No tienen veneración alguna a sus padres, ni madres, agüelos, ni agüelas; finalmente, les dan de palos y bofetones; yo he castigado a alguno por esto, delante de todo el pueblo, y les he hecho les besen los pies. Pues ayudarlos en sus necesidades, ni por imaginación; si son dos hermanos, y el uno es casado y el otro no, muriendo el casado, el otro se revuelve con la mujer de su hermano luego; he visto muchos destos castigados por la justicia, pero no sé si con el rigor debido. Este vicio más se halla en los curacas y indios principales que en el común. Ojalá y el día de hoy no tengan sus idolatrías, como antes, y porque no han justiciado las justicias a los curacas, ojalá no se estén con ellas. Luego entra una piedad dañosa (¡oh! son nuevos en la fe) y desto tenemos los religiosos mucha culpa, y cuando aquesto no tengan, ojalá no tengan sus hechiceros ocultos, a quien consultan como en el tiempo de la infidelidad de sus padres. No tienen vergüenza de hacer a sus mujeres alcahuetas, las cuales, como son pusilánimes, temiendo el castigo, se las traen; todos duermen casi juntos, porque las casas de los indios no tienen algún apartamiento; hácenlas de obra de veinte pies en largo, y de ancho diez o poco más; otras son redondas, donde viven con la mayor porquería del mundo; jamás las barren; todos viven juntos, padres, madres, gallinas, cuchinillos, perros y gatos y ratos; por maravilla hay quien duerma, si no en el suelo, sobre un poco de paja de juncia. Su asiento es perpetuamente en el suelo, y luego escarban la tierra con las uñas; solos los curacas principales usan de una como banquilla de zapatero, de una pieza, que llaman dúo, no tan alta ni con mucho. A los hijos, sin policía alguna los crían; no es gente que los castiga, es gran pecado entre ellos castigarlos o reñirlos39; con cuanto quieren se salen; jamás les lavan los rostros, manos ni pies, y así traen las manos y brazos con dos dedos de suciedad; las uñas nunca se las cortan, sírvenles como de cuchillos; amicísimos de perros, acaece caminando llevar el perrillo a cuestas, y el hijo de cuatro a cinco años por su pie. No guardan los padres ni madres a las hijas, ni les buscan maridos; ellas se los busquen y se concierten con ellos. Entre los indios la virginidad no es virtud, ni la estiman en lo que es justo: que en su infidelidad no la tuviesen por tal, no hay por qué nos admiremos, pero ya predicados y avisados40 es gran ceguera; no nos creen. La hija del más estirado se va y se viene como quiere, por lo cual por maravilla, se casa alguna mujer doncella; dicen los varones no debe ser para servir, pues así persevera. Si se han de casar, primero se amanceban seis y más meses que se casen: dicen que esto hacen para conocer la condición el uno al otro, y deste error no los podemos sacar; una cosa tienen buena las mujeres: aunque antes de casarse hayan corrido ceca y meca, después de casadas pocas son las que adulteran; las que han tractado antes con españoles faltan mucho en esto. Algunos varones hay que no se quieren casar con mujeres mozas, diciendo no saben servir; cásanse con viejas, porque les hacen la chicha y los vestidos. Son ladrones para con nosotros; para con los indios no tanto, y los más ladinos, mayores y atrevidos. Pues si les mandamos restituir, ni por sueños; si alguna cosa se hallan, dicen que Dios se la da; no hay buscar al dueño, sino cual o cual; los indios de los Llanos, que llamamos yungas, sobre todas estas desventuras tienen otra mayor: son dados mucho al vicio sodomítico, y las mujeres estando preñadas fácilmente lo usan. Entre los serranos, raros se dan a este vicio, por lo cual a los indios yungas los ha castigado Nuestro Señor, que ya no hay casi en los valles sino muy pocos, como habemos dicho. Son levísimos de corazón, inconstantísimos; cualquiera cosita los admira; los mayores pleitistas del mundo, por lo cual la Sierra deciende a Los Reyes, a los Virreyes, donde o mueren o enferman, por ser la tierra contra su salud y embutirse en vino. En lo que toca a la doctrina, cómo aprovecharon en ella no quiero tractar, porque no se puede decir sino con palabras muy sentidas, y éstas me faltan.
