nació en 1773 y murió en 1807. La novela citada lleva el nombre de Zuma, y
su verdadera autora fue la marquesa de Genlis.

11. Godin, compañero de La Condamine, en 1747 emprendió un viaje de
Quito a Lima y Cayenne, dejando a su joven esposa en Quito. Se pasó mucho
tiempo sin que la señora Godin recibiese noticias de su esposo; y al fin
llegaron a Quito rumores de existir, en parte no bien determinada del río
Amazona, unos franceses, que la señora Godin creyó fuesen su esposo y
compañeros; se puso ésta en marcha al Amazonas con sus dos hijos, tres
criadas, su hermano y varios indios. Llegó al Pastaza, y en la población
indicada sólo halló putrefactos cadáveres; la viruela había muerto a
todos. La señora Godin siguió la marcha; su canoa fracasó y siguieron la
marcha por las orillas del río; pero la falta de víveres y las
enfermedades causaron la muerte de todos, sólo la señora Godin sobrevivió,
y sola, a pie, y rodeada de toda clase de peligro y miserias, siguió su
aventurado viaje. Al noveno día de su completo aislamiento, la encontraron
a las orillas del río unos indios neófitos de las misiones del Amazonas, y
la condujeron a su pueblo, de donde tras grandes demoras, navegó al Pará,
en la embocadura del Gran Río, y de Pará pasó a Cayenne, adonde se reunió
a su esposo, ¡¡después de 19 años de separación!!

12. En la vida de este señor Heros, hay un hecho notable, que se me
viene a la memoria, y que creo debo consignar aquí. Cuando el General San
Martín, después de la proclamación de la Independencia del Perú (Julio 28
de 1821), se marchó a Guayaquil a celebrar su memorable conferencia con
Bolívar, quedó en Lima una Junta Suprema de Gobierno; pero, en realidad,
el Dictador era Monteagudo. Este, un día hizo reunir á todos los vecinos
pudientes de Lima, de origen español, y los encerró en el convento de la
Merced: enseguida los hizo embarcar en un buque extranjero (cuya bandera
no quiero indicar) con destino, según dijo, a Manila. El capitán del buque
se alejó rápidamente de las costas del Perú, y al cuarto día, en la lancha
más grande de su buque, embarcó a los 34 desterrados con dos barriles de
agua y unos pocos sacos de galletas, y sin velas ni remos, los soltó a la
merced de las corrientes. En cortos días se acabaron los víveres y
entonces comenzaron a comerse los cadáveres y a matarse unos a otros; a
los 28 días llegaron, arrastrados por las corrientes, a las playas de
Huarmey; de los 34 sobrevivían 4, de estos uno murió de sed en la misma
playa, otro murió al día siguiente; de los dos sobrevivientes, uno fue
conducido a Trujillo, donde vivió poco tiempo -el único que salvó fue este
señor Heros, quien me ha referido tan triste historia, con todos sus
pormenores, en 1836, y en la ciudad de La Paz. Con la negociación de
cascarilla, Heros hizo una gran fortuna: se fue a Europa, y casó en
Burdeos, donde murió hacen años. Siento no recordar el nombre del buque,
ni el del asesino capitán, para estamparlos aquí como objeto de execración
pública.

13. Este Segalan era un francés, soldado de Napoleón en las grandes
campañas de Austerlitz y Rusia. Contaba mil curiosas anécdotas de esas
campañas, y pertenecía a una familia de larga vida: según decía, su madre
murió de 101 años de edad, y su padre de 96. El 13 de Agosto de 1868, se
bailaba en Iquique, en su casa, cuando las olas del mar lo arrebataron, y
arrastraron a pleno mar; sostenido sobre una puerta y acompañado de su
perro de Terranova, se salvó, habiendo luchado contra las olas durante más
de dos horas; como a las 9 de la noche, estando ya desfallecidos el perro
lo condujo a tierra.

14. A. Antonio Herrera Tordesillas, nació en la ciudad de Cuéllar en
1559; y en 1596 Felipe II, Rey de España, lo nombró Historiográfo de
Indias y Castillas. En 1601 publicó su Historia General de los Hechos de
los Castellanos en América desde 1492 a 1554 en las Islas de Tierra firme
del mar océano. En la Década V, Libro 3.º, página 73, hablando de los
urus, dice: «El Desaguadero de la laguna es muy ancho y hondo y muy
penoso, y no es posible ni hacer puente ni pasarlo en arcos. Los indios
usan un notable artificio para pasarlo, que echando mucha paja, que por
ser material tan liviano no se hunde, pasan fácilmente. Tiene esta laguna
de largo treinta y cinco leguas y quince de ancho; ería gran copia de un
junco, que llaman Totora, que es comida por caballos y puercos; y los
indios urus hacen de ella casas, comida y barcos, y cuando han menester.
Estos urus son tan salvaje ne que preguntándoles quienes eran; respondían
que no eran hombres sino urus, como si fuesen otra especie de animales. En
la laguna se hallan pueblos enteros de estos, que moran en ella en balsas
de Totora, atadas a un peñasco, y cuando querían se mudaba todo el pueblo
a otra parte». La descripción tan antigua de Herrera, puede dedicarse hoy
mismo a los urus; en nada han cambiado.

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