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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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De aquí nos metemos un poco la tierra adentro, deben ser otras doce leguas, a la ciudad llamada San Miguel de Piura; ésta fue la primera que edificaron los españoles en este reino. Era ciudad de razonables edificios, casas altas y los vecinos ricos; participaban de los indios de los llanos y de la sierra. Llueve en esta ciudad, aunque poco; es abundante de mantenimientos, así de los de la tierra como de los nuestros, y de ganados; es muy cálida, por estar lejos de la mar, y la tierra produce muchas sabandijas sucias, y entre ellas víboras, culebras y arañas; de las frutas nuestras, cuales son membrillos, granadas, manzanas y otras de muy buen sabor y grandes, son las mejores del mundo. Pero tiene esta ciudad un contrapeso muy notable, que es ser enfermísima de accidentes de ojos, y son incurables, porque al que no le salta el ojo queda ciego, con unos dolores incomportables; apenas vi en aquella ciudad hombre que no fuese tuerto. Esta enfermedad es común en todos los valles que desta ciudad hay a la de Trujillo, aunque no son tan continuos ni ásperos, y a quien más frecuente les da es a los españoles; a los indios raras veces. En estos valles vi a hombres con semejantes accidentes, encerrados en aposentos oscurísimos, y con el dolor renegaban de quien les había traído a estas partes; los vecinos desta ciudad, dos o tres veces, por esta enfermedad la han despoblado y pasándose a vivir los más dellos a un valle llamado Catacaos (no le he visto); es muy fértil y libre de toda enfermedad, pero todavía han quedado algunos en la ciudad por no dejar sus casas y heredades, aunque de pocos años a esta parte se han mudado seis u ocho leguas más cerca del puerto de Paita, a la barranca del río de Motape.

Capítulo XI
[Del valle de Xayanca]

De aquí se camina la tierra adentro a doce, diez y menos leguas de la costa de la mar hasta la ciudad de Trujillo, que son ochenta leguas tiradas, en cuyo camino hay un despoblado de doce leguas y más sin agua hasta el valle de Xayanca; éste es muy fértil y de muchos indios, y el señor dél, indio muy aespañolado; vístese como nosotros, sírvese de españoles, con su vajilla de plata; es rico y de buenas costumbres.
El valle es tan abundante de mosquitos zancudos, cantores, y de los rodadores, que es como milagro poderlo sufrir los indios, ni los españoles; yo he caminado veces por los Llanos, y aunque en todos los valles hay mosquitos, no tantos como en éste.

