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Фрай Рехинальдо де Лисаррага. Колониальное описание. Fray Reginaldo de Lizárraga. Descripción colonial (libro primero)


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tierras.
Destos pudo ser que navegando y buscando tierra firme diesen con ella, y dellos se poblasen estos reinos; y esto no parece dificultoso de imaginar, porque los cartaginenses que se quedaron en aquellas islas, con algunos navíos se habían de quedar, con los cuales pudo ser que navegando para España o buscando tierra firme se derrotaron y dieron en ella, que por lo menos en aquella derecera dista de las islas cien leguas, y más y menos como corre la costa, así de las islas como de la tierra firme; porque el día de hoy, como me refirió un español qu’estuvo preso y captivo en la Deseada, que los indios della, en sus canoas; que son unas vigas más gruesas que un buey, de madera liviana, cavadas, largas y angostas, atraviesan a la tierra firme a la gobernación de , cien leguas por mar, y más; cuando hay viento, a vela, y cuando les falta, a remo, guiándose de noche por las estrellas que tienen marcadas en aquel tiempo, qu’es verano; donde el pobre remaba como captivo hasta que huyéndose al tiempo que las flotas nuestras vienen a Tierra Firme suelen aportar a la Deseada a tomar agua y leña, fue su ventura buena que a cabo de pocos días después de huido y llegado al puerto, surgió la flota en él y le tomaron los nuestros. De día estaba escondido arriba en las copas de los árboles, que son muy grandes y altos y muy coposos y de ramas espesas, y de noche descendía, con no poco temor, a buscar algunas raíces dél conoscidas, o algún poco de marisco para comer, porque si sus amos le hallaran, como luego salieron, en echándole menos, en busca dél, sin duda le flecharan y luego se le comieran. Son todos estos indios caribes, que quiere decir comedores de carne humana; bien dispuestos de cuerpo, morenotes, y así los varones como las mujeres andan desnudos, como si vivieran en el estado de la ignocencia17; son grandes flecheros y muy ligeros, y el cuero del cuerpo, por el mucho calor, muy duro. Estas islas son abundantes de muchas víboras ponzoñosas y culebras muy grandes que llaman bobas, y muy gruesas; tienen muchas aves de monte y críanse en ellas muchos venados. Lo que con mucha verdad podemos afirmar, que no se sabe hasta hoy, ni en los siglos venideros naturalmente se sabrá, de qué hijos o nietos o descendientes18 de Noé los indios de todas estas islas, ni Tierra Firme, ni México, ni del Perú, hayan procedido.

Capítulo II
De la descripción del Pirú

Descendiendo en particular a nuestro intento, trataré lo que he visto, como hombre que allegué a este Perú más ha de cincuenta años el día que esto escribo, muchacho de quince años, con mis padres, que vinieron a Quito, desde donde, aunque en diferentes tiempos y edades, he visto muchas veces lo más y mejor deste Pirú, de allí hasta Potosí, que son más de 600 leguas, y desde Potosí al reino de , por tierra, que hay más de quinientas, atravesando todo el reino de Tucumán, y a me ha mandado la obediencia ir dos veces; esta que acabo de decir fue la segunda, y la primera por mar desde el puerto de la ciudad de Los Reyes; he dicho esto porque no hablaré de oídas, sino muy poco, y entonces diré haberlo19 oído mas a personas fidedignas; lo demás he visto con mis propios ojos, y como dicen, palpado con las manos; por lo cual lo visto es verdad, y lo oído, no menos; algunas cosas diré que parece van contra toda razón natural, a las cuales el incrédulo dirá que de largas vías, etc., mas el tal dará muestras de un corto entendimiento, porque no creer los hombres sino lo que en sus patrias veen, es de los tales.