Capítulo CXIII
Cómo los gobernaba el Inga
Conoscida, pues, la calidad de los indios por el Inga, y su ánimo peor que servil, los gobernaba con leyes rigurosísimas, porque las penas eran muerte, y no sólo al delincuente, más a toda su parentela llevaba por el mismo rigor. El que hurtaba, por muy leve que fuese el hurto, pena de muerte; la misma se ejecutaba en el que levantaba del suelo alguna cosa que a otro se le hobiese caído; allí la había de dejar, fuese de mucho precio o de ninguno, por lo cual, el dueño que la perdió, allí la había de hallar; por esto no se hallaba ladrón entonces, y casi era necesario este rigor, porque las casas de los indios no tienen puertas, ni cerraduras, ni el día de hoy, si no es cual o cual usa de puerta, más de un haz de leña delgada, o unas cañas o palos atados unos con otros; ya tienen necesidad de puertas y cerraduras. Ningún indio había de entrar en chácara de otro, ni le había de coger una hoja de maíz, so la misma pena. A los soldados tenía con tanta disciplina, que el mayor o el menor no habían de hacer agravio, ni tocar en un grano de maíz ajeno, so la misma pena, y por eso les tenía depósitos de todo género de sus comidas, de vestidos y armas, no como los nuestros soldados, que en escribiéndose en la matrícula, en poniéndose debajo de bandera, le parece que todos los vicios le son lícitos y como naturales.
Mentir no se usaba ni por imaginación; verdad se había de decir, burlando o de veras; agravio no se hacía a nadie, so pena de la vida, y si un indio a otro agraviaba, el que recibía el agravio íbase al gobernador o capitán del Inga, contábale el caso; luego inviaba a llamar al que había agraviado, y lo primero que le decía era tractase verdad, porque una oreja le tenía guardada para oírle; no era necesario más; luego confesaba de plano, y era castigado; lo mismo guardaba el Inga en las residencias que tomaba a sus gobernadores o capitanes; enviaba un chasqui, que es un correo, a esta o aquella provincia; juntaba los indios, decíales cómo el gran señor le enviaba para saber si su señor o capitán había hecho algún agravio, que el agraviado viniese y se lo dijese. Con los agravios oídos, partía para el Inga, y referíaselos; el Inga despachaba otro a llamar a su gobernador o capitán; venido y pareciendo en su presencia, decíale: este agravio he oído con esta oreja derecha, que has hecho; la izquierda te he guardado para oír tu disculpa, di la verdad. Si agravió, era castigado con quitarle la vida; si no, al que mintió daba la pena del talión; finalmente, no había pena sino de muerte. Con este temor y leyes rigurosísimas no había quien se atreviese a mentir, ni se a emborrachar, sin licencia del gobernador, ni llegar a mujer ajena, ni cometer otros vicios que agora son muy usados. Conocíales ser amigos de ociosidad, y por esto de día y de noche habían de trabajar; no había palmo de tierra en todo este Perú, que pudiese ser labrado, que no se labrase para las comidas; por esto andaban sus ejércitos muy hartos y abundantes, y sus reinos bien gobernados; digo a su modo porque tanta crueldad en cosas livianas, y que los parientes inocentes pagasen por los delincuentes, ni se puede alabar ni excusar. Acuérdome de haber oído decir a algunos antiguos, que cuando Atabalipa, el último señor destos reinos, se vio preso en poder del marqués don Francisco Pizarro, le dijo. El mejor reino tienes del mundo, pero cada tercer año, si te han de servir bien estos indios, has de matar la tercera parte dellos; el consejo no lo alabamos, porque es cruelísimo, el cual ni se aceptó ni se ha de aceptar, sino comprobamos el ánimo servil déstos, que si no es por miedo, no se aplican a cosa de virtud, para malicias, vivísimos son.




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