Volviendo a nuestro propósito, desde Xayanca a Trujillo, agora 43 años, poco más o menos, se caminaba a la tierra adentro ocho leguas y diez de la costa de la mar, o se declinaba a la costa; yo vine por la costa, donde las bocas de los ríos eran pobladas de muchos pueblos de indios, muy abundantes de comida, y pescado; aquí hallábamos gallinas, cabritos y puercos, de balde, porque los mayordomos de los encomenderos que en estos pueblos vivían no nos pedían más precio que tomar las aves y pelallas, y los cabritos desollarlos, y el maíz desgranarlo. Todos estos indios se iban acabado, por lo cual ya no se camina por la costa, que era camino más fresco y no menos abundante que el otro. Los indios que quedaban, porque totalmente no faltasen, los han reducido el valle arriba, donde los demás vivían. Era realmente para dar gracias a Nuestro Señor ver unos pueblos llenos de indios y de todo mantenimiento, el cual se daba a todos de gracia. La causa de la destruición de tanto indio dirá cuando tratare de sus costumbres, y para aquí sea suficiente decir, las borracheras. Bajando, pues, de Xayanca a la costa y caminando por ella se venía a salir a siete leguas de Trujillo, a un valle llamado Licapa.
Capítulo XIV
De los demás valles
Volviendo, pues, a Xayanca, y continuando el camino la tierra adentro, a pocas leguas unos de otros, se va de valle en valle, lo cual, si bien se considera, no parece sino que desde Xayanca a Trujillo es todo un valle en diversos ríos, empero todos de muy buena agua, que los fertilizasen gran manera. Entre ellos hay uno llamado Zaña, abundantísimo, a donde de pocos años a esta parte se ha poblado un pueblo de españoles de no poca contratación, por los ingenios de azúcar y corambre de cordobanes y por las muchas harinas que dél se sacan para el reino de Tierra Firme; el puerto no es muy bueno; dista del pueblo algunas leguas; ni en toda esta costa, desde Paita a Chile, que es lo último poblado de Chile, los hay buenos; los más son playas. Con el que tienen embarcan sus mercaderías para la ciudad de Los Reyes y para Tierra Firme. Esta población de Zaña destruye a la ciudad de Trujillo, porque dejando sus casas los vecinos de Trujillo se fueron a vivir a Zaña.
Capítulo XV
De Nuestra Señora de Guadalupe
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Capítulo XVI
Del valle de Chicama
[Es el valle de Chicama] abundante, ancho y largo, donde había muchos indios dotrinados por religiosos de nuestra Orden, encomendados en el capitán Diego de Mora, varón muy principal en este reino. Entre otros religiosos nuestros de mucha virtud y cristiandad que en la doctrina de aquel valle se han ocupado, fue uno el padre fray Benito de Jarandilla, el cual, después que entró en él nunca dél salió para vivir en otra parte; aquí se consagró a Nuestro Señor, predicando el Evangelio a los indios con admirable austeridad de vida en todo lo tocante a su profesión, sin jamás se conocer en él cosa de mal ejemplo, sino gran celo a la conversión de aquellos naturales, donde vivió más de 55 años, y ha pocos años, no ha dos cuando escrebí esto, que Nuestro Señor le llevó, como piadosamente creemos, a pagarle sus trabajos. Los indios deste valle tienen dos lenguas que hablan: los pescadores una, y dificultosísima, y otra no tanto; pocos hablan la general del Inga; este buen religioso las sabía ambas, y la más dificultosa, mejor. Su caridad para con los indios era muy grande, porque curarlos en sus enfermedades, repartir con ellos su ración y quedarse o contentarse para su mantenimiento con un poco de maíz tostado o cocido, era como natural. Varón de mucha oración y penitencia, doquiera que estaba se había de levantar a media noche a rezar maitines, y a cualquiera hora que le llamaban para confesar al enfermo; con toda el alegría del mundo se levantaba, y aunque el río viniese muy crecido, no le temía más que si no llevara agua, y es muy grande al verano. Este es común lenguaje entre los indios, que decían pasaba el río en un macho que la Orden le había concedido a uso, por cima del agua, a cualquier hora y cuando más agua traía el río. Esto no lo escribo por milagro, sino como cosa comúnmente dicha entre los indios.