Capítulo XII
De los llanos

Y para que se entienda qué llamamos Llanos y Sierra, adviértase que desde este valle Xayanca, y aún más abajo, desde Tumbez, aunque allí alcanzan (como dijimos) algunos aguaceros hasta Copiapo, que es el primer valle del distrito del reino de Chille, a lo menos desde el valle de Santa hasta Copiapo no llueve jamás, ni se acuerdan los habitadores dellos haber llovido. Todo el camino, diez leguas en algunas partes, en otras ocho, en otras seis y cuatro leguas en otras, hasta la costa de la mar, es arena muerta, aunque hay pedazos de arena o tierra fija en algunas partes y a trechos. Entre estos arenales proveyó Dios hobiese valles anchos, unos más que otros, por los cuales corren ríos, mayores o menores, conforme a como tienen más cercana, o vienen de más adentro de la sierra su nascimiento; la tierra de todos estos valles es de buen migajón, la cual regada con las acequias que los naturales tienen sacadas para regarlos, es abundantísima de todo género de comidas, así suya como nuestra; cógese mucho maíz, trigo, cebada, fríjoles, pepinos, etc.; tienen muchas huertas, con mucho membrillo, manzana, camuesa, naranjas, limas, olivos que llevan mucha y muy buena aceituna, la grande mejor que la de Córdoba, porque tiene más que comer; en muchos dellos se da vino muy bueno, y la caña dulce se cría mucha y gruesa, por lo cual son cómodas para ingenios de azúcar, en muchos de los cuales los hay, como en su lugar diremos. Extiéndense estos Llanos que llamamos (aunque hay grandes médanos de arena) desde el puerto de Paita hasta el valle que dijimos de Copiapo por más de 700 leguas o poco menos, siguiendo la costa, sin que en ellas llueva; pero desde mayo comienzan unas garúas, llamadas así de los marineros, que duran hasta otubre; son unas nieblas espesas, que mojan un poco la tierra, mas no son poderosas a hacerla fructificar; son con todo eso necesarias para las sementeras, porque las defiende de cuando está en berza de los grandes calores del sol; con estas garúas en los cerros y médanos de arena se cría mucha yerba y flores olorosas, las cuales son admirable pasto para el ganado vacuno y yeguas; pero tiene un contrapeso grande, porque no falte a cada cosa su alguacil. Cuando éstas garúas son muchas críanse grande cantidad de ratones entre estas yerbas, y venido el verano, como se sequen y no tengan que comer, descienden ejércitos dellos a buscar comida a los valles, viñas y heredades, y cómense hasta las cáscaras de árboles; esta plaga es irremediable.
El aire que corre por estos arenales es Sur, algunas temporadas muy recio, y es cosa de ver que remolina en estos cerros de arena y levantando la arena la trasporta a otro lugar, y ha subcedido estar durmiendo en estos arenales, porque por ellos va el camino, el pasajero, y viniendo un remolino déstos caer sobre el pobre viandante y quedarse allí enterrado en la arena. Fuera de la abundancia que los valles tienen de mieses, son abundantes de árboles frutales, como son guayabas, paltas, plátanos, melones, ciruelas de la tierra y otras fructas, mucho algarrobal; con la fructa de los árboles engordan los ganados abundantísimamente, haciendo la carne muy sabrosa; pero hay en algunas partes unos algarrobos parrados por el suelo, que llevan una algarrobilla, la cual comida de los caballos o yeguas, luego dan con la crin y cerdas de la cola en el suelo, y porque en el valle de Santa hay más que en otros valles, se llama la algarrobilla de Santa, de donde, cuando algún hombre por enfermedad se pela, le dicen haber comido la algarrobilla de Santa. El rey desta tierra, a quien comúnmente llamamos el Inga, para que en estos arenales no se perdiesen los caminantes y se atinase con el camino, tenía puestas de trecho a trecho unas vigas grandes hincadas muy adentro en el arena, por las cuales se gobernaban los pasajeros. Ya esto se ha perdido por el descuido de los corregidores de los distritos, por lo cual es necesaria guía.
Entrando en el valle, por una parte y por otra iba el camino Real entre dos paredes a manera de tapias hechas de barro de mampuesto, de un estado en alto, derecho como una vira, porque los caminantes no entrasen a hacer daño a las sementeras, ni cogiesen una mazorca de maíz ni una guayaba, so pena de la vida, que luego se ejecutaba.
Estas paredes están por muchas partes ya derribadas, y los caminos no en pocas partes van por detrás de las paredes; en tiempo del Inga no se consintiera. Por los arenales ya dijimos no se puede caminar sin guía, y lo más del año se ha de caminar de noche, por los grandes calores del sol; los guías indios son tan diestros en no perder el camino, de día ni de noche, que parece cosa no creedera.
Lo que llamamos y es sierra son unos cerros muy altos, muchos de los cuales, por su altura, aunque están en la misma linea equinoctial, como es Quito y mucha parte de aquel distrito, y desde allí a Potosí, que son 600 leguas incluidas entre el trópico de Capricornio, porque Potosí está en veinte grados, es muy frío siempre y no pocas las sierras llenas de nieve todo el año, y otros por el frío inhabitables; lo cual los antiguos filósofos tuvieron por inhabitable respecto del mucho calar por andar el sol estre estos dos trópicos, de Canero a la parte del Norte y de Capricornio a la parte del Sur, veinte e dos grados y medio apartado cada uno de la línea.
En esta sierra hay muchas y muy grandes poblaciones en valles que hay, y en llanos muy espaciosos, como son los del Collao; corre esta cordillera comúnmente de 17 a 20 leguas de la mar, y lo bueno deste Perú es esta tierra que dista de la cordillera a la mar, y aun de , como en su lugar diremos.

Capítulo XIII
Del camino de la costa

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