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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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Por este río de Guayaquil arriba (como habemos dicho) se sube en balsas grandes hasta el desembarcadero, veinticinco leguas; hasta el día de hoy hay requas de mulas y caballos que llevan las mercaderías a aquella ciudad y a otros pueblos que de Panamá vienen a Guayaquil. Viven en esta ciudad y su distrito dos naciones de indios, unos llamados guamcavillcas, gente bien dispuesta y blanca, limpios en sus vestidos y de buen parecer; los otros se llaman chonos, morenos, no tan políticos como los guamcavillcas; los unos y los otros es gente guerrera; sus armas, arco y flecha. Tienen los chonos mala fama en el vicio nefando; el cabello traen un poco alto y el cogote trasquilado, con lo cual los demás indios los afrentan en burlas y en veras; llámanlos perros chonos cocotados, como luego diremos.
Desde aquí a pocas leguas andadas se llega a un convento de San Augustín fundado en el valle llamado Reque, que tiene por nombre Nuestra Señora de Guadalupe, porque Francisco de Lezcano (a quien el marqués de Cañete, de buena memoria, por ciertos indicios desterró a España), volviendo acá trujo una imagen de Nuestra Señora, del tamaño de la de Guadalupe de España; púsola en la iglesia del pueblo de aquel valle que los padres de San Agustín tenían a su cargo, dándola el nombre de Nuestra Señora de Guadalupe.
Luego que se puso hizo muchos milagros de diversas enfermedades, y particularmente a los quebrados. Oí decir al padre fray Gaspar de Carvajal (el cual me dio la profesión) que siendo muy enfermo, como también le vi para expirar de esta enfermedad, fue a tener unas novenas, y las tuvo en aquel convento, y al cabo de los nueve días se halló sano y salvo de su quebradura, como si en su vida no la hobiera tenido, y nunca más padeció aquella enfermedad, viviendo después muchos años; ya han cesado estos milagros y aún la devoción de la imagen, por la indevoción de los circunvecinos. El convento es religioso y de mucha recreación; susténtanse en él de 16 a 20 religiosos, con mucha clausura y ejercicio de letras.

Capítulo VI
Del valle de Chicama

Pocas leguas adelante, no creo son dos jornadas, corre el valle de Chicama, abundante; los hijos de los españoles que nascen en este pueblo, por la mayor parte son gentiles hombres, y las mujeres les hacen gran ventaja, y aun a todas las del Perú; créese que el agua es gran parte en este particular, porque, donde la hay buena, las mujeres son muy bien dispuestas que donde no es tal; esto lo dice la experiencia.
Saliendo, pues, de la ciudad de Guayaquil para la mar en una marea o poco más, menguante, se llega a la isla Lampuna, cuyo nombre corrompido llaman la Puna, cuyos indios fueron belicosos mucho; comían carne humana; era bastantemente poblada. Produce oro y mucha comida; toda su costa es abundantísima de pescado. Produce también cantidad de sabandijas ponzoñosas, culebras, víboras y otros animales; por la costa della, particular la que mira la tierra, se veen muchos caimanes; dista de la tierra firme, poco más de ocho leguas.
Estos indios se comieron al primer obispo que hobo en estos reinos, llamado fray Vicente de Valverde, religioso de nuestra sagrada Orden, con otros españoles; fue obispo de más tierra que ha habido en el mundo, porque desde Panamá hasta se prolongaba por mar y por tierra su obispado. Era fama en aquella isla haber un tesoro riquísimo que los indios tenían escondido; despachole el Marqués Pizarro desde la ciudad de Los Reyes con poca gente para que lo descubriese y sacase; los indios eran recién conquistados; los cuales, recibiendo a nuestro obispo y a los que con él iban, de paz, y sabiendo a lo que venían, los descuidaron, y descuidados dan en ellos, mátanlos y cómenselos; por esto son afrentados de los indios comarcanos, llamándoles perros Lampuna, como obispo. Estos indios son grandes marineros, tienen balsas grandes de madera liviana, con las cuales navegan y se meten en la mar a pescar muchas leguas; vienen a Guayaquil con ellas cargadas de pescado, lizas, tollos, camarones, etc., y suben al desembarcadero que dejamos dicho del río de Guayaquil, cuando en este río se encuentran estos indios con los chonos, se afrentan los unos a los otros; los chonos dícenles: ¡ah! ¡perro Lampuna, come obispo! Los Lampunas: ¡ah! ¡perro chono, cocotarro! Notándolos del vicio nefando; esto vi y oí. Hay en esta isla plateros de oro que labran una chaquira de oro, así la llamamos acá, tan delicada, que los más famosos artífices nuestros, ni los de otras nascione la saben, ni se atreven a labrar; destas usaban las mujeres principales collares para sus gargantas; llevose a España, donde era en mucho tenida.

Capítulo VII
De Tumbes

Prolongando la costa y corriendo Norte, Sur, pocas leguas adelante, no son veinte, llegamos al puerto llamado Tumbes, que más justamente se ha de llamar playa y costa brava; tiene esta playa un río grande y caudaloso de buena agua, pero los navíos que antiguamente allí aportaban no entraban en él por la mucha mar de tumbo y olas unas tras otras que cuotidianamente quiebran en su boca, viniendo más de media legua de la mar, por lo cual es dificultoso entrar en él aun balsas, y si son aguas vivas es imposible, so pena de perderse.
El río tiene otro nombre, que es río de Tumbez; solía ser mucho más poblado, que agora, y los más de los indios tenían su pueblo casi cuatro leguas el río arriba, donde agora están poblados. Los pescadores vivían en la costa; eran belicosos y fornidos. Llueve raras veces en este paraje, e ya desde esta costa, si no es por maravilla, no hay lluvias, y (como adelante diremos) hasta Coquimbo, el primer pueblo de . Los que no vivían de pescar tenían por oficio ser plateros de oro, labraban la chaquira, que acabamos de decir en el capítulo precedente, tan delicada como los indios de la Puna, y aún más; lábranla desta suerte, como lo vi estando en aquel puerto: el indio que labra tiéndese de largo a largo sobre un banquillo tan largo como él, obra de un jeme alto del suelo; la cabeza tiene fuera del banquillo y los brazos, tendiendo una manta, y encima ponen sus instrumentos. Fueron no pocos, agora cuasi no hay algunos; hanse consumido y se van consumiendo; la causa, las borracheras.

Capítulo VIII
Del río de Motape

Pasando la costa adelante y metiéndonos un poco la tierra adentro, por ser la costa muy brava, llegamos veinte leguas andadas, poco más o menos, al gran río de Motape, donde hay un pueblo deste nombre. Quien antiguamente gobernaba en esta provincia, que por pocas leguas se extiende, eran las mujeres, a quien los nuestros llaman capullanas, por el vestido que traen y traían a manera de capuces, con que se cubren desde la garganta a los pies, y el día de hoy, casi en todos los llanos usan las indias este vestido; unas le ciñen por la cintura, otras le traen en banda. Estas capullanas, que eran las señoras, en su infidelidad se casaban las veces que querían, porque en no contentándolas el marido, le desechaban y casábanse con otro. El día de la boda, el marido, escogido se asentaba junto a la señora y se hacía gran fiesta de borrachera; el desechado se hallaba allí, pero arrinconado, sentado en el suelo, llorando su desventura, sin que nadie le diese una sed de agua. Los novios, con gran alegría, haciendo burla del pobre.

Capítulo IX
Del puerto de Paita

De aquí al puerto de Paita debe haber diez leguas, poco más o menos. Es muy bueno y seguro; no le he visto; es escala de todos los navíos que bajan del puerto de la ciudad de Los Reyes a Panamá y a México y de los que suben de allá para estos reinos; si tuviera agua y alguna tierra frutífera se hobiera allí poblado un pueblo grande; empero, por esta falta, y de leña, hay en él pocas cosas; el suelo es arena; traen en balsas grandes el agua de más de diez leguas, los indios pocos que allí viven.
Las balsas son mayores que las de Tumbez y la Puna; atrévense con ellas a bajar hasta la Puna y hasta Guayaquil, y volver doblando el cabo Blanco, que es uno de los trabajosos de doblar, y ninguno más de los desta costa del Pirú; aprovéchanse de velas en estas balsas, y de remos en calmas.

Capítulo X
De la ciudad de Piura

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