Capítulo III
Prosíguese la descripción del Perú

Este reino, tomándolo por lo que habitamos los españoles, es largo y angosto; comienza, digamos, desde el puerto, o por mejor decir playa, llamado Manta, y por otro nombre Puerto Viejo.
Llámase Puerto Viejo por un pueblo de españoles, así llamado, que dista del puerto la tierra adentro ocho o diez leguas; no le he visto, pero sé es abundante de trigo y maíz y otras comidas de la tierra, de vacas y ovejas, y es abundante de muchos caballos y no malos; el temple es caliente, aunque templado el calor; cría la tierra muchas sabandijas ponzoñosas, y con estar en la línea equinocial no es muy caluroso. Los aires de la mar le refrescan; llueve en él, aunque no mucho.
Los indios deste puerto son grandes marineros y nadadores; tienen balsas de madera liviana, grandes, que sufren vela y remo; los remos son canaletes; visten algodón, manta y camiseta; desde este puerto, enviando los navíos que vienen la vuelta de tierra, salen con sus balsas, llevan refresco que venden, gallinas, pescado, maíz, tortillas biscochadas, plátanos, camotes y otras cosas. Tienen las narices encorvadas y algún tanto grandes; diré lo que vi, porque pase por donaire: cuando veníamos navegando cerca del puerto llegó una balsa con refresco; diósele un cabo; traía lo que tengo referido; un criado de mis padres, rescatando algunas cosas destas, y no queriendo el indio que era el principal piloto de la balsa (hablan un poco nuestra lengua) quebrar de la plata que pedía por el refresco, díjole: ¡oh qué pesado eres; no pareces sino judío! En oyendo esto el indio, saltó del navío en su balsa; larga el cabo y vira la vuelta de tierra; ni por muchas voces que se le dieron para que volviese, no lo quiso hacer; tan grande fue la afrenta que se le hizo y tanto lo sintió.

Capítulo IV
De la punta de Santa Helena

Siguiendo la costa adelante, que toda ella desde punta de Manglares hasta el estrecho de Magallanes, que sin dubda hay más de mil leguas, corre Norte Sur (no creo son veinte leguas), está la punta llamada de Santa Helena; tiene pocos o ningunos indios el día de hoy; cuando la vi y saltamos en ella eran muy pocos los que allí vivían. En esta punta, aunque, es playa, suelen surgir los navíos que vienen de Panamá, toman agua y algún refresco. Hobo aquí antiguamente gigantes, que los naturales decían no saber dónde vinieron; sus casas tenían tres leguas más abajo del surgidero, hechas a dos aguas con vigas muy grandes; yo vi allí algunas traídas en balsas para hacer un tambo que allí labraba el encomendero de aquellos indios, llamado Alonso de Vera y del Peso, vecino de Guayaquil.
Vi también una muela grande de un gigante, que pesaba diez onzas, y más. Refieren los indios, por tradición de sus antepasados, que como fuesen advenedizos, no saben de dónde, y no tuviesen mujeres, las naturales no los aguardaban, dieron en el vicio de la sodomía, la cual castigó Dios enviando sobre ellos fuego del cielo, y así se acabaron todos; no tiene este vicio nefando oír a medicina. Hay también en este puerto, no lejos del tambo, una fuente como de brea, líquida, que mana, y no en pequeña cantidad; del agua se aprovechan algunos navíos en lugar de brea, como se aprovechó el nuestro, porque viniéndonos anegando entramos en la bahía de Caraques, doblado el cabo de Pasao, ocho leguas más abajo de Manta, de donde se invió el batel con ciertos marineros a esta punta por esta brea, (creo se llama copey), y traída se descargó todo el navío; diósele lado y con el copey cocido para que se espesase más brearon el navío, y saliendo de allí navegamos sin tanto peligro.
Dicen es bonísimo remedio para curar heridas frescas como no haya rotura de niervo.

Capítulo V
Del pueblo de Guayaquil

De aquí por mar en balsas se va al segundo pueblo de españoles; no sé las leguas que hay, doblando esta punta hasta Santiago de Guayaquil, y también se camina por tierra llana, y en tiempo de aguas, cenagosa. Este pueblo Santiago de Guayaquil es muy caluroso por estar apartado de la mar; tiene mal asiento, por ser edificado en terreno alto, con figura como de silla estradiota, por lo cual no es de cuadras, ni tiene plaza, sino muy pequeña, no cuadrada. Por la una parte y por la otra deste cerro tiene la ribera de un río grande y caudaloso, navegable, empero no se puede entrar en él si no es con creciente de la mar, ni salir sino es en menguante; tanta es la velocidad y violencia de el agua, cresciendo o menguando. Críanse en las casas muchas sabandijas, cuales son culebras, y alguna víboras, sapos muy grandes, ratones en cantidad; están cenando, o en la cama, y vense las culebras correr por el techo tras el ratón que son como las ratas de España; al tiempo de las aguas, infinitos mosquitos, unos zancudos cantores, de noche infectísimos, no dejan dormir; otros pequeños, que de día solamente pican, llamados rodadores, porque en teniendo llena la barriga, como no puedan volar, déjanse caer rodando en el suelo, y otros, y los peores y más pequeños, llamados los jejenes, o comijenes, importunísimos; métense en los ojos y donde pican dejan escociendo la carne por buen rato, con no pequeña comezón.

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