En este valle tiene nuestra sagrada Religión un convento priorato que este religioso venerable fundó, donde se sustentan de ocho a diez religiosos, y favoreciéndolo Nuestro Señor se sustentarán más, porque las haciendas van en crecimiento. El valle es abundantísimo de pan, vino, maíz y demás mantenimientos; danse en él admirablemente los olivos, que cargan de aceituna muy buena. Los demás mantenimientos a la tierra naturales, bonísimos; es famoso por un ingenio de azúcar que allí plantó el capitán Diego de Mora; una cosa que por ser peregrina la diré, que hay en este ingenio, y es que con ser cálido el templo en todo tiempo y todos los valles de los Llanos abunden en moscas y esto las tenga dentro y fuera de las casas de los indios y de los españoles, en la casa que llaman del azúcar y donde se hacen las conservas y están las tinajas llenas de todo género dellas no se halle ni se vea una ni más.
Helo visto, por eso lo digo, pues la miel y el azúcar, madre es de las moscas.
Capítulo XVII
De la ciudad de Trujillo
Dista la ciudad de Trujillo del valle de Chicania cinco leguas tiradas.
La primera vez que la vi era muy abundante y muy rica; los vecinos, conquistadores, unos hombrazos tan llenos de caridad para con los pasajeros, que en viendo en la plaza un hombre no conocido o nuevo en la tierra (que llamamos chapetón), a mía sobre tuya lo llevaban a su casa, lo hospedaban, y ayudaban para el camino, si allí no le daba gusto hacer asiento; un vecino de aquellos, cuando salía de su casa ocupaba toda la calle; no había mesón entonces, ni en muchos años después, ni carnecería; a todos sobraba lo necesario y aún más, y el que no lo tenía no le faltaba, porque los encomenderos les enviaban el carnero, vaca y lo demás cada día. Liberalísimos para con los pobres; sus casas muy hartas y sus cajas muy llenas de oro y plata. Ya todo ha cesado y sus hijos han quedado pobres, porque no siguen la cordura, y raras veces retienen las sillas de sus padres.
Dista esta ciudad del puerto, si así se ha de llamar siendo costa brava, dos leguas; surgen los navíos más de legua y media de la playa; en el desembarcadero hay mares de tumbo, unas tras otras, con tanta violencia cuanta experimentan los que allí se desembarcan. Aquí hay un poblezuelo que del puerto toma el nombre, llamado Guanchaco. Los indios son grandes nadadores y pescadores; no temen las olas, por más que sean; entran y salen en unas balsillas de juncos gruesos, llamados eneas, que no sufren dos personas, y las que las sufren han de ser muy grandes. En llegando a tierra, cuando vienen de pescar, toman la balsa a cuestas y la llevan a su casa, donde, o en la playa, la deshacen y enjugan, y cuando se quieren aprovechar della tórnanla a atar.
Conoscí en esta ciudad, entre otros vecinos y encomenderos, al capitán don Juan de Sandoval, hombre muy amigo de los pobres, gran cristiano, muy rico, casado con una señora muy principal de no menores partes que su marido, nascida en el mesmo pueblo, llamada doña Florencia de Valverde, hija del capitán Diego de Mora y de doña Anade Valverde. Este caballero tenía antes que muriese capellanías instituidas en todos los monasterios; su enterramiento escogió en el de San Agustín, cuya capilla mayor edificó; aunque no quiso, el altar mayor fue suyo; al lado del Evangelio hizo un altar advocación de los Ángeles, que adornó con retablos famosos y muy ricos ornamentos labrados en España; dejó mucha renta y poca carga de misas, con la cual se va edificando el convento, o por mejor decir se ha edificado. En el convento de nuestro padre Santo Domingo se le dice perpetuamente la misa de Nuestra Señora todos los sábados del año, y cada día la Salve cantada, después de Completas, como es antiguo uso en la Orden desde su fundación; dejó bastante renta.
En el convento de San Francisco también tenía su memoria de misas, y dejó renta para que se pague la limosna dellas.
Mucho tiempo del que vivió tenía en el puerto desta ciudad indios pagados a su costa, para que en llegando el navío al surgidero, que ya dije es de la playa más de legua y media, saliesen en sus balsillas, fuesen al navío, y avisasen saliesen o no saliesen a tierra, porque como el navío surge tan lejos, no venía quebrazón de las olas en tierra; avisados no corren riesgo. Antes de que este caballero tuviese pagados indios para esta bonísima obra perdíanse muchos bateles, y los que en ellos venían, porque viniendo a desembarcar, metíanse en tierra, no viendo el peligro, y cuando querían volver al navío no podían, por lo cual era necesario zozobrar y perderse. Solía esta ciudad ser de buena contractación respecto del mucho azúcar y corambre que los vecinos tenían, y por el ganado porcuno que della se llevaba a la de Los Reyes; ya se va perdiendo.




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