Fuera de lo que en otras partes habemos tractado de caminos y puentes, el Inga y sus gobernadores tenían tanto cuidado acerca de los caminos, que siempre habían de estar limpios y aderezados; y tan anchos que casi dos carretas a la par sin estorbarse la una a la otra podrían caminar. Los pueblos comarcanos a los caminos tenían cuidado de aderezarlos si se derrumbaban, y lo mismo era de las puentes, entre las cuales, fuera de las creznejas, hay en ríos grandes, donde no se pueden hacer puentes, una manera de pasarlos jamás inventada si no es en este reino del Perú, y facilísima de pasar y segura, y es que de la una hilera a la otra del río, de barranca a barranca, tienen echada una maroma tan gruesa como el brazo, muy estirada, de paja que acá llamamos hicho, que es mucho más blanda que esparto, y en ella ponen una como taravilla con una soga recia de lana, pendiente para abajo, con la cual atan al que ha de pasar y va sentado en ella; en la misma tarabilla tienen dos sogas delgadas y recias como las que se ponen en las cortinas o en los velos de los retablos, que tiramos de una y recogemos la cortina, y tirando de la otra la extendemos; así de la otra parte del río tiene una de las sogas que está en la tarabilla, tiran della y en dos palabras ponen de la otra parte al pasajero, y cuando los indios conocen que el que pasa es el chapetón, o nuevo en la tierra, y le ven con temor antes que le aten, cuando le tienen en medio del río cesan de halar o tirar la soga, y el pobre chapetón piensa que allí se ha de quedar o ha de caer en el río, y con palabras halagüeñas y humildes les ruega le acaben de pasar; puesto de la otra banda se ríe de su poco ánimo, confieso de mí que la primera vez que pasé el río de Jauja por esta oroya, que así se llama, que temía, aunque por no dar muestras de flaqueza mostraba ánimo y mandé a un ordenante que venía conmigo, entre otros, que pasase, y como vi que tan presto y seguramente estaba de la otra parte, luego me puse y en menos espacio de cuatro o cinco credos pasé mi río. Por aquí y desta manera se pasan las cajas, almofrejes y mercaderías; págaseles a los indios su trabajo, y cada uno se va con Dios; yo creo que para los que no han visto esta oroya, ni manera de pasar, le parecerá son ficciones peruleras; hacérseles ha increíble que un río caudaloso se pase de la suerte dicha, y menos creíble les será decir que un indio sólo pasa por esta maroma, él mismo tirando la soga; lo uno y lo otro he visto y experimentado. Demás desto, los tambos, que son como ventas en los caminos, eran muy bien proveídos de lo necesario para los caminantes, gobernando el Inga, sin interés ninguno, y desto tenían cuidado los indios comarcanos. Después que los españoles entraron en el reino, mandó el gobernador Vaca de Castro, que vino a pacificar la rebelión de don Diego de Almagro y a gobernarlo, que los caminos, tambos, puentes y recaudo para ello estuviesen a cargo de los mismos indios, como antes estaba, y esto yo lo conocí y alcancé por muchos años, sin que a los indios se les pagase nada por su trabajo ni por la comida que nos daban. Después el marqués de Cañete, de buena memoria, mandó quel trabajo y comida que diesen los indios se les pagase por arancel que los corregidores de las ciudades pusiesen, y así se hacía infaliblemente, y los indios vendían sus gallinas, pollos, carneros, perdices, leña y yerba, y todo se les pagaba; agora los corregidores de los partidos venden todas estas cosas, y el vino y lo demás, pan, y maíz, y tocinos, y ponen los aranceles subidos de punto, como cosa propia, y se aprovechan para sus granjerías de buena parte de los indios que están repartidos para el servicio de los tambos o ventas, y cuando los indios tenían a su cargo los tambos, les era no poco provecho y ayuda para pagar sus tributos. Yo vi apuñearse algunos indios, y puse en paz, sobre cuál había de llevar las cargas de un pasajero, no a sus cuestas, sino en sus carneros de la tierra, que los cargan como los asnillos en España; después que los corregidores de los partidos se ocupan en sus granjerías, con no poco daño, de que también soy testigo de vista y he predicado contra ello delante de Virreyes y Audiencias, y en particular les he avisado de sus costumbres; no por esa se remedia mucho, y los indios del servicio del tambo, más trabajados.
Capítulo CXIV
Cómo se han de gobernar en algunas cosas
Teniendo, pues, consideración a la calidad desta gente, parece en ley de buena razón que no deben ser gobernados en muchas cosas como los españoles, y en particular en los pleitos, en los cuales, por ser tan amigos dellos, gastan sus pobres haciendas y pierden las vidas, si no fuesen de tal calidad (como en cacicazgos, en sucesión de grandes haciendas y otros semejantes) que requieren sus plazos y traslados y lo demás que el Derecho permite y justísimamente tiene establecido; porque los más de los pleitos son de una chacarilla que no es de media hanega de sembradura, y de otras cosas de poco momento; por lo cual, si el corregidor, aunque las aplique al que tiene justicia, el otro fácilmente apela para el Audiencia, principalmente los subjectos a la de Los Reyes, donde van con sus apelaciones, y lo primero que hacen es atestarse de vino, y lo más es nuevo; andan por el sol, son derreglados, mueren como chinches; y si no, vayan a las matrículas de los hospitales de los indios, y verán tractamos verdad, y cuando vuelven con salud a sus tierras, en el camino enferman, y en llegando mueren. Un vecino de la ciudad de La Plata, en tiempos antiguos, llamado Diego de Pantoja, conquistador del descubrimiento de Chile (oíselo al mismo), siendo alcalde en aquella ciudad, tenía este modo para averiguar los pleitos destos miserables, y era en viniendo los indios contrarios, poníalos en un aposento, cerrábalos con llave y decíales: no habéis de salir de aquí hasta que me llaméis; aquí estaré y vosotros conveníos en quién tiene justicia; ellos se concertaban, y llamando a la puerta y abriéndoles el alcalde, le decían: señor, éste tracta verdad y pide justicia; yo no la tengo; esto oído, tornábalos nuestro alcalde a encerrar y decíales: otra ved os conformad y veamos con qué salís; ellos llamaban a la puerta conformes totalmente, y diciéndole lo mismo, adjudicaba la hacienda sobre que se traía pleito, y ponía, perpetuo silencio al mentiroso, reprehendido o levemente castigado; desta suerte se averiguaban los pleitos en breve. Esto era antes de fundada la Audiencia en aquella ciudad, lo cual me decía condoliéndose de ver a los pobres indios gastar sus haciendas, con no correr allí riesgo de la salud, por ser el temple como el de sus tierras. Conocí allí un Oidor que se malquistó grandemente con los secretarios y procuradores (y a fee que le costó no poca inquietud) porque pretendió con los demás sus compañeros que los pleitos de los indios se averiguasen a su modo, y como esto era quitar los derechos a los secretarios, levantáronse contra él y no salió con su intención. Lo que vamos tractando las mismas Audiencias lo han hecho, porque ya ha sucedido un curaca hallar en adulterio a su mujer, y matar al adúltero y a ella, y le condenaron a muerte y justiciaron, porque aunque era curaca no tiene tanta honra como el español, al cual en semejante caso no le justician, sino le dan por libre, como vemos muchas veces; pues si en esto, ¿por qué no será lo mismo en otras cosas?